Si pasas por el desierto de Chihuahua, vas a escuchar historias sobre el hombre que intentó vender a Pancho Villa por

plata. Los viejos las cuentan al pie del fuego en noches de luna que parece

sangre roja sobre la tierra resquebrajada. Cuentan sobre un traidor

que creyó poder engañar a quien ya conocía todos los secretos del Mesquital. Y esa historia, compa, no es

como las otras, porque en ella la traición no consiguió sorprender a quien

estaba siempre esperando por la bala que vendría de atrás. En ella, el se

vio sorprendido por el ángel, solo que el ángel aquí estaba hecho de sangre,

plomo y ganas de justicia. La noche en la sierra de Durango tenía un silencio que no era de paz. Era el silencio de la

desconfianza, aquel que respira junto con los hombres desesperados. El chaparral dormía bajo un manto de

oscuridad tan profunda que parecía que la propia noche tenía miedo de aquel

desierto. En la gruta más profunda de la sierra, donde la roca se abría en herida

roja contra el cielo, Pancho Villa y su banda descansaban. ni dormían ni

despertaban completamente, solo esperaban, como víboras en acecho, el próximo amanecer que traería nuevas

amenazas u nuevas oportunidades para cobrar el precio del norte. Era el año

de 1913, septiembre, cuando el calor quemaba todavía las tripas de los hombres,

incluso durante la madrugada. La llama del fuego temblaba con colores de oro y sangre, lanzando sombras danzantes en

las paredes de la gruta, que parecían almas en pena intentando liberarse. El

olor de la carne asada se mezclaba con el olor agudo del sudor que venía de

todos esos hombres cansados, desesperados por la vida que llevaban.

El humo subía espeso, pesado, llevando consigo el aroma de la tierra seca que

había quemado el pulmón de cada uno de ellos hace tanto tiempo que ya ni recordaban el sabor del aire fresco. En

la boca de la gruta, las antorchas crepitaban como si conversaran con los demonios de la noche. Ramas secas

quemaban y con ellas parecía que las propias esperanzas se iban al polvo en

forma de cenizas. Rodolfo estaba recostado contra una roca lisa, pulida

por el tiempo y por sangre de enemigos. Su rifle junto a él, afilado lo bastante

para cortar cabello que cayera en él. Los ojos semicerrados, pero completamente alerta, de esa forma que

solo los hombres criados en la violencia conseguían mantener. Su mano descansaba

sobre el cañón del Mauser y sus dedos se movían lentamente, de forma rítmica,

como si tocara un instrumento misterioso que solo él conseguía oír. Santana

verificaba las municiones de su Winchester con la precisión de quién sabe que cada bala puede significar la

diferencia entre continuar vivo o convertirse en comida para los buitres. Contaba cada cartucho, repitiendo en voz

baja los números, como si rezara una oración. Sus labios se movían

murmurando, y sus ojos estaban fijos en ese trabajo como si fuera lo más

importante del universo, porque lo era. Munición es vida, munición es poder.

Munición es la diferencia entre el cazador y la presa. Pero Villa, Villa

estaba de pie, de ojo vivo, observando, siempre observando. Su sarape de lana

desgastado, roto en más de un lugar, contaba historias de plomo y puñaladas.

Su sarape era una enciclopedia de batallas, de enfrentamientos, de noches

en que la muerte casi lo llevaba, pero él consiguió escapar. Su sombrero de ala

ancha, marcado por la tierra y la sangre colgaba sobre sus ojos que parecían ver

más allá de la noche. Veía el miedo antes que el miedo naciera. Veía la traición antes que la traición se

pensara. Su barba crecida, negra como alas de cuervo, enmarcaba un rostro que

había perdido la capacidad de mostrar compasión hace mucho, muchísimo tiempo.

Pero había algo en sus ojos que la mayoría de los hombres no reconocía. Inteligencia pura, cruda, sin adornos.

Villa no era apenas violento, era calculista. Era un ajedrez vivo en medio

del desierto bravío. Era el con cara de gente o sería la gente con alma

de Nadie sabía decir. Villa fumaba un cigarro de hoja y el humo

subía en espirales que parecían dibujos de brujería. Sus ojos seguían cada movimiento de la banda, cada

respiración, cada vacilación. Conocía a todos esos hombres como conocía los

dedos de su propia mano. Conocía los miedos de ellos, los deseos de ellos,

las debilidades de ellos. Porque en el desierto la debilidad es un perfume que

los fuertes conseguían sentir de muy lejos. Y Villa era el más fuerte de

todos. Era el rey del desierto, el señor de las grutas, el dueño de las noches

que quemaban. Fierro dormía lejos de los otros, próximo a la entrada de la gruta,

como aquellos que todavía no ganaban la confianza total. Tenía apenas tres meses

con la banda, apenas tres lunas que pasaban. Antes de eso, sus manos cavaban

tierra en Hacienda, que pertenecía al terrateniente Víctor Huerta, uno de esos

hombres que robaban el sudor ajeno como si fuera derecho divino. Huerta poseía

5,000 hectáreas de tierra roja. Y todo que crecía en ella era para llenar su

bolsillo gordo y su barriga más gorda aún. Fierro lo había golpeado una vez,

una única vez, porque tropezó mientras cargaba un costal de maíz que pesaba más

que un niño. Una única paliza enfrente de todos los otros compañeros, 20, 30

golpes de látigo en la espalda desnuda, mientras el terrateniente reía y bebía

pulque. Eso fue suficiente. Hierro huyó aquella noche caminando descalzo por el

desierto, dejando rastro de sangre en las piedras. Semanas después encontró a

Villa. El general lo recibió con esa mirada que medía el peso del alma del hombre. ¿Sirves?, preguntó simplemente.

Fierro respondió que sí y sí, él había servido hasta ese momento. Pero el

hambre, la desconfianza y principalmente la avaricia son cosas malas, muy malas,

de verdad. Son venenos que corró en la lealtad, como la errumbre corró del

hierro. La barba de fierro todavía estaba suave y sus ojos todavía guardaban un poco de inocencia. Tenía 25