(GUANAJUATO, 1970) EL HORRIBLE SECRETO Lo que sucedió la noche anterior a la BODA más esperada

En las entrañas de Guanajuato, donde las calles serpentean como venas antiguas y las cazonas guardan secretos bajo tejas centenarias, se forjó una historia de amor prohibido que por su propia audacia estaba condenada. Era el año 1970, un tiempo en que el honor familiar se tejía con hilos de hierro y la voluntad de una joven valía menos que un susurro en la brisa.

 Aquella primavera, un matrimonio arreglado, prometía un futuro de estabilidad y conveniencia. Pero en sus sombras, una pasión ardiente comenzó a crecer como maleza venenosa, amenazando con devorar todo a su paso, lo que comenzó como un idilio fugaz, terminó en un eco de lamentos y una mancha de sangre que el tiempo jamás pudo borrar del todo.

 La casa de los Soler, con sus muros de cantera rosada y sus balcones de hierro forjado, se alzaba majestuosa en la calle de la Soledad. Era el hogar de Dalia, una joven de 22 años, cuya belleza clásica contrastaba con el fuego indomable que ardía en sus ojos oscuros. Desde niña, Dia había soñado con un destino que se extendiera más allá de los confines de su pueblo, más allá de las expectativas silenciosas que su estricta madre, doña Soraida, y su implacable padre, don Aarón, habían depositado sobre ella.

 Don Aarón, un hombre de pocas palabras y mirada severa, era el pilar de una fortuna familiar construida sobre la minería y la tradición. Su palabra era ley, su desaprobación, un castigo más frío que el abrazo del invierno. Fue una tarde de agosto cuando el sol se derramaba sobre los tejados con una luz casi divina cuando el destino de Dalia fue sellado alrededor de la pesada mesa de Caoba, don Aarón anunció con voz grave el compromiso.

 Dalia se casaría con Benjamín Landa, hijo de una familia prominente de Jalisco, dueña de vastas tierras y con una reputación intachable. El enlace uniría dos apellidos ilustres, dos fortunas considerables. Era, a los ojos de todos, una unión perfecta. Dalia sintió un frío glacial recorrerle la espalda a pesar del calor sofocante de la tarde.

 Las palabras de su padre resonaron en sus oídos como un decreto ineludible. Sus ojos buscaron los de su madre, pero doña Soraíida mantenía la vista baja, sus manos entrelazadas sobre el regazo, un gesto que Dalia conocía bien, la señal de su resignación. La joven se levantó de la mesa sin pronunciar palabra. Sus pasos resonaron en el silencio sepulcral del comedor.

 Al subir la escalinata de piedra, cada escalón se sintió como una losa pesada sobre su pecho. Benjamín Landa era un hombre apuesto, sí, con modales impecables y una sonrisa que parecía prometer un futuro seguro. Pero en sus ojos, Dalia percibía una frialdad calculada, una ausencia de la pasión que ella secretamente anhelaba.

 Los días se transformaron en semanas. Y la noticia del compromiso corrió como un reguero de pólvora por Guanajuato. Las comadres cuchicheaban en el mercado, las jóvenes envidiaban su suerte, los hombres respetaban la decisión de don Aarón. Pero bajo la superficie de esta aparente dicha, el corazón de Dalia latía con una rebeldía que crecía con cada puesta de sol, porque había otro hombre, Cecilio.

Cecilio no era de su mundo, era un humilde tallador de obsidiana, de manos fuertes y ojos que guardaban la profundidad de los secretos ancestrales. Lo había conocido en una feria artesanal, un encuentro casual que encendió una chispa que ninguno de los dos pudo sofocar. Su amor era una blasfemia, un desafío abierto a las férreas costumbres.

