A finales del siglo XIX, después de las guerras de secesión, en aquellas tierras del norte, donde el sol quiebra la roca

y el silencio pesa como plomo, los lagartos del desierto sembraban el terror, no para sí mismos. El notable y

maldecido Silas, el tigre del desierto, Draven, jefe de la banda, alardeaba de

ser el más buscado y temido de la región. Pero cuando toca la flor más preciada del ascendado Basilio, puso tras de sí a

un misterioso hombre que no dejaba huellas, un pistolero de mirada oscura y manos rápidas como un maldito relámpago

enfurecido. Un hombre sin tiempo, sin tierra y que vagaba libre, pero sin libertad, que

encuentra el final de su viaje en un pueblo que olvidó su voz hasta que alguien se atrevió a escucharla.

La redención de bronce, el implacable. Antes de seguir, dime en los comentarios

desde dónde me acompañas esta noche. Y si esta historia empieza a moverte el alma, asegúrate de suscribirte, porque

lo que viene después te va a volar el sombrero.

Nadie sabía su nombre verdadero. Para los hombres que vivían entre las dunas secas y las mesetas de polvo, él era

simplemente bronce. Como el metal viejo, resistente, forjado en el calor de mil fuegos, endurecido

por la sangre ajena y la propia. Decían que una vez fue soldado. Otros

afirmaban que lo vieron caminar solo por el infierno del desfiladero de San Judas, cargando el cadáver de un

criminal con precio en la cabeza y el suyo propio hecho pedazos por la metralla. regresó vivo y desde entonces,

cuando entraba a una cantina, los dados dejaban de girar y hasta el piano parecía afinarse.

Su silueta, larga y delgada era inconfundible, botas negras cubiertas de polvo rojo, un abrigo de cuero raído que

ondeaba como un estandarte y el sombrero ladeado que nunca se quitaba ni ante Dios ni ante el juez.

El revólver a su cintura, una cot modificada, parecía dormir, pero quien se confiaba no vivía para contar el

error. Vivía en movimiento. Cruzaba pueblos, montañas, cañones. Dormía donde lo

sorprendiera la noche. Su caballo, un alazán oscuro llamado ceniza, parecía

haber sido hecho del mismo viento caliente del desierto. Nadie sabía hacia dónde iba hasta que llegaba. Y cuando

llegaba no venía a saludar. Un día cualquiera, mientras el sol del

oeste caía con furia sobre el tejado de Santa Loba, un pequeño poblado de adobe y cicatrices, bronce desmontó frente al

único edificio con persianas nuevas, la oficina del juez y terrateniente Silas Greley.

La gente miró desde la sombra de los porches. Murmullos sordos. Una madre sujetó a su niño. Un viejo

escupió al suelo. El jinete de rostro endurecido a toó su caballo. Subió los escalones de madera

con el sonido hueco de un entierro y tocó la puerta con los nudillos

tres veces. Como quien no pregunta si puede entrar. Un criado lo dejó pasar sin decir

palabra. El salón estaba perfumado con la banda importada y las paredes colgaban retratos de un pasado que Silas

jamás vivió. En el centro, bajo la luz de un gran ventanal, el terrateniente

bebía brandy y acariciaba un reloj de bolsillo. Tenía bigote encerado, ojos

fríos y una voz tan suave como un cuchillo afilado. “Dicen que usted no pregunta cuánto,

solo para qué”, dijo Silas sin invitarlo a sentarse. Bronce permaneció en pie.

No respondió. Sila sonrió. Me han robado algo muy valioso. No oro,

no ganado. Una mujer, una joven sirvienta. Oriental.

Su nombre es Lian Jua. La trajeron de San Francisco legalmente, dijo, casi

susurrando esa palabra como si le pesara en la lengua. La raptaron hace dos noches. Creo que fue obra de una banda

del sur. Uno de ellos se hace llamar el tigre del desierto.

Bronce no pestañó. ¿Cuánto? Preguntó al fin.

Silas bebió un sorbo lento. Mil ahora. 1 cuando regrese con ella. El

cazador miró hacia la ventana. Afuera, el pueblo dormía en la costra de su propia resignación.

Dentro el aire olía a cuero fino y fruta podrida. ¿Está viva?”, preguntó Bronce.

“Silas dudó un segundo, luego asintió. La quieren para pedir rescate o para

otras cosas, pero ella es especial, educada,

discreta, muy servicial. No soy cobrador de deudas.” “¡No”, dijo

Silas inclinándose hacia él. ¿Es usted un hombre que sabe recuperar lo perdido?

Hubo un silencio denso. Antran se giró, salió sin mirar atrás y montó a ceniza.

El pueblo lo vio alejarse por el horizonte rojizo. El polvo se levantó tras sus pasos. Alguien dijo, “Si bron

se va tras ella, que los demonios se apiaden de los que la tienen.” ¿Estás escuchando Ozakar Radio,

narraciones que transportan? [Música]

Pero Bronce no pensaba en demonios, pensaba en el rostro del hombre que lo había contratado y en la voz vacía con

la que dijo ella es especial. La brisa del desierto arrastraba consigo un polvo fino, casi rojo, que se colaba

por debajo de las puertas y se adhería a las botas como el recuerdo de una promesa rota. En los pilares, el sol

partía las tejas al mediodía y los hombres aprendían a hablar poco y mirar menos.

Fue en ese aire seco donde Bronce se topó con el encargo más incómodo que le habían ofrecido en años.

No hubo protocolos. Entró en la cantina y fue directo a la mesa donde un hombre vestido con lino

blanco bebía whisky sin hielo como si lo necesitara para calentar su sangre.

Basilio Argomedo, el patrón del valle, lo esperaba con una sonrisa que no alcanzaba a los ojos.

“Usted es bronce”, dijo, como quien constata una leyenda. El cazador no respondió, se sentó frente

a él, apoyó los guantes de cuero sobre la mesa y dejó que hablara. Se llevaron a una sirvienta China. Lian

Jua, joven silenciosa. Hace dos noches fue raptada por un grupo

que se hace llamar los lagartos del desierto. Su líder, le dicen el tigre.

Bron había oído hablar de ese nombre. Un forajido nacido del polvo y la violencia, cuyos hombres cometían

atrocidades por puro gusto. Aquello no era un secuestro para obtener rescate,

era venganza o diversión retorcida. ¿La quiere de vuelta?, preguntó el

cazador sin levantar la voz. Entera y viva, sin marcas. Le pagaré