La viuda caminó durante tres días con su pequeña hija hacia el cañón que todos llamaban maldito… pero después de cruzar aquellas rocas olvidadas, desapareció sin dejar rastro, y años más tarde nadie pudo explicar lo que realmente encontró allí dentro jamás.

Lárguese de aquí antes de que anochezca. Eso fue lo que Remedio Aldana Fuentes, de 29 años, escuchó de su cuñado Aurelio Aldana en el mismo día en que enterraron a su marido. No al día siguiente, no una semana después, en el mismo día, con la tierra del cementerio todavía húmeda en las botas de los hombres que habían cargado el ataúd.

 Tenía a su hija Lucía de la mano, 6 años, vestida de negro, con los ojos más grandes que remedios había visto jamás en una criatura, y en la otra mano cargaba un costal de tela gruesa con todo lo que Aurelio le había permitido tomar de la casa que ella misma había levantado, ladrillo por ladrillo, durante 7 años de matrimonio. 43.

un reboso café, tres tortillas frías, una cantimplora de ojalata y una sola cosa que nadie en ese pueblo entendía porque ella se empecinaba en cargar. un papel doblado cuatro veces escrito con la letra apretada de su marido, Gilberto, que decía únicamente, “El cañón del mesquite, cuando todo lo demás falte, ese papel no vale nada”, le dijo Aurelio, arrancándoselo y mirándolo con desprecio antes de devolvérselo.

Y el cañón tampoco, tierra de escorpiones y víboras. Buena suerte con eso. Remedios lo tomó, lo dobló otra vez y lo metió dentro de su blusa contra su pecho. Lo que Aurelio Aldana no supo, lo que nadie en Zaguaripa, Sonora, podría imaginar en ese año de 1893, era que detrás de ese cañón que todos llamaban Tierra Muerta, había algo que Gilberto Aldana había construido con sus propias manos durante 4 años de silencio y ausencias que Remedios nunca entendió del todo hasta esa noche.

 No era un terreno valdío, no era tierra de escorpiones, era un plan. Era una casa de adobe con paredes de 60 cm de grosor. Era un pozo que daba agua dulce todo el año. Era una asequia construida piedra por piedra que llevaba el agua de un río que no aparecía en ningún mapa oficial del estado de Sonora hasta las mesas de cultivo que Gilberto había trazado con nivel y cuerda.

 Era un cuarto sellado con llave de hierro forjado y dentro de ese cuarto una carta de 38 páginas que comenzaba con las palabras remedios. Mi amor, si estás leyendo esto es porque yo no pude protegerte de otra manera, pero sí pude, sí lo hice y ahora todo lo que construí es tuyo. Pero antes de llegar al cañón, Remedios caminó tres días por el desierto de Sonora con una niña de 6 años y 43.

Tres días con el sol de agosto aplastando cada hora del mediodía como una plancha de hierro sobre la espalda con Lucía preguntando por su papá en las noches con esa voz que parte el mundo en dos cuando la dice una niña que todavía no entiende del todo lo que significa que alguien no regrese.

 Si ya sabías que esta historia iba a ser así, si ya sentiste algo en el pecho cuando escuchaste, lárguese antes de que anochezca. Entonces, quédate, porque lo que Remedio se encontró al final de esos tres días en el desierto va a hacer que lo que Aurelio Aldana recibió no valga absolutamente nada comparado con lo que él creyó desechar.

 Suscríbete a Esperanza del Interior, activa la campanita y comenta aquí abajo desde qué ciudad nos acompañas esta noche. Vamos con la historia. Remedios Fuentes había nacido en 1864 en un rancho pequeño al sur de UES, en el estado de Sonora, México, donde el río Sonora bajaba serpenteando entre lomeríos color ocre, y mequites, que en primavera se llenaban de flores amarillas, tan pequeñas que parecían polvo de sol.

 Era la cuarta de siete hijos de Eulalio Fuentes, herrero de oficio y hombre de pocas palabras, pero de manos enormes y calientes, y de concepción morales de fuentes, mujer que sabía curar con plantas lo que los médicos de ciudad cobraban en monedas de plata sin garantía. La infancia de remedios fue austera, pero no triste. Había trabajo desde el amanecer, alimentar gallinas, acarrear agua del pozo comunitario a 200 m del rancho, moler nixtamal en el metate de piedra volcánica que su abuela había traído desde Hermosillo envuelto en una cobija.

Pero también había tardes largas bajo la sombra del álamo, donde su madre le enseñó a leer con un catecismo desgastado y con las cartas que llegaban esporádicamente de un tío que vivía en Guaimas y que describía el mar con una pasión que a remedios le parecía imposible de comprender, porque ella nunca había visto el mar y el desierto era todo lo que conocía.

 Aprendió a leer bien. Mejor que sus hermanos, mejor que las otras niñas del rancho, mejor que varios hombres del pueblo que firmaban con la huella del pulgar lo que no podían descifrar con los ojos. Su madre, Concepción lo notó y lo alimentó. Le consiguió un libro de aritmética de su comadre, la maestra. Le prestó una Biblia completa para que practicara las letras largas.

 Le enseñó a escribir en papel de estrasa con tinta de sempasuchil disuelta en agua de cal. Una mujer que sabe leer le decía Concepción mientras le trenzaba el cabello negro y grueso cada mañana. Es una mujer a quien nadie puede engañar con papeles. Remedios no entendió del todo esa frase hasta que tuvo 29 años. Entonces la entendió completamente.

 A los 12 años sufrió el primero de varios duelos que marcarían su vida. Su padre Eulalio murió de una fiebre que vino con las lluvias de julio y que en ese año de 1876 arrasó con varios hombres del pueblo en menos de tres semanas. La fragua se cerró. Los hermanos mayores se repartieron entre los ranchos de los alrededores buscando trabajo de peón.

Remedios y las dos hermanas menores se quedaron con su madre en el rancho, que de pronto era demasiado grande para tres mujeres y demasiado silencioso, sin el golpe del martillo de eulalio contra el yunque, que había sido el ritmo de fondo de toda la infancia. Concepción empezó a curar de tiempo completo.

 Remedios la ayudaba, cargaba las hierbas, preparaba los tés, acompañaba a su madre en las caminatas al monte donde crecían el gordolobo, la hierba santa, el árnica y el palo blanco. Aprendió no solo los nombres, sino los tiempos. Cuá cosechar, como secar, cómo moler, cuánto dar según el peso del enfermo y la gravedad del mal. A los 15 años ya podía quedarse sola atendiendo partos menores cuando su madre estaba demasiado cansada para caminar al rancho del que llamaba.

 Fue en uno de esos partos, o más bien en el camino de regreso de uno de ellos una tarde de octubre de 1881 cuando conoció a Gilberto Aldana. Tenía 17 años remedios y él 23. Gilberto trabajaba como ayudante de un topógrafo que andaba midiendo tierras en la región por encargo del gobierno estatal. Uno de esos trabajos nuevos que habían llegado con el ferrocarril y con las nuevas leyes de colonización que el presidente Díaz estaba imponiendo en todo el norte del país.

 Era un hombre delgado, pero de hombros anchos, con las manos siempre manchadas de tinta de los mapas que copiaba y con unos ojos color avellana que miraban el terreno como si pudieran ver lo que había debajo de la tierra, no solo lo que estaba encima. Remedios lo encontró sentado a la orilla del camino, estudiando un mapa que había desplegado sobre sus rodillas, con el sombrero echado hacia atrás y una expresión de profunda concentración que no se alteró de inmediato cuando ella pasó.

 Fue ella quien habló primero, cosa que en 1881 en los ranchos del sur de Sonora, no era lo que se esperaba de una muchacha de 17 años, pero Remedio siempre había tenido la costumbre de decir lo que pensaba cuando lo que pensaba le parecía útil. Ese mapa está mal”, dijo mirando por encima del hombro de él sin detenerse del todo.

 “El arroyo que dibujó ahí no va hacia el norte, va hacia el noreste y termina seco en agosto.” Gilberto levantó la vista, la miró, miró el mapa, volvió a mirarla. “¿Cómo sabe usted eso?” Porque llevo 12 años caminando por este monte con mi madre”, dijo Remedios y siguió caminando. Él la alcanzó antes de que doblara el primer mezquite. Hablaron dos horas ese día, sentados en una piedra plana a la sombra de un palo verde, con el mapa entre los dos y el dedo de remedio, señalando correcciones que el topógrafo, un señor de hermosillo que nunca había bajado del caballo a

verificar lo que dibujaba, había cometido por descuido o por flojera. Gilberto escuchaba con una atención que Remedios no había experimentado antes, una atención que no tenía prisa, que no buscaba contradecirla, sino entender lo que ella decía, que tomaba notas en los márgenes del mapa con letra pequeña y apretada.

 Antes de que el sol tocara las cimas de los lomeríos del poniente, Gilberto le preguntó si podía volver a caminar con ella por ese tramo del monte para verificar en persona los arroyos que ella había corregido. “Puede venir con mi madre y conmigo,”, dijo Remedios, “con las dos.” “Claro,”, dijo él. Y no lo dijo como un hombre que acepta una condición, sino como uno que entiende exactamente por qué esa condición existe y la respeta completamente.

 Volvió a la semana siguiente y a la siguiente y en la cuarta visita a Concepción lo invitó a cenar y lo estudió durante toda la cena con la misma atención con que estudiaba las hierbas del monte, buscando lo que no era evidente a simple vista. Después de que Gilberto se fue, Concepción lavó los platos en silencio durante un rato largo y luego dijo, sin voltear a ver a su hija, “Ese hombre piensa antes de hablar.

 Es difícil encontrar eso. Para Concepción Morales de Fuentes, eso equivalía a un elogio extraordinario. El noviazgo duró 16 meses. Gilberto terminó su contrato con el topógrafo y consiguió trabajo como escribiente en la presidencia municipal de Zaguaripa, un pueblo más grande al noreste, donde había plaza con kosco, una iglesia de cantera amarilla y varios comercios que vendían lo necesario sin necesidad de viajar hasta Hermosillo.

 Se casaron en noviembre de 1882 en la iglesia de UES con la presencia de la familia de remedios y de un hermano de Gilberto, el único que vivía cerca. Aurelio Aldana, tres años mayor que Gilberto, más alto, más corpulento, con la misma mandíbula cuadrada, pero sin los ojos avellana, ni la paciencia que hacían a Gilberto distinto de otros hombres.

 Aurelio llegó al casamiento con su esposa Florencia, una mujer de Zaguaripa. que sonreía con la boca, pero no siempre con los ojos, y con sus dos hijos pequeños, Marcos de 4 años y Petra de dos. Felicitó a su hermano con un abrazo y a remedios con un beso en la mejilla que ella sintió frío. Aunque no supo en ese momento cómo llamara esa sensación, solo supo que la tuvo.

 Años después, recordaría ese beso frío como el primer aviso de todo lo que vendría. Los primeros años en Zaguaripa fueron años de trabajo y de aprendizaje. El sueldo de Gilberto en la presidencia municipal era modesto, 14 pesos al mes y remedios completaba con curandería lo que faltaba para el gasto. Se habían instalado en una casa de adobe rentada en la calle del Mesquite, dos cuartos y un patio donde remedio sembró cilantro, epazote, ruda y hierba buena desde el primer mes.

 La cocina era pequeña, pero bien organizada. Remedios tenía el don de encontrar el lugar exacto para cada cosa. Y cualquier persona que entrara a esa cocina por primera vez sentía que todo estaba donde siempre había estado, como si el espacio hubiera sido construido con ese orden desde el principio. Gilberto era un hombre tranquilo en casa, pero inquieto en su cabeza.

 Pasaba las noches con mapas sobre la mesa. No los mapas oficiales del trabajo, sino los suyos propios. los que dibujaba por cuenta propia, estudiando la geografía de la región con una dedicación que excedía lo que cualquier trabajo ordinario requería. Remedios le llevaba café y se sentaba a su lado en silencio, mirando cómo su dedo recorría curvas de nivel y anotaba cifras en los márgenes.

 A veces él le explicaba lo que veía. una formación de roca que podía indicar agua subterránea, un patrón de vegetación que señalaba suelo rico, una depresión en el terreno que en los mapas oficiales estaba marcada como zona sin valor, pero que Gilberto decía que los mapas oficiales estaban equivocados.

 Los que hacen estos mapas”, le decía Gilberto señalando las líneas impresas por el gobierno, “nunca han caminado el terreno. Miran desde lejos y dibujan lo que quieren ver.” remedios lo escuchaba, aprendía y sin proponérselo empezó a ver el paisaje del desierto de Sonora con los ojos de él, no como un lugar hostil y vacío, sino como un sistema vivo y complejo que revelaba sus secretos solo a quienes se tomaban el trabajo de preguntarle.

 En 1884 nació su primer hijo, un varón que vivió 40 días y murió de una fiebre, que remedios peleó durante cinco noches sin dormir y sin rendirse, pero que al final no pudo detener. enterraron al niño en el panteón de Zaguaripa en una mañana de noviembre, que amaneció con un viento frío que sacudía los sauces del río y que remedios nunca olvidaría, porque el viento en ese momento se sentía como el único ser vivo que lamentaba lo mismo que ella.

 Gilberto lloró en silencio, sosteniendo su mano durante todo el entierro. No dijo nada, no hacía falta. Tardaron 2 años en intentarlo de nuevo. En 1887 nació Lucía y Lucía vino bien, vino fuerte. Vino con unos pulmones que anunciaron su presencia, con una voz que llenó todos los rincones de la casa de la calle del Mesquite y que hizo reír a remedios de alivio y de amor simultáneos.

Gilberto la cargó con un cuidado casi excesivo, como si el peso de ese cuerpo pequeño fuera una responsabilidad que se tomaba con toda la seriedad del mundo. Y le habló desde el primer día. Le describía los mapas, le señalaba la luna por la ventana, le contaba en voz baja, como si fuera un secreto, los nombres de las estrellas del norte de Sonora.

 La vida con Lucía cambió el ritmo de la casa. Remedios redujo los viajes de curandería para estar cerca de la niña. Gilberto empezó a llegar más temprano de la presidencia municipal. Las noches de mapas no desaparecieron, solo se comprimieron en las horas después de que Lucía dormía. Pero Remedios notó que Gilberto había añadido algo a sus mapas.

marcas nuevas con una tinta diferente, más oscura, en una región al sureste de Zaguaripa, que en los mapas oficiales aparecía nombrada solo como cañada sin designar. Cuando le preguntó qué era eso, Gilberto dobló el mapa con una suavidad que era casi demasiado cuidadosa y dijo, “Una idea que todavía no está lista para explicarse.

” Remedios no presionó. conocía a su marido. Las ideas de Gilberto necesitaban tiempo para llegar al lenguaje, como las plantas del monte necesitaban la lluvia de antes del temporal para reventar en flores. Si presionabas, la raíz se cerraba. Si esperabas, florecía sola. Para 1889, Gilberto había ascendido a secretario auxiliar en la presidencia municipal, lo que significaba un sueldo de 22 pesos al mes y una posición que en el contexto de Saguaripa equivalía a una pequeña boot real dignidad social. Compraron, no

rentaron, compraron la casa de la calle del Mesquite cuando el dueño anterior decidió mudarse a Hermosillo. Pagaron 180 pesos por ella. reunidos a lo largo de 4 años de economía cuidadosa, que incluyó noches sin velas para no gastar aceite de lámpara, comidas sin carne los lunes y los miércoles, y el trabajo de remedios curando a quien pudiera pagarle, y cobrando en especie maíz, frijol, chile seco a quien no podía.

 La escritura de la casa quedó a nombre de Gilberto Aldana, como requería la ley y como requería la costumbre, y como remedios aceptó sin cuestionar, porque en 1889 las cosas eran así y no había nada en el horizonte visible que le dijera que eso iba a importar de la manera en que importó.

 Aurelio Aldana, el hermano mayor, vivía a 12 cuadras de ellos, en una casa más grande comprada con el dinero de un negocio de compraventa de ganado, que le iba bien en los años buenos y mediocre en los años regulares. Florencia, su esposa, era una mujer de carácter definido y lengua ágil que tenía opiniones sobre todo y las expresaba sin que nadie se las pidiera.

Los hijos Marcos y Petra crecieron siendo los primos de Lucía. Y los cuatro se veían en los cumpleaños y en la Navidad y en las fiestas del pueblo, con la familiaridad forzada de los parientes que no se eligieron, pero con quienes la vida obliga a compartir tamales y mole dos veces al año. Aurelio quería a Gilberto, o al menos lo que Aurelio llamaba querer, que era una mezcla de afecto genuino con una condescendencia casi imperceptible, la del hermano mayor, que considera que el menor siempre necesitará de su guía,

aunque el menor haya demostrado durante décadas que no es así. Cuando Gilberto ascendió en la presidencia municipal, Aurelio dijo, “Ya era hora de que te acomodaras, hermanito.” Cuando Gilberto compró la casa, Aurelio dijo, “Para ser la más chica de la cuadra, está bien.” Cuando Lucía nació y Gilberto la presentó con orgullo, Aurelio dijo, “Lástima que no fue varón.

