Cuando las monjas barrieron el comedor del asilo en Guadalajara, los platos sonaban como si alguien

¿Viste eso, hermana Dolores?”, susurró sin atreverse a alzar demasiado la voz. Pero la hermana Dolores, ocupada limpiando las ventanas al otro extremo del comedor, no la escuchó. El asilo Santa Catalina había sido construido en 1887 y funcionaba desde entonces como refugio para ancianos sin familia.
Ubicado en el centro histórico de Guadalajara, el edificio de piedra amarillenta y techos altos conservaba la austeridad de su época, con pasillos largos y habitaciones espaciosas, pero simples. Las paredes, pintadas de un blanco que los años habían transformado en grisáceo, estaban decoradas únicamente con crucifijos de madera y algunos cuadros de santos.
La hermana Mercedes, de 52 años, llevaba dos décadas sirviendo en el asilo. Había visto morir a decenas de residentes, algunos pacíficamente y otros no tanto. Estaba acostumbrada a la presencia constante de la muerte en ese lugar, pero últimamente algo había cambiado. Desde la llegada del nuevo residente, don Ernesto Salvatierra, tres semanas atrás, cosas extrañas comenzaron a suceder.
Hermana Mercedes ya terminó con el comedor. La voz severa de la madre superiora interrumpió sus pensamientos. La anciana monja, de casi 80 años, se mantenía erguida como un soldado, con su hábito impecable y una mirada que parecía penetrar hasta el alma. Casi, madre, solo falta esta esquina”, respondió Mercedes, volviendo apresuradamente a su tarea.
“Bien, cuando termine vaya a revisar a don Ernesto. No ha bajado a desayunar y el doctor Ramírez vendrá a verlo esta tarde.” La hermana Mercedes sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Don Ernesto, un hombre de 78 años, había llegado al asilo tras la muerte de su esposa. Según los documentos, no tenía hijos ni parientes cercanos. Era un hombre culto.
Había sido profesor universitario de historia, pero algo en su mirada inquietaba a Mercedes. Esos ojos grises, casi transparentes, parecían guardar secretos oscuros. Cuando terminó de limpiar, subió lentamente las escaleras hasta el segundo piso, donde se encontraban las habitaciones de los residentes. El pasillo estaba sumido en un silencio pesado, interrumpido únicamente por el tic tac del viejo reloj de péndulo.
Afuera, el cielo de Guadalajara amenazaba tormenta. Nubes negras se acumulaban sobre la ciudad y un viento frío se colaba por las ventanas mal selladas. La habitación de don Ernesto era la última del pasillo, la número 17. Mercedes tocó suavemente a la puerta. Don Ernesto, soy la hermana Mercedes. ¿Puedo pasar? No hubo respuesta.
Tocó nuevamente, esta vez con más fuerza, pero el silencio persistió. Finalmente giró el pomo de la puerta y entró. La habitación estaba impecablemente ordenada, la cama perfectamente hecha, los libros alineados en el pequeño estante, las medicinas organizadas sobre la mesita de noche. Pero don Ernesto no estaba allí.
Mercedes frunció el seño, confundida. Los residentes no podían salir del asilo sin compañía y nadie había mencionado haber visto salir a don Ernesto esa mañana. se acercó a la ventana y notó que estaba ligeramente abierta, lo cual era extraño considerando el frío que hacía. Fue entonces cuando lo vio, un pequeño cuaderno negro sobre la almohada que no había notado al principio, lo tomó con manos temblorosas y lo abrió.
En la primera página escrito con una caligrafía elegante pero temblorosa, leyó, “Para quien encuentre este diario, lo que estoy a punto de confesar, no debe salir de estas paredes. Mi nombre real no es Ernesto Salvatierra”, comenzaba el texto. Cambié mi identidad en 1968 tras lo ocurrido en el hospital psiquiátrico San Juan de Dios, donde trabajé como enfermero durante 7 años.
Mercedes tragó saliva. El hospital San Juan de Dios había cerrado sus puertas hacía décadas, pero su reputación persistía en el imaginario colectivo de Guadalajara. Se rumoreaba que allí se habían realizado experimentos terribles con los pacientes y que muchos habían muerto en condiciones misteriosas. Lo que presencié en ese lugar me persigue hasta hoy. Continuaba el diario.
Especialmente lo relacionado con la paciente de la habitación 213, María Dolores Fuentes. Un trueno estremeció el edificio haciendo que Mercedes diera un respingo. Afuera, la tormenta recciaba, convirtiendo la tarde en una noche prematura. La monja encendió la lámpara de la mesita de noche y continuó leyendo.
Don Ernesto describía a María Dolores como una mujer joven de apenas 25 años, internada por su esposo tras sufrir una crisis nerviosa después de perder a su hijo en un accidente. Según el diario, la mujer aseguraba escuchar el llanto de su bebé por las noches y juraba que alguien lo había robado y lo mantenía oculto en algún lugar del hospital.
Todos creían que María Dolores estaba loca, escribió don Ernesto, pero yo comencé a escucharlo también. Al principio pensé que era su gestión, que las historias de la mujer habían afectado mi percepción,pero luego, durante mis guardias nocturnas comencé a notar otras cosas. Objetos que se movían solos, sombras que se deslizaban por los pasillos y siempre, siempre ese llanto lejano y desconsolado.
Mercedes sintió un escalofrío. Recordó los platos moviéndose en el comedor esa mañana. Sería posible que sus pensamientos fueron interrumpidos por un ruido en el pasillo. Cerró rápidamente el diario y lo escondió bajo su hábito. Se acercó a la puerta y la abrió lentamente asomando la cabeza. El pasillo estaba vacío, pero Mercedes podía jurar que había escuchado pasos.
Un olor extraño flotaba en el aire como de tierra húmeda y flores marchitas. ¿Hay alguien ahí? preguntó su voz apenas audible sobre el sonido de la lluvia. De pronto, al final del pasillo, creyó ver una figura femenina vestida de blanco que desaparecía al doblar la esquina. Mercedes parpadeó, insegura de si sus ojos le habían jugado una mala pasada, regresó a la habitación de don Ernesto, determinada a encontrar alguna pista sobre su paradero.
Revisó el armario, los cajones, incluso debajo de la cama, pero no halló nada inusual. Cuando estaba a punto de rendirse, notó algo en el espejo del pequeño tocador, unas palabras escritas con lo que parecía ser vapor de aliento. Sótano, archivo 213. Las palabras se desvanecieron rápidamente, como si nunca hubieran estado allí.
Mercedes se frotó los ojos, preguntándose si el cansancio la estaba haciendo alucinar, pero algo en su interior le decía que lo que había visto era real y que estaba relacionado con la historia de don Ernesto y aquella mujer del hospital psiquiátrico. Mercedes sabía que el asilo tenía un sótano donde se guardaban archivos antiguos y muebles en desuso.
Era un lugar al que rara vez bajaba alguien, húmedo y mal iluminado. La idea de descender allí sola, especialmente con la tormenta desatándose afuera, la aterrorizaba. Pero su preocupación por don Ernesto era mayor que su miedo. Guardó el diario entre los pliegues de su hábito y salió de la habitación. En el pasillo, las luces parpadearon brevemente, como si la electricidad estuviera a punto de fallar.
Mercedes se persignó y se dirigió hacia las escaleras que conducían al primer piso. Al pasar frente a la habitación 15, escuchó a doña Consuelo, una anciana de 90 años que llevaba en el asilo más tiempo que cualquier otro residente, rezando en voz alta. Protégenos, Señor, de los espíritus que vagan sin descanso. Aleja de esta casa las almas en pena que buscan lo que no pueden encontrar.
Mercedes se detuvo sintiendo un nuevo escalofrío. ¿Acaso doña Consuelo también había notado algo extraño? Estuvo tentada a entrar y preguntarle, pero el recuerdo de esas palabras en el espejo la urgía a continuar. La puerta que conducía al sótano estaba al final de un estrecho pasillo junto a la cocina. Mercedes raramente había bajado allí y nunca sola.
