Cuando una monja barrió el sótano del convento en Oaxaca, halló un rosario hecho con dientes humanos 

El rosario de los condenados. Capítulo 1. El hallazgo. El amanecer apenas comenzaba a filtrarse por las estrechas ventanas del convento de Santa María de los Ángeles en Oaxaca. Hermana Lucía, una mujer de 42 años con rostro sereno y ojos que habían visto demasiado, se movía con la familiaridad de quien ha recorrido los mismos pasillos durante dos décadas.

 El silencio de la madrugada era su compañero más fiel, mientras barría meticulosamente el polvo que se acumulaba en los rincones del antiguo edificio colonial. Este día el padre Anselmo, un hombre de 60 años, con una autoridad que emanaba de cada poro de su piel, le había encomendado limpiar el sótano, un espacio que permanecía cerrado desde hace años, utilizado principalmente como almacén de objetos olvidados y documentos que nadie quería revisar.

 Es necesario preparar ese espacio para los nuevos archivos. Había dicho con aquella voz que no admitía cuestionamientos. La diócesis enviará a alguien para reorganizar nuestra biblioteca histórica. La pesada puerta de madera crujió como si protestara al ser abierta después de tanto tiempo. El olor a humedad y encierro golpeó a Lucía, quien se persignó por instinto antes de descender por la estrecha escalera de piedra.

 La bombilla desnuda que pendía del techo apenas iluminaba el espacio, proyectando sombras que bailaban en las paredes de piedra cada vez que la hermana se movía. Cajas apiladas, muebles cubiertos con sábanas amarillentas y estanterías llenas de libros antiguos conformaban el paisaje del sótano. Lucía suspiró sabiendo que el trabajo le llevaría todo el día.

comenzó por las esquinas, arrastrando la escoba meticulosamente, levantando nubes de polvo que la hacían toser. Mientras avanzaba hacia el centro de la habitación, su escoba chocó contra algo bajo una de las estanterías. Al agacharse para investigar, sus dedos tocaron un objeto frío y extraño. Era una pequeña caja de metal oxidado con un sencillo grabado de una cruz en la tapa.

La curiosidad venció a la precaución y Lucía la abrió. En su interior, cuidadosamente colocado sobre terciopelo negro desgastado por el tiempo, yacía un rosario, pero no uno cualquiera. Los ojos de la hermana se abrieron con horror al percatarse de la verdadera naturaleza de las cuentas. Eran pequeñas, amarillentas y con formas irregulares, dientes humanos, dientes que habían sido perforados y enheados.

con un hilo de plata ennegrecido. El crucifijo al final era de plata también, pero con un Cristo cuyo rostro había sido deliberadamente desfigurado. “Dios mío”, susurró dejando caer el macabro objeto al suelo. Sus manos temblaban mientras recogía el rosario, sintiendo un impulso inexplicable de llevarlo con ella.

 Debía mostrárselo al padre Anselmo. Seguramente sabría qué hacer con semejante aberración. Al salir del sótano, el convento ya bullía de actividad. Las hermanas se dirigían a la capilla para la primera oración del día, pero Lucía se desvió hacia el despacho del sacerdote. Tocó tres veces, como era su costumbre, y entró solo cuando escuchó la voz grave autorizándola.

 El padre Anselmo estaba sentado tras su escritorio de madera oscura con la luz de la mañana iluminando su cabello blanco y sus facciones severas. Levantó la vista de los documentos que revisaba y frunció el ceño al ver a Lucía. No deberías estar en la capilla, hermana. Padre, encontré esto en el sótano. Lucía extendió su mano, mostrando el rosario que parecía pesar más de lo que debería.

El rostro del sacerdote se transformó. Primero sorpresa, luego algo que Lucía no supo identificar. Reconocimiento y finalmente una máscara de preocupación que pareció demasiado ensayada. “Dame eso inmediatamente”, ordenó extendiendo su mano. Algo en su tono hizo que Lucía dudara.

 “¿Sabe qué es esto, padre? Una blasfemia que debe ser destruida, respondió sec, no debiste tocarlo. Mientras entregaba el rosario, Lucía notó como los dedos del sacerdote parecían acariciar casi con reverencia las macabras cuentas. Una sensación de inquietud se instaló en su estómago. “No menciones esto a nadie”, dijo el padre Anselmo guardando el rosario en un cajón de su escritorio que cerró con llave.

Estos objetos a veces son fabricados por personas perturbadas para burlarse de nuestra fe. No vale la pena darle importancia. Lucía asintió, aunque algo en ella sabía que el sacerdote mentía. Esa noche la hermana no pudo dormir. Imágenes del rosario macabro acudían a su mente cada vez que cerraba los ojos. ¿De quién serían esos dientes y por qué el padre Anselmo había reaccionado así? En la oscuridad de su celda, escuchó pasos en el corredor, pasos que se detuvieron frente a su puerta.

 El corazón de Lucía se aceleró mientras contenía la respiración. Tras unos segundos que parecieron eternos, los pasos continuaron alejándose. Movida por un impulso que no comprendía del todo, Lucía se levantó y se asomó al pasillo. La silueta del padre Anselmo se recortaba contra la débil luz de las velas.

 que siempre ardían frente a la imagen de la Virgen. Se dirigía hacia la capilla, no hacia su habitación. Tomando una decisión que sabía podía costarle cara, Lucía lo siguió en silencio. El sacerdote entró en la capilla y cerró la puerta tras él. Con cuidado, la hermana se acercó y miró por la pequeña rendija que quedaba entre la puerta y el marco.

Lo que vio la dejó paralizada. El padre Anselmo estaba de rodillas frente al altar, pero no en actitud de oración. Había colocado el rosario de dientes sobre el mantel blanco y murmuraba palabras en un idioma que Lucía no reconoció. No era latín ni ninguna de las lenguas que se hablaban en la región.

 A medida que el murmullo crecía en intensidad, las velas comenzaron a parpadear violentamente. Lucía juró que vio sombras moverse por las paredes de la capilla, sombras que no correspondían a ningún objeto presente. El sacerdote sacó un pequeño cuchillo de entre sus ropas. Con un movimiento rápido, se cortó la palma de la mano y dejó caer gotas de sangre sobre el rosario.

 Al contacto con la sangre, Lucía habría jurado que las macabras cuentas brillaron con una luz mortecina. “Te he encontrado de nuevo”, susurró el sacerdote en un tono que heló la sangre de Lucía. Después de tanto tiempo, vuelves a mí. La hermana se apartó de la puerta llevándose una mano a la boca para ahogar un grito. Lo que acababa de presenciar iba en contra de todo lo que creía sagrado.

 El padre Anselmo, el hombre en quien la comunidad confiaba, estaba realizando algún tipo de ritual blasfemo en el mismo altar donde celebraba la misa. Regresó a su celda con el corazón martilleando en su pecho. Tenía que hacer algo. ¿Pero qué? ¿Quién le creería si acusaba al respetado sacerdote? Mientras intentaba calmarse, notó algo en el suelo de su habitación, una pequeña cuenta amarillenta que brillaba bajo la luz de la luna que se filtraba por su ventana.

Un diente, uno que debió caerse del rosario cuando lo sostuvo, lo recogió con dedos temblorosos. En ese momento, un súbito dolor invadió su cabeza. Imágenes fragmentadas inundaron su mente. Una joven atada a una silla gritando mientras alguien le arrancaba los dientes con unas tenazas. Más jóvenes encerradas en una habitación oscura.

 El padre Anselmo, más joven pero reconocible, supervisando lo que parecía ser una tortura ritual. Lucía soltó el diente jadeando. Lo que había visto era imposible. Esos recuerdos no podían ser suyos. Era como si el diente mismo le hubiera transmitido las memorias de su propietario original. Al día siguiente, durante el desayuno, Lucía observó al padre Anselmo.

 Actuaba con normalidad, bendiciendo la comida, conversando con las hermanas mayores. Nada en su comportamiento delaba lo que había hecho la noche anterior. “Hermana Lucía, te noto distraída,” dijo repentinamente, fijando sus ojos penetrantes en ella. “Solo estoy cansada, padre. El trabajo en el sótano fue agotador. Comprendo. Hoy puedes descansar de esa tarea.

