“Esa viuda no sobrevivirá ni una semana aquí”, dijeron mientras observaban su pequeño rancho derrumbarse pero tres meses después todo el valle acudía desesperadamente a ella buscando ayuda alimento y esperanza tras descubrir el increíble secreto que había cambiado completamente aquella tierra olvidada para siempre unexpectedly together tonight now afterward alone beneath rain skies
Había una frase que Remedios Alcántara de Villanueva escuchó tres veces en tres días distintos, pronunciada por tres bocas distintas y que, sin embargo, sonó siempre igual de vacía, siempre igual de cruel. No vale nada, señora, absolutamente nada. La primera vez la dijo don Aurelio Peralta, el ascendado más rico del valle de San Isidro, mientras firmaba los papeles que le quitaban las 400 hectáreas de tierra fértil que ella y Esteban habían regado con 22 años de sudor.
La segunda vez la dijo Rodrigo, el hijo mayor, que a los dos días del entierro ya olía a colonia cara y hablaba de viajes a Santa Fe. La tercera vez la dijo el notario, un hombre pequeño de dedos gordos que ni siquiera la miró cuando le empujó el documento hacia el otro lado del escritorio. Aquí firmará usted la cesión de los 5 hectáreas pedregosos del alto.
No vale nada, señora, pero es lo que queda. medios tenía 44 años, 14 pesos con 50 centavos, un rebozo desgastado, una caja de madera que nadie le preguntó qué contenía y los 5 hectáreas más inútiles del condado de doña Ana. Lo que nadie en el valle de San Isidro sabía, lo que don Aurelio Peralta con toda su riqueza y toda su arrogancia jamás hubiera podido imaginar, es que en esa tierra pedregosa que nadie quería, entre las rocas volcánicas y el viento frío de la sierra, crecía algo que no existía en ningún otro lugar del
territorio de Nuevo México, algo que Esteban Villanueva había cultivado con sus propias manos durante 14 años en silencio, a petición de su esposa. siguiendo sus instrucciones con la dedicación de quien planta, no para sí mismo, sino para el futuro. Algo que cuando la fiebre llegó al valle en el verano de 1886 y empezó a matar, se convertiría en lo único que podía salvarlos a todos, incluido don Aurelio Peralta.

Recuerden esa imagen. Una mujer de 44 años subiendo sola hacia la sierra más alta, con menos de 15 pesos en el bolsillo y la tierra más fea del condado a su nombre. Guárdenla bien, porque antes de que esta historia termine, esa mujer, esa mujer a quien todos dijeron que no valía nada, iba a pararse frente al hombre más poderoso del valle y a dictar ella las condiciones.
En ese entonces, nadie lo hubiera creído, ni ella misma. Cuando Remedios Alcántara cruzó por última vez el portón de la hacienda Villanueva, la hacienda donde había vivido 22 años, donde había enterrado dos hijos pequeños y criado a dos que sobrevivieron, donde había curado a jornaleros y vecinas sin cobrar un solo centavo. No lloró.
Ya no le quedaban lágrimas para ese lugar. Las había dejado todas en la habitación donde Esteban murió. Las había dejado en el campo santo bajo una cruz de mezquite. Las había dejado en el escritorio del notario, donde firmó papeles que no entendía del todo, pero que sabía que le quitaban casi todo. Caminó hacia la sierra con la caja de madera bajo el brazo y no volvió la vista atrás.
Lo que encontró allá arriba entre las piedras y el viento cambió absolutamente todo. Cuéntanos aquí abajo en los comentarios desde qué ciudad nos escuchas hoy. Dale click al botón de like y vamos con la historia completa de remedios. Y si todavía no te has suscrito a Esperanza del Interior, este es el momento.
Las historias que vienen te van a sorprender. Ahora sí, desde el principio. Remedios Alcántara nació en 1842 en el pueblo de Ojo Caliente, en la parte norte del territorio de Nuevo México, en una casa de adobe de tres cuartos que olía a Tomillo Silvestre y a leña de piñón. Era la segunda de siete hijos de don Cirilo Alcántara, un hombre delgado y callado que trabajaba como errador en el único rancho importante de la región y de doña Paz Montoya de Alcántara, una mujer menuda y de carácter firme que sabía el nombre de cada planta que crecía en las laderas
del cerro que se veía desde su ventana. Doña Paz era lo que en aquella región llamaban curandera de monte, no una bruja, no una hechicera, palabras que ella rechazaba con visible fastidio, sino una mujer que había aprendido de su propia madre, que a su vez había aprendido de la suya, el arte de conocer las plantas que la tierra ofrece y saber para qué sirve cada una.
Sabía qué raíz hervida en agua baja la fiebre de los niños. sabía qué hoja molida aplicada sobre una herida evita que se pudra. Sabía cuándo la manzanilla sirve y cuándo no alcanza. Y hay que buscar algo más fuerte. Sabía sobre todo que la sierra guarda sus secretos en silencio y que hay que ir a buscarlos con paciencia, con respeto y con los ojos bien abiertos.
Remedios aprendió todo esto antes de aprender a leer. Las plantas fueron su primer alfabeto. Desde que tenía cuatro o 5 años, la pequeña Remedios seguía a su madre por las laderas del cerro cargando una canasta de palma. Doña Paz le enseñaba los nombres en español y en nawatl y a veces en una lengua que decía ser de los indios pueblo, que habían vivido en esa región antes que todos ellos.
le enseñaba a oler, a tocar, a identificar por la forma de la hoja y el color del tallo. Le enseñaba que una planta recogida en luna creciente tiene más fuerza que la misma planta recogida en luna menguante, aunque Remedios, ya adulta, nunca pudo saber con certeza si eso era verdad o si era la clase de sabiduría que funciona, porque uno cree que funciona.
En cualquier caso, su madre nunca la recogía en luna menguante. A los 12 años, Remedios ya podía identificar 43 plantas distintas sin que nadie se las nombrara. A los 15 había acompañado a su madre a atender partos, fiebres, picaduras de alacrán, ataques de tos, dolores de estómago y la clase de tristeza profunda que no tiene nombre médico, pero que consume a las personas igual que una enfermedad.
A los 17, cuando doña Paz cayó enferma de algo en el pecho que ninguna planta del cerro pudo curar del todo, era Remedios, quien recibía a las vecinas que llegaban a la puerta trasera de la casa pidiendo ayuda. Doña Paz murió cuando Remedios tenía 19 años. le dejó tres cosas, una libreta de páginas amarillas llena de anotaciones con una letra apretada y pequeña, un morral de cuero viejo con compartimientos para guardar hierbas secas y un conocimiento que no cabía en ningún libro porque era la clase de saber que vive en los dedos, en la
nariz, en la lengua, en algo parecido al instinto, pero que en realidades es años de atención sostenida. Don Cirilo se volvió a casar dos años después. con una mujer de tierra amarilla que era buena persona, pero que no entendía para qué servían las plantas colgadas a secar en los rincones de la casa y que las tiraba cuando encontraba dónde.
Remedios entendió que en esa casa nueva ya no había espacio para ella, al menos no del mismo modo. No fue una pelea, no fue un drama, fue simplemente que la casa se quedó pequeña para lo que ella llevaba dentro. Esteban Villanueva llegó a Ojo Caliente en el verano de 1861. Tenía 27 años y venía del sur, de las cercanías de Mesilla, donde su familia tenía un rancho pequeño que había ido perdiendo tierra ante los nuevos patrones anglosajones que llegaban después de la guerra con México y compraban todo lo que podían. Esteban
era hijo del medio de tres hermanos. El mayor Rodrigo padre se había quedado en Mesilla con lo poco que quedaba del rancho. El menor Fortunato, había emigrado a Arizona. Esteban buscaba un lugar donde empezar algo propio, algo que no dependiera de lo que otros hubieran construido antes. Era un hombre alto para los estándares de la región, de hombros anchos y manos que ya a los 27 tenían los callos de alguien que ha trabajado de verdad.
Tenía el cabello oscuro y la piel morena curtida por el sol de los campos abiertos y una manera de escuchar que remedios notó desde la primera vez que lo vio. Cuando alguien le hablaba, Esteban lo miraba directamente a los ojos y no miraba para otro lado hasta que el otro terminaba. Era una cualidad simple, pero que en un hombre de esa época y esa región resultaba extraordinariamente rara.
Se conocieron en la plaza del pueblo un domingo de agosto cuando Remedios estaba comprando raíz de valeriana seca a un comerciante que venía del norte. Esteban preguntó para qué servía eso. Pregunta genuina sin burla. y Remedios le explicó durante 10 minutos con una seriedad que hizo sonreír al comerciante y que a Esteban le pareció lo más interesante que había escuchado en meses de viaje solitario.
Caminaron por la plaza esa tarde y la siguiente y el domingo siguiente. El padre de remedios aprobó a Esteban desde el principio porque reconoció en él la misma clase de seriedad callada que él mismo tenía. La nueva esposa de don Cirilo también aprobó la unión, principalmente porque resolvía el problema no dicho del espacio en la casa.
Se casaron en octubre de 1861 en la Iglesia del Pueblo con una ceremonia pequeña a la que asistieron los hermanos de Remedios, dos primos de Esteban que habían venido desde Mesía, y media docena de vecinas que habían sido atendidas por remedios o por su madre y que consideraban que asistir era una forma de agradecer. Los primeros años fueron difíciles de la manera en que son difíciles todos los primeros años cuando dos personas construyen algo desde cero en tierra que no heredaron.
Esteban compró con los ahorros de tres años de trabajo una parcela de 16 hectáreas en el valle de San Isidro, a cuatro leguas al sur de ojo caliente, tierra buena, tierra con agua, tierra que con trabajo podía producir. La casa era un cuarto de adobe con techo de vigas de álamo y piso de tierra apisonada. Remedios recuerda, o más bien años después lo contaría, que el primer invierno en esa casa fue tan frío que dormían con los dos cobertores encima y aún así se despertaban con el aliento convertido en vapor.
Pero no lo contaba con amargura, lo contaba con la ternura de quien sobrevivió algo junto a alguien y eso los unió para siempre. Construyeron juntos. No es una metáfora, es literal. Esteban aprendió a hacer adobe y añadieron un segundo cuarto en el primer año, un tercero en el tercero, una cocina separada en el quinto.
Remedios plantó un jardín junto a la casa donde combinaba las plantas comestibles con las medicinales, porque decía que un jardín que solo alimenta el cuerpo es un jardín incompleto. Plantó epazote entre las calabazas, poleo entre el maíz, ruda en las esquinas. Colgó manojos de hierbas secas en los vigas de la cocina hasta que el techo se volvió de color verde café y el cuarto olía a botica y a campo al mismo tiempo.
En 1863 nació su primera hija, Amalia, que vivió 8 meses y murió de una fiebre que remedios no pudo bajar con ninguna de sus plantas. Ese fracaso la marcó de una manera que no supo explicar con palabras, pero que la obligó a estudiar más, a buscar más, a preguntar a curanderas de otros pueblos si tenían conocimientos que ella no tenía.
En 1865 nació Esteban hijo, que vivió 4 meses. Remedios no habló del niño durante semanas después. Esteban tampoco. Había cosas que el silencio contenía mejor que las palabras, pero siguieron. Esa fue su manera de resistir, seguir. En 1867 nació Rodrigo, que vivió y creció, y se convirtió en un niño activo y de carácter difícil, que desde pequeño prefería el dinero a los caballos y los caballos al trabajo.
Remedios lo quería con la clase de amor incondicional que tienen las madres, pero también lo veía con los ojos claros de quien no se engaña. Rodrigo quería lo fácil. siempre había querido lo fácil y eso era algo que ningún regaño iba a cambiar. En 1870 nació Consuelo, que fue la alegría distinta de la casa, callada, curiosa, con los ojos de su abuela paz y la misma inclinación por las plantas que su madre.
