Ciudad de México, marzo de 1915. El aire olía a pólvora vieja y miedo
fresco. Y en medio de ese miedo, un hombre caminaba como si fuera dueño de todo México, porque compadre en cierta
forma lo era. Su nombre era coronel Maximino Ávila Camacho. Y si el [ __ ]
tuviera uniforme federal, se vería exactamente como ese hijo de la chingada. Alto, 2 m de pura arrogancia
vestida de gala militar, bigote negro recortado con precisión prusiana, ojos
grises como hielo de enero, fríos como corazón de víbora, cicatriz que le
atravesaba la mejilla derecha desde la oreja hasta la comisura de los labios.

Recuerdo de un revolucionario que intentó matarlo en Veracruz y fracasó. Ese revolucionario amaneció colgado de
un puente tres días después, porque el coronel Maximino perdonaba nunca. Usaba
botas inglesas que costaban más que lo que un campesino ganaba en toda su vida.
Pistó la Colpu 45 con cachas de marfil que, según él mismo presumía, había
matado a más de 300 hombres. Espuelas de plata que sonaban como campanillas de
muerte cada vez que caminaba. Y una sonrisa, Dios santo, esa sonrisa, una
sonrisa que no llegaba nunca a los ojos, una sonrisa que prometía dolor. Pero lo
más peligroso del coronel Maximino era su crueldad. No, compadre. Lo más
peligroso era su poