São Paulo, Brasil. 15 de marzo de 1971.

La lluvia caía desde la noche anterior con esa persistencia gris que empapa no solo las calles sino también el ánimo. Eloisa, contadora de treinta y siete años, se despertó a las seis y media como cada día laboral. Café, pan tostado, vestido azul marino de manga larga, zapatos de tacón bajo. El cabello recogido hacia atrás en el estilo característico de la época. Una mañana completamente ordinaria.

A las siete y diez salió de su departamento en Vila Mariana, tomó las llaves de su Volkswagen amarillo, un auto que había comprado apenas un año antes y del que se sentía genuinamente orgullosa, y se incorporó al tráfico matutino con la resignación de quien sabe que la lluvia lo hará llegar tarde. Decidió tomar su ruta habitual hacia el centro de la ciudad.

A las siete y veinte exactas ingresó al túnel 9 de julio.

Encendió las luces. Redujo un poco la velocidad. El túnel tenía aproximadamente un kilómetro de longitud y en condiciones normales lo cruzaba en tres minutos.

Ese día no serían condiciones normales.

A mitad del recorrido, Eloisa notó algo que no supo explicar de inmediato. El sonido de la lluvia sobre el techo del auto había desaparecido por completo, no de forma gradual como ocurre al entrar bajo una estructura, sino de golpe, como si alguien hubiera cortado el sonido con unas tijeras. Y la iluminación del túnel era diferente. En lugar de las luces amarillentas habituales, una luminosidad blanquecina y uniforme parecía emanar de todas partes a la vez, sin fuente visible.

Cuando emergió al otro lado, el sol la golpeó de frente.

No había lluvia. El cielo estaba completamente despejado, brillante, con esa luz de mediodía que no correspondía en absoluto a las siete de la mañana. Las calles que tenía delante no eran las que conocía. Los edificios mostraban una arquitectura más moderna, estructuras de vidrio y acero que no reconocía. Los autos que circulaban a su alrededor tenían formas aerodinámicas que nunca había visto, diseños que le resultaban completamente ajenos.

Y las señales de tránsito estaban en español.

Eloisa detuvo el auto en un semáforo y miró alrededor con una sensación creciente de que el mundo se había equivocado de dirección. Los letreros, los anuncios, todo escrito en un idioma que entendía por su cercanía con el portugués, pero que definitivamente no era el suyo.

Se detuvo junto a una pequeña plaza y se acercó a un hombre mayor que leía un periódico en un banco.

Disculpe, señor. ¿Me podría decir dónde me encuentro?

El hombre la miró con curiosidad.

Se encuentra usted en Lima, Perú, señorita.

Eloisa sintió que el suelo se abría bajo sus pies.

Eso es imposible. Yo estaba en São Paulo hace apenas unos minutos.

El hombre cerró el periódico lentamente y la observó con una atención diferente, más seria.

¿En qué año cree usted que estamos?

En 1971. Es 15 de marzo de 1971.

El hombre negó con la cabeza y le extendió el diario.

Eloisa leyó la fecha con los ojos muy abiertos.

El Comercio. Lima, Perú. Miércoles 15 de marzo de 2006.

Había cruzado un túnel de un kilómetro en São Paulo y había salido en otra ciudad, en otro país, en otro siglo.

Y lo peor aún no había llegado.

Con el periódico temblando entre sus manos, Eloisa tardó varios minutos en volver a ponerse de pie. Todo a su alrededor confirmaba lo imposible. Las personas vestían de una manera que le resultaba extraña. Los comercios exhibían tecnología que no reconocía. Y su Volkswagen amarillo, que para ella era un auto moderno y del que se sentía orgullosa, se veía en medio del tráfico de Lima como una pieza de museo, un objeto de otra era que atraía miradas y señalamientos de los transeúntes. Algunos incluso levantaban pequeños aparatos rectangulares hacia ella sin que entendiera para qué.

Dos policías se acercaron alertados por su comportamiento errático. Eloisa decidió contarles todo, confiando en que la autoridad podría ayudarla. La escucharon con educada incredulidad, proponiéndole ayuda médica o psicológica. Cuando les mostró el auto, uno de ellos lo examinó brevemente y dijo que era un modelo clásico bien conservado, nada más. No le creyeron.

Eloisa comprendió que insistir solo empeoraría su situación. Se despidió de los agentes, subió al Volkswagen y comenzó a conducir por las calles de Lima buscando desesperadamente algún túnel, algún paso subterráneo que pudiera reproducir el fenómeno. Sin dinero peruano, sin conocidos en el país y sin mapa útil, su estado emocional se fue deteriorando con cada kilómetro sin rumbo fijo.

Fue en una intersección importante, mientras intentaba leer un mapa de carreteras que había encontrado en la guantera, cuando un camión de carga que venía por la vía principal no pudo frenar a tiempo. El impacto fue violento pero no fatal. El Volkswagen amarillo chocó contra el costado del camión, las ventanas estallaron y Eloisa perdió el conocimiento.

Su último pensamiento antes de desvanecerse fue la imagen de su familia en São Paulo.

Despertó con un grito ahogado y un dolor punzante en la frente. A su alrededor, voces hablaban en portugués.

