¿Casados por amor? La boda que terminó en dominio total — Oaxaca, 1906


En el verano de 1906, cuando el calor se pegaba a las paredes de adobe y el polvo flotaba inmóvil, sobre las calles empedradas de San Felipe del Agua, un pueblito enclavado en las faldas de la sierra oaxaqueña. Todos comentaban sobre la boda de Celestina Velasco y don Evaristo Mondragón.
No era la alegría lo que movía las lenguas, sino una inquietud sorda que nadie sabía nombrar. Celestina, de apenas 18 años, caminaba con los ojos bajos desde que se anunció su compromiso y su madre, doña Remedios, sonreía demasiado cuando alguien la felicitaba. Don Evaristo, viudo de 42 años, dueño de la hacienda más próspera de la región, había fijado los ojos en la muchacha durante la misa de Corpus y desde entonces su presencia parecía seguirla incluso cuando él no estaba.
Las vecinas murmuraban que el cortejo había sido breve, casi apresurado, y que don Evaristo visitaba la casa de los Velasco cada tarde, sentándose en el corredor, mientras Celestina bordaba en silencio, y su madre servía café con voz demasiado animada. ¿Desde qué país o ciudad estás escuchando esta historia? Si te interesan las historias de pasiones oscuras y secretos familiares, suscríbete y déjanos en los comentarios tu ciudad. Continuamos.
La ceremonia se celebró un sábado de julio en la parroquia de San Juan Bautista, bajo un cielo blanco de tanto calor. Celestina llevaba un vestido de satén color marfil que había pertenecido a la difunta esposa de don Evaristo, ajustado por una costurera que trabajó tres noches seguidas sin atreverse a preguntar por qué la tela olía a naftalina y tristeza.
Durante la misa, Celestina no levantó la vista del misal y cuando el párroco preguntó si aceptaba a Evaristo como esposo, su voz fue tan tenue que muchos no estuvieron seguros de haberla escuchado. Don Evaristo, en cambio, respondió con una firmeza que resonó en las bóvedas de piedra y al colocar el anillo en el dedo de su nueva esposa, sus dedos apretaron más tiempo del necesario.
La gente salió de la iglesia comentando que la novia parecía asustada, pero doña Remedios explicaba a quien quisiera oír que su hija era tímida por naturaleza, que Don Evaristo era un hombre de bien, que la hacienda les daría una vida holgada. El banquete se sirvió en el patio de la casona de los Mondragón, una construcción colonial de gruesos muros y ventanas pequeñas que daban a un jardín interior con bugambilias y un pozo seco.
Los invitados comieron mole negro y bebieron mezcal bajo un toldo de palma, mientras un trío de cuerdas tocaba sones ismeños. Celestina permaneció sentada junto a su marido en la mesa principal, sin probar bocado, con las manos cruzadas sobre el regazo. Don Evaristo le servía agua, le acercaba el plato, le limpiaba con su servilleta una mota imaginaria en la mejilla, gestos que algunos encontraban tiernos y otros sofocantes.
Su hermano menor, Jacinto, un muchacho de 15 años con los ojos demasiado despiertos, observaba desde una esquina del patio masticando lentamente, sin apartar la mirada de su hermana. Cuando los músicos guardaron sus instrumentos y los últimos invitados se despidieron con abrazos prolongados y buenos deseos, don Evaristo tomó a Celestina del brazo y la condujo al interior de la casa.
Doña Remedios intentó seguirlos para dar un último beso a su hija, pero Don Evaristo se volvió con una sonrisa educada y le dijo que ya no era necesario, que Celestina estaba en su hogar ahora. La puerta se cerró con un golpe suave pero definitivo, y Doña Remedios se quedó en el zaguán con la mano extendida hacia la madera oscura, antes de que su marido la tomara del hombro y la llevara de regreso a su propia casa en el otro extremo del pueblo.
