El abogado del millonario huyó en pleno juicio. Todos celebraban su caída, pero

cuando la mujer de limpieza tomó el micrófono, lo que reveló, dejó a la corte entera sin respiración. La Sala

del Tribunal Superior de Justicia Comercial nunca había estado tan llena. Cada asiento ocupado, personas de pie

contra las paredes, periodistas con libretas abiertas esperando el momento exacto para capturar la noticia que

todos anticipaban. La destrucción pública de Sebastián Montero, el empresario más odiado del país. Elena

Vargas empujaba su carrito de limpieza por el pasillo lateral, invisible como siempre. Llevaba años trabajando en el

bufete jurídico continental, limpiando oficinas mientras los abogados discutían casos millonarios sin siquiera notar su

presencia. Esa mañana había llegado temprano para limpiar la sala antes de la audiencia, pero el juicio comenzó

antes de lo esperado y quedó atrapada en una esquina observando todo. Nadie la

veía. Nadie nunca la veía y eso estaba a punto de cambiar. El murmullo del

público se apagó cuando la jueza Patricia Coronado entró por la puerta lateral. Era una mujer de presencia

imponente, conocida en los círculos legales como la inquebrantable. En toda

su carrera jamás había revertido una decisión, jamás había mostrado

misericordia. ¿Pueden sentarse. Ordenó con voz que no admitía réplica.

Sebastián Montero estaba sentado en la mesa de la defensa solo. Su abogado, el

licenciado Ricardo Fuentes, revisaba documentos a su lado con movimientos nerviosos que Elena notó inmediatamente.

Había algo extraño en la forma en que evitaba mirar a su cliente. “Caso número

817C”, anunció el secretario del tribunal. El estado contra Sebastián Montero. Cargos,

fraude corporativo, lavado de activos y estafa agravada contra inversionistas del Fondo Esperanza. El Fondo Esperanza.

Elena sintió un escalofrío recorrer su espalda. Conocía ese nombre. Miles de familias habían invertido sus ahorros en

ese fondo, prometiéndoles rendimientos que cambiarían sus vidas. Cuando el fondo colapsó, esas familias perdieron

todo. “Señor fiscal, ¿puede proceder?”, la jueza Coronado señaló hacia la fiscalía. El fiscal Andrés Maldonado se

levantó con la seguridad de un depredador que sabe que su presa está acorralada. Era un hombre ambicioso y

todos sabían que este caso era su trampolín hacia la política. Una condena contra el famoso millonario lo

convertiría en héroe nacional. Su señoría comenzó con voz resonante. Hoy

demostraremos que Sebastián Montero no es el empresario exitoso que pretende ser, sino un criminal que destruyó la

vida de miles de familias inocentes. Familias que confiaron en él, familias

que le entregaron sus ahorros, sus sueños, su futuro. Maldonado caminó

lentamente frente al jurado, dejando que cada palabra penetrara. Tenemos documentos, tenemos testigos.

Tenemos pruebas irrefutables de que el señor Montero sabía que el fondo Esperanza era una farsa desde el

principio, que mientras prometía ganancias extraordinarias estaba transfiriendo millones a cuentas en el

extranjero. Un murmullo de indignación recorrió la sala. Elena observó a Sebastián Montero esperando ver

arrogancia o desprecio en su rostro, pero lo que vio la sorprendió. miedo. No

el miedo de un culpable atrapado, sino algo diferente, algo que ella después de

toda una vida observando a personas sin ser vista había aprendido a reconocer el

miedo de alguien que sabe una verdad que nadie quiere escuchar. Licenciado Fuentes, la jueza se dirigió al abogado

defensor. ¿Tiene algo que decir antes de que presentemos las pruebas? Ricardo Fuentes se levantó lentamente. Sus manos

temblaban visiblemente mientras sostenía unos papeles. Miró a Sebastián, luego a

la jueza, luego hacia la puerta. Su señoría, yo el silencio que siguió fue

insoportable. Licenciado Fuentes. La jueza frunció el seño. Y entonces

Ricardo Fuentes hizo algo que nadie esperaba. guardó sus documentos en su maletín, lo cerró con un golpe seco y

comenzó a caminar hacia la salida. ¿Qué está haciendo? Sebastián se puso de pie,

su voz quebrándose. Ricardo, ¿qué estás haciendo? Fuentes no se detuvo, no miró

atrás. Licenciado Fuentes, la jueza coronado golpeó su martillo contra el

escritorio. Está abandonando a su cliente en medio de un proceso judicial. Esto es inaceptable. Renuncio a la

defensa. Fuentes dijo sin girarse, su voz apenas audible. No puedo continuar

con este caso. No puede o no quiere. La jueza exigió. Fuentes finalmente se

detuvo en la puerta. Por un instante, Elena pudo ver su rostro de perfil. No

había cobardía en su expresión. Había terror. Hay cosas más importantes que un

caso, su señoría, como seguir vivo. Y salió. La sala estalló en caos.

Periodistas corrían hacia las salidas para reportar la noticia. El público murmuraba escandalizado. Sebastián

Montero permanecía de pie, completamente solo, con la expresión de un hombre que acababa de ver su última esperanza

desvanecerse. Orden. La jueza golpeaba su martillo repetidamente. Orden en mi

sala. El fiscal Maldonado sonreía abiertamente, sin molestarse en ocultar

su satisfacción. Esto era mejor de lo que había esperado. El abogado defensor había huído como una rata de un barco

hundiéndose. El caso estaba ganado. Su señoría Maldonado habló con falsa

preocupación. Dado que el acusado se ha quedado sin representación legal, solicito que el juicio continúe

inmediatamente. El señor Montero puede representarse a sí mismo o aceptar las consecuencias de su incapacidad para

mantener un abogado. Eso sería irregular. La jueza respondió, aunque su tono sugería que estaba considerándolo.

Con todo respeto, su señoría, el acusado ha tenido meses para preparar su defensa. Si su propio abogado lo

abandonó, eso dice más sobre la culpabilidad de su cliente que cualquier evidencia que yo pueda presentar.

Aplausos esporádicos brotaron del público. Maldonado había tocado una fibra sensible. Había víctimas del fondo

esperanza en esa sala, personas que habían perdido todo y que anhelaban ver sufrir al hombre que consideraban

responsable. Elena observaba todo desde su rincón, su carrito de limpieza

olvidado, algo no encajaba. Había trabajado en el bufete continental durante años. Había limpiado la oficina

del licenciado Fuentes cientos de veces. Había visto documentos, escuchado

conversaciones, observado comportamientos. Ricardo Fuentes era muchas cosas, pero no era un cobarde.