La Monja Que Tuvo Gemelos Del Sacerdote y Los Hizo Herederos Del Convento: Puebla, 1729 

En la ciudad de Puebla de los Ángeles, cuando el año 1729 entraba en su ocaso, el viento otoñal arrastraba hojas secas por las calles empedradas mientras las nubes grises comenzaban a cubrir el cielo. El convento de Santa Rosa, conocido por sus estrictas reglas de recogimiento, se alzaba imponente con sus muros de cantera y talavera, custodiando secretos que nadie, salvo sus habitantes, conocía.

Sorcatalina de la Inmaculada Concepción caminaba por el claustro con pasos silenciosos, como si temiera que las propias baldosas pudieran delatar su presencia. A sus 30 años, su rostro pálido y fino contrastaba con el negro hábito de la orden. Sus ojos, de un verde profundo, raramente se levantaban del suelo, excepto cuando estaba a solas en su celda o en los momentos de oración más íntima.

 Era la viva imagen de la devoción y la virtud, al menos ante los ojos de la comunidad. La campana del convento resonó anunciando la oración de vísperas. Las monjas, cual sombras obedientes, emergieron de sus celdas y actividades para dirigirse a la capilla. Soralina ajustó su velo y apretó contra su pecho un pequeño crucifijo de plata, herencia de su madre.

era el único objeto personal que había traído consigo al ingresar al convento 12 años atrás, cuando la decisión de su padre, don Rodrigo Mendoza y Alvarado, uno de los comerciantes más prósperos de Puebla, la había destinado a la vida religiosa. Vamos, hermanas, no hagamos esperar al Señor, dijo la madre superiora, Sorángela de la Cruz, una mujer de 60 años cuyo rostro arrugado reflejaba décadas de rigurosa devoción.

Las religiosas se alinearon en perfecto orden para entrar a la capilla. Sorcatalina, sin embargo, se mantuvo rezagada, fingiendo ajustar su rosario. Cuando la última monja desapareció tras la puerta de madera tallada, ella se desvió rápidamente hacia un pasillo lateral que conducía a la enfermería del convento.

 El aire allí era diferente, cargado con el aroma de hierbas medicinales y ungüentos. La enfermería, ubicada en un ala alejada para evitar contagios, era uno de los pocos lugares donde el silencio perpetuo se relajaba por necesidad. Sor Catalina se deslizó hacia una pequeña sala anexa, cerró la puerta y esperó. No tuvo que aguardar mucho.

 El sonido de una llave en la cerradura de la puerta trasera, aquella que comunicaba con la iglesia exterior, le hizo contener la respiración. La figura de un hombre alto, vestido con sotana negra emergió de las sombras. Padre Gabriel”, susurró ella inclinando levemente la cabeza. El padre Gabriel Ramírez de Arellano, a sus 40 años era el confesor asignado al convento.

 Su rostro anguloso, enmarcado por cabello negro con algunas canas incipientes, mostraba la atención de quien sabe que está cometiendo una grave falta. Catalina, no deberíamos”, comenzó él, pero sus palabras fueron silenciadas cuando ella se acercó y tomó sus manos. “¡Llevo días sin verte”, dijo ella con voz quebrada.

Desde nuestra última confesión, el eufemismo flotó en el aire como una blasfemia. Ambos sabían que lo que ocurría entre ellos iba mucho más allá de la confesión sacramental. Era una traición a sus votos, un pecado que les costaría no solo su posición, sino posiblemente la vida misma si llegaba a descubrirse.

Cada día me consumo más en este tormento continuó el sacerdote pasando una mano por su rostro con evidente angustia. Lo que hacemos es una ofensa a Dios. ¿Acaso el amor puede ser una ofensa? respondió ella, acercándose más hasta que pudo sentir el calor de su cuerpo. He rezado hasta sangrar las rodillas, pidiendo fortaleza para resistir, pero no puedo, Gabriel, no puedo.

 El sacerdote la miró con ojos atormentados. Había llegado a Puebla tres años atrás, enviado por el obispo para servir en la parroquia cercana al convento. Su fama como predicador elocuente y su aparente devoción le habían valido el nombramiento como confesor de las religiosas. Nadie podría haber predicho lo que ocurriría cuando conociera a Sor Catalina.

 La primera vez había sido durante una confesión ordinaria. La voz suave de la monja, relatando sus pequeñas faltas, la intensidad de su fe y paradójicamente la inocencia de su devoción habían tocado algo profundo en él. Con el tiempo las confesiones se volvieron más largas. Él comenzó a buscar pretextos para hablar con ella fuera del confesionario.

Dudas teológicas, consejos sobre textos piadosos, consultas sobre hierbas medicinales, pues Sorcatalina era conocida por su conocimiento en remedios naturales. Y entonces, en una tarde lluviosa 6 meses atrás, algo había cambiado. la mano de él sobre la suya al entregarle un libro, un momento de silencio demasiado largo, una mirada que decía lo que las palabras no podían expresar y así lo impensable había ocurrido.

 “Tenemos que terminar con esto”, dijo el padre Gabriel con la firmeza de quien ha tomado una decisión meditada. “He pedido mi traslado a Veracruz. Me iré en dos semanas.” El rostro de Catalina palideció aún más bajo la tenue luz que se filtraba por la pequeña ventana. “No puedes abandonarme”, murmuró, y sus palabras sonaron más a una súplica que a una afirmación. Es la única manera.

 Ambos necesitamos la redención, catalina. Este pecado se interrumpió. Incapaz de continuar. Ella dio un paso atrás. como si hubiera recibido un golpe físico. Su mano instintivamente se posó sobre su vientre un gesto que no pasó desapercibido para Gabriel. “¿Qué ocurre?”, preguntó él súbitamente alerta. Hay algo que debes saber”, respondió ella, y su voz adoptó un tono que él nunca había escuchado antes.

 Algo que cambiará todo. En ese momento, pasos apresurados resonaron en el pasillo exterior. Alguien se acercaba a la enfermería. Con un movimiento rápido, el padre Gabriel se ocultó tras una cortina que separaba la sala de consulta de la zona donde se guardaban los remedios. Catalina se apresuró a tomar un frasco de la estantería, fingiendo buscar algún medicamento.

La puerta se abrió de golpe y apareció Sor Mariana de Jesús, una novicia de apenas 18 años con expresión preocupada. Sor Catalina, la madre superior a pregunta por usted. Ha notado su ausencia en la oración. Me sentía indispuesta, respondió Catalina con aparente calma, mostrando el frasco que sostenía. Vine a buscar un remedio.

La joven novicia la miró con cierta sospecha. Aunque sor Mariana llevaba poco tiempo en el convento, su aguda observación y su dedicación a las reglas la habían convertido en la favorita de la madre superiora. La madre dice que debe ir inmediatamente a la capilla o presentarse en su despacho después.

 Informó con un tono que delataba cierta satisfacción al transmitir la reprimenda. “Iré enseguida, hermana”, respondió Catalina. Gracias por avisarme. La novicia asintió y se retiró, no sin antes lanzar una mirada inquisitiva alrededor de la sala. Cuando sus pasos se alejaron, Gabriel salió de su escondite.

 “Debo irme”, dijo con urgencia. “Pero antes, dime, ¿qué es eso tan importante?” Catalina lo miró a los ojos, reuniendo el valor para pronunciar las palabras que cambiarían sus vidas para siempre. Estoy esperando un hijo tuyo, Gabriel. Y según la comadrona que consulté en secreto, son dos. Espero gemelos. El rostro del sacerdote se transformó en una máscara de terror.

 Se tambaleó como si hubiera recibido un golpe y tuvo que apoyarse contra la pared para no caer. ¿Estás segura? Logró articular. completamente. Tengo casi tres meses. Pronto no podré ocultarlo. Gabriel cerró los ojos como si intentara despertar de una pesadilla. Cuando los abrió de nuevo, su mirada había cambiado. Ya no era solo miedo lo que reflejaban, sino también una determinación sombría.

Esto es una prueba divina, dijo con voz grave. Debemos encontrar una solución. Una solución, repitió ella con amargura. ¿Qué solución puede haber para nosotros? Antes de que Gabriel pudiera responder, la campana del convento sonó nuevamente, marcando el final de la oración. Pronto las monjas estarían regresando a sus quehaceres.

 “Volveré mañana a la misma hora”, prometió él dirigiéndose hacia la puerta trasera. Pensaré en algo, te lo juro. Cuando el sacerdote desapareció, Catalina permaneció inmóvil con una mano aún sobre su vientre. Las consecuencias de su pecado crecían dentro de ella, recordándole que no había vuelta atrás. Mientras tanto, en otro extremo del convento, Sor Mariana se presentaba ante la madre superiora.

¿La encontraste?”, preguntó Sorángela levantando la vista de un grueso libro de cuentas. “Sí, madre, estaba en la enfermería.” Dijo que se sentía indispuesta. La anciana monja entrecerró los ojos. “Estaba sola.” La novicia dudó un instante, recordando algo extraño en la atmósfera de la enfermería, algo que no había podido identificar.

Sí, madre, completamente sola. La superiora asintió lentamente, pero su expresión revelaba que no estaba del todo convencida. Vigila a Sor Catalina discretamente, hija. Últimamente la noto cambiada. Así lo haré, madre”, respondió Mariana, y una chispa de lo que podría ser celo o envidia brilló en sus ojos jóvenes.

Fuera del convento, la noche caía sobre Puebla. En las calles aledañas, un hombre envuelto en una capa oscura se detenía frente a una casona colonial. Miguel de Arriaga, médico respetado en la ciudad y amigo de infancia del padre Gabriel, abrió la puerta antes de que este tocara, como si hubiera estado esperándolo.

“Te ves terrible, amigo mío”, dijo Miguel observando el rostro descompuesto del sacerdote. “Necesito tu ayuda, Miguel”, respondió Gabriel. mientras entraba apresuradamente. Es un asunto de vida o muerte. La puerta se cerró tras ellos, sellando conversaciones que nunca deberían ser escuchadas por oídos ajenos.

En la oscuridad de la noche poblana, los secretos comenzaban a tejer una red de consecuencias que pronto amenazaría con atrapar a todos los involucrados. Mientras tanto, en su celda, Sor Catalina se arrodillaba frente a un pequeño altar improvisado, pero en lugar de las oraciones habituales, sus labios murmuraban palabras que nunca había pensado pronunciar.

Dios mío, ayúdanos a encontrar una salida, no por mí, sino por estas criaturas inocentes que no tienen culpa de nuestros pecados. Afuera, el viento se intensificó, haciendo crujir las vigas centenarias del convento, como si la naturaleza misma presintiera que una tormenta mucho más devastadora que cualquier tempestad natural estaba a punto de desatarse sobre aquellos muros sagrados de Puebla.

La mañana siguiente amaneció con una niebla espesa que envolvía el convento como un sudario. Las campanas de la catedral de Puebla resonaron a lo lejos, marcando las 6 en punto, hora en que las religiosas comenzaban su jornada con la primera oración del día. Sor Catalina no había logrado dormir en toda la noche.

 Las náuseas, compañeras constantes desde hacía semanas se habían intensificado con la ansiedad. se levantó de su catre con dificultad y vistió su hábito con movimientos mecánicos ensayados durante años de rutina conventual. Al mirarse en el pequeño espejo que tenía permitido usar para asegurarse de que su velo estuviera correctamente colocado, notó las profundas ojeras bajo sus ojos y la palidez enfermiza de su piel.

Pronto será evidente”, pensó con un estremecimiento. Ya había tenido que aflojar disimuladamente el cordón que ceñía su hábito a la cintura. Estimaba que tenía pocas semanas más antes de que su estado fuera imposible de ocultar. Un golpe suave en la puerta de su celda la sobresaltó. Adelante”, dijo, asegurándose de que su voz sonara firme.

 La puerta se abrió, revelando a sortera de la caridad, una monja anciana que había sido como una madre para Catalina desde su llegada al convento. “Buenos días, hija”, saludó la anciana con una sonrisa cansada. Te encuentras mejor hoy. Sor Teresa, encargada de la enfermería, era la única que conocía las frecuentes indisposiciones de Catalina, aunque no suera causa.

Para ella, como para el resto, se trataba de una afección estomacal persistente. “Un poco mejor, gracias”, mintió Catalina. “Las hierbas que me recomendó ayudaron a calmar el malestar. La anciana se acercó y puso una mano arrugada sobre la frente de la joven. Sigues pálida y noto fiebre. Quizás deberías descansar hoy.

 Hablaré con la madre superiora. El corazón de Catalina dio un vuelco. Un día de reposo significaría la oportunidad de encontrarse con Gabriel sin levantar sospechas. Se lo agradecería mucho, hermana, respondió con genuina gratitud. Sorterea asintió y se dirigió a la puerta, pero antes de salir se detuvo y miró a Catalina con una expresión que la joven no supo interpretar.

 ¿Sabes que puedes confiar en mí, verdad, hija? Sea lo que sea que te atormente. Por un momento terrible, Catalina pensó que la anciana había descubierto su secreto, pero era imposible. Nadie lo sabía, excepto ella, Gabriel, y la comadrona que había consultado en el pueblo bajo promesa de absoluto silencio, pagada generosamente con unas joyas que Catalina había conservado de su vida secular.

 “Lo sé, hermana”, respondió con una sonrisa forzada. “Solo estoy cansada. Con un día de reposo estaré bien. La anciana pareció aceptar su explicación y se retiró cerrando suavemente la puerta tras ella. Catalina se dejó caer de rodillas, agradeciendo el breve respiro. Mientras tanto, en la capilla, la madre superiora dirigía la oración matutina con su habitual severidad.

 Sus ojos agudos recorrían las filas de monjas arrodilladas. Notando inmediatamente la ausencia de Sor Catalina. Cuando la oración terminó y las religiosas comenzaron a retirarse hacia sus tareas diarias, detuvo a Sor Mariana. “¿Dónde está Asor Catalina?”, preguntó sin preámbulos. “No la he visto esta mañana, madre”, respondió la novicia.

 “Quizás sigue indispuesta.” La madre superiora frunció el seño. Las reglas del convento eran claras. Incluso las enfermas debían asistir a la oración matutina a menos que estuvieran completamente imposibilitadas. Ve a ver cómo se encuentra”, ordenó, “y recuérdale que la esperaré en mi despacho después del desayuno.

” Mariana asintió y se dirigió hacia la celda de Catalina, pero en el camino se encontró con Sor Teresa. “La madre superiora pregunta por Sor Catalina”, informó. “Acabo de estar con ella”, respondió la anciana. “No se encuentra bien. Iba a pedirle a la madre que le permitiera descansar.

” Hoy una sombra de suspicacia cruzó el rostro de Mariana. ¿Qué le ocurre exactamente? Fiebre y malestar general, respondió Teresa, ligeramente irritada por el tono inquisitivo de la novicia. Nada que un día de descanso y oración no pueda aliviar. Informaré a la madre, dijo Mariana, y continuó su camino, no hacia el despacho de la superiora, sino hacia la celda de Catalina.

 Sin llamar, abrió la puerta abruptamente. Catalina, que estaba arrodillada frente a su pequeño altar, se sobresaltó visiblemente. “La madre superiora quiere verte en su despacho”, dijo Mariana con un tono que dejaba entrever cierta satisfacción. dice que es urgente. Catalina se levantó con dificultad tratando de ocultar su malestar.

 “Sor Teresa ha ido a informarle que estoy enferma”, respondió manteniendo la compostura. No creo que la madre espere que me presente en este estado. Mariana la observó detenidamente como si intentara descifrar un misterio. Sus ojos se detuvieron brevemente en el vientre de Catalina, apenas disimulado por el hábito holgado.

 “La madre insiste,” dijo finalmente. dice que hay asuntos importantes que discutir contigo. Un escalofrío recorrió la espalda de Catalina. ¿Acaso la superiora sospechaba algo? ¿Habría notado los cambios en su cuerpo? O quizás alguien las había visto a ella y a Gabriel. Iré enseguida cedió, sabiendo que negarse solo aumentaría las sospechas.

 Mariana asintió con un breve gesto y se retiró, dejando a Catalina sumida en un nuevo torbellino de ansiedad. En otro punto de la ciudad, el padre Gabriel salía de la casa de Miguel de Arriaga con expresión sombría. Había pasado la noche en vela discutiendo posibles soluciones con su amigo. Miguel, como médico le había confirmado lo que ya sabía.

 No había forma de interrumpir un embarazo sin poner en grave riesgo la vida de la madre. No puedes considerar eso siquiera, Gabriel, le había dicho con firmeza. Sería un homicidio además de poner en peligro a Catalina. Entonces, ¿qué hacemos? Había preguntado Gabriel desesperado. Si esto se descubre, ambos estamos condenados.

La colgarán a ella por adulterio y a mí por violar mis votos. Y si son gemelos, como dice Miguel, había meditado largamente antes de responder. Hay un camino, pero es arriesgado y requerirá recursos. Lo que sea, había respondido Gabriel sin dudarlo. Catalina tendrá que desaparecer, explicó Miguel. Podemos arreglar que sea enviada temporalmente a un convento en España alegando una misión especial o una enfermedad que requiere tratamiento en la península.

 Allí podrá dar a luz en secreto. Después, los niños pueden ser entregados a una familia adoptiva y ella podría regresar al convento o o había preguntado Gabriel pendiente de cada palabra. O podríais huir juntos”, había completado Miguel en voz baja, como si las paredes pudieran escuchar. Abandonar los hábitos, cambiar vuestros nombres y comenzar una nueva vida lejos de aquí, quizás en el norte, en territorios donde la Inquisición tiene menos alcance.

La sugerencia había quedado flotando entre ellos como una tentación blasfema. Gabriel no había respondido, pero la semilla de la idea se había plantado en su mente. Ahora, mientras caminaba hacia la iglesia para cumplir con sus obligaciones, el plan comenzaba a tomar forma en su cabeza. Necesitaría dinero, documentos falsos y la complicidad de personas de confianza.

Era arriesgado, casi suicida, pero qué alternativa tenían. En el convento, Catalina se presentaba ante la madre superiora con el corazón latiendo tan fuerte que temía que pudiera escucharse a través de su hábito. “Adelante”, dijo la voz severa de Sorángela desde el otro lado de la puerta de roble.

 El despacho de la superiora era una habitación austera con una gran cruz de madera presidiendo la pared principal. Un escritorio macizo dominaba el centro de la estancia, cubierto de documentos y libros de cuentas. La madre Ángela, sentada tras él, levantó la vista cuando Catalina entró. Siéntate, hija”, indicó señalando una silla de madera frente al escritorio.

Catalina obedeció, consciente de que sus manos temblaban ligeramente, las entrelazó sobre su regazo para disimular. Sor Teresa me ha informado que no te encuentras bien”, comenzó la superiora, estudiándola con ojos penetrantes. “Es la tercera vez este mes que te ausentas de tus obligaciones.

 Lo lamento, madre”, respondió Catalina bajando la mirada. “He estado sufriendo de fiebres y malestares que vienen y van. Sorterea cree que podría ser una afección del hígado. La superiora guardó silencio durante un momento que pareció eterno. Luego, con un movimiento inesperado, se levantó y rodeó el escritorio para acercarse a Catalina.

Sin previo aviso, puso una mano sobre su frente. “No tienes fiebre”, declaró con tono seco. “Y tu piel, aunque pálida, no muestra el tinte amarillento de las afecciones hepáticas.” Catalina sintió que el aire abandonaba sus pulmones. La superiora la observaba con una mezcla de suspicacia y decepción que resultaba más aterradora que cualquier explosión.

de ira. ¿Hay algo que quieras confesarme, Sor Catalina?”, preguntó finalmente, regresando a su asiento. “Como tu madre espiritual, estoy aquí para guiarte, no solo para disciplinarte.” Por un momento, Catalina consideró confesarlo todo. El peso del secreto la estaba destruyendo y quizás la misericordia de Dios podría manifestarse a través de la comprensión de la superiora.

Pero el miedo era más fuerte, no solo por ella, sino por Gabriel y por las criaturas inocentes que llevaba en su vientre. No hay nada que confesar, madre, respondió, odiándose a sí misma por cada palabra falsa. Solo estoy cansada y débil. Prometo esforzarme más. La madre Ángela la estudió en silencio durante lo que pareció una eternidad.