Los primeros días nadie vio a Celestina. La servidumbre de la hacienda, una mujer mayor llamada Petra y un mozo joven urbano, contaban en el mercado que la señora nueva permanecía en sus habitaciones, que don Evaristo le llevaba las comidas en una bandeja de plata, que hablaba con ella en voz baja durante horas. Petra decía que escuchaba a veces el llanto de Celestina, pero que cuando preguntaba si necesitaba algo, don Evaristo respondía desde dentro que su esposa estaba descansando, adaptándose, que era normal en una mujer recién casada. urbano, más
discreto, solo mencionaba que don Evaristo había mandado cambiar todas las cerraduras de la casa y que ahora llevaba un manojo de llaves colgado del cinturón, llaves que tintineaban cuando caminaba por los corredores. Doña Remedios visitó la hacienda a la semana de la boda, llevando tamales de frijol y una jarra de atole.
Fue recibida en la sala una estancia fresca con muebles de caoba y un gran retrato de la primera esposa de Donebaristo, una mujer de mirada severa que parecía vigilar cada rincón. Don Evaristo la atendió con cortesía impecable, aceptó los tamales, agradeció el atole. Pero cuando doña Remedios preguntó por Celestina, él respondió quesu hija estaba reposando, que el cambio de vida la había fatigado, que pronto estaría mejor.
Doña Remedios insistió, pidió verla solo un momento y don Evaristo, después de una pausa demasiado larga, accedió. Subieron la escalera de piedra hasta el segundo piso y Donevaristo golpeó suavemente la puerta de una habitación antes de abrirla con una de sus llaves. Celestina estaba sentada junto a la ventana bordando un pañuelo blanco.
Llevaba un vestido oscuro de manga larga a pesar del calor y su cabello estaba recogido en un moño tan apretado que parecía tirarle la piel de las cienes. Se puso de pie al ver a su madre. pero no corrió hacia ella. Don Evaristo entró primero, se colocó junto a su esposa y solo entonces Celestina avanzó unos pasos para abrazar a doña Remedios. El abrazo fue breve.
Doña Remedios intentó mirar a su hija a los ojos, pero Celestina desviaba la vista. Respondía con monosílabos, sonreía sin ganas. Don Evaristo permanecía a su lado, una mano en el respaldo de la silla de Celestina, explicando que su esposa estaba aprendiendo las tareas de la casa, que él le enseñaba a administrar la hacienda, que pronto estaría completamente integrada a su nueva vida.
Doña Remedios salió de la habitación con el corazón oprimido, pero sin palabras para defender su inquietud. Las semanas transcurrieron y el pueblo comenzó a olvidar a Celestina. Las mujeres que la habían conocido desde niña dejaron de preguntar por ella cuando iban al molino o al mercado. Don Evaristo hacía los encargos él mismo. Compraba las provisiones, pagaba a los jornaleros, asistía a las reuniones del ayuntamiento.
Cuando alguien preguntaba por su esposa, respondía con una sonrisa amable que Celestina prefería la tranquilidad del hogar, que era una mujer virtuosa dedicada a sus labores. Petra, la sirvienta, confirmaba esta versión, aunque sus ojos decían otra cosa. Urbano, el mozo, había sido despedido sin explicación una mañana y reemplazado por un hombre mayor, callado, que no conversaba con nadie.
Jacinto, el hermano de Celestina, era el único que no aceptaba aquella normalidad impuesta. Visitaba la Hacienda los domingos por la tarde bajo el pretexto de llevar noticias de la familia y don Evaristo lo recibía en el corredor ofreciéndole limonada y conversación cortés, pero nunca lo dejaba pasar más allá de la sala.
Jacinto preguntaba por su hermana y don Evaristo respondía siempre lo mismo. Estaba bien, estaba ocupada, estaba descansando. Una tarde Jacinto llegó sin avisar a media mañana y al acercarse a la casa escuchó una voz que le pareció la de Celestina, pero cuando tocó la puerta quien abrió fue don Evaristo, cerrando tras de sí con firmeza.