 De hecho, añadió con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos, he decidido que yo mismo supervisaré la limpieza del sótano de ahora en adelante. El mensaje era claro. No quería que Lucía volviera a ese lugar. ¿Qué más ocultaría en esas profundidades? Esa tarde, mientras las demás hermanas descansaban, Lucía fue a la biblioteca del convento.

 Buscaba información sobre el edificio, su historia, cualquier cosa que pudiera explicar el macabro hallazgo. En un rincón polvoriento encontró crónicas antiguas del convento ojeando las páginas amarillentas. Un nombre llamó su atención. Padre Guillermo Vargas, quien había sido el capellán del convento hace 70 años.

 Las crónicas hablaban de un oscuro periodo durante su administración, donde varias novicias abandonaron el convento en circunstancias poco claras. La última entrada sobre él mencionaba una investigación interna que nunca llegó a concluirse porque el sacerdote partió repentinamente para servir en tierras de misión.

 Mientras cerraba el libro, Lucía sintió una presencia detrás de ella. Al volverse, se encontró cara a cara con el padre Anselmo. La historia siempre ha sido una de tus pasiones, ¿verdad, hermana? Su voz era suave, pero sus ojos permanecían fríos. Solo intento comprender mejor nuestro convento, padre. Hay partes de nuestra historia que es mejor dejar enterradas”, respondió tomando el libro de sus manos.

“Como ese rosario que encontraste, lo he destruido, por cierto, era lo correcto.” Lucía sabía que mentía. Lo había visto la noche anterior usando el rosario. “Por supuesto, padre, fue lo mejor. Esa noche Lucía esperó hasta que el convento quedara en silencio. Necesitaba volver al sótano, buscar más pistas.

 Si el padre Anselmo ocultaba algo allí, tenía que descubrirlo. Armada con una pequeña linterna, descendió las escaleras de piedra. El sótano parecía aún más siniestro en la oscuridad total. Comenzó a buscar entre las cajas y estanterías, sin saber exactamente qué esperaba encontrar. En un rincón, detrás de una estantería que parecía no haberse movido en décadas, descubrió una puerta.

 una puerta pequeña, casi del tamaño de una alacena, que había sido cuidadosamente disimulada con el mismo color de la pared. El corazón de Lucía latía con fuerza mientras intentaba abrirla. Estaba cerrada, pero la madera, debilitada por la humedad, se dió cuando aplicó presión. Lo que encontró al otro lado la dejó sin aliento, una pequeña habitación, no mayor que un armario grande, con paredes cubiertas de símbolos que nunca había visto.

 En el centro un altar improvisado con velas negras y sobre él un libro cuya cubierta parecía hecha de piel. Cuando el as de su linterna iluminó mejor el libro, Lucía ahogó un grito. No era piel cualquiera. Las marcas, la textura, era piel humana. Veo que tu curiosidad pudo más que tu obediencia. La voz del padre Anselmo a sus espaldas la hizo girarse violentamente.

 El sacerdote bloqueaba la única salida, su figura imponente recortada contra la débil luz que venía del sótano. ¿Qué es todo esto? Lucía apenas podía articular las palabras. Una tradición más antigua que la Iglesia misma, respondió con una calma aterradora, una tradición que el padre Guillermo me enseñó como su mentor le enseñó a él.

 El padre Guillermo, pero eso fue hace 70 años. Sí, yo era apenas un monaguillo. Entonces, sonrió ante la confusión de Lucía. Te sorprendería saber cuánto puede prolongarse una vida cuando se tienen los conocimientos adecuados y la disposición para hacer ciertos sacrificios. El padre Anselmo avanzó hacia ella. La luz de la linterna reveló que llevaba el rosario de dientes en su mano.

 Esos dientes, ¿de quién son? ¿De quiénes fueron elegidas? Jóvenes puras como lo fuiste tú alguna vez. Su sonrisa se ensanchó. como lo son algunas de nuestras nuevas novicias. Un escalofrío recorrió la espina de Lucía. Es usted un monstruo. Soy un servidor de poderes que la Iglesia ha intentado ocultar durante siglos. Poderes que estaban aquí mucho antes de que los españoles trajeran su cruz.

 Mientras hablaba, el padre Anselmo comenzó a rezar el rosario deslizando los dientes entre sus dedos. Con cada cuenta, su voz se volvía más profunda, más distorsionada. Lucía intentó escapar, pero su cuerpo no respondía. Una fuerza invisible la mantenía inmóvil. No luches, hermana. Pronto comprenderás. Pronto verás lo que yo he visto.

 El sacerdote colocó uno de los dientes del rosario en la frente de Lucía. El contacto quemó como hierro al rojo vivo, arrancándole un grito de dolor. Y entonces las visiones comenzaron. Capítulo 2. Voces del pasado. Lucía se despertó en su celda, desorientada y con un punzante dolor en la frente. La luz del amanecer se filtraba por la pequeña ventana, indicando que había pasado la noche entera desde su encuentro con el padre Anselmo en el sótano, cómo había llegado hasta allí.

 Los recuerdos eran confusos, fragmentados. Recordaba el rosario de dientes, la habitación oculta. el libro de piel humana y luego oscuridad. Al llevarse la mano a la frente, sintió una costra en el centro exacto. Cuando se levantó para mirarse en el pequeño espejo que tenía permitido, vio una marca circular como una quemadura del tamaño de un diente.

Los acontecimientos de la noche anterior parecían una pesadilla, pero aquella marca era la prueba de que todo había sido real. El padre Anselmo, el hombre en quien la comunidad depositaba su confianza espiritual, practicaba algún tipo de ritual sacrílego en las entrañas del convento.

 El tañido de la campana anunció la primera oración del día. Lucía se vistió apresuradamente, cubriendo la marca de su frente con el velo, de manera que no fuera visible. Necesitaba mantener las apariencias mientras decidía qué hacer. En la capilla ocupó su lugar habitual entre las hermanas. El padre Anselmo oficiaba la misa con la misma solemnidad de siempre.

 Sus ojos se encontraron brevemente y Lucía sintió un escalofrío al ver la sonrisa casi imperceptible que se formó en los labios del sacerdote. Durante el desayuno, la madre superiora Sor Beatriz, una mujer de avanzada edad, con ojos bondadosos que contrastaban con su exterior severo, se acercó a Lucía. Te noto pálida, hermana.

 ¿Te encuentras bien? Solo algo cansada, madre”, respondió Lucía, evitando su mirada. “El trabajo en el sótano ha sido más extenuante de lo que esperaba. El padre Anselmo me ha informado que ya no será necesario que continúes con esa labor. Dice que encontraste algunos objetos inquietantes.” Lucía se tensó. ¿Qué le dijo exactamente? Que hallaste algunos artefactos indígenas que podrían perturbar tu espíritu.

 El Padre se encargará personalmente de ellos. La explicación parecía plausible. El sincretismo religioso en Oaxaca había dejado muchos objetos rituales que la Iglesia consideraba paganos o supersticiosos. Pero Lucía sabía que lo que había encontrado iba mucho más allá de simples artefactos indígenas. Comprendo, madre. Agradezco su preocupación.

 Esa tarde, mientras las hermanas se ocupaban en sus tareas habituales, Lucía encontró un momento para escabullirse a la biblioteca. Necesitaba saber más sobre el padre Guillermo Vargas, el predecesor mencionado por Anselmo. Entre los archivos más antiguos encontró una fotografía amarillenta. Mostraba al personal del convento en 1953.

En el centro, un sacerdote de unos 50 años con una mirada penetrante que resultaba inquietantemente familiar. A su lado, un monaguillo de no más de 12 años miraba directamente a la cámara con una expresión demasiado adulta para su edad. Al dar vuelta a la fotografía, leyó Convento de Santa María de los Ángeles, padre Guillermo Vargas y personal, 1953.

El monaguillo tenía que ser Anselmo, pero si era un niño en 1953, ahora debería tener más de 80 años. El padre Anselmo aparentaba apenas 60. Mientras reflexionaba sobre esta imposibilidad, un dolor agudo atravesó su cabeza. La marca en su frente palpitó y de pronto imágenes que no le pertenecían inundaron su mente.

