La casa de los herreras siempre había sido un refugio de aparente armonía. Paredes cubiertas de arte colonial,

lámparas que bañaban cada rincón con una luz cálida y un silencio elegante que

hablaba de lujo y control. Pero aquella noche ese silencio tenía otro matiz. Era

más denso, más frío, como si las paredes mismas supieran lo que estaba por ocurrir. Bianca, la dueña de la casa,

caminaba con tacones suaves que apenas tocaban el suelo de mármol como si deslizara. Su vestido rojo abrazaba su

figura con una elegancia peligrosa. No era un color elegido al azar, sino un

mensaje silencioso, uno que solo alguien muy atento podría decifrar. Ella

sonreía, pero su sonrisa siempre había sido un arma cargada. En el comedor, la

mesa estaba preparada como para una celebración. Copas de cristal, platos de

porcelana fina, cubiertos de plata, todo era perfecto, demasiado perfecto.

Sentado al frente, su esposo, Julián Herrera acomodaba nervioso su corbata.

Era un hombre correcto, disciplinado, con la mirada de alguien que llevaba demasiados años trabajando para mantener

algo que se le escapaba entre los dedos. Bianca se acercó con una botella verde

en la mano. La etiqueta mostraba un pequeño símbolo amarillo con un cráneo diminuto, algo que pasaría desapercibido

para cualquiera, excepto para quien supiera lo que estaba buscando. Es un vino especial, dijo Bianca, su voz

sedosa peligrosa. Lo traje para celebrar que por fin las cosas están cambiando

para nosotros. Julián intentó sonreír, pero su expresión estaba tensa. La

última semana había sido un huracán de sospechas, documentos que desaparecían,

llamadas desconocidas y Bianca, Bianca estaba diferente, más fría, más

distante, más calculadora. No sabía que había algo que celebrar,

respondió él intentando sonar natural. Bianca inclinó la botella, dejando caer

un líquido espeso, verde oscuro, que se mezcló con el vino tinto como si infectara la sangre en un cuerpo vivo.

La copa respiró un aroma extraño, ligeramente metálico. “Brindo por nuevos

comienzos”, añadió ella tocando la copa con la punta de sus dedos perfectamente

cuidados. Antes de que Julián pudiera contestar, un ruido súbito interrumpió

la tensión. Desde el pasillo apareció Mateo, el hijo de Julián, un chico de 13

años que había aprendido a pasear por la casa como un fantasma, invisible, pero siempre observando. Corría desesperado,

como si hubiese descubierto algo grave. “Papá, no tomes eso!”, gritó con el

rostro transformado por el terror. Julián abrió los ojos sorprendido. Bianca, sin perder su sonrisa, giró la

cabeza lentamente hacia el miño. Mateo, cariño, ¿qué haces levantando la voz en

la mesa? Pero Mateo no la escuchó. Sus ojos estaban clavados en la botella verde, en la copa, en la mano de Bianca.

Había visto el frasco antes. Había encontrado una copia vacía escondida en el baño de visitas con el mismo símbolo

amarillo. Había leído en internet lo suficiente para saber que ningún producto con ese símbolo debía estar

cerca de la comida. “Papá, no lo bebas”, repitió jadeando. Julián miró la copa,

luego a Bianca. Algo dentro de él se quebró. La duda dejó de ser duda. Sus

dedos se tensaron sobre el brazo de la silla y por primera vez notó algo más,

un leve ardor en su garganta. O era solo miedo. Bianca apoyó la botella en la

mesa. Sus ojos brillaron, no de sorpresa, sino de molestia. Mateo, estás

malinterpretando todo. Dijo lentamente. Siempre has tenido una imaginación

demasiado activa. Pero el niño dio un paso adelante temblando. No estoy

imaginando nada, susurró. Lo escuché, Bianca. Escuché cuando hablaste por teléfono. Dijiste que esta noche era el

final. La respiración de Julián se cortó. Bianca no se movió, pero un destello oscuro cruzó su mirada. Su

sonrisa desapareció por primera vez en la noche. Mateo comenzó con un tono que

ya no intentaba parecer dulce y entonces ocurrió. Julián llevó las manos al

cuello. El ardor se transformó en fuego. Tragó aire, pero el aire no entraba. Sus

ojos se abrieron desesperados. La copa aún estaba intacta, pero la taza de café

frente a él no lo era. Había sido demasiado tarde cuando lo entendió.

Bianca no necesitaba que él bebiera del vino. Ya lo había envenenado antes de comenzar la cena. Mientras Julián se

retorcía en silencio, Bianca lo miró con una calma escalofriante, como si estuviera observando el final de una

obra perfectamente ejecutada. Mateo gritó. Bianca sonrió de nuevo. La noche

acababa de volverse irreparable. La ambulancia tardó solo 12 minutos en

llegar, pero para Mateo habían sido 12 años. Cada segundo retumbaba en sus oídos como

un trueno. Su padre había caído al suelo convulsionando mientras él intentaba

sostenerle la cabeza con manos temblorosas. Bianca, sin embargo, no había hecho nada

más que llamar al número de emergencias con una voz perfectamente controlada, casi teatral.

Sí, mi esposo se desmayó repentinamente. Había dicho, “Creo que es un infarto.”

Mateo observó aquella actuación y sintió un frío que no había sentido nunca. Los

paramédicos entraron a toda prisa, levantaron a Julián y lo sacaron de la casa. Bianca caminó detrás de ellos con

un pañuelo en la mano, fingiendo secarse lágrimas que nunca salieron. Mientras la

puerta se cerraba, Mateo se quedó solo en la sala. Sus manos aún llevaban el

olor del café derramado, un olor extraño, agrio, metálico, el mismo aroma

que había encontrado en el frasco oculto en el baño. Lo llevó a la nariz de nuevo

tratando de identificarlo. Solo sabía una cosa. No era normal. No

era seguro. No era accidental. La casa silenciosa se volvió una

prisión. Bianca volvió después de acompañar a la ambulancia, pero no parecía afectada por la situación.

Caminaba despacio, casi disfrutando cada paso, como si un peso se hubiera levantado de sus hombros. Mateo estaba

sentado en la escalera abrazando sus rodillas. Mateo dijo Bianca con voz suave. Sé que