Le dijo que Celestina no se encontraba, que había ido al pueblo con Petra, cosa que Jacinto supo que era mentira, porque Petra estaba en el mercado vendiendo huevos. Jacinto se fue con una sensación de náusea en el estómago. En septiembre, durante las fiestas patrias, don Evaristo llevó a Celestina a la plaza para el baile.
Fue la primera vez en dos meses que el pueblo la vio. Iba del brazo de su marido, vestida con un traje de terciopelo granate demasiado abrigado para el clima, el rostro pálido y los ojos hundidos. No sonreía. caminaba con pasos cortos, casi arrastrándose, y cuando alguna conocida se acercaba a saludarla, Celestina miraba a don Evaristo antes de responder.
Él contestaba por ella, explicaba, justificaba. Durante el baile permanecieron sentados en una banca de hierro bajo un laurel, don Evaristo con la mano en el hombro de su esposa, apretando cada vez que ella intentaba moverse. Jacinto intentó acercarse, pero don Evaristo se interpuso con naturalidad, hablando de la cosecha de maíz, del precio del café, del nuevo párroco, hasta que el muchacho se retiró humillado.
Aquella noche, después de que don Evaristo y Celestina regresaron a la hacienda, Petra escuchó voces en el segundo piso, no gritos, sino el murmullo continuo de don Evaristo, hablando sin pausa, y el silencio de Celestina. Vetra subió con el pretexto de llevar una jarra de agua fresca y encontró la puerta del dormitorio matrimonial entreabierta.
Se asomó apenas. Don Evaristo estaba sentado en el borde de la cama, Celestina de pie frente a él con la cabeza gacha. Él le hablaba con voz suave, casi amorosa, pero las palabras eran como agujas. le decía que la gente murmuraba sobre ella, que su comportamiento en la plaza había sido desatento, que debía sonreír más, agradecer más, que él la había sacado de la pobreza y ella tenía la obligación de honrarlo.
Celestina no respondía. Don Evaristo se puso de pie, le levantó la barbilla con los dedos y le dijo que la amaba, que todo lo que hacía era por su bien, que ella no sabía cuidarse sola. Petra se alejó sin hacer ruido. En octubre, doña Remedios enfermó de fiebres y pidió ver a su hija.
Envió recado con Jacinto, quien llegó a la hacienda a media tardey encontró a don Evaristo en el despacho revisando libros de contabilidad. le explicó la situación y don Evaristo se mostró preocupado. Dijo que por supuesto Celestina iría a ver a su madre, pero que debían esperar a que terminara una tarea importante que estaba haciendo.
Jacinto ofreció esperarla, pero don Evaristo dijo que no era necesario, que él mismo llevaría a Celestina al pueblo al día siguiente. Jacinto insistió. dijo que su madre estaba grave, que quería ver a su hija de inmediato. Don Evaristo se puso de pie, su voz aún amable, pero con un filo que no admitía réplica, y le dijo que en esa casa él decidía que Celestina era su esposa antes que hija de doña Remedios, que no permitiría que su mujer saliera de noche como una cualquiera.
Jacinto apretó los puños, pero se fue. Celestina no llegó al día siguiente. Don Evaristo envió a Petra con una canasta de frutas y un mensaje de que Celestina también estaba indispuesta, que en cuanto mejorara iría a visitar a su madre. Doña Remedios lloró de impotencia en su cama mientras Jacinto paseaba por el cuarto como animal enjaulado.
Dos días después, doña Remedios mejoró, pero su mirada ya no era la misma. Le dijo a su marido que algo estaba mal en la hacienda, que su hija estaba en peligro, pero su esposo le respondió que no se metiera, que Don Evaristo era un hombre respetado, que no podían ir acusándolo sin pruebas. Doña Remedios guardó silencio, pero por las noches, cuando el pueblo dormía, lloraba en la oscuridad.