” Remedios guardó cada una de esas frases. No las respondió, las guardó. Hubo también momentos genuinamente buenos en esos años y sería injusto no contarlos porque existieron y fueron reales y remedios los necesitó después para no quebrarse del todo. La Navidad de 1890 fue una de esas noches. Gilberto había conseguido en el mercado una botella de vino dulce de la región de Guanajuato, una rareza en Zaguaripa, y remedios hizo buñuelos de los que hacía su madre con canela y piloncillo.

 Y Lucía, de 3 años se quedó dormida antes de las 9 con azúcar en la boca y los ojos todavía brillando de felicidad. Gilberto y Remedios se quedaron sentados en el patio con el vino y la noche de Sonora sobre ellos. Una noche de diciembre seco y frío y con más estrellas de las que cualquier ciudad puede mostrar. Y Gilberto dijo, mirando hacia arriba, “¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti, Remedios?” Ella esperó.

 Que nunca tuviste miedo del monte. Desde la primera vez que te vi lo supe. Eres de aquí de verdad, no de aquí de nacimiento, de aquí de entendimiento. Remedios no contestó de inmediato. Tomó un sorbo de vino, miró las estrellas y luego dijo, “Tú tampoco eres como los que dibujan sin caminar.” Y él la tomó de la mano y se quedaron así hasta que el frío los obligó a entrar.

En la primavera de 1891 comenzaron las ausencias. No fue de golpe, fue gradual, como todo lo que después resultó ser importante en la historia de Gilberto Aldana. Primero fue un sábado al mes. Gilberto anunciaba que iba a revisar unos terrenos por cuenta propia, algo que hacía ocasionalmente desde siempre y que no despertaba curiosidad particular.

 Luego fueron dos sábados, luego uno o dos sábados más, algún viernes. A veces regresaba con las botas llenas de arcilla rojiza que no existía en los alrededores inmediatos de Saguaripa, a veces con polvo blanco en los pantalones que olía a Cal. Una vez regresó con las manos raspadas como si hubiera estado cargando piedras. Remedios lo notó.

 Por supuesto que lo notó. Era una mujer que había aprendido a leer el monte y los cuerpos enfermos y las plantas del desierto. Y leer a su marido no era más difícil que cualquiera de esas cosas si uno ponía atención. Pero lo que notó no la alarmó, lo que notó la intrigó, porque Gilberto no llegaba cansado de esas ausencias con el cansancio del hombre que ha hecho algo que lo pesa.

 Llegaba con el cansancio del hombre que ha hecho algo que lo alegra, que lo llena, que le da un propósito, que por las noches lo hace dormir profundo y tranquilo. Llegaba con hambre real y comía con gusto, y miraba a Lucía como si el mundo tuviera sentido. Una noche, mientras Gilberto dormía y Remedios estaba despierta en esa hora oscura en que el silencio del desierto se hace tan completo que se puede escuchar el propio corazón, ella se preguntó qué estaba haciendo su marido en esos sábados y la respuesta que se dio a sí misma, la primera

respuesta que vino antes de los miedos y las preguntas fue algo bueno, algo que no quiere explicar todavía porque todavía no está listo para explicarse. y con esa respuesta se durmió. En el otoño de 1892, Gilberto contrajo el tifo. Fue en septiembre cuando las lluvias de verano habían dejado charcos en las calles de tierra de Zaguaripa, que tardaban semanas en secarse y que en ese año particular habían traído más moscas y más mosquitos de lo habitual.

 El Tifu era una enfermedad que Remedios conocía bien. Había visto morir a dos personas del pueblo con ella y desde el primer día de la fiebre supo lo que estaba enfrentando. Luchó con todo lo que sabía. cocimientos de hierba santa para bajar la temperatura, en plastos de sábila en el pecho, caldo de frijol claro cuando podía tragar y la presencia constante de sus manos en la frente de él, cambiando paños fríos cada media hora durante las noches de temperatura más alta. Durmió 4 horas en 4 días.

Lucía, de 5 años, se quedó con la vecina Esperanza Valenzuela, una mujer de 50 años, viuda y sin hijos, que vivía cruzando la calle y que amaba a Lucía como si fuera la nieta que no tuvo. Gilberto tuvo momentos de lucidez durante la enfermedad. En uno de ellos, un miércoles de finales de septiembre, cuando la fiebre bajó lo suficiente para que sus ojos volvieran a estar presentes, tomó la mano de remedios y le dijo, “El cañón del mesquite, cuando todo lo demás falte.

” Ella pensó que era el delirio, hablando. No era la primera vez que los enfermos de Tifo decían cosas que parecían mensajes importantes, pero que venían del desorden que la fiebre hace en la cabeza. le apretó la mano y le dijo que descansara. Pero él insistió con una claridad que no tenía segundos antes. No es el delirio remedios. Escúchame.

 El cañón del mesquite cuando todo lo demás falte. Lo vas a recordar. Lo voy a recordar, dijo ella. Tres días después, el primero de octubre de 1892, Gilberto Aldana murió. tenía 34 años. Lo que siguió en las horas posteriores a la muerte de Gilberto fue una sucesión de eventos que Remedios vivió como quien recibe golpes mientras todavía está de pie.

 Uno, dos, tres, cuatro, sin tiempo para procesar ninguno antes de que llegara el siguiente. El médico de Saguaripa, un hombre de hermosillo apellidado 100 fuegos, que llegó demasiado tarde para hacer algo útil, pero a tiempo para certificar la defunción, estuvo en la casa menos de 20 minutos. Aurelio Aldana llegó media hora después de que en Fuego se fue, antes de que Remedios hubiera podido hacer nada más.

 que sentarse en la silla de la cocina con las manos en el regazo, mirando el suelo de tierra apisonada. Llegó con Florencia y con Marcos. Ya tenía 14 años Marcos. Ya era casi un hombre con la misma mandíbula de los Aldana y los mismos ojos que miraban las cosas calculando su valor. Y entró a la casa con la familiaridad de quien sabe que tiene derecho a entrar, que siempre ha tenido ese derecho, que nunca ha necesitado que nadie se lo diera.

 Lo sentimos muchos remedios”, dijo Aurelio y lo dijo con un tono que era genuinamente apesadumbrado. Aurelio sí quería a su hermano. Esos remedios lo sabía. Lo que no sabía todavía era que el dolor de Aurelio por Gilberto y lo que Aurelio planeaba hacer a continuación podían coexistir en el mismo cuerpo sin que él sintiera contradicción alguna.

 Florencia abrazó a Remedios. Era un abrazo real, caliente y Remedios se dejó abrazar porque necesitaba algo a lo que aferrarse. Y en ese momento Florencia era lo más próximo. Marcos se quedó en el marco de la puerta con las manos en los bolsillos mirando los muebles. El velorio fue en la propia casa. Esa noche vinieron vecinos, compañeros de la presidencia municipal, algunos clientes de remedios de los años de curandería, la comadre Esperanza Valenzuela, que llegó con Lucía de la mano y que se quedó toda la noche sentada al lado de remedios, sin

hablar mucho, pero sin soltarle la mano. Aurelio recibía a los visitantes en la sala como si la casa fuera ya suya. ofrecía el mezcal que había traído él mismo. Recibía los pésames, agradecía con la voz grave y el gesto solemne del hombre de familia que está a cargo de la situación.

 Remedios lo vio hacerlo y no dijo nada. Estaba demasiado agotada para decir nada. Había dormido 14 horas en las últimas tres semanas cuidando a Gilberto. Su cuerpo era una cosa que funcionaba por inercia. El entierro fue al día siguiente a las 10 de la mañana en el panteón de Zaguaripa. Lucía fue. Remedios no quiso dejarla con nadie, quería tenerla cerca.

 Y Lucía entendió lo suficiente para estar callada y lo suficiente para aferrarse a la mano de su madre sin soltarla en ningún momento. La caja de madera simple que Aurelio había encargado al carpintero bajó al suelo con sogas y con el rezo del padre Villanueva, un sacerdote anciano de voz delgada que conocía a Gilberto de años y que dijo algunas palabras sobre la bondad del difunto que a remedios le parecieron verdaderas y eso ayudó un poco.

 fue en el camino de regreso del panteón al pueblo cuando Aurelio se acercó a remedios y empezó a hablar de la casa. “Hay que hablar de los asuntos prácticos”, dijo caminando a su lado con Florencia y Marcos dos pasos detrás. “Sé que no es el momento, pero los asuntos prácticos no esperan.” “¿Qué asuntos?”, preguntó Remedios.

 La casa está a nombre de Gilberto”, dijo Aurelio. “Legalmente, como hermano mayor y único heredero varón de la familia, tengo derecho sobre la propiedad. No te estoy diciendo que no seas razonable. Quiero que esto sea tranquilo, pero la ley es la ley.” Remedios no dijo nada de inmediato. Caminó tres pasos más y luego dijo, “Tengo una hija de 5 años.

” Lo sé, dijo Aurelio, y nadie dice que no te voy a dar tiempo para acomodarte, pero la casa no puede quedarse en el aire. Hay que ver qué dice el juez. Gilberto y yo compramos esa casa juntos, dijo Remedios. Con mi dinero también. Con tu trabajo. Sí, lo sé. Dijo Aurelio. Y el tono en que dijo, con tu trabajo. Tenía algo que remedios no supo nombrar en ese momento, pero que en su estómago se asentó como una piedra.

 Pero el papel está a nombre de él y el papel es lo que vale. Fue la vecina Esperanza Valenzuela quien le recomendó a Remedios que buscara al licenciado Ramos, el único abogado de Zaguaripa, un hombre de 50 y tantos años que tenía su despacho en la calle principal y que había estudiado leyes en Guadalajara y regresado al norte por razones que nadie conocía del todo, pero que probablemente tenían que ver con alguna deuda o alguna derrota.

Como suele pasar con los hombres que estudian leyes en ciudades grandes y terminan ejerciéndolas en pueblos pequeños. Remedios fue al día siguiente del entierro, todavía con la ropa oscura y lucía de la mano. El licenciado Ramos la recibió, la escuchó, revisó los documentos que ella traía, la escritura de compraventa de la casa, el acta de matrimonio, el acta de defunción recién firmada y después de un silencio largo en que acomodó y reacomodó los papeles sobre el escritorio, dijo, “Señora Aldana, la ley de propiedad en el estado

de Sonora establece que los bienes del matrimonio que estén registrados a nombre del marido pasan en caso de muerte sin testamento al heredero varón más próximo. En ausencia de hijos varones mayores de edad, eso es el hermano. Su cuñado tiene razón en lo legal. Y yo, preguntó Remedios, ¿y mi hija? ¿Tiene usted derecho a solicitar alimentos para la menor al heredero? Dijo el licenciado Ramos.

 Y si hubiera bienes propios suyos anteriores al matrimonio, esos podrían defenderse. Tiene escrituras de algo a su nombre. Remedios pensó en el rancho de su madre en UES, que su madre había dejado a los hijos varones porque así se hacía y porque su madre también había crecido en un mundo donde así se hacía. pensó en los años de curandería, en el maíz y el frijol cobrados en especie, en los 14 pesos mensuales del sueldo de Gilberto que ella había administrado y multiplicado.

Nada de eso estaba en ningún papel a su nombre. No, dijo, no tengo nada a mi nombre. El licenciado Ramos asintió con una expresión que era mitad profesional y mitad humana y dijo, “Lo siento, señora, la ley en este momento no le favorece. Lo que pasó en los siguientes seis días fue una destrucción sistemática y acelerada de todo lo que Remedios había construido en 7 años de matrimonio.

 Aurelio movió sus cosas a la casa de la calle del Mesquite. El martes, apenas 4 días después del entierro de Gilberto. Florencia llegó con un mandil puesto y empezó a reorganizar la cocina antes de que Remedios hubiera terminado de desayunar. Las ollas de barro que remedios había comprado en el mercado de UES, los jarros de talavera, que eran un regalo de boda de su madre, el metate de piedra volcánica que había pertenecido a su abuela, Florencia los movía, los desplazaba, los reorganizaba con la naturalidad de alguien que está arreglando su propia casa, porque para

ella ya lo era. Florencia, dijo Remedios en un momento con una voz que era más tranquila de lo que se sentía por dentro. “Esos jarros son míos. Todo estará en su lugar cuando te vayas”, dijo Florencia sin voltear. “Por ahorita necesito espacio para poner mis cosas, los muebles de la sala, la mesa que Gilberto había comprado en el mercado de Zuaripa y lijado y [carraspeo] barnizado el mismo durante tres sábados seguidos.

Las dos sillas de cuero, el ropero de madera de parota, empezaron a desaparecer el miércoles. Aurelio los fue sacando uno por uno con ayuda de Marcos y de un muchacho contratado para el cargamento y los llevó en una carreta a la casa de un comerciante de la plaza que los compró sin hacer preguntas. Remedios preguntó cuánto había dado el comerciante por el ropero.

 Aurelio dijo, 12 pesos. El ropero valía 40. El jueves, Remedios buscó a Aurelio en la sala y le dijo que necesitaban hablar de Lucía, de cómo iban a organizarse, de lo que Lucía necesitaba. Aurelio la escuchó sentado en la silla de cuero que era de Gilberto. Todavía estaba ahí porque el comerciante no la había querido.

 Le había parecido muy usada. Y cuando Remedios terminó de hablar, Aurelio dijo, “Remedios, lo que Lucía necesita es un techo y comida. Puedo darle eso si se queda aquí con nosotros, pero tú no puedes quedarte indefinidamente en una casa que ahora es mía. Soy la madre de Lucía, dijo Remedios. Y eso nadie te lo quita, dijo Aurelio.

 Pero la situación legal es la que es. ¿Estás diciéndome que me separe de mi hija? Aurelio hizo una pausa. En esa pausa, Remedios vio pasar por el rostro de su cuñado algo que era incómodo para él. una incomodidad real, porque Aurelio no era un monstruo sin sentimientos, era algo más peligroso que eso. Era un hombre que hacía cosas dañinas sin considerarse a sí mismo alguien que hace daño.

 “Te estoy diciendo que la situación es difícil para todos”, dijo al final, y que hay que ser prácticos. “No me voy sin Lucía, dijo Remedios.” Y eso fue todo. El viernes, Florencia vendió en el mercado las hierbas secas que remedios tenía guardadas en la alacena, gordolobo, árnica, hoja de naranjo, valeriana, a la señora del puesto de remedios de la plaza.

 Cuando Remedios llegó a la cocina y encontró la a la cena vacía, no dijo nada. fue a su cuarto, que todavía era su cuarto porque Aurelio no había encontrado el momento de pedirle explícitamente que lo desocupara y se sentó en el borde de la cama que había compartido con Gilberto durante 7 años. Fue en ese momento sentada en el borde de esa cama, mirando la marca en la pared donde había estado colgado el espejo que Florencia ya había descolgado y guardado en otro cuarto.

Cuando remedios, sacó el papel que había encontrado entre las cosas de Gilberto la noche del velorio, un papel doblado cuatro veces con letra apretada que decía el cañón del mesquite cuando todo lo demás falte. No era la primera vez que lo leía, pero fue la primera vez que lo entendió como una instrucción y no como una despedida.

 El sábado fue el día del ultimátum. Aurelio llegó a la puerta del cuarto de remedios a las 7 de la mañana, cuando ella estaba despierta porque había dormido mal esa noche y la anterior y la anterior también. Golpeó dos veces con los nudillos y sin esperar respuesta, abrió la puerta. Dijo, “Remedios. Necesito que para hoy en la tarde haya desocupado el cuarto.

 Marcos va a usarlo. Remedios lo miró. Dijo, “Hoy, hoy”, dijo Aurelio. Lo siento, pero no puedo esperar más. ¿A dónde se supone que voy? Hay una posada en la calle de la Aquia que cobra dos pesos la semana, dijo Aurelio. O puedes ir con tu familia en UES. Eso ya es asunto tuyo. Remedios. Tengo 43 pesos, dijo Remedios.

Con 43 pesos tienes para varios meses en la posada, dijo Aurelio. Tiempo suficiente para acomodarte. Florencia apareció en el marco de la puerta detrás de Aurelio. Tenía el mismo mandil del martes. Si quieres dijo con una voz que intentaba ser amable, “te puedo dar una cobija y unas tortillas para el camino.

” Remedios la miró. Luego miró a Aurelio y fue en ese [carraspeo] momento cuando supo con una certeza completamente física, un saber que venía del estómago y no de la cabeza, que no iba a la posada de la calle de la asequia ni a la casa de su familia en UES. Iba al cañón del Mesquite.

 Sacó de la a la cena que todavía era la suya, porque era la del cuarto que todavía era el suyo, por unas horas más. La cantimplora de ojalata, el reboso café, el papel doblado cuatro veces. Fue a la cocina y envolvió en un trapo tres tortillas que habían sobrado de la cena del día anterior y que nadie había tocado.