Finalmente suspiró profundamente. Muy bien, hija. Te concedo el día de hoy para descansar y recuperar fuerzas, pero mañana espero verte en todas las obligaciones comunitarias y sugiero que aproveches este tiempo para una confesión profunda y sincera. El padre Gabriel vendrá esta tarde para las confesiones habituales del miércoles.

Al escuchar el nombre de Gabriel, Catalina no pudo evitar un ligero sobresalto que no pasó desapercibido para la aguda observación de la superiora. Gracias, madre, logró responder, levantándose con cierta dificultad. seguiré su consejo. Una cosa más, soralina, añadió la madre Ángela cuando la joven ya se dirigía hacia la puerta.

Recuerda que los secretos dentro de estos muros tienen forma de manifestarse tarde o temprano. La verdad siempre encuentra su camino hacia la luz, por muy profundamente que intentemos enterrarla. Las palabras cayeron sobre Catalina como una sentencia. Con un breve asentimiento, salió del despacho y se apoyó contra la pared del pasillo, tratando de controlar el temblor de sus piernas.

No tuvo mucho tiempo para recuperarse. Sor Mariana apareció por el pasillo con expresión curiosa. “¿Qué quería la madre superiora?”, preguntó sin disimular su interés. Solo estaba preocupada por mi salud”, respondió Catalina enderezándose y componiendo su rostro. me ha dado permiso para descansar hoy. Qué considerada, comentó Mariana con un tono que sugería lo contrario, especialmente cuando todas las demás tenemos que cumplir con nuestras obligaciones, independientemente de cómo nos sintamos.

La insinuación era clara, pero Catalina estaba demasiado agotada para responder a la provocación. Si me disculpas, hermana, voy a retirarme a mi celda”, dijo simplemente y comenzó a alejarse por el pasillo. Por cierto”, añadió Mariana cuando Catalina ya se había alejado unos pasos, “he visto al padre Gabriel entrar por la puerta trasera hace un rato.

 Parecía ansioso por hablar con alguien. Catalina se detuvo en seco, pero no se volvió. No daría a Mariana la satisfacción de ver el efecto que sus palabras habían causado. Con toda la dignidad que pudo reunir, continuó su camino sin responder. Apenas había llegado a su celda cuando un golpe suave en la ventana la sobresaltó.

Al acercarse, vio el rostro de Gabriel parcialmente oculto por la capucha de su capa. ¿Qué haces aquí? susurró al armada abriendo la pequeña ventana. Es demasiado arriesgado. Mariana te ha visto entrar. Tenía que verte, respondió él con urgencia. He estado pensando toda la noche y creo que tengo una solución.

¿Cuál? Preguntó ella, dividida entre el miedo y la esperanza. Nos iremos de aquí, dijo Gabriel con determinación. Abandonaremos los hábitos y comenzaremos una nueva vida juntos, lejos, donde nadie nos conozca. Catalina lo miró como si hubiera perdido la razón. ¿Te has vuelto loco? ¿Cómo podríamos? Miguel nos ayudará, interrumpió él.

Tiene contactos que pueden proporcionarnos documentos falsos. Tengo algunos ahorros y podemos vender las joyas que guardaste. Viajaremos al norte, quizás a Coahuila o más allá. Comenzaremos como comerciantes o agricultores. Criaremos a nuestros hijos juntos como una familia. La palabra familia resonó en los oídos de Catalina como una promesa imposible, un sueño prohibido que nunca se había permitido albergar.

“¿Y si nos encuentran?”, preguntó con voz temblorosa. “¿Nos ejecutarán?” “Es un riesgo que debemos correr,” respondió él, y la determinación en su voz era inquebrantable. La alternativa es peor. Si nos quedamos y se descubre tu estado, nos separarán para siempre y nuestros hijos crecerán como huérfanos marcados por la vergüenza de su nacimiento.

Catalina cerró los ojos, abrumada por las implicaciones de lo que Gabriel proponía. Abandonar sus votos, huir como criminales, vivir en constante temor de ser descubiertos, pero también la posibilidad de criar a sus hijos, de vivir el amor que se habían negado por tanto tiempo. ¿Cuándo?, preguntó finalmente, abriendo los ojos con una nueva resolución.

 En dos días, durante la festividad de todos los santos, la confusión de las celebraciones nos dará cobertura, explicó Gabriel. Te esperaré con un carruaje en la puerta trasera del convento a medianoche. Trae solo lo esencial y las joyas. Estaré lista, prometió ella. Y por primera vez en semanas una chispa de esperanza iluminó su mirada.

Gabriel extendió una mano a través de la ventana y tocó suavemente su mejilla. El gesto tan simple y a la vez tan íntimo casi la hizo llorar. “Cuídate estos dos días”, dijo él. No levantes sospechas. Actúa con normalidad. Lo haré, aseguró ella. Ahora debes irte. Es peligroso que estés aquí. Gabriel la sintió y se alejó sigilosamente por el jardín conventual.

 Catalina cerró la ventana y se dejó caer de rodillas junto a su cama, no para rezar, sino para asimilar la enormidad de la decisión que acababa de tomar. Mientras tanto, oculta tras una columna del claustro, Sor Mariana observaba la retirada del sacerdote con ojos entrecerrados. No había logrado escuchar la conversación, pero la visita clandestina a la celda de Sor Catalina era prueba suficiente de que algo impropio estaba ocurriendo.

 Con pasos silenciosos se dirigió hacia el despacho de la madre superiora. Lo que no sabía era que alguien más la observaba a ella. Sor Teresa desde la puerta de la enfermería, había sido testigo de toda la escena. La visita de Gabriel, la vigilancia de Mariana y ahora la marcha apresurada de la novicia hacia el despacho de la superiora.

 La anciana monja suspiró profundamente. Los secretos del convento comenzaban a desbordarse como un río que ha roto sus diques. La tormenta que se avecinaba prometía arrasar con todo a su paso y sorteresa sabía con la sabiduría que solo los años pueden otorgar, que nadie saldría ileso de ella.

 En su despacho, la madre Ángela contemplaba un antiguo crucifijo de plata mientras sus dedos jugaban distraídamente con un rosario. Cuando el golpe en la puerta anunció la llegada de Sor Mariana, la superiora ya presentía que las palabras que estaba a punto de escuchar cambiarían irrevocablemente el destino de su comunidad. Adelante”, dijo con voz firme, preparándose para lo que fuera a venir.

La joven novicia entró con paso decidido, sus ojos brillantes con el fervor de quien está convencida de actuar en nombre de Dios y la virtud. Madre superiora comenzó y su voz temblaba ligeramente con la emoción de su descubrimiento. Creo que hay algo que debe saber sobre Sor Catalina y el padre Gabriel. La víspera de todos los santos trajo consigo el penetrante aroma de Sempazuchi Licopal, que inundaba las calles de Puebla.

Mientras la ciudad se preparaba para honrar a los difuntos con altares y ofrendas, dentro del convento de Santa Rosa reinaba una atmósfera cargada de tensión, apenas disimulada bajo la rutina diaria. Sor Catalina, recluida en su celda desde el día anterior por orden expresa de la madre superiora, pasaba las horas en una agonía de incertidumbre.

La noche anterior, después de la denuncia de Sor Mariana, había sido sometida a un interrogatorio exhaustivo. “¿Niegas haber recibido visitas privadas del padre Gabriel en tu celda?”, Había preguntado la madre Ángela, su voz tan afilada como un cuchillo. El padre vino a traerme un texto de devoción que le había pedido.

 Madre, respondió Catalina, aferrándose a la mentira como un náufrago a un madero. se sentía demasiado débil para ir a la biblioteca y era necesario que lo hiciera a través de tu ventana como un ladrón en la noche, en lugar de entrar por la puerta principal como corresponde. La pregunta había quedado suspendida en el aire, evidenciando lo absurdo de su explicación.

Pero Catalina había persistido en su negativa, jurando por todos los santos que no había nada impropio entre ella y el confesor. Al final, la superiora no había tenido pruebas concretas más allá del testimonio de Mariana. Con evidente reluctancia, había decidido no tomar medidas drásticas, pero había ordenado a Catalina permanecer en su celda en oración y penitencia hasta nuevo aviso.

 Y te advierto, hija, había añadido con severidad, que he enviado una carta al obispo solicitando el reemplazo inmediato del padre Gabriel como nuestro confesor. Su comportamiento, sea cual sea su naturaleza exacta, ha demostrado ser inapropiado para nuestra comunidad. La noticia había sido un golpe devastador. Si el obispo removía a Gabriel antes de la noche siguiente, su plan de fuga sería imposible.

 Catalina había pasado las últimas 24 horas alternando entre la oración desesperada y la preparación silenciosa para su partida. había reunido las pocas pertenencias que llevaría consigo, su crucifijo de plata, un pequeño libro de oraciones que había sido de su madre, un cambio de ropa sencilla que guardaba para las labores más arduas del convento.

Y por supuesto las joyas cuidadosamente escondidas en un compartimento secreto bajo una loseta suelta de su celda. Ahora, mientras el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte de Puebla, dando paso a la primera noche de la festividad, Catalina sentía que cada minuto se estiraba dolorosamente. Solo faltaban unas horas para medianoche, para el momento de la verdad.

 Un golpe suave en la puerta la sobresaltó. con manos temblorosas ocultó el pequeño atillo que había preparado bajo su colchón y se apresuró a arrodillarse frente al reclinatorio, fingiendo estar inmersa en oración. Adelante, dijo con voz que intentó mantener serena. La puerta se abrió revelando a Sor Teresa. La anciana entró y cerró cuidadosamente tras ella.

 Su rostro arrugado mostraba una gravedad que Catalina nunca había visto antes. “Hija mía,”, comenzó la anciana sentándose en el borde de la cama con un suspiro cansado. “He venido a traerte noticias y a hablar contigo con total honestidad.” El corazón de Catalina dio un vuelco. Habría sido descubierto su plan.

 Habrían arrestado a Gabriel. ¿Qué sucede, hermana?, logró preguntar mientras un sudor frío perlaba su frente. “El padre Gabriel ha sido convocado urgentemente por el obispo”, anunció Teresa observando atentamente la reacción de la joven. Partió hacia la sede episcopal esta mañana. Catalina sintió que el mundo se derrumbaba a su alrededor.

Si Gabriel había sido llamado por el obispo, probablemente sería destituido inmediatamente. Quizás incluso enfrentaría un proceso eclesiástico. Y lo peor, no estaría allí esa noche para escapar juntos. Ya veo murmuró luchando por mantener la compostura. Espero que no sea nada grave. Sortesa la miró largamente con esos ojos ancianos que parecían ver más allá de las palabras.

Catalina, dijo finalmente usando su nombre de pila, algo que no había hecho en años. Sé el pánic apoderó de la joven, pero antes de que pudiera negar o fingir ignorancia, la anciana levantó una mano para silenciarla. No estoy aquí para juzgarte, hija. Estoy aquí para ayudarte. No entiendo, balbuceó Catalina mientras las lágrimas que había estado conteniendo durante semanas comenzaban a deslizarse por sus mejillas.

“Entiendo más de lo que crees”, respondió Teresa con sorprendente gentileza. Reconozco los signos, las náuseas matutinas, la palidez, el vientre que comienza a redondearse. Fui comadrona antes de tomar los hábitos, ¿recuerdas? Catalina enterró el rostro entre sus manos, incapaz de seguir manteniendo la farsa.

 Los soylozos sacudieron su cuerpo mientras años de culpa, miedo y amor prohibido se desbordaban de una vez. ¿Qué voy a hacer? Gimió entre lágrimas. Si se descubre, ya se ha descubierto, dijo Teresa con calma. Mariana ha estado observándote durante semanas. Han notado cada cambio en tu cuerpo, cada ausencia, cada encuentro furtivo.

Esta mañana informó a la madre superiora de sus sospechas sobre tu condición. Catalina levantó la mirada horrorizada. “La madre sabe que estoy sospecha, corrigió Teresa, pero ha ordenado que seas examinada mañana por un médico de su confianza. Si confirmas su sospecha, sabes lo que ocurrirá. La amenaza no necesitaba ser explicitada.

Una monja embarazada enfrentaría la expulsión inmediata de la orden, la vergüenza pública, posiblemente incluso un proceso por parte de la Inquisición. Y si se descubría que el Padre era un sacerdote, las consecuencias serían aún más severas para ambos. Íbamos a escapar esta noche”, confesó Catalina en un susurro.

 Gabriel y yo teníamos un plan para huir juntos, pero si él no está, Teresa asintió como si la confesión simplemente confirmara lo que ya sabía. El padre Gabriel no fue convocado por el obispo, reveló la anciana y ante la mirada confundida de Catalina explicó, “Fue una estratagema de la madre superiora. Hizo que el sacristán le entregara una falsa carta episcopal.

 El Padre ha partido, sí, pero no hacia donde él cree. Lo estarán esperando para arrestarlo en el camino. No exclamó Catalina levantándose de golpe. Tengo que advertirle. Es demasiado tarde, respondió Teresa con tristeza. Partió al amanecer. A estas horas ya debe estar bajo custodia. Catalina comenzó a pasearse por la pequeña celda como un animal enjaulado, el terror dando paso a una desesperación que amenazaba con consumirla por completo.

“Entonces todo está perdido”, murmuró llevando instintivamente una mano a su vientre. “Dios mío, ¿qué va a hacer de mis hijos?” Hay una salida”, dijo Teresa, y algo en su tono hizo que Catalina se detuviera en seco. Pero requiere valor y sacrificio. “Haría cualquier cosa por salvar a mis hijos,”, afirmó Catalina sin dudarlo, “y por ayudar a Gabriel.

” Teresa se levantó con dificultad y se acercó a la joven. Tomó sus manos entre las suyas, arrugadas por los años y las apretó con sorprendente fuerza. Entonces escucha atentamente, porque solo tendremos una oportunidad. Mientras las dos mujeres hablaban en susurros urgentes en otra parte de la ciudad, Miguel de Arriaga recibía una visita inesperada.

El médico abrió la puerta de su estudio para encontrarse con un hombre de aspecto distinguido que nunca había visto antes. Doctora Raga saludó el desconocido con una leve inclinación. Mi nombre es Sebastián Alcántara, notario del Santo Oficio. Necesito hablar con usted sobre un asunto de máxima importancia. Miguel sintió que su sangre se helaba.

El santo oficio, la inquisición. Tragando saliva, invitó al hombre a entrar, consciente de que rechazarlo solo aumentaría las sospechas. “¿En qué puedo servirle, señor notario?”, preguntó, esforzándose por mantener un tono neutral. Se trata del padre Gabriel Ramírez, respondió el hombre, observando atentamente la reacción de Miguel.

 Tengo entendido que es usted su amigo cercano. Miguel mantuvo la compostura con esfuerzo, así que habían llegado a él a través de Gabriel. ¿Qué sabían exactamente? Somos conocidos desde la infancia, admitió con cautela. Aunque nuestros caminos se separaron cuando él entró al seminario. Sin embargo, ha estado visitándole con frecuencia últimamente, señaló el notario.

 Incluso pasó toda la noche aquí hace dos días. Era inútil negarlo. Claramente estaban siendo vigilados desde hacía tiempo. El padre Gabriel ha estado sufriendo de insomnio y palpitaciones improvisó Miguel recurriendo a su autoridad médica. vino a consultarme en calidad profesional. El notario sonrió levemente, un gesto que no alcanzó sus ojos fríos.

Doctora Riaga, déjeme ser directo. El padre Gabriel ha sido arrestado esta mañana por orden del santo oficio, acusado de mantener relaciones ilícitas con una religiosa del convento de Santa Rosa. La evidencia es irrefutable. Miguel se esforzó por aparentar sorpresa y consternación, aunque por dentro el pánico amenazaba con paralizarlo.

 Si Gabriel había sido arrestado, ¿qué había sido de Catalina? Esa es una acusación muy grave, logró decir, y completamente fuera del carácter del padre Gabriel. Debo añadir, “El pecado no respeta caracteres, doctor”, respondió el notario con severidad. Y el padre Gabriel ha confesado, esto sí tomó a Miguel por sorpresa.

 Gabriel había confesado, era imposible. Conocía a su amigo, antes moriría que poner en peligro a Catalina. Confesó, repitió, incapaz de ocultar su incredulidad. Bajo persuasión, admitió el notario con un tono que sugería que los métodos empleados no habrían sido gentiles. Ha revelado todo, la naturaleza de su relación, los encuentros clandestinos, incluso la condición de la monja.

Miguel se sintió enfermo. Si la Inquisición sabía del embarazo, Catalina estaba en peligro mortal. ¿Y cuál es mi papel en todo esto?”, preguntó temiendo la respuesta. El padre Gabriel mencionó que usted estaba al tanto de la situación, respondió el notario, y sus ojos no se apartaban del rostro de Miguel, evaluando cada reacción y que iba a ayudarles a escapar.

 Miguel comprendió que estaba atrapado. Cualquier negativa sería inútil y solo empeoraría su situación. Su mente trabajaba frenéticamente buscando una salida. Es cierto que Gabriel me confió sus sentimientos hacia la monja”, admitió finalmente, eligiendo sus palabras con extremo cuidado. “Pero le aconsejé que confesara su debilidad al obispo y solicitara ser trasladado lejos de la tentación.

 Nunca supe que la situación había llegado tan lejos y ciertamente nunca acordé ayudarles a escapar.” El notario lo estudió en silencio durante unos momentos. que parecieron eternos. Finalmente asintió levemente. “Le creo, doctora Raga,” dijo, aunque su tono sugería lo contrario. Sin embargo, el santo oficio requerirá su testimonio formal.

 Deberá presentarse mañana al mediodía en nuestra sede para una declaración completa. Por supuesto, accedió Miguel, sabiendo que no tenía opción. Estaré allí sin falta. Una cosa más, añadió el notario mientras se levantaba para marcharse. Hasta entonces no debe abandonar la ciudad bajo ninguna circunstancia. Estamos vigilando todas las salidas.

Con una última mirada penetrante, el notario se retiró, dejando a Miguel sumido en un terror helado. Apenas se cerró la puerta, el médico se dejó caer en una silla temblando incontrolablemente. Gabriel arrestado, Catalina presumiblemente también. Y ahora él mismo bajo sospecha. El plan de fuga estaba completamente arruinado, pero quizás pensó con un destello de esperanza desesperada aún podía hacer algo para ayudar a sus amigos.

 Tenía hasta el mediodía del día siguiente antes de tener que presentarse ante la Inquisición. Tiempo suficiente para actuar si se atrevía. Con manos temblorosas, Miguel se sirvió un vaso de Brandy y lo bebió de un trago, buscando el valor que necesitaría para lo que estaba a punto de hacer. De vuelta en el convento, la noche había caído completamente.

La ciudad de Puebla brillaba con miles de velas encendidas en honor a los difuntos, creando un espectáculo de luz que contrastaba con la oscuridad que parecía haberse instalado permanentemente en el alma de Catalina. Es hora susurró Sortera entrando sigilosamente en la celda. Catalina asintió incapaz de hablar.

 Se levantó de la cama donde había estado sentada durante horas esperando. Llevaba puesto su hábito, pero debajo tenía la ropa sencilla que había preparado para la fuga. El pequeño Atillo con sus pertenencias estaba oculto entre los pliegues de su vestimenta. “¿Estás segura de esto?”, preguntó Teresa, estudiando el rostro pálido de la joven.

 “Una vez que salgas, no hay vuelta atrás.” “No tengo elección”, respondió Catalina con una resolución que sorprendió a la anciana. Es la única manera de salvar a mis hijos y quizás también a Gabriel. Teresa asintió gravemente y le entregó un pequeño frasco. Bébelo todo, instruyó. Te causará fiebre y delirio durante unas horas, lo suficiente para que pueda convencer a la madre de que necesitas atención médica inmediata.