Consuelo era quien acompañaba a remedios al campo, quien hacía preguntas inteligentes, quien aprendía sin que nadie le enseñara. Para 1875, la hacienda Villanueva, que así la llamaban los vecinos, aunque Esteban protestaba que hacienda, era mucho decir para lo que tenían, era un rancho funcional y respetado. Tenían ya 40 haáreas.
Habían comprado las tierras de un vecino que emigró al norte. Tenían ganado modesto pero estable. producían maíz, frijol, calabaza y chile en cantidades que alcanzaban para la familia y para vender el excedente en el mercado de San Isidro. Esteban empleaba a dos jornaleros fijos y a otros tres o cuatro en temporada. Jerazó Rico, un hombre que había construido algo de la nada con sus manos y con su mujer, y eso en el valle de San Isidro tenía un valor que no se medía solo en pesos.
Remedios, por su parte, había construido en esos años una reputación que iba más allá del rancho, la curandera villana, como la llamaban, usando el apellido del marido como hacían con todas las mujeres casadas de la región, era la persona a quien se llamaba cuando el médico estaba lejos o cuando el médico había fallado.
Atendía a jornaleros que llegaban con cortadas infectadas y a niños con tos pertin y a ancianas con dolores en las articulaciones, que el tiempo no mejoraba. Cobraba lo que podían pagar. A veces una gallina, a veces un costal de maíz, a veces nada si la familia no tenía nada. Esteban nunca le reprochó eso, al contrario, le decía que esa fama de generosa era el mejor capital que podían tener.
Había un elemento en la vida de remedios que ella no entendió del todo hasta mucho después, cuando ya era demasiado tarde para hacer las preguntas que hubiera querido hacer. Esteban desde aproximadamente 1872 hacía viajes al cerro que están al norte de la propiedad, a la parte alta de la sierra, donde los 5 heectáreas pedregosos, que eran técnicamente parte de la propiedad villanueva, pero que nadie consideraba útiles, con una regularidad que al principio remedios atribuyó a la necesidad de revisar cercas o evaluar si había pastizal aprovechable. Subía una vez al mes, a
veces dos, generalmente solo, aunque a veces llevaba consigo a un viejo indio Tigua que se llamaba Fermín y que aparecía en el rancho dos o tres veces al año sin aviso y sin explicación. Remedios había intentado preguntarle a Fermín qué hacían allá arriba y el viejo la miraba con esos ojos que tenían la transparencia del agua limpia y decía, “Lo que su esposo planta, señora, crecerá.
” Pero no para él, para usted. Lo cual no explicaba nada y a la vez de alguna manera explicaba todo. En 1875, durante una temporada de lluvias particularmente buenas, Remedios le mencionó a Esteban, que había leído en un libro de botánica prestado por el médico del pueblo el único libro científico al que tuvo acceso en años, sobre ciertas variedades de plantas medicinales que crecen exclusivamente en altitudes superiores a los 2000 m y que tienen propiedades que sus equivalentes de las tierras bajas no tienen. le dijo
que en los 5 hectáreas del alto había visto, en las pocas veces que había subido, condiciones que parecían perfectas para ese tipo de plantas. La combinación de suelo volcánico, humedad de neblina y temperatura baja. Le dijo que si alguna vez tenía tiempo sería interesante intentar cultivar algunas de esas variedades allá arriba.
Esteban la escuchó con esa atención que tenía, los ojos fijos en los de ella. no dijo nada esa noche, pero a partir de ese año sus viajes al alto se volvieron más frecuentes y más largos y empezó a subir con herramientas, palas, cubetas, a veces tablones de madera. Remedios, preguntó una vez directamente qué estaba haciendo.
Y Esteban dijo, preparando algo para cuando lo necesitemos. Y como Esteban no era hombre de misterios ni de mentiras, Remedios asumió que era verdad y no preguntó más. El hijo mayor Rodrigo cumplió 18 años en 1885 con la actitud de alguien que lleva años esperando recibir lo que considera suyo. Desde los 15 había mostrado un interés inusual en las conversaciones que su padre tenía con el administrador del rancho, en los papeles que se firmaban, en cuánto valía la tierra y cuánto valían los animales y cuánto dinero había en el banco de las cruces donde
Esteban guardaba sus ahorros. No era un interés productivo. Rodrigo no preguntaba para aprender a administrar mejor, sino un interés de inventario. Quería saber cuánto había porque quería saber cuánto habría cuando fuera suyo. Remedios le decía a Esteban que eso le preocupaba. Esteban decía que era cosa de la edad, que ya maduraría.
Hubo noches en que los dos hablaban de eso en voz baja en la oscuridad de su cuarto cuando los hijos ya dormían. remedios diciendo que el carácter de Rodrigo era una señal de algo que iban a tener que enfrentar algún día. Esteban diciendo que quizás tenía razón, pero que no sabía cómo cambiarlo. El amor de padre es ciego de maneras que el amor de madre también puede ser, pero en direcciones distintas.
Consuelo, en cambio, a los 15 años ya sabía identificar más plantas que muchas curanderas adultas de la región. Pasaba horas con su madre en el jardín y horas leyendo la libreta heredada de la abuela Paz. era callada de la manera en que son calladas las personas que piensan mucho antes de hablar y cuando hablaba valía la pena escuchar.
Remedios pensaba a veces que consuelo era lo que ella misma hubiera sido si hubiera tenido acceso a más libros, más conocimiento, más mundo. Don Aurelio Peralta era el dueño de la hacienda La Noria, que lindaba por el sur con las tierras Villanueva y por el este con el río que marcaba el límite del condado.
Peralta había heredado la hacienda de su padre, que a su vez la había heredado del suyo, y tenía esa actitud de los hombres que nunca han conocido la necesidad. No era exactamente cruel por malicia, era cruel por costumbre, por la convicción profunda de que el mundo estaba ordenado de cierta manera. con él arriba y los demás debajo, y que cualquier perturbación de ese orden era una ofensa personal.
Había intentado comprarle tierras a Esteban dos veces a lo largo de los años. Las dos veces Esteban había dicho que no con la cortesía fría de quien no tiene nada que discutir. Peralta no olvidaba esas cosas. En el otoño de 1885 ocurrió el accidente. Esteban había salido esa mañana a revisar el cercado del potrero norte, solo en el caballo saino que había comprado ese mismo año.
Era una mañana de octubre con el cielo azul y el aire frío y limpio de cuando las primeras heladas ya pasaron, pero el invierno todavía no llega. Remedios lo vio salir desde la puerta de la cocina. Le gritó que el desayuno estaría listo al mediodía. Esteban levantó la mano sin volver la cabeza, ese gesto suyo, ese saludo de mano abierta que ella conocía de memoria y desapareció tras la curva del camino.
El caballo volvió solo tres horas después, asustado, con las crines revueltas y una espuma en los flancos que indicaba que había corrido mucho. Remedios salió a buscarlo con uno de los jornaleros Crescencio, y lo encontraron media legua más al norte, en el límite del potrero. Esteban en el suelo, inconsciente, con el tobillo izquierdo en un ángulo que indicaba fractura y una herida en la cabeza donde se había golpeado al caer.
El caballo había pisado una toca de víbora de cascabel. Se veía el hoyo en la tierra y se había encabritado de golpe. Lo llevaron a casa. Remedios hizo lo que sabía hacer. limpió la herida de la cabeza, inmovilizó el tobillo, le preparó infusiones para el dolor y otras para mantener el control de la inflamación. Esteban recuperó el conocimiento esa misma noche y parecía que lo peor había pasado, pero la cabeza es caprichosa.
A los tres días comenzó una fiebre que no cedía. A los 5co días Esteban ya no reconocía del todo dónde estaba. A los ocho días murió en su propia cama, con remedios tomándole la mano y con suelo llorando en silencio en la silla del rincón. Tenía 51 años, habían estado casados 22. Rodrigo llegó esa misma noche desde Las Cruces, donde vivía desde hacía un año trabajando o fingiendo trabajar, en una tienda de suministros.
Llegó con ropa nueva y olor a perfume que remedios no reconoció. Y la primera cosa que preguntó antes de ver el cuerpo de su padre fue si había algo firmado. Remedios lo miró, no dijo nada. Fue al cuarto donde Esteban yacía todavía tibio y estuvo con él el resto de la noche. A la mañana siguiente organizó el funeral con la misma precisión silenciosa con que organizaba todo.
El padre Andrade vendría desde San Isidro. El entierro sería en el campo santo del rancho junto a los dos hijos pequeños que habían perdido hacía años. Habría café y pan dulce para quien viniera a dar el pésame. Al funeral fueron 34 personas, vecinos, jornaleros, mujeres a quienes remedios había atendido en partos o enfermedades. El herrero del pueblo, dos comerciantes con quienes Esteban hacía negocios.
Don Aurelio Peralta no fue, pero mandó a su mayordomo con una nota de condolencias. que remedios leyó una vez y guardó en el fondo del cajón de la cocina. Rodrigo estuvo en el funeral con los brazos cruzados y la mirada del hombre que espera que terminen los discursos para hablar de negocios.
Los días siguientes fueron los días más extraños que remedios había vivido. La casa que había sido suya durante 22 años de pronto se sentía como un lugar en tránsito, como una sala de espera donde ella había llegado demasiado temprano. Rodrigo hizo venir a un abogado de las cruces, un hombre que olía a whisky y firmaba los documentos con una floritura exagerada antes de que pasaran 4 días del entierro. Consuelo de 15 años.
miraba a su hermano con una expresión de espanto que ella trataba de disimular, pero que remedios veía perfectamente. El testamento de Esteban era un documento simple escrito de su puño y letra y firmado ante el mismo notario, que más tarde le diría a remedios que los 5 heectáreas no valían nada. El documento dejaba el rancho en partes iguales a los dos hijos supervivientes y a la esposa, con la condición de que la esposa tenía derecho de habitación mientras viviera.
Una cláusula que el abogado de Rodrigo encontró rápidamente y que explicó con la suavidad de quien sabe que está diciendo algo devastador no impedía a los hijos vender la propiedad si ambos estaban de acuerdo. Consuelo no estaba de acuerdo, pero Consuelo tenía 15 años y en 1885 en el territorio de Nuevo México 15 años y ser mujer significaba que su opinión tenía el peso legal de ninguna.
Don Aurelio Peralta apareció 5co días después del funeral, llegó en un carruaje negro con dos hombres a caballo. Se bajó con el sombrero en la mano y la cara compuesta en una expresión de condolencia que no llegaba a los ojos. le ofreció a Rodrigo 40 centavos por peso sobre el valor catastral de la tierra buena, 40 hectáreas de tierra fértil con agua, con cercas, con instalaciones.
Le ofreció a Rodrigo pagar en efectivo en el acto, en billetes que sacó de un morral de cuero que uno de sus hombres traía como quien lleva la cuenta de lo que va a costar una compra de ganado. Rodrigo dijo que necesitaba pensarlo. tardó en pensarlo exactamente lo que tarda un hombre en contar el dinero que le están ofreciendo.
Firmó al día siguiente. Remedios estaba en la cocina cuando Rodrigo entró a decírselo. Lo dijo de pie desde el umbral, como quien no piensa quedarse a recibir la respuesta. Dijo que había vendido, que el precio era bueno, que ella podría quedarse en la casa hasta fin de mes mientras se organizaba, que Peralta sería generoso con los tiempos.
Y los jornaleros, preguntó Remedios, eran hombres que habían trabajado para Esteban durante años, que tenían familias que dependían del rancho. Eso ya es problema de Peralta, dijo Rodrigo. Y Consuelo. Consuelo se viene conmigo a las cruces. Ya tengo un lugar. No, dijo Consuelo desde la mesa donde estaba sentada con la libreta de la abuela en las manos.
Lo dijo sin levantar la voz. Yo me quedo con mamá. Rodrigo la miró con la expresión de quien no está acostumbrado a recibir negativas de su hermana menor. No seas necia. ¿A dónde van a ir las dos? ¿A dónde sea? Dijo Remedios, pero juntas. La reunión con el notario fue tres días después en San Isidro. En una oficina que olía a papel viejo y a tinta.