 Una joven novicia arrodillada en la capilla rezando fervorosamente. La puerta se abre. El padre Guillermo entra con el joven Anselmo. Es ella, dice el sacerdote. Su pureza es perfecta para la ofrenda. La misma novicia, ahora atada a una silla en la habitación secreta del sótano. El padre Guillermo recita palabras en una lengua antigua mientras Anselmo sostiene instrumentos de tortura.

 Los dientes primero, instruye el sacerdote, contienen la esencia vital, los gritos, el dolor insoportable mientras arrancan uno a uno sus dientes, la sangre que se mezcla con lágrimas. Y finalmente la visión de su propio cuerpo inerte. Mientras su alma parece atrapada dentro del diente que ahora forma parte del macabro rosario, Lucía volvió en sí jadeando y sudorosa.

 No eran simples visiones o alucinaciones, eran recuerdos. Los recuerdos de una de las víctimas del padre Guillermo y su joven aprendiz. El diente que había tocado le estaba transmitiendo la memoria de su propietaria original. Con manos temblorosas guardó la fotografía entre sus ropas. Mientras cerraba el archivo, escuchó pasos acercándose.

 De nuevo investigando, hermana. La voz del padre Anselmo resonó en la silenciosa biblioteca. Lucía se giró lentamente. El sacerdote la observaba con una expresión indescifrable. Solo buscaba las crónicas antiguas del convento, padre. La historia siempre me ha fascinado. La historia tiene múltiples capas, hermana. Lo que está escrito no siempre refleja la verdad, como el caso del padre Guillermo Vargas.

 Lucía decidió arriesgarse. Las crónicas mencionan su partida repentina, pero no explican los rumores sobre novicias desaparecidas. Una sombra cruzó el rostro del padre Anselmo. Veo que la marca está funcionando. Ya estás recibiendo las memorias. ¿Qué me ha hecho? Lucía llevó instintivamente su mano a la frente. Te he bendecido con conocimiento, hermana.

Conocimiento que pocos tienen el privilegio de recibir. Se acercó más a ella. Pronto comprenderás la verdadera naturaleza de lo que servimos. No es el Dios manso que predica la iglesia moderna. Lo que usted sirve es una abominación, susurró Lucía. El padre Anselmo sonríó. Eso crees ahora. Pero cuando las memorias se completen, cuando veas lo que yo he visto, su voz adquirió un tono casi irreverente.

 El poder que nos fue revelado, la vida eterna que nos ofrece a costa de inocentes, de mujeres jóvenes que confiaban en usted, sacrificios necesarios como los que realizaban los antiguos habitantes de estas tierras antes de que llegaran los españoles. Su mirada se endureció. La sangre alimenta a los verdaderos dioses, hermana, y los dientes preservan las almas para que podamos absorber su fuerza vital.

 Lucía sintió náuseas al comprender la magnitud de la perversión que el padre Anselmo había perpetuado durante décadas. No se saldrá con la suya. Informaré a la diócesis, a las autoridades. La risa del sacerdote la interrumpió. ¿Crees que no lo han intentado antes? ¿Por qué piensas que el caso del padre Guillermo fue encubierto? Hay poderes dentro de la iglesia que conocen nuestra existencia y prefieren ignorarnos siempre que seamos discretos.

Se acercó más a ella, tanto que Lucía pudo sentir su aliento. Además, ¿quién creería a una monja que sufre alucinaciones tras encontrar objetos paganos? La madre superiora ya está preocupada por tu estado mental. La implicación era clara. Cualquier intento de denunciar lo que había descubierto sería desacreditado.

La encerrarían en alguna institución mental o peor aún. Las novicias que llegaron la semana pasada”, dijo Lucía recordando a las tres jóvenes que apenas comenzaban su formación. Ellas son sus próximas víctimas. La sonrisa del padre Anselmo fue toda la confirmación que necesitaba. La pureza esencial para el ritual y la novicia Marisol tiene una pureza excepcional.

 Lucía pensó en Marisol apenas 18 años con una devoción y fe que conmovía a todas las hermanas. La idea de que esa joven inocente acabara como las víctimas cuyas memorias ahora invadían su mente era insoportable. No lo permitiré”, dijo con una determinación que sorprendió al propio sacerdote. “No podrás evitarlo, de hecho,” añadió con una sonrisa macabra, “serás tú quien me ayude a prepararla.

Jamás. La marca en tu frente no solo te conecta con las memorias de nuestras ofrendas pasadas, también te vincula a mí.” Sacó el rosario de dientes de entre sus ropas. Con cada Ave María que rezo con estas cuentas, tu voluntad se debilita un poco más. Pronto serás tan obediente como lo fue Anselmo para Guillermo.

 Lucía sintió un escalofrío al comprender que el joven Anselmo había sido corrompido de la misma manera, de víctima potencial, acómplice y, finalmente, a perpetuador del horror. Resistiré. Todas dicen eso al principio. El sacerdote guardó el rosario. Ahora regresa a tus obligaciones. Esta noche rezaré especialmente por ti, hermana. Cuando el padre Anselmo se marchó, Lucía se derrumbó en una silla temblando.

Tenía que hacer algo. Pero, ¿qué? Si lo que decía era cierto, incluso la diócesis podría estar al tanto de estas prácticas y haberlas encubierto. Necesitaba ayuda externa, alguien que no estuviera bajo la influencia de la iglesia. Recordó entonces a Miguel, el sobrino de la madre superiora, un joven periodista que ocasionalmente visitaba el convento y que había expresado interés en escribir sobre las leyendas e historia de los edificios religiosos de Oaxaca.

 Esa tarde, durante la hora en que se permitían las visitas, Miguel llegó para ver a su tía como solía hacer cada dos semanas. Lucía lo interceptó en el jardín antes de que entrara al despacho de la madre superiora. “Miguel, necesito hablar contigo”, dijo en voz baja, mirando nerviosamente alrededor para asegurarse de que nadie los observaba.

 El joven, de unos 30 años, con gafas y un aire intelectual, la miró sorprendido. Hermana Lucía siempre había sido reservada durante sus visitas anteriores. “Claro, hermana. ¿En qué puedo ayudarla? No aquí es delicado. Lucía dudó, consciente de que lo que estaba a punto de hacer violaba todas las normas del convento. “¿Podrías venir esta noche?” A las 11 en la puerta de servicio del jardín este, Miguel frunció el ceño intrigado y preocupado.

 “¿Está en problemas, hermana?” Todos lo estamos, especialmente las nuevas novicias. Lucía vio que la madre superiora se acercaba y añadió rápidamente, “Por favor, ven solo. No le digas a nadie, ni siquiera a tu tía.” Antes de que Miguel pudiera responder, Lucía se alejó, dejando al joven periodista confundido y con mil preguntas.

 Esa noche, mientras el convento dormía, Lucía esperó junto a la puerta de servicio. Cada sombra, cada ruido la sobresaltaba. La marca en su frente pulsaba dolorosamente y ocasionalmente fragmentos de memorias ajenas invadían su mente. Mujeres jóvenes suplicando por sus vidas, rituales macabros realizados en la habitación secreta del sótano.

 El padre Guillermo instruyendo al joven Anselmo en prácticas que desafiaban toda moralidad. Tres golpes suaves en la puerta anunciaron la llegada de Miguel. Lucía abrió con manos temblorosas. “Gracias por venir”, susurró guiándolo hasta un pequeño cobertizo de jardinería donde podrían hablar sin ser vistos. Miguel la observaba con preocupación.

 A la luz de la pequeña linterna que había traído, notó la palidez extrema de la hermana y el sudor que perlaba su frente a pesar del frío de la noche. “¿Qué ocurre, Vermana? Parece enferma.” Lucía respiró hondo. Lo que estaba a punto de contar era tan descabellado que temía que Miguel simplemente la tomara por loca.

 Lo que voy a decirte sonará imposible, pero te juro por Dios que es verdad. apartó su velo para mostrarle la marca en su frente. Todo comenzó cuando encontré esto en el sótano. Durante la siguiente hora, Lucía relató ocurrido. El rosario de dientes humanos, la habitación secreta, los rituales blasfemos, las memorias de las víctimas que ahora invadían su mente y finalmente la amenaza que pendía sobre las jóvenes novicias, especialmente Marisol.