 Catalina miró el frasco con aprensión. Pero lo destapó y bebió su contenido sin dudar. El líquido amargo le quemó la garganta y casi la hizo vomitar, pero logró retenerlo. “Ahora acuéstate”, indicó Teresa. “los efectos comenzarán pronto. Cuando venga a buscarte estarás ardiendo en fiebre y balbuceando incoherencias. Te llevaré a la enfermería y de allí ya conoces el plan.

 Catalina se recostó en su catre, sintiendo ya el comienzo de un calor antinatural que se extendía desde su estómago hacia todo su cuerpo. “Gracias, hermana”, murmuró tomando la mano arrugada de la anciana. “Nunca podré pagarte lo que estás haciendo por mí.” No lo hago solo por ti”, respondió Teresa con una sonrisa triste.

 “Lo hago por esas criaturas inocentes y porque hace muchos años yo estuve en tu lugar.” Antes de que Catalina pudiera procesar esta sorprendente revelación, la puerta de la celda se abrió abruptamente. Sor Mariana apareció en el umbral, sus ojos brillantes de triunfo malicioso. “Aí que es cierto”, dijo su mirada fija en el Atillo parcialmente visible bajo el hábito de Catalina.

Planeabas escapar esta noche. Teresa se interpuso entre Mariana y la cama, dondecía Catalina, quien ya comenzaba a sentir los efectos de la poción. “Sor Mariana, sor Catalina, está enferma”, dijo con autoridad. “Vine a traerle un remedio. Deberías estar en el coro para la oración nocturna. Vi al doctor Arriaga merodeando cerca del convento hace un rato respondió Mariana ignorando las palabras de la anciana.

 El mismo doctor que es amigo íntimo del padre Gabriel. Qué coincidencia, ¿no crees? Catalina sintió que el pánico se mezclaba con los efectos de la poción, creando una sensación de vértigo que amenazaba con hacerla perder el conocimiento. “No sé de qué hablas”, logró murmurar mientras el sudor comenzaba a perlar su frente.

 “Voy a informar a la madre superiora”, declaró Mariana y había un brillo casi febril en sus ojos. Esta vez tendrá pruebas concretas de tu traición. “Haz lo que debas hacer”, respondió Teresa con una calma que contrastaba con la agitación de Mariana. “Pero te advierto que Sorcatalina está realmente enferma.

 La poción que acabo de darle contiene Belladona y otras hierbas potentes. En pocos minutos estará delirando de fiebre. Si la madre superiora no recibe atención médica inmediata, su vida podría estar en peligro. Mariana vaciló, claramente desconcertada por la calma de la anciana y por el estado cada vez más febril de Catalina, quien ahora se retorcía en la cama, murmurando incoherencias.

“Si muere”, continuó Teresa con voz grave, “su sangre estará en tus manos por retrasar su atención médica con acusaciones infundadas. La duda se reflejó en el rostro de la novicia. La visión de Catalina, sudorosa y delirante, parecía auténtica. Y si realmente estaba gravemente enferma.

 Iré a buscar a la madre superiora, decidió finalmente. Pero no te muevas de aquí. Cuando Mariana salió apresuradamente, Teresa se inclinó sobre Catalina, cuya conciencia iba y venía entre la lucidez y la confusión provocada por las hierbas. “El plan ha cambiado”, susurró urgentemente. “Mariana sospecha demasiado. No podemos esperar a medianoche.

 Debemos actuar ahora.” Con sorprendente fuerza para su edad, Teresa ayudó a Catalina a incorporarse. La joven se tambaleó, sus piernas apenas capaces de sostenerla. “No puedo,”, murmuró Catalina mientras la habitación giraba a su alrededor. “Debes hacerlo”, insistió Teresa con firmeza. “Por tus hijos, por Gabriel.

 Ahora escucha atentamente. En lugar de ir a la enfermería, iremos directamente al pasadizo secreto. ¿Recuerdas dónde está? Catalina asintió débilmente. El pasadizo, un túnel estrecho y olvidado que conectaba el convento con una bodega abandonada a dos calles de distancia, había sido descubierto por Teresa años atrás y mantenido en secreto. Era su ruta de escape.

 Miguel, ¿estará esperando?, logró preguntar Catalina mientras Teresa la guiaba hacia la puerta de la celda. No lo sé, admitió la anciana, pero no tenemos alternativa. Si nos quedamos, serás arrestada al amanecer. Con paso vacilante, apoyándose pesadamente en Teresa, Catalina avanzó por el pasillo desierto.

 La mayoría de las monjas estaban en el coro participando en la oración nocturna de la víspera de todos los santos. Los pocos pasillos que debían recorrer hasta el acceso al pasadizo ubicado tras un panel móvil en la despensa estaban afortunadamente vacíos. Sin embargo, cuando llegaron a la cocina que precedía a la despensa, se encontraron con una figura inesperada.

Sorjuana de la Asunción, una de las monjas más ancianas del convento, estaba sentada junto al fogón pelando papas para la comida del día siguiente. Al ver a Teresa sosteniendo a una Catalina claramente enferma, dejó caer el cuchillo con sorpresa. “¿Qué ocurre? ¿Por qué no está en la oración?”, preguntó levantándose con dificultad.

Sor Catalina está muy enferma”, respondió Teresa sin perder tiempo. “La llevo a la enfermería por una ruta más corta.” Sorana entrecerró los ojos con sospecha. A pesar de su edad avanzada, su mente seguía siendo aguda. “La enfermería está en la dirección contraria”, señaló. Y conozco a Sorcatalina desde que llegó al convento.

 Sé lo que se dice de ella y del padre Gabriel. El corazón de Teresa se hundió. Estaban atrapadas. Si Sorjuana daba la alarma, todo estaría perdido. Para sorpresa de ambas, la anciana monja se acercó cojeando y tomó el otro brazo de Catalina, ayudando a sostenerla. La despensa. Entonces, dijo con voz baja, el pasadizo lleva años sin usarse.

Tendrán que apartar algunas cajas para acceder al panel. Teresa la miró atónita. ¿Cómo sabes? Tengo 82 años, niña”, respondió Sorjuana con una sonrisa sorprendentemente traviesa. “He pasado 65 de ellos en este convento. Conozco cada piedra, cada secreto. Ahora vamos, antes de que vuelvan de la oración.” Con la ayuda inesperada de Sorjuana lograron llegar a la despensa.

Tal como había advertido la anciana, varias cajas y barriles bloqueaban el acceso al panel que ocultaba la entrada al pasadizo. Entre las dos monjas mayores apartaron los obstáculos lo suficiente para revelar el panel de madera oscurecido por el tiempo. Catalina. dijo Teresa sacudiendo suavemente a la joven que se había sumido en un estado semiconsciente.

Necesito que te concentres. Una vez que estés en el túnel, deberás avanzar sola. Yo no puedo acompañarte. Mi ausencia sería notada inmediatamente. Catalina parpadeó luchando contra los efectos de la poción. La fiebre hacía brillar sus ojos, pero había determinación en ellos. Puedo hacerlo”, afirmó enderezándose con esfuerzo.

 El túnel desemboca en el sótano de una bodega abandonada en la calle de los mercaderes”, explicó Teresa rápidamente. Una vez allí, sube las escaleras y sal a la calle, dobla a la derecha y camina tres cuadras hasta la plaza del mercado. En la esquina noroeste hay una posada llamada El gallo de oro. Pregunta por el doctor Arriaga.

 ¿Y si no está allí? Preguntó Catalina, el miedo momentáneamente más fuerte que los efectos de la Belladona. Entonces pregunta por doña Luisa de Mendoza. Intervino Sorjuana inesperadamente. Es mi sobrina. Dile que vas de mi parte. te esconderá hasta que podamos contactar a alguien que te ayude a salir de la ciudad.

 No había tiempo para agradecimientos. Derea abrió el panel revelando un agujero negro que olía a tierra húmeda y moo. Entregó a Catalina una pequeña lámpara de aceite y la ayudó a encenderla. El túnel es estrecho, pero no muy largo, unos 100 pasos aproximadamente, instruyó. Sigue siempre adelante, no hay bifurcaciones.

 Y Catalina, que Dios te proteja. Con un último abrazo apresurado, Catalina se introdujo en el túnel. La oscuridad la engulló casi de inmediato, dejando solo el pequeño círculo de luz de su lámpara visible durante unos instantes antes de desaparecer tras una curva. Teresa cerró el panel y con la ayuda de Sorjuana volvieron a colocar las cajas para ocultar cualquier evidencia de su uso.

 Apenas habían terminado cuando el sonido de pasos apresurados y voces alteradas llegó desde el pasillo. “Rápido, ve a la celda de Catalina”, susurró Sorjuana. “Finge que la estabas buscando. Yo me quedaré aquí y diré que estaba terminando mis tareas. Teresa asintió y se apresuró a salir por la otra puerta de la despensa, tomando un pasillo lateral que la llevaría de vuelta a las celdas por una ruta diferente.

Sorjuana, mientras tanto, regresó cojeando a la cocina y retomó su tarea de pelar papas como si nada hubiera ocurrido. Apenas unos minutos después, la madre superiora, seguida por Sor Mariana y dos monjas más, irrumpió en la cocina. ¿Has visto a Sor Catalina? Preguntó con voz tensa. A Sor Catalina, repitió Sorana fingiendo confusión.

 No, madre. He estado aquí toda la noche preparando la comida de mañana. La superiora soltó una exclamación de frustración y continuó su búsqueda mientras Orjuana seguía pelando papas con manos que, a pesar de su edad no temblaban en absoluto. En el túnel, Catalina avanzaba a tropezones, luchando contra los efectos de la poción y el terror que amenazaba con paralizarla.

El aire era denso y húmedo, haciendo que respirar fuera una tarea difícil. Las paredes de tierra parecían cerrarse sobre ella y más de una vez tuvo que detenerse para combatir una oleada de náuseas y mareos. Por mis hijos se repetía como un mantra cada vez que sus piernas amenazaban conceder por Gabriel.

 Después de lo que pareció una eternidad, pero que probablemente no fueron más de 20 minutos, Catalina vislumbró lo que parecía ser el final del túnel. Una pared de piedra con una pequeña puerta de madera bloqueaba el camino. Con manos temblorosas empujó la puerta. Estaba hinchada por la humedad y se resistió inicialmente, pero tras un segundo empujón más fuerte se dio con un crujido.

