Tráiganme al mecánico de barrio”, ordenó el satisfecho CEO. Puso un motor sobre

su mesa de juntas y lo retó 10 ejecutivos. Pero cuando el mecánico lo encendió, la sonrisa del millonario se

destruyó para siempre. La sala de juntas del piso 42 del edificio corporativo de

Grupo Castellón era el tipo de lugar diseñado para intimidar. Ventanales que iban del piso al techo mostraban la

ciudad entera como si fuera una maqueta, una colección de edificios diminutos que recordaban a cualquier visitante quién

estaba arriba y quién estaba abajo. La mesa de reuniones, tallada en una sola

pieza de madera importada, podía sentar a 20 personas con comodidad y en la

cabecera, como un rey en su trono, estaba Máximo Castellón. Era el tipo de

hombre al que el poder le había deformado la sonrisa. Cada gesto suyo transmitía una certeza absoluta de que

el mundo existía para servirle. Llevaba un reloj que costaba más que la casa de cualquiera de sus empleados de planta

baja y lo exhibía con cada movimiento de muñeca como si fuera una extensión de su

autoridad. Esa mañana Máximo había convocado a una reunión extraordinaria.

Los 10 ejecutivos más importantes de Grupo Castellón estaban sentados alrededor de la mesa intercambiando

miradas nerviosas. Nadie sabía exactamente por qué habían sido citados con tanta urgencia, pero todos conocían

lo suficiente a máximo como para saber que cuando él sonreía de esa manera, alguien estaba a punto de pasarla muy

mal. “Señores, Máximo se puso de pie, caminando lentamente alrededor de la

mesa con las manos entrelazadas detrás de la espalda. Como saben, nuestro nuevo motor Titán BB8 es el proyecto más

ambicioso en la historia de este grupo. Invertimos una fortuna en investigación, desarrollo e innovación. Es el futuro de

Castellón Automotive. Hizo una pausa dramática, dejando que sus palabras flotaran en el aire acondicionado

impecable de la sala. Pero hay un problema. El silencio se volvió incómodo. Luciana Ferrero, directora de

ingeniería, cruzó los brazos. Su expresión era imposible de leer como

siempre. Era una mujer que había aprendido a sobrevivir en un mundo corporativo dominado por egos como el de

Máximo y lo hacía manteniendo sus emociones bajo llave permanente. “El motor falla”, continuó Máximo, su

sonrisa ensanchándose como si disfrutara de la tensión. Nuestro equipo de ingenieros, los mejores pagados del

país, según me recuerdan cada trimestre, no han podido identificar por qué el titán Bepo 8 se detiene sin explicación

después de encenderlo. Llevamos semanas con este problema. Semas que nos cuestan

millones. Se detuvo frente a Luciana. Correcto, directora Ferrero. Luciana

asintió con rigidez. Hemos explorado múltiples hipótesis. El equipo está

trabajando día y noche para para nada. Máximo la interrumpió sin levantar la voz, lo cual era peor que un grito.

Semanas de nada, millones gastados en nada. Se giró hacia los demás, así que

tomé una decisión. Si mis ingenieros de élite no pueden resolver esto, tal vez necesitamos otra perspectiva. Caminó

hacia la puerta y la abrió. Del otro lado, dos empleados de mantenimiento cargaban algo pesado sobre una

plataforma con ruedas. Cuando lo colocaron sobre la mesa de reuniones, varios ejecutivos se echaron hacia atrás

involuntariamente. Era un motor, el prototipo del titán BP8, grasa, cables, metal crudo. Sobre

la mesa de madera importada que costaba más que un departamento, ahora descansaba una pieza de maquinaria

industrial rodeada de herramientas de diagnóstico. Señor Castellón, Dante Saúl

Quiroga, el abogado corporativo, se inclinó hacia adelante con expresión preocupada. ¿Puedo preguntar cuál es el

plan exactamente? Máximo no respondió de inmediato. Se acercó al intercomunicador

de la pared y presionó un botón. Tráiganme al mecánico de barrio. Los ejecutivos intercambiaron miradas

confundidas. Luciana Ferrero descruzó los brazos por primera vez, un destello

fugaz de algo cruzando su rostro. Alarma. reconocimiento desapareció tan

rápido que nadie lo notó. Pasaron unos minutos que se sintieron eternos. Los

ejecutivos susurraban entre ellos, incómodos con la presencia del motor, manchando la perfección de la sala.

Máximo simplemente esperaba recargado contra el ventanal con esa sonrisa que

prometía espectáculo. Entonces la puerta se abrió. Renato Ibarra entró a la sala

de juntas como quien entra a otro planeta. Sus manos todavía tenían rastros de grasa entre las líneas de los

nudillos, esas marcas que ningún jabón del mundo puede eliminar por completo.

Su overall de trabajo contrastaba con los trajes ejecutivos como una mancha de realidad en un cuadro de fantasía. Olía

aceite de motor y a jornadas largas. No sabía por qué estaba ahí. Solo sabía que

un hombre de la empresa había llegado al taller de Don Efrén esa mañana preguntando por el mecánico que arregla

lo que nadie puede arreglar. Don Efren, con esa mezcla de orgullo y preocupación

que solo un padre puede tener, había señalado a Renato. Así que este es el

famoso mecánico milagro. Máximo se acercó a él examinándolo de arriba a

abajo como quien examina un objeto curioso en una tienda de antigüedades. Me dicen que en su pequeño taller del

barrio Las Cruces usted arregla motores que otros dan por muertos. Es cierto.

Renato miró alrededor de la sala. 10 rostros lo observaban con mezclas de

curiosidad, diversión y condescendencia. Sintió el peso de cada mirada como

piedra sobre sus hombros. Hago lo que puedo con lo que tengo, señor”, respondió con voz tranquila. Máximo

soltó una risa breve. Qué humilde. Me encanta la humildad en las personas. Es

tan pintoresca. Se giró hacia los ejecutivos buscando sus risas cómplices.

Algunos sonrieron incómodamente, otros desviaron la mirada. Bien, señor

mecánico de barrio. Máximo señaló el motor sobre la mesa como quien señala un juguete roto. Ahí tiene el motor más

avanzado que esta empresa ha producido, el Titán B8. Mis ingenieros, personas

con doctorados y maestrías de las mejores universidades del mundo, llevan semanas tratando de entender por qué

falla. Semanas. Se acercó a Renato hasta estar incómodamente cerca. Le propongo

un trato. Si usted con sus manos de barrio logra hacer funcionar ese motor

aquí y ahora frente a todos nosotros, le pagaré lo que le pagaría a cualquiera de mis ingenieros por un año completo de