 Contó sus 43 pesos dos veces y los metió en una bolsita de tela que cosió ella misma hace años. Fue al cuarto de Lucía, que Florencia todavía no había reclamado porque Lucía seguía durmiendo en él y había un límite que incluso Florencia no había cruzado y despertó a su hija con suavidad. Lucía le dijo, “Vamos a caminar.” Lucía la miró con los ojos todavía llenos de sueño y dijo, “¿A dónde, mamá?” A un lugar que conocía tu papá, dijo Remedios, un lugar muy bonito.

 Lucía asintió, se levantó, se puso los zapatos, tomó a su madre de la mano. Cuando Remedio salió por la puerta principal de la casa de la calle del Mesquite, con Lucía de la mano y el costal de tela al hombro, Aurelio estaba en el patio revisando algo en unos papeles. levantó la vista, vio el costal, vio a Lucía, vio la dirección que tomaba remedios, que no era hacia la posada ni hacia el sur rumbo a Ues, sino hacia el sureste, hacia los lomeríos.

 ¿A dónde va?, preguntó. Al cañón del Mesquite. Dijo Remedios, sin detenerse. Hubo un silencio. Luego Aurelio soltó una carcajada. Una carcajada real, genuina, sin maldad. La risa del hombre que ha escuchado algo que le parece absurdo. Al cañón, esa barranca de escorpiones. Remedios, no sea usted tonta. Eso no es nada.

 Gilberto lo mencionaba a veces, sí, pero era uno de sus proyectos de cabeza. nunca hizo nada con eso. “Buena suerte con la casa”, dijo Remedios y siguió caminando. “Lárguese de aquí antes de que anochezca”, le gritó Aurelio desde el patio. Y en su voz ya no había risa, sino algo más duro, más impaciente. La voz del hombre que quiere que el problema se resuelva completamente y sin restos.

 Remedios no se detuvo, tampoco volteó. El primer día de caminata fue el más difícil, no por la distancia. sino por el peso de lo que cargaba por dentro. Remedios había calculado mirando los mapas mentales que Gilberto le había descrito en tantas noches de café y velas, que el cañón del Mesquite estaba a poco más de 40 km al sureste de Zaguaripa.

 Dos días de camino moderado para una mujer adulta sola, tal vez tres con una niña de 6 años. Y en agosto, cuando el sol de Sonora, no pregunta ni pide permiso, salieron de guaripa con la mañana todavía fresca, esa franja de hora y media entre el amanecer y el momento en que el sol supera los cerros del oriente y cae vertical y sin piedad sobre todo lo que hay abajo. remedios.

Caminaba rápido al principio con Lucía jalándole la mano en los momentos en que el paso se acortaba. Hasta que Lucía preguntó si podían ir más despacio, porque la piedra del camino le lastimaba los pies a través de la suela delgada de sus zapatos. Remedios aminoró el paso. Calculó a este ritmo tres días.

 El camino saliendo de Zaguaripa hacia el sureste era, en principio, una vereda de terracería usada por los ganaderos que llevaban el ganado a los agostaderos de la sierra durante los meses de lluvias. Había huellas de cascos de caballo en el polvo seco, estiercol seco aquí y allá, un tramo donde alguien había colocado piedras planas a los lados del camino como marcadores que con los años se habían ido cayendo.

 Después del primer kilómetro, la vereda se angostaba. Después del tercero, se volvía apenas perceptible, más intuida que vista. una decoloración ligeramente diferente en la vegetación, una ausencia de algunos arbustos en la línea donde los pies habían pasado repetidamente a lo largo de quién sabe cuántos años. La vegetación era todo lo que Remedios conocía de niña, el desierto de Sonora en su versión serrana, donde el zaguaro y el cardón convivían con el mesquite y el palo verde y el ocotillo, y donde en agosto, después de las lluvias de julio,

el suelo, que parecía muerto, se llenaba de manchas verdes y de flores moradas y amarillas que duraban apenas semanas y que eran, pensaba remedios, la manera que tenía el desierto de demostrar que siempre hay algo más de lo que parece a primera vista. Los cactus gigantes lanzaban sombras oblicuas sobre la tierra rojiza.

 Las chicharras gritaban desde los mezquites con una insistencia que era casi una afirmación física del calor. Lucía caminó en silencio la mayor parte de esa primera mañana. Era una niña de esa clase de carácter que no gasta palabras innecesariamente, igual que su padre. Cuando hablaba era porque tenía algo concreto que decir y cuando no hablaba era porque estaba pensando o mirando o simplemente existiendo en el mundo con esa atención total que tienen los niños antes de que el mundo los enseñe a distraerse.

 De vez en cuando señalaba algo. un lagarto que cruzaba el camino, una flor de color rojo sangre que [carraspeo] crecía en el tallo de un ocotillo, un gavilán que describía círculos perfectos sobre una corriente de aire caliente y remedios le daba el nombre en voz baja, como si nombrar las cosas fuera una forma de mantenerlas en el mundo.

 Mamá”, dijo Lucía en algún momento de la media mañana, cuando el sol ya calentaba con intención y Remedios le había puesto el rebozo sobre la cabeza como improvisada protección. “¿Pá estuvo en el cañón?” “Sí”, dijo Remedios, “Muchas veces.” “Creo que sí, muchas veces.” Lucía pensó en esto durante varios pasos. ¿Por qué no nos llevó Remedios? No tenía respuesta todavía.

No lo sé todavía, dijo. Vamos a descubrirlo cuando lleguemos. Esa respuesta pareció satisfacer a Lucía, quien asintió y siguió caminando. Al mediodía se detuvieron a la sombra de un grupo de mezquites que crecían en torno a una pequeña depresión en el terreno donde el suelo era más oscuro, señal de que en algún punto de la temporada de lluvias había habido agua superficial.

Remedios sacó dos de las tres tortillas. y las repartieron. Una para Lucía, media para ella, la otra media guardada para la tarde. Llenó la cantimplora en el cuarto de la posada antes de salir, pero ya estaba a la mitad, y tendrían que encontrar agua antes del anochecer. No era un problema insuperable.

 Conocía el desierto lo suficiente para saber que el agua siempre existía si sabías dónde buscarla. Pero era una preocupación constante que se instaló en el fondo de su mente junto con todas las demás preocupaciones que habían estado viviendo ahí desde hacía una semana. Pensó en Gilberto durante ese descanso del mediodía.

 pensó en él con una intensidad que físicamente dolía, un dolor ubicado exactamente detrás del esternón, donde los médicos de ciudad no pondrían un nombre, pero donde cualquier mujer que ha perdido al hombre que amó sabe que el duelo vive. Pensó en sus manos manchadas de tinta de mapa. Pensó en la voz que tenía cuando le explicaba las curvas de nivel, esa voz que era más suave y más apasionada que su voz ordinaria, como si hablar de la tierra lo volviera temporalmente otra persona, una persona más completa.

 Pensó en el cañón del mesquite cuando todo lo demás falte, y se preguntó, no por primera vez, ¿qué había sabido él que ella no sabía? Después del descanso, siguieron. El camino se hacía más difícil a medida que avanzaban. La vereda se perdía completamente en un tramo de una hora donde tuvieron que navegar por orientación y por los indicadores que el desierto da a quien sabe leerlos.

 el ángulo de la luz, la dirección en que se inclinaban los tallos de los cactus según el viento dominante, la posición de las sierras en el horizonte que Remedios había memorizado desde los mapas de Gilberto. Encontraron agua antes del atardecer en un hueco de roca, una tinaja natural donde el agua de lluvia se acumulaba y se conservaba semanas en la sombra de una pared de cantera gris. Llenaron la cantimplora.

Lucía tomó agua con las dos manos en copa y bebió como los animales beben, sin modales y sin vergüenza. Y Remedios pensó que eso era exactamente lo correcto. Pasaron la primera noche bajo un grupo de palos verdes en una ladera que daba la espalda al viento del norte. Remedios hizo una cama improvisada con el reboso extendido sobre la tierra y se acostaron las dos juntas.

 lucía enrollada contra el cuerpo de su madre, como siempre lo hacía en las noches de frío, aunque esa noche no hacía frío, sino apenas un frescor que llegaba del este después de que el sol bajó. Las estrellas sobre el desierto de Sonora esa noche eran más numerosas de lo que Remedios recordaba haber visto nunca.

 O tal vez siempre habían sido así. Y lo que cambiaba era que en este punto de su vida no había techo ni preocupaciones de ciudad que la distrajera de mirarlas. Lucía se durmió rápido. Remedios tardó más. En esa primera noche en el desierto, Remedios tuvo un momento de miedo real y completo. El tipo de miedo que no se puede controlar con la razón porque es más antiguo que la razón.

 El miedo de estar completamente sola en un lugar, sin nadie que la conociera, sin dirección de regreso que valiera la pena tomar, con una niña de 6 años y 43 pesos y un papel con siete palabras. Ese miedo duró. No mintamos varios minutos. Ella lo dejó estar. lo respiró y luego en algún momento que no supo identificar exactamente, el miedo pasó y lo que quedó no era valentía exactamente, sino algo más sencillo, determinación.

La clase de determinación que no viene de la cabeza, sino del cuerpo, del lugar donde vive la supervivencia. Cerró los ojos, se durmió. El segundo día amaneció fresco y con nubes altas que filtraban el sol y lo hacían más llevadero. Lucía despertó con hambre. Remedios le dio la última tortilla y para sí misma tomó agua.

 y empezaron a caminar antes de que el sol estuviera alto. El terreno ese día era más accidentado. salieron de la llanura alta y empezaron a descender por una serie de lomeríos donde la roca salía a la superficie en afloramientos de granito rosado y de una piedra más oscura, casi negra, que Gilberto le había dicho una vez que era basalto volcánico, señal de que en algún tiempo remoto este desierto había sido un campo de fuego.

 Encontraron en el segundo día un rancho pequeño, tres cuartos de adobe y un corral habitado por un hombre viejo apellidado Quiroga, que pastoreaba un pequeño rebaño de cabras en esa porción de la sierra. El hombre era de pocas palabras, pero de gestos generosos. sin que remedios le pidiera nada, sacó de su cocina una olla de frijoles con chile y tortillas recién hechas y las invitó a sentarse a la sombra del porche.

 Lucía comió con una hambre que remedios no le había visto antes, o que tal vez sí le había visto, pero nunca tan honesta, tan sin mediaciones. Remedios comió también. Y mientras comía, preguntó al señor Quiroga si conocía el cañón del mesquite. El viejo la miró por encima del borde de su taza de café, el cañón del Mesquite o el cañón de los Aldana.

Remedios se detuvo. ¿Cómo lo llama usted? Así le decíamos algunos, dijo el señor Quiroga, porque un muchacho de apellido Aldana estuvo trabajando allá varios años. Bajaba desde Zaguaripa. Le dije una vez que estaba loco. Nadie va a ese cañón. Tierra de escorpiones”, le dijimos. Y él reía y decía que los escorpiones no molestan si uno no los molesta.

 Remedios apretó los dedos alrededor de la taza. Ese era mi marido. El señor Quiroga la miró de nuevo, esta vez con atención diferente. La miró a ella, luego a Lucía, luego de nuevo a ella. “¿Murió?”, preguntó. “Hace 10 días”, dijo Remedios. Un silencio. El viejo asintió lentamente. Lo siento dijo. Y luego después de una pausa. Entonces usted va bien.

 Siga la bajada hasta el segundo arroyo seco. Ahí el camino dobla al sureste y empieza la vereda del cañón. Dos horas a pie desde el arroyo más o menos. La entrada del cañón no se ve desde lejos. Hay una pared de mezquites y de palo fierro que la tapa. Pero si busca el olor a agua, lo va a encontrar.

 ¿Hay agua en el cañón?, preguntó Remedios. El señor Quiroga la miró con una expresión que era casi de sorpresa. ¿No le dijo su marido? Me dijo poca cosa dijo Remedios. El viejo hizo un gesto vago que podía significar muchas cosas. Hay agua dijo simplemente y no dijo más. Cuando Remedios y Lucía se levantaron para seguir el camino, el señor Quiroga entró a la casa y regresó con un morral de cuero que puso en manos de remedios sin explicación.

 Dentro había un trozo de carne seca, un puño de frijoles cocidos envueltos en hoja de maíz, tres duraznos pequeños y secos y un pedazo de piloncillo. Remedios quiso pagarle. El viejo levantó la mano en un gesto que no admitía discusión. El señor Aldana me ayudó una vez con un problema de linderos. Dijo, “Nunca me cobró. Con esto quedamos.” siguieron caminando.

 El segundo arroyo seco llegó a media tarde, un cauce de arena blanca y piedras lisas, donde el agua corría en la temporada de lluvias y que en agosto era un camino muerto de calor y silencio. Tomaron el giro al sureste, como había indicado el señor Quiroga, y la vereda se hizo perceptible de nuevo. un camino exactamente, sino la huella acumulada de alguien que había pasado muchas veces por el mismo lugar y que había dejado en la vegetación una memoria de su paso.

Ramas rotas de cierta manera, piedras movidas de sus lugares originales, una marca en el tronco de un zaguaro que podría ser accidental, pero que en el contexto parecía deliberada. Lucía empezó a cansarse en el tramo final. Remedios la cargó parte del camino, un peso que en otro momento habría sido manejable, pero que después de dos días de caminata con carga propia se sumaba de manera que los hombros y la espalda baja de remedios protestaban con una insistencia sorda y constante.

No dijo nada, siguió caminando y entonces, sin aviso, sin transición dramática, el muro de mesquites y palo fierro que había descrito el señor Quiroga apareció frente a ellas como una pared verde y densa que bloqueaba la visual completamente. Remedios se detuvo. Olfateó el aire. El señor Quiroga tenía razón.

 Había un olor a humedad, tenue, pero inconfundible que venía de adentro de esa pared de vegetación. El olor del agua en tierra seca, que es uno de los olores más reconocibles del mundo para alguien que creció en el desierto. Bordearon la pared de vegetación buscando la entrada. La encontraron a unos 30 m, una apertura natural entre dos mezquites gigantes que debían tener, calculó remedios, al menos 50 años de vida, cuyas raíces habían levantado la tierra a ambos lados del paso, formando algo que se parecía mucho a un umbral. Remedios se detuvo frente a

ese umbral. Lucía también se detuvo mirando hacia adentro donde el camino se estrechaba y la sombra era densa y verde y fresca. “Entramos”, preguntó Lucía. Remedios tomó un respiro largo. Pensó en Gilberto. Pensó en sus manos manchadas de tinta. Pensó en cuando todo lo demás falte. “Entramos”, dijo.

 Pasaron entre los mezquites y el mundo cambió. No de manera dramática, no de golpe, sino de la manera en que cambian las cosas cuando uno pasa de un lugar a otro, que tiene su propio clima, su propia luz, su propia temperatura. El cañón era más amplio de lo que la pared exterior sugería. Las paredes de roca, cantera gris y rojiza, con betas de cuarzo blanco que reflejaban la luz del final de la tarde, se elevaban a 15 o 20 m a cada lado.

 Y entre esas paredes había tal vez 40 m de anchura en el punto más ancho, angostándose en los extremos. El suelo del cañón estaba cubierto de una vegetación diferente a la del desierto abierto, más densa, más verde, con plantas que remedios reconocía como propias de lugares con humedad constante, carrizo a lo largo de lo que debía ser el ca.

Higueras silvestres que no debían estar ahí, pero que estaban. Sauce llorón que definitivamente no debía estar ahí, pero cuyos ramos tocaban el suelo a escasos metros de la entrada. El olor a agua era más fuerte aquí dentro y había pájaros, muchos más de los que había en el desierto abierto. Una diversidad de voces que hablaban desde la vegetación con el vocabulario variado de un lugar donde hay agua y sombra permanentes.

 Lucía soltó la mano de su madre y dio tres pasos hacia adelante con los ojos muy abiertos. “Mamá”, dijo con una voz que era casi un susurro. Aquí vivía papá cuando no estaba. La pregunta golpeó a remedios en ese lugar detrás del esternón. Tardó un segundo en responder. Creo que aquí construía, dijo. Y entonces vio la casa. Estaba al fondo del tramo más amplio del cañón contra la pared de roca del norte, elegida estratégicamente para aprovechar la sombra en los meses de verano y la insolación en invierno, lo cual era exactamente el razonamiento que Gilberto

habría usado. Era una casa de adobe, no una chosa, no un cuarto aislado, una casa con forma de L, con dos alas claramente definidas, techo de vigas de madera y barro y carrizo, una puerta principal de madera maciza con errajes de hierro negro, que incluso desde esa distancia de 40 m se veía sólida y bien construida.

 Las paredes eran de un color ocre oscuro que se integraba con la roca del cañón, de manera que si uno no sabía que la casa estaba ahí, podría pasar de largo en la entrada y no verla. Las paredes eran gruesas. Remedios lo supo antes de medirlas. Lo supo por la forma en que las ventanas pequeñas quedaban embutidas en la masa de adobe como ojeras en un rostro. 60 cm mínimo.