Tomó una linterna de la despensa, respiró hondo y comenzó a descender por las escaleras de piedra gastada. A cada paso, la oscuridad parecía hacerse más densa, engulendo la débil luz de la linterna. El aire era pesado, cargado de humedad y ese extraño olor a tierra y flores muertas que había percibido antes.
Cuando llegó al fondo, el az de luz reveló estanterías polvorientas llenas de cajas y archivadores. En un rincón, varios muebles viejos formaban siluetas grotescas bajo sábanas amarillentas. Y entonces lo escuchó, un suave llanto casi imperceptible que parecía provenir de todas partes y de ninguna a la vez. Don Ernesto llamó, su voz apenas un susurro que el silencio devoró inmediatamente.
¿Hay alguien aquí? No hubo respuesta, solo el goteo constante de agua en algún rincón y el ocasional crujido de la vieja estructura. Mercedes avanzó lentamente entre las estanterías, dirigiendo el az de luz hacia cada recobeco. El polvo flotaba en el aire, visible en el rayo de la linterna, como diminutas estrellas en una galaxia oscura.
Las estanterías estaban organizadas por años con cajas y archivadores etiquetados meticulosamente. Mercedes recordó las palabras que había visto en el espejo. Sótano archivo 213. Sería 213 un año. Imposible. El asilo no existía entonces. Una habitación. No había tantas habitaciones en Santa Catalina. Entonces recordó en el diario don Ernesto mencionaba a María Dolores Fuentes, la paciente de la habitación 213 del hospital psiquiátrico.
¿Habría alguna conexión entre ese hospital y el asilo? Mercedes se dirigió hacia los archivos más antiguos, aquellos que databan de la fundación del asilo. Mientras revisaba las etiquetas, un archivador particularmente polvoriento llamó su atención. No tenía fecha, solo un símbolo extraño dibujado con tinta descolorida, un círculo con una cruz en el centro.
Con manos temblorosas, Mercedes extrajo el archivador y lo abrió. Dentro había documentos amarillentos, algunos tan frágiles que parecían a punto de desintegrarse altacto. Eran correspondencias entre el asilo y diversas instituciones de Guadalajara, incluyendo el hospital psiquiátrico San Juan de Dios. Una carta en particular captó su atención.
Estaba fechada el 15 de octubre de 1968 y firmada por el director del hospital, Dr. Augusto Mendoza. En ella informaba al asilo sobre el traslado de varios pacientes debido a un incendio que había destruido parte del hospital. Entre los nombres listados, Mercedes encontró el de María Dolores Fuentes. “Dios mío”, murmuró Mercedes.
María Dolores había estado en el asilo. “Sería posible que hubiera muerto aquí.” “¿Y qué tenía que ver don Ernesto con todo esto?” Continuó revisando los documentos y encontró un registro de defunciones. Con el corazón en la garganta buscó el nombre de María Dolores y allí estaba María Dolores Fuentes, fallecida el 17 de diciembre de 1968, causa suicidio.
A esa entrada seguía una nota escrita a mano, paciente encontrada en el comedor. Se presume ingirió veneno sustraído de la enfermería. Último contacto registrado. Enfermero Eduardo Vega. Mercedes dejó caer los papeles sintiendo como si le hubieran arrojado agua helada. Eduardo Vega. ¿Sería ese verdadero nombre de don Ernesto? Un ruido a sus espaldas la hizo voltearse bruscamente.
La linterna iluminó momentáneamente una figura que se movía entre las sombras, desapareciendo detrás de un armario cubierto con una sábana. ¿Quién está ahí? exigió Mercedes tratando de mantener firme su voz. Silencio. Luego el sonido de algo arrastrándose sobre el suelo de piedra. Con el diario de don Ernesto, aún escondido entre su hábito y los documentos recién descubiertos en la mano, Mercedes decidió que era momento de salir de allí.
Pero cuando se dio la vuelta para dirigirse a las escaleras, la luz de su linterna reveló algo que le heló la sangre. Una mujer de pie frente a ella vestía un camisón blanco manchado de lo que parecía ser tierra. Su cabello negro, largo y enmarañado, enmarcaba un rostro pálido con ojos hundidos que reflejaban la luz de manera antinatural.
En sus brazos sostenía algo envuelto en una manta. Mercedes quiso gritar, pero el terror atenazó su garganta. La aparición no se movía, simplemente la observaba con una expresión de infinita tristeza. Entonces la figura habló. Su voz sonaba distante, como si viniera de muy lejos, a pesar de estar a solo unos metros de distancia. “Él lo sabe”, dijo.
Él sabe dónde está mi hijo. La linterna de Mercedes comenzó a parpadear y en uno de esos instantes de oscuridad, la mujer desapareció. Cuando la luz se estabilizó, Mercedes estaba sola nuevamente. Con el pulso acelerado y la respiración entrecortada, Mercedes corrió hacia las escaleras, subiendo los peldaños de dos en dos, a pesar del dolor en sus rodillas.
Al llegar arriba, cerró la puerta del sótano con fuerza y se apoyó contra ella, jadeando. La cocina estaba vacía y silenciosa. A través de la ventana podía ver que la tormenta continuaba más violenta que antes. Los relámpagos iluminaban el patio trasero del asilo, revelando por instantes los árboles azotados por el viento y el pequeño cementerio donde descansaban los residentes que no tenían familiares que reclamaran sus cuerpos.
Mercedes necesitaba encontrar a don Ernesto o Eduardo Vega o quien fuera realmente. Si lo que había leído era cierto y lo que acababa de presenciar no era producto de su imaginación, entonces algo terrible había ocurrido en ese asilo décadas atrás, algo relacionado con María Dolores y su hijo perdido.
Con renovada determinación, Mercedes se dirigió hacia la oficina de la madre superiora. Si alguien podía tener información sobre el pasado del asilo, sería ella. Pero al girar en el pasillo, se encontró cara a cara con don Ernesto, que emergía de la capilla, con una expresión sombría en el rostro. “Hermana Mercedes”, dijo con voz calmada, aunque sus ojos delataban agitación, la estaba buscando.
Creo que tenemos que hablar. Mercedes notó entonces que don Ernesto sostenía algo en su mano derecha, un pequeño objeto que brillaba tenuamente, una llave antigua de bronce con un diseño elaborado en el mango. “Sé que encontró mi diario”, continuó don Ernesto. “Y ahora debe haber visto a María Dolores también.
Ha llegado el momento de terminar lo que comenzó hace 57 años. Un relámpago iluminó el pasillo proyectando sombras alargadas que parecían cobrar vida propia. Y en ese instante Mercedes tuvo la certeza de que las próximas horas cambiarían para siempre el destino de todos los que habitaban el asilo Santa Catalina. ¿Quién es usted realmente? Preguntó finalmente su voz más firme de lo que esperaba.
Don Ernesto o Eduardo Vega suspiró profundamente. Las arrugas en su rostro parecieron profundizarse bajo la luz mortecina del pasillo. Fui enfermero en San Juan de Dios, como habrá leído en mi diario, respondió, girando nerviosamente la llave entre sus dedos.
Pero lo que noescribí, lo que no me atreví a confesar ni siquiera en esas páginas, es que yo yo ayudé a María Dolores a escapar de su habitación aquella noche. Mercedes conto. La noche que se suicidó. Ella no se suicidó, hermana, dijo don Ernesto, su mirada perdiéndose en algún punto distante. María Dolores fue asesinada y yo no pude salvarla. Un relámpago particularmente intenso iluminó el pasillo seguido inmediatamente por un trueno que hizo vibrar los cristales.
Las luces parpadearon nuevamente y por un instante Mercedes creyó ver una silueta femenina detrás de don Ernesto, observándolos. Venga conmigo”, dijo el anciano, aparentemente ajeno a la presencia que Mercedes había percibido. “Necesito mostrarle algo.” Don Ernesto comenzó a caminar hacia el comedor y Mercedes lo siguió con recelo, consciente de que cada paso los adentraba más en un misterio que había permanecido oculto durante décadas.
