Era 13 de abril de 1957, un sábado por la tarde cerca de las 5 en

Mérida, Yucatán, y Pedro Infante acababa de terminar una filmación extenuante que había durado todo el día. El calor
húmedo de la península lo hacía sudar incluso bajo la sombra de los árboles de Seiva que rodeaban la locación. Estaba
filmando escenas para Tisoc, una película que presentía sería especial, diferente a todo lo que había hecho
antes. Pedro caminaba hacia su hotel cuando sintió algo extraño, una
sensación que no podía explicar, como si el aire mismo le susurrara algo que no
alcanzaba a comprender. Tenía 39 años, estaba en la cúspide absoluta de su
carrera. Era el hombre más amado de México, tal vez de toda Latinoamérica.
actor, cantante, ídolo de multitudes. Tenía todo, fama, dinero, talento, el
amor del público. Pero esa tarde sentía algo diferente, una inquietud. En el
lobby del hotel, el gerente lo saludó efusivamente. Don Pedro, qué honor tenerlo aquí.
¿Necesita algo? ¿Está todo bien con su habitación? Pedro sonrió con esa calidez
genuina que lo caracterizaba. Todo perfecto, amigo. Gracias por todo. Pero
mientras subía las escaleras hacia su habitación, la sensación no desaparecía.
Se sentía como despedida, aunque no sabía de que ni de quién. Esa noche, Pedro hizo algo inusual. Llamó a su casa
en la Ciudad de México. No era común en esa época hacer llamadas de larga distancia sin razón urgente. Eran caras,
complicadas de conectar. Pero él necesitaba escuchar las voces de su familia. Cuando contestó Irma Dorantes,
su esposa, Pedro sintió un nudo en la garganta. Mi amor, ¿cómo están todos?
Bien, Pedro, todos bien. ¿Pasa algo? Se oye raro. No, nada. Solo quería escuchar
tu voz. ¿Están ahí los niños? Habló con cada uno de sus hijos esa noche. Les
preguntó por la escuela, por sus juegos, por sus sueños. Irma notó algo diferente en su tono,
algo melancólico, pero no quiso preocuparse. Pedro siempre había sido emotivo, sensible detrás de esa imagen
de Galán invencible. Antes de colgar, Pedro dijo algo que Irma recordaría por el resto de su vida. Cuídalos mucho y
recuerda siempre que todo lo que hago lo hago por ustedes. Al día siguiente,
domingo 14 de abril, Pedro voló de Mérida a la Ciudad de México en un vuelo comercial. Llegó por la tarde y fue
directo a su casa. Pasó la noche del domingo con su familia, jugó con los niños en el jardín hasta que oscureció.
Cenó con Irma. Hablaron de proyectos futuros, de la película que estaba filmando, de sus sueños. Pero esa noche,
antes de dormir, Pedro hizo algo que nunca había hecho. Se sentó en la cama junto a Irma y le tomó las manos. La
miró directamente a los ojos con una intensidad que la asustó. Mi amor, necesito decirte algo. ¿Qué pasa, Pedro?
Me estás asustando. Si algo me pasa, ¿qué estás diciendo? No
digas eso. Escúchame, por favor, insistió Pedro con voz suave pero firme.
No sé por qué, pero necesito que escuches esto. Si algo me pasa, quiero que sepas que viví haciendo lo que
amaba, que cada día fue un regalo, que ustedes, tú y los niños, fueron mi mayor
felicidad. No quiero que haya tristeza si algo ocurre. Quiero que recuerden que
fui feliz. Irma sintió lágrimas rodando por sus mejillas. Pedro, me estás
asustando. ¿Por qué hablas así? Pedro la abrazó fuerte. No lo sé, amor. Es solo
una sensación. Probablemente no sea nada, pero necesitaba decirlo.
Necesitaba que lo supieras. Se quedaron abrazados en silencio durante largos
minutos. Afuera, la ciudad dormía sin saber que estaba viviendo las últimas
horas de tranquilidad antes de que el corazón de México se rompiera. La mañana del lunes 15 de abril amaneció clara y
brillante. Pedro se levantó temprano alrededor de las 6 de la mañana. Besó a
Irma que aún dormía. Entró a las habitaciones de cada uno de sus hijos,
los observó dormir. Les acarició el cabello suavemente, cuidando de no despertarlos. En la habitación de su
hijo mayor, se quedó parado varios minutos, simplemente mirándolo, grabando esa imagen en su memoria. Desayunó solo
en la cocina, pan dulce y café negro. La empleada doméstica Lupe, que llevaba
años con la familia, notó algo diferente en él. ¿Se encuentra bien, don Pedro?
Sí, Lupita, solo pensando. ¿En qué piensa tan temprano? Pedro
sonrió tristemente en lo rápido que pasa todo, en lo frágil que es la vida. A las
7:30 de la mañana, Pedro salió de su casa. Tenía que volar de regreso a
Mérida para continuar las filmaciones de Tisoc. El vuelo estaba programado para
las 9:15 desde el aeropuerto de la Ciudad de México. Pero este no sería un vuelo comercial. Pedro había decidido
volar en un avión privado, un Kenaledatid B24, un bombardero convertido en avión de carga que también
transportaba pasajeros. Cuando llegó al aeropuerto, algo llamó su atención.
Había un hombre trabajando en uno de los motores del avión. Era un mecánico de unos 50 años con overall manchado de
grasa y expresión preocupada. Pedro se acercó. Siempre había sido curioso sobre
la mecánica, sobre cómo funcionaban las cosas. Buenos días, amigo. ¿Todo bien
con el avión? El mecánico se sobresaltó al ver quién le hablaba. Don Pedro, qué
honor. Yo sí, estamos revisando. Pero su expresión decía otra cosa.
Seguro que todo está bien. Se ve preocupado. El mecánico dudó. En esos días, un
mecánico no cuestionaba públicamente la seguridad de un avión sin evidencia concreta. Podía perder su trabajo, pero
algo en la mirada honesta de Pedro lo hizo hablar. Don Pedro, este motor ha estado dando problemas. Nada grave
oficialmente, pero yo yo no volaría hoy si pudiera evitarlo. Pedro sintió que el
aire se volvía más pesado. ¿Qué tipo de problemas? Vibraciones anormales. El motor número
tres no está respondiendo como debería. Le dije al piloto, pero dice que está
dentro de parámetros aceptables. Pedro miró el avión, luego al mecánico,
luego al cielo despejado. Tenía una decisión que tomar. ¿Usted qué haría en
mi lugar?, preguntó Pedro al mecánico. El hombre bajó la mirada, limpiándose
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