 Un trabajo de meses, de años hecho ladrillo por ladrillo. A la derecha de la casa, parcialmente cubierto por una enramada de carrizo y madera que claramente había sido construida como techo de trabajo, había una estructura de madera y metal que remedios reconoció después de un momento como la cabeza de un pozo.

 El marco cuadrado y el mecanismo de polea con su cuerda y su cubeta de metal oxidada. pero intacta. A la izquierda, siguiendo una línea de piedra que bajaba desde la pared del cañón, había algo que tardó más en identificar. Una asequia. una asequia de piedra labrada, no improvisada, no hecha con lo que hubiera a la mano, sino construida con piedras seleccionadas y acomodadas con precisión, selladas con una mezcla de cal y barro que descendía desde un punto alto de la pared del cañón, donde algún manantial o filtración hacía salir el

agua, y se distribuía en una red de canales menores que terminaban en lo que mirando más de cerca eran mesas de cultivo rectangulares, niveladas con Los bordes de tierra formados por Asadón y Nibel, vacías en agosto porque nadie había sembrado, pero perfectamente listas para recibir semilla. Remedio se quedó de pie mirando todo esto durante un tiempo que no supo medir.

 Podían ser 30 segundos o 5 minutos. Lucía estaba a su lado con la misma quietud. Las dos mujeres, la grande y la chica, paradas en el cañón que olía agua y pájaros y adobe, mirando la casa que Gilberto Aldana había construido en secreto durante 4 años de sábados y viernes robados al trabajo ordinario de su vida. Fue Lucía quien habló primero.

 ¿Podemos entrar?, preguntó. Remedios asintió. caminaron hacia la casa despacio, como quien se acerca a algo sagrado que no quiere interrumpir. A medida que se acercaban, los detalles se hacían más claros. Las vigas del techo sobresalían de las paredes en los aleros con una longitud suficiente para dar sombra, lo cual era un detalle de diseño, no de improvisación.

Las ventanas, dos en la fachada principal, tenían contraventanas de madera que cerraban desde adentro. El piso del corredor exterior, un espacio de metro y medio entre la puerta y el borde del techo, era de piedra plana colocada con cuidado, sin argamasa, pero encajada con precisión. La puerta principal estaba cerrada con un candado de hierro negro grande, del tipo que se usaba en las bodegas y en los establos de calidad, y del cuello de remedios dentro de su blusa.

 Colgaba desde la noche del velorio en que había encontrado el papel, un momento que ella no había sabido leer correctamente en ese momento de dolor. colgaba una llave de hierro que Gilberto siempre había llevado en el bolsillo del chaleco y que ella había guardado, sin saber exactamente por qué, el mismo instinto que le había dicho que guardara el papel doblado.

 Sacó la llave, la metió en el candado, giró. El candado abrió con un click limpio, como si hubiera sido engrasado recientemente, como si alguien se hubiera asegurado de que funcionara. Empujó la puerta. La puerta se dio hacia adentro con un chirrido suave de bisagras bien ajustadas y el interior del cuarto principal se abrió ante ellas en la luz atenuada de la tarde que entraba por las contraventanas entreabiertas.

El olor de la casa, adobe seco, madera de mezquite, algo que era casi al reciente, las envolvió completamente. El cuarto principal era grande, más grande de lo que las dimensiones exteriores sugerían, porque Gilberto había maximizado el espacio interior en la proporción de las paredes. Había una mesa de madera maciza en el centro, madera de mequite tallada toscamente, pero sólida, con dos sillas, un fogón de adobe en una esquina con su repisa de ladrillo para ollas y el canal de tiro que subía hasta el techo construido con

tanta solidez que Remedios lo golpeó con los nudillos y sonó como golpear una pared. Estantes de madera en la pared del norte y en esos estantes cosas, no cosas abandonadas. Cosas acomodadas, bolsas de tela gruesa que contenían remedios las abrió una por una con manos que no temblaban porque el asombro es a veces más tranquilizador que el miedo.

Maíz, frijol, chile seco, sal en un tarro de cerámica con tapa que ajustaba perfectamente, piloncillo envuelto en papel de estrasa, café molido en una bolsa de cuero sellada con cera. arroz. Provisiones, no las provisiones de alguien que improvisó, las provisiones de alguien que calculó cuánto tiempo tardarían en llegar y qué necesitarían al llegar.

En el estante más alto, a un lado de las provisiones, herramientas, un azadón pequeño, una pala, un mazo de mano, una sierra de mano con el diente bien afilado, un nivel de burbuja, cuerda de varios grosores, clavos de diferentes tamaños en bolsas individuales. En el estante más bajo, una lámpara de aceite con su depósito lleno, una caja de cerillos envuelta en trapo encerado para protegerla de la humedad, una pequeña colección de velas de cebo.

 Lucía se había quedado en la puerta, mirando adentro con los ojos que su padre le había dado, esos ojos que miraban el terreno como si pudieran ver lo que había debajo. Luego entró despacio y fue directamente a la mesa donde puso las dos manos planas sobre la madera y la sintió. “Papá hizo esta mesa”, dijo.

 No era una pregunta. “Sí”, dijo Remedios, “la hizo para nosotras.” Remedios abrió la boca para decir algo y no encontró las palabras, solo asintió. exploraron el resto de la casa esa tarde. El al derecha de la L contenía lo que claramente estaba diseñado como dormitorio, dos plataformas de adobe elevadas del suelo, lisas y limpias, del tamaño exacto para colocar petates o colchones.

 La ventana de ese cuarto daba directamente al pozo, lo cual significaba que desde la cama se podía escuchar en las noches de silencio completo del cañón, cuando no hubiera ni viento, el agua en la profundidad. El ala izquierda de la L estaba cerrada con una segunda puerta más pequeña, de madera más gruesa todavía con un segundo candado.

 Remedios buscó si la misma llave abría ese segundo candado. No habría. Esa llave era diferente. Esa puerta tendría que esperar. Encendieron la lámpara cuando el sol bajó del borde de las paredes del cañón y el interior se volvió oscuro. Remedios cocinó frijoles con chile usando la leña que encontró ordenada junto al fogón, suficiente para semanas.

 Y mientras los frijoles hervían, salió al corredor exterior con la lámpara y miró el cañón en la oscuridad. Las paredes de roca reflejaban la luna con una luz blanquecina y fría que hacía el lugar más hermoso de lo que había sido durante el día. El sonido del agua, el pozo, la asequia era constante y suave, el mejor sonido del mundo en un desierto.

 Fue en ese momento, parada en el corredor de la casa de adobe de Gilberto, con la luna sobre el cañón y los frijoles sirviendo adentro, y lucía sentada en el suelo junto al fogón tocando la madera de la mesa con los dedos, cuando Remedios Fuentes de Aldana lloró por primera vez desde la muerte de su marido. No había llorado en el velorio, no había llorado en el entierro, no había llorado en los seis días de despojo en la casa de la calle del Mesquite.

 Había aguantado porque aguantar era lo que la situación requería y ella siempre había dado a la situación lo que requería. Pero ahora lloraba. Lloraba con la ferocidad silenciosa de quien ha esperado demasiado tiempo para hacerlo. Lloraba sin sonido para no asustar a Lucía. lloraba con la mano sobre la boca y los ojos hacia el cielo del cañón, donde las estrellas eran tan numerosas como la noche anterior en el desierto abierto.

Tal vez más, porque las paredes de roca cortaban la vista en todas las direcciones y lo que quedaba encima era un túnel de cielo perfectamente negro y perfectamente lleno de luz. Lloró 10 minutos, luego se limpió la cara con el reboso. Fue adentro, sirvió los frijoles. Si estás acompañando la historia de remedios hasta aquí, si sentiste en el pecho el peso de esos tres días de camino con Lucía de la mano y 43 pesos en el bolsillo, entonces te pido que dejes tu like en este video y te suscribas a Esperanza del Interior.

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 Los primeros días en el cañón fueron días de aprendizaje urgente. El aprendizaje de quien necesita saber cómo funciona un lugar para sobrevivir en él, no el aprendizaje tranquilo y gradual de quien tiene tiempo. remedios. Despertó al amanecer del segundo día, el primero en la casa, con la claridad que a veces da el sueño cuando el cuerpo finalmente duerme de verdad después de días de privación.

Sabía lo que necesitaba hacer. Primero, el pozo. Bajó la cubeta de metal por la cuerda del mecanismo de polea y la subió con agua. Agua limpia, fría, con ese sabor mineral suave que tiene el agua subterránea de las formaciones de granito. Bebió directamente de la cubeta y el agua fue la cosa más buena que había probado en días, semanas quizás, porque el agua tiene el sabor de la situación en que se toma y esa agua sabía a posibilidad.

Segundo, la asequia la siguió desde la distribución hasta su origen, una grieta en la pared de roca del cañón a unos 7 metros de altura, desde donde emanaba un chorro constante y delgado que Gilberto había captado con una estructura de piedra y barro y dirigido hacia abajo por el canal de piedra labrada.

 No era un manantial grande, no era suficiente para regar un campo extenso, pero era constante, que en el desierto de Sonora es más valioso que grande. Seguía manando incluso en agosto, lo cual significaba que su fuente estaba profunda en la roca, alimentada por agua subterránea que no dependía de las lluvias de superficie.

 Tercero, las mesas de cultivo. Las inspeccionó una por una. eran cinco de tamaños distintos, el total de tal vez 400 m² de tierra preparada. La tierra era más oscura y más suelta que el suelo del desierto, lo cual significaba que Gilberto la había trabajado. Removido, enriquecido con abono, preparado durante tiempo.

 En el mes de agosto no había nada sembrado, pero la tierra estaba lista. El señor Quiroga le había dicho que el cañón tenía agua. Lo que no le había dicho, lo que tal vez no sabía, porque nadie había entrado al cañón, salvo Gilberto durante todos esos años, era la extensión de lo que Gilberto había construido, el pozo, la asequia, las mesas, la casa con sus provisiones y herramientas.

 Todo esto no era el proyecto improvisado de un hombre con una idea vaga. era el proyecto metódico y sostenido de un hombre que había calculado con precisión que necesitaría una mujer sola con una hija para vivir en ese lugar durante el primer año mientras aprendía a hacerlo producir, pero todavía estaba la segunda puerta. Remedios buscó la segunda llave durante los primeros dos días sin resultado.

Revisó los estantes, los rincones del cuarto principal, las rendijas de las vigas del techo, los bordes del fogón. Nada. El tercer día encontró al personaje que cambiaría la velocidad de todo lo que vino después. estaba cosechando las vainas de frijol silvestre que crecían en los bordes de una de las mesas de cultivo, un frijol pequeño y duro que no era cultivado, sino espontáneo, crecido de semilla arrastrada quizás por los pájaros, cuando escuchó un silvido desde la entrada del cañón, no un silvido de persona, un silvido de alguien que

anuncia su presencia con anticipación, el silvido del que sabe que no debe aparecer de repente en el territorio de alguien. más se incorporó. Metió la mano en el bolsillo donde cargaba el cuchillo de cocina que había traído desde Saguaripa y esperó. La que apareció en la entrada del cañón fue una mujer. Tendría 65 años, tal vez 70.

 Era difícil calcularlo porque era de esas personas cuya edad parece haberse detenido en algún punto y no seguir avanzando con la misma velocidad que en los demás. Era pequeña de estatura, pero deporte recto, con el cabello completamente blanco recogido en una trenza gruesa que le caía por la espalda. Llevaba ropa de trabajo, faldón oscuro, blusa de manta, guaraches de cuero y cargaba en el brazo izquierdo una canasta de palma tejida con algo adentro cubierto por un trapo.

“Buenos días”, dijo la mujer parada en la entrada sin entrar con una cortesía que era también una forma de esperar permiso. “Buenos días”, dijo Remedios sin quitar la mano del bolsillo. “Me llamo Celestina Rojo”, dijo la mujer. Vivo con mi hijo y mi nuera en el rancho del arroyo.

 A una hora de aquí supe que alguien había llegado al cañón. ¿Cómo supo el humo del fogón? Dijo Celestina Rojo simplemente 4 años sin humo y de pronto humo. En el desierto uno nota esas cosas. Remedios la estudió. conoció a mi marido. Los ojos de Celestina Rojo cambiaron, no de expresión exactamente, sino de temperatura. Se calentaron.

 Don Gilberto, dijo, “Sí, lo conocí. Era un buen hombre. Murió hace dos semanas. Un silencio.” Celestina Rojo bajó ligeramente la cabeza. “Lo sé, me llegó el aviso por el camino, por eso vine.” Levantó la canasta. Le traje algunas cosas, semillas para la temporada chica y algo de comer para hoy. Remedios quitó la mano del bolsillo. Pase, dijo.

Celestina Rojo se quedó esa tarde y parte de la siguiente mañana. era una mujer de esa clase de sabiduría que no se anuncia, sino que aparece en la conversación gradualmente, como el agua que sube despacio en un pozo. De pronto uno se da cuenta de que está bebiendo algo extraordinario. Conocía el monte como remedios.

 Conocía las hierbas medicinales con la intimidad de quien ha pasado la vida entera en un solo lugar y ha aprendido todo lo que ese lugar tiene para enseñar. Había conocido a Gilberto en el segundo año de sus visitas al cañón. Él había llegado al rancho de su hijo buscando agua para el caballo y se había quedado a cenar porque Celestina insistió y porque Gilberto era el tipo de persona que aceptaba la hospitalidad de otros con gratitud genuina, sin la incomodidad que tienen algunos hombres educados en la ciudad cuando están en casas de campo.

Habían hablado esa noche de la tierra, de los mapas, del cañón y desde entonces Celestina había sido la única persona que sabía del proyecto, no de todos los detalles, no de la carta ni del cuarto cerrado, pero sí de la existencia de la casa y de para quién la estaba construyendo. Me dijo que era para usted”, dijo Celestina, sentada en una de las sillas de la mesa de Mezquite con una taza de café que remedios había preparado usando el café de la bolsa de cuero, que si algo le pasaba a él, usted lo iba a necesitar. Dijo, “Mi mujer es de las que

el monte no asusta. Ella va a saber qué hacer.” Remedios escuchó esto con las manos alrededor de su propia taza y los ojos mirando la superficie del café. le dijo, “¿Qué hay en el cuarto cerrado?” “No, dijo Celestina. Me dijo que eso era entre ustedes dos.” Hizo una pausa. “¿Tiene usted la llave?” “Tengo la del candado de la puerta principal”, dijo Remedios.

 “La otra no la he encontrado.” Celestina bebió su café, miró la pared del fondo, revisó la viga central del techo, preguntó. Remedios levantó la vista. En la viga central, dijo Celestina. Don Gilberto me mostró una vez sin decirme para qué. Hay una hendidura en la cara inferior de la viga sobre la mesa.

 Remedios se levantó, tomó la lámpara, fue a la mesa y la movió a un lado, se subió a la silla y levantó la lámpara hacia la viga central del techo, una viga de mezquite oscura y maciza que cruzaba el cuarto de pared a pared. En la cara inferior, exactamente en el centro, había una hendidura rectangular tallada, no accidental de unos 5 cm de largo y dos de profundidad.

Remedios metió el dedo. Encontró algo frío y metálico. La segunda llave. Remedios sostuvo la segunda llave en la palma de la mano durante un momento que fue más largo de lo que probablemente pareció desde afuera. Era una llave de hierro forjado, más pequeña que la primera. con la cabeza en forma de cruz, el tipo de llave que se hace a medida para un candado específico, no la llave genérica de una ferretería.

 Estaba fría del metal y envuelta en un pequeño trapo de manta que la había protegido de la oxidación. Celestina Rojo estaba de pie junto a la mesa con las manos entrelazadas frente a ella, en la postura de alguien que sabe que lo que viene no es para ella, sino que va a presenciarlo de todas formas. Lucía estaba sentada en el suelo junto a la puerta, dibujando en el polvo con un palito las formas que veía en las paredes de roca del cañón, un entretenimiento que se había inventado sola esa mañana y que la absorbía completamente.

¿Quiere que me espere afuera?, preguntó Celestina. No, dijo Remedios. Quédese. Fue hacia la puerta del ala izquierda. Era una puerta más baja y más angosta que la principal. Había que agacharse ligeramente para pasar, lo cual debía de haber sido incómodo para Gilberto, que medía más de 1,70 m.

 Y la madera era de parota oscura, la madera más dura y más resistente de la región, la que se usaba para las puertas de los bancos y de los juzgados, porque no cede fácilmente ante nada. El segundo candado estaba en el centro de la puerta, a la altura del pecho, y era del mismo hierro negro que el primero, pero con la cerradura diferente, la ranura en forma de cruz que correspondía exactamente a la llave que remedios tenía en la mano.

 Metió la llave, giró, el candado abrió. Remedios empujó la puerta y la madera pesada se dio hacia adentro con un movimiento lento y silencioso. Las bisagras de este cuarto habían sido engrasadas con más cuidado todavía que las de la puerta principal, y el cuarto que se abrió ante ella no tenía ventana, así que la oscuridad fue absoluta hasta que levantó la lámpara.