Noviembre trajo las primeras lluvias, lluvias torrenciales que convertían las calles en lodazales y encerraban a la gente en sus casas. La hacienda Mondragón quedaba aún más aislada, rodeada de campos inundados. Betra contaba que don Evaristo había despedido al nuevo mozo y que ahora él mismo se encargaba de todo.
Las ventanas de la casa permanecían cerradas día y noche, y el humo de la cocina era el único signo de vida. Una tarde, Petra bajó al pueblo con el rostro descompuesto y le contó a una vecina en voz baja que había visto a Celestina con una marca oscura en el cuello, como si alguien la hubiera agarrado con fuerza.
Cuando preguntó qué le había pasado, don Evaristo respondió que su esposa se había tropezado, que era torpe, que él la estaba cuidando. Petra quiso renunciar, pero don Evaristo le dobló el sueldo y le advirtió que se hablaba de más. Nadie en el pueblo le creería que todos lo respetaban a él, no a una sirvienta chismosa.
El rumor se extendió de todos modos, porque los secretos en pueblos pequeños tienen vida propia. Las mujeres en el mercado comentaban que Celestina estaba prisionera, que Don Evaristo la había enloquecido, que la golpeaba, que la tenía encerrada. Otras defendían alcendado. Decían que era un hombre cabal, que la gente inventaba por envidia, que Celestina simplemente era una mujer enferma, débil, que necesitaba el cuidado de su marido.
Los hombres del pueblo no opinaban, desviaban la conversación, porque don Evaristo era poderoso y nadie quería enemistarse con él. El párroco intentó visitar la hacienda para llevar la comunión, pero don Evaristo lo recibió en el zaguán y le dijo que su esposa estaba indispuesta para recibir sacramentos que él mismo rezaba con ella.
El cura insistió, pero don Evaristo cerró la puerta con firmeza. Jacinto decidió actuar. Una noche de luna menguante trepó la barda trasera de la hacienda y se escondió entre los arbustos del jardín. Esperó horas empapado por la llovisna hasta que vio luz en una ventana del segundo piso. Era la habitación de Celestina. Se acercó con cuidado, escaló por la enredadera que cubría el muro y se asomó.
Su hermana estaba sentada en una silla de espaldas a la ventana, inmóvil. Don Evaristo estaba frente a ella hablándole. Jacinto no podía escuchar las palabras, pero veía los gestos. Don Evaristo señalándola, ella encogiéndose, él acercándose, acariciándole el cabello con una ternura que parecía violencia. Jacinto golpeó suavemente el cristal.
Celestina dio un respingo, giró la cabeza y sus ojos se encontraron. En esa fracción de segundo, Jacinto vio terror puro. Celestina movió los labios formando una palabra que Jacinto no logró leer. Pero antes de que pudiera intentar abrir la ventana, don Evaristo se volvió. Sus ojos se clavaron en Jacinto con una calma aterradora.
No gritó, no corrió, solo sostuvo la mirada del muchacho mientras caminaba hacia la ventana y cerraba las cortinas. con lentitud deliberada. Jacinto bajó a toda prisa y huyó de la hacienda, el corazón golpeándole el pecho. Al día siguiente fue a buscar al alcalde, un hombre bonachón que había sido amigo de su padre.
Le contó lo que había visto, las marcas en el cuello de Celestina, el encierro, las mentiras. El alcalde escuchó con cara seria, se rascó la barbilla y le dijo que sin pruebas no podía hacer nada, que don Evaristo era un ciudadano ejemplar que no podíairrumpir en su casa basándose en rumores.
Jacinto alzó la voz, dijo que su hermana estaba en peligro, que necesitaban rescatarla. El alcalde le puso una mano en el hombro y le dijo que entendía su preocupación, pero que interfiriendo entre marido y mujer, solo traería problemas, que debía confiar en que don Evaristo sabía lo que hacía. Jacinto salió de la oficina municipal temblando de rabia.