El diario seguía escondido entre los pliegues de su hábito, pesando como una piedra. El comedor estaba sumido en penumbras a través de los grandes ventanales. Los relámpagos iluminaban intermitentemente las largas mesas vacías y las sillas cuidadosamente alineadas. Don Ernesto se dirigió hacia un extremo de la estancia donde una puerta casi invisible en la pared daba acceso a un pequeño almacén.
Este lugar era diferente en 1968″, comentó mientras introducía la llave en la cerradura. El comedor era más pequeño y esta parte señaló el área donde estaban era la enfermería. La puerta se abrió con un chirrido, revelando un cuarto estrecho lleno de productos de limpieza, manteles doblados y vajilla de repuesto.
Don Ernesto entró y se dirigió directamente hacia la pared del fondo. Allí comenzó a mover algunas cajas pesadas, revelando lo que parecía ser una pequeña puerta tapeada. “Ayúdeme, por favor”, pidió. Y Mercedes, movida por una curiosidad que superaba su miedo, colaboró en apartar los obstáculos. La puerta tapeada, una vez despejada, mostraba signos de haber sido clausurada apresuradamente.
Los tablones de madera estaban mal clavados, dejando huecos por los que se filtraba un aire frío y húmedo. ¿Qué hay detrás?, preguntó Mercedes. “La verdad”, respondió don Ernesto, comenzando a arrancar los tablones con una fuerza sorprendente para un hombre de su edad, la verdad sobre María Dolores, sobre su hijo y sobre mí.
Mientras trabajaban, don Ernesto continuó su relato. María Dolores no estaba loca. Su esposo Javier Fuentes era un hombre poderoso en Guadalajara, dueño de varias propiedades y con conexiones en el gobierno. Cuando ella comenzó a sospechar que él mantenía una relación con otra mujer, Javier decidió deshacerse de ella.
aprovechó el accidente de su hijo, un accidente que yo siempre sospeché que él mismo provocó para quebrar emocionalmente a María Dolores. Luego la internó en San Juan de Dios con un diagnóstico falso de esquizofrenia. Los tablones cedían uno tras otro. Un olor a humedad y algo más penetrante, casi metálico, comenzó a llenar el pequeño almacén.
Yo la creí”, continuó don Ernesto. Creí en sus historias sobre escuchar el llanto de su bebé, porque yo también lo escuchaba, hermana. Y no solo eso, una noche durante mi guardia vi a Javier Fuentes entrar al hospital acompañado del doctor Mendoza. Llevaban algo envuelto en una manta, algo pequeño que se movía. Mercedes sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
El niño estaba vivo, eso creo. Seguía a Javier y al doctor hasta una habitación en el sótano del hospital, una que no aparecía en los planos oficiales, pero no pude entrar. Tenían la llave y había un guardia en la puerta. Cuando se trasladó a los pacientes aquí, tras el incendio en el hospital, Javier arregló que María Dolores viniera también.
Y creo que trasladaron al niño con ella, manteniéndolo oculto en algún lugar de este edificio. El último tablón cedió revelando un hueco negro como boca de lobo. Don Ernesto encendió una pequeña linterna que llevaba en el bolsillo y dirigió el az de luz hacia el interior. Unas estrechas escaleras de piedra descendían hacia la oscuridad.
La noche que María Dolores murió, ella me había confiado que había descubierto dónde tenían a su hijo. Me pidió ayuda para rescatarlo. Quedamos en encontrarnos en el comedor a medianoche. Pero cuando llegué, don Ernesto se detuvo, su voz quebrándose. Cuando llegué, ellacía en el suelo con espuma en la boca. A su lado estaba Javier Fuentes y me dijo que si hablaba me culparía a mí de su muerte. tenía los medios para hacerlo.
El director del hospital estaba de su lado y yo solo era un enfermero sin influencias. Don Ernesto comenzó a descender por las escaleras y Mercedes lo siguió sintiendo que cada paso la alejaba más de la realidad que conocía y la adentraba en una pesadilla. Cambié mi nombre, dejé Guadalajara por años, pero nunca pude olvidar lo que pasó aquí.
Y ahora, después de tanto tiempo, heregresado para encontrar la verdad, para encontrar al hijo de María Dolores, si es que sigue con vida. Las escaleras terminaban en un pequeño túnel que parecía extenderse bajo el patio del asilo. Avanzaron en silencio. El único sonido era el de sus pasos sobre el suelo húmedo y el ocasional goteo de agua desde el techo.
Finalmente, el túnel desembocó en una pequeña cámara circular. Don Ernesto dirigió la luz de su linterna hacia el centro, donde había lo que parecía ser una cuna oxidada. Junto a ella, una silla mecedora cubierta de polvo y telarañas. Este lugar, murmuró Mercedes sintiendo un escalofrío. ¿Quién construiría algo así bajo un asilo? Javier Fuentes financió la renovación del asilo en 1968 después del traslado de los pacientes explicó don Ernesto.
Creo que mandó construir este espacio en secreto para mantener oculto a su hijo, un hijo que según María Dolores, no era normal. ¿Qué quiere decir con no normal? Preguntó Mercedes, aunque una parte de ella temía la respuesta. Don Ernesto estaba a punto de responder cuando un sonido lo sobresaltó.
El inconfundible llanto de un bebé que parecía provenir de todas partes y de ninguna a la vez. Mercedes se giró bruscamente y por un momento creyó ver a María Dolores de pie en la entrada del túnel, con su camisón blanco manchado y sus ojos hundidos fijos en ellos. Pero cuando parpadeó, la aparición se había desvanecido. Ella está aquí, susurró don Ernesto.
Ha estado aquí todo este tiempo buscando a su hijo. Se acercó a la cuna y pasó una mano sobre el metal oxidado. Algo brilló en el fondo, un pequeño medallón de plata. Don Ernesto lo recogió con manos temblorosas. Era de María Dolores, dijo abriendo el medallón para revelar la fotografía de un bebé. su hijo Tomás.
Mercedes iba a responder cuando un crujido los alertó. Parte del techo comenzó a desprenderse. Pequeños trozos de piedra y tierra cayendo sobre ellos. “Debemos salir de aquí”, urgió Mercedes, tirando del brazo de don Ernesto. El túnel podría colapsar, pero don Ernesto parecía hipnotizado por el medallón y no se movió. Tengo que encontrarlo.
Tengo que encontrar a Tomás. Don Ernesto, por favor, insistió Mercedes. Este lugar no es seguro. En ese momento, una voz femenina, la misma que Mercedes había escuchado en el sótano, resonó en la cámara. Él ya no está aquí. Se lo llevaron. Ambos se giraron hacia la entrada del túnel, donde la figura de María Dolores se materializó nuevamente, esta vez con mayor nitidez.
Su expresión era de una tristeza infinita. ¿Quién se lo llevó, María, Dolores?, preguntó don Ernesto, avanzando hacia la aparición. ¿Dónde está tu hijo? La figura levantó un brazo señalando hacia arriba, donde los ángeles duermen. Otro crujido, más fuerte que el anterior, sacudió la cámara.
Esta vez una sección completa del techo cedió, bloqueando parcialmente la entrada del túnel. Tenemos que irnos ahora”, gritó Mercedes agarrando firmemente a don Ernesto. Comenzaron a correr hacia la salida, esquivando los escombros que continuaban cayendo. El túnel se estremecía a su alrededor, como si toda la estructura estuviera a punto de colapsar.
Cuando finalmente emergieron por la puerta tapeada, respirando agitadamente y cubiertos de polvo, encontraron el almacén en penumbras. La tormenta había provocado un corte de energía en todo el asilo, donde los ángeles duermen, repitió don Ernesto aferrándose al medallón. Se refiere al cementerio, el cementerio del asilo.
Mercedes lo miró con incredulidad. ¿Cree que el niño está enterrado allí? No lo sé, respondió don Ernesto, pero es el único lugar que no hemos buscado. A pesar del peligro que representaba salir con la tormenta aún desatándose sobre Guadalajara, ambos sabían que no podrían descansar hasta descubrir la verdad completa.
Con el diario de don Ernesto, los documentos del archivo y el medallón de María Dolores como únicas pistas se prepararon para enfrentar lo que fuera que los esperaba en el pequeño cementerio del asilo Santa Catalina. Debemos darnos prisa”, gritó don Ernesto para hacerse oír por encima del rugido de la tormenta.
“Los demás no deben saber que hemos salido.” Mercedes asintió, sosteniendo un paraguas que apenas ofrecía protección contra la lluvia oblicua. Sentía el hábito empapado pegarse a su cuerpo mientras un frío penetrante le calaba hasta los huesos. Pero algo más intenso que el frío la impulsaba a seguir, la necesidad de conocer la verdad, de dar paz a un alma atormentada que había vagado demasiado tiempo sin descanso.
El cementerio del asilo estaba rodeado por una pequeña cerca de hierro forjado con una puerta que chirrió lúgubremente cuando don Ernesto la empujó. En su interior, unas 50 lápidas sencillas se alineaban en filas ordenadas, muchas tan desgastadas por el tiempo que los nombres resultaban ilegibles.
¿Qué buscamos exactamente?, preguntó Mercedes, iluminando con sulinterna las tumbas más cercanas. Don Ernesto, con el medallón de María Dolores, firmemente agarrado en su mano, avanzaba entre las sepulturas como si algo lo guiara. No lo sé, con certeza, respondió, pero María Dolores dijo, “¿Dónde los ángeles duermen? Debe haber algo aquí, alguna señal.
” Recorrieron el pequeño cementerio metódicamente, leyendo cada inscripción visible, buscando algo que pudiera relacionarse con María Dolores o su hijo Tomás. La lluvia dificultaba la tarea, borrando momentáneamente las letras talladas en la piedra. Entonces, en la esquina más alejada del cementerio, bajo un viejo ciprés que se mecía violentamente con el viento, don Ernesto se detuvo frente a una lápida diferente a las demás.
Era más pequeña y, a diferencia de las otras, estaba adornada con la figura de un ángel en actitud de oración. Hermana, venga a ver esto”, llamó, su voz apenas audible bajo el fragor de la tormenta. Mercedes se acercó y dirigió el az de la linterna hacia la lápida. La inscripción, parcialmente borrada por el tiempo, decía: “Ángel desconocido, 1965-1968, que Dios acoja su inocencia.
” 1968, murmuró Mercedes, el año en que murió María Dolores. Y 1965 sería el año en que nació Tomás, añadió don Ernesto arrodillándose frente a la tumba a pesar del barro. Esta debe ser. La enterraron como desconocido para ocultar su identidad. Mercedes observó la figura del ángel. Era un trabajo delicado, con alas extendidas y manos juntas en oración, pero había algo extraño en el rostro de la estatua.
No tenía los rasgos suaves típicos de los querubines, sino una expresión casi adulta, con ojos demasiado grandes y una boca que parecía esbozar una sonrisa inquietante. “Don Ernesto”, dijo Mercedes sintiendo un nudo en la garganta. Usted mencionó que según María Dolores, el niño no era normal. ¿A qué se refería exactamente? El anciano pasó una mano temblorosa por la figura del ángel, limpiando el agua y el barro que la cubrían.
María Dolores me contó que su hijo había nacido con una condición peculiar, una deformidad que Javier consideraba una vergüenza para la familia. Según ella, el niño tenía un rostro que no correspondía a su edad, como si hubiera nacido ya envejecido. Los médicos no sabían explicarlo y Javier, obsesionado con las apariencias y su posición social, no podía aceptar tener un hijo así.
Un relámpago iluminó el cementerio y por un instante Mercedes creyó ver a una mujer de pie junto a ellos, observando la tumba con expresión dolorida. Cuando la luz se desvaneció, la aparición también lo hizo. “¿Cree que Javier mató a su propio hijo?”, preguntó Mercedes, horrorizada ante la posibilidad.
“No lo sé”, respondió don Ernesto, pero sí creo que lo mantuvo oculto primero en el hospital y luego aquí en el asilo. Y cuando María Dolores descubrió la verdad, cuando encontró este lugar, Javier la silenció para siempre. Don Ernesto sacó del bolsillo de su chaqueta una pequeña pala plegable. Mercedes lo miró alarmada. “¿Qué pretende hacer?”, preguntó, aunque temía conocer la respuesta.
“Necesito saber si realmente está aquí”, respondió el anciano, comenzando a acabar en la tierra blanda frente a la lápida. “Necesito estar seguro antes de ir a la policía. No puede profanar una tumba, don Ernesto. Es un sacrilegio. No es profanación si buscamos justicia, hermana. Han pasado 57 años. Si hay evidencia de un crimen, la policía podría exumar el cuerpo oficialmente, pero primero necesito estar seguro.
Mercedes dudó. Todo su ser religioso rechazaba la idea de perturbar el descanso de los muertos, pero al mismo tiempo comprendía la necesidad de don Ernesto de encontrar respuestas, de redimirse por no haber podido salvar a María Dolores. “Déjeme ayudarle”, dijo finalmente, arrodillándose junto a él. Cavaron en silencio la lluvia lavando el barro de sus manos mientras profundizaban en la tierra.
Tras varios minutos de esfuerzo, la pala de don Ernesto golpeó algo sólido. “Hay algo aquí”, murmuró cabando con renovada energía. Poco a poco fueron descubriendo lo que parecía ser una pequeña caja de madera del tamaño apropiado para contener los restos de un niño pequeño. La madera, aunque húmeda y parcialmente podrida, había resistido sorprendentemente bien el paso del tiempo.
Con cuidado, don Ernesto limpió la tierra de la tapa. No había inscripción alguna, solo un símbolo tallado, el mismo círculo con una cruz que Mercedes había visto en el archivador del sótano. Ese símbolo, dijo Mercedes, estaba en los documentos que encontré los que relacionaban el asilo con el hospital. Era el símbolo que el doctor Mendoza usaba para marcar los casos especiales”, explicó don Ernesto.
Los pacientes que no existían oficialmente con manos temblorosas comenzó a abrir la caja. La madera crujió resistiéndose al principio, pero finalmente se dio. Lo que vieron dentro les celó la sangre. No había restoshumanos, solo tierra húmeda y en el centro un objeto metálico que brilló bajo la luz de la linterna.
Un visturí quirúrgico oxidado. “No entiendo”, murmuró Mercedes confundida. “¿Dónde está el cuerpo?” Don Ernesto tomó el visturí con cuidado, examinándolo. En el mango apenas visible había unas iniciales grabadas. Am. Augusto Mendoza dijo don Ernesto su voz temblorosa. El director del hospital. Él debió ser quien quien no pudo terminar la frase.
Un sollozo quebró su voz mezclándose con el rugido de la tormenta. De pronto, un grito agudo cortó el aire sobresaltándolos. Ambos levantaron la mirada para ver a la hermana Dolores de pie junto a la puerta del cementerio. Su rostro una máscara de horror a la luz de un relámpago. “Dios santo, ¿qué están haciendo?”, exclamó persignándose repetidamente.
Antes de que pudieran responder, otro relámpago iluminó el cementerio y la figura espectral de María Dolores apareció junto a la tumba abierta. Esta vez la aparición era tan clara que incluso la hermana Dolores la vio quedando paralizada por el terror. La figura de María Dolores señaló hacia el asilo con un dedo acusador y su voz, como un eco distante resonó en medio de la tormenta.