El cuarto era pequeño, 4 m por 4 aproximadamente, con las paredes de adobe en llucidas con una capa de cal blanca que reflejaba la luz de la lámpara multiplicada. En el centro del cuarto había una mesa baja de madera de mezquite, más pequeña que la de la cocina, sobre la cual había varias cosas dispuestas con el mismo orden cuidadoso que Gilberto ponía en todo lo que hacía.

 mapas, un libro de contabilidad con tapas de cuero, un cofre de madera con errajes de latón y encima de todo, encima del cofre, como si hubiera sido colocado al último cuando todo lo demás ya estaba en su lugar, un fajo de papeles doblados y atados con un cordón rojo, con las palabras escritas en la cubierta exterior con la letra de Gilberto para remedios. Leer solo cuando estés lista.

remedios los tomó primero, luego tomó la silla que había en el cuarto, una sola silla, como si Gilberto hubiera sabido que habría una sola persona leyendo esto. Y se sentó, desató el cordón rojo, desplegó el primer papel y empezó a leer la carta de Gilberto Aldana a su esposa. Remedios Fuentes de Aldana estaba escrita en 38 páginas de papel de China.

El papel más fino y más duradero que se conseguía en Saguaripa, el papel que usaban para los documentos importantes, con la letra apretada irregular, que Remedios había visto toda la vida inclinarse sobre los mapas y los libros de cuentas. No había tachaduras, no había correcciones visibles. Eso significaba que no era el borrador, sino la copia final, lo cual significaba que había existido al menos una versión anterior que Gilberto había escrito, corregido y vuelto a escribir hasta estar satisfecho.

Remedios, mi amor. Si estás leyendo esto es porque yo no pude protegerte de otra manera, pero sí pude, sí lo hice. Y ahora quiero explicarte todo. Todo lo que no te dije en vida, todo lo que callé por razones que entonces me parecían buenas y que ahora escribiendo esto me parecen tal vez insuficientes, pero eran las razones que tenía y te las debo completas.

Empiezo por el principio. Cuando trabajé con el topógrafo Mendoza en 1881, aprendí a leer el terreno de una manera que él nunca me enseñó directamente, sino que yo fui aprendiendo de las correcciones que tú me hacías, que los rancheros del monte me enseñaban, que el suelo mismo me mostraba cuando me tomaba el tiempo de mirarlo de verdad.

 Mendoza hacía los mapas desde el caballo. Yo hacía mis propios apuntes caminando. Y lo que vi caminando este territorio durante esos meses, lo que anoté en mis cuadernos que guardé todos estos años y que están en el cofre junto a esta carta, era diferente de lo que Mendoza dibujaba. Había un cañón que no aparecía en los mapas oficiales.

 No porque fuera invisible, es visible, como pudiste ver, para quien sabe dónde buscar. sino porque el señor que hacía los mapas por encargo del gobierno estatal tenía instrucciones de marcar como zona sin designar y sin valor todo el tramo sureste del municipio de Zaguaripa, porque el señor hacendado dueño de las tierras del norte, don próspero Valenzuela y Ruiz, que seguramente conoces de nombre, porque su nombre aparece en cada acuerdo municipal desde hace 20 años.

 tenía interés en que las tierras circundantes no fueran valoradas para poder comprarlas barato cuando la ocasión llegara. Pero ese cañón tiene agua. Lo vi la primera vez que lo encontré y calculé con todo lo que me había enseñado Mendoza de Hidrología y lo que yo mismo había aprendido leyendo los libros técnicos que conseguía de Hermosillo, que el agua del cañón no era superficial, sino que venía de un acuífero profundo, una formación subterránea que las autoridades del norte de México en este momento todavía no han mapeado completamente, pero cuya

existencia yo podía inferir de los indicadores de vegetación, del tipo de roca, de la dirección del drenaje. Un acuífero que no se agota en agosto, un acuífero que si se perfora correctamente con tecnología, que en este momento ya existe y que en 10 años va a existir de manera más accesible, puede dar agua a un territorio mucho mayor que este cañón.

 Lo supe en 1881 y guardé el secreto durante 10 años porque no sabía qué hacer con él. No tenía dinero para comprar la tierra, no tenía influencia para defenderla. Y en Sauaripa, en ese entonces como ahora, la tierra que no está en manos de alguien poderoso no dura libre mucho tiempo. En 1888 empecé a averiguar quién era el dueño legal de ese cañón. Tomó tiempo.

 La cadena de títulos de propiedad en esa región es un desastre de documentos perdidos, nombres cambiados y ventas realizadas sin escritura formal. Pero encontré algo importante. El cañón en los registros del Registro Público de la Propiedad del Estado de Sonora, está registrado como propiedad sin dueño declarado desde 1857, año en que murió el último propietario formal. Un señor de apellido Cisneros.

que no dejó herederos conocidos y cuyas tierras pasaron al estado en teoría, pero en la práctica quedaron en un limbo burocrático donde nadie las reclamó porque nadie sabía que valían algo. Eso significa que están disponibles para ser reclamadas por quien demuestre posesión continuada y trabajo sobre la tierra, lo que la ley llama prescripción adquisitiva.

En términos simples, remedios. Quien viva ahí, quien trabaje esa tierra y quien pueda demostrar que lo ha hecho de manera continua durante 10 años, puede pedirle al juez que le reconozca la propiedad formal. No es un proceso rápido, no es simple, pero es legal, es sólido y yo he estado preparándolo desde 1889, 4 años antes de esta carta, que escribo sabiendo que me siento mal y que el tifo no siempre suelta a quien agarra.

 He estado haciendo tres cosas. Primera, construir la casa. Ya la viste, ya sabes lo que hay en ella. La construí para que puedas vivir en ese cañón con comodidad y con las herramientas necesarias para mantenerla. Calculé lo que necesitarías el primer año. Provisiones, semillas, herramientas. Lo calculé y lo acomodé.

Si llegaste sola, si llegaste con Lucía, si llegaste en agosto como es posible que hayas llegado, hay comida para 8 meses, herramientas para trabajar las mesas, semilla para sembrar la temporada chica. El pozo da agua limpia todo el año. La asequia riega las cinco mesas. No es la abundancia todavía, pero es el comienzo de algo.

 Segunda, documentar la posesión. En el cofre que está sobre esta mesa van a encontrar mis cuadernos de trabajo. 46 visitas al cañón registradas con fecha, hora, descripción del trabajo realizado y firma. Van a encontrar los recibos de las herramientas y los materiales que compré en diferentes tiendas de saguaripa y de UES con fecha.

 Van a encontrar los testimonios escritos y firmados de tres personas que me vieron trabajar en el cañón y que saben cuánto tiempo llevo haciéndolo. El señor Quiroga del Rancho del Arroyo de Los Alamos, la señora Celestina Rojo del Rancho del Arroyo Seco y un minero jubilado de nombre Abundio Torres, que vive en el pueblo de Tonichi y que pasó por el cañón en dos ocasiones distintas y que está dispuesto a declarar que me encontró trabajando ahí.

 Esos testimonios con mi documentación son suficientes para iniciar el proceso de prescripción adquisitiva. Tercera, identificar al abogado correcto, no al licenciado Ramos de Zaguaripa. Ese hombre es honesto, pero es pequeño. No va a poder contra la presión de don Próspero si llega a enterarse. El abogado que necesitas es el licenciado Ezequiel Montoya de URES.

Estudió en la ciudad de México. Tiene conexiones en la Suprema Corte del Estado. Ha ganado tres casos de prescripción adquisitiva en la región en los últimos 8 años. Su dirección está en el cofre. Yo le escribí una carta en 1891 explicándole la situación en términos generales, sin mencionar la ubicación exacta del terreno.

 Respondió que si los documentos son sólidos, el caso es viable. Los documentos son sólidos, remedios. Los revisé y los revisé durante años. Ahora necesito contarte algo que tal vez te va a doler. Y lo siento. Sé que Aurelio va a intentar quedarse con la casa de la calle del Mesquite. Lo sé porque conozco a mi hermano y lo quiero. Sí, lo quiero.

Aunque lo que haga en los días después de mi muerte vaya a ser difícil de perdonar. Y sé que la ley le va a dar la razón porque la ley de este país en este año no te protege como debería. Por eso nunca puse nada a tu nombre. Si hubiera habido algo a tu nombre, Aurelio o sus aliados en la presidencia municipal, habrían encontrado la manera de atacarlo.

 También el cañón no tiene nombre oficial en ningún mapa, no está en ninguna escritura, no existe para el sistema legal, lo cual significa que Aurelio no puede tomarlo porque no puede tomarse lo que no existe. Pero tú sí puedes hacerlo existir. Tú remedios con esta documentación y con el licenciado Montoya y con el tiempo que el proceso requiera, tú puedes convertir ese cañón en propiedad legal a tu nombre y a nombre de Lucía.

 Y cuando lo hagas, no vas a tener un rancho pequeño en la sierra. Vas a tener control sobre el único acceso a un acuífero subterráneo en esta región del municipio. Eso hoy vale tal vez más de lo que cualquiera puede calcular. En 20 años va a valer todavía más, porque el norte de Sonora se va a secar y el agua se va a volver la cosa más valiosa de todas.

Hay una cosa más que necesito decirte, una que no está en ningún documento. En la pared norte del cañón, a unos 80 m de la casa, hay una formación de roca que en la superficie parece basalto ordinario. Pero si miras la base de esa pared con atención, yo lo marqué con una cruz pequeña grabada en la piedra a la altura de la rodilla, vas a ver que la roca tiene un color diferente en una franja de unos 3 m de largo.

 No es basalto, es pórfido de cuarzo. Y el pórfido de cuarzo en esta región, en esta formación geológica específica, es indicador de mineralización. No te digo que hay plata, no soy minero, pero te digo que el señor Abundio Torres, que sí es minero y que estuvo en el cañón conmigo dos veces, me dijo que si él tuviera ese terreno, lo primero que haría es perforar muestras en esa pared.

 Sus palabras exactas fueron, don Gilberto. Eso merece que alguien lo mire de cerca. Él sabe hacerlo. Su dirección también está en el cofre. Remedios. Sé que estos años de sábados ausentes te pesaron. Sé que hubo momentos en que te pregunté si te estaba guardando algo malo, si había otra mujer, si había deudas, si había algo de lo que debía avergonzarme. No había nada de eso.

Había esto. Había esta casa que construí con mis manos pensando en ti cada ladrillo. Había ese pozo que tardé dos meses en perforar y que la primera vez que dio agua limpia me senté en el suelo del cañón y lloré como no había llorado desde que murió nuestro primer hijo, porque supe que lo había logrado.

 Había estas mesas de tierra preparada que tú, que conoces el monte mejor que yo, vas a saber qué sembrar y cuándo. Te pedí muy poco durante nuestro matrimonio. Dejé que la ley te dejara sin nada porque era lo que la ley hacía y porque yo no pude cambiar la ley. Lo que sí pude hacer es lo que ves aquí. Cuida a Lucía.

 Ella tiene tus ojos para leer el terreno y mi cabeza para los números. Va a ser una mujer extraordinaria y remedios. Esto es lo que más quiero que sepas. Nunca te descuidé. Nunca te olvidé. En cada sábado que faltaba, en cada noche que pasé con el mapa sobre la mesa, en cada ladrillo de esa casa que levantaste, sin saber que alguien más también la estaba levantando.

Estaba pensando en ti siempre, en ti primero. Tu Gilberto PD, el río que corre detrás del cañón, el que sale por la pared sur, no aparece en ningún mapa del estado de Sonora. Lo verifiqué cuatro veces. Eso significa que el acceso a ese río está vinculado a quien tenga la propiedad del cañón. El río tiene agua todo el año.

 Las tierras planas al sur del cañón, donde el río se abre, son 15 de tierra fértil que nadie ha trabajado. Lo dejo para que lo descubras tú. Remedios leyó la carta de una sola vez sin detenerse. Eran 38 páginas y las leyó todas con la misma atención con que había aprendido de niña a leer el catecismo de su madre, sin saltarse nada, porque su madre le había enseñado que lo que está escrito está escrito completo y saltarse palabras es no entender.

Cuando llegó a la última página y leyó la posdata sobre el río y las 15 hectáreas, remedios fuentes de aldana, bajó los papeles al regazo, apoyó la cabeza en la pared de adobe blanco del cuarto sin ventana y lloró. Lloró de una manera que no era el llanto del velorio, ni el llanto contenido del corredor de la noche anterior.

 Lloró con todo el cuerpo, con un llanto que tenía adentro muchas cosas al mismo tiempo. el duelo por Gilberto, que todavía no había procesado completamente, la rabia de los seis días de despojo en la casa de la calle del Mezquite, el alivio físico de saber que no estaba completamente sola, la ternura insoportable de imaginar a Gilberto sentado en esa silla, esta misma silla, escribiendo, “En cada ladrillo que levantaste, estaba pensando en ti.

 El asombro de entender que el hombre que amó durante 10 años había estado construyendo en silencio una salida para ella durante cuatro de esos 10 años sin decirle nada, porque si le decía se lo podría quitar el miedo o la esperanza antes de que estuviera listo. Lloró 12 minutos. Celestina Rojo, que había permanecido de pie junto a la puerta del cuarto pequeño todo ese tiempo, presente, pero discreta, en la postura de alguien que sabe acompañar sin invadir, no dijo nada hasta que el llanto se dio.

 Cuando se dio, dio un paso hacia delante y puso la mano en el hombro de remedios. Una sola mano, sin palabras. Lucía entró al cuarto en ese momento. Había escuchado el llanto y había venido con los pies silenciosos de los niños que aprenden a moverse en las casas cuando algo importante está pasando.

 Se acercó a su madre, puso la cabeza en su regazo, sobre los papeles doblados. Remedios la abrazó. Las tres mujeres, la de 29 años, la de 6, la de 65, estuvieron en silencio en ese cuarto pequeño y blanco durante un rato que nadie midió. Luego Remedio se limpió la cara con el reboso, miró la carta, la dobló con cuidado y la metió adentro de su blusa contra el pecho, en el mismo lugar donde había cargado el papel de siete palabras durante todo el viaje.

 “Ayúdeme a abrir el cofre”, le dijo a Celestina. El cofre de madera con herrajes de latón no tenía candado. Tenía un cierre de palanca que abría con un solo gesto. Remedios lo abrió ella misma y encontró adentro lo que Gilberto había prometido en la carta. Los cuadernos de trabajo, 46 visitas documentadas con fechas y descripciones y firmas, los recibos de herramientas y materiales, dos docenas de recibos de ferreterías y madereras de saaripa y ures, algunos con fechas de hasta 1889.

Tres cartas en sobres sellados con los testimonios escritos del señor Quiroga, de Celestina Rojo y del minero Abundio Torres. Celestina, al ver su propio nombre en el sobre, asintió brevemente, sin sorprenderse, porque claramente Gilberto le había pedido ese testimonio en vida. Había también un sobre más grueso con la correspondencia con el licenciado Ezequiel Montoya de UES.

 Dos cartas de Gilberto y una respuesta del licenciado que en términos mesurados y profesionales confirmaba lo que Gilberto había dicho, que si los documentos eran sólidos, el proceso de prescripción adquisitiva era viable y los resultados probables en un plazo de 1 a 3 años. Y al fondo del cofre, envuelto en un trapo de manta igual al que había protegido la segunda llave, había algo que remedios no esperaba.

 Dinero, no 43 pesos, no 100, 320 pesos en billetes del Banco Nacional de México doblados y ordenados, con una nota de papel que decía simplemente para el licenciado y para lo que haga falta. 320 pesos. Remedios los contó dos veces, luego los contó una tercera. No porque dudara del número, sino porque necesitaba que sus manos hicieran algo concreto mientras su cabeza procesaba la magnitud de lo que estaba ocurriendo.

Celestina Rojo observó todo esto sin comentar. Cuando Remedios terminó de contar y volvió a envolver el dinero en el trapo, Celestina dijo, “¿Sabe usted lo que tiene aquí?” “Creo que sí”, dijo Remedios. “Lo que tiene usted”, dijo Celestina, con la voz tranquila y directa de alguien que lleva décadas observando cómo las cosas son en el mundo y tiene poca paciencia para los rodeos.

Es lo que su marido llamaría un caso sólido. Yo le diría que es más que eso. Esas 15 hactáreas que menciona en la postdata, yo conozco ese tramo del río. Ese tramo tiene agua los 12 meses. Las tierras de ahí abajo son mejores que cualquier cosa que tenga don Próspero al norte del municipio. Remedios la miró.

 ¿Conoce usted a don Próspero Valenzuela? Todo el que lleva 50 años viviendo en este municipio lo conoce”, dijo Celestina. Y el tono no era de miedo, era de conocimiento. Tiene tierra, tiene ganado, tiene alcalde en el bolsillo y a dos jueces del tribunal de primera instancia, pero no tiene al licenciado Montoya. “Lo conoce” de nombre, dijo Celestina, “y de lo que hace.