 Miguel escuchaba su expresión pasando de la incredulidad inicial al horror a medida que Lucía revelaba detalles que nadie podría inventar. “Esto es monstruoso,” dijo finalmente, “si lo que dices es cierto, el padre Anselmo no solo es un asesino, sino que ha estado operando con algún tipo de protección desde dentro de la iglesia durante décadas.

 No tengo pruebas más allá de esto.” Lucía señaló la marca en su frente. “Y de las visiones que recibo, pero están planeando hacer algo horrible con Marisol pronto puedo sentirlo. ¿Has considerado acudir a la policía? ¿Con qué?” Visiones y una marca que podrían atribuir a autolón. Además, el padre Anselmo tiene influencia en toda la ciudad.

 Es confesor del comisario de policía. Miguel reflexionó por un momento. Necesitamos evidencia física, algo que corrobore tu historia. El rosario, el libro de piel humana en la habitación secreta, pero él los guarda consigo o bajo llave y las víctimas anteriores. Mencionaste que algunas novicias desaparecieron durante la época del padre Guillermo.

 Debe haber registros, personas que aún recuerden esos casos. Lucía asintió lentamente. En los archivos mencionan brevemente una investigación interna que nunca concluyó y hay una fotografía sacó la imagen amarillenta que había tomado de la biblioteca. Este es el padre Guillermo y el niño a su lado.

 Es Anselmo, completó Miguel estudiando la fotografía. Pero esto no puede ser. Si era un niño en los años 50, ahora debería ser un anciano. Él mencionó algo sobre vida eterna y absorber la fuerza vital de sus víctimas. Suena a locura, pero después de lo que he visto, Lucía se estremeció. Creo que de algún modo ha estado usando esos rituales para prolongar su vida.

Miguel guardó la fotografía. Esto es un comienzo. Puedo investigar sobre las novas desaparecidas. buscar en hemerotecas, entrevistar a ancianos que vivieran cerca del convento en aquella época. Un súbito dolor atravesó la cabeza de Lucía. Cayó de rodillas jadeando. Hermana Miguel se arrodilló junto a ella sosteniéndola.

Imágenes fragmentadas inundaron la mente de Lucía. El padre Anselmo en su habitación rezando con el rosario de dientes, cada ave María era como una puñalada en su cerebro. Podía sentir la voluntad del sacerdote intentando someterla. Está rezando con el rosario. Logró articular entre espasmos de dolor. Intenta controlarme.

 ¿Qué puedo hacer? La preocupación de Miguel era palpable. Debes llevarte a Marisol. sacarla del convento antes de mañana por la noche. Mañana, luna nueva. El ritual debe realizarse bajo la luna nueva. Las palabras salían entrecortadas mientras Lucía luchaba contra la invasión mental. Hermana, ¿necesitas ayuda médica? No. La vehemencia en su voz sorprendió a ambos.

Si me sacan del convento, no podré proteger a Marisol. Tengo que resistir”, respiró hondo intentando controlar el dolor. “Por favor, Miguel, investiga lo que puedas y mañana encuentra la forma de sacar a Marisol de aquí.” Miguel dudó. Todo esto parecía sacado de una película de terror, no de la vida real en el Oaxaca del siglo XXI.

 Sin embargo, el sufrimiento de Lucía era real, como lo era la marca en su frente. Lo haré, prometió finalmente, volveré mañana con lo que haya descubierto y encontraremos la manera de proteger a Marisol. Cuando Miguel se marchó, Lucía regresó sigilosamente a su celda. El dolor había disminuido, pero sentía su voluntad debilitada.

 Las palabras del padre Anselmo durante el ritual resonaban en su mente como un eco distante. Se arrodilló junto a su cama y, por primera vez en su vida, dudó antes de rezar. ¿A quién dirigía sus plegarias ahora? ¿Al Dios en quien había creído toda su vida? ¿O a algo más oscuro que parecía acechar en las sombras de su fe? Padre nuestro.

comenzó con voz temblorosa, aferrándose a la oración como un náufrago a un madero, “Que estás en los cielos.” Mientras rezaba, no notó la sombra que se deslizaba bajo su puerta, una sombra que no correspondía a ningún objeto físico y que se extendía por el suelo de su celda como un charco de tinta negra. Capítulo 3. La ceremonia.

 El amanecer trajo consigo un silencio anormal al convento de Santa María de los Ángeles. Incluso los pájaros que solían cantar en los jardines parecían haberse marchado como si presintieran que algo siniestro se avecinaba. Lucía se despertó con una sensación de pesadez, como si durante la noche hubiera envejecido décadas.

 La marca en su frente ya no dolía, pero ahora parecía haber oscurecido, adquiriendo un tono casi negro. Al mirarse en el pequeño espejo de su celda, notó algo más perturbador. Sus ojos, antes de un cálido marrón, mostraban ahora pequeñas betas rojizas alrededor del iris. El cambio era sutil, pero innegable. ¡Dios mío! Susurró.

 ¿Qué me está pasando? Las imágenes que habían invadido su mente durante la noche eran cada vez más vívidas, más coherentes. Ya no eran fragmentos aislados, sino recuerdos completos de las víctimas anteriores. Podía ver la historia completa del padre Guillermo y su joven aprendiz Anselmo. ¿Cómo habían descubierto antiguos textos en dialectos indígenas que hablaban de rituales para prolongar la vida, cómo habían comenzado a experimentar con ellos en secreto? Y lo peor, podía sentir la presencia del padre Anselmo en su mente como un

intruso que observaba sus pensamientos. Lo que más la aterrorizaba era que parte de ella empezaba a encontrar reconfortante esa presencia. Durante el desayuno, evitó mirar directamente a cualquiera de las hermanas, especialmente a Marisol. La joven novicia, de apenas 18 años servía con una sonrisa radiante, ajena al destino que el padre Anselmo había planeado para ella. Hermana Lucía, se encuentra bien.

La voz de Marisol la sobresaltó. Tiene un aspecto terrible. ¿Quiere que le traiga algo de la enfermería? La preocupación genuina en su voz hizo que Lucía se sintiera aún peor. Esta joven confiaba en ella como había confiado en todos los que habitaban el convento. Estoy bien, Marisol. Solo necesito descansar un poco.

 El padre Anselmo mencionó que usted y yo debemos preparar la capilla para una ceremonia especial esta noche, continuó Marisol con entusiasmo. Dijo que es un honor que nos haya elegido para esta tarea. Lucía sintió que su sangre se helaba. Era una trampa. El padre Anselmo estaba utilizando su posición para maniobrar a ambas exactamente donde las quería.

 una ceremonia especial. No me había informado. Oh, pensé que ya lo sabía. Es una ceremonia antigua. Dijo que rara vez se realiza algo relacionado con la purificación y renovación espiritual. Purificación y renovación. Lucía reconoció los eufemismos que el padre Guillermo había utilizado décadas atrás para describir los rituales a sus víctimas.

 En ese momento, el padre Anselmo entró al refectorio. Su mirada se cruzó con la de Lucía y una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios. Sabía que ella estaba al tanto de sus planes y quería que supiera que no podía hacer nada para detenerlo. Buenos días, hermanas. Saludó con su voz grave. Hermana Lucía, novicia Marisol, las espero en la capilla después del almuerzo para preparar todo para esta noche.

 Sí, padre, respondió Marisol con entusiasmo. Lucía simplemente asintió, incapaz de pronunciar palabra. Después del desayuno, Lucía buscó desesperadamente un momento para hablar con la madre superiora. Si bien el padre Anselmo había sugerido que cualquier acusación sería desacreditada, tenía que intentarlo. Encontró a Sor Beatriz en su despacho, revisando la correspondencia del convento.

 “Madre, necesito hablar con usted sobre algo grave”, comenzó Lucía cerrando la puerta tras sí. La anciana levantó la vista, su rostro mostrando preocupación inmediata al ver el estado de Lucía. Siéntate, hija. Te ves extremadamente pálida. Lucía dudó por un momento. ¿Cómo explicarlo inexplicable? Decidió ser directa. Es sobre el padre Anselmo.

 Creo que está planeando hacer daño a Marisol. La expresión de la madre superiora cambió sutilmente. Esa es una acusación muy seria, hermana. ¿En qué te basas para decir algo así? Lucía le contó sobre el rosario de dientes, la habitación secreta en el sótano y las visiones que había experimentado. Con cada palabra sentía que sonaba más y más delirante.

Cuando terminó, la madre superior aguardó silencio durante varios minutos. Finalmente suspiró profundamente. Hermana Lucía, siempre ha sido una de nuestras religiosas más dedicadas y sensatas. Es por eso que me preocupa especialmente lo que estoy escuchando. Madre, sé que suena imposible, pero le juro que es verdad.

 El padre Anselmo me informó que habías encontrado algunos objetos perturbadores en el sótano. Me advirtió que podrían haber afectado tu estado mental. La anciana se quitó las gafas, frotándose el puente de la nariz con cansancio. Nunca pensé que llegaría a este extremo. No me cree. La desesperación en la voz de Lucía era palpable.

 Creo que crees lo que dices, pero también creo que necesitas ayuda, hija. Tomó un sobre de su escritorio. He solicitado una consulta en el hospital psiquiátrico San Juan de Dios. El padre Anselmo estaba de acuerdo en que necesitas atención especializada. Lucía sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Era exactamente lo que el padre Anselmo había predicho.

 Cualquier intento de denunciarlo sería interpretado como un desequilibrio mental. Madre, por favor, al menos revise el sótano. Verá que digo la verdad. El padre Anselmo ya me mostró el sótano esta mañana. No hay ninguna habitación secreta, hermana. La madre superiora la miraba con genuina preocupación. Solo estanterías viejas y cajas de archivo.

 Lucía comprendió entonces que el sacerdote se había adelantado a sus movimientos. Probablemente había sellado la entrada a la habitación oculta antes de mostrarle el sótano a la madre superiora. Las ambulancias vendrán esta tarde después del almuerzo. Continuó la anciana. No te preocupes, hermana. Recibirás la mejor atención posible. Esta tarde. Lucía se levantó de golpe.

Pero, Marisol, la ceremonia. El padre Anselmo mencionó que habías desarrollado una preocupación obsesiva por Marisol. Te aseguro que está perfectamente a salvo. La ceremonia de esta noche es simplemente una vigilia especial. por el aniversario de la fundación del convento. Lucía comprendió que estaba atrapada.

 El padre Anselmo había cubierto todos los ángulos para cuando la ambulancia llegara, ella estaría sedada en un hospital psiquiátrico y Marisol enfrentaría sola lo que le esperaba. Salió del despacho de la madre superiora con la mente trabajando frenéticamente. Su única esperanza era Miguel. había prometido volver con información y ayudar a sacar a Marisol del convento, pero cómo contactarlo si la iban a internar esa misma tarde durante el almuerzo, apenas tocó su comida, observaba a Marisol, quien conversaba animadamente con otras novicias,

completamente ajena al peligro que la acechaba. El padre Anselmo, sentado en la cabecera de la mesa como era costumbre, mantenía una conversación casual con la madre superiora. De vez en cuando dirigía miradas penetrantes hacia Lucía, como recordándole su impotencia. Al finalizar la comida, mientras las hermanas se dispersaban para cumplir con sus obligaciones, Lucía vio su oportunidad.

 Las visitas al convento se permitían a partir de las 3 de la tarde. Si pudiera escabullirse hasta la puerta principal, quizás podría encontrarse con Miguel cuando llegara. Se dirigió rápidamente hacia su celda, tomó un pequeño crucifijo que había pertenecido a su madre y lo escondió entre sus ropas. No sabía si le serviría como protección contra lo que enfrentaba, pero se aferraba a cualquier símbolo de la fe que una vez había sido inquebrantable.

 Cuando se disponía a salir, encontró al padre Anselmo bloqueando su puerta. ¿Va a alguna parte, hermana? Su voz era suave, pero sus ojos revelaban una crueldad glacial. A la capilla, padre, para preparar la ceremonia. La novicia Marisol ya está allí, pero antes de que la acompañe, tenemos un asunto pendiente. Extrajo de entre sus ropas el rosario de dientes y comenzó a deslizar las cuentas entre sus dedos.

 Con cada cuenta, Lucía sentía que su voluntad se debilitaba. No puedo permitir que interfiera en lo que debe suceder esta noche, hermana. La marca en su frente la vincula a mí y es hora de que esa conexión se fortalezca. Lucía intentó resistirse, pero sus piernas parecían de plomo. No podía moverse, ni siquiera para retroceder. El padre Anselmo colocó el rosario alrededor de su cuello.

 El contacto con los dientes humanos era frío, como si cada cuenta absorbiera el calor de su piel. Arrodíllese, ordenó. Para su horror, Lucía sintió que su cuerpo obedecía automáticamente, cayendo de rodillas frente al sacerdote. Bien, ahora repita después de mí. Acepto la verdad que me ha sido revelada. Lucía apretó los labios, luchando contra la compulsión de repetir las palabras.

 La marca en su frente ardía como hierro al rojo vivo. Puede luchar, hermana, pero solo aumentará su sufrimiento. El ritual ya ha comenzado. Su mente, su voluntad me pertenecen ahora. El sacerdote sonrió. como me pertenecieron las de todas las que vinieron antes que usted. En ese momento, un ruido en el pasillo distrajo al padre Anselmo.

 Era la voz de la madre superiora llamando a Lucía. Hermana Lucía, los médicos han llegado antes de lo previsto. El sacerdote frunció el seño, claramente contrariado por la interrupción. Parece que nuestro tiempo se ha acortado murmuró. No importa. La marca hará su trabajo aunque no estemos juntos. Retiró el rosario del cuello de Lucía y lo guardó rápidamente.

 Levántese y actúe con normalidad, ordenó en voz baja. O Marisol sufrirá mucho más de lo necesario esta noche. Lucía se puso de pie justo cuando la madre superiora llegaba a la puerta de su celda. Ah, padre, está usted aquí. Quería informarle que los médicos del hospital han llegado para la hermana Lucía. Excelente madre.

 Justamente estaba ofreciendo algunas palabras de consuelo a nuestra hermana. El padre Anselmo adoptó una expresión de preocupación paternal. Estoy seguro de que con la ayuda adecuada pronto volverá a estar entre nosotros. La madre superiora asintió. Hermana, han traído ropa civil para ti. El doctor considera que será menos traumático si no llevas el hábito durante tu estadía en el hospital.

 Lucía comprendió que se trataba de su última oportunidad. Si la internaban, Marisol estaría perdida. Madre, por favor, intentó una vez más. Permítame al menos despedirme de Marisol. Hemos trabajado juntas estas últimas semanas y no creo que sea conveniente”, interrumpió el padre Anselmo. “La novicia está preparando la capilla y no debemos perturbar su concentración.

” La madre superior apareció dudar. “No veo el mal en una breve despedida, padre. Después de todo, no sabemos cuánto tiempo estará ausente la hermana Lucía. Antes de que el sacerdote pudiera objetar, añadió, “Yo misma la acompañaré. Los médicos pueden esperar unos minutos.” El padre Anselmo ocultó su irritación tras una sonrisa forzada.

 “Como usted disponga, madre, me adelantaré a la capilla para supervisar los preparativos.” Se marchó con pasos rápidos, no sin antes dirigir una última mirada amenazadora a Lucía. La madre superiora la guió por los pasillos del convento hasta la capilla. Lucía caminaba con la mente nublada, dividida entre la influencia creciente de la marca en su frente y su desesperada necesidad de advertir a Marisol.

 Al entrar en la capilla, vieron a la joven novicia arreglando flores en el altar. La luz que se filtraba por los vitrales coloreaba su rostro dándole un aspecto casi etéreo. Marisol, llamó la madre superiora, la hermana Lucía debe ausentarse por un tiempo por motivos de salud. Ha venido a despedirse. La novicia se volvió sorprendida.

 Al ver a Lucía, su expresión cambió a preocupación. Hermana, ¿está enferma? Parece tan pálida. Lucía se acercó a ella, consciente de que la madre superiora las observaba atentamente. Tenía que ser cuidadosa con sus palabras. Marisol, no me siento bien, comenzó eligiendo cada palabra. Es posible que no regrese para la ceremonia de esta noche. Oh, qué pena.