Mi hijo vive. Él sigue allí en la habitación 17. Luego, tan súbitamente como había aparecido, la aparición se desvaneció, dejando solo el sonido de la lluvia y los truenos. La hermana Dolores, pálida como un fantasma, se desmayó en el acto. Mercedes corrió hacia ella mientras don Ernesto permanecía arrodillado junto a la tumba vacía con el visturí en una mano y el medallón en la otra.
su rostro una mezcla de confusión y horror. La habitación 17, repitió levantando la mirada hacia Mercedes. Mi habitación, un escalofrío recorrió la espalda de Mercedes al comprender la implicación de esas palabras. Si el hijo de María Dolores no estaba enterrado aquí, si de alguna manera había sobrevivido, ¿dónde había estado todos estos años? ¿Y qué relación tenía con la habitación que ahora ocupaba don Ernesto? La respuesta intuía: “Sería más terrible de lo que ninguno de los dos podía imaginar”.
Cuando finalmente alcanzaron la puerta trasera, encontraron el asilo sumido en la oscuridad. El apagón continuaba y solo el ocasional resplandor de los relámpagos iluminaba los pasillos desiertos. “Llevémosla a la enfermería”, sugirió Mercedes tratando de orientarse en la penumbra. Don Ernesto asintió silenciosamente.
Su mente parecía estar en otro lugar, repitiendo una y otra vez las palabras del espectro: “Mi hijo vive. Él sigue allí en la habitación 17. depositaron a la hermana Dolores en una de las camillas de la pequeña enfermería. Su rostro había recuperado algo de color, pero seguía inconsciente. Mercedes humedeció un paño y lo colocó sobre su frente mientras don Ernesto encendía algunas velas que encontró en un armario.
“Debemos avisar a la madre superiora”, dijo Mercedes, aunque sin mucha convicción. “¿Cómo explicarían lo que estaban haciendo en el cementerio? en medio de la tormenta. ¿Cómo hablarían de tumbas profanadas y apariciones espectrales? No hay tiempo, respondió don Ernesto, su voz repentinamente firme. Debo ir a mi habitación.
Debo descubrir qué quiso decir María Dolores. Iré con usted, declaró Mercedes, decidida a no dejarlo solo. Dejaron a la hermana Dolores al cuidado de una novicia que acudió al escuchar el alboroto, explicando vagamente que se había desmayado debido a la impresión de un relámpago particularmente cercano. Luego, armados con velas y el terrible presentimiento de que estaban a punto de descubrir algo que cambiaría sus vidas para siempre, se dirigieron hacia la habitación 17.
El pasillo del segundo piso estaba sumido en un silencio sepulcral interrumpido solo por el continuo golpeteo de la lluvia contra los cristales. Las sombras parecían alargarse y retorcerse con la luz vacilante de las velas, como si tuvieran vida propia. Al llegar frente a la puerta de la habitación 17, don Ernesto se detuvo, su mano temblando visiblemente cuando la extendió hacia el pomo.
“Espere”, dijo Mercedes deteniéndolo. “Antes entrar necesito saber algo. ¿Usted conocía a María Dolores más allá de su relación profesional, verdad?” Don Ernesto bajó la mirada, la culpa evidente en su rostro envejecido. La amaba confesó en un susurro. Me enamoré de ella durante los meses que pasó en el hospital.
Sabía que era impropio, que ella estaba casada, pero no pude evitarlo. Había algo en su fragilidad, en su determinación, a pesar del dolor, y ella también sentía algo por mí. Me lo dijo la noche que acordamos encontrarnos, la noche que murió. Y el niño presionó Mercedes, ¿tiene alguna razón para creer que podría ser mi hijo? Don Ernesto negó con la cabeza.
No, imposible. Tomás nació antes de que María Dolores ingresara al hospital, pero lo amaba como si lo fuera por el simple hecho de ser hijo de ella.Mercedes asintió procesando esta nueva información. Luego, con un gesto indicó que estaba lista para entrar. Don Ernesto giró el pomo y empujó la puerta. La habitación estaba exactamente como la habían dejado horas antes.
La cama perfectamente hecha, los libros alineados en el estante, las medicinas sobre la mesita de noche. Nada parecía fuera de lugar. ¿Qué buscamos exactamente?, preguntó Mercedes alzando su vela para iluminar mejor el espacio. No lo sé, admitió don Ernesto, pero María Dolores dijo que su hijo estaba aquí. Debe haber algo, alguna pista.
Comenzaron a registrar meticulosamente la habitación. Revisaron bajo la cama, dentro del armario, detrás de los cuadros. Nada parecía inusual o fuera de lugar. Fue entonces cuando Mercedes notó algo extraño en el suelo, cerca del rincón más alejado de la habitación. Una de las tablas de madera sobresalía ligeramente, como si hubiera sido manipulada recientemente.
“Don Ernesto, mire”, señaló acercando su vela. El anciano se arrodilló con dificultad y, usando el visturí que habían encontrado en la tumba, comenzó a levantar la tabla. Esta se dio con sorprendente facilidad, revelando un pequeño espacio entre el suelo y los cimientos, y allí, envuelto en un trozo de tela amarillenta, había un libro.
Con manos temblorosas, don Ernesto lo extrajo y lo colocó sobre la cama. era un diario similar al suyo, pero mucho más antiguo y deteriorado. En la primera página, escrito con una caligrafía delicada, pero firme, se leía Diario de María Dolores Fuentes, 1968. Dios mío, murmuró Mercedes sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.
Ha estado aquí todo este tiempo. Don Ernesto abrió el diario con reverencia como quien maneja una reliquia sagrada. Las páginas estaban amarillentas pero legibles, la tinta desbaída pero clara. Las primeras entradas describían los días de María Dolores en el hospital psiquiátrico. Su desesperación por la pérdida de su hijo, las crueldades de su esposo Javier, la indiferencia del doctor Mendoza.
Hablaba también de Eduardo Vega, el enfermero que la trataba con amabilidad, el único que la escuchaba. Pero fue una entrada fechada el 10 de diciembre de 1968, una semana antes de su muerte, la que captó su atención. He descubierto la verdad. Mi Tomás está vivo. Lo tienen escondido en los túneles bajo el asilo. Javier y Mendoza lo mantienen allí experimentando con él.
Dicen que su condición es única, que su envejecimiento acelerado podría ser la clave para entender el proceso de la vida y la muerte. Mi pobre niño, su cuerpo crece demasiado rápido mientras su mente sigue siendo la de un infante. Eduardo me ayudará a rescatarlo. Dice que me ama, que huiremos juntos con Tomás.
Dios quiera que no sea demasiado tarde. Don Ernesto dejó caer el diario, su rostro pálido como la cera. envejecimiento acelerado, murmuró. Progeria o algo similar. Por eso Javier lo ocultó, no solo por su apariencia, sino porque era un caso médico único. Y Mendoza, ese monstruo, vio la oportunidad de experimentar, de estudiar el proceso de envejecimiento en tiempo acelerado.
Mercedes sintió náuseas al imaginar el horror de la situación. un niño utilizado como coballa humana oculto en los túneles oscuros bajo el asilo. “Pero si esto es cierto”, dijo tratando de mantener la compostura. “Y si el niño sufría de envejecimiento acelerado, ¿es posible que siga vivo después de tantos años?” La respuesta llegó en forma de un sonido, un leve rose como de tela contra madera proveniente del armario.
Ambos se giraron bruscamente. El armario que habían revisado minutos antes y encontrado vacío, ahora parecía vibrar ligeramente, como si algo o alguien se moviera en su interior. Con paso vacilante, don Ernesto se acercó y, tras un momento de duda abrió las puertas de par en par. El interior seguía aparentemente vacío, con solo algunas perchas y una manta doblada en el estante superior.