El notario era el mismo hombre gordito, de dedos cortos, un señor bautista que llevaba años haciendo los documentos del conde para ascendados y comerciantes del valle y que miraba a remedios con la cortesía perfectamente calibrada que se reserva para las personas que uno sabe que no tienen ningún poder.
explicó que los 5 heectáreas del Alto de la Sierra, que eran la única parte de la propiedad Villanueva que no había entrado en la transacción con Peralta, porque Peralta no los quiso, eso quedó claro en los documentos, que darían a nombre de la señora viuda, que eran tierra de nadie básicamente, que el catastro no le asignaba valor porque era suelo volcánico sin agua conocida y a una altitud que hacía imposible cualquier uso agrícola convencional.
¿Tiene usted donde vivir, señora?”, preguntó el notario, con lo que pretendía ser gentileza. “Tengo esos cinco hectáreas”, dijo Remedios. El señor Bautista la miró por encima de sus anteojos. “Señora, en esa tierra no hay nada, no hay casa, no hay agua conocida, no hay camino decente. No vale nada para usted”, dijo Remedios. Fue lo único que dijo ese día.
Rodrigo, por su parte, recibió de Peralta 4,200 pesos en billetes, una cantidad que a remedios le hizo cerrar los ojos un momento cuando el notario la mencionó, porque representaba 22 años de trabajo de su esposo y de ella misma, reducidos a ese número, 4200 pesos que Rodrigo se guardó en el morral y con los que desapareció hacia las cruces sin besar a su madre en la mejilla.
Los últimos días en la casa fueron los más largos. Peralta mandó a su mayordomo con un inventario de todo lo que había en la propiedad. Bestias, herramientas, muebles, reservas de grano y remedios. tuvo que ir señalando qué era estrictamente personal y qué era del rancho. La metate donde había molido maíz durante 22 años del rancho.
Los cobertores personales, las plantas del jardín del rancho dijo el mayordomo, porque estaban plantadas en tierra que ahora era de don Aurelio. Remedios las miró por última vez desde la ventana de la cocina y no dijo nada. Se fue el primer día de noviembre de 1885 con consuelo, con la caja de madera que contenía la libreta de la abuela y sus propias notas y tres manojos de hierbas secas particularmente valiosas, con un petate enrollado, con el morral de cuero heredado de su madre, con el rebozo desgastado, y 14 pesos con50,
que eran lo que quedaba de los ahorros personales que ella había guardado a lo largo de años, con la disciplina discreta de quien sabe que los tiempos difíciles siempre llegan. Consuelo llevaba la libreta de la abuela paz contra el pecho, como si fuera un salvavidas. Fueron los 3 km hasta San Isidro a pie.
Desde el pueblo tendrían que buscar la manera de subir a la sierra. Los días que siguieron fueron los días más duros. Durmieron la primera noche en el cobertizo de la señora Refugio Cisneros, una viuda de 70 años que vivía en las afueras de San Isidro. y a quien remedios había ayudado 4 años antes con un problema de hinchazón en las piernas.
La señora refugio les dio cobija y tortillas calientes y las miró con la expresión de alguien que ya ha visto demasiado de la vida, como para escalizarse, pero tampoco como para indiferente al dolor ajeno. ¿A dónde van, hija?, preguntó. Al alto, dijo Remedios. La señora refugio la miró un momento y luego dijo, Esteban Villanueva era buen hombre. Que Dios los acompañe.
La segunda noche durmieron en la calle en un portal de tienda cerrada con el petate extendido sobre el piso de piedra y el frío de noviembre entrando por todos lados. Consuelo no se quejó ni una sola vez. Remedios la miraba de reojo y pensaba que su hija era más fuerte de lo que jamás hubiera podido imaginar.
Y también pensaba que no tenía derecho a haberla metido en esto. Y también pensaba que era demasiado tarde para pensar eso. La tercera noche, Rodrigo pasó por San Isidro en su camino a las cruces y las vio en el portal. Se detuvo. Las miró desde el caballo. No bajó. “Mamá, ¿puedo llevarte a Ojo caliente donde el tío Cirilo?” dijo.
“Ya tengo a dónde ir”, dijo Remedios. Son cinco hectáreas de piedras en la sierra. No hay nada ahí. Ya lo veremos. Rodrigo las miró un momento más. Hubo algo en su cara. Un segundo, solo un segundo, que podría haber sido vergüenza. Luego espoleó el caballo y siguió su camino. Consuelo lo vio alejarse sin decir nada.
Luego tomó la mano de su madre y la apretó. Esa noche fue la noche en que Remedios estuvo más cerca de rendirse. No del tipo de rendirse que lleva a hacer algo drástico, del tipo silencioso de rendirse, que es simplemente dejar de creer que hay un camino hacia delante. Estaba sentada en el portal con la espalda contra la pared de adobe y el frío pegándole en los huesos y 44 años de vida encima.
Y pensó, “Quizás el Señor Bautista tiene razón, quizás son solo piedras.” Pero entonces sacó de la caja de madera uno de los manojos de hierbas que había logrado salvar del jardín y lo sostuvo entre las manos y cerró los ojos y olió. Era manzanilla serrana, recogida dos meses antes, cuando todavía era su jardín. Olía a sol y a tierra húmeda y a la mañana en que la había recogido con consuelo.
Y Esteban había estado allá arriba, 14 años subiendo al alto una vez al mes, con palas y cubetas, preparando algo para cuando lo necesitemos, había dicho. Remedios, abrió los ojos, dobló el manojo con cuidado y lo volvió a guardar en la caja. Al día siguiente, muy de mañana, les preguntó a los arrieros del mercado quién conocía el camino al alto de la sierra.
La mañana en que remedios y consuelo emprendieron el camino hacia el alto fue un martes gris de principios de noviembre, con el cielo cargado de esas nubes bajas que en la sierra no siempre traen lluvia, pero siempre traen frío. Remedios había conseguido la noche anterior que el arriero Eufemio Ríos las llevara en su carreta hasta el primer tramo del camino del cerro a cambio de revisar el tobillo de su mula, que llevaba semanas rengueando.
remedios examinó el tobillo, aplicó un emplasto de árnica y gordolobo que preparó en la cocina de la señora Refugio y le explicó a Eufemio con exactitud qué hacer los siguientes 10 días. El arriero, hombre de pocas palabras y mucha desconfianza hacia los extraños, pero ninguna hacia las personas que curan animales, aceptó el trato sin discutir.
La carreta salió de San Isidro cuando el cielo apenas comenzaba a aclararse por el oriente. Remedios y consuelo iban sentadas en la parte trasera con la caja de madera entre las dos y el petate enrollado atado con una soga. El morral de cuero colgaba del hombro de remedios. Eso era todo lo que tenían en el mundo, lo que cabía en sus brazos.
Eufemio no habló casi nada durante el trayecto. Solo una vez, cuando el camino comenzó a subir y las ruedas de la carreta empezaron a protestar sobre las piedras sueltas del primer tramo de la sierra, dijo sin girar la cabeza, “¿Usted es la viuda Villanueva?” Remedios dijo que sí. El arriero tardó un momento y luego dijo, “Mi esposa Adelaida dice que usted la curó de una infección hace tres años, que sin usted no hubiera sobrevivido.
” Remedios no recordaba el nombre exacto, pero recordaba los casos por sus características. Una infección en el costado muy avanzada que había requerido una combinación de poltis de ajo negro y una raíz de osha que ella misma había subido a buscar a las laderas del cerro norte. dijo, “Me alegra que esté bien.
” El arriero asintió y no dijo nada más. El paisaje fue cambiando a medida que la carreta ganaba altitud. El valle de San Isidro, con sus campos ordenados de maíz ya cosechado y sus casas de adobe alineadas a lo largo del camino principal, fue quedando atrás primero como una imagen completa y luego como fragmentos entre los álamos pelados que bordeaban el camino.
Luego los álamos se terminaron y comenzó el chaparral de encino bajo, gris y seco en esa época del año, con las hojas pequeñas convertidas en cuero duro por el frío. El camino se fue angostando hasta hacer una senda que seguía la curva del terreno con la lógica de los caminos que nadie diseñó, sino que simplemente se hicieron de tanto pasar.
Remedios miraba hacia arriba buscando las cumbres, pero la neblina las ocultaba. Solo veía el camino que subía y se perdía en la curva siguiente y la siguiente y la siguiente. Consuelo iba a su lado mirando los encinos con esa atención que tenía para las plantas, identificando en voz baja los que reconocía.
Ese es encino negro, ¿verdad? El de la corteza más oscura. Sí, decía Remedios, agradecida por tener algo concreto de qué hablar. Y ese ese nebro huele, lo sientes Consuelo cerró los ojos un momento y luego asintió. Aresina como la iglesia, pero más limpio. Eufemio las dejó en una explanada de roca plana, donde el camino de carreta terminaba definitivamente y empezaba el camino de a pie.
descargó sus cosas con más cuidado del que remedios hubiera esperado. Les dijo que el camino seguía recto hacia el norte hasta que se topaba con un peñasco en forma de silla de montar y que de ahí, según lo que él sabía, había otro tramo de su vida, pero no sabía bien a dónde llegaba, porque él nunca había subido más allá.
Hay una señora allá arriba, dijo antes de irse. Una vieja indígena vive sola, sabe dónde está todo. Remedios le preguntó cómo se llamaba. Todos le dicen la abuela Dolores, dijo Eufemio. Luego hizo un gesto que podía ser despedida o podía ser la señal de que ya se había quedado sin cosas que decir y volvió su carreta hacia el valle.
El camino a pie duró 2 horas y media. Remedios no había subido a la parte alta de la sierra en años. La última vez había sido antes del nacimiento de Consuelo, en uno de los viajes en que había acompañado a Esteban y que luego dejó de hacer cuando la vida del rancho se fue llenando de cosas urgentes que atender. Recordaba el camino como más fácil, aunque probablemente era porque tenía 15 años menos y cargaba menos.
El sendero era estrecho y a veces desaparecía entre las piedras, y había que rastrearlo por la dirección general o por las marcas que dejaban los pocos animales que lo usaban. Las piedras volcánicas eran de ese negro rojizo característico de la sierra, porosas irregulares, con bordes que cortaban si uno se tropezaba.
Pero a medida que subían, algo empezó a cambiar en el aire. una frescura primero, luego una humedad que no era de lluvia, sino de algo más persistente. la neblina que vivía en esa parte de la sierra como una segunda piel del cerro, filtrándose entre las rocas, depositando diminutas perlas de agua en cada superficie y con la humedad un olor que Remedios reconoció antes de poder nombrarlo, tierra mojada con algo más, algo vegetal, algo que no pertenecía al chaparral seco del tramo inferior.
“Huele diferente aquí”, dijo Consuelo. Sí, dijo Remedios y frenó el paso. Se quedaron un momento paradas en el sendero. El viento traía algo. No era un olor fuerte, era sutil, casi una sugerencia, pero era inconfundible para alguien que había pasado la vida aprendiendo a reconocer los olores de las plantas.
Era el olor fresco, levemente amargo de algo que crecía. Consuelo miró a su madre. Remedios miró hacia arriba, hacia donde el sendero desaparecía en la neblina. “Sigue”, dijo. El peñasco en forma de silla de montar lo encontraron donde Eufemio había dicho y desde ahí el camino era efectivamente más pronunciado, pero también más claro.
Alguien lo había usado recientemente porque las piedras más grandes habían sido movidas a los lados para despejar el paso central. Alguien había mantenido ese camino en condiciones. La primera vez que remedios vio los 5 hectáreas desde arriba, desde el punto donde el sendero culminaba en una meseta volcánica de forma irregular, con el cerro a la espalda y el valle extendido abajo.
Su primera reacción fue confusión, porque no era lo que esperaba. Había esperado honestamente lo que el señor Bautista y el notario y Rodrigo y Peralta habían descrito, piedras, suelo estéril, tierra que no vale nada. Y había piedras, sí, las rocas volcánicas estaban por todos lados. El suelo era oscuro y poroso y duro, y no había nada que se pareciera a los campos bien ordenados del valle de abajo.
