Isis había cruzado muchas veces el túnel Cristo Redentor entre Chile y Argentina, pero aquella mañana algo cambió apenas entró. El ruido de los motores desapareció de golpe. No había autos detrás ni delante. Solo luces fluorescentes, paredes húmedas y un silencio tan profundo que parecía respirar.

Miró el GPS: la pantalla estaba en blanco.

Intentó mantener la calma, aceleró y siguió adelante, convencida de que al salir vería el paisaje argentino de siempre. Pero cuando la luz del final del túnel la recibió, no encontró montañas familiares ni carretera transitada. Frente a ella se extendía una tierra oscura, seca, casi muerta. El cielo estaba cubierto de nubes negras y los árboles retorcidos parecían cadáveres clavados en la tierra.

Aterrada, giró el auto y volvió al túnel. Entró otra vez, esperando regresar a su mundo. Pero al salir, el mismo desierto sombrío la esperaba.

Lo intentó varias veces. Siempre terminaba allí.

Cuando la desesperación empezó a vencerla, vio a un hombre junto a una moto antigua. Se llamaba Claudio. Su ropa, su voz y hasta su mirada parecían venir de otra época.

—Estoy atrapado aquí desde que entré al túnel en 1983 —le dijo—. He intentado volver cientos de veces, pero este lugar siempre me devuelve al mismo punto.

Isis sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Ella venía de 2013. Claudio llevaba décadas perdido en esa realidad oscura.

Entonces apareció un anciano montado en un caballo flaco. Los miró con una tristeza profunda y les dijo que no eran los primeros en caer allí. Les explicó que ese mundo era un espacio vacío entre realidades, un lugar que atrapaba a quienes cruzaban mal ciertos caminos.

Había una salida, pero no estaba en el túnel principal.

Debían seguir una carretera de tierra, pasar detrás de una casa grande y llegar a un antiguo túnel de piedra. Pero había una advertencia: no debían correr, no debían responder a las voces y no debían detenerse por ningún grito.

—Si se desvían —dijo el anciano—, se convertirán en sombras perdidas para siempre.

Entonces señaló la casa lejana.

Y añadió en voz baja:

—Si sus habitantes los atrapan, jamás volverán a ver su mundo.

Isis y Claudio no tenían otra opción. El túnel principal los devolvía siempre al mismo infierno, así que siguieron la carretera de tierra con el corazón encogido. Ella conducía despacio. Él avanzaba detrás en su vieja moto, mirando hacia todos lados como si ya conociera los peligros escondidos entre los árboles.

El paisaje parecía vivo. Las ramas se movían sin viento. De vez en cuando, voces lejanas susurraban sus nombres. Isis apretó el volante y recordó la advertencia del anciano: no escuchar, no detenerse, no correr.

Cuando llegaron cerca de la casa grande, el aire se volvió más pesado. La construcción estaba medio podrida, con ventanas oscuras y un techo cubierto de musgo. Desde dentro surgieron risas deformes, golpes secos y murmullos que parecían humanos.

Entonces la puerta se abrió.

Varias figuras salieron corriendo tras ellos, armadas con palas, garfios y herramientas oxidadas. Sus rostros estaban desfigurados por una furia hambrienta.

—¡Vienen! —gritó Claudio.

Isis pisó el acelerador por instinto, pero al ver el túnel de piedra recordó la regla más importante: entrar despacio. Con las manos temblando, redujo la velocidad justo cuando los habitantes se acercaban.

Claudio la siguió. La oscuridad los tragó.

Dentro del túnel, las sombras se retorcían en las paredes. Voces de niños, mujeres y ancianos pedían ayuda. Algunas suplicaban con una tristeza insoportable. Otras imitaban la voz de la madre de Isis.

Pero ella no frenó.

Siguió avanzando lentamente, con lágrimas en los ojos, hasta que las luces comenzaron a cambiar. El frío desapareció. El sonido de autos volvió poco a poco. Bocinas. Motores. Vida.

De pronto, Isis salió al túnel Cristo Redentor real.

Estaba de regreso.

Pero Claudio no.

Isis detuvo el auto y lo buscó desesperada. No había moto, no había huellas, no había señales. Solo el tráfico normal y el mundo siguiendo como si nada hubiera ocurrido.

Más tarde descubrió que habían pasado horas desde su entrada al túnel. Buscó noticias sobre un hombre llamado Claudio desaparecido en 1983, pero no encontró nada.

Desde entonces, cada vez que Isis ve un túnel, siente el mismo escalofrío.

Porque sabe que entre una realidad y otra existe un camino oscuro.

Y quizá Claudio todavía sigue allí, avanzando despacio, intentando encontrar la salida.