En diciembre llegaron las fiestas de la Inmaculada Concepción y el pueblo entero se preparaba para la procesión. Era tradición que todas las familias participaran y don Evaristo anunció que él y su esposa asistirían. La noticia corrió como pólvora. Doña Remedios, que ya estaba recuperada, le dijo a su marido que aprovecharían para hablar con Celestina para sacarla de ahí, aunque fuera a la fuerza.
Su esposo le advirtió que tendría cuidado, que don Evaristo no era tonto. Jacinto, por su parte, planeaba llevarse a su hermana en cuanto la viera, aunque tuviera que enfrentarse al ascendado. El día de la procesión, el cielo amaneció gris y pesado. A las 3 de la tarde, la gente se congregó en la plaza con velas y flores. Don Evaristo llegó puntual, pero no traía a Celestina.
Llevaba un traje negro y un bastón con empuñadura de plata. Cuando doña Remedios se le acercó y le preguntó por su hija, él respondió con voz compungida que Celestina había sufrido un desmayo esa mañana, que el médico había venido y le había recetado reposo absoluto, que él no quería dejarla sola, pero había considerado importante asistir a la procesión para rezar por su pronta recuperación.
Doña Remedios sintió que la tierra se abría bajo sus pies. Jacinto, que estaba cerca, dio un paso adelante y acusó a don Evaristo de mentiroso, de carcelero, de maltratador. La gente se quedó callada. Don Evaristo miró a Jacinto con expresión dolida y le dijo que entendía su angustia, que él también amaba a Celestina, pero que eran calumnias imperdonables.
El alcalde intervino, pidió calma, dijo que no era momento ni lugar para discusiones. La procesión comenzó. Esa noche Jacinto, incapaz de dormir, volvió a la hacienda. Esta vez no trepó el muro. Golpeó la puerta principal con furia. Don Evaristo abrió sosteniendo un candil. Su rostro era una máscara de paciencia infinita.
Jacinto exigió ver a su hermana. Don Evaristo le dijo que Celestina estaba dormida, que el médico le había dado laudano. Jacinto intentó empujarlo para entrar, pero Donaristo era más fuerte, más grande. Lo detuvo con facilidad, con una mano en su pecho, y le dijo con voz serena que si volvía a molestar, lo acusaría de allanamiento y el alcalde tendría que arrestarlo.
Jacinto escupió en el suelo y se fue. derrotado. Los meses que siguieron fueron de silencio asfixiante. Nadie volvió a ver a Celestina. Petra dejó de trabajar en la hacienda. Don Evaristo le dijo que ya no necesitaba servidumbre y se mudó a otro pueblo negándose a hablar del tema. Las ventanas de la casona permanecían cerradas con postigos de madera.
De vez en cuando alguien juraba haber visto una sombra en el segundo piso, un movimiento detrás de los cristales, pero nadie se atrevía a investigar. Don Evaristo seguía yendo al pueblo cada semana, comprando provisiones para dos, saludando con cortesía, asistiendo a misa siempre solo. Cuando alguien preguntaba por Celestina, respondía que estaba mejorando, que el médico recomendaba aislamiento, que pronto la verían.
El médico, un hombre mayor y cómplice, confirmaba vagamente que atendía a la señora Mondragón, pero no daba detalles. Loñar Remedios enfermó nuevamente, esta vez de pena. Pasaba los días sentada en su mecedora, mirando hacia el cerro donde se alzaba la hacienda, llorando en silencio. Su marido intentaba consolarla, pero no había consuelo posible.
Jacinto había dejado de ir a la escuela. Pasaba las tardes vagando por las calles, con los ojos inyectados y las manos temblorosas. La gente comenzó a murmurar que el muchacho estaba enloqueciendo, que la obsesión por su hermana lo estaba consumiendo. Algunos decían que debía olvidar que Celestina había elegido ese matrimonio que no era asunto suyo.
Otros callaban porque sabían que algo estaba mal, pero no tenían el valor de enfrentarlo. En abril de 1907, casi un año después de la boda, llegó a San Felipe del Agua un sobrino de la primera esposa de Don Evaristo, un joven abogado de la capital llamado Rafael Ochoa. Venía a revisar unos documentos de la herencia y se hospedó en la posada del pueblo.