Pero entre las piedras, entre las piedras y en las grietas y en los rincones donde el suelo volcánico se había acumulado con los años y la neblina había depositado su humedad constante, había verde, no el verde pálido y polvoriento del chaparral, un verde distinto, oscuro, tupido, vivo, de una manera que no encajaba con el aspecto general del lugar.
líneas de verde que seguían un patrón que Remedios tardó un momento en reconocer porque no lo esperaba. Eran hileras, irregulares, imperfectas, adaptadas a la topografía del terreno, pero hileras. Alguien había plantado ahí. Alguien había decidido dónde iba cada planta. “Mamá”, dijo Consuelo en un susurro. Remedios bajó de la meseta por el sendero y caminó hacia la primera hilera. Se arrodilló.
extendió la mano y tocó con los dedos las hojas de la planta más cercana. Y entonces sí lloró porque reconoció lo que era. Pero antes de que pudiera estar segura, antes de que pudiera procesar lo que estaba viendo, lo que significaba, lo que Esteban había estado haciendo durante 14 años, una voz llegó desde atrás de una roca grande al norte de la meseta.
una voz de mujer vieja pero firme. Estábamos esperando a alguien como usted, señora. Tenga cuidado con esa piedra, está suelta. La abuela Dolores tenía una edad que remedios no hubiera podido calcular ni siquiera si le hubiera preguntado directamente porque la anciana india Tigua tenía esa clase de cara que parece haber dejado de envejecer en algún punto y que desde entonces simplemente se profundiza en sus propios rasgos.
Era pequeña, con el cabello largo completamente blanco, recogido en una trenza que le llegaba a la cintura, y llevaba un rebozo de colores que habían sido vivos alguna vez, pero que los años habían suavizado hasta una gama discreta de ocados. Caminaba con bastón, pero con una seguridad que indicaba que conocía cada piedra de ese terreno de memoria.
¿Usted conocía a mi esposo?, preguntó remedios. Conocí a Esteban Villanueva desde que empezó a subir aquí hace ya 14 años”, dijo la abuela Dolores con la pronunciación del español de alguien para quien no es su primera lengua, pero que lo domina con precisión. “Vivo en esa ladera desde antes de que usted naciera, señora.
Vi llegar a su esposo la primera vez con una pala y una semilla y la cara de hombre que no sabe bien lo que está haciendo, pero está decidido a hacerlo. Con el tiempo aprendió. ¿Qué plantó? La anciana la miró con una expresión que podía ser evaluación o podía ser afecto. En su cara era difícil distinguir. “Venga a ver”, dijo.
“Lo que siguió fue la primera hora de muchas que remedios pasaría con la abuela Dolores en los meses venideros. una recorrido por los cinco hectáreas, que fue también una introducción a un mundo que remedios había intuido, pero no había visto con sus propios ojos. La anciana indígena conocía cada planta del terreno por nombre, los nombres en Tigua, en Nawatle, en español.
Sabía cuando Esteban la había plantado, con qué semilla, qué cuidados había aprendido con el tiempo, cuáles habían sobrevivido y cuáles no, y por qué. era la guardiana de todo ese conocimiento acumulado durante 14 años de trabajo silencioso. Pero antes de continuar con ese recorrido, había algo más urgente. La abuela Dolores los llevó a remedios y a consuelo hasta la parte norte del terreno, donde tres rocas grandes formaban algo parecido a una pared natural y donde entre ellas había una construcción.
No grande, era pequeña, honestamente pequeña, de quizás 4 m por 4, pero sólida. Muros de piedra volcánica bien trabada con argamasa de cal y arena, techo de vigas de enebro cubiertas con tierra y piedra plana. Una puerta de madera maciza de mezquite con una cerradura de hierro forjado, una ventana pequeña al oriente.
“Su esposo tardó 8 años en terminarla”, dijo la abuela Dolores. Subía cada mes con una o dos vigas con una cubeta de calcó completo, me dijo que ya era tiempo de que usted lo supiera, pero entonces enfermó y ya no hubo tiempo. remedio se paró frente a la puerta, la mano en la madera, la cerradura esperando.
La llave, dijo, “La tiene usted”, dijo la abuela Dolores. Revise el fondo de la caja de madera que trae. Remedios abrió la caja. La libreta de la abuela paz estaba encima, los manojos de hierbas envueltos en tela. En el fondo, debajo de todo, había algo que ella no había puesto ahí. Una llave de hierro pequeña atada con un cordón de cuero a un papel doblado en cuatro.
Consuelo puso la mano en el hombro de su madre. Remedios desdobló el papel. Estaba escrito con la letra grande y ligeramente torcida de Esteban, la letra de alguien que aprendió a escribir de adulto y nunca dejó de hacerlo como quien aprende de adulto, con determinación y sin floritura. Decía, remedios.
Si estás leyendo esto es porque ya no estoy. Abre la puerta. Todo lo que encontrarás adentro te lo explico en la carta. Te quiero más que a la tierra. Remedios metió la llave en la cerradura. Los primeros días en el alto fueron los días más físicamente difíciles que Remedios recordaba desde la primera infancia. La estructura de piedra era habitable, pero apenas.
Había dentro una mesa, dos bancos de madera y un colchón de paja sobre un catre de madera. paja que la abuela Dolores había renovado en previsión de una llegada que en su cabeza era inevitable. Había también una estufa pequeña de hierro fundido con un tubo de chimenea que atravesaba el techo. La estufa era lo más valioso de todo, significaba calor y significaba la posibilidad de cocinar.
Pero no había agua corriente. Había un algjibe, una cisterna excavada en la roca techada con losa, que recogía el agua de la lluvia y de la condensación de la neblina a través de un sistema simple de canales de piedra que Esteban había construido con el tiempo. El algiibe tenía agua, no mucha, pero suficiente para no morir de sed, para cocinar y para el aseo básico.
Para regar las plantas en temporada seca, habría que hacer un esfuerzo. La primera noche, con el fuego en la estufa pequeña y el viento de la sierra golpeando los muros de piedra afuera, Remedio se sentó en uno de los bancos de madera y leyó la carta de Esteban. La carta era larga, muy larga.
Había tardado años en escribirla. Eso se notaba en la tinta de distintos tonos y en los cambios sutiles de la letra, según el estado de ánimo con que había escrito cada parte. Consuelo la leyó por encima del hombro de su madre, sin decir nada, y cuando terminaron las dos se quedaron sentadas en silencio con el papel entre las manos y el fuego crepitando.
Afuera el viento, adentro todo lo que Esteban había guardado para cuando ella lo necesitara. Si te emocionaste con la historia de remedios hasta este punto, si sentiste en el pecho el peso de lo que esta mujer cargó hasta aquí, entonces te pido que dejes tu like en este video y te suscribas a Esperanza del Interior. Activa la campanita para no perderte ninguna historia y cuéntanos en los comentarios desde dónde nos estás escuchando, de qué ciudad, de qué país, porque saber que hay alguien del otro lado acompañando hace toda la
diferencia. Ahora, lo que Esteban le había dejado escrito a remedios en esa carta cambia absolutamente todo. La carta de Esteban Villanueva tenía 11 páginas escritas por ambas caras en el papel amarillento que él usaba para los registros del rancho. El mismo papel cuadriculado de manufactura barata que remedios había visto durante 22 años en el escritorio de la sala.
Estaba doblada en un sobre de cuero cocido a mano que olía a cedro, el mismo olor del cajón del escritorio donde Esteban guardaba sus cosas importantes. Alguien, él mismo, sin duda, había sellado el sobre con cera de abeja para protegerlo de la humedad. Remedios la leyó dos veces esa primera noche.
Valyó con el fuego de la estufa como única luz, con Cuelo inclinada a su lado y con la abuela Dolores sentada en el banco del fondo, con las manos cruzadas sobre el bastón y los ojos cerrados, como si ya supiera todo lo que decía el papel o como si el contenido de esa carta fuera algo que no le correspondía a ella escuchar, pero que tampoco podía dejar sola a estas dos mujeres en esa primera noche.
Lo que Esteban había escrito en esa carta era la historia que Remedios no había sabido, que estaba ocurriendo durante 14 años de su propio matrimonio. No porque Esteban le hubiera mentido. Ella fue entendiendo esto a medida que leía y lo entendió completamente cuando llegó a la parte en que él mismo lo explicaba, sino porque había tomado la decisión deliberada de no decírselo hasta que hubiera algo concreto que mostrarle.
Y después, cuando ya había algo concreto, había tomado la decisión de guardarlo para cuando ella lo necesitara de verdad, lo cual escribía con su letra grande y ligeramente torcida. Siempre había asumido que no sería mientras él viviera. La carta decía así en sus propias palabras, párrafo a párrafo, con la literalidad inhábil, pero sincera, de un hombre que no había aprendido a escribir para la belleza, sino para la claridad.
remedios mía. Si estás leyendo esto, ya sé lo que pasó. No sé cuándo ni cómo, pero sé qué pasó, porque lo llevo pensando desde que me di cuenta de que los hombres como yo no duran tanto como quisieran en este territorio y en este tiempo. No te escribo para que me llores. Ya me lloraste suficiente, me imagino.
Te escribo para que sepas lo que tenemos aquí arriba y para que sepas cómo usarlo. Cuando nos casamos remedios, tú tenías 20 años y yo 28. Y yo creía que un hombre que trabaja duro y no roba y no lastima a nadie puede construir algo que dure. Y sí se puede, lo construimos. Pero con los años aprendí que también hay hombres que aunque no roben y no lastimen, tienen cosas que los hombres poderosos quieren y que los hombres poderosos de este valle no están acostumbrados a no conseguir lo que quieren.
Don Aurelio Peralta lleva 15 años queriendo las tierras del río. Las quiere porque tienen agua. El agua en este territorio vale más que la plata y él lo sabe y yo lo sé. Las tres veces que me ofreció comprar, las tres veces que le dije que no, vi en sus ojos algo que me preocupó. No decepción, enojo.
El enojo de alguien que no entiende por qué el mundo no hace lo que él quiere. Ese es el enojo más peligroso. Remedios, porque no se rinde. Rodrigo, nuestro hijo, es buen muchacho en el fondo, pero quiere lo fácil y siempre lo quiso. Y yo no supe cómo enseñarle que lo fácil dura poco. Eso es mi culpa, no la suya. Lo conozco.
Sé que si yo me voy antes de tiempo, Rodrigo va a mirar el rancho y va a ver dinero rápido. Y Peralta va a estar ahí ofreciéndoselo y Rodrigo va a firmar antes de que la tierra de encima de mi tumba se seque. No te digo esto para que lo odies. Te lo digo para que no te sorprendas. Lo que hice con los 5 hectáreas del alto lo hice porque tú me lo sugeriste.
¿Te acuerdas? El verano de 1875, cuando llovió tanto y tú estabas leyendo ese libro que te prestó el Dr. Bustamante sobre las plantas de altura, me dijiste que en los 5 hectáreas había condiciones perfectas para ciertas plantas que no crecen en el valle. Lo dijiste como quien dice algo interesante que probablemente nadie va a hacer nada con ello.
Yo lo escuché y no dije nada esa noche, pero me quedé pensando. Fui a ver al viejo Fermín que conoce ese cerro mejor que nadie y que sabe de plantas más de lo que la mayoría de los hombres sabe de cualquier cosa. Le pregunté qué crecía en el alto, qué podría crecer, qué condiciones tenía ese suelo. Fermín me habló toda una tarde.
me habló de las plantas que sus abuelos usaban para curar cosas que el médico del pueblo no sabe curar. me dijo que en el suelo volcánico, a esa altura con la neblina y el frío, crecen plantas que en ningún otro lugar del territorio se dan bien, porque el suelo no es el correcto, o la altura no es la correcta o la humedad no es la correcta, y que ahí arriba, en esos 5 hectáreas, que todos consideran piedras inútiles, están dadas todas las condiciones al mismo tiempo.