 Catalina emergió a un espacio oscuro que olía a vino rancio y madera podrida. El sótano de la bodega abandonada. apagó su lámpara para no llamar la atención y esperó a que sus ojos se acostumbraran a la penumbra. Una tenue luz se filtraba desde arriba, revelando una escalera desvencijada que subía hacia lo que debía ser la planta principal.

Con cada paso que daba hacia la libertad, Catalina sentía que dejaba atrás no solo el convento, sino toda su vida anterior. la hija obediente de don Rodrigo Mendoza, la devota sor Catalina de la Inmaculada Concepción. Todas esas identidades quedaban enterradas en el túnel de tierra que acababa de recorrer. Mientras subía las escaleras, una nueva resolución comenzó a formarse en su corazón más allá del miedo y la desesperación.

Si lograba escapar esa noche, si conseguía encontrar a Miguel o a la sobrina de Sorjuana, si podía de alguna manera ayudar a liberar a Gabriel, entonces quizás, contra todo pronóstico, podría comenzar una nueva vida. Una vida donde sus hijos no cargarían con el estigma de su pecado, donde podrían crecer libres y amados.

Con ese pensamiento ardiendo en su mente febril, Catalina abrió la puerta que daba a la calle y se adentró en la noche de todos los santos, donde las luces de miles de velas honraban a los muertos mientras ella luchaba desesperadamente por dar vida a un futuro que parecía tan imposible como necesario. La noche del día de todos los santos cubría Puebla con un manto de niebla espesa, mientras el sonido de las campanas se mezclaba con los cánticos que provenían de las iglesias.

Las calles estaban iluminadas por cientos de velas en los altares improvisados que adornaban casas y plazas, creando un paisaje casi fantasmal que Catalina atravesaba tambaleándose. Los efectos de la poción que Teresa le había dado comenzaban a disminuir, pero aún sentía la cabeza pesada y las extremidades débiles.

se había cubierto con un rebozo oscuro que encontró abandonado en la bodega, ocultando su rostro lo mejor posible mientras avanzaba en dirección al mercado, esquivando los grupos de personas que participaban en las celebraciones nocturnas. A pesar de haber vivido toda su vida en Puebla antes de entrar al convento, Catalina apenas reconocía las calles.

 12 años de encierro habían borrado muchos de sus recuerdos de la ciudad y los cambios en las fachadas y comercios la desorientaban aún más. Se detuvo un momento recargándose contra una pared para recuperar el aliento y tratar de ubicarse. “Tres cuadras hasta la plaza del mercado”, había dicho Teresa. “¿Pero en qué dirección?” La desorientación provocada por la fiebre no ayudaba.

 Cuando estaba a punto de ceder al pánico, divisó a un anciano sentado en el portal de una casa, tallando pequeñas calaveras de madera a la luz de una lámpara. “Disculpe, señor”, se acercó con voz temblorosa. “¿Podría indicarme cómo llegar a la plaza del mercado?” El anciano levantó la mirada y entrecerró los ojos, observándola con curiosidad.

Catalina se tensó temiendo ser reconocida, pero el hombre simplemente señaló con su navaja hacia el final de la calle. Sigue derecho dos cuadras y luego dobla a la izquierda. Hija, no tiene pérdida. Gracias”, murmuró ella, ajustándose el reboso para cubrir mejor su rostro antes de continuar su camino. La plaza del mercado estaba más concurrida de lo que esperaba.

 Familias enteras se habían reunido para compartir comida y bebida mientras honraban a sus difuntos con ofrendas coloridas. El contraste entre la alegría festiva y su propia desesperación era casi insoportable. Catalina bordeó la multitud manteniéndose en las sombras, buscando con ansiedad la posada mencionada por Sorjuana.

Finalmente, en la esquina noroeste de la plaza, vio el letrero de madera desgastada con un gallo dorado pintado, el gallo de oro. Con el corazón latiendo dolorosamente contra sus costillas, Catalina se acercó a la entrada de la posada. El establecimiento estaba lleno de viajeros y lugareños que bebían y conversaban animadamente.

Se detuvo en el umbral dudando. ¿Cómo encontraría a Miguel o a doña Luisa en medio de tanta gente sin llamar la atención? Mientras vacilaba, una mano firme se posó en su hombro. Catalina ahogó un grito de sorpresa y se giró, encontrándose con el rostro serio de un hombre de mediana edad, vestido con ropas sencillas, pero de buena calidad.

Sor Catalina, preguntó el hombre en voz baja. Ella se tensó instintivamente preparándose para huir, pero algo en la expresión del desconocido la detuvo. “Soy Martín Velázquez”, se presentó él notando su miedo. Amigo del doctor Arriaga me envió a buscarla. Por favor, venga conmigo rápidamente. No es seguro que permanezca aquí.

 Sin darle tiempo para responder, el hombre la tomó delicadamente del codo y la guió lejos de la posada hacia una callejuela lateral apenas iluminada. Catalina se dejó llevar, dividida entre la desconfianza y la desesperada necesidad de ayuda. ¿Dónde está Miguel? preguntó cuando estuvieron lejos del bullicio. ¿Cómo supo que vendría aquí? El doctor no pudo venir, explicó Martín mientras caminaban apresuradamente.

Está siendo vigilado por agentes del santo oficio. Envió un mensaje a doña Luisa, quien a su vez me contactó. Yo soy, digamos que me especializo en ayudar a personas que necesitan desaparecer. La explicación no tranquilizó completamente a Catalina, pero sus opciones eran extremadamente limitadas. Y Gabriel preguntó con voz temblorosa.

El padre Gabriel sabe algo de él. El rostro de Martín se ensombreció. Fue arrestado esta mañana, señora. Está bajo custodia del santo oficio. Pero no hablemos en la calle. Mi carruaje nos espera más adelante. El impacto de la confirmación sobre el arresto de Gabriel golpeó a Catalina como un puñetazo físico.

 Aunque Teresa ya le había advertido, una parte de ella se había aferrado a la esperanza de que fuera un error, que Gabriel hubiera escapado de alguna manera. Sintió que sus piernas cedían y solo el firme agarre de Martín evitó que cayera al suelo. “Curah, señora”, murmuró él sosteniéndola. “Aún no está todo perdido.

” Al final de la callejuela, efectivamente, esperaba un modesto carruaje con las cortinillas bajadas. Martín ayudó a Catalina a subir y dio instrucciones al cochero en voz baja antes de unirse a ella. El interior era estrecho pero limpio. Una lámpara de aceite colgada del techo iluminaba tenuemente el espacio, revelando a una mujer mayor sentada en el asiento opuesto.

 Tenía el cabello gris recogido en un moño severo y vestía ropas oscuras de buena calidad. sin ostentación. “Esta es doña Luisa de Mendoza”, presentó Martín, sobrina de Sorana y nuestra aliada en este asunto. La mujer inclinó levemente la cabeza en reconocimiento. “Mi tía me ha escrito sobre usted, soralina”, dijo con voz serena.

 “O quizás debería llamarla simplemente Catalina ahora.” “Gracias por ayudarme”, respondió Catalina. sintiendo una oleada de gratitud hacia estas personas que arriesgaban tanto por ella. Pero debo saber qué ha pasado exactamente, cómo fue arrestado Gabriel. El carruaje se puso en movimiento mientras doña Luisa intercambiaba una mirada con Martín como decidiendo cuánto revelar.

Fue una trampa, explicó finalmente la mujer. La madre superiora de su convento, sospechando de la relación entre ustedes, envió una falsa convocatoria episcopal. Cuando el padre Gabriel se presentó, lo estaban esperando agentes del santo oficio. Tenían testimonios, Catalina, alguien en el convento ha estado observándolos.

 y recogiendo evidencias durante meses. “Sor Mariana”, murmuró Catalina con amargura. Siempre nos miraba con sospecha, “Sea quien sea,”, continuó doña Luisa, proporcionó detalles muy específicos sobre sus encuentros y lo peor, mencionó su condición. Instintivamente, Catalina posó una mano protectora sobre su vientre.

 “¿Saben que estoy embarazada? concluyó sintiendo como el terror se renovaba en su interior. Doña Luisa asintió gravemente. Por eso debemos actuar con rapidez. En este momento el convento entero debe estar en conmoción por su desaparición. Pronto comenzarán a buscarla por toda la ciudad. ¿A dónde vamos?, preguntó Catalina. notando que el carruaje abandonaba las calles del centro y se dirigía hacia las afueras de la ciudad.

 “A un lugar seguro por ahora,” respondió Martín, “una propiedad que pertenece a mi familia en las afueras de Puebla. Permanecerá allí hasta que podamos organizar su viaje hacia el norte.” “El norte.” Repitió Catalina confundida. “Pero Gabriel está aquí. No puedo abandonarlo. Martín y doña Luisa intercambiaron otra mirada, esta vez cargada de pesar.

Catalina, comenzó doña Luisa con voz gentil pero firme. Debe entender la gravedad de la situación. El padre Gabriel enfrenta acusaciones muy serias. La Inquisición no muestra clemencia en casos como este. ¿Qué están diciendo?, preguntó Catalina, aunque en su corazón ya conocía la respuesta. Que debe prepararse para la posibilidad de que no pueda ayudarlo, respondió Martín con franqueza.

Nuestra prioridad ahora debe ser su seguridad y la de sus hijos. La verdad cayó sobre Catalina como una losa. Gabriel, su Gabriel, podría estar perdido para siempre. Las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a fluir libremente por sus mejillas. No puedo abandonarlo insistió entre soyosos. Debe haber alguna manera.

 Miguel está trabajando en ello. Intervino Martín. Aunque está vigilado. Su posición como médico respetado le da cierto acceso y credibilidad. está intentando obtener permiso para examinar al padre Gabriel en su celda, alegando preocupación por su salud. Si lo consigue, quizás pueda transmitir información o incluso preparar algo.

 La vaga promesa no ofrecía mucho consuelo, pero era un hilo de esperanza al que Catalina podía aferrarse. “¿Cuánto tiempo tenemos?”, preguntó secándose las lágrimas con determinación. ¿Cuándo? ¿Cuándo podrían ejecutarlo? Los procesos inquisitoriales pueden ser largos, respondió doña Luisa, evadiendo una respuesta directa, especialmente si el acusado no confiesa, podrían pasar semanas, incluso meses.