 El padre Anselmo dijo que sería algo muy especial. Precisamente por eso quería hablarte. Lucía bajó la voz esperando que la madre superiora no pudiera oírla. Sobre la ceremonia no es lo que parece. No debes. Un súbito dolor atravesó su cabeza impidiéndole continuar. La marca pulsaba violentamente como si castigara su intento de advertir a la novicia.

Hermana. Marisol la sostuvo mientras Lucía se tambaleaba. Está temblando. La madre superiora se acercó. rápidamente. Es por esto que necesita atención médica. Vamos, hermana. Los doctores esperan. Marisol logró articular Lucía a través del dolor. Si ves a Miguel, el sobrino de la madre superior hoy, habla con él, es importante.

 La confusión era evidente en el rostro de la joven, pero asintió. Lo haré, hermana. descanse y recupérese pronto. Mientras la madre superiora la conducía fuera de la capilla, Lucía vio al padre Anselmo emergiendo de la sacristía. La mirada que intercambiaron estaba cargada de significado. Él sabía que había intentado advertir a Marisol y ella sabía que él haría todo lo posible para evitar que Miguel interfiriera.

 En la entrada del convento, dos hombres con batas blancas esperaban junto a una ambulancia. Uno de ellos sostenía una carpeta con documentos que la madre superior afirmó rápidamente. Es por tu bien, hermana, dijo la anciana, apretando brevemente la mano de Lucía. Volverás cuando estés recuperada. Mientras la ayudaban a subir a la ambulancia, Lucía miró desesperadamente hacia la calle, esperando ver a Miguel.

Pero no había señales del joven periodista. Las puertas se cerraron y la ambulancia comenzó a moverse. A través de la pequeña ventana, Lucía vio por última vez el convento de Santa María de los Ángeles, sus muros de piedra ocultando secretos que se remontaban a décadas atrás. Uno de los enfermeros preparaba una jeringa.

 Esto la ayudará a calmarse durante el trayecto”, explicó con voz monótona. Lucía sabía que una vez sedada no habría forma de detener lo que ocurriría esa noche. La desesperación le dio fuerzas para un último intento. “Por favor”, rogó. “Necesito hacer una llamada antes. Es una emergencia.” El enfermero intercambió una mirada con su colega, quien conducía la ambulancia.

 Lo siento, señorita. Tenemos instrucciones específicas del padre Anselmo. Nada de comunicaciones hasta que haya sido evaluada por el psiquiatra. El nombre del sacerdote confirmó lo que Lucía sospechaba. Estos hombres estaban bajo su influencia, quizás incluso eran parte de su red de seguidores. Mientras sentía la aguja penetrar en su brazo, Lucía cerró los ojos.

 La sedación comenzó a extenderse por su cuerpo, pero en lugar de luchar contra ella, se concentró en la marca de su frente. Si el padre Anselmo podía utilizarla para establecer una conexión, quizás ella también podía aprovechar ese vínculo de alguna manera. Era su única esperanza para llegar a Miguel, para advertirle sobre lo que sucedería esa noche.

 Mientras la consciencia la abandonaba, Lucía enfocó todos sus pensamientos en el joven periodista, en Marisol, en el peligro inminente. La oscuridad la envolvió, pero antes de sucumbir completamente, creyó escuchar una voz distante, susurrando en su mente. Te veo, hermana, y ahora yo también veo lo que tú ves. Capítulo 4. Revelaciones.

 La luz parpade de un tubo fluorescente fue lo primero que Lucía vio al recuperar la conciencia. Se encontraba en una habitación austera con paredes de un blanco institucional y una pequeña ventana con barrotes que apenas dejaba entrar la luz del atardecer. El hospital psiquiátrico San Juan de Dios. Habían cumplido su amenaza de internarla.

intentó moverse, pero descubrió que sus muñecas y tobillos estaban sujetos a la cama con correas de cuero. La sedación aún nublaba su mente, haciendo que los pensamientos fluyeran lentamente como miel espesa. “¿Has despertado antes de lo previsto?” La voz sobresaltó a Lucía. Giró la cabeza para encontrarse con un hombre de mediana edad sentado en una silla junto a la cama.

 Vestía una bata blanca de médico, pero había algo extraño en él. Sus ojos tenían la misma mirada penetrante que Lucía había visto tantas veces en el padre Anselmo. ¿Quién es usted? Su propia voz sonaba áspera, distante. Dr. Valenzuela, estoy a cargo de tu caso, hermana Lucía. Se inclinó ligeramente hacia adelante. Aunque técnicamente debería llamarte solo Lucía ahora.

 No llevas el hábito y dadas tus delusiones, quizás sea mejor dejar de lado las formalidades religiosas por un tiempo. Lucía intentó enfocar mejor al hombre. No era solo su mirada. Había algo en su forma de hablar, en sus gestos que le resultaba perturbadoramente familiar. “Usted trabaja para él”, afirmó más que preguntó. El doctor sonrió levemente.

Trabajo para el hospital, por supuesto, pero si te refieres al padre Anselmo, digamos que compartimos ciertos intereses. La ceremonia. Lucía intentó incorporarse solo para ser detenida por las correas. Va a suceder esta noche. Tiene que detenerlo. La luna nueva es el momento perfecto para la renovación, respondió el doctor ignorando su súplica.

 El padre ha esperado pacientemente este ciclo. La novicia Marisol es una candidata excepcional. La confirmación de sus temores hizo que Lucía tirara desesperadamente de las correas. Es solo una niña, no puede permitir que le hagan daño. No se trata de hacer daño, Lucía, se trata de transformación. El doctor Valenzuela se levantó y revisó el gotero que conectaba con el brazo de Lucía.

 El sacrificio de uno permite la continuidad de otros. Es un equilibrio tan antiguo como la humanidad misma. Es asesinato, Lucía. Y usted es cómplice. El doctor ajustó la dosis del medicamento en el gotero. Prefiero verme como un facilitador de una tradición que trasciende nuestra comprensión moderna. El padre Guillermo nos mostró el camino hace más de 70 años y ahora somos docenas los que hemos recibido sus enseñanzas.

Docenas. El horror de la revelación golpeó a Lucía como un mazo. No era solo el padre Anselmo, era toda una red de seguidores infiltrados en diversos niveles de la sociedad oaxaqueña. médicos, abogados, policías, incluso algunos miembros del clero, todos beneficiándonos del conocimiento que los antiguos habitantes de estas tierras preservaron en sus códices conocimientos que la Iglesia intentó destruir durante la conquista.

 No hay nada divino en lo que hacen, es perversión. ¿Y qué no lo es? El doctor Valenzuela sonrió. La Iglesia ha utilizado el miedo, la culpa y la manipulación durante siglos. Al menos nosotros somos honestos sobre nuestros métodos y objetivos. Ajustó una última vez el gotero y se dirigió hacia la puerta. para cuando despiertes de nuevo, todo habrá terminado.

 La novicia Marisol habrá servido a un propósito mayor y tú, hizo una pausa observándola con interés clínico. Tú serás la nueva asistente del padre Anselmo. La marca en tu frente ya ha establecido la conexión. Solo falta completar el proceso. Miguel lo detendrá, dijo Lucía, sintiendo que la medicación comenzaba a adormecer nuevamente sus sentidos.

 Él sabe lo que está pasando. El Dr. Valenzuela rió suavemente. El joven periodista, me temo que ha tenido un desafortunado accidente esta tarde. Conducía demasiado rápido por esas carreteras de montaña tan peligrosas. El corazón de Lucía se hundió. Su última esperanza eliminada. No, no puede ser. Las palabras salían cada vez más arrastradas a medida que la droga hacía efecto.

 Descansa, Lucía, cuando despiertes verás el mundo con nuevos ojos. La puerta se cerró tras el doctor, dejando a Lucía sola con su desesperación y el creciente sopor de la sedación. Luchó por mantenerse consciente, pero sentía como su mente se deslizaba hacia la oscuridad. Cuando estaba a punto de sucumbir, sintió un pinchazo agudo en la frente.

 La marca pulsaba con una intensidad que nunca antes había experimentado. El dolor era tan severo que logró atravesar la bruma de la medicación, manteniéndola parcialmente lúcida. Y entonces lo sintió. El vínculo que el padre Anselmo había establecido funcionaba en ambas direcciones. Así como él podía acceder a su mente, ella podía acceder a la suya.