En la cantina escuchó los rumores sobre don Evaristo y su nueva esposa y sintió curiosidad. visitó la hacienda con el pretexto de los papeles legales. Don Evaristo lo recibió con la cordialidad que reservaba para gente de su clase. Le ofreció coñac, conversaron de leyes y propiedades. Rafael, con astucia mencionó que le habría gustado conocer a la señora de la casa, presentar sus respetos.
DonEvaristo respondió que Celestina estaba indispuesta como siempre. Rafael insistió, dijo que solo sería un momento, que no quería hacer Descortés. Don Evaristo se tensó, pero accedió. Subieron al segundo piso. Don Evaristo tocó la puerta, la abrió con llave y entraron. Celestina estaba sentada junto a la ventana, como siempre bordando, pero cuando Rafael la vio, sintió un escalofrío. La mujer era un espectro.
Su piel era translúcida, los ojos desorbitados. El cabello sin brillo llevaba el mismo vestido oscuro que le habían descrito meses atrás. Se puso de pie al ver a los hombres y Rafael notó que caminaba con dificultad, como si las piernas no le respondieran. Don Evaristo hizo las presentaciones y Celestina extendió una mano fría y lánguida. No habló.
Don Evaristo habló por ella. explicó que su esposa había perdido la voz temporalmente debido a una afección de garganta que el médico estaba tratándola. Rafael intentó sostener la mirada de Celestina, buscar algún mensaje en sus ojos, pero ella miraba al suelo, las manos cruzadas, temblando ligeramente. La visita duró menos de 5 minutos.
Rafael bajó las escaleras con la certeza de que había presenciado algo monstruoso. Esa noche, en la posada, escribió una carta al gobernador de Oaxaca describiendo lo que había visto, pidiendo una investigación, pero sabía que las cartas tardaban semanas en llegar, que la justicia era lenta, que para cuando alguien actuara podría ser demasiado tarde. Se sentía impotente.
Al día siguiente, antes de partir, buscó a Jacinto y le contó lo que había presenciado. Jacinto lloró de rabia. Rafael le dio dinero, le dijo que buscara un abogado, que no se rindiera, pero los dos sabían que las palabras eran vacías. En mayo, durante la fiesta del pueblo en honor a San Isidro Labrador, don Evaristo volvió a aparecer solo.
Llevaba un brazalete negro en el brazo. Cuando le preguntaron por qué, respondió que era en memoria de su primera esposa, que se cumplían 10 años de su muerte. Alguien preguntó por Celestina y él respondió con voz cansada que su esposa había decidido no asistir, que prefería el recogimiento. La mentira era tan obvia que algunos apartaron la vista avergonzados.
Otros siguieron sonriendo, brindando con él, porque era más cómodo fingir que todo estaba bien. Esa misma noche, después de la fiesta, Jacinto, borracho de pulque y desesperación, intentó entrar a la hacienda por tercera vez. Esta vez no fue sigiloso. Golpeó la puerta gritando el nombre de su hermana, exigiendo que le abrieran.
Don Evaristo no salió. Las ventanas permanecieron cerradas. Jacinto recogió piedras y las lanzó contra los postigos, rompiendo varios cristales. Gritó que todos en el pueblo eran cómplices, que eran cobardes, que su hermana estaba muriendo y nadie hacía nada. Algunos vecinos escucharon los gritos, pero ninguno salió de su casa.
Al amanecer, Jacinto estaba tirado en el saguán de la hacienda, inconsciente. El alcalde lo encontró y lo llevó a casa de sus padres, advirtiéndole que si volvía a causar disturbios, lo encerrarían. Junio llegó con un calor asfixiante. Doña Remedios, consumida por la pena, murió una tarde sin avisar, como si se hubiera rendido.