 Sus encuentros eran furtivos bajo el manto protector de la noche, en callejones oscuros o en las ruinas de una antigua hacienda a las afueras del pueblo, donde los ecos del pasado parecían bendecir su prohibido afecto. Cecilio era el viento en su cabello, la risa espontánea, la promesa de una vida sin cadenas. Con él, Dalia se sentía libre.

 auténtica, despojada de las pesadas vestiduras de su apellido. Sus conversaciones eran un bálsamo para su alma atormentada, sus caricias, un infierno dulce del que no quería escapar. Hablaban de huir, de un futuro lejano donde las normas de la sociedad no pudieran alcanzarlos, donde su amor pudiera florecer sin miedo. Pero la sombra del compromiso y la autoridad de don Aarón eran gigantes que se alzaban entre ellos, amenazando con aplastar sus sueños.

 Benjamín visitaba Guanajuato cada 15 días. Sus llegadas eran siempre un evento. Traía consigo el aroma de la ciudad, de una vida más moderna, pero sus atenciones hacia Dalia se sentían forzadas casi como un deber. Una noche, durante una cena formal en la casa Soler, Benjamín la tomó de la mano. Su tacto era firme, posesivo.

 Dalia asintió una punzada de pánico. Él la miró directamente a los ojos, una extraña expresión en su rostro. Susurró casi inaudiblemente que la haría muy feliz, que su vida juntos sería digna de envidia. Pero no había calor en sus palabras, solo una promesa de control. Una sospecha helada se apoderó de Dalia.

Benjamín no era el hombre simple y educado que pretendía ser. Había algo más, algo oscuro y latente bajo esa fachada de caballero. Los rumores comenzaron a circular, pequeños susurros que se deslizaban como serpientes por las callejas empedradas. Una sirvienta con ojos curiosos y lengua biperina había visto a Dalia en compañía de un hombre desconocido cerca de la antigua presa.

 Otra en el mercado, juraba haber presenciado un intercambio de miradas demasiado íntimo entre la señorita Soler y el tallador de obsidiana. Doña Soraida, aunque nunca decía nada directamente, observaba a su hija con una preocupación creciente. Sus ojos guardaban una tristeza antigua, la de quien conoce la fuerza implacable del destino.

 Una tarde, mientras Dalia tejía en el patio, dona Aarón se sentó frente a ella, sus ojos fijos en la labor de la joven. El silencio era tan denso que casi se podía tocar. Finalmente, su padre habló. Su voz era un murmullo grave. El honor de la familia, dijo, era un tesoro más valioso que el oro de las minas, un legado que debía ser protegido a toda costa.

 Las mujeres de la familia Soler habían llevado siempre su apellido con dignidad, sin manchas, sin deshonra. Era una advertencia clara, envuelta en veladas amenazas. Dalia sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Sabía que su padre sospechaba algo, que los hilos de su secreto comenzaban a desilacharse. Desesperada, buscó a Cecilio.

 Se encontraron en su lugar habitual, entre los muros de ruidos de la hacienda. La luna, una uña plateada en el cielo oscuro, iluminaba sus rostros llenos de angustia. Dalia, con lágrimas en los ojos, le contó el ultimátum implícito de su padre, la mirada gélida peso insoportable de la expectativa. Cecilio, con su rostro curtido por el sol y sus manos llenas de callos, la abrazó con fuerza.

 Le dijo que huirían, que no la dejaría, que su amor era más fuerte que cualquier convención, más poderoso que el miedo. Planearon la fuga para la noche anterior a la boda, que sería en tan solo dos semanas. Se encontrarían en la ermita solitaria de la carretera a Dolores Hidalgo, al toque de la medianoche. Desde allí tomarían un viejo autobús que los llevaría lejos hacia una nueva vida.

Pero el destino o quizás la mano invisible de un traidor tenía otros planes. En los días siguientes, una inquietud densa se instaló en la casa Soler. Benjamín, que había regresado a Guanajuato para los últimos preparativos de la boda, se mostraba inusualmente tenso. Sus ojos seguían a Dalia con una insistencia que la hacía estremecer.

Durante una de las cenas, el silencio fue interrumpido por un comentario casual de Benjamín. sobre la belleza de las piezas de obsidiana que se vendían en el mercado. Un arte dijo que requería paciencia y manos firmes. Dalia sintió que la sangre se le helaba en las venas. Sabía que él conocía el oficio de Cecilio.

 Era una punzada deliberada, una advertencia. Una noche, un golpe seco resonó en la puerta del dormitorio de Dalia. Era doña Soraida, su rostro pálido y sus ojos inyectados en sangre. Sin pronunciar palabra, le tendió un pequeño pañuelo de encaje, el mismo que Dalia había llevado al encuentro con Cecilio la noche anterior. El pañuelo olía a tierra húmeda y a la esencia amaderada del taller de Cecilio.

 Dalia miró a su madre, el corazón golpeándole contra las costillas. Doña Soraída finalmente habló. Su voz era apenas un susurro quebrado. Tu padre lo sabe. La tierra se abrió bajo los pies de Dalia. Su secreto había sido descubierto. La furia de don Aarón fue un tifón que arrasó la calma de la casa. Sus gritos retumbaron por los pasillos, las blasfemias se mezclaron con el sonido de objetos que caían.

 Dalia fue arrastrada a la sala, donde su padre la confrontó con una violencia verbal que la dejó sin aliento. Le exigió la verdad, su rostro lívido por la indignación. Las palabras de Dalia, entrecortadas por el miedo y la desesperación, solo sirvieron para avivar aún más la llama de su cólera. El honor de la familia, clamó don Aarón.

Había sido pisoteado, arrastrado por el barro por la locura de una muchacha. Lo que sucedió después fue un torbellino de decisiones implacables. La boda se adelantó para el día siguiente una medida desesperada para salvar las apariencias. Dalia fue encerrada en su habitación, custodiada por sirvientas de confianza, sus ventanas selladas, su voz silenciada, el plan de fuga con Cecilio se había desvanecido como humo en el viento.

 La medianoche en la ermita de la carretera a Dolores Hidalgo jamás llegaría para ellos. Mientras tanto, un drama silencioso se desarrollaba en otro rincón del pueblo. Cecilio, ajeno al adelanto de la boda, esperaba con impaciencia la llegada de la noche, preparando su modesta mochila, soñando con el futuro junto a Dalia. Pero la noticia del compromiso acelerado llegó a sus oídos a través de un amigo del mercado. Un sudor frío cubrió su cuerpo.Algo estaba terriblemente mal.

 Algo había salido mal. Con el corazón desbocado, Cecilio se dirigió a la casa Soler, ignorando el peligro, ciego a las consecuencias. Quería ver a Dalia asegurarse de que estaba bien, de que todavía la amaba. La casa, iluminada a pesar de la noche parecía una fortaleza impenetrable. Los preparativos para la boda relámpago estaban en pleno apogeo.

Mientras se ocultaba en las sombras de los jardines, vio a don Aarón en una acalorada discusión con Benjamín. Las palabras, aunque inaudibles, eran tensas, los gestos vehemes. Benjamín, con una expresión de oscura determinación en el rostro, se alejó de don Aarón y se dirigió hacia la parte trasera de la casa.

 Un escalofrío recorrió a Cecilio. La casa Soler tenía un patio trasero escondido, rodeado por un alto muro de piedra, un lugar donde la luz del sol rara vez llegaba y donde la maleza crecía salvaje. Fue allí donde Cecilio, movido por un presentimiento funesto, decidió buscar un acceso menos vigilado. Al rodear el muro.

 El silencio de la noche fue abruptamente roto por un grito ahogado. No era la voz de Dalia, era la voz de un hombre, un golpe sordo, seguido de un silencio sobrecogedor. El corazón de Cecilio se detuvo. Se asomó por una grieta en el muro apenas visible. La escena que se reveló ante sus ojos era digna de una pesadilla. Bajo la tenue luz de la luna yacía un hombre inmóvil en el suelo.

 Era el jardinero de la casa, un viejo de buena voluntad que a menudo le sonreía a Dalia. A su lado de pie, con las manos manchadas y una expresión indescifrable en el rostro, estaba Benjamín Landa. En las manos de Benjamín, un objeto pesado, un candelabro de bronce brillaba débilmente.