Te voy a decir los nombres porque necesitas saberlos, aunque ya los conoces mejor que yo. La primera es el toloache serrano, no el del llano, sino la variedad de altura Fermín, la llama antigua con un nombre que no sé escribir bien. La del llano es veneno en dosis equivocadas. La de la sierra, en la dosis correcta, baja la fiebre más rápido que cualquier cosa que yo haya visto.
Fermín me lo demostró con su propio nieto, que tenía 40 gr y al que nadie podía bajar. La segunda es la raíz de osa roja, que ya conoces, pero la variedad que crece en el suelo volcánico tiene las propiedades más concentradas, según lo que me explicó Fermín, y según lo que después encontré confirmado en una carta que le escribí al farmacéutico de Santa Fe y que me contestó con mucho interés.
La tercera es lo que en español llaman valeriana de cerro, que para los nervios y el corazón trabaja de una manera que la valeriana del valle no alcanza. Y la cuarta, la que más tiempo me costó establecer y la que Fermín dice que es la más importante, es una que solo tiene nombre antigua y que yo aprendí a llamar simplemente la hierba del frío, porque es lo que cura, la enfermedad del frío, lo que llaman fiebre de verano cuando ataca en temporada de calor, pero que en realidad viene del frío, de esa fiebre que empieza con escalofríos y termina
con el pecho bloqueado y el enfermo que no puede respirar. En los años malos, esa fiebre mata a los niños y a los viejos como las heladas matan el maíz. Fermín me dijo que sus abuelos usaban esa planta para controlar esa enfermedad y que con los años fue olvidando dónde crecía y cómo se usaba. Le pregunté, “¿Y aquí arriba crecería?”, me dijo, “Con el cuidado correcto.
Sí, me tardé 2 años en aprender a trasplantar esa planta sin matarla. Me tardé otros dos en entender cuánta agua necesita y en qué época. Para el año de 1881 ya tenía una hilera de 20 plantas establecidas y creciendo bien. Para el año de 1884 tenía 140 plantas adultas y semillero para 200 más. Ahí también porque Fermín me fue enseñando sobre la marcha y porque el suelo del alto es generoso con quien lo trata bien.
Manzanilla serrana árnica volcánica, epazote de cerro gobernadora. Y en la parte más protegida del Peñasco Norte, una colonia de la banda silvestre que apareció sola y que la abuela Dolores dice que lleva ahí desde antes que nadie recuerde. Todo esto te pertenece, Remedios. Nunca fue del rancho. Está en los cinco hectáreas del alto que están a tu nombre y que Rodrigo y Peralta van a despreciar porque no ven más allá de la tierra que se puede harar.
Lo que crece entre las piedras no lo ven. Ahora te voy a decir algo importante. Hay un hombre en Santa Fe que se llama Dr. Everet Morrison, que es médico y también estudia las plantas medicinales del territorio. Yo le escribí tres veces a lo largo de los años. Sus respuestas están guardadas en la caja de cedro que está debajo del catre dentro de una bolsa de tela encerada.
Él sabe del toloache serrano y de la hierba del frío. Él sabe que lo que tenemos aquí es raro y valioso. Si alguna vez necesitas dinero, él sería el primero con quien hablar. Si alguna vez necesitas que alguien con autoridad científica diga que lo que tienes es real y valioso, él también. Pero antes de hablar con Morrison o con cualquier otro, necesitas hablar con la abuela Dolores.
Ella sabe todo lo que yo sé sobre estas plantas y mucho más que yo nunca aprendí. Ella es quien las ha cuidado en los meses en que yo no podía subir. Ella es quien le enseñó a Fermín y Fermín me enseñó a mí. Sin ella nada de lo que hay arriba existiría. Trátala bien. Ya lo harías de todos modos porque eres tú. Pero te lo digo igual. Ahora lo que más me importa decirte, sé que estos años no fueron fáciles.
Sé que hubo noches en que me preguntaste por qué subía al alto y no te lo dije del todo. Quería esperarme a tener algo completo, algo terminado, algo que valiera la pena mostrarte. Siempre pensé, el año que viene ya tengo más para mostrarle y el año siguiente también. Y así se fueron los años y nunca te lo dije y ahora ya no puedo hacerlo de frente, que es como hubiera querido.
Lo siento, remedios, lo siento de verdad. Y quiero que sepas una cosa más, que es la cosa más verdadera que he podido escribir en toda esta carta. En 22 años de casados, no hubo un solo día en que no me sintiera el hombre más afortunado del valle de San Isidro. No por las tierras, ni por el ganado, ni por nada que pudiera venderse por ti, por la manera en que sabes el nombre de cada planta, por la manera en que te sientas a la orilla de la cama cuando alguien está enfermo y no te vas hasta que está mejor, por la manera en que le hablaste a consuelo de la abuela paz,
como si la abuela paz todavía estuviera ahí con nosotros, porque de alguna manera, gracias a ti, siempre estuvo. Cuida a consuelo. Cuídate tú. Y no olvides que lo que está entre esas piedras es tuyo. Nadie te lo puede quitar. Esteban PD. En la pared norte del cuarto, detrás del tablón de madera que está suelto, hay 120 pesos en monedas de plata.
Los fui guardando para cuando los necesitaras. Úsalos como necesites. Remedios terminó de leer la carta por segunda vez y se quedó sentada sin moverse durante un largo tiempo. El fuego de la estufa se había reducido a brasas consuelo. En algún momento que remedios no había notado, había apoyado la cabeza en el hombro de su madre y estaba dormida con la respiración lenta de los jóvenes que se quedan dormidos en medio de la emoción.
La abuela Dolores seguía sentada en el banco del fondo con los ojos cerrados y el bastón entre las manos. Pero por la manera en que la anciana respiraba, Remedio supo que no dormía. “¿Cuánto vale lo que hay aquí arriba?”, preguntó Remedios en voz baja. La abuela Dolores abrió los ojos. Los tenía oscuros y limpios con esa cualidad de los ojos viejos, que han visto muchas cosas y han elegido quedarse con lo importante.
No se puede poner precio en pesos, dijo. Lo que vale se mide en lo que cura y en a quién. Un hombre rico puede dar 10 pesos por lo que una planta vale. Un niño enfermo da todo lo que su familia tiene. ¿Cuál es el precio real? Y en tiempo de enfermedad, cuando no hay otra cosa. La anciana la miró un momento.
En tiempo de enfermedad, una planta que cura vale lo que no se puede medir. Vale lo que pesa una vida. Remedios asintió. guardó la carta en el sobre de cuero, se levantó, fue a la pared norte, encontró el tablón suelto, exactamente donde Esteban había dicho, y detrás había una bolsa de tela encerada que pesaba mucho para su tamaño. La abrió.
Las monedas de plata estaban ahí, frías y brillantes en la oscuridad, 120 pesos exactos que ella contó una por una antes de volver a guardarlos. Fue también al tablón del lado y encontró la caja de cedro que Esteban mencionaba. Dentro, envueltas en tela encerada, igual que las monedas, tres cartas del Dr.
Everett Morrison de Santa Fe. Las guardó para leer al día siguiente cuando hubiera luz. Luego fue a despertar a Consuelo suavemente para que se acostara en el catre. Se sentó en el banco y miró las brasas del fuego. Afuera, la neblina de la sierra envolvía las piedras y las plantas y el algive y los muros de la pequeña casa de piedra, y todo olía a la mezcla que Remedios había reconocido desde el camino.
Tierra volcánica húmeda y algo vegetal, algo que crecía, algo que Esteban había plantado durante 14 años a petición suya sin decírselo. Por primera vez en semanas, Remedios no pensó en Rodrigo, ni en don Aurelio Peralta, ni en el señor Bautista, ni en el notario, ni en los 4200 pesos que se habían ido en el morral de un hijo que ya no volvería.
pensó en Esteban subiendo al alto con una pala y una semilla y la cara de hombre que no sabe bien lo que está haciendo, pero está decidido a hacerlo. Pensó en el viejo Fermín enseñándole a trasplantar la hierba del frío. Pensó en la abuela Dolores cuidando las plantas en los meses en que Esteban no podía subir.
Pensó en una planta que cura la fiebre más rápido que cualquier cosa que yo haya visto. Y entonces, sí, lloró. Pero no era el llanto del duelo, ni el llanto de la humillación, ni el llanto de la mujer que firmó papeles en un escritorio que olía a papel viejo, mientras el señor Bautista le decía que no valía nada. Era el llanto del reconocimiento, el llanto de quien acaba de entender que nunca fue olvidada, que alguien la vio claramente durante 22 años y preparó en silencio exactamente lo que ella necesitaría.
Era un llanto de alivio tan profundo que le dolían los hombros de tanto tiempo cargando lo que soltaba. Lloró hasta que no le quedaron más lágrimas y eso llevó un buen rato. Cuando terminó, se limpió la cara con el reboso. Fue a buscar uno de los cobertores del catre. Consuelo había encontrado el segundo, así que había uno para cada una.
y se acostó en el banco con el cobertor encima, mirando el techo de piedra de la pequeña casa que Esteban había tardado ocho años en construir. Escuchó la respiración de consuelo, escuchó el viento, escuchó entre las piedras y la neblina afuera el silencio particular de los lugares que guardan vida. Durmió.
Al día siguiente, con la primera luz del oriente entrando por la ventana pequeña, Remedios leyó las cartas del Dr. Morrison. Eran tres, fechadas en 1879, 1882 y 1884, escritas en un español cuidadoso y ligeramente formal que revelaba a un hombre educado que había aprendido el idioma de adulto. En la primera, el Dr. Morrison respondía a la descripción que Esteban le había enviado del Toloache serrano y de la hierba del frío, con un interés que se notaba genuino a través de la distancia de la correspondencia.
describía haber leído sobre esas variedades en textos de botánica española del siglo anterior, pero nunca haber tenido acceso a especímenes del territorio y preguntaba si sería posible recibir muestras para estudio. En la segunda más larga, Morrison confirmaba que las muestras que Esteban le había enviado, pequeñas cantidades de hierba seca cuidadosamente empacadas en papel encerado, correspondían efectivamente a variedades de alta altitud con concentraciones de principios activos notablemente superiores a las de las
variedades de tierras bajas. Usaba términos que remedios no entendía del todo, pero entendía lo suficiente. Los alcaloides presentes en una muestra de esta variedad de datura serrana representan entre tres y cuatro veces la concentración presente en especímenes de llanura. En la tercera fechada en 1884, Morrison preguntaba directamente si Esteban estaría dispuesto a un acuerdo de suministro regular para la farmacia que él administraba en Santa Fe, con precios que estipulaba por Onza, que hicieron que Remedios tuviera que volver
a leer el número dos veces para asegurarse de que lo había leído bien. la abuela Dolores que leía por encima de su hombro con una naturalidad que indicaba que no era la primera vez que veía esos papeles. Dijo, “Su esposo guardó esas cartas para usted. Me dijo que si él no llegaba a arreglar ese trato, usted lo arreglaría mejor.
¿Por qué mejor?” La anciana sonrió y era la primera vez que sonreía desde que Remedios la había conocido. Porque usted sabe lo que tiene. Él aprendió a cultivarlo. Usted sabe usarlo. Son cosas distintas. Consuelo, que también había leído las cartas, dijo, “Y el Dr. Morrison sigue en Santa Fe.
” Eso habría que averiguarlo, dijo Remedios. Pasaron los días siguientes a la carta en un estado que remedios describiría después como de reconocimiento progresivo. Cada mañana era un nuevo descubrimiento, una nueva capa de lo que Esteban había construido. Recorrieron los 5 hectáreas metro a metro con la abuela Dolores. anciana conocía cada planta por nombre y por historia y por propósito, y la generosidad con que compartía ese conocimiento, con remedios y consuelo, no tenía nada de condescendencia ni de posesión. Era simplemente la generosidad
de quien sabe que el conocimiento no vale nada si se muere con quien lo tiene. El inventario que emergió de esos recorridos era, para remedios, algo que oscilaba entre lo práctico y lo milagroso. Había en los 5 hectáreas, en distintas etapas de crecimiento y en distintas concentraciones según la parte del terreno.
