El hijo de la mujer de limpieza esperaba a su madre cuando contestó una llamada en la oficina del CEO. El contrato más

importante estaba a punto de perderse. Todos creyeron que ese niño arruinaría

todo, pero nadie imaginó que él guardaba el único secreto que muchos querían enterrar para siempre. El ascensor del

edificio corporativo Belmont se abrió en el piso 42, revelando un mundo que

Marcos Sebastián Duarte solo conocía por las historias que su madre le contaba cada noche antes de dormir. “Quédate

aquí, mi amor.” Gabriela Estela Duarte acarició el rostro de su hijo con ternura, mientras sus ojos reflejaban

una mezcla de preocupación y vergüenza. La señora del comedor tuvo una emergencia y no pudo cuidarte hoy, pero

necesito que te portes bien. Nadie puede verte aquí arriba. Marcos asintió en silencio, apretando su mochila escolar

contra el pecho. Observó como su madre empujaba el carrito de limpieza hacia el largo pasillo alfombrado, sus pasos casi

imperceptibles, como si hubiera aprendido a volverse invisible en aquel mundo de escritorios de cristal y

corbatas costosas. La corporación Belmont ocupaba los últimos 15 pisos del

edificio más alto de la ciudad. Desde las ventanas panorámicas, Marcos podía ver todo. Los autos diminutos allá

abajo, los otros rascacielos que parecían inclinarse ante este gigante de acero y vidrio, las nubes que casi podía

tocar con la mano. Pero él no estaba allí para admirar la vista. Se sentó en una pequeña silla junto a la puerta de

servicio, sacó un libro de su mochila y comenzó a leer. Era lo que su abuela Esperanza siempre le había enseñado.

Cuando estés en un lugar donde no perteneces, hijo, haz algo productivo.

Así nadie podrá decir que estorbas. Los minutos pasaron lentos. Marcos escuchaba

fragmentos de conversaciones que flotaban por el pasillo, voces tensas,

teléfonos que sonaban sin cesar, pasos apresurados y entonces el caos estalló.

Renunció. Una voz femenina gritó desde algún lugar cercano. Fernando Aguilar

acaba de renunciar. Dejó una carta sobre su escritorio y se fue. Marcos levantó

la vista de su libro. Una mujer pasó corriendo frente a él sin siquiera notarlo. Era Camila Beatriz Solano, la

secretaria ejecutiva, y su rostro estaba descompuesto por el pánico. “Señor Belmon.” Camila irrumpió en la oficina

principal al final del pasillo. “Tenemos una emergencia.” Marcos, movido por una

curiosidad que no podía controlar, se levantó silenciosamente y caminó hacia la oficina. se pegó a la pared tratando

de pasar desapercibido, tal como su madre le había enseñado. Las puertas de vidrio estaban entreabiertas y lo que

vio adentro lo dejó paralizado. Rodrigo Armando Belmont, el CEO de la

corporación, estaba de pie detrás de su enorme escritorio. Era un hombre imponente, de presencia autoritaria, con

ese tipo de mirada que podía hacer temblar a cualquiera. Pero en ese momento su expresión no era de poder,

era de desesperación. ¿Cómo que renunció? La voz de Rodrigo retumbó en la oficina. La llamada de Nakamura es en

minutos. Fernando era el único que hablaba japonés. Lo sé, señor. Camila

temblaba visiblemente. Dejó una carta diciendo que recibió una mejor oferta.

se fue sin previo aviso. Esto es sabotaje. Rodrigo golpeó el escritorio

con el puño. Alguien planeó esto. Nakamura es el inversionista más

importante que hemos tenido. Este contrato vale 100 millones de dólares. Otro empleado entró corriendo. Señor

Belmont, intenté contactar agencias de traducción, pero ninguna puede enviar a

alguien a tiempo. El señor Nakamura es muy tradicional. se ofenderá si nadie

puede hablar con él en su idioma. Sé entonces, búsquenme a alguien. Rodrigo se pasó las manos por el cabello con

frustración. Cualquiera que hable japonés, un empleado, un conocido, quien sea. Ya preguntamos en todos los

departamentos, señor. Nadie habla japonés. Marcos sintió un escalofrío

recorrer su espalda. Japonés. Su abuela Esperanza había trabajado durante años

en la embajada de Japón antes de enfermarse. Cada tarde, cuando él llegaba de la escuela, ella le enseñaba

palabras, frases, canciones en ese idioma que sonaba como música para sus oídos. El japonés es el idioma de la

paciencia y el respeto, Marquitos. Solía decirle su abuela mientras preparaba el té de la manera tradicional que había

aprendido. Algún día este conocimiento te abrirá puertas que ni siquiera sabías

que existían. Su abuela había fallecido hacía poco tiempo. El dolor todavía era

fresco, como una herida que se negaba a cicatrizar. Pero Marcos había continuado

estudiando por su cuenta, honrando su memoria, practicando cada noche con videos y libros que encontraba en la

biblioteca pública. El teléfono sobre el escritorio de Rodrigo comenzó a sonar.

El sonido cortó el aire como una alarma de incendio. Todos se quedaron paralizados mirando el aparato como si

fuera una bomba a punto de explotar. Es él. Camila susurró con terror. Es el

señor Nakamura. El teléfono siguió sonando. Una vez, dos veces, tres veces.

Contesta, gritó el empleado. No puedo. Rodrigo tenía el rostro pálido. Si

contesto en español, pensará que no lo respetamos. Cancelará todo. Cuatro veces, cinco veces. Marcos dio un paso

hacia adelante, luego otro. Sus pies se movían solos, como si una fuerza

invisible lo empujara. La voz de su abuela resonaba en su mente. El conocimiento no sirve de nada si no lo

usas para ayudar a otros, mi niño. Seis veces. Rodrigo miró el teléfono con

impotencia. Este era el momento más importante de su carrera y estaba a punto de perderlo todo por culpa de una

traición que no vio venir. Y entonces algo inexplicable sucedió. Un niño

apareció de la nada. Un niño con mochila escolar que cruzó la oficina con pasos decididos tomó el teléfono del

escritorio del CEO más poderoso de la ciudad y contestó, “Moshioshi, Belmont

Corporation de su Nakamurao o Machiste el silencio que siguió fue absoluto.”

Rodrigo Armando Belmont se quedó con la boca abierta, incapaz de procesar lo que

acababa de presenciar. Un niño. Un niño había entrado a su oficina y había

contestado la llamada más importante de su vida. En japonés perfecto. Camila se

llevó las manos a la boca ahogando un grito. El otro empleado retrocedió hasta chocar contra la pared, sus ojos

desorbitados de incredulidad, y en el umbral de la puerta, una figura familiar

apareció empujando un carrito de limpieza. Gabriela Estela Duarte contempló la escena y sintió que el

mundo se detenía. Su hijo, su pequeño Marcos, estaba de pie en la oficina del

SEO, hablando por teléfono como si perteneciera a ese lugar. No, susurró