El coronel Argüelles comete la peor atrocidad contra un pueblo hambriento

mientras todos bajan la cabeza hasta que Pancho Villa llega. Bienvenido al canal

Cuentos de Villa. Dinos desde dónde nos estás escuchando, compadre. Déjanos tu

like y agárrate porque lo que viene te va a herizar. Dicen que en un pueblito

pobre cerca de Parral, fue allí, lejos de los ojos de los generales y de los

discursos bonitos, donde Pancho Villa se topó con la atrocidad más grande de toda

su vida de guerra. Hablaban de hombres que caían en combate, de haciendas

quemadas, de trenes volados, pero nada se comparaba con lo que se hizo en aquel

poblado olvidado, donde el polvo se mezclaba con el hambre y con el miedo.

Quien lo contó juraba que no sabe si fue castigo de Dios o prueba de fe. Solo

sabe que después de aquella noche, el nombre de Villa dejó de ser apenas el de

un jefe revolucionario y se volvió especie de promesa susurrada por los más

pobres. El pueblito se llamaba San Isidro de los Llanos, tierra seca

sostenida con las uñas por campesinos que sacaban maíz flaco de un suelo terco. Sobre ellos pesaba la sombra del

comandante federal Argüyes, hombre de uniforme impecable y ojos fríos, hijo de

pequeño ascendado, que creció oyendo que el pueblo era peligroso cuando tenía

voz. Para Argüeyes, la revolución no pasaba de bandidaje bien contado, y la

única manera de mantener el país entero era enseñarles a los pobres a obedecer

por el dolor. Veía en cada campesino un posible desertor, en cada niño un futuro

enemigo y de eso hacía su justificación para la brutalidad.

En una temporada de sequía más dura que lo acostumbrado, las reservas del poblado se acabaron temprano. 10

campesinos, entre ellos hombres curtidos, dos mujeres viudas y dos

ancianos que apenas podían mantenerse en pie, decidieron ir hasta el pequeño

cuartel de la región a pedir parte del maíz guardado para el ejército.

fueron en tono de amenaza. Fueron con sombrero en mano, pidiendo un poco de

grano para engañar el hambre de los hijos y nietos. Para Argüeelles aquello

fue afrenta. Vio en la súplica un intento de presionarlo, una señal de que

el pueblo empezaba a perder el miedo. Decidió que necesitaba un ejemplo que

marcara en la carne de San Isidro quien mandaba allí. Mandó prender a los 10 que

habían tenido el coraje de hablar y escogió algunos al azar, entre los que estaban cerca para aumentar el terror.

Los amarraron en estacas clavadas en la orilla del pueblito delante de todos

bajo el sol, sin comida ni agua, condenados a marchitarse lentamente ante

los ojos de las familias. Los niños, arrancados a las prisas de los brazos de

las madres, fueron puestos en carretas. y llevados a una antigua hacienda

transformada en cuartel escuela. Argüeyes decía a sus subordinados que allí los pequeños serían salvados de la

influencia de los bandidos y transformados en soldados contra la revolución.

En verdad veía en eso una forma de impresionar a sus superiores y quebrar

desde temprano cualquier lazo de los pequeños con la tierra y con el poblado.

San Isidro se hundió en un silencio desesperado. Nadie se atrevía a cortar

las cuerdas, pues los soldados vigilaban con carabinas apoyadas en los hombros.

Las madres que tenían hijos llevados lloraban escondidas con miedo de ser las

siguientes. Entre los amarrados estaba Lucía, mujer joven que perdiera al marido en trabajo

forzado y ahora solo pensaba en el hijo Joaquín, llevado en la carreta.

Había también Mateo, campesino terco, que organizaba la cosecha comunitaria, y

doña Rosa, anciana que mantenía viva la costumbre de rezar el rosario con el

pueblo. Ellos se mantenían conscientes más por la voluntad de ver a los hijos

de nuevo que por la fuerza del cuerpo. quien circulaba entre el cuartel y la

iglesia era sacristán de mediana edad, con devoción en la boca y miedo en los

ojos. Él creía que la revolución traería más violencia y por cobardía y

conveniencia se volvió informante de los federales, llevando recados y noticias

del poblado al comandante a cambio de protección. La noticia de aquella escena llegó a

Oídos de Villa no por milagro, sino porque uno de los muchachos que no

habían sido llevados, un sobrino de Mateo, ligero y revuelto, escapó en la

madrugada siguiente y caminó días hasta encontrar un grupo de dorados que rastreaban la región buscando

provisiones. El muchacho contó lo que vio hablando del padre amarrado, de la

abuela deshidratándose al sol, de los soldados riéndose. Los dorados no

supieron cómo reaccionar ante aquel cuadro, pero llevaron al niño al encuentro de Villa, que estaba acampado

más al norte, planeando atacar un tren de municiones. oyó el relato en silencio, preguntando

nombres, lugares, cuántos soldados había, dónde quedaba el cuartel escuela.

Ya cargaba en el rostro el cansancio de años de campaña, la desconfianza de

quien viera masacres en nombre del gobierno y también en nombre de la

revolución. Sabía que no podía lanzarse a cualquier fuego solo por el impulso,

pues cada acción arriesgada podía costar vidas de sus hombres y de inocentes.

Pero amarrar campesinos para que murieran despacio y arrancar niños para transformarlos en arma contra su propio

pueblo era algo que él no soportaba oír sin respuesta.

entendió que allí no se trataba apenas de castigar a un comandante cruel, sino

de impedir que el miedo se transformara en ley en aquel pedazo seco de México.