187 plantas adultas de Toloache Serrano con semillero establecido para el año siguiente. 94 ejemplares adultos de hierba del frío. La planta que curaba la fiebre de pecho, la que solo tenía nombre antigua, la que los antepasados de la abuela Dolores usaban y que la gente del valle había olvidado dónde encontrar. 70 plantas de raíz de osha roja volcánica en distintos estadios de maduración.
42 de Valeriana de Cerro y en la parte protegida del Peñasco Norte los lavanderos silvestres que nadie había plantado y que crecían desde antes que nadie recordara con sus espigas de color lila apagado que en verano debían oler a todo el cielo. Había también algo que Esteban no había mencionado en la carta, quizás porque lo descubrió tarde o quizás porque no sabía del todo lo que era, y que la abuela Dolores llamó Antigua con un nombre que Consuelo anotó en la libreta de la abuela Paz con la mayor cuidado posible.
En español, explicó la anciana, se podría llamar algo como hierba del sueño limpio, una planta pequeña de hoja plateada que crecía en las grietas más altas de las rocas del Peñasco Norte y que sus antepasados usaban para ayudar a dormir a los enfermos, que llevaban demasiados días sin descansar. En la fiebre, dijo la abuela Dolores, el enfermo no puede dormir por los calambres y el miedo.
Con esta planta duerme tres horas sin interrupciones. Y el cuerpo que duerme 3 horas se cura de maneras que el que vela toda la noche no puede. Consuelo escuchaba y escribía, Remedios escuchaba y sus manos recordaban. El quinto día en el alto, Remedios tomó la decisión que había estado formándose en silencio desde la primera noche. Lo dijo en voz alta.
No para convencerse, sino porque decirlo en voz alta era hacerlo real. Nos quedamos, construimos aquí. Consuelo levantó la vista de la libreta. Aquí arriba, aquí arriba. Expandimos la casa en primavera. Aprendemos todo lo que la abuela Dolores puede enseñarnos. Escribimos al Dr. Morrison y esperamos. ¿Qué esperamos? Remedios miró hacia el valle que se extendía allá abajo, tan lejos que las casas de San Isidro se veían como cuadraditos blancos entre los campos cafés del otoño.
Miró la hacienda de Peralta al sur, con sus establos y su corral grande y su casa de dos pisos que brillaba en el sol de noviembre. Las enfermedades no preguntan a quién atacan. Dijo la fiebre no sabe si el paciente es ascendado o jornalero. Y en este valle, cuando la fiebre llegue, y llegará siempre llega, la única persona con la planta que la detiene va a estar aquí arriba.
La abuela Dolores, que estaba sentada en su piedra favorita al borde del terreno, dijo sin girar la cabeza, “Ya llegó antes. Llegará de nuevo. Siempre llega.” Los meses que siguieron fueron meses de trabajo y de aprendizaje. Remedios y consuelo establecieron una rutina que se estructuraba alrededor del ritmo de las plantas y del clima del alto.
Mañanas en el terreno, tardes estudiando los textos. y las notas de la abuela Dolores. Noches preparando y catalogando y escribiendo en la libreta de la abuela paz, que se fue llenando hasta que hubo que conseguir cuadernos nuevos. La pequeña casa de piedra fue ganando capas de vida, manojos de hierbas secándose en las vigas, frascos alineados en el tablón que remedios instaló a lo largo de la pared, la caja de cedro convertida en archivo, el mortero de granito que remedios había traído de la casa del valle, el único objeto grande que el
mayordomo de Peralta no había reclamado porque lo había confundido con parte de la cocina. Con los 120 pesos de las monedas de plata, Remedios hizo tres cosas. Mandó un mensaje con un arriero de confianza al Dr. Morrison en Santa Fe, presentándose y confirmando que el acuerdo de suministro que él había propuesto a su esposo seguía en pie.
Compró en San Isidro materiales básicos para ampliar el cuarto de la casa, cal, arena, dos docenas de tablones de madera que subieron en varias cargas con la ayuda de Crescencio, el jornalero del rancho que había perdido el trabajo con la venta y que cuando supo que la señora Villanueva necesitaba manos, subió sin preguntar cuánto iba a cobrar y separó 30 pesos para lo que ella llamaba el fondo del mal año, guardados en la bolsa de tela encerada para emergencia.
Crescencio se quedó a vivir en el alto. Construyó un cuarto pequeño para él con los tablones sobrantes a unos metros de la casa principal y se convirtió en el músculo del establecimiento. Cargaba agua del algibe, transportaba materiales, hacía los reparos que la estructura de piedra necesitaba después del primer invierno y atendía a las mulas cuando era necesario.
Era un hombre de 40 años, de pocas palabras y confiabilidad absoluta, del tipo de persona que cumple lo que dice y no dice nada que no piensa cumplir. El invierno fue duro. Los vientos de la sierra en enero y febrero eran algo distinto a los vientos del valle, más constantes, más secos, con una frialdad que no era del todo temperatura, sino también una clase de persistencia que desgastaba.
Pero la pequeña casa de piedra resistía bien. Esteban había construido los muros con un grosor que había parecido excesivo al principio y que en invierno se revelaba exactamente correcto, y la estufa de hierro con buena leña de enebro mantenía el interior a una temperatura que sin ser cálida, era habitable.
En esos meses de invierno, Remedio se dedicó principalmente a la correspondencia con el Dr. Morrison, que respondió su primer mensaje con un entusiasmo que llegaba a través de la tinta, aunque estuviera escrito en el español formal de quien aprendió el idioma con diccionario. Morrison era, resultó un hombre de 50 y tantos años que había llegado al territorio de Nuevo México desde Pennyvania 15 años antes, convencido de que en las plantas medicinales del suroeste americano había conocimientos que la medicina convencional ignoraba
sistemáticamente. Había estudiado con médicos Navajo y había publicado un artículo en una revista de medicina de Boston que nadie en el territorio había leído, pero que en la costa este había generado cierto interés. Era, en pocas palabras, exactamente el aliado que remedios necesitaba, alguien con credenciales que el mundo anglosajón reconocería con conocimiento genuino y con interés real en lo que ella tenía.
Acordaron los términos del primer envío en una carta de febrero de 1886. Remedios enviaría muestras de herbario de cada variedad principal con notas sobre usos y preparaciones en la tradición que ella y la abuela Dolores dominaban. Morrison evaluaría y confirmaría con los instrumentos científicos que tenía disponibles, y el acuerdo de su ministro quedaría establecido formalmente cuando ambas partes tuvieran suficiente confianza en la relación.
Mientras tanto, Remedios empezó a recibir a los primeros pacientes del alto. No fue algo que planeó, fue algo que ocurrió porque los lugares donde hay alguien que cura se hacen conocidos de la misma manera que se hacen conocidas todas las cosas importantes en los territorios donde la gente vive cerca, de boca en boca, en el mercado, en la iglesia, en los pozos donde las mujeres se juntan a lavar.
La señora Adelaida, la esposa del arriero Eufemio, mencionó a tres vecinas que la viuda Villanueva estaba en el alto y que sabía de plantas. Las tres vecinas se lo dijeron a sus maridos y a sus cuñadas y a las madres de sus comadres. Y un martes de diciembre, cuando el primer frío serio ya había llegado, subió al alto una mujer joven cargando un niño de 2 años con fiebre alta. Remedios la atendió.
El niño bajó la fiebre esa noche. La mujer no tenía dinero, pero traía un costal de maíz que dejó en la puerta antes de irse. Eso fue el primer pago de lo que se iría convirtiendo en una práctica. Quien podía pagaba en especie o en dinero. Quien no podía pagaba en otra cosa. Una hora de trabajo, un favor, un conocimiento práctico que remedios pudiera usar o no pagaba nada y remedios los atendía igual.
Era exactamente lo mismo que había hecho en el rancho durante 22 años, solo que ahora era en su propio lugar, con sus propias plantas, en el alto que le pertenecía completamente. La abuela Dolores observaba todo esto con la expresión de alguien que sabía que iba a ocurrir exactamente así. La primavera de 1886 trajo lluvias abundantes y la confirmación de que el terreno del alto respondía bien.
Las plantas establecidas crecieron más de lo esperado. El semillero del Toloache serrano produjo más de 200 plántulas nuevas y en la parte baja del terreno, donde el suelo era ligeramente más profundo, germinaron espontáneamente plantas que nadie había sembrado ahí, como si el suelo, tratado bien durante 14 años de trabajo de Esteban, estuviera devolviendo su propia generosidad.
Consuelo cumplió 16 años en marzo. Remedios le regaló un cuaderno nuevo y una pluma de metal y le dijo que ese cuaderno era para que escribiera todo lo que aprendiera de la abuela Dolores. No solo los nombres de las plantas, sino las historias que la anciana contaba sobre cada una. Porque el conocimiento sin historia pierde raíces y las raíces son lo que hace que algo dure.
Consuelo llenó ese cuaderno en 4 meses. Pidió otro. Fue en ese verano de 1886, exactamente cuando Remedio empezaba a sentir por primera vez en muchos meses, que la vida tenía una forma reconocible cuando comenzó la fiebre. La fiebre llegó al valle de San Isidro en julio de 1886 con la precisión silenciosa de las cosas que no avisan.
Llegó primero en los jornaleros del rancho de don Apolinar Ríos al sur del Valle, que empezaron a faltar al trabajo a principios de mes con escalofríos y dolor de cabeza. Luego en Los hijos del Herrero, luego en las lavanderas del río, luego en el mercado, donde tres de los puestos fijos cerraron porque sus dueños no podían levantarse de la cama.
Para mediados de julio, el médico del pueblo, el Dr. Jacinto Fuentes, había visto 47 casos en dos semanas. Era exactamente lo que la abuela Dolores había descrito, la fiebre del pecho, la que empieza con escalofríos y termina con el enfermo sin poder respirar, la que en los años malos mata a los niños y a los viejos. El doctor Fuentes la llamaba fiebre tifoidea estacional, aunque los síntomas no encajaban perfectamente con ningún manual que tuviera y la trataba con quinina y reposo y agua fría, que servían para algunas cosas, pero no para
la parte del pecho, que era la parte que mataba. Las noticias llegaban al alto en fragmentos traídas por los pacientes que subían con sus propios males o que subían específicamente a informar. Crescencio bajaba al pueblo una vez por semana y volvía con información. La abuela Dolores escuchaba todo sin decir nada y luego, cuando todos habían hablado, dijo una tarde, “Ahora.
” ¿Ahora qué? Preguntó Consuelo. “Ahora es cuando la señora Remedios baja al pueblo.” Remedios había estado pensando lo mismo, pero no lo había dicho en voz alta. No por indecisión, sino porque quería que la decisión fuera consciente, no refleja. Quería entender exactamente lo que hacía y por qué. No era generosidad abstracta lo que la movía.
Aunque había generosidad genuina, era también algo más concreto. Si el conocimiento de estas plantas servía para algo, era exactamente para esto. Y si no se usaba para esto, ¿para qué servía? Preparó los primeros dos días. recogió y procesó hierba del frío en la manera que la abuela Dolores le había enseñado, hervida dos veces con agua del algjibe, enfriada en la piedra, reducida a una concentración que se conservara sin fermentar, preparó toloache serrano en infusión seca, la forma que bajaba la fiebre más rápido y con menos riesgo.
Preparó valeriana de cerro para los que no podían dormir. preparó la hierba del sueño limpio para los casos más graves. Llenó el morral de cuero que había sido de su madre. Bajó al pueblo el miércoles. El doctor Jacinto Fuentes era un hombre de 55 años, flaco y serio y honrado de la manera directa en que son honrados los médicos de pueblo, que llevan décadas viendo lo que la gente no quiere ver.
No creía en curanderas, no porque las despreciara exactamente, sino porque le parecía que la medicina debía avanzar y que avanzar significaba alejarse de las prácticas del pasado. Cuando Remedios llegó a su consultorio con el morral de cuero y le explicó lo que traía y lo que podía hacer, el doctor Fuentes la miró por encima de sus lentes con una expresión que mezclaba escepticismo profesional y la desesperación de quien lleva dos semanas sin poder controlar una epidemia.