Cerrando los ojos, Lucía se concentró en esa conexión, permitiendo que su conciencia fluyera a través de ella como agua por una grieta. De pronto, ya no estaba en la habitación del hospital. veía a través de los ojos del padre Anselmo. El sacerdote se encontraba en la capilla del convento preparando el altar para la ceremonia.

 Había retirado la habitual mantelería blanca y colocado en su lugar un paño negro con símbolos rojos que Lucía no reconocía. El crucifijo había sido reemplazado por una extraña figura tallada en piedra oscura, reminiscente de las deidades prehispánicas. Marisol entraba en la capilla vistiendo una túnica blanca sencilla en lugar de su hábito de novicia.

 Parecía confundida, pero confiaba plenamente en el sacerdote. Padre, ¿dónde están las demás hermanas? Pensé que la ceremonia sería para toda la comunidad. Es una ceremonia especial, hija mía, solo para los elegidos. La voz del padre Anselmo sonaba distorsionada en la mente de Lucía, como si hablara desde el fondo de una caverna.

 Has sido seleccionada por tu pureza y devoción. Es un honor, padre. Marisol inclinó la cabeza con humildad. Pero me siento extraña. El té que me dio para preparar el espíritu me ha dejado algo mareada. Es normal. Ayuda a abrir la mente a las realidades superiores. El padre Anselmo la condujo hasta una silla situada frente al altar. No era una silla común, tenía correas en los brazos y en las patas.

 ¿Para qué son las correas, padre? La voz de Marisol mostraba las primeras señales de inquietud. Simple precaución, hija. Durante la ceremonia algunos experimentan movimientos involuntarios. Es para tu seguridad. Marisol dudó un momento, pero finalmente se sentó. La confianza ciega en la autoridad eclesiástica cultivada durante años la hacía vulnerable.

 Mientras el padre Anselmo aseguraba las correas alrededor de sus muñecas y tobillos, Lucía intentaba desesperadamente comunicarse con Marisol a través de la conexión. Huye, es una trampa, pero era inútil. Solo podía observar impotente. El sacerdote extrajo el rosario de dientes de entre sus ropas y lo colocó sobre el altar junto a diversos instrumentos que Lucía reconoció con horror.

 Un pequeño martillo, pinzas, un cuchillo ritual. Padre, la voz de Marisol temblaba ahora. Esto no parece una ceremonia de la iglesia. Es mucho más antigua que la iglesia, hija mía. El padre Anselmo encendió velas negras alrededor del altar. Los primeros habitantes de estas tierras comprendían que la vida eterna solo puede obtenerse a través del sacrificio.

 La sangre alimenta a los verdaderos dioses”, continuó el padre Anselmo, su voz adquiriendo un tono ritual. Y los dientes, los dientes preservan la esencia vital, el alma. El pánico comenzó a reflejarse en los ojos de Marisol. mientras intentaba liberarse de las correas. Esto es blasfemia. Suélteme inmediatamente. La blasfemia, querida niña, es negar el poder que existía en estas tierras mucho antes de que llegaran los españoles con su Dios crucificado.

 El sacerdote se acercó a ella con el pequeño martillo en la mano. Tu sacrificio servirá a un propósito superior. Tu esencia vital me permitirá continuar mi trabajo por muchas décadas más. A través de los ojos del padre Anselmo, Lucía podía ver el terror absoluto en el rostro de Marisol. La joven comenzó a rezar frenéticamente, lágrimas corriendo por sus mejillas.

 En ese momento, las puertas de la capilla se abrieron de golpe. La madre superiora entró, su rostro descompuesto por la conmoción al presenciar la escena. Padre Anselmo, ¿qué significa esto? La anciana avanzó decidida hacia el altar. Suelte a Marisol inmediatamente. El sacerdote se volvió visiblemente irritado por la interrupción.

 Madre, este asunto no le concierne. Regrese a sus aposentos. He sido tolerante con sus peculiaridades litúrgicas durante años, Padre. Pero esto la madre superiora se persignó al ver los símbolos en el altar. Esto es sacrilegio. Liberaré a la novicia y luego informaré al obispo. Mientras la anciana se acercaba a Marisol, el padre Anselmo extrajo un pequeño frasco de entre sus ropas.

 Con un movimiento rápido, arrojó su contenido al rostro de la madre superiora. La mujer se tambaleó tosiendo y jadeando. ¿Qué? ¿A qué me ha hecho un sedante nada más? No puedo permitir interferencias esta noche. El sacerdote sostuvo a la anciana mientras se desplomaba, “¡Descanse, madre! Mañana no recordará nada de esto.

” Recostó el cuerpo inconsciente de la madre superiora en un banco lateral y regresó su atención a Marisol, quien había aprovechado la distracción para intentar aflojar las correas. “La perseverancia es una virtud, pero en este caso inútil.” El padre Anselmo ajustó nuevamente las ataduras. Ahora continuemos donde nos quedamos.

 Desde su cama de hospital, Lucía luchaba contra la sedación, concentrándose intensamente en la conexión mental. Si podía ver a través de los ojos del padre Anselmo, quizás también podría influir en él de alguna manera. enfocó toda su voluntad, toda su rabia y desesperación, enviándolas a través del vínculo como una descarga eléctrica.

 El efecto fue inmediato. El padre Anselmo se tambaleó soltando el martillo que sostenía. Llevó ambas manos a su cabeza gruñiendo de dolor. “¿Qué es esto?”, murmuró confundido. “¿Quién? ¿Puedo verte?”, proyectó Lucía mentalmente. “Así como tú me ves a mí.” El sacerdote se enderezó reconociendo la presencia en su mente. Impresionante, hermana Lucía.

 No esperaba que pudiera utilizar la conexión en ambas direcciones, pero es demasiado tarde. Recuperando la compostura, el padre Anselmo volvió a tomar sus instrumentos. Observa, hermana, observa y aprende el ritual que pronto tú misma realizarás. Se inclinó sobre Marisol con el martillo y las pinzas.

 La joven soyloosaba incoherentemente, alternando entre rezos y súplicas. En ese momento crítico se escuchó otro estruendo en la entrada de la capilla. Miguel apareció en el umbral acompañado por dos oficiales de policía. “Allí está!”, gritó Miguel, señalando al padre Anselmo. “Tal como les dije, el sacerdote se giró, su rostro contraído por la furia y la incredulidad.

 Tú deberías estar muerto. El accidente fue real, padre”, respondió Miguel, mostrando un brazo vendado, pero no lo suficientemente grave para impedir que trajera ayuda. Los oficiales avanzaron con las armas desenfundadas. Padre Anselmo Vázquez queda detenido por intento de secuestro y agresión. A través del vínculo mental, Lucía podía sentir la furia del sacerdote transformándose rápidamente en cálculo frío.

 Reconoció a uno de los oficiales y una leve sonrisa se formó en sus labios. Oficial Ramírez saludó con sorprendente calma. Ha habido un malentendido. Estábamos realizando una representación para la Pascua. La novicia es voluntaria. El oficial Ramírez vaciló bajando ligeramente su arma. Lucía comprendió que era uno de los seguidores del padre Anselmo, infiltrado en la policía como había mencionado el doctor Valenzuela.

 No lo escuchen”, gritó Marisol desde la silla. “Intenta matarme. Dice que necesita mis dientes para algún tipo de ritual pagano.” El otro oficial, más joven y evidentemente no parte de la red del sacerdote mantuvo su postura firme. “Señor, apártese de la joven ahora.” Miguel se adelantó mostrando su teléfono. “Tengo pruebas. Fotografías de la habitación secreta en el sótano, el libro de piel humana.

Documentos sobre las desapariciones de novicias en los años 50. Blasfemias y mentiras, rugió el padre Anselmo. Pero Lucía podía sentir su pánico creciente. A través del vínculo percibió sus pensamientos desesperados. Necesitaba completar el ritual esa noche o su tiempo se acabaría. La prolongación antinatural de su vida, conseguida mediante sacrificios anteriores, estaba llegando a su fin.

