Las paredes estaban cubiertas de arte colonial, las lámparas bañaban cada rincón con una luz cálida y el silencio elegante hablaba de riqueza, orden y control. Todo estaba en su lugar. Todo parecía armonía.

Pero esa noche el silencio tenía otro peso.

Era más denso.

Más frío.

Como si las paredes supieran algo que nadie más podía ver.

Bianca caminaba por el comedor con pasos suaves. Sus tacones apenas tocaban el mármol. Su vestido rojo se deslizaba con una elegancia peligrosa, como una advertencia silenciosa.

La mesa estaba preparada con precisión casi obsesiva.

Copas de cristal.
Platos de porcelana.
Cubiertos de plata.

Una cena perfecta.

Demasiado perfecta.

Frente a ella estaba Julián Herrera, su esposo. Un hombre disciplinado, correcto, acostumbrado a sostener con esfuerzo una vida que últimamente parecía escapársele entre los dedos.

Bianca levantó una botella verde.

—Es un vino especial —dijo con voz suave—. Para celebrar que las cosas finalmente están cambiando.

Julián intentó sonreír.

Pero algo dentro de él llevaba días inquieto.

Documentos que desaparecían.

Llamadas extrañas.

Y Bianca… Bianca había cambiado.

Más fría.

Más distante.

Más calculadora.

Bianca sirvió el vino. El líquido oscuro cayó en la copa mezclándose con algo más espeso que salió primero de la botella.

Un brillo verdoso que desapareció en el rojo profundo.

—Por nuevos comienzos —susurró ella.

Antes de que Julián pudiera responder, un grito atravesó el comedor.

—¡Papá, no lo tomes!

Mateo apareció en el pasillo corriendo.

Tenía el rostro pálido.

Los ojos llenos de terror.

Julián giró sorprendido.

—¿Qué pasa?

Mateo señaló la botella con manos temblorosas.

—Eso… eso tiene veneno.

Bianca giró lentamente la cabeza hacia él.