Paola no murió aquella mañana.

Eso fue lo más extraño.

Porque después de caer por las escaleras, después del golpe seco contra el suelo, después de perder la conciencia en su vieja casa italiana, despertó sin una sola herida.

Sin dolor.

Sin miedo.

Y sin saber que el tiempo acababa de soltarla para siempre.

Vivía sola desde hacía años. Era costurera, una mujer tranquila, de manos cansadas y espalda encorvada por demasiadas horas frente a la máquina de coser. Su matrimonio había terminado en silencio, como terminan algunas tristezas largas: sin escándalo, sin gritos, solo con dos personas dejando de mirarse.

No tenía hijos.

A veces decía que ya lo había aceptado, pero cuando cosía vestidos de primera comunión o pequeños abrigos para niñas del pueblo, siempre tardaba un poco más en doblarlos.

Aquella mañana todo parecía normal. Paola preparó café, bajó a su taller y comenzó a trabajar en un vestido de novia. La tela blanca cubría la mesa como una nube. Al buscar sus tijeras especiales, recordó que las había dejado en el dormitorio.

Subió las escaleras.

Lo había hecho miles de veces.

Pero esa vez, al llegar casi arriba, sintió que el mundo se inclinaba.

Un pie falló.

Su cuerpo cayó hacia atrás.

Paola quiso gritar, pero el golpe le arrancó la conciencia.

Cuando abrió los ojos, ya no estaba en su casa.

Estaba de pie en un lugar imposible.

El suelo parecía de oro, pero no oro frío ni metálico. Era cálido, suave, como si estuviera vivo. A su alrededor se elevaban estructuras de cristal blanco, luminosas, perfectas, demasiado hermosas para haber sido construidas por manos humanas.

No había viento.

No había pájaros.

No había ni un solo sonido.

Entonces apareció él.

Un hombre de cabello blanco, piel luminosa y ojos azules que parecían encenderse desde dentro. Alrededor de su cuerpo flotaba una luz azul tenue, concentrada en sus manos y en su rostro.

Le habló en un idioma que Paola no conocía.

Pero entendió su expresión.

Él estaba sorprendido.

No furioso.

No cruel.

Sorprendido… como si ella hubiera entrado por error en un lugar donde ningún ser humano debía estar.

Paola intentó preguntar dónde estaba, si había muerto, quién era él.

No pudo emitir sonido.

El hombre se acercó lentamente. Levantó una mano y colocó un dedo en el centro de su frente.

En ese instante, una descarga atravesó todo su cuerpo.

No fue dolor.

Fue como si cada hueso, cada nervio y cada célula se encendieran al mismo tiempo.

Antes de que la oscuridad volviera a devorarla, Paola escuchó una voz dentro de su cabeza.

Clara.

Fría.

Imposible.

—No debiste llegar aquí todavía.

Paola despertó en el suelo de su casa.

Seguía junto a las escaleras. La luz entraba por las ventanas como si apenas hubieran pasado unos minutos. El vestido de novia seguía abajo, esperando sobre la mesa. El olor a café frío flotaba en el aire.

Pero algo había cambiado.

Paola se incorporó esperando sentir dolor en la espalda, en las piernas, en la cabeza.

Nada.

Se puso de pie.

Sus rodillas no crujieron.

Sus manos no temblaron.

Movió los hombros y descubrió, aterrada, que la tensión que la había acompañado durante años había desaparecido.

Durante los primeros días intentó convencerse de que era la impresión del accidente. Quizá la adrenalina. Quizá el cuerpo todavía no había reaccionado.

Pero el dolor nunca volvió.

Una semana después, Paola subía escaleras sin cansarse. Un mes después, podía coser durante horas sin que sus dedos se hincharan. Poco a poco, su piel empezó a verse más firme. Los mechones grises de su cabello fueron oscureciéndose.

Al principio, los vecinos la halagaban.

—Paola, te ves distinta.

—Pareces más descansada.

—¿Qué crema usas?

Ella sonreía y cambiaba de tema.

Pero cada comentario le apretaba el pecho.

Porque Paola sabía la verdad.

No estaba mejorando.

Estaba rejuveneciendo.