 El oficial Ramírez intercambió una mirada con el padre Anselmo, una comunicación silenciosa que Lucía captó claramente. Distraería al otro policía para que el sacerdote pudiera escapar. García, dijo Ramírez a su compañero, revisa el estado de la anciana. Yo me encargaré del padre. Mientras el oficial García se acercaba a la madre superior a inconsciente, Ramírez fingió acercarse al padre Anselmo, pero su postura evidenciaba que no tenía intención de arrestarlo.

 Lucía comprendió que tenía que actuar ahora. Con un esfuerzo sobrehumano, concentró toda su energía en la marca de su frente, enviando un último impulso a través de la conexión mental. “Tus pecados serán revelados.” proyectó con toda la fuerza de su voluntad. El efecto fue inmediato y devastador. El padre Anselmo gritó llevándose las manos a la cabeza.

 Ante los ojos atónitos de todos los presentes, comenzó a envejecer rápidamente. Su piel se arrugó. Su cabello se volvió completamente blanco. Sus manos se cubrieron de manchas seniles. No ahulló mirando sus manos envejecidas. El ritual. Debo completar el ritual. En un último acto de desesperación se abalanzó sobre Marisol con el cuchillo ritual.

 El oficial García reaccionó instintivamente disparando dos veces. El padre Anselmo se desplomó frente al altar, el cuchillo cayendo de sus manos temblorosas. Sangre oscura, casi negra, comenzó a extenderse bajo su cuerpo. Miguel corrió a liberar a Marisol mientras el oficial García verificaba el estado del sacerdote caído.

 El oficial Ramírez permanecía inmóvil, como paralizado por lo que acababa de presenciar. Está muerto”, anunció García comprobando el pulso del anciano. “Dios mío, vieron como envejeció de repente. Nunca había visto algo así. En el hospital, Lucía sintió que el vínculo se desvanecía con la muerte del padre Anselmo. La marca en su frente ardió una última vez y luego se apagó, como una brasa que finalmente se consume.

 Con la conexión rota, la sedación volvió a apoderarse de ella. Lo último que percibió antes de perder la consciencia fue una sensación de paz. Marisol estaba a salvo. El horror había terminado, o eso creía. Despertó horas más tarde con los primeros rayos del amanecer filtrándose por la ventana de su habitación de hospital.

 La sedación había disminuido, dejando solo un leve mareo y sequedad en la boca. Para su sorpresa, ya no estaba atada a la cama. Se incorporó lentamente tocando su frente. La marca había desaparecido sin dejar cicatriz alguna. La puerta se abrió y entró una enfermera. Oh, está despierta. Excelente. Tiene visitas. Antes de que Lucía pudiera preguntar quién la visitaba, Miguel y Marisol entraron en la habitación.

 La joven novicia corrió a abrazarla. Lágrimas de alivio en sus ojos. Hermana Lucía, gracias a Dios está bien. Estábamos tan preocupados. Miguel se acercó con una sonrisa cansada. Su brazo izquierdo estaba en cabestrillo y tenía varios cortes en el rostro. El accidente fue real, como le dije al padre Anselmo, pero logré llegar al convento a tiempo.

¿Qué pasó después?, preguntó Lucía, su voz aún débil. Es complicado, respondió Miguel sentándose en la silla junto a la cama. El oficial Ramírez intentó encubrir todo, pero el otro policía García, ya había llamado a refuerzos. Cuando llegaron y vieron la escena en la capilla, el altar profanado, los instrumentos de tortura, el rosario de dientes, el rosario, interrumpió Lucía, ¿dónde está ahora? Confiscado como evidencia junto con el libro y otros artefactos encontrados en la habitación secreta del sótano. Marisol apretó la

mano de Lucía. Lo que intentó hacerme, lo que le hizo a otras antes que yo, es monstruoso. Y no actuaba solo, añadió Lucía, recordando las revelaciones del doctor Valenzuela. Hay otros médicos, policías, quizás incluso sacerdotes. Lo sabemos, confirmó Miguel. El doctor que la sedó aquí ha desaparecido y el oficial Ramírez está siendo investigado.

Pero la red parece extensa y con ramificaciones en altos niveles. La Iglesia intentará minimizar el escándalo. Continuó. Ya están circulando rumores sobre la enfermedad mental del padre Anselmo, sugiriendo que actuó solo, víctima de delirios. Y la madre superiora, preguntó Lucía. Está bien, aunque profundamente conmocionada, respondió Marisol.

 El sedante que le administró el padre Anselmo no era muy fuerte. Despertó poco después de que llegara la policía. Miguel extrajo una pequeña libreta de su bolsillo. He estado investigando más a fondo. El padre Guillermo Vargas no fue el primero. Hay registros que sugieren que estas prácticas podrían remontarse a los primeros años después de la conquista.

Sacerdotes españoles que descubrieron antiguos textos y rituales indígenas y en lugar de destruirlos como ordenaba la Iglesia, comenzaron a experimentar con ellos en secreto. Una tradición oculta. murmuró Lucía, pasada de mentora a aprendiz durante siglos. Exactamente. Y aunque el padre Anselmo está muerto, es probable que haya entrenado a otros que continuarán su legado.

 Un escalofrío recorrió la espalda de Lucía. La pesadilla no había terminado realmente, solo habían eliminado una de sus manifestaciones. “¿Hay algo más?”, añadió Miguel bajando la voz. Cuando examinaron el cuerpo del padre Anselmo, los médicos quedaron desconcertados, no solo por el envejecimiento súbito que todos presenciamos, sino porque, según sus análisis preliminares, sus órganos internos mostraban signos de deterioro consistentes con una edad de más de 100 años.

 105 para ser exactos”, dijo Lucía, recordando la fotografía de 1953 con el joven Anselmo como monaguillo. Nació en 1941. Miguel y Marisol la miraron asombrados. “¿Cómo lo sabes?”, preguntó Marisol. Lo vi en su mente”, respondió Lucía simplemente a través de la marca que puso en mi frente. La conexión funcionaba en ambas direcciones. Se produjo un silencio mientras ambos asimilaban esta revelación.

 Finalmente, Miguel habló. He hablado con algunos editores. Quieren que escriba sobre esto, no como una historia sensacionalista, sino como una investigación seria sobre el abuso de poder dentro de la iglesia. el encubrimiento de crímenes y la manipulación de la fe. “Tendrás que ser cuidadoso,” advirtió Lucía. “Los que quedan intentarán silenciarte.

” Lo sé, pero algunas historias necesitan ser contadas sin importar el riesgo. La enfermera regresó indicando que el tiempo de visita había terminado. Mientras Miguel y Marisol se preparaban para marcharse, Lucía los detuvo. “Hay algo más que deben saber”, dijo con voz grave. “Los dientes en ese rosario no son simples objetos.

 Contienen memorias, fragmentos de las almas de quienes fueron sacrificadas. ¿Qué quieres decir?, preguntó Miguel. Que no deben ser destruidos ni enterrados sin más. Esas jóvenes merecen descanso, justicia. Sus historias deben ser conocidas. Miguel asintió solemnemente. Me aseguraré de ello. Después de que se marcharan, Lucía permaneció sola con sus pensamientos.

 La marca había desaparecido de su frente, pero sentía que parte de la oscuridad que había experimentado permanecía dentro de ella. Había vislumbrado un mal antiguo y profundo, uno que se había arraigado en las mismas instituciones destinadas a combatirlo. Esa noche, mientras contemplaba la luna creciente desde la ventana de su habitación, Lucía tomó una decisión. no volvería al convento.

 Su fe seguía intacta, pero su confianza en la institución se había quebrado irremediablemente. Dedicaría el resto de su vida a buscar y exponer a los seguidores restantes del culto, a proteger a los inocentes, que como Marisol podrían convertirse en víctimas de aquellos que torcían la fe para sus propios fines perversos.

 El rosario de dientes humanos había revelado una verdad aterradora. A veces el mayor mal se esconde detrás de los símbolos más sagrados y aquellos en quienes depositamos nuestra confianza más ciega pueden ser los que albergan las intenciones más oscuras. Mientras las estrellas brillaban sobre Oaxaca, Lucía rezó no al Dios institucionalizado de su formación religiosa, sino a algo más fundamental y puro, una fuerza de bondad que trascendía dogmas y rituales, una luz capaz de penetrar incluso en las tinieblas más profundas, y en la quietud

de la noche sintió que esa luz le respondía. M.