Pero entonces la pared del fondo del armario se movió. Era un panel falso que se deslizó silenciosamente hacia un lado, revelando un hueco oscuro. Y de ese hueco emergió una figura que le seló la sangre en las venas. Era un hombre o lo que quedaba de un hombre. Su cuerpo, extremadamente delgado y encorbado, parecía el de un anciano centenario, pero su cabeza su cabeza era desproporcionadamente grande, con rasgos infantiles distorsionados por la edad, ojos enormes y brillantes, nariz pequeña, boca como la de un bebé, pero rodeada de arrugas
profundas. Una mata de cabello blanco, fino como el de un recién nacido, cubría parcialmente su cráneo. La criatura los miró con esos ojos descomunales y en ellos Mercedes vio una inteligencia aguda mezclada con un dolor infinito. “Mamá”, dijo la criatura, su voz un susurro ronco que parecía no haber sido usado en décadas.
“Has vuelto por mí, mamá.” Don Ernesto, en cambio, se había quedado petrificado con los ojos clavados en la criatura que acababa deemerger del armario. Su rostro reflejaba una mezcla de horror, compasión y culpa tan intensa que parecía haber envejecido 10 años en un instante. “Tomás”, murmuró finalmente, su voz apenas audible.
“Eres Tomás, ¿verdad?” La criatura ladeó su desproporcionada cabeza, estudiando al anciano con una curiosidad casi infantil. Sus movimientos eran lentos y temblorosos, como los de alguien que ha pasado demasiado tiempo en la oscuridad. Eduardo respondió sorprendiendo a ambos con el reconocimiento. Te recuerdo, venías con mamá, me traías dulces.
Don Ernesto dejó escapar un soyo, ahogado y dio un paso hacia adelante, extendiendo una mano temblorosa. Tomás, yo creí que habías muerto todos estos años. Has estado aquí escondido en esta habitación, Tomás, porque no cabía duda de que era él, el hijo de María Dolores, ahora convertido en esa extraña criatura por una enfermedad cruel y los experimentos inhumanos.
se movió con dificultad fuera del armario. Vestía arapos que alguna vez debieron ser una bata de hospital, tan vieja y sucia que se confundía con su piel grisácea. “No siempre”, respondió con esa voz ronca y susurrante. “Primero estuve abajo, en el lugar oscuro. El hombre malo venía a verme, a pincharme, a sacarme sangre, pero luego se fue. Todos se fueron.
Me quedé solo. El hombre malo, preguntó Mercedes encontrando finalmente su voz. ¿Te refieres al doctor Mendoza? Tomás asintió, sus enormes ojos brillando con un recuerdo doloroso. Y el otro, el que olía a colonia cara, el que hacía llorar a mamá. Javier Fuentes. Murmuró don Ernesto. Tu padre.
Tomás negó con la cabeza un gesto sorprendentemente enérgico para su frágil apariencia. Él no era mi padre. Mi padre era bueno. Venía a verme a escondidas. Me contaba cuentos. Don Ernesto palideció aún más, si eso era posible. ¿Quién? Tomás. ¿Quién era tu padre? Pero Tomás se había distraído. Su atención ahora captada por el medallón que don Ernesto aún sostenía en su mano.
Eso es de mamá, dijo, extendiendo dedos huesudos y temblorosos. Me lo ponía cuando era pequeño. Para protegerme. Don Ernesto le entregó el medallón que Tomás acunó contra su pecho con reverencia. ¿Cómo has sobrevivido todos estos años, Tomás? preguntó Mercedes suavemente tratando de asimilar la situación. ¿Quién te ha cuidado? Yo solo respondió simplemente.
Aprendí a moverme por los túneles, a buscar comida cuando todos dormían. La gente viene y se va. Nadie me ve. Soy un fantasma. Pero alguien debió haberte ayudado insistió Mercedes. Alguien debió haberte dado ropa, comida. Tomás sonrió. un gesto que transformó su rostro de manera inquietante, acentuando la contradicción entre sus rasgos infantiles y las arrugas profundas que lo rodeaban.
“La señora de negro”, dijo, “la que huele a flores, viene a veces, me trae mantas, me canta.” Mercedes y don Ernesto intercambiaron una mirada de sorpresa. “¿Una monja?”, preguntó Mercedes. “¿Una de nosotras te ha estado ayudando?” Tomás negó con la cabeza. No como tú, más vieja, muy vieja y triste, siempre triste.
Un escalofrío recorrió la espalda de Mercedes al comprender a quién se refería. La descripción coincidía con la aparición que habían visto en el sótano y en el cementerio. María Dolores. Tomás, dijo don Ernesto acercándose lentamente para no asustarlo. ¿Sabes qué le pasó a tu madre? ¿Sabes por qué dejó de venir a verte? El rostro de Tomás se ensombreció y por un momento pareció más anciano que nunca.
Sus ojos empañados por un dolor antiguo, pero aún vivo. El hombre malo la hizo dormir. Respondió, “La vi esa noche. Estaba en el comedor. El hombre de la colonia le dio algo de beber. Ella cayó al suelo. No se movió más. Don Ernesto cerró los ojos como si el peso de esa confirmación fuera demasiado para soportar. Y después, preguntó su voz apenas un susurro.
Después te vi a ti, respondió Tomás, mirando directamente a don Ernesto. Entraste corriendo, gritaste. El hombre de la colonia te amenazó. Dijo que te culparía. Te fuiste. Todos se fueron. Me quedé solo con mamá en el suelo. Mercedes observó a don Ernesto, que parecía estar reviviendo aquella noche fatídica, sus ojos llenos de un arrepentimiento tan profundo que resultaba doloroso presenciarlo.
“Lo siento tanto, Tomás”, dijo finalmente, lágrimas rodando por sus mejillas arrugadas. Debía haber hecho algo. Debía haber luchado por ti, por tu madre, pero tuve miedo. Huí como un cobarde. Tomás se acercó a don Ernesto con pasos vacilantes y, para sorpresa de ambos, posó una mano huesuda sobre el hombro del anciano en un gesto consolador.
“Tú volviste”, dijo simplemente. Eso es lo que importa. Un silencio cargado de emoción llenó la habitación. roto únicamente por el persistente golpeteo de la lluvia contra los cristales. Afuera, la tormenta parecía estar amainando, pero dentro de esas paredes otra tormenta, una de revelaciones yverdades largo tiempo enterradas, apenas comenzaba a desatarse.
Mercedes fue la primera en romper el silencio, su mente práctica trabajando a toda velocidad para procesar lo que acababan de descubrir y decidir qué hacer a continuación. Tomás dijo con suavidad, “¿Cuántos años tienes ahora?” La criatura pareció confundida por la pregunta, frunciendo el seño, de manera que formaba pliegues profundos en su frente arrugada.
No sé, respondió finalmente, “los números se me confunden mucho tiempo, demasiado tiempo. Naciste en 1965”, dijo don Ernesto. Eso significa que tienes 60 años, Tomás. Tomás asintió como si ese número tuviera sentido para él de alguna manera. El doctor dijo que era especial. comentó que mi cuerpo crecía demasiado rápido, que era como ver toda una vida en unos pocos años.
“Progeria”, murmuró don Ernesto, o una variante extrema. “Los pacientes con esta condición rara vez superan los 20 años. que hayas vivido tanto tiempo es es un milagro médico o una maldición”, añadió Mercedes pensando en las décadas de soledad y sufrimiento que Tomás debió haber soportado escondido en las sombras de un asilo donde nadie conocía su existencia.
Tomás se acercó a la ventana observando la lluvia con una expresión melancólica. Su perfil recortado contra la luz ocasional de los relámpagos ofrecía una imagen fantasmagórica que Mercedes sabía que jamás podría olvidar. “A veces veo a mamá”, dijo de repente, “no solo en sueños la veo caminar por los pasillos, la oigo llamarme, pero cuando la sigo desaparece.
Mercedes y don Ernesto intercambiaron miradas. La presencia que ambos habían experimentado, la aparición de María Dolores era real. Había estado tratando de guiarlos hacia su hijo todos estos años. Tomás, dijo don Ernesto tomando una decisión. No puedes seguir viviendo así, escondido como un animal. Mereces una vida digna, atención médica, comodidades.
La criatura se volvió hacia él. sus enormes ojos brillando con una mezcla de esperanza y temor. “¿Me llevarás contigo?”, preguntó lejos de aquí, don Ernesto, asintió determinación, reemplazando al arrepentimiento en su rostro. “Sí, Tomás, te llevaré conmigo y juntos haremos que Javier Fuentes pague por lo que hizo, por tu madre, por ti, por todos estos años robados.
” Mercedes los observaba, consciente de que estaban a punto de desencadenar eventos. que cambiarían para siempre no solo sus vidas, sino la historia misma del asilo Santa Catalina. Y mientras la tormenta se alejaba de Guadalajara, dejando tras de sí un silencio expectante, sabía que otra tempestad, una de justicia y redención, estaba a punto de comenzar.
Habían pasado el resto de la noche planeando cuidadosamente sus próximos pasos. Esconder a Tomás en pleno día. sería imposible. Necesitaban sacarlo del asilo antes de que el personal comenzara sus rutinas matutinas. Don Ernesto había insistido en llevarlo directamente a la policía para denunciar los crímenes de Javier Fuentes y del Dr.
Mendoza, pero Mercedes tenía sus dudas. ¿Quién nos creerá? Había argumentado. Un anciano que admite haber cambiado su identidad. una monja con historias de fantasmas y perdóname Tomás, pero tu apariencia solo complicará las cosas. La policía podría considerarte una amenaza, encerrarte en alguna institución para estudiarte.
Tomás, que había escuchado la conversación sentado en el suelo con las piernas cruzadas como un niño, asintió en comprensión. Durante la noche, Mercedes había notado que a pesar de su cuerpo envejecido, Tomás mostraba la inocencia y la simplicidad emocional de alguien mucho más joven. Su mente no había madurado al mismo ritmo acelerado que su cuerpo, atrapándolo en una dolorosa discordancia entre su apariencia y su ser interior.
“Primero, necesitamos pruebas”, había dicho finalmente Mercedes. documentos, testimonios, algo que respalde nuestra historia antes de acudir a las autoridades. Ahora, con los primeros rayos del sol iluminando la habitación, preparaban los últimos detalles de su plan. Don Ernesto había conseguido ropa más adecuada para Tomás, un pantalón, una camisa de manga larga, un sombrero y gafas oscuras que ocultarían parcialmente sus rasgos inusuales.
No era un disfraz perfecto, pero tendría que bastar para el corto trayecto desde el asilo hasta el taxi que don Ernesto había llamado. Mercedes había recogido todos los documentos que habían encontrado. el diario de don Ernesto, el de María Dolores, los registros del Archivo del sótano e incluso el visturí con las iniciales del doctor Mendoza.
Era evidencia circunstancial en el mejor de los casos, pero era un comienzo. “Tenemos que darnos prisa”, susurró Mercedes asomándose al pasillo. “La madre superiora suele levantarse a las 5 para la oración matutina.” Don Ernesto ayudó a Tomás a ponerse el sombrero, ajustándolo para que cubriera lo más posible de su rostro.
La criatura se dejaba vestir con la docilidad de unniño, aunque sus manos temblorosas revelaban su nerviosismo. ¿A dónde iremos?, preguntó Tomás, su voz ronca apenas audible. Tengo un pequeño apartamento en las afueras, respondió don Ernesto. Estaremos seguros allí. Mientras decidimos qué hacer, Mercedes sintió una punzada de culpa.
Como monja estaba a punto de romper sus votos de obediencia para ayudar en lo que a ojos de muchos, sería considerado un secuestro. Pero en su corazón sabía que estaba haciendo lo correcto. Tomás había sido víctima de una injusticia terrible y merecía una oportunidad de vivir con dignidad el tiempo que le quedara. El pasillo está despejado”, informó haciendo un gesto para que la siguieran.
“Si alguien pregunta, diremos que eres un familiar enfermo de don Ernesto que vino a visitarlo y ahora se marcha.” Avanzaron sigilosamente por el corredor, Mercedes al frente, Tomás en medio y don Ernesto cerrando la marcha. La tensión era palpable. Cada crujido del suelo de madera, cada sombra proyectada por el sol naciente los hacía detenerse conteniendo la respiración.
Al llegar a las escaleras, escucharon voces provenientes del piso inferior. La hermana Dolores, aparentemente recuperada de su desmayo, conversaba agitadamente con la madre superiora. Le digo que vi algo en el cementerio, madre”, insistía la hermana Dolores. “Una aparición y la hermana Mercedes estaba allí con don Ernesto profanando una tumba.
“Cálmese, hermana”, respondía la madre superiora con voz severa. “Sus acusaciones son muy graves. Hablaré con la hermana Mercedes esta mañana y aclararemos este asunto.” Mercedes sintió que el estómago se le encogía. No tenían mucho tiempo. Hay otra escalera, susurró haciendo un gesto para que la siguieran en dirección contraria.
Por la cocina es más estrecha, pero nos llevará directamente a la puerta trasera. Se desviaron hacia el ala este del edificio, moviéndose lo más rápido que permitía la condición de Tomás. Cada pocos pasos, la criatura necesitaba detenerse para recuperar el aliento, su cuerpo débil no acostumbrado a tanto esfuerzo.
“Ya casi llegamos”, le animaba don Ernesto, sosteniendo su brazo para darle apoyo. “Solo un poco más, Tomás.” Finalmente alcanzaron la escalera de servicio, un estrecho pasaje que descendía en espiral hacia la cocina. Mercedes fue la primera en bajar, comprobando que no hubiera nadie antes de hacer una señal a los otros dos. Por aquí, indicó Mercedes, dirigiéndose hacia una puerta lateral que daba al huerto.
El taxi debería estar esperando en la calle trasera. Don Ernesto ayudaba a Tomás a caminar sosteniéndolo por la cintura. La criatura se movía con dificultad, su respiración cada vez más trabajosa, pero en sus ojos enormes brillaba una determinación conmovedora. Al abrir la puerta, una bocanada de aire fresco los recibió cargado con el aroma de la tierra mojada y las hierbas del huerto.
El cielo se había teñido de tonos rosados y dorados, anunciando un día que prometía ser hermoso. Pero mientras cruzaban apresuradamente entre los arriates de verduras y hierbas medicinales, Mercedes no podía sacudirse la sensación de que algo iba mal. Fue entonces cuando lo vio, un automóvil negro, elegante y costoso, estacionado junto a la puerta principal del asilo, un automóvil que no pertenecía a ninguno de los habituales visitantes.
“Don Ernesto”, susurró señalando hacia el vehículo. “Reconoce ese coche?” El anciano entrecerró los ojos ajustando sus gafas para ver mejor en la luz matinal. No puede ser. murmuró palideciendo visiblemente. Es imposible. ¿Qué sucede?, preguntó Mercedes, alarmada por su reacción. Es el coche de Javier Fuentes, respondió don Ernesto.
Su voz temblorosa por la incredulidad. Lo reconocería en cualquier parte. Siempre conducía un jaguar negro. Era su marca distintiva. Pero es imposible. Debería tener más de 90 años ahora si es que sigue vivo. Un escalofrío recorrió la espalda de Mercedes. ¿Cómo podía ser que Javier Fuentes apareciera precisamente esa mañana después de tantos años? ¿Era posible que supiera de su plan, que alguien le hubiera informado? Sus pensamientos fueron interrumpidos por Tomás, que se había detenido en seco, su cuerpo rígido como una estatua. Él está
aquí”, susurró. Su voz un hilo de pánico. El hombre de la colonia cara. Lo siento. Siempre supe cuando venía, incluso cuando me escondía en los túneles podía sentirlo. Mercedes y don Ernesto intercambiaron miradas de alarma. Necesitaban cambiar de plan y rápido. El cementerio, sugirió Mercedes. Podemos cruzar por ahí hasta la calle siguiente.