 Ganó un caso el año pasado contra el señor Valenzuela por un asunto de derechos de agua. El señor Valenzuela lo perdió. Remedios guardó silencio un momento. Mi marido eligió bien. Su marido, dijo Celestina Rojo con una sencillez que contenía mucho, eligió bien en varias cosas. Esa noche, después de que Celestina se fue con la promesa de volver en una semana con más semillas y con noticias del señor Quiroga, Remedio se sentó sola en el corredor exterior de la casa de Adobe con la lámpara apagada para no gastar aceite y el cielo del cañón sobre

ella. Lucía dormía adentro. El sonido de la asequia era constante. Un búo en algún punto de las paredes del cañón hacía su pregunta repetida al silencio. remedios pensó en Aurelio Aldana, en la casa de la calle del Mesquite, que para ese momento ya estaba completamente reorganizada, según la comodidad de Florencia, con los muebles de Gilberto reemplazados o vendidos, y los jarros de talavera de remedios en el estante de Florencia, y el ropero de parota en el depósito del comerciante de la plaza por 12 pesos. pensó en la carcajada de

Aurelio cuando ella anunció que iba al cañón del Mesquite, tierra de escorpiones, la buena suerte que le deseó, como quien le desea la buena suerte a alguien que va a fracasar de todas formas. Pensó en las 15as de tierra fértil al sur del cañón que el río regaba todo el año. Pensó en el pórfido de cuarzo en la pared norte.

Pensó en el acuífero profundo que ni el gobierno del estado había mapeado todavía. pensó en el licenciado Montoya de UES, que el año anterior le había ganado un caso al hombre que tenía al alcalde y a dos jueces de primera instancia en el bolsillo. Y por primera vez desde que Gilberto se había enfermado, por primera vez en semanas de miedo y agotamiento y despojo, remedios, sintió algo que no era exactamente esperanza, porque la esperanza tiene siempre algo de frágil, era otra cosa.

Era la certeza tranquila del terreno sólido bajo los pies, la certeza de alguien que ha caminado tres días por el desierto con una niña de 6 años y 43 pesos y ha llegado a donde tenía que llegar. Miró las estrellas del cañón, cerró los ojos y empezó a planear. Los días siguientes fueron días de lectura.

 Remedios releyó la carta de Gilberto tres veces más, no porque no la hubiera entendido la primera, sino porque cada lectura adicional le revelaba un detalle que la anterior había pasado por alto. En la segunda lectura notó la precisión de los cálculos de Gilberto sobre las provisiones. había estimado correctamente, con una exactitud que hablaba de quién conocía a su mujer de verdad, exactamente cuántas personas vivirían en esa casa y durante cuánto tiempo necesitarían sustentarse con lo que había dejado antes de que las mesas de cultivo empezaran a producir. En la

tercera lectura se detuvo en la frase, “En cada ladrillo que levantaste”, y comprendió algo que no había comprendido antes. Gilberto estaba hablando de la casa de la calle del Mezquite, la que ella había ayudado a construir con sus manos y su trabajo y sus años, y al mismo tiempo hablaba de esta casa, la del cañón, que él había construido con sus manos y su trabajo y sus años.

 Los dos construyendo casas en paralelo, sin saberlo el uno del otro para el otro. revisó el cofre con la meticulosidad que le había enseñado su madre para revisar las hierbas del monte, sin saltarse nada, sin asumir que ya lo sabía todo, con la atención renovada de cada objeto como si fuera la primera vez, contó los recibos. 27.

 Los ordenó cronológicamente sobre la mesa de Mesquite del cuarto pequeño y construyó la historia de lo que Gilberto había comprado y cuándo. Las primeras herramientas en 1889, los primeros materiales de construcción, ladrillos de adobe a peso el ciento, vigas de mezquite compradas al acerradero de la calle real de Zaguaripa en el mismo año.

 las provisiones y las semillas. A partir de 1891, cuando la casa ya estaba terminada y lo que faltaba era equiparla. 4 años de sábados, 4 años de polvo blanco en los pantalones y manos raspadas y botas llenas de arcilla rojiza. 4 años de una idea que todavía no está lista para explicarse. Remedios alineó los cuadernos de visita sobre la mesa.

 46 visitas documentadas con la letra apretada de Gilberto. Fecha, hora de llegada. Trabajo realizado, hora de salida. 15 de abril de 1889. Llegué a las 8, abrí el cauce de la asequia en el tramo norte. Sellé 3 m de canal con cal y arena. Salí antes del atardecer. 3 de agosto de 1890. Terminé el ala derecha. Las paredes miden 62 cm.

 El techo aguantó la lluvia de ayer. 12 de noviembre de 1891. Coloqué la puerta del cuarto interior. Engracé las bisagras dos veces. Cerré con el candado nuevo. Probé la llave 10 veces para asegurarme de que funciona sin problemas. Era un registro legal, era evidencia. Era la prueba escrita de 4 años de trabajo continuo sobre un terreno que en los registros del Estado no existía en manos de nadie.

 La primera semana en El Cañón terminó con remedios, habiendo tomado tres decisiones concretas. Primera, escribirle al licenciado Montoya en UES con el dinero del cofre para pagar el traslado de las cartas por mensajero y solicitar una reunión. Segunda, ir a ver la formación de pórfido de cuarzo en la pared norte del cañón y marcarla exactamente según la descripción de Gilberto.

 Tercera, empezar a preparar las mesas de cultivo para la siembra de la temporada chica, chile, frijol, calabaza, porque el primer principio de la supervivencia en el campo es que la Tierra no espera a que uno termine de planear. fue a la pared norte al segundo día de esa semana con Lucía a su lado. Encontró la cruz grabada exactamente donde Gilberto había dicho, a la altura de la rodilla, en la base de la formación de roca oscura, y se puso en cuclillas frente a ella para mirar.

 La diferencia de color era visible si uno sabía qué buscar. Una franja de 3 m de largo donde la roca era ligeramente más clara, con un brillo diferente que bajo la luz del mediodía se volvía casi iridiscente. Pórfido de cuarzo, remedios no era minera como Gilberto había escrito, pero había vivido suficiente tiempo en Sonora para saber que el cuarzo en ciertas formaciones era lo que los buscadores de plata y de oro de la región llamaban la roca que tiene algo dentro.

¿Qué es eso, mamá?”, preguntó Lucía, señalando la franja de roca diferente. “Es algo que tal vez vamos a necesitar que alguien más experto mire”, dijo Remedios. “Pero tu papá dijo que valía la pena preguntarle.” Lucía tocó la roca con los dedos, la estudió con esa atención seria que era tan de Gilberto. “¿Tiene plata adentro?” “No lo sé todavía, pero podría.” “Podría.

” Lucía asintió con la solemnidad de quien acepta la incertidumbre como parte normal de la información disponible. “Cuando sepa me cuentas”, dijo. Y se fue a seguir dibujando formas en el polvo. Remedios se quedó mirando la pared un momento más. Luego sacó del bolsillo de su faldón un trozo de carbón que había guardado del fogón y trazó sobre la roca junto a la cruz de Gilberto su propio signo, una línea horizontal que atravesaba la franja de pórfido de extremo a extremo.

 Su marca sobre la marca de él, los dos sobre la misma roca. La carta al licenciado Ezequiel Montoya de UES salió del cañón en manos de Celestina Rojo, que en su segunda visita, una semana después de la primera, exactamente como había prometido, llegó con semillas de chile ancho y de calabaza y de jitomate silvestre y se ofreció a llevar la carta al pueblo de Tonichi, donde pasaba el mensajero de la ruta a UES cada jueves.

Remedios le dio la carta y 40 pesos del dinero del cofre. para pagar el porte y para que Celestina comprara en Tonichi unas cosas que necesitaba. Más sal, jabón de aceite, hilo grueso para remendar ropa. La respuesta del licenciado Montoya llegó cinco semanas después. En esas cinco semanas, Remedios trabajó.

 Sembró las mesas de cultivo una por una, siguiendo el calendario que Gilberto había anotado al final de uno de sus cuadernos. que sembrar en qué mesa, a qué distancia, en qué proporción con el riego de la asequia, descubrió que Gilberto había calculado bien la rotación. Las mesas del este recibían sol de mañana y sombra de tarde, ideales para el chile y el jitomate.

 Las del oeste, al revés, eran perfectas para la calabaza que necesitaba menos calor directo. La mesa del centro, donde la asequia descargaba con más volumen, era para el frijol. reparó el techo del ala derecha donde tres vigas de carrizo se habían debilitado con las lluvias de julio. Aprendió, sola por tanteo, con las herramientas que Gilberto había dejado, a empalmar carrizo nuevo con el viejo, de manera que la unión quedara sellada con barro y no dejara paso al agua.

 le tomó dos intentos fallidos y uno exitoso. El exitoso lo celebró con una taza de café caliente en el corredor a las 5 de la tarde, mirando como las paredes del cañón se volvían anaranjadas con la luz del atardecer. Lucía, en esas semanas se convirtió en una niña del cañón. Aprendió a moverse por el espacio con la confianza de quien conoce cada piedra.

 Sabía dónde había escorpiones de verdad, los lugares que remedios le había enseñado a evitar. Y sabía también los lugares donde no había, los bordes de la asequia, donde los sapos salían al atardecer, el rincón de la pared sur donde una familia de censontles había hecho el nido. Encontró por su cuenta, explorando la pared norte más allá de la formación de pórfido, una cavidad natural en la roca del tamaño de un closet pequeño, donde la temperatura era varios grados más baja que afuera.

Perfecta. Descubrió remedios cuando Lucía se la mostró para guardar perecederos durante los días de calor extremo. Una despensa natural que no estaba en los planos de Gilberto porque Gilberto no la había encontrado. La niña que había llegado al cañón con vestido negro y zapatos de suela delgada, ahora andaba descalsa por los bordes de las mesas de cultivo con una soltura que le habría dado orgullo a su abuela Concepción.

 Cuando Celestina Rojo llegó en su segunda visita y vio a Lucía cargando una cubeta de la asequia con ambas manos y el seño fruncido de concentración, sonrió de una manera que abarcaba mucho más que lo que se veía en la superficie. “Esa niña va a saber hacer cosas”, dijo. Como su padre, dijo, “remedios como su madre.” Corrigió Celestina.

La respuesta del licenciado Ezequiel Montoya llegó en un sobre de papel grueso con su nombre impreso en la esquina superior. era una carta de dos páginas, escrita con la letra profesional y precisa de alguien acostumbrado a que sus palabras tengan consecuencias legales y decía, en términos más formales de lo que cualquier conversación de café hubiera usado, exactamente lo siguiente, que había revisado la carta de remedios con atención, que recordaba perfectamente la correspondencia previa con su difunto marido, el señor Gilberto Aldana, que el

caso descrito presentaba bases sólid para un proceso de prescripción adquisitiva bajo los artículos relevantes del Código Civil del Estado de Sonora y que estaría dispuesto a representarla bajo los siguientes términos: 50 pesos de anticipo para cubrir los costos de investigación registral y traslados, y el resto de sus honorarios, otros 150 pesos pagaderos cuando el proceso concluyera favorablemente.

200 pesos en total. El cofre tenía 320 y la conclusión de la carta decía, si usted puede viajar a UES o a Hermosillo en las próximas semanas con la documentación que describe, podemos iniciar el proceso sin mayor demora. El tiempo es relevante en este tipo de casos. Cuanto antes se establezca formalmente la posesión ante el registro del Estado, más difícil será para cualquier tercero disputarla.

Remedios. Releyó el párrafo final tres veces. El tiempo es relevante cuanto antes se establezca formalmente. Fue donde Celestina esa misma tarde y le preguntó si podía quedarse Lucía en el rancho de su hijo durante una semana mientras ella viajaba a UES. Celestina dijo, “Ya esperaba que me preguntara eso.” Sí.

 El viaje a UES tomó 4 días de ida. Remedios fue a caballo. Celestina le prestó una yegua mansa de su hijo, un animal de 9 años sin pretensiones, pero de paso firme, con el cofre de documentos en un morral de cuero colgado al cuerpo contra la cadera, en el mismo lugar donde había cargado la cantimplora durante los tres días a pie del desierto.

 El dinero iba dividido en tres lugares diferentes de su ropa, distribuido para que si algo pasaba, no perdiera todo de un golpe. El licenciado Montoya resultó ser un hombre de 52 años, calvo, con anteojos de montura metálica y una precisión de movimientos que se extendía a todo lo que hacía, desde cómo organizaba los papeles sobre su escritorio hasta cómo tomaba la taza de café. La reunión duró 4 horas.

Montoya revisó cada uno de los 46 cuadernos de visita de Gilberto. Leyó los tres testimonios, examinó los recibos de materiales y al final de las 4 horas dijo, “Su marido hizo un trabajo extraordinario. No he visto una documentación de posesión tan completa fuera de los casos de hacendados ricos que contratan abogados para prepararla.

Mi marido era meticuloso, dijo Remedios. Su marido,” dijo Montoya, sabía exactamente lo que estaba haciendo y por qué. Hizo una pausa. ¿Sabe usted si alguien más tiene conocimiento de la ubicación de ese cañón? ¿Algún personaje influyente de la región? Un ascendado llamado Próspero Valenzuela. Dijo Remedios.

 El licenciado Montoya hizo una pausa más larga que la anterior. Luego dijo, “¿Sabe si Valenzuela sabe que el cañón tiene agua? Mi marido dice en la carta que los mapas oficiales lo marcan como zona sin valor. Don Próspero tiene a los que hacen los mapas en la región. Montoya asintió lentamente. Entonces, necesitamos movernos rápido.

Si Valenzuela descubre el valor del terreno antes de que nosotros hayamos registrado la posesión, va a tener recursos para complicar el proceso. Se puso de pie. Empiece usted mañana a primera hora. Vamos al registro público de la propiedad. El proceso de registro tomó más de lo que ambos habían esperado, no por falta de documentación, sino por la burocracia de un sistema que no estaba diseñado para la velocidad y que en esa semana particular había decidido perder el expediente de otro caso y necesitar 4 días para encontrarlo. Remedios esperó.

Había aprendido en su vida que hay momentos en que la espera es la acción correcta, no la rendición, sino la espera estratégica, la del agricultor, que sabe que el maíz tarda lo que tarda y que jalarlo hacia arriba no lo hace crecer más rápido. Conoció en esos días de espera en la ciudad de UES a otras personas que esperaban sus propios procesos en el mismo pasillo del registro, una mujer de Aconchi que litigaba contra el municipio por el agua de un arroyo, un anciano de Babia Cora, que quería que reconocieran el título de

su tierra de tres generaciones. Una costurera de ures mismo, que no litigaba nada, sino que esperaba que su marido terminara con sus trámites y que se entretuvo conversando con remedios. durante 2 horas sobre los precios del maíz y sobre lo que costaba criar hijos en los tiempos que corrían. En la tercera tarde de espera, cuando Remedios estaba sentada en el banco del pasillo del registro con el morral de documentos en el regazo y los ojos fijos en la puerta por donde eventualmente saldría el funcionario con su caso, alguien

entró por la puerta principal del edificio que la hizo levantar la vista por reflejo. Era Marcos Aldana, el sobrino, 16 años, ya casi un hombre, con la mandíbula de los Aldana y una mirada que recorrió el pasillo con rapidez y se detuvo en ella con algo que no era exactamente sorpresa, porque la sorpresa hubiera sido diferente, sino algo más calculado.

Los dos se miraron durante un segundo que fue largo. Marcos bajó la mirada primero, dio media vuelta y salió por donde había entrado. Remedios esperó que el corazón volviera a un ritmo normal. Luego fue a buscar al licenciado Montoya. El sobrino de mi cuñado estuvo aquí, dijo Marcos Aldana. No creo que sea coincidencia.

Montoya la escuchó con la expresión de alguien que no se sorprende fácilmente. ¿Sabe usted si Aurelio Aldana tiene conexiones en UES? No lo sé, pero es posible. Entonces mañana nos movemos primero, dijo Montoya. Hay una cosa que podemos hacer hoy mismo que no requiere el registro. Levantar un acta notarial de la posesión material y de la documentación existente ante el notario de este distrito que es independiente del registro.

 Eso crea un registro paralelo que es más difícil de intervenir. Hizo una pausa. Cuesta 15 pesos adicionales. Hágalo dijo Remedios. El acta notarial se levantó esa misma tarde en el despacho del notario Ramírez en la calle del Comercio de UES con la presencia de remedios del licenciado Montoya y de dos testigos que el notario llamó de su propia oficina.

 Remedios firmó cada una de las cuatro copias con la misma letra que su madre le había enseñado con el catecismo desgastado, una letra clara y regular que no temblaba. Al día siguiente, el expediente en el registro fue resuelto. El funcionario del registro estampó su sello sobre el documento de apertura del proceso de prescripción adquisitiva y le explicó a Montoya, con la voz aburrida de quien repite los mismos procedimientos toda la vida, que el proceso tendría una fase de notificación pública de 90 días, durante los cuales cualquier posible interesado

podría presentar oposición y que transcurridos esos 90 días sin oposición fundada, el juez podría emitir la resolución de posesión. “¿Y si hay oposición?”, preguntó Remedios. “Si hay oposición”, dijo Montoya en el camino de regreso a su despacho, “vamos a litigarla y con esta documentación la ganamos.

