Las puertas del viejo hospital abandonado se cerraron detrás del coche con un eco hueco. El viento silbaba entre los pasillos rotos, como si el lugar mismo guardara secretos demasiado pesados para ser olvidados.

Isabela sostenía el sobre contra su pecho.

Dentro estaban las pruebas que podían destruir a Edmundo Cortés.

Documentos. Grabaciones. Transferencias bancarias. Nombres.

La verdad.

Pero la niña apenas podía pensar en eso.

Solo podía pensar en su padre.

—¿Dónde está mi papá? —preguntó con la voz temblando.

El doctor Sebastián Torres apretó el volante.

—Cortés lo llevó a su edificio principal… el rascacielos Fénix.

Isabela sintió que el estómago se le hundía.

—Entonces tenemos que ir.

Torres la miró con una mezcla de culpa y determinación.

—No. Tú vas a buscar a Solís. Yo iré por tu padre.

—¡No! —gritó ella—. ¡No voy a abandonarlo otra vez!

Torres respiró hondo.

—Si vas conmigo, todo esto puede perderse.

Señaló el sobre.

—Eso es lo único que puede detener a Cortés.

Isabela bajó la mirada.

Sabía que tenía razón.

El hombre arrancó el coche.

—Confía en mí.

Durante unos segundos, el silencio llenó el vehículo.

Finalmente la niña susurró:

—Mi papá confía en que la verdad siempre gana.

Torres respondió con una voz amarga.

—Entonces hoy vamos a comprobarlo.

El coche se detuvo cerca de un puente.