Su funeral fue concurrido. Don Evaristo asistió vestido de negro, con gesto compungido. No llevó a Celestina. dijo que su esposa estaba devastada por la muerte de su madre, que no estaba en condiciones de salir. Jacinto, de pie junto al féretro, lo miró con odio puro, pero no dijo nada. Ya no le quedaban palabras. Después del entierro, el pueblo entró en una rutina de olvido.
Celestina se convirtió en un fantasma, un tema que la gente evitaba. Don Evaristo continuó con su vida administrando la hacienda, asistiendo a los eventos sociales, siempre cortés, siempre respetado. La casa en el cerro se veía desde el pueblo como una mancha oscura y las madres comenzaron a usarla para asustar a los niños.
Pórtate bien o te llevaremos con don Evaristo. Los niños no entendían por qué, pero sentían miedo. Jacinto dejó San Felipe del agua en julio. Se fue sin despedirse, sin rumbo, llevando solo una mochila y el peso de la culpa. Años después, algunos dijeron que se había hecho revolucionario, otros que había muerto en una cantina.
Nadie lo supo con certeza. Su padre, viudo y destrozado, vendió la casa y se fue a vivir con una hermana en Puebla. La familia Velasco desapareció del pueblo como si nunca hubiera existido. Y Celestina quedó sola con don Evaristo. Los años pasaron, la gente dejó de preguntar. Don Evaristo envejecía con dignidad.
Su cabello se volvió blanco, su espalda se encorbó, pero seguía yendo al pueblo cada semana, siempre solo, siempre con la misma historia. Su esposa estaba delicada, necesitaba cuidados, él era su guardián. Nadie lo contradecía. Se había convertido en una verdad aceptada. En 1912, con la revolución avanzando por todo el país, San Felipe del Agua sevolvió aún más aislado.
Pasaban soldados, se escuchaban disparos en los cerros, pero la hacienda Mondragón permanecía intocada como si estuviera protegida por un hechizo. Don Evaristo siguió sus rutinas, impasible ante el caos exterior. La gente murmuraba que había hecho un pacto con alguna fuerza oscura, que por eso nadie se atrevía a tocar su propiedad.
Otros decían que simplemente no valía la pena, que la hacienda ya no producía lo que antes, que Donaristo se había vuelto irrelevante. En 1915, una joven maestra llegó al pueblo enviada por el gobierno revolucionario para abrir una escuela. Era de Veracruz, se llamaba Hortensia y no conocía la historia. Cuando escuchó los rumores sobre la esposa encerrada, decidió investigar.
Visitó la hacienda una tarde, tocó la puerta con firmeza. Don Evaristo, ya un anciano de más de 50 años, abrió con lentitud. Hortensia se presentó. dijo que venía a hacer un censo de habitantes, que necesitaba entrevistar a todos los miembros de cada familia. Don Evaristo respondió con cortesía que su esposa no estaba disponible. Hortensia insistió.
Dijo que era un requisito oficial. Don Evaristoó con paciencia infinita y le cerró la puerta en la cara. Hortensia no se rindió. fue alcalde, ahora un hombre nuevo, joven, también llegado con la revolución. Le contó lo que había escuchado. Exigió que hicieran algo. El alcalde, menos condescendiente que su predecesor, organizó una visita oficial a la hacienda.
Llegaron una mañana con dos gendarmes. Don Evaristo los recibió en el corredor ofreciéndoles café. Cuando exigieron ver a su esposa, él se puso de pie. Caminó hacia la escalera y les pidió que esperaran. Subió despacio arrastrando los pies. Pasaron 10 minutos. Cuando bajó, traía en la mano un documento. Era un certificado médico firmado por el viejo doctor del pueblo, que afirmaba que Celestina Velasco de Mondragón sufría de una enfermedad nerviosa crónica que requería aislamiento permanente, que cualquier alteración en su rutina podría provocar
una crisis fatal. El alcalde leyó el documento, frunció el ceño y preguntó si podían al menos verla de lejos. Don Evaristo, con voz temblorosa, les dijo que su esposa estaba dormida, que si la despertaban podría sufrir un ataque. El alcalde, joven sin recursos ni experiencia, aceptó. Se fueron. Hortensia quedó furiosa, pero sin poder hacer nada.