Hay un hueco en la cerca trasera. Lo he visto cuando paseo por el jardín. Sin esperar respuesta, guió a sus compañeros hacia el extremo del huerto, donde un pequeño sendero conducía al cementerio. El terreno, aún embarrado por la tormenta de la noche anterior, dificultaba el avance, especialmente para Tomás, cuyos pies se hundían en el lodo.
Cuando estaban amedio camino entre el huerto y el cementerio, un grito los sobresaltó. Ahí están, deténganse inmediatamente. Era la voz de la madre superiora, amplificada por la quietud de la mañana. Al volverse, vieron a la anciana monja de pie en la puerta de la cocina, flanqueada por la hermana Dolores, y un hombre alto y delgado, vestido con un impecable traje oscuro a pesar de la hora temprana.
Es él, gimió Tomás encogiéndose como un niño asustado. Es Javier. Don Ernesto se irguió protegiendo instintivamente a Tomás con su cuerpo. “¡Imposible”, murmuró. “Debe ser su hijo o su nieto.” Pero mientras el hombre avanzaba hacia ellos con pasos decididos, su rostro se hizo visible bajo la creciente luz del día. Era un hombre de unos 60 años, con el cabello canoso perfectamente peinado y rasgos aristocráticos que revelaban un innegable parecido familiar.
Eduardo Vega llamó su voz cargada de autoridad o debería decir Ernesto Salvatierra, ha pasado mucho tiempo. Rodrigo Fuentes, se presentó el hombre deteniéndose a una distancia prudente. Hijo de Javier Fuentes. Y usted, dijo señalando a don Ernesto, es el hombre que ha estado obsesionado con mi familia durante décadas.
Don Ernesto permaneció firme, aunque Mercedes podía ver el temblor en sus manos. ¿Dónde está tu padre?, preguntó su voz sorprendentemente clara y firme. Mi padre falleció hace 15 años, respondió Rodrigo con frialdad, pero antes de morir me contó todo sobre usted, sobre su infatuación enfermiza con mi madre, sobre cómo intentó aprovecharse de su condición mental para alejarla de nuestra familia.
Mercedes observó la confusión en el rostro de don Ernesto. Tu madre, María Dolores Fuentes. Respondió Rodrigo con un tono que sugería que debería ser obvio. Mi madre, a quien usted ayudó a escapar del hospital solo para que muriera en circunstancias sospechosas días después. Don Ernesto dio un paso atrás como si hubiera recibido un golpe físico.
¿Estás mintiendo, Javier? mató a María Dolores. Yo lo vi esa noche en el comedor. La envenenó. Rodrigo Fuentes soltó una risa corta y sin humor. Mi padre me advirtió sobre sus delirios. dijo que usted había desarrollado una narrativa fantasiosa en la que él era el villano. La verdad, señor Vega, es que mi madre sufrió una crisis psicótica tras perder a mi hermano mayor en un accidente.
Usted, en lugar de ayudarla profesionalmente como era su deber, alimentó sus delirios y la convenció de escapar. Ella, desorientada y sin medicación, ingirió algo tóxico que encontró en este mismo asilo. Mi padre lo encontró junto a su cuerpo con el veneno aún en sus manos. Mercedes observaba el intercambio con creciente inquietud.
La versión de Rodrigo contradecía directamente todo lo que habían descubierto, todo lo que don Ernesto había confesado. Pero entonces, ¿cómo explicar la presencia de Tomás? ¿Cómo explicar el diario de María Dolores, los documentos del archivo, La tumba vacía con el visturí? Fue entonces cuando notó que Rodrigo Fuentes aún no había reparado en Tomás, parcialmente oculto detrás de don Ernesto y con el rostro ensombrecido por el sombrero.
Si solo has venido a repetir las mentiras de tu padre”, dijo don Ernesto recuperando algo de compostura. Has desperdiciado tu tiempo. Tengo pruebas, Rodrigo. Pruebas de lo que realmente ocurrió. Pruebas. Rodrigo arqueó una ceja elegante después de casi 60 años. Me temo que ha confundido sus fantasías con la realidad, señor Vega.
Y ahora, si me disculpa, he venido a hablar con la administración del asilo sobre la renovación de la donación anual que mi familia realiza en memoria de mi madre. No tenía idea de que me encontraría con el hombre que contribuyó a su muerte. Se dio la vuelta para regresar al edificio, pero en ese momento Tomás dio un paso adelante quitándose el sombrero y las gafas oscuras.
“Mentiroso”, dijo, su voz ronca pero firme, “Igual que tu padre.” Rodrigo Fuentes se congeló en el acto. Lentamente, como si temiera lo que vería, se volvió hacia la voz. Al encontrarse con el rostro de Tomás, toda su sofisticada compostura se desmoronó. El color abandonó su rostro. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y su boca formó una expresión de incredulidad total.
Imposible”, susurró dando un paso atrás involuntariamente. “Tú, tú no puedes estar vivo.” “¿Me conoces?”, dijo Tomás, “no como una pregunta, sino como una afirmación. ¿Sabes quién soy?” Rodrigo parecía luchar por recuperar el control, su mirada saltando entre Tomás, don Ernesto y Mercedes, como buscando una explicación racional, una salida.
Es algún tipo de truco”, dijo finalmente su voz temblorosa, “Una farsa enfermiza para extorsionar a mi familia.” “¿Sabes que no es así?”, respondió don Ernesto avanzando junto a Tomás. “¿Sabes perfectamente quién es él? La pregunta es, ¿lo sabías todo este tiempo? ¿Sabías que tu padre mantuvo a tu hermano encerrado aquí durante décadasexperimentando con él, tratándolo como a un animal?” Basta”, exclamó Rodrigo un destello de pánico en sus ojos.
“No sé qué clase de criatura deformada es esta, pero no es mi hermano. Mi hermano Tomás murió en un accidente cuando era un bebé. Tengo su certificado de defunción. Vi su cuerpo. Asistí a su funeral. Un funeral con ataúdrado. Intervino Mercedes recordando los documentos que habían encontrado. Un certificado firmado por el Dr.
Augusto Mendoza, el mismo que colaboró con tu padre en los experimentos. Rodrigo Fuentes miró a la monja con una mezcla de furia y desconcierto. Luego, como tomando una decisión, se enderezó y adoptó nuevamente una máscara de control. “Esto es absurdo”, declaró. He sido paciente, pero mi tolerancia tiene límites.
Informaré a las autoridades sobre este intento de fraude. Y en cuanto a usted, madre superiora, dijo, dirigiéndose a la anciana monja que observaba la escena con evidente confusión, le sugiero que reconsidere quién merece su confianza en esta institución. Se dio la vuelta con brusquedad y comenzó a alejarse a paso rápido hacia el edificio principal.
Pero antes de que pudiera llegar, una figura se materializó frente a él, bloqueando su camino. La silueta traslúcida de una mujer joven de cabello oscuro y ojos tristes, vestida con un camisón blanco manchado de tierra. Rodrigo Fuentes se detuvo en seco, el color abandonando completamente su rostro.
Sus labios se movieron formando una palabra que nadie más que él pudo escuchar. Mamá, la aparición de María Dolores levantó un brazo señalando acusadoramente a su hijo. Y aunque no emitió sonido alguno, el mensaje era claro. La verdad después de casi seis décadas finalmente saldría a la luz. Y mientras el sol de Guadalajara ascendía en un cielo despejado por la tormenta, iluminando ese extraño cuadro, dos ancianos, una monja, una criatura de apariencia imposible, un hombre elegante, paralizado por el terror y el espectro de una madre buscando justicia. Mercedes
tuvo la certeza de que esta historia iniciada cuando las monjas barrían el comedor del asilo y los platos sonaban como si alguien los moviera, estaba por fin llegando a su resolución. La verdad, por dolorosa que fuera, ya no podría permanecer enterrada. Y con esa verdad quizás llegaría también la paz para aquellos que habían sufrido demasiado tiempo en silencio.
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