Estaba dentro del túnel 9 de julio. Exactamente donde todo había comenzado.

El frente del auto estaba abollado y el parabrisas agrietado, pero era su auto, su túnel, su ciudad. Una mujer que se había acercado a ayudarla miró su reloj y respondió a la pregunta que Eloisa formuló antes incluso de orientarse por completo.

Son las siete y media. Estamos en 1971.

Habían pasado diez minutos desde que entró al túnel. Solo diez minutos en São Paulo, mientras ella había vivido horas en Lima, en 2006.

Guardó el periódico peruano con cuidado extremo. Era la única prueba tangible de lo que había ocurrido, y durante los meses siguientes no se lo mostró a nadie. ¿Quién le creería? Intentó retomar su rutina, pero la experiencia la había marcado de una forma que no tenía palabras para describir. Nunca volvió a cruzar el túnel 9 de julio, eligiendo siempre rutas más largas para llegar al trabajo.

El punto de quiebre llegó meses después, durante una cena con amigos cercanos, cuando Eloisa finalmente decidió contar su historia. La mayoría reaccionó con incredulidad amable, sugiriendo que el accidente había causado algún tipo de alucinación. Pero uno de los presentes, su amigo Roberto, escuchó en silencio toda la narración y al terminar le pidió hablar en privado.

Lo que me acabas de contar, dijo Roberto cuando estuvieron solos, yo tuve algo parecido hace unos años.

En 1969, Roberto había tomado un desvío nocturno para evitar obras en su barrio y terminó en una carretera de tierra que no reconocía, un camino que se extendía hasta el horizonte sin una sola construcción, sin pájaros, sin insectos, con un silencio y una ausencia de vida que le resultaron profundamente perturbadores. Condujo kilómetros sin encontrar nada. Y entonces, sin previo aviso, escuchó un disparo. Una bala impactó en la puerta trasera de su auto. Entró en pánico, aceleró a fondo y, tan súbitamente como había aparecido en aquella carretera imposible, se encontró de nuevo en su barrio, en el mismo punto donde había tomado el desvío.

Levantó la vista y sacó de un cajón una fotografía de su auto de 1969. El agujero en la puerta trasera era perfectamente visible. También tenía una copia del reporte policial que había levantado al día siguiente. El resultado del análisis balístico había sido inconcluso: no pudieron identificar el calibre de la bala ni el tipo de arma. Era, según el informe, un tipo de munición que no existía en los registros conocidos.

Eloisa examinó los documentos con manos temblorosas. Por primera vez desde aquella mañana de marzo, no estaba sola en su imposibilidad.

Juntos comenzaron a investigar. Bibliotecas, archivos de prensa, contactos con investigadores de fenómenos inexplicados. Para su asombro, encontraron más casos documentados de lo que habrían imaginado, personas que afirmaban haber saltado de lugar o de tiempo al cruzar túneles, puentes, ciertos caminos rurales. La mayoría habían sido descartados como alucinaciones o simples confusiones. Pero los patrones eran demasiado consistentes para ignorarlos. Los incidentes se concentraban en lugares específicos y casi siempre involucraban una sensación de silencio absoluto o de luz diferente justo antes de la transición.

Eloisa comenzó a leer sobre física teórica con la tenacidad de quien busca un idioma para describir algo que ya vivió. Universos paralelos, dimensiones alternativas, la posibilidad de que bajo ciertas condiciones las membranas entre realidades distintas se vuelvan momentáneamente permeables. Ciertos lugares, concluyó, podían ser puntos donde esa membrana era más delgada que en el resto del mundo. Y si las circunstancias eran las correctas, una persona podía deslizarse sin querer de un lado al otro.

Durante años esperó con una mezcla de ansiedad y fascinación la llegada de 2006, buscando obsesivamente en periódicos y más tarde en internet cualquier registro de una mujer extraña aparecida en Lima con un auto amarillo antiguo, cualquier noticia sobre el incidente en aquella plaza. No encontró nada. Esa ausencia también le dijo algo. Las realidades paralelas, si es que eso era lo que había experimentado, operaban de forma completamente independiente. Lo que ocurrió en Lima en 2006 no dejó rastro en el Lima de esta realidad porque pertenecía a otra.

Hoy Eloisa tiene más de noventa años y sigue viviendo en São Paulo. Conserva el periódico de Lima con la misma dedicación con la que otros guardan fotografías de personas amadas. Sus notas sobre la experiencia llenan cuadernos que mantiene ordenados por fecha. Roberto conserva su auto de 1969 con el agujero de bala que ningún experto pudo explicar.

Ambos se convirtieron en investigadores discretos de fenómenos similares, contactando ocasionalmente a personas que afirman haber vivido algo comparable, escuchándolas con la seriedad que nadie les ofreció a ellos en su momento.

La pregunta que Eloisa no ha dejado de hacerse durante más de cinco décadas sigue sin respuesta definitiva. Pero cada vez que alguien cruza un túnel, dobla una esquina familiar o toma un desvío desconocido en una mañana lluviosa, la pregunta vuelve a ser pertinente.

¿Está realmente seguro de que va a salir en el mismo lugar donde entró?