Lucas tenía 7 años cuando escuchó la conversación que cambiaría su vida para siempre. Eran las 11 de la noche, su

hermana Luna dormía, pero él no podía. Y entonces escuchó la voz de Armando

Solisa fuera de su casa hablando por teléfono. Los niños no saben nada del litio. 3 millones mínimo, tal vez cinco.

Lucas sintió que el corazón se le detenía. cuando tenga la custodia legal, los mandó a una escuela interna en otro

estado. Solo necesito acceso a esa propiedad. En ese momento, Lucas entendió la verdad y tomó la decisión

más difícil de su vida. Huyó con su hermana a las montañas de Zacatecas.

Allí encontró a dos ancianos que conocían un secreto enterrado hace 20 años. Un secreto que podía destruir al

hombre más poderoso del pueblo. Pero primero tendrían que sobrevivir a la mina. Si no le das like a este video o

comentas, “Te creo Lucas”, para que él lo sepa. Lucas nunca sabrá que alguien creyó en él. Pasará el resto de su vida

pensando que su valentía no valió la pena, porque esta historia comenzó en una noche común y corriente. Lucas tenía

apenas 7 añitos. No imaginaba que en 4 horas todo se le iba a voltear. Así

empezó su pesadilla. Lucas no podía dormir. Otra vez contaba

las grietas en el techo por enésima vez esa noche. 83 84. El truco de mamá ya no

funcionaba. Nada funcionaba desde que ella y papá se habían ido. Hace 8 meses,

243 días. Del otro lado del cuarto Luna gimió en sueños. Su hermanita de 5 años

se aferraba a estrellita a la muñeca hecha con una blusa vieja de mamá, el mismo sueño de siempre donde mamá y papá

desaparecían como humo. Lucas se levantó descalzo y le echó encima su chamarra.

Al menos la mantenía caliente en las noches frescas de la sierra. Canelo, el perro de 11 años que había sido de papá,

levantó la cabeza desde la ventana. Sus orejas apuntaban hacia arriba. Un gruñido bajo vibró en su garganta. Lucas

se congeló. Canelo casi nunca gruñía. Ese sonido solo significaba una cosa

peligro. Se acercó a la ventana con el corazón golpeándole el pecho. Afuera,

bajo el poste de luz, estaba la camioneta blanca que conocía demasiado bien y junto a ella, dándole la espalda,

estaba él, Armando Solís, el tío que no era realmente su tío, el socio de papá.

El hombre que venía cada semana con su sonrisa falsa preguntando si necesitaban

ayuda, pero esta vez no sonreía. Hablaba por teléfono caminando, fumando, y la

ventana rota dejaba que cada palabra llegara clara. Los niños no saben nada del litio garcés. Te lo juro. La voz de

Armando sonaba impaciente. Cuando tenga la custodia legal, venderé la tierra inmediatamente. Tres millones mínimo,

tal vez cinco. Lucas sintió que el estómago se le hacía un nudo. Objeciones. Son huérfanos, hombre. ¿A

quién le importan? El juez firmará sin dudarlo. Los trabajadores sociales

siempre están sobrecargados. Nadie investigará de cerca. Armando dio otra fumada el humo subiendo

en espirales. Ya presenté la solicitud. Audiencia en dos días. Argumentaré

condiciones deplorables sin supervisión adulta. Haré que parezca que soy el héroe rescatándolos. Canelo gruñó más

fuerte. Lucas le puso una mano temblorosa en la cabeza, pero el perro tenía razón en desconfiar. Una vez que

sean legalmente míos, los mando a alguna escuela interna o con familia adoptiva

en otro estado, lo que sea. Solo necesito acceso a esa propiedad. Armando

tiró el cigarro. Para cuando cumplan 18, ya no quedará nada que reclamar. A Lucas

se le heló la sangre. No entendía todo, pero entendía suficiente. Armando no quería ayudarlos, quería robarles. Y

peor, planeaba separarlos nunca. Armando terminó su llamada y miró hacia la casa.

Lucas se echó hacia atrás demasiado tarde. Sus ojos se encontraron por un

segundo helado. El hombre caminó hacia la puerta. La manija giró. Lucas había

puesto el cerrojo. Armando empujó una vez dos. Lucas. Su voz era melosa falsa.

Estás despierto. Necesito hablar contigo sobre tu futuro y el de Luna. Lucas no

respondió. Canelo se puso de pie a pesar del dolor colocándose entre el niño y la

puerta con los pelos herizados. Después de una eternidad, Armando suspiró. Está

bien, mañana entonces. No puedes evitarme para siempre. Voy a ayudarlos,

te guste o no. Las pisadas se alejaron, el motor arrancó. Las luces

desaparecieron. Lucas corrió hacia Luna y se arrodilló junto a su Petate, su hermana pequeña,

su responsabilidad, su única familia, además de Canelo. El perro puso su

cabeza en el regazo de Lucas. “Nos va a quitar todo”, susurró acariciando las

orejas de Canelo. “Y va a separarnos.” Su voz se quebró. A los 7 años no

debería tomar decisiones así, pero no tenía alternativa. La voz de mamá resonó en su memoria de

hace dos años cuando papá trabajaba turnos largos y mamá parecía preocupada. Lucas, si algo nos pasa, busca a Micaela

Reyes. Vive en San Miguel de las Piedras, en la sierra. Era mi mejor amiga. Si nos necesitas y no estamos,

ella te ayudará. ¿Lo prometes? Lucas había prometido sin entender por qué.

Ahora entendía. Se puso de pie, fue al closet y sacó su mochila. Empezó a meter

cosas, dos camisas, un pantalón, el pan de ayer, la foto de mamá y papá, la

botella de agua, el cuchillo que papá le dio. Metió a Estrellita también. Canelo

lo observaba con esos ojos inteligentes. Nos vamos, Lucas, le dijo antes del

amanecer a San Miguel de las Piedras. Es lejos, pero tenemos que intentarlo. Miró

la ventana. 4 horas hasta el amanecer, 4 horas antes de que Armando regresara con

el trabajador social. 4 horas para desaparecer. Respiró profundo tratando

de ser valiente como papá le enseñó. Miró a Luna durmiendo a Canelo,

esperando a la mochila con todo lo que poseían. No tenían mucho, pero tenían algo que

Armando nunca entendería. Se tenían el uno al otro. y eso tendría que ser suficiente. Lucas esperó hasta las 4 de

la madrugada, la hora más oscura cuando hasta los perros callejeros dormían. Despertó a Luna con cuidado tapándole la

boca suavemente. Sus ojos se abrieron de golpe asustados. “Sh, soy yo!”, susurró

Lucas. “Tenemos que irnos ahora sin hacer ruido.” “¿A dónde?” La voz de Luna