” Remedios regresó al cañón después de 9 días de ausencia. Lucía la recibió en la puerta de la casa de Celestina con un abrazo que duró más de lo habitual. No porque hubiera estado asustada, sino porque 9 días para una niña de 6 años es una porción significativa del tiempo conocido. Y con la novedad de que en esos 9 días había aprendido a ordeñar la cabra de Celestina y que la cabra se llamaba remedios también, pero que no iba a cambiarle el nombre porque ya se había acostumbrado.

¿Cómo les va a dos remedios?, preguntó Remedios. Bien”, dijo Lucía, “Aunque la otra Remedios es más terca.” Remedios se rió. Se rió de verdad, con el cuerpo completo por primera vez en semanas. Los 90 días de notificación pública transcurrieron y en esos 90 días pasaron varias cosas. La primera.

 Aurelio Aldana presentó una oposición al proceso mediante un abogado de Hermosillo llamado Peralta, que Remedios nunca había oído nombrar, pero que Montó ya conocía perfectamente. La oposición argumentaba que el terreno en cuestión podría tener relación con bienes del matrimonio Aldana Fuentes y que, por lo tanto, el hermano del difunto tenía derecho a ser considerado en cualquier proceso de adjudicación.

Montoya leyó la oposición y dijo, “Esta es la pelea que esperábamos y la vamos a ganar.” Explicó a remedios por qué. El argumento de Aurelio dependía de demostrar que el terreno había sido adquirido con bienes del matrimonio, lo cual requería probar que Gilberto había comprado o reclamado el terreno.

 Pero el terreno no había sido comprado. Era tierra de posesión sin propietario registrado y la posesión material era de remedios. Ella vivía ahí, ella lo trabajaba, ella tenía la documentación. La segunda cosa, el señor Abundio Torres, el minero jubilado de Tonichi, viajó al cañón en octubre para ver la formación de pórfido de cuarzo.

 Llegó con una mula y sus herramientas, picos pequeños, cinceles, bolsas de muestra y pasó tres días en la pared norte del cañón tomando muestras con una concentración que Remedios respetó sin interrumpir. Al final del tercer día, Abundio Torres se sentó en el corredor de la casa de Adobe con una taza de café y dijo, “Señora, no le voy a decir que aquí hay una mina.

 No hay manera de saber eso sin perforar a fondo y sin análisis de laboratorio que cuestan dinero que usted tal vez no tiene ahora. Lo que sí le digo es esto. Yo he visto mucho pórfido en este estado y este tiene el tipo de beta y el tipo de matriz que en tres de los últimos cinco casos que conozco resultó en mineralización de plata.

 No certeza, posibilidad real. Remedios lo miró. ¿Qué necesitaría para saberlo con certeza? Un equipo de perforación y un geólogo del colegio de minería de la ciudad de México, dijo a Bundio. O esperar a que alguien con dinero se interese y pague él mismo la exploración a cambio de un porcentaje.

 ¿Cuánto porcentaje? Abundio se encogió de hombros. Depende de quién llegue primero y de cuánta información tiene usted de su lado. Si llegan cuando la tierra ya es suya legalmente y usted tiene la documentación del pórfido y mis notas, que se las dejo escritas, puede negociar desde una posición mucho más fuerte que si llegan cuando todo está en el aire. Remedios asintió.

 Entonces esperamos a que la tierra sea mía primero. Exactamente. Dijo Abundio Torres y se fue con sus muestras y sus herramientas. y la promesa de que sus notas llegarían por correo desde Tonichi en dos semanas. La tercera cosa que pasó en esos 90 días, Aurelio Aldana vino al cañón. Llegó un martes de noviembre cuando el frío de la madrugada ya dejaba escarcha en los bordes de las mesas de cultivo y el aire del cañón olía a tierra húmeda y a chile seco colgado en los aleros.

Llegó con Marcos y con otro hombre que remedios no conocía, más grande que los dos, con aspecto de trabajar para alguien y no para sí mismo. Remedios los vio llegar desde el corredor de la casa. Estaba desgranando mazorcas de la cosecha de la temporada chica. El frijol había dado bien, el chile todavía mejor de lo esperado.

 Y cuando los vio entrar por el umbral de los mezquites, se quedó donde estaba, con las manos en el costal de mazorcas y los ojos siguiendo los movimientos de los tres hombres que se acercaban. Aurelio llegó hasta el corredor y se detuvo a 3 m de donde ella estaba. Llevaba sombrero nuevo, ropa de ciudad, botas limpias.

 Miró la casa, miró el pozo, miró la asequia, miró las mesas de cultivo con los restos secos de la cosecha reciente y los brotes de la siembra nueva. Miró a Lucía, que estaba sentada adentro de la casa visible desde la puerta abierta y que miró a su tío con una expresión que era difícil de descifrar en una niña de 6 años, pero que en los adultos se habría llamado cautela. Luego miró a remedios.

Veo que se acomodó”, dijo. “Me acomodé”, dijo Remedios. “¿Qué es todo esto?” Sus ojos recorrieron el cañón otra vez con una expresión que había cambiado desde la carcajada de septiembre. Ya no era desprecio, era algo más parecido a la recalibración. Es el terreno que su hermano preparó durante 4 años”, dijo Remedios, “yo un proceso de prescripción adquisitiva abierto en el registro público del estado de Sonora.

” Hubo un silencio. El hombre grande que había llegado con Aurelio y Marcos dio un paso al frente, pero Aurelio lo detuvo con un gesto de la mano. Un proceso legal, dijo Aurelio con el licenciado Ezequiel Montoya de UES, dijo Remedios, quien el año pasado ganó un caso de derechos de agua contra el señor próspero Valenzuela, por si le interesa el dato.

Otro silencio más largo. Remedios dijo Aurelio. Y su voz había bajado a un registro diferente, más privado, más de familia, lo cual era un cambio que ella identificó como una táctica antes de identificarlo como cualquier otra cosa. Somos familia. Gilberto era mi hermano. No tiene sentido que estemos peleando en tribunales.

No somos nosotras las que estamos peleando en tribunales, dijo Remedios con una voz que era perfectamente tranquila. Usted presentó una oposición al proceso mediante el licenciado Peralta de Hermosillo. Eso fue usted, Aurelio. No, yo. Eso fue un malentendido. Dijo Aurelio. Cosa de abogados.

 Los abogados hacen lo que sus clientes les piden”, dijo Remedios. Aurelio puso las manos en los bolsillos, miró el cañón de nuevo. “¿De verdad, Gilberto hizo todo esto?” Con sus propias manos, dijo Remedios. Durante 4 años de sábados hay 46 visitas documentadas con fecha y hora y descripción del trabajo realizado. Hay recibos de todos los materiales.

 Hay tres testimonios de personas que lo vieron trabajar aquí. Marcos, que había estado en silencio hasta ese momento, habló y el agua remedios lo miró. Marcos tenía 16 años y los ojos de su padre, los ojos que calculaban el valor de las cosas. El agua es del terreno, dijo Remedios, y el terreno va a ser mío.

 Este terreno podría valer mucho, dijo Marcos. Lo sé, dijo Remedios. Podríamos llegar a un acuerdo, dijo Aurelio. Un acuerdo entre familia, sin tribunales. El terreno tiene valor. Podemos dividirlo. Remedios lo miró durante un momento que ella usó para pensar con claridad. Pensó en el velorio de Gilberto, donde Aurelio había recibido pésames como si la casa fuera ya suya.

 Pensó en Florencia reorganizando la cocina con el mandil puesto. Pensó en los 12 pesos que le dieron al comerciante por el ropero de parota que valía 40. Pensó en Lárguese antes de que anochezca. Aurelio, dijo Remedios, usted me sacó de la casa de la calle del Mesquite con 43 pesos, un reboso y tres tortillas frías en el mismo día en que enterramos a su hermano.

 Su voz seguía siendo tranquila, perfectamente tranquila. Esa era la voz que había aprendido de los años de curandería, la voz que se usa cuando la situación requiere claridad, no emoción. No hubo ningún acuerdo, entonces no hay ningún acuerdo ahora. Eso fue un error, dijo Aurelio. Sí, dijo Remedios. Lo fue. Hizo una pausa.

 El licenciado Montoya va a responder la oposición de Peralta en las próximas dos semanas. Si usted quiere retirar la oposición antes de eso, le sugiero que hable con su abogado y que él le explique cómo se ven sus argumentos frente a mi documentación. Volvió al costal de Mazorcas. Tienen que salir del cañón antes de que oscurezca. El camino de regreso es difícil de noche. El hombre grande miró a Aurelio.

Marcos miró a Aurelio. Aurelio miró a Remedios durante un segundo más. Y luego los tres se fueron. Remedios siguió desgranando mazorcas sin soltar el costal hasta que los escuchó salir por el umbral de los mezquites. Entonces las manos le temblaron un segundo, solo un segundo, y luego dejaron de temblar.

 Lucía apareció en la puerta de la casa. ¿Se fueron?, preguntó. Se fueron, dijo Remedios. No van a volver. Remedios pensó en esto. Creo que no de la misma manera. Lucía asintió. Bien, dijo y volvió adentro. La oposición de Aurelio fue retirada 12 días después, según le informó el licenciado Montoya en carta que llegó al rancho de Celestina.

 El correo todavía no llegaba al cañón directamente y llegaba a través de Celestina, quien lo traía en sus visitas semanales. El licenciado Peralta contactó mi oficina esta mañana informando que su cliente desistía de la oposición por razones de conveniencia familiar, escribía Montoya con la precisión seca de quien no necesita agregar comentarios a los hechos porque los hechos se comentan solos.

 El proceso continúa sin obstáculos. Espero la resolución del juez en las próximas cuatro a seis semanas. Remedios leyó la carta tres veces, luego la dobló y la guardó en el cofre de Gilberto junto a los 46 cuadernos y los recibos y los testimonios y la carta de 38 páginas. La resolución llegó en enero de 1894. Remedios la leyó una vez, muy despacio, en el cuarto blanco del ala izquierda de la Casa del Cañón.

 con la lámpara encendida, aunque era de día, porque la emoción del momento requería la luz que ella eligiera, no la del sol. Decía en el lenguaje formal del Poder Judicial del Estado de Sonora que la señora Remedios Fuentes, viuda de Aldana, había demostrado posesión continua y trabajo efectivo sobre el terreno identificado como cañada, sin designar en el municipio de Zaguaripa, que dicha posesión reunía los requisitos del artículo pertinente del Código Civil estatal y que, por lo tanto, el tribunal reconocía a la señora Remedios Fuentes,

viuda de Aldana como propietaria legal de dicho terreno en extensión de 43 haáreas, según la medición pericial realizada por el agrimensor del tribunal. 43 haáreas, no el cañón solo, el cañón más las 15 haáreas del río al sur, más los terrenos adyacentes que el agrimensor había incluido en la medición, porque ninguna propiedad colindante los reclamaba.

 43 haáreas de tierra fértil agua en el desierto de Sonora. Remedios salió al corredor con el papel en la mano. Lucía estaba en el jardín nuevo porque ya había un jardín, porque en cinco meses de trabajo Remedios había convertido el espacio frente a la puerta principal en un jardín de hierbas medicinales y flores del desierto que Celestina había traído en macetas desde su rancho.

 Lucía estaba regando las plantas con una pequeña cubeta de barro que Celestina le había regalado y que Lucía usaba con la ceremonia seria de los niños que tienen responsabilidades que les importan. Lucía dijo, Remedios. La niña levantó la vista. Remedios levantó el papel. Lucía miró el papel, luego miró a su madre, luego volvió a mirar el papel.

 ¿Es nuestro?, preguntó. Es nuestro, dijo Remedios. Lucía soltó la cubeta, fue corriendo hasta donde estaba su madre y se abrazaron en el corredor de la casa que Gilberto había [carraspeo] construido ladrillo por ladrillo durante 4 años de sábados, la mujer de 29 años y la niña de seis en el cañón que olía a agua y a chile seco y a tierra trabajada.

 Y las dos lloraron un poco y se rieron un poco, y el búo que vivía en la pared norte del cañón hizo su pregunta al mediodía, aunque no era de noche, como si también quisiera saber qué había pasado. En los meses que siguieron, Remedios tomó varias decisiones sobre el terreno. la primera, escribirle al geólogo del colegio de minería en la ciudad de México, cuya dirección le había dejado a Bundio Torres, adjuntando las notas de Torres sobre la formación de Pórfido y ofreciendo recibir una visita de exploración bajo el acuerdo de que si la

exploración encontraba mineralización viable, la empresa que quisiera explotar el yacimiento pagaría a remedios un porcentaje de regalías por el uso del terreno. No una venta de la tierra, nunca una venta de la tierra, sino un acuerdo de renta minera que le daría ingresos sin perder la propiedad. La segunda, sembrar las 15 haáreas del río, no toda de golpe.

 No tenía mano de obra para eso todavía. Pero dos hectáreas de maíz en la temporada de primavera, usando el agua del río que ahora tenía derecho legal de usar, con la ayuda de Celestina y de su hijo Jerónimo y de la nuera de Celestina, una mujer joven llamada Pita, que resultó tener una fuerza física y una paciencia para el trabajo de campo, que remedios encontró extraordinarias.

La tercera, construir. No inmediatamente, no ese año. Ese año todavía era el año de la consolidación, del trabajo básico, de aprender el terreno en todas sus estaciones. Pero en el segundo año construiría un cuarto adicional para que Celestina pudiera quedarse a veces sin tener que volver al rancho en la misma tarde y eventualmente, cuando los recursos lo permitieran, una estructura pequeña donde pudiera atender a las personas que comenzaban a llegar, porque comenzaban a llegar. La noticia del cañón de la mujer

que había caminado tres días por el desierto con su hija y había encontrado lo que todos llamaban tierra de escorpiones. Viajó por el municipio de la manera en que viajan las noticias en los lugares donde no hay periódico. De boca en boca, de rancho en rancho, a veces distorsionada, a veces adornada, pero siempre con el núcleo de verdad que era demasiado improbable para ser invento.

 Para la primavera de 1894 habían llegado al cañón en distintos momentos y por distintas razones el señor Quiroga con su rebaño de cabras buscando si podía usar el agua del río para abrevar durante los meses secos, una mujer de Tonichi, que había escuchado que había una curandera en el cañón y que tenía un hijo con tos de pecho que no cedía y dos hombres de Zaguaripa, que llegaron con sombrero en mano a preguntar si había trabajo.

Remedios atendió al hijo con tos. Le preparó un cocimiento de gordolobo y miel de abeja silvestre que encontró en una cavidad de la pared este del cañón y le indicó a la madre cómo seguir el tratamiento. Negoció con el señor Quiroga el uso del agua del río a cambio de un porcentaje de la producción de queso de sus cabras, cuatro piezas al mes nada más.

 A los dos hombres de Zaguaripa les preguntó si sabían sembrar. Uno dijo que sí. El otro dijo que podía aprender. Los contrató a los dos a seis pesos mensuales más comida para la temporada de siembra de las hectáreas del río. El cañón empezó a tener voces. En el verano de 1894 llegó una carta del Colegio de Minería de la Ciudad de México, firmada por un ingeniero apellidado Bustamante que decía que había revisado las notas del señor Torres y que le interesaba hacer una visita al terreno en septiembre.

 La visita se realizó. Bustamante llegó con dos ayudantes y equipos de muestreo y duró 5 días. Al final del quinto día, el ingeniero Bustamante se sentó en la mesa de mezquite del cuarto principal de la casa de adobe, bebió el café que remedios le ofreció y dijo, “Señora, no puedo decirle que esto es una mina de plata, pero puedo decirle que es una formación que merece inversión en exploración seria y que si la exploración confirma lo que las muestras superficiales sugieren, está usted sentada encima de algo que va a cambiar

bastante la situación económica de su familia. Negoció con él durante 2 horas. Monto ya había viajado al cañón para esta reunión, la primera vez que el licenciado pisaba el terreno que había defendido en papel y participó en la negociación con la precisión que lo caracterizaba. El acuerdo final, la empresa minera que Bustamante representaba pagaría el costo de la exploración completa y si el resultado era favorable, Remedios recibiría el 17% de las regalías de producción, reteniendo la propiedad del terreno en

su totalidad, con derecho a rescindir el contrato si la empresa no iniciaba producción en 5 años. Era un acuerdo que en términos absolutos podría haber sido mejor, pero era un acuerdo sólido, legal. que ponía el control en manos de remedios y no en las de la empresa. Montoya se lo confirmó con una expresión que para él equivalía a un elogio.