 Lo que no dijo, pero todos entendieron, fue que esos procesos casi invariablemente terminaban con la misma sentencia, especialmente en casos de religiosos acusados de romper sus votos de manera tan escandalosa. El carruaje abandonó el camino principal y comenzó a avanzar por un sendero de tierra flanqueado por árboles altos.

 que formaban un túnel natural. Después de unos minutos emergieron frente a una casa de campo modesta, pero bien mantenida. No había otras viviendas a la vista, estaban completamente aislados. “Llegamos”, anunció Martín. “Esta casa pertenecía a mis padres. Ahora la uso ocasionalmente para cazar. Nadie la asocia conmigo en la ciudad.

ayudó a Catalina a descender del carruaje y la guió hacia la entrada. El interior era sencillo pero acogedor, con muebles de madera robusta y algunas decoraciones rústicas. Una mujer, evidentemente el ama de llaves, salió a recibirlos. “Todo está preparado, don Martín”, informó con una breve reverencia. la habitación del fondo, como ordenó.

Gracias, Josefa, respondió él. La señora necesitará comida caliente y quizás un baño. Ha tenido un viaje difícil. Por supuesto, asintió la mujer, dirigiendo una mirada curiosa pero respetuosa hacia Catalina. Me ocuparé inmediatamente. Mientras Josefa se retiraba hacia lo que debía ser la cocina, Martín guió a Catalina hacia un salón pequeño donde ardía un fuego reconfortante en la chimenea.

 “¿Siéntese, por favor”, indicó un sillón cercano al fuego. “Debe descansar. El doctor Arriaga nos advirtió sobre su estado. Catalina se dejó caer en el sillón, repentinamente consciente del agotamiento extremo que sentía. Los últimos restos de la poción de Teresa, combinados con la tensión emocional y el esfuerzo físico, habían drenado sus últimas reservas de energía.

¿Cuánto tiempo me quedaré aquí?”, preguntó mientras doña Luisa se sentaba frente a ella. “Dos días, quizás tres,”, respondió la mujer. El tiempo suficiente para que la búsqueda inicial pierda intensidad y podamos organizar su viaje al norte con seguridad. Y después, Catalina apenas podía imaginar un futuro más allá de los próximos días.

 ¿Qué será de mí, de nosotros? Su mano volvió a posarse protectoramente sobre su vientre. Tengo familiares en Coahuila, explicó Martín. Propietarios de una hacienda alejada de los centros urbanos. Han aceptado recibirla como una viuda lejana de la familia. Podrá dar a luz allí en relativa seguridad y decidir luego si desea permanecer o trasladarse aún más al norte.

 El plan sonaba lógico, pero el corazón de Catalina se resistía a aceptarlo. Significaba abandonar toda esperanza de reunirse con Gabriel, de formar la familia con la que ambos habían soñado brevemente. “¿Y si hay noticias de Gabriel?”, preguntó aferrándose aún a esa posibilidad. Si Miguel consigue algo, le haremos llegar cualquier noticia.

 Lo prometo, aseguró doña Luisa, tomando su mano en un gesto maternal. Pero debe prepararse para lo peor, hija, y debe pensar en sus niños ahora. Antes de que Catalina pudiera responder, Josefa regresó con una bandeja que contenía un plato humeante de sopa, pan recién horneado y una taza de algo que olía a hierbas medicinales.

“Coma algo, señora”, instó la mujer con amabilidad. Después le prepararé un baño caliente. Le sentará bien. El aroma de la comida despertó en Catalina un hambre que no había notado hasta entonces. Comió lentamente, saboreando cada bocado, consciente de que ahora debía alimentarse no solo por ella, sino por las dos vidas que dependían de su fuerza y supervivencia.

Mientras comía, Martín y doña Luisa se retiraron a otra habitación para discutir los detalles del viaje. Catalina podía escuchar el murmullo de sus voces, pero no distinguía las palabras. Se concentró en la comida, en el calor del fuego, en las pequeñas comodidades que le ofrecían un respiro temporal de la pesadilla que estaba viviendo.

 Después del baño, vestida con ropas sencillas, pero limpias que Josefa le había proporcionado, Catalina fue conducida a una habitación pequeña, pero confortable, en la parte trasera de la casa. Una cama con docel, un armario de madera oscura y una mesita de noche con una lámpara de aceite componían todo el mobiliario. Una ventana daba a un jardín trasero donde la luz de la luna iluminaba tenuemente un huerto y algunos árboles frutales.

Descanse, señora”, dijo Josefa, retirándose. “Mañana será otro día.” Cuando se quedó sola, Catalina se sentó en la cama, incapaz aún de procesar completamente todo lo ocurrido en las últimas horas. Había pasado de ser una monja de clausura, condenada a una vida de encierro y devoción, a una fugitiva, perseguida por la Inquisición, sola y embarazada, a punto de emprender un viaje hacia un futuro totalmente incierto.

se recostó en la cama cerrando los ojos, esperando que el sueño le proporcionara al menos un breve olvido. Pero el rostro de Gabriel apareció inmediatamente en su mente. ¿Dónde estaría ahora? ¿En qué condiciones lo mantendrían? La Inquisición era conocida por sus métodos para obtener confesiones.

 El pensamiento de Gabriel sometido a tortura era insoportable. Dios mío, rezó silenciosamente. Si alguna vez mis oraciones tuvieron valor para ti, escúchame ahora. Protege a Gabriel, dale fuerza y si es posible, si existe alguna manera, permítenos estar juntos nuevamente. El sueño la reclamó finalmente, un sueño inquieto, plagado de pesadillas, donde corría por pasillos interminables del convento, perseguida por sombras amenazantes, donde Gabriel la llamaba desde detrás de muros que no podía atravesar, donde sus hijos nacían en

celdas oscuras y eran arrebatados de sus brazos. despertó sobresaltada cerca del amanecer, con el corazón latiendo desbocadamente. Un ruido la había sacado de su pesadilla, un ruido real, no parte del sueño. Pasos apresurados y voces agitadas provenían del exterior de la habitación. Catalina se levantó de la cama y se acercó cautelosamente a la puerta tratando de escuchar.

 Distinguió la voz de Martín tensa y urgente. ¿Estás seguro? Completamente seguro. Lo vi con mis propios ojos respondió otra voz masculina que Catalina no reconoció. No hay duda. Dios santo, murmuró Martín. ¿Cuánto tiempo tenemos? horas, tal vez menos. Ya han enviado patrullas en toda abrió la puerta, incapaz de soportar más la incertidumbre.

 En el pasillo, Martín conversaba con un hombre joven vestido con el uniforme de los guardias del cabildo. Ambos se volvieron hacia ella con expresiones de sorpresa. “¿Qué ocurre?”, preguntó, aunque el miedo ya se enroscaba en su estómago como una serpiente. Martín y el joven intercambiaron una mirada. “Este es Alfonso, mi sobrino,”, presentó Martín con gravedad.

“Trabaja para el cabildo. Ha venido a traernos noticias, noticias que no pueden esperar. ¿Es sobre Gabriel?”, preguntó Catalina aferrándose al marco de la puerta. Alfonso asintió y había compasión en sus ojos jóvenes. El padre Gabriel Ramírez comenzó, pero su voz se quebró ligeramente.

 Ha escapado de su celda esta madrugada. Mató a un guardia en el proceso. Catalina sintió que el mundo se detenía. Gabriel libre, Gabriel convertido en asesino y fugitivo. Era demasiado para asimilar de golpe. ¿Cómo? Fue lo único que logró preguntar. Nadie lo sabe con certeza, respondió Alfonso. Se sospecha de complicidad interna, quizás un soborno.

 Lo encontraron inconsciente en su celda ayer después de negarse a comer. El doctor Arriaga fue llamado para atenderlo. Miguel, pensó Catalina, lo consiguió después de todo. ¿Y ahora? preguntó mirando alternativamente a Martín y Alfonso. “Hay patrullas por toda la ciudad y los alrededores,”, explicó Alfonso.

 “Han establecido controles en todos los caminos que salen de Puebla y han ampliado la orden de búsqueda para incluirla a usted, señora. Saben que ha escapado del convento. Tenemos que irnos inmediatamente”, declaró Martín tomando una decisión. Esperar hasta mañana ya no es una opción. Alfonso, ¿puedes garantizar un paso seguro por la ruta oriental? Hasta cierto punto, respondió el joven.

Conozco a los guardias que estarán en el puesto de control de San Francisco. Podré distraerlos brevemente, pero deberán pasar antes del mediodía, cuando llega el relevo. Suficiente, asintió Martín. Despierta a Josefa. Necesitaremos comida para el viaje. Yo prepararé el carruaje. Catalina, recoja sus cosas. Partimos en una hora.

Mientras los hombres se alejaban para cumplir sus tareas, doña Luisa apareció por el pasillo, ya completamente vestida a pesar de la hora temprana. “Escuché todo”, dijo acercándose a Catalina. Venga, la ayudaré a prepararse. De vuelta en la habitación, mientras recogía las pocas pertenencias que había traído del convento, Catalina no podía dejar de pensar en Gabriel, libre, pero perseguido.

¿Dónde estaría ahora? ¿Habría logrado salir de la ciudad? y un guardia muerto. ¿Cómo podía reconciliar eso con el hombre gentil que conocía? No juzgue antes de conocer toda la historia, dijo doña Luisa, como leyendo sus pensamientos. Los rumores suelen distorsionar la verdad, especialmente cuando involucran a la Inquisición.

Lo importante ahora es su seguridad y la de sus hijos. Catalina asintió tratando de concentrarse en lo inmediato. En menos de una hora estaría abandonando Puebla, la ciudad donde había nacido y vivido toda su vida. Una parte de ella quería quedarse, buscar a Gabriel, enfrentar juntos lo que viniera.