 La mirada de Benjamín, vacía de cualquier emoción, era la de un depredador. La crueldad que Dalia había intual. Cecilio, paralizado por el horror, apenas pudo contener un gemido. El jardinero, que probablemente había presenciado o escuchado algo, había sido silenciado para siempre. Benjamín Landa no era solo el prometido de Dalia. Era un hombre capaz de una violencia gélida, de una crueldad sin límites.

 La revelación fue un golpe demoledor. Dalia no solo estaba siendo obligada a un matrimonio sin amor, sino que estaba a punto de ser entregada a un monstruo. Con el alma destrozada por la desesperación y el miedo, Cecilio sabía que no podía enfrentar a Benjamín solo. Su única esperanza era llegar a Dalia. Recorrió el perímetro de la casa hasta el balcón de su habitación.

 La puerta del balcón milagrosamente estaba sin pestillo, una pequeña ventana de oportunidad dejada quizás por una sirvienta compasiva, trepó por la enredadera de bugambilias, sus manos rasguñándose contra las espinas, su mente solo enfocada en Dalia. Al entrar en la habitación, la encontró sentada en el suelo, su vestido de novia blanco inmaculado extendido a su alrededor como un sudario.

 Su rostro estaba surcado de lágrimas, sus ojos ausentes. Cuando Cecilio susurró su nombre, ella levantó la mirada y un atismo de esperanza, mezclado con terror cruzó su rostro. Rápidamente, Cecilio le contó lo que había visto. La muerte del jardinero, la brutalidad de Benjamín. Dalia lo escuchó en silencio, sus ojos agrandados por el horror, su cuerpo temblando incontrolablemente.

Ahora comprendía la verdadera extensión del peligro que la acechaba, la siniestra naturaleza de su prometido. No había tiempo que perder. La boda era inminente, el peligro palpable. Cecilio la instó a escapar de inmediato, a huir con él sin importar las consecuencias. Dalia, con una fuerza que no sabía que poseía, se puso de pie, se arrojó a sus brazos, un amor desesperado sellando su decisión.

 Juntos salieron sigilosamente de la habitación. Sus pasos apenas audibles descendieron la escalinata principal, que para su sorpresa estaba desierta. La casa estaba extrañamente silenciosa, como si el alma de la mansión se hubiera contenido en previsión de la tragedia que se cernía. Pero al llegar al vestíbulo, una figura emergió de las sombras bloqueando su camino.

 No era don Aarón, ni doña Soraida, ni Benjamín. Era Rosita, la jefa de las sirvientas, una mujer de confianza de la familia Soler desde hacía décadas. Su rostro estaba contraído por la angustia. Les imploró que se detuvieran, que no hicieran tal locura, que el castigo sería peor que la muerte. En ese instante, desde el exterior de la casa, se escuchó el inconfundible sonido de pasos acelerados y voces masculinas que se acercaban.

 El tiempo se había agotado. Cecilio no dudó. agarró la mano de Dalia y en lugar de intentar la puerta principal, que seguramente ya estaría vigilada, la condujo hacia la pesada puerta trasera, que llevaba directamente al patio donde Benjamín había cometido su brutal acto. Rosita, con un grito sofocado, corrió hacia ellos intentando detenerlos, pero era demasiado tarde.

 La puerta cedió con un crujido. Al salir al patio oscuro, laescena se grabó para siempre en la mente de Dalia, bajo la luna creciente, la silueta de Benjamín Landa se alzaba imponente con el candelabro de bronce aún en la mano. A su lado, un grupo de hombres armados, los guardias de su propia familia, los esperaba en silencio.

 El cuerpo del jardinero yacía en el suelo, ahora cubierto por un paño oscuro. Don Aarón y doña Soraíida también estaban allí, sus rostros pálidos. sus ojos llenos de una mezcla de vergüenza, furia y terror. La trampa había sido tendida y ellos habían caído en ella. La mirada de Benjamín se encontró con la de Dalia. No había sorpresa en sus ojos, solo una satisfacción gélida, una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.