“¿Qué garantía me da usted?”, preguntó. “Ninguna,”, dijo Remedios, “solo que sé. Pruébelo con un caso que ya no está respondiendo a la quinina. El doctor Fuentes la llevó a ver a Tiburcio Carrasco, un hombre de 50 años que llevaba 12 días con fiebre y que ese día estaba en el cuarto del pecho bloqueado, el síntoma que el médico no podía controlar.
La esposa de Tiburcio, doña Esperanza, estaba sentada junto a la cama con el rosario en las manos y la cara de quien ha empezado a hacer las paces con algo que no quiere aceptar. Remedios preparó la infusión en la cocina de la casa con agua que consuelo que había bajado con ella hirvió en una olla de barro. Administró la dosis de hierba del frío y media hora después, cuando la respiración de Tiburcio empezó a abrirse levemente, la hierba del sueño limpio.
Tiburcio Carrasco durmió 4 horas seguidas. Cuando despertó, la fiebre había bajado 2 grados y podía respirar sin el ruido de pecho que había tenido durante días. El doctor Fuentes estuvo presente todo el tiempo, sentado en la silla del rincón observando. No dijo nada mientras Remedios trabajaba. Cuando Tiburcio despertó y su esposa empezó a llorar de alivio silencioso, el doctor Fuentes se levantó de la silla y fue a la cocina donde Remedios estaba limpiando los materiales.
¿Cuánto tiene de eso?, preguntó. Suficiente para manejar la epidemia si la manejamos bien, no para derrocharla. ¿Qué necesita de mí? que me diga qué casos están en el estado del pecho y que me deje trabajar sin que nadie me pregunte de dónde saqué el conocimiento hasta que esto termine. El doctor Fuentes le extendió la mano.
Trato. Las tres semanas siguientes fueron las más intensas que Remedios había vivido desde que era joven. Ella y Consuelo recorrían el pueblo y los ranchos circundantes, atendiendo los casos graves que el doctor Fuentes le señalaba. Consuelo llevaba el registro con la precisión meticulosa de quien tiene vocación para eso.
Nombre del paciente, edad, síntomas, dosis administrada, evolución. Remedios administraba y observaba y ajustaba, porque cada cuerpo responde diferente. Y la práctica le había enseñado a leer las señales. Crescencio subía y bajaba del alto todos los días, trayendo las preparaciones nuevas que la abuela Dolores supervisaba desde el terreno.
La anciana no bajó al pueblo. Era demasiado viejo ese camino para sus rodillas, decía, aunque Remedios pensaba que también era demasiado viejo su orgullo para andar entre gente que durante décadas no había querido ver lo que ella sabía, pero enviaba instrucciones con creencio, escritas en pedazos de papel con la letra irregular de quien aprendió a escribir en su segunda lengua.
De los 47 casos activos al momento en que Remedios llegó al pueblo, 42 respondieron al tratamiento. Tres murieron antes de que ella llegara a atenderlos. habían esperado demasiado. Dos tenían complicaciones previas que ninguna planta hubiera resuelto. Eso dejaba un resultado que el doctor Fuentes documentó en su libreta con la letra meticulosa del hombre que lleva registro de todo, 42 recuperaciones en casos que sin intervención hubieran tenido una mortalidad estimada del 30%.
Todo esto ocurrió en el pueblo de San Isidro y en los ranchos del Valle, a la vista de todos, incluyendo la vista de los empleados de don Aurelio Peralta, que informaban a su patrón de lo que ocurría. Fue la primera semana de agosto cuando don Aurelio Peralta mandó a su mayordomo al alto con un recado. El mayordomo era el mismo hombre.
Lucio Mendoza se llamaba Hombre de 40 años con bigote tupido y la actitud de quien lleva años acostumbrado a representar el poder de otro, que había venido al rancho Villanueva después del entierro de Esteban con el inventario de los bienes. Remedios lo reconoció desde que comenzó a subir el camino del cerro, mucho antes de que llegara a la meseta.
Lo esperó de pie junto a la puerta de la pequeña casa. Lucio Mendoza llegó con el sombrero en la mano. Primera diferencia con la última vez que se habían visto cuando ni siquiera se lo había quitado. Buenos días, señora Villanueva dijo. Don Aurelio. Me envía a informarle que su hija Catalina está enferma.
Lleva 5co días. Es lo del pecho, señora. El doctor Fuentes dice que es el caso más grave que ha visto en esta temporada. Remedios lo miró. Esperó. Don Aurelio pregunta si usted si la señora curandera estaría dispuesta a bajar a atender a su hija. Don Aurelio sabe dónde encontrarme, dijo Remedios.
Si quiere hablar conmigo, puede subir el mismo. Lucio Mendoza parpadeó. No era la respuesta que esperaba. Señora, don Aurelio es un hombre ocupado y el camino es el camino es el mismo que yo subo y bajo desde hace meses. Dijo Remedios. Dígale que lo espero. Don Aurelio Peralta llegó al alto tres horas después. Llegó a caballo con Lucio Mendoza y otro hombre detrás y llegó con la cara del hombre que no ha tenido que pedir nada en mucho tiempo y que ha olvidado cómo se hace.
Era un hombre de 60 años, corpulento, con el bigote y el sombrero que usaban los ascendados de esa región como uniforme de su clase. Su cara tenía esa peculiaridad de los rostros de los poderosos que envejecen sin haber sufrido, bien alimentada, bien dormida, sin las marcas que deja el trabajo físico o la preocupación sostenida.
se bajó del caballo, miró el terreno, miró la pequeña casa de piedra, miró las hileras de plantas entre las rocas volcánicas. Remedios vio el momento exacto en que el ascendado entendió lo que estaba viendo, porque hubo un cambio en su cara, primero desconcierto, luego algo más complejo y menos agradable de nombrar.
Remedios estaba de pie junto a la puerta de piedra, con las manos juntas sobre el morral de cuero y la expresión serena de quien ha tenido semanas para prepararse para este momento exacto. “Señora Villanueva,” dijo Peralta. El señora era nuevo. La última vez que ella había tenido que interactuar con él era simplemente usted, “Don Aurelio, dijo Remedios, vengo por mi hija Catalina.
Usted sabe lo que está pasando en el valle. El Dr. Fuentes me explicó que usted tiene lo que ella necesita. Estoy dispuesto a pagar lo que sea necesario. Bien, dijo Remedios. Peralta esperó. Cuando quedó claro que Remedios no iba a continuar sola, dijo, “¿Cuánto quiere?” “Primero necesito ver a Catalina”, dijo Remedios.
No hablo de precio sin ver al paciente. Soy curandera, don Aurelio, no comerciante. Peralta asintió. Algo en su postura cedió levemente, como cuando una persona que se preparó para una pelea descubre que la otra persona no quiere pelear, sino que tiene algo diferente en mente. Cuando me diga usted qué puede hacer por ella, hablaremos, continuó Remedios.
Y cuando hablemos, vamos a hablar de más de un asunto. Peralta la miró. Sus ojos eran del color de la tierra seca. ¿Qué asuntos? Los que corresponden dijo Remedios. Pero primero la niña. Bajaron juntos al pueblo. La hija de Peralta, Catalina, tenía 17 años y llevaba 6 días con la fiebre más alta que el doctor Fuentes había registrado en toda la temporada.
41 grados sostenidos, con el pecho tan bloqueado que respiraba con un esfuerzo que se escuchaba desde la puerta del cuarto. Era una muchacha de cara bonita y pelo oscuro que en ese estado parecía una figura de papel. Remedios la atendió durante 4 horas sin hablar de nada más que de la enferma. Peralta estuvo en el cuarto todo el tiempo de pie junto a la pared, con las manos a los lados y la cara del hombre que por primera vez en su vida, está en un lugar donde el dinero no cambia las reglas.
Remedios no le pidió que saliera ni lo ignoró. Lo incluyó con la tranquilidad de quien no tiene nada que esconder. A las 2 horas la fiebre comenzó a bajar. A las 4, Catalina dormía con la respiración regular, de quien por fin pudo soltar el esfuerzo. Peralta miró a remedios. ¿Cómo lo hizo? Con lo que tengo en el alto. Dijo Remedios.
Con lo que mi esposo plantó durante 14 años en la tierra que nadie quería. Hubo un silencio. Peralta la miró. Era el silencio de alguien que está entendiendo algo que no puede deshacer una vez entendido. ¿Cuánto quiere?, preguntó de nuevo. Remedio se sentó en la silla junto a la cama de Catalina, no como gesto de agotamiento, aunque estaba cansada, sino como el gesto deliberado de alguien que va a hablar con calma y necesita estar sentada para hacerlo bien.
Voy a necesitar volver mañana y pasado para asegurarme de que siga bien, dijo. Para eso no le cobro nada, porque es parte del tratamiento y terminar el tratamiento es mi responsabilidad. Pero cuando Catalina esté completamente recuperada, don Aurelio, vamos a hablar de lo que usted me debe a mí, no como curandera, como la viuda de Esteban Villanueva.
Peralta no dijo nada, pero tampoco se fue. Usted compró 40 haáreas de tierra a Rodrigo Villanueva a 4,200es, tierra que valía el doble de eso en cualquier estimación honesta del catastro. tierra que era posible comprar a ese precio porque Rodrigo quería dinero rápido y porque usted llegó dos días después del entierro de su padre con el dinero ya contado.
La transacción fue legal, dijo Peralta. Fue legal, admitió remedios. No dije que fuera ilegal. Dije que me debe algo, no en términos de ley, en términos de lo que es correcto y de lo que usted sabe que es correcto, don Aurelio, porque usted no es un hombre que no entienda la diferencia. Peralta la miró durante un tiempo que se sintió largo.
¿Qué quiere? Quiero cinco hectáreas en el límite sur de sus tierras, las que lindan con el camino viejo que va hacia ojo caliente. Tierras planas con agua, aptas para construcción. a precio de catastro, pagado en plazos razonables que acordaremos. Eso son mis tierras. Sí, dijo Remedios, y lo que tengo en el alto son mis plantas y usted acabó de ver lo que hacen esas plantas.
Pausa. También quiero un documento firmado ante notario, el señor Bautista, si le parece, aunque le voy a pedir que esta vez lo lea yo antes de firmarlo, que establezca que tengo derecho de paso permanente por el camino que cruza sus tierras para bajar al pueblo, porque ese camino pasa por lo que era nuestro y hoy es suyo, y sin paso libre, el alto queda aislado. Peralta seguía mirándola.
En su cara había algo que remedios no esperaba encontrar ahí. No era ira, era algo más parecido al reconocimiento. El reconocimiento del hombre que se enfrenta a alguien que sabe exactamente lo que tiene y no se va a asustar. Si Catalina se recupera completamente, dijo al fin, va a recuperarse, dijo Remedios, vuelvo mañana a las 8.
Catalina Peralta se recuperó completamente en 9 días. El décimo día, en el despacho del señor Bautista, don Aurelio Peralta firmó los dos documentos que Remedios había pedido, la compraventa de los 5 hectáreas del sur a precio de catastro, 380 pesos en 10 pagos anuales y el derecho de paso permanente. El Señor Bautista levantó la vista de los papeles una vez y miró a remedios con la misma expresión que se usa para mirar algo que no encaja en el mapa que uno tenía del mundo.
Luego bajó la vista y siguió escribiendo. Rodrigo se enteró dos semanas después. Llegó desde las cruces. Había gastado en seis meses la mitad de lo que recibió de Peralta con la intención de reclamar algo que no supo nombrar bien porque en realidad no tenía argumento legal. Subió al alto, donde remedios y consuelo estaban recogiendo la cosecha de Toloache Serrano con la abuela Dolores y Crescencio.
