Su padre Eulalio Gonzales piporro nunca lo quiso

En el inmenso y contradictorio universo del cine mexicano, donde la fama convivía con el silencio y las sonrisas ocultas, existió una historia que durante décadas fue susurrada entre pasillos, escondida en los archivos olvidados de los periódicos provincianos y silenciada por miedo al escándalo.

 Una historia que de ser confirmada habría estremecido los cimientos de la comedia nacional y ensombrecido la imagen del hombre que hizo reír a todo México. Me refiero a Eulalio González Pipor, icono indiscutible de la época dorada del cine y la televisión mexicana. Pero antes de comenzar quiero manifestarles que el objetivo de este canal es informarles a través de investigaciones en periódicos, revistas, libros e internet sobre la vida y obra, pero sobre todo aquellos aspectos que por algún infortunio padecieron estos grandes de la farándula, los cuales

galardonaron el cine y la televisión mexicana. Por tanto, en ningún momento se tiene la intención de difamar o lastimar la imagen de estos grandes. Sin más, comenzamos. Todo comenzó en el año de 1938. Juan de Ulali era un joven inquieto, lleno de sueños y ambiciones que viajaba por distintos estados del país buscando trabajo en ferias, estaciones de radio y compañías teatrales itinerantes.

 Su carisma natural, su forma tan norteña de hablar y su facilidad para improvisar chistes le habían ganado simpatías entre empresarios y productores. Sin embargo, en esos años tempranos, su vida sentimental era un caos. ¿A dónde iba? Dejaba corazones rotos, promesas incumplidas, un rastro de ilusiones que jamás volverían a repetirse.

 En una de aquellas giras, el destino lo llevó al estado de Guerrero, donde una noche cálida de verano en el puerto de Acapulco, aún lijano del turismo internacional, conoció a una joven de belleza exótica que lo marcaría para siempre. Su nombre era Lina, hija de comerciantes libaneses establecidos en la región.

 Ella no tenía más de 19 años y poseía un magnetismo que contrastaba con su inocencia. Sus ojos oscuros y su piel aceitunada encantaron al joven Eulali, que por aquel entonces apenas comenzaba a hacerse un hombre en la radio local. Aquella relación fue intensa, secreta y peligrosa. Lina provenía de una familia conservadora y su padre, un hombre severo y poderoso en la comunidad, jamás habría permitido que su hija se involucrara con un artista ambulante, mucho menos con un comediante norteño sin apellido de peso ni fortuna que ofrecer.

Pero el amor o tal vez el deseo se impusieron a la prudencia. Durante varias semanas se vieron escondidas encontrándose en una vieja casa de madera frente al mar donde Ulalio solía hospedarse entre funciones. Ahí, entre el ruido de las olas y el calor del trópico, vivieron un romance que él recordaría toda su vida, aunque jamás se atrevería a confesar.

Una noche, antes de que partiera con su compañía teatral hacia Veracruz, Lina le dijo en voz temblorosa que quería contarle algo importante. Pero Eulalio, apurado por el viaje y cegado por su deseo de triunfar, le pidió que esperara su regreso. Aquel regreso nunca ocurrió. Días después, una tormenta arrasó la cost, destruyó los caminos y la comunicación con la región quedó cortada por semanas.

 Cuando Eulalio volvió a escribir, nadie respondió. Supuso que Lina lo había olvidado y así con el paso de los meses, el recuerdo de aquel amor se disolvió entre las luces del éxito y las sombras de la indiferencia. Pero la vida tenía preparada una ironía devastador. 9 meses después de su partida, en una clínica privada de Chilpancingo nacía un niño.

Lina lo llamó Juan. El apellido del padre jamás fue registrado. Sin embargo, según testigos de la época, la madre solía murmurar entre lágrimas y nostalgia. Su padre está cantando en la radio y no lo sabe. Juan creció sin conocer su origen. Fue un niño reservado, apasionado por la música, con una voz tan peculiar que los maestros del colegio decían que parecía heredada de alguien que había nacido para el espectáculo.

 Desde muy joven empezó a destacar en festivales, imitaba artistas, componía melodías y soñaba con los escenarios. Su madre, envejecida por la tristeza, jamás le habló de aquel amor del pasado. Guardó silencio incluso cuando la enfermedad empezó a consumirla. A mediados de los años 60, cuando la industria del entretenimiento mexicano vivía una nueva edad con la televisión, como centro de todo, Juan Gallardo, ya convertido en un joven atractivo y talentoso, se mudó a la Ciudad de México en busca de una oportunidad.

Después de años de esfuerzo, su voz comenzó a escucharse en programas de variedades y su nombre empezó a aparecer en los créditos de telenovelas y películas. Su carisma era innegable, pero había algo más. Su físico, su tono de voz y su manera de hablar recordaban a un actor muy famoso. Tan famoso que era imposible no notar la coincidencia.

Ese actor era Ulalio González el Pipor.Los periodistas lo notaron primero. Algunos escribieron discretos comentarios en columnas de Farandol, insinuando que entre ambos había una semejanza inquietante, pero nadie se atrevía a decirlo abiertamente, hasta que en 1980 un periodista de una pequeña revista de Guerrero publicó un artículo que sacudiría los cimientos de la prensa del espectáculo.

Una fuente cercana a la familia de Juan Revela que el famoso actor y cantante Ulalio González, mejor conocido como el Piporro, podría ser el padre biológico del actor y cantante Juan Gallardo. Nac, fruto de un romance secreto con una joven libanesa. La nota pasó casi desapercibida en la capital, pero en los círculos más cercanos al medio se convirtió en un rumor que nadie quería confirmar ni desmentir.

La versión señalaba que el piporro habría recibido una carta Non, posiblemente enviada por una tía de Lin, en la que se le revelaba toda la verdad. En ella, la mujer le explicaba que Juan era su hijo, que Lin había muerto hace algunos años y que el muchacho había crecido soñando conseguir sus pasos en el mundo del espectáculo.

Dicen que cuando Ulaliio leyó aquella carta, el color se le fue del rostro. Se encerró durante horas en su estudio sin permitir que nadie lo molestara. No hubo lágrimas visibles, pero quienes lo conocían afirmaron que desde ese día algo cambió en él. Su risa, siempre espontánea y contagiosa, se volvió forzada.

 Su mirada se volvió más triste y su carácter más reservado. El piporro nunca negó públicamente aquella versión, pero tampoco la aceptó. guardó el silencio como escudo, quizás por miedo al scan, quizás por culpa o por vergüenza. Sabía que si la noticia se confirmaba, su imagen pública construida con años de trabajo y una reputación intachable se vería afectada y en ese entonces un escándalo de paternidad fuera del matrimonio podría ser devastador para una figura tan querida.

Muchas gracias y hasta la próxima.