Le escribió cartas a las autoridades estatales, pero en medio de la revolución nadie atendía quejas sobre un matrimonio en un pueblo remoto. Hortensia se quedó en San Felipe del Agua dos años más y cada tarde miraba hacia la hacienda, imaginando a la mujer prisionera. Cuando se fue en 1917, se llevó la historia consigo, la contó en otros pueblos, pero nadie creyó que fuera real. Parecía una leyenda.
En 1920, don Evar Baristo murió. Fue encontrado en su despacho una mañana, desplomado sobre el escritorio con una pluma en la mano y un libro de cuentas abierto. El médico dictaminó que había sido el corazón. El funeral se celebró con poca asistencia. Los pocos que quedaban de su generación ya habían muerto o se habían ido.
Fue enterrado en el cementerio del pueblo, en la tumba familiar junto a su primera esposa. Después del entierro, las autoridades tuvieron que abrir la hacienda para el inventario de bienes. El nuevo alcalde, un notario de Oaxaca y dos testigos subieron al segundo piso y abrieron la habitación donde, según decían, había vivido Celestina.
La puerta estaba cerrada con llave. Forzaron la cerradura. La habitación estaba vacía. No había muebles, no había ropa, no había señales de que alguien hubiera vivido ahí en años. Las paredes estaban desnudas. el suelo cubierto de polvo. Solo había una silla junto a la ventana y sobre el Alfizar un pañuelo blanco bordado con iniciales CV.
Buscaron en toda la casa. Revisaron cada habitación, cada armario, cada rincón. No encontraron rastro de Celestina Velasco. No había ropa de mujer, no había objetos personales, no había nada que indicara que una segunda persona había habitado la casa en los últimos años. El médico que había firmado los certificados ya había muerto.
Petra, la sirvienta, vivía en otra ciudad y se negó a dar testimonio. No había testigos, no había cuerpo, no había pruebas. No. El notario cerró el caso declarando que Celestina Velasco de Mondragón había abandonado a su marido en algún momento indeterminado que probablemente había huido o muerto en otra parte.
La hacienda fue vendida para pagar deudas. Una familia de comerciantes la compró, pero no duró ahí ni un año. Decían que escuchaban pasos en el segundo piso, que las puertas se abrían solas, que había una presencia. La casa cambió de dueños varias veces. Nadie permaneció mucho tiempo. Con los años historia se transformó en leyenda. Los viejos del pueblo contaban que Celestina había muerto de tristeza, que Donaristo la había enterrado en secretoen algún lugar de la propiedad.
Otros decían que ella había escapado y se había cambiado el nombre, que vivía en otro estado. Los más imaginativos hablaban de que Don Evaristo la había matado la noche de bodas y que durante años había fingido que estaba viva para mantener las apariencias. Nadie sabía la verdad. En 1945, cuando la hacienda ya estaba medio en ruinas, unos niños que jugaban en el jardín encontraron, enterrado bajo un rosal seco, un baúl de madera.
Dentro había un vestido de novia de satén marfil, amarillento por el tiempo y oliendo a naftalina. También había un manojo de llaves oxidadas, un diario con páginas arrancadas y una fotografía borrosa de una mujer joven de ojos tristes. Al reverso de la fotografía con letra temblorosa estaba escrito: “Celestina 1906, siempre mía.
” El baúl fue llevado a la presidencia municipal y guardado en un depósito donde se perdió entre papeles viejos y documentos olvidados. El vestido se deshizo con el tiempo. Las llaves se oxidaron hasta convertirse en polvo. La fotografía desapareció. Pero en San Felipe del Agua, cuando el viento sopla por las noches y pasa por la casa vacía en el cerro, la gente jura que todavía se escucha el tintineo de llaves y el murmullo bajo y continuo de una voz de hombre hablando sin pausa a alguien que ya no está.