Un soplo de aire hirviente barrió el polvo del corral aquella tarde de julio cuando todo cambió. Hasta entonces,

Santa Ángela era uno de esos lugares que apenas se dibujaban en los mapas. Una hilera de fachadas de adobe, un
campanario que sonaba dos veces al día y a la salida la inmensidad de las llanuras donde el ganado crecía como la
hierba silvestre. Pero bastó una frase pronunciada con la ligereza de quien se sabe intocable para incendiar cada
lengua. Cada mente y cada corazón en 20 leguas a la redonda. Si logras atrapar a
ese toro feroz, me casaré contigo. Las palabras cayeron de los labios de doña
Isidora Valverde de la Vega, heredera de la finca, El Relámpago, tan rica como
orgullosa, mientras aflojaba las riendas de su yegua tordilla y miraba a la multitud con media sonrisa burlona. El
destinatario del desafío era Joaquín Quino Rojas, un vaquero pobre cuyo sombrero parchado en más de un sitio,
apenas proyectaba sombra sobre unos ojos color miel que no conocían rendición. Él
solo había acudido a la subasta de becerros buscando jornal para comprar harina y clavos. Se marchaba de pronto
con su destino apostado en la plaza ante un centenar de testigos. El animal al
que todos llamaban huracán no era un toro cualquiera, negro como la noche sin
luna, astas en forma de cimitarra y un bramido que hacía temblar la tierra, se
había escapado de los corrales cuatro veces en un mes, derribando cercas y matando a un semental que valía su peso
en oro. Un demonio, decían algunos persignándose, aunque nadie se atrevía a
pronunciar ese nombre en presencia de doña Isidora, que odiaba cualquier mención a fuerzas infernales. Huracán
era, en todo caso, la vergüenza de la hacienda y la ruina de su reputación ganadera. Ki no conocía la fama del
toro, pero conocía mejor la mirada de la mujer que le lanzaba el reto. En los
ojos castaños de Isidora había un fulgor entre divertido y desesperado, como
quien aprieta el gatillo sin saber si el revólver tiene bala, una broma cruel o
un grito de auxilio disfrazado de arrogancia. Él no entendía los motivos,
solo sentía en la piel el rumor del gentío que aguardaba su respuesta. ¿Y si lo consigo, doña? preguntó con voz
serena, pero firme. “Mantendrá su palabra. Soy Valverde de la Vega, vaquero.” Sus botas golpearon la arena
con altivez al desmontar. Un valverde no se retracta jamás. La multitud estalló
en vítores, silvidos y apuestas improvisadas. Entre el polvo y el calor,
el destino de dos almas acababa de sellarse con saliva y orgullo. No todos celebraron la apuesta. Matías
Barrenechea, capaz del relámpago desde hacía una década y pretendiente oficioso
de Isidora, apretó los puños hasta clavar las uñas en las palmas. Él había
ofrecido matrimonio y seguridad a la heredera desde la muerte del viejo don Laureano Valverde. Ella lo había
rechazado una y otra vez, alegando que ningún hombre le impondría condiciones.
Ver al desarrapado de Kino convertirse en posibilidad, le encendió un fuego oscuro en la sangre. “Ese mocoso morirá
bajo las pezuñas”, murmuró a la oreja de su lugar teniente un tal Lázaro Vides de
sonrisa torcida. Y si no muere, haré que lo deseen ambos. Por su parte, Kino
regresó esa noche a la choza de su madre con el pecho lleno de un extraño vértigo. Doña Tomasa, anciana de manos
curtidas y ojos sabios, ni se inmutó cuando su hijo le contó la locura. Los
juegos de los ricos siempre cuestan la sangre de los pobres, sentenció mientras
arreglaba una lámpara de aceite. Pero tú naciste con más terquedad que miedo. Si
vas a enfrentarte a Huracán, tendrás que ver más allá de sus cuernos. Tendrás que adivinar qué cuernos sostiene a la dama.
Aquella frase quedó flotando en la penumbra como un presagio. Durante la semana siguiente, Kino se entrenó desde
la primera luz hasta que el cielo se pintaba de cobre. Domaba potros, probaba
lazos, estudiaba el terreno donde acechaba huracán, un cañón pedregoso al norte, rodeado de mezquites, y
preguntaba a los peones sobre los hábitos del animal. Descubrió detalles inquietantes. El toro ya no comía del
pesebre, solo bebía agua de un charco lodoso en el barranco, y cada vez que escapaba lo hacía tras el paso nocturno
de un jinete desconocido. Algo o alguien lo azuzaba. Una madrugada, oculto entre
las sombras, Kino divisó ese jinete. Era Lázaro, el secuaz de Matías, arrojando
un saco de hierbas olorosas junto al agua antes de golpearla cerca con una vara. El toro envestía la madera como
poseído. Quino, agazapado, comprendió que huracán no era naturalmente salvaje.
Lo envenenaban con una mezcla de salvia y mezcalina de pellote, sustancia capaz de alterar la mente y la furia de un
animal. Con el alba buscó a Isidora en la veranda principal. No había arrogancia
en su voz, solo urgencia. Su toro no es el enemigo, doña. Su capataz sí. Ella
frunció el ceño y por un momento la coraza de orgullo se resquebrajó. Hablas
de Matías. Lo he visto. Si sigo su juego, alguien saldrá muerto. Y Sidora
pareció debatirse. Kino vio en sus pupilas la sombra del temor, algo que ningún forastero habría adivinado jamás.
Hay cosas que ignoras”, susurró ella. “Mi padre hipotecó la Hacienda antes de morir. El contrato dice que si no me
caso antes de cumplir 26 o si el toro de Lidia principal es declarado inservible,
la propiedad pasa al banco y Matías compró la deuda en secreto. Puedo perderlo todo en curo semanas.” Un peso
invisible oprimió el pecho de Kino. De pronto entendió la verdadera apuesta.
Atrapar al toro significaba salvar a Isidora de la ruina. y de un matrimonio forzado con el propio Capataz. “Entonces
atraparemos a Huracán”, declaró, “pero a mi manera.” Quino reunió a dos viejos amigos, Aura
Salcedo, una veterinaria ambulante que viajaba en carreta curando reses y
Benicio, Cantaor Zamora, domador gitano que le debía favores. Entre los tres
diseñaron un plan: neutralizar el veneno del charco, conducir al toro hacia una
trampa de corrales móviles y calmarlo usando un unüento de hierbas que Aura prepararía. Todo debía ocurrir antes de
la luna nueva, cuando las noches eran negras y el toro más agresivo. Mientras tanto, Matías sospechaba. Mandó a Lázaro
a hostigar a Quino. Sillas de montar rotas, sogas cortadas, pólvora mojada.
Cada sabotaje fracasaba, porque el vaquero, terco como piedra de río, reparaba y continuaba. La tensión crecía
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