Los años pasaban para todos, menos para ella. Las mujeres de su edad comenzaron a encorvarse. Los hombres que la saludaban en la plaza envejecían, enfermaban, desaparecían.

Paola seguía igual.

Misma piel.

Mismo rostro.

Mismo cuerpo de aquel día.

Y en el centro de su frente sentía siempre una marca invisible. Nadie podía verla, pero ella sí podía sentirla. Algunas noches, en la oscuridad absoluta, el punto donde el hombre la había tocado emitía un resplandor azul muy débil.

Cuando los rumores crecieron, Paola huyó.

Vendió su casa, cambió de ciudad y adoptó otro nombre.

Luego volvió a hacerlo.

Y otra vez.

Cada lugar le permitía unos años de paz. Abría un pequeño taller, cosía vestidos, saludaba a sus vecinos, fingía una vida común. Pero tarde o temprano alguien notaba que su rostro no cambiaba.

Entonces Paola empacaba de nuevo.

Aprendió a no encariñarse demasiado.

A no aceptar invitaciones largas.

A no enamorarse.

A no dejar que nadie contara los años en su cara.

Su juventud eterna no le trajo felicidad. Le trajo despedidas. Vio morir a personas que había querido. Vio ciudades transformarse, modas desaparecer, niños convertirse en ancianos.

Ella permanecía igual.

Una noche, muchos años después, mientras cosía sola en una habitación alquilada, el aire cambió.

Un olor metálico llenó el cuarto.

Paola dejó caer la aguja.

Conocía ese olor.

Era el mismo del lugar dorado.

El espejo frente a ella se oscureció como agua profunda. En la superficie apareció por un instante el suelo de oro, las torres de cristal blanco y una figura inmóvil.

El hombre de luz azul.

Paola no gritó.

Ya había huido demasiado.

—¿Qué me hiciste? —susurró.

La figura no movió los labios, pero su voz entró en la mente de Paola.

—Te devolví.

Ella apretó los puños.

—¿Por qué no envejezco?

Hubo un silencio largo.

Luego la respuesta llegó como una sentencia.

—Porque tu cuerpo regresó, pero tu tiempo quedó atrapado al otro lado.

Paola sintió que el mundo se hundía bajo sus pies.

No era un milagro.

No era inmortalidad.

Era un error.

Una parte de su vida se había quedado en aquel lugar imposible, detenida para siempre.

—¿Puedes arreglarlo? —preguntó con voz temblorosa.

El hombre bajó la mirada.

—Sí. Pero si recuperas tu tiempo, todos los años perdidos volverán a ti.

Paola entendió.

Su cuerpo envejecería.

Quizá lentamente.

Quizá de golpe.

Tal vez sobreviviría.

Tal vez no.

Durante unos segundos, pensó en seguir igual. Joven. Intacta. Inalcanzable para la vejez.

Pero luego pensó en las casas abandonadas, en los nombres falsos, en las amistades rotas antes de tiempo, en los amores que no se permitió vivir.

Y comprendió algo terrible.

No había estado viviendo más.

Solo había estado durando.

Paola miró sus manos jóvenes, firmes, ajenas.

Después miró al hombre de luz azul.

—Devuélveme mi tiempo.

El hombre extendió la mano.

Cuando Paola la tomó, el mundo se abrió como una tela rasgada.

Por un instante volvió a ver el lugar dorado. Sintió que algo enorme regresaba a su pecho: cansancio, memoria, pérdida, vida.

Despertó al amanecer en el suelo de su taller.

Esta vez sí le dolían las rodillas.

Sus dedos estaban rígidos.

En el cristal de la ventana vio hebras grises en su cabello.

Y lloró.

No de miedo.

Lloró porque por fin volvía a ser humana.

Tiempo después, dejó de esconderse. Abrió un pequeño taller con su verdadero nombre en la puerta:

Paola Bellini, costurera.

La gente decía que tenía una mirada extraña, como si hubiera visto otro mundo y hubiera regresado con un secreto.

Ella nunca lo negaba.

Solo sonreía, cosía vestidos blancos y, cuando alguna clienta se quejaba de una arruga nueva, Paola respondía suavemente:

—No tengas miedo de envejecer. A veces, que el tiempo pase también es una bendición.