 Es un buen acuerdo. Remedios lo firmó. El año de 1894 terminó de una manera que Remedios no habría podido imaginar un año antes, sentada en el borde de la cama de Gilberto, en la casa de la calle del Mesquite, mirando el hueco en la pared donde había estado el espejo. El cañón tenía un jardín en flor frente a la puerta principal, flores de palo verde y de árnica y de cuatro especies de hierbas medicinales que remedios había trasplantado del monte con el cuidado y la paciencia que su madre le había enseñado. El jardín también tenía dos

higueras que Lucía había cultivado desde higos que Celestina trajo, y un sauce que nadie había sembrado deliberadamente, sino que había llegado solo, arrastrado por algún viento desde la ribera del río al sur, y que remedios había decidido dejar, porque Gilberto le había dicho una vez que los hauces en el desierto son señal de agua profunda, y ella ya sabía lo que el agua profunda significaba en En ese lugar, las 2 hectáreas de maíz del río habían producido bien, suficiente para comer durante el año siguiente con excedente

para vender. El chile de las mesas del cañón había producido extraordinariamente el tipo de producción que pasa cuando la tierra es buena, el agua es constante y quien siembra sabe lo que está haciendo. medios había llevado tres costales de chile seco al mercado de Tonichi en noviembre y regresado con 48 pesos.

Aurelio Aldana, según las noticias que llegaban por el camino, había vendido la casa de la calle del Mesquite en agosto para pagar unas deudas del negocio de ganado que no habían ido bien en ese año. La casa se vendió por 110 pesos, 30 pesos menos de lo que Gilberto y Remedios habían pagado por ella en 1889.

Florencia y Aurelio se habían mudado a una casa rentada en la calle de la Aquia, que era Remedios, lo recordó con una ecuanimidad perfecta, exactamente donde Aurelio le había dicho a ella que fuera cuando la sacó de su propia casa con 43 pesos. No sintió satisfacción por eso. Sintió, si acaso, una tristeza suave por Gilberto, que habría querido que las cosas fueran diferentes con su hermano, que habría querido tener un hermano diferente.

 Pero Gilberto no había tenido el hermano que quería. Había tenido a Aurelio y había hecho lo que pudo con lo que tenía, que era más de lo que cualquiera sabía. La noche del último día de 1894, Remedios se sentó en el corredor de la casa del cañón con Lucía dormida adentro y Celestina sentada a su lado en la silla que había aparecido en el corredor, sin que nadie recordara exactamente cuándo ni quién la había puesto ahí.

 El año nuevo en el desierto de Sonora llegaba sin cohetes y sin campaña de iglesia. Llegaba como llegaban todas las noches de ese cañón con silencio y estrellas. y el sonido constante del agua en la asequia. Celestina tenía en las manos una taza de café. Remedios tenía en las manos la carta de Gilberto, no toda la carta, que era 38 páginas y sería difícil de sostener con el frío de enero, sino solo la última hoja, la que terminaba con la postata sobre el río y las 15 haectáreas y comenzaba con remedios.

 Mi amor, si estás leyendo esto es porque yo no pude protegerte de otra manera, pero sí pude, sí lo hice. ¿Cuántas veces ha leído eso?, preguntó Celestina mirando el papel. Muchas dijo Remedios. Siempre le dice lo mismo. Remedios pensó en esto. Cada vez me dice algo diferente, dijo. Cada vez que lo leo sé algo que antes no sabía sobre lo que él estaba pensando cuando lo escribió. Celestina asintió.

bebió su café. El búo de la pared norte hizo su pregunta al cielo negro. “¿Qué va a hacer este año?”, preguntó Celestina. Remedios miró las estrellas del cañón. Pensó en el geólogo Bustamante y sus muestras. Pensó en las dos hectáreas nuevas que iba a sembrar en el río cuando llegaran las primeras lluvias.

 Pensó en el cuarto adicional que iba a construir para Celestina. Pensó en Lucía, que en julio cumpliría 7 años y que ya sabía leer. Remedios le había enseñado con el mismo catecismo con que su madre le había enseñado a ella y que sumaba con una velocidad que dejaba asombrada a Celestina, que era la más admiradora de Lucía después de Remedios.

 Lo mismo que este año dijo Remedios, pero más. Celestina hizo un sonido que en ella equivalía a una carcajada. Más, repitió. Bien, el año nuevo entró en el cañón del mesquite sin ruido y sin anuncio, como entran las cosas importantes, como había entrado remedios la primera vez entre los dos mezquites gigantes con las raíces en forma de umbral, con lucía de la mano y 43 pesos, y un papel de siete palabras que todo el mundo pensaba que no valía nada.

En el mes de abril de 1895 llegó desde la Ciudad de México por correo especial al despacho del licenciado Montoya en UES y de ahí al rancho de Celestina y de ahí al cañón un sobre grueso con el sello del colegio de minería. Dentro había un informe de 22 páginas con diagramas y tablas y el vocabulario técnico de los geólogos y una carta del ingeniero Bustamante que Remedios leyó primero porque las 22 páginas del informe técnico tomarían tiempo y la carta daría el resumen.

 La carta decía, en términos que Bustamante había hecho un esfuerzo visible por hacer comprensibles para alguien que no era ingeniero de minas, que las muestras de la pared norte del cañón del Mesquite habían confirmado la presencia de betas de plata en concentración que el informe calificaba de económicamente significativa, que la empresa estaba interesada en proceder con la fase de exploración profunda según los términos del contrato firmado en septiembre y que de acuerdo con la estima preliminar basada en las muestras

superficiales. El valor potencial del yacimiento se calculaba en un rango que iba de 40,000 a 120,000 pesos, dependiendo de la profundidad y continuidad de las betas. 40,000 a 120,000 pesos. Remedios leyó el número. Lo leyó dos veces. Luego fue a donde Lucía estaba practicando sumas en un papel con un lápiz que Celestina había traído de Tonichi y se sentó a su lado.

 Lucía dijimar los ojos de las sumas. ¿Sabes cuánto es 40,000 pesos? Lucía levantó la vista. Pensó, “Es mucho, dijo, es 40 veces 1000.” Exacto. Dijo Remedios. Lucía la miró. Miró el sobre. miró de nuevo a su madre y en los ojos color avellana, que eran los de Gilberto, Remedios, vio algo encenderse.

 El mismo encendido que veía en los ojos de Gilberto cuando un mapa le confirmaba lo que había intuido, cuando el terreno le daba la razón sobre lo que los documentos oficiales decían que no existía. ¿Es la mina?, preguntó Lucía. Podría ser la mina, dijo Remedios. Lucía miró sus sumas, luego las guardó. Entonces, ya no necesito practicar números pequeños”, dijo con una lógica perfectamente irrefutable.

Remedios se rió. Se rió con el cuerpo entero, con los ojos cerrados, con la mano en el hombro de Lucía, en el corredor de la casa de adobe del cañón del Mesquite, mientras el sol de abril calentaba las paredes de 60 cm de grosor, y el agua de la asequia corría su camino eterno hacia las mesas de cultivo, donde ya había brotes nuevos, verdes y perfectos en la tierra, que Gilberto había preparado con sus manos durante 4 años de sábados.

 Hubo una última cosa que llegó ese año y que nadie esperaba. En junio de 1895, el presidente municipal de Zaguaripa, no el mismo que había estado en el cargo cuando Gilberto vivía, sino uno nuevo, elegido en el año anterior, un hombre más joven que se llamaba Lucio Palomares y que había estudiado leyes en Hermosillo y que tenía la costumbre poco común entre los presidentes municipales de visitar personalmente los ranchos y propiedades de su municipio para conocer la situación real de sus habitantes.

llegó al cañón del Mezquite una tarde de martes con un secretario y sin aviso previo. Remedios lo recibió en el corredor con la misma tranquilidad con que había recibido al ingeniero Bustamante y a Aurelio, y a todos los que habían llegado al cañón desde que el cañón era suyo. La tranquilidad de la persona que sabe exactamente qué tiene y de quién es y tiene los papeles que lo demuestran.

El presidente municipal Palomares recorrió el cañón durante 2 horas. Vio el pozo, la acequia, las mesas de cultivo, el jardín, el río al sur, los brotes de la siembra nueva. Revisó, cuando remedios se los mostró, los títulos de propiedad firmados por el juez. Habló con Celestina, que ese día estaba en el cañón ayudando con la siembra.

 Al final de las dos horas se sentó en la mesa de mesquite del cuarto principal y le dijo a remedios, “Señora, hay algo que el municipio quiere hacer y que me gustaría consultarle a usted primero.” Dígame, dijo Remedios, “el ayuntamiento está discutiendo la posibilidad de construir un camino oficial entre Zaguaripa y la región del río al sur del Cañón.

 Es una zona que hasta ahora no está en ningún mapa municipal porque nadie la había trabajado. Pero si usted está produciendo ahí y si hay una mina en proceso de exploración, el municipio tiene interés en conectar esa zona con el sistema de caminos principales. Hizo una pausa. Eso sería bueno para el municipio y sería bueno para usted.

Remedios pensó durante un momento. ¿Qué necesitaría el municipio de mí? Una carta de no objeción al trazo del camino por los límites del terreno y el compromiso de que si el camino se construye, las propiedades colindantes al sur, que son tierras sin dueño declarado, puedan ser consideradas para distribución a familias que quieran poblar la región.

Remedios pensó en las familias que vendrían, en la región que se llenaría de voces, en lo que Gilberto habría dicho de eso. Gilberto, que había caminado ese terreno durante 4 años, convencido de que valía lo que nadie veía todavía. “Tengo una condición”, dijo Remedios. Dígame que entre las familias que se establezcan al sur se incluya a mujeres solas, viudas, madres sin marido, que tengan el mismo acceso a los terrenos que los hombres, en las mismas condiciones, con el mismo apoyo, con los mismos papeles.

Palomares la miró durante un segundo, luego miró a su secretario, luego volvió a mirarla. Eso es inusual. Lo sé, dijo Remedios. Otro silencio. No es imposible. Entonces tenemos de qué hablar, dijo Remedios. El camino se construyó. Tardó dos años en construirse. Las cosas del municipio siempre tardan el doble de lo que dicen que van a tardar.

 Pero se construyó. Y cuando el camino llegó al cañón del Mezquite, llegó también lo que los caminos siempre traen, gente. Llegaron tres familias el primer año, cinco el segundo. Una de las familias del segundo año era encabezada por una mujer de 42 años llamada Amparo, viuda de un minero de Nacosari, que llegó con tres hijos adolescentes y una determinación tan quieta y tan sólida, que Remedios la reconoció de inmediato como alguien de su misma naturaleza.

Amparo se estableció en las tierras al sur del río y sembró su primer maíz en el mismo otoño de su llegada. Celestina Rojo se mudó al cañón de manera permanente en el verano de 1896, cuando su hijo y su nuera Pita tuvieron su primer bebé, y el rancho del arroyo se volvió pequeño para todos. Y Celestina dijo que prefería tener su propio espacio donde escuchar sus propios pensamientos.

 Remedios le construyó el cuarto que había prometido, dos cuartos en realidad, porque midiendo bien había espacio. Y Celestina llegó con su mula, sus semillas, su cabra y la vieja silla de mimbre que había sido de su madre y que era la única cosa del mundo que Celestina trataba con algo parecido a la reverencia.

 Lucía creció en el cañón, aprendió de remedios las hierbas y de Celestina los animales y del ingeniero Bustamante, que regresó en varias visitas durante los años de exploración minera, los principios básicos de la geología, la diferencia entre los tipos de roca, cómo leer una formación, qué significan las betas de cuarzo en el contexto de la mineralización.

A los 12 años, Lucía podía explicarle a cualquier visitante la geología del cañón con una precisión que dejaba a los adultos educados levemente aturdidos. A los 15 se comunicaba directamente con el despacho del licenciado Montoya sobre los asuntos del contrato minero con la supervisión de remedios, pero con su propia letra y su propio vocabulario legal que había aprendido leyendo los documentos del proceso.

 La mina empezó a producir en 1899. Las primeras regalías llegaron en forma de un cheque de la empresa minera dirigido a la señora Remedios Fuentes Viuda de Aldana. propietaria del terreno por la suma de 432es correspondientes al primer trimestre de producción. Remedios. Lo leyó. Lo leyó de nuevo. Fue al cuarto blanco de la llave de la viga, que seguía siendo el cuarto de los documentos, donde el cofre de Gilberto tenía ya muchos más papeles de los que había traído originalmente y lo puso adentro del cofre encima de la carta de 38 páginas. Luego fue al

corredor. El sol de la tarde de Sonora caía sobre las paredes del cañón y las volvía doradas. El jardín estaba en flor, primavera de 1899, flores del palo verde y del ocotillo y de las cuatro especies de hierbas que remedios había trasplantado del monte en aquel primer otoño de 1893. El sonido de la asequia era constante.

Desde el sur llegaba el sonido de voces de las familias que vivían en el río, el sonido de un lugar que ya no estaba vacío. Celestina estaba en el corredor con su taza de café. Lucía estaba en el jardín dibujando, ya no en el polvo, sino en un cuaderno de papel que el licenciado Montoya le había mandado desde UES.

 Las formas de las flores con una precisión que era de nuevo la de alguien que mira el terreno de verdad. Remedios. Se sentó en el corredor, tomó la taza de café que Celestina le pasó sin palabras. Miró el jardín, miró el cañón, miró las paredes de roca que al atardecer se volvían todas las variantes del rojo y del ocre y del gris, dependiendo del ángulo de la luz y de la composición de la piedra.

 una variación que remedios había aprendido a leer como se lee un rostro conocido, encontrando en cada variante un significado diferente. Pensó en Gilberto. Lo pensaba todos los días. Eso no había cambiado. Eso probablemente no iba a cambiar, pero la manera en que lo pensaba había cambiado. Ya no era solo el dolor del hueco que dejó una persona cuando se va.

Era algo más complejo. Era el pensamiento de alguien que todavía está en conversación con otra persona, que encuentra en el territorio donde vivió las palabras que esa persona dejó de decir en vida. En cada ladrillo de esa casa, en cada metro de asequia de piedra labrada, en cada recibo de materiales del cofre, Gilberto seguía hablando.

Seguía diciéndole cosas que ella necesitaba escuchar. ¿En qué piensa?, preguntó Celestina. En Gilberto, dijo Remedios, ¿qué le diría? Remedios pensó durante un momento. Le diría que encontré el río, dijo, “y que tiene razón. Las tierras del sur son mejores que cualquier cosa que tenga don Próspero.” Hizo una pausa y que Lucía ya entiende la geología mejor que el ingeniero Bustamante cuando tenía su edad.

Celestina se rió. La risa completa, la que sacaba pocas veces. Eso le gustaría, dijo. Sí, dijo Remedios, le gustaría mucho. El sol bajó un centímetro más sobre el borde occidental del cañón. La sombra avanzó sobre el jardín, primero sobre las hierbas del borde, luego sobre las higueras de Lucía, luego sobre el sauce que nadie había sembrado y que había llegado solo porque el agua profunda lo llamó. y él supo venir.

Lucía levantó la vista de su cuaderno. Mamá, dijo. Mañana quiero ir a ver la mina. Mañana vamos, dijo Remedios. Lucía asintió y volvió a su cuaderno, el cañón del Mezquite, que había sido tierra de escorpiones, que había sido tierra muerta, que había sido la burla de un cuñado y el desdén de un pueblo entero, y el último recurso de una mujer con 43 pesos y un papel de siete palabras.

Estaba vivo, completamente, ruidosamente, establemente, vivo, con jardín y pozo y asequia y mesas de cultivo y río y mina, y camino y familias y voces, y el sonido del agua que no para nunca, que viene de tan adentro de la roca que ninguna sequía llega a donde nace. Y en el corredor de la casa que Gilberto había construido ladrillo por ladrillo en la silla de madera que nadie recordaba quién había puesto ahí, Remedios Fuentes Viuda de Aldana terminó su café, miró el cielo del cañón, que a esa hora de la tarde tenía ese azul profundo y

cristalino de Sonora que parece un segundo horizonte hacia arriba, y sintió, sin poder nombrarlo exactamente, pero sin necesitar nombrarlo, lo que se siente cuando la vida que se tenía y la vida que se [carraspeo] perdió y la vida que se construyó con las propias manos se acomodan el mismo espacio sin contradicción.

 Cuando la pérdida y la gratitud y el amor y la tierra que es tuya, de verdad caben todos en el mismo pecho, y ya no hay contradicción entre ellos, sino un solo peso cálido y completo que se llama, si se tiene que llamar de alguna manera, esperanza. Esperanza del interior. La que no viene de afuera, sino de adentro. la que no necesita que nadie la dé, porque ya estaba ahí esperando, como el agua que viene de tan profundo que ninguna sequía la toca.

 Si te emocionaste con la historia de remedios y de Lucía, con la valentía de una mujer que caminó tres días por el desierto con 43 pesos y una niña de 6 años y encontró lo que nadie más veía, suscríbete al canal Esperanza del Interior para no perderte las próximas historias. Deja tu like y cuéntanos en los comentarios qué fue lo que más te llegó, si fue la carta de Gilberto o el momento en que Remedios le dijo a Aurelio que no había ningún acuerdo o esa primera noche en el cañón cuando lloró mirando las estrellas.

 Que Dios bendiga a todas las mujeres que caminan hacia el lugar que nadie quiere y descubren que era exactamente el que necesitaban. Yeah.