 Pero la mano que instintivamente se posaba sobre su vientre le recordaba que ya no decidía solo por ella. Cuando el carruaje estuvo listo, Martín les entregó documentos falsos que los identificaban como comerciantes de telas en viaje hacia Veracruz. Catalina sería Dolores Fuentes, viuda reciente que viajaba con su hermano Manuel Martín para comenzar una nueva vida en la costa.

 Memorice estos detalles, instruyó Martín mientras subían al carruaje. Si nos detienen y nos interrogan, deje que yo hable. Solo responda lo estrictamente necesario y adhiérase a nuestra historia. Doña Luisa no los acompañaría. Como figura conocida en Puebla, su presencia solo llamaría la atención. Se despidió de Catalina con un abrazo maternal.

Que Dios la proteja, hija”, murmuró. “Y recuerde, la vida siempre encuentra un camino, incluso en las circunstancias más oscuras.” El viaje comenzó en silencio. Catalina miraba por la ventanilla mientras la casa se alejaba y el paisaje rural comenzaba a dar paso gradualmente a los suburbios de la ciudad. El día estaba despejado, contrastando cruelmente con la tormenta interior que la consumía.

 Cuando ya habían recorrido varios kilómetros, Martín habló finalmente. Hay algo más que debo decirle. Comenzó con tono cauteloso. Alfonso me dio más detalles sobre la fuga del padre Gabriel. Catalina se volvió hacia él repentinamente alerta. ¿Qué detalles? El guardia no murió. reveló Martín. Está gravemente herido, pero vivo. Y según los testigos, no fue el padre Gabriel quien lo hirió.

Fue el doctor Arriaga. La revelación dejó a Catalina sin aliento. Miguel, ¿pero por qué? Aparentemente fingió que el padre Gabriel estaba muy enfermo, posiblemente envenenado. Cuando lo llevaron a examinarlo, de alguna manera logró drogar a los guardias. Uno de ellos se recuperó más rápido de lo esperado y trató de detenerlos.

 En la lucha que siguió, Arriaga lo hirió con un visturí. Catalina trataba de asimilar la información, reconstruyendo mentalmente la escena. Miguel, arriesgándolo todo para salvar a su amigo. Gabriel, debilitado, pero libre. Y ahora ambos perseguidos como criminales. ¿Saben hacia dónde se dirigieron?, preguntó incapaz de ocultar la esperanza en su voz. Martín negó con la cabeza.

Nadie lo sabe con certeza. Algunos dicen que fueron vistos cerca del camino a Veracruz. Otros afirman que tomaron la ruta hacia la Ciudad de México. La Inquisición está dividiendo sus fuerzas para cubrir todas las posibilidades. El corazón de Catalina latía aceleradamente. Gabriel estaba libre y si iba hacia Veracruz, como algunos rumores sugerían, existía la posibilidad, por remota que fuera, de que sus caminos se cruzaran.

Pero esa esperanza se vio bruscamente interrumpida cuando el carruaje se detuvo de forma abrupta. Martín se tensó visiblemente llevando una mano al interior de su chaqueta, donde Catalina sospechaba ocultaba un arma. ¿Qué ocurre? Susurró aterrada. Control de caminos respondió él en voz baja. Antes de lo que esperaba.

 Recuerde ustedes, Dolores Fuentes, viuda, viajando a Veracruz con su hermano. Estamos en el negocio de las telas. Catalina asintió, sintiendo como el miedo amenazaba con paralizarla. Afuera voces masculinas interrogaban al cochero. Después de un momento, la puerta del carruaje se abrió bruscamente, revelando a un soldado con expresión severa.

 “Documentos”, exigió sin preámbulos. Martín entregó los papeles falsos con calma aparente. El soldado los examinó detenidamente, alternando su mirada entre los documentos y sus rostros. “¿Cuál es el propósito de su viaje?”, preguntó. “Negocios familiares, respondió Martín con tono afable, pero firme.

 Mi hermana y yo tenemos una tienda de telas en Veracruz. Hemos venido a Puebla para comprar existencias y ahora regresamos. El soldado dirigió su atención hacia Catalina, estudiándola con intensidad inquietante. “Su hermana no habla”, preguntó con sospecha. “Está de luto”, explicó Martín rápidamente. “Su esposo falleció hace apenas unas semanas.

 El viaje ha sido difícil para ella.” Catalina bajó la mirada, representando el papel de viuda afligida. agradeciendo que el reboso oscuro que cubría su cabeza contribuyera a la imagen. “Y llevan mercancía con ustedes, continuó el soldado. Nuestras muestras y algunos encargos”, respondió Martín señalando un baúl en el techo del carruaje. Principalmente sedas y encajes para las damas de Veracruz.

 puede revisarlo si lo desea. El soldado pareció considerar la oferta, pero finalmente negó con la cabeza. No será necesario, dijo devolviéndoles los documentos. Pueden continuar, pero estén atentos. Buscamos a unos fugitivos peligrosos, un sacerdote renegado y una monja que ha roto sus votos. Si ven algo sospechoso, repórtenlo inmediatamente al puesto de control más cercano.

Por supuesto, señor, asintió Martín solemnemente. Que Dios bendiga su trabajo. Cuando el soldado cerró la puerta y el carruaje se puso nuevamente en movimiento, Catalina exhaló el aliento que no sabía que estaba conteniendo. Habían pasado el primer obstáculo, pero quedaban muchos más por delante. El viaje continuó durante horas, evitando los caminos principales y los pueblos más grandes.

 Catalina alternaba entre periodos de sueño inquieto y vigilia ansiosa. Su mente no dejaba de regresar a Gabriel, imaginándolo también en fuga. quizás siguiendo una ruta paralela a la suya, separados por kilómetros, pero unidos por un destino compartido. Al caer la noche, Martín decidió que era demasiado arriesgado continuar en la oscuridad.

 Se detuvieron en una pequeña posada rural, lo suficientemente alejada del camino principal para no atraer la atención de las patrullas. Usando sus identidades falsas, Martín consiguió dos habitaciones modestas y les llevaron una cena sencilla que compartieron en silencio. “Mañana llegaremos a Orizaba”, informó Martín mientras comían.

 Allí nos reuniremos con un amigo que nos proporcionará transporte más adecuado para la siguiente etapa del viaje. Si todo va bien, en una semana estaremos en camino hacia el norte. Catalina asintió mecánicamente, pero su mente estaba en otra parte. Un pensamiento había comenzado a formarse, una idea temeraria pero irresistible. Martín comenzó con cautela.

 ¿Cree que Gabriel y Miguel realmente se dirigen a Veracruz? Él la miró con recelo, intuyendo quizás la dirección de sus pensamientos. Es posible, respondió lentamente. Veracruz ofrece la posibilidad de abordar un barco y salir del virreinato. Sería la opción más lógica para ellos. Entonces nosotros también vamos hacia allá”, señaló Catalina y había un brillo de esperanza en sus ojos.

 “¿No existe la posibilidad de que nos encontremos con ellos?” Martín suspiró profundamente. Catalina, entiendo su deseo de reunirse con el padre Gabriel, pero debe comprender que sería increíblemente peligroso. Toda la región está siendo vigilada y aunque lográramos encontrarlos, viajar juntos multiplicaría el riesgo para todos.

 Pero si pudiéramos enviarles un mensaje, insistió ella, hacerles saber dónde estaremos. Tal vez podríamos reunirnos brevemente, decidir juntos qué hacer. Es demasiado arriesgado, repitió Martín con firmeza. Mi deber es llevarla a salvo al norte, como prometí. Lo que ocurra después, ya veremos. Catalina no insistió, pero una resolución silenciosa se había formado en su interior.

 No abandonaría la esperanza de encontrar a Gabriel. de alguna manera encontraría la forma de contactarlo, de reunirse con él. Juntos decidirían su futuro, el futuro de sus hijos. Era una promesa que se hacía a sí misma, un juramento tan sagrado como cualquiera que hubiera pronunciado dentro de los muros del convento. Esa noche, sola en su pequeña habitación, Catalina soñó con Gabriel.

No era una pesadilla esta vez, sino un sueño vívido y reconfortante, donde ambos caminaban por una playa desconocida, tomados de la mano, mientras dos niños pequeños corrían delante de ellos riendo bajo el sol brillante. En el sueño, Gabriel se volvía hacia ella y le decía, “Te encontraré, Catalina.

 Nos encontraremos pase lo que pase. Despertó con las primeras luces del alba, con lágrimas en los ojos, pero una nueva determinación en el corazón. fuera cual fuera el camino que tenía por delante. Ya no era el de la monja sumisa que había sido durante 12 años, ni el de la fugitiva aterrorizada de la noche anterior. era el camino de una mujer decidida a forjar su propio destino, a luchar por su familia, a encontrar a su amor perdido contra todas las probabilidades.

Mientras se vestía preparándose para otro día de viaje, Catalina pensó en el título que los rumores en Puebla seguramente le habrían dado. La monja que tuvo gemelos del sacerdote. Una historia de escándalo, de pecado, de vergüenza. Pero ella sabía que su historia era mucho más que eso. Era una historia de amor que desafiaba las convenciones, de valor frente a la adversidad, de fe en un futuro mejor y estaba decidida a escribir su propio final sin importar los obstáculos que el destino o la Inquisición pusieran en su

camino. Con esa resolución ardiendo en su interior, Catalina recogió sus escasas pertenencias y salió para reunirse con Martín. El carruaje esperaba afuera, listo para continuar el viaje hacia Orizaba y eventualmente hacia un futuro incierto, pero lleno de posibilidades. Mientras subía al carruaje, el sol naciente iluminaba las montañas distantes, tiñiéndolas de un dorado esperanzador.

 En algún lugar más allá de esas montañas, Catalina estaba convencida. Gabriel también viajaba. también soñaba, también esperaba y algún día, de alguna manera, volverían a encontrarse. Era una promesa que ni el santo oficio, ni la distancia, ni el tiempo mismo podrían romper. El carruaje se puso en movimiento, alejándose de Puebla, llevándola hacia un destino desconocido.

 Pero por primera vez, desde que había escapado del convento, Catalina sintió que no huía de algo, sino que avanzaba hacia algo, hacia Gabriel, hacia sus hijos, hacia la vida que estaba destinada a vivir. Y esa certeza más que cualquier otra cosa le dio la fuerza para enfrentar lo que viniera.