¿Qué es todo esto?, dijo Rodrigo mirando el terreno con los ojos del hombre que acaba de entender que le faltó información en el momento crucial. Es lo que dejó tu padre, dijo Remedios, lo que nadie quiso. Yo no sabía. No, dijo Remedios. No sabías, pero también no preguntaste. Rodrigo la miró. En su cara había vergüenza.
La clase particular de vergüenza del hombre que entiende que actuó mal y no sabe si es peor admitirlo o seguir sin admitirlo. ¿Puedo quedarme? dijo al final en voz baja. ¿A hacer qué? Preguntó Remedios. Rodrigo miró las hileras de plantas, miró a Crescencio, miró a su hermana Consuelo, que lo miraba con una expresión que no era odio, sino algo más doloroso.
Decepción profunda y memoria larga. Miró a su madre. “A aprender”, dijo. Remedios lo miró durante un momento. Luego dijo, “Hay una pala detrás de la casa. Mañana muy temprano, Crescencio te enseña cómo se riega el semillero sin aplastar las plántulas. Si a los 15 días todavía estás aquí, hablamos de lo demás. Rodrigo asintió, fue por la pala.
Consuelo esperó a que se fuera y luego miró a su madre. Vas a dejarle quedarse tu hermano dijo Remedios. y eres la que escribiste en la libreta de tu abuela, que el conocimiento sin generosidad es solo poder, y el poder sin generosidad es solo miedo. ¿No fue eso lo que escribiste? Consuelo la miró. Luego despacio empezó a sonreír. Fue lo que me enseñaste tú.
Entonces aplícalo. Rodrigo se quedó los 15 días y los 15 que siguieron. El año que corrió entre el verano de 1886 y el verano de 1887 fue el año en que el Alto de la Sierra dejó de ser 5 hectáreas de tierra que nadie quería y se convirtió en algo que no tenía nombre exacto en el vocabulario del Valle, pero que la gente empezó a llamar de distintas maneras.
Algunos decían la herbolaria de la sierra, otros decían el rancho de la viuda Villanueva. Otros simplemente decían el alto, como si todos supieran de qué hablar. La abuela Dolores lo llamaba Antigua, con un nombre que Consuelo anotó en su cuaderno y que en español significaba algo aproximadamente como el lugar donde lo que cura crece sin que nadie lo obligue.
En ese año Remedios construyó con Crescencio y con Rodrigo, que resultó ser mejor en la construcción que en la agricultura, aunque tampoco era malo en la segunda. Dos cuartos nuevos adosados a la casa original. Un cuarto de trabajo con estantes de madera a lo largo de todas las paredes, morteros de distintos tamaños, balanzas de precisión que el Dr.
Morrison envió desde Santa Fe con una carta donde expresaba su entusiasmo por lo que estaba emergiendo en el alto. Y un cuarto de atención con una mesa larga y camarotes de madera para los pacientes que llegaban de lejos y necesitaban quedarse mientras se recuperaban porque llegaban de lejos. Después de la epidemia de 1886, la reputación de remedios se extendió por el valle y más allá.
Llegaban desde San Isidro, desde los ranchos al sur, desde Ojo Caliente al norte, donde había nacido, desde un pueblo de mineros a dos días de camino, cuyo nombre remedios no conocía hasta que alguien llegó de ahí a buscarla. Llegaban con fiebres, con infecciones, con dolores de articulaciones que el frío de los inviernos empeoraba.
con niños con tos, con viejos con el pecho pesado. Consuelo llevaba el registro de todos con su letra meticulosa y su memoria que no olvidaba un detalle. El acuerdo de suministro con el Dr. Morrison se formalizó en enero de 1887. cuatro envíos anuales de hierbas secas procesadas a precios que el doctor había establecido basándose en lo que pagaban los farmacéuticos de Santa Fe y Albuquerque por materiales importados del este o del sur del país, con los que lo que crecía en el alto no tenía comparación posible en términos de concentración y frescura. El primer pago
llegó en marzo, 420 pesos, que remedios dividió en tres partes. un tercio para el fondo de funcionamiento del establecimiento, un tercio para los pagos anuales a Peralta por los 5 hectáreas del sur, un tercio para lo que ella llamaba el fondo del futuro de consuelo, guardado en billetes en la caja de cedro, que había dejado de ser archivo y se había convertido en algo que tenía la forma de un banco pequeño y privado.
Los 5 hectáreas del sur que Peralta vendió a remedios eran tierra plana con agua. A finales de 1887, con los primeros dos pagos hechos y con el acuerdo funcionando bien, Remedios le pidió al drctor Fuentes que evaluara si sería posible construir ahí algo más. No solo un jardín de cultivo para las plantas que no podían crecer en el alto, sino también, eventualmente un lugar donde otras mujeres que supieran de plantas pudieran venir a aprender y a trabajar.
El doctor Fuentes la miró sobre sus lentes. Una escuela de herbolaria. No sé cómo llamarle, dijo Remedios, pero sí. ¿Quién vendría? ¿Quién necesite venir? Dijo Remedios. En el otoño de 1887, más de un año después de la epidemia, llegó una carta del gobierno del territorio de Nuevo México. No era una carta común, tenía membrete oficial y la firma del administrador territorial de salud pública, un hombre llamado Thomas Hartley, que escribía para comunicar que en virtud del informe presentado por el Dr. Morrison de Santa Fe.
Sobre las prácticas y los resultados documentados de la señora Remedios Alcántara Viuda de Villanueva en el tratamiento de la epidemia de fiebre del verano de 1886, el gobierno territorial deseaba expresar su reconocimiento oficial y explorar la posibilidad de incluir las preparaciones herbales de la señora Villanueva en el listado de tratamientos recomendados para uso en los dispensarios públicos del territorio.
medios leyó la carta dos veces, luego la dobló y la guardó en la caja de Cedro junto a las cartas de Morrison y junto a la carta de Esteban. Consuelo la miró. No vas a responder mañana, dijo Remedios. Hoy quiero simplemente saber que existe. Esa noche, después de que Consuelo y Crescencio y Rodrigo ya dormían en sus cuartos respectivos y la abuela Dolores se había ido a su casa en la ladera con el andar lento y seguro de quien conoce cada piedra del camino.
Remedio se sentó en la puerta de la pequeña casa de piedra que Esteban había tardado 8 años en terminar. El cielo de la sierra en esa época del año era de ese azul oscuro que parece hecho de otra materia que el cielo del valle, más profundo, más limpio, con las estrellas a una distancia que hace pensar que si uno extendiera la mano podría tocarlas.
La neblina de la noche empezaba a bajar por las laderas del cerro con su movimiento lento, de cosa que no tiene prisa. Entre las piedras volcánicas, las plantas de la hierba del frío estaban quietas en la oscuridad. sus hojas pequeñas y oscuras recogiendo el rocío del aire. Remedios pensó en Esteban subiendo este camino la primera vez con una pala y una semilla y la cara de hombre que no sabe bien lo que está haciendo, pero está decidido a hacerlo.
Pensó en él aprendiendo de Fermín. Pensó en él escribiendo esa carta con su letra grande y ligeramente torcida durante años, añadiendo un párrafo aquí y otro allá. Pensó en él guardando las monedas de plata en la pared. Pensó en él construyendo muro por muro, viga por viga, techo de piedra plana, puerta de mezquite macizo, cerradura de hierro forjado, preparando algo para cuando lo necesitemos.
Así lo había dicho años atrás, cuando ella le preguntó qué hacía en el alto. No para cuando él lo necesitara, para cuando lo necesitaran los dos. Y como no había podido estar para lo segundo, había preparado todo para que ella pudiera hacerlo sola. El valle de San Isidro estaba abajo, oscuro y silencioso a esa hora, con las luces de las casas apagadas y solo el brillo del río visible desde la distancia.
En algún punto de ese oscuro la hacienda de Peralta, en otro punto el rancho que había sido suyo y de Esteban y que ahora era de otro. En otro punto, el pueblo, el notario, el escritorio que olía a papel viejo. Pero aquí arriba estaba el alto. Aquí arriba estaba lo que nadie había querido. Aquí arriba estaba lo que nunca fue nada de nada, nada más que piedras y viento y un suelo que no se podía harar, hasta que resultó ser lo único que de verdad importaba cuando llegó el momento en que lo único que importaba era lo que cura. Remedios.
Alcántara de Villanueva tenía 45 años ese otoño de 1887. Tenía una hija que sabía más de plantas que la mayoría de los médicos del territorio. Tenía un hijo que estaba aprendiendo con la lentitud y la seriedad de los hombres que aprenden tarde, lo que significa construir algo con las propias manos.
tenía una anciana indígena que era su maestra y su amiga y que cada mañana aparecía en el terreno como si el camino del cerro no tuviera para ella ninguna dificultad. Tenía un hombre leal que cargaba agua y reparaba muros y nunca le pidió más de lo que le correspondía. tenía 5 hectáreas de piedra volcánica que eran el jardín medicinal más valioso del territorio de Nuevo México y tenía 5 hectáreas de tierra plana con agua donde el año siguiente iba a empezar a construir algo que todavía no tenía nombre exacto, pero que ya tenía forma.
Tenía también en la caja de cedro de la casa de piedra la carta de un hombre que la había amado durante 22 años y que le había dejado escrito con su letra grande y torcida, “Te quiero más que a la tierra.” Lo cual, considerando lo que había hecho con la tierra, era decir mucho. Adentro de la casa, una vela todavía encendida proyectaba una sombra suave sobre las paredes de piedra.
El olor de las hierbas secas en las vigas del techo era el olor de la cocina de su madre y el olor de sus propias manos y el olor de este lugar que había llegado siendo de nadie y que ahora era completamente suyo. El viento de la sierra movió las plantas en el terreno con un sonido suave casi de respuesta. Remedios.
Cerró los ojos un momento, los abrió, luego entró a la casa, tomó papel y pluma y empezó a escribir la respuesta al gobierno territorial. Había trabajo que hacer. Si te emocionaste con la historia de Remedios Alcántara, con su valentía para subir sola a la sierra y descubrir lo que Esteban le había preparado en silencio durante 14 años, suscríbete al canal Esperanza del Interior para no perderte las próximas historias de mujeres que encuentran lo extraordinario en lo que el mundo descartó.
Cuéntanos en los comentarios qué fue lo que más te llegó al corazón. Si fue la carta de Esteban, el momento en que Peralta tuvo que subir al alto a pedirle ayuda o quizás Consuelo escribiendo en la libreta de su abuela para que el conocimiento no se perdiera. Que Dios bendiga a todas las mujeres que saben ver valor donde otros solo ven piedras.
Yeah.
News
Hambrientos y expulsados cruelmente por su madrastra en plena tormenta, los pequeños hermanos caminaron sin rumbo creyendo…
Hambrientos y expulsados cruelmente por su madrastra en plena tormenta, los pequeños hermanos caminaron sin rumbo creyendo que iban a…
El vaquero notó moretones ocultos en los brazos de su nueva esposa por correspondencia la primera noche en el rancho…
El vaquero notó moretones ocultos en los brazos de su nueva esposa por correspondencia la primera noche en el rancho,…
Todos ignoraron al viejo moribundo tirado en el barro hasta que una humilde muchacha sin hogar decidió ayudarlo…
Todos ignoraron al viejo moribundo tirado en el barro hasta que una humilde muchacha sin hogar decidió ayudarlo, sin sospechar…
La viuda permitió que un anciano desconocido durmiera una noche en su viejo cobertizo durante la tormenta,…
La viuda permitió que un anciano desconocido durmiera una noche en su viejo cobertizo durante la tormenta, sin imaginar que…
Después de ser traicionada cruelmente por sus propias hermanas y expulsada de la familia, la joven encontró una vieja llave escondida…
Después de ser traicionada cruelmente por sus propias hermanas y expulsada de la familia, la joven encontró una vieja llave…
El ranchero perdió toda esperanza después del robo de sus caballos más valiosos, hasta que una misteriosa viuda apareció…
El ranchero perdió toda esperanza después del robo de sus caballos más valiosos, hasta que una misteriosa viuda apareció un…
End of content
No more pages to load