 Sabía que Cecilio estaba con ella, sabía de su amor prohibido y había planeado este encuentro con una precisión escalofriante. Don Aarón, con la voz ahogada por la rabia, ordenó a los guardias que separan a la pareja. Cecilio, un hombre de pueblo, valiente pero desarmado, se lanzó sobre Benjamín, un grito de desafío brotando de su garganta, pero los guardias eran demasiados, sus golpes contundentes.

 Dalia gritó el nombre de Cecilio una y otra vez, su voz desgarrada por la desesperación, mientras era arrastrada por Rosita y doña Soraíida hacia el interior de la casa. La escena que siguió fue rápida y brutal. Cecilio fue sometido sin piedad. Benjamín, con una frialdad espantosa, se acercó al cuerpo tendido de Cecilio. Don Aarón, con el rostro descompuesto, no intervino.

 Su silencio era una aceptación tácita del horror que se desarrollaba. Desde el umbral de la puerta, Dalia fue testigo de los últimos momentos de su amado. El golpe final, seco y sin retorno, resonó en el silencio de la noche, silenciando para siempre la voz de Cecilio, apagando la llama de su pasión. La tragedia que había comenzado a gestarse en los corazones de dos amantes prohibidos se consumó en la oscuridad de aquel patio guanajuatense.

No hubo lamentos, no hubo juicio, solo un silencio cómplice que se cernió sobre la casa Soler. El cuerpo de Cecilio fue retirado antes del amanecer. Su desaparición justificada con una historia fabricada de fuga o de un accidente en los caminos solitarios. Nadie preguntó demasiado. Nadie se atrevió a hurgar en el secreto que la familia Soler había enterrado junto con el honor mancillado.

 La boda se celebró al día siguiente bajo un sol implacable que no ofrecía consuelo. Dalia, vestida de blanco impoluto, con el rostro pálido y los ojos vacíos, caminó hacia el altar como un fantasma. La Iglesia repleta de la sociedad guanajuatense y jaliciense fue testigo de una unión solemne y gélida.

 En el rostro de Benjamín Landa no había alegría, solo una expresión de victoria contenida. Había obtenido lo que quería a cualquier precio. La vida de Dalia se convirtió en una prisión de oro. fue llevada a la opulenta hacienda de los landa en Jalisco, una jaula más grande, pero igualmente sofocante. Las noches estaban pobladas por los fantasmas de secilio, los ecos de sus risas, el recuerdo de sus caricias y la imagen recurrente del candelabro de bronce.

 Benjamín, ahora su esposo, la trataba con una cortesía distante que ocultaba una crueldad latente, una posesividad que se manifestaba en pequeñas humillaciones diarias. Dalia se convirtió en una sombra. Sus sueños rotos, su espíritu marchito. El honor de la familia Soler había sido restaurado, pero a un costo incalculable.

 Décadas después, los viejos de Guanajuato aún contaban historias, susurros que se deslizaban en las noches frías. Hablaban de un amor prohibido, de un tallador de obsidiana que desapareció sin dejar rastro, de una novia que perdió su luz el día de su boda. En la casa soler, ahora habitada por extraños, algunos juraban sentir una tristeza profunda que impregnaba los muros, un lamento silencioso que venía de los rincones más oscuros, la mancha de sangre, invisible a los ojos, pero grabada en la memoria del lugar, persistía. Porque Guanajuato, con sus

callejones estrechos y sus cazonas antiguas, es un guardián de secretos. Y la historia de Dalia y Cecilio de su amor imposible y su trágico final es un recordatorio sombrío de que hay pasiones que aunque enterradas jamás mueren del todo y que a veces el verdadero horror no reside en lo que se ve, sino en aquello que se oculta bajo el velo de la respetabilidad, esperando el momento de resurgir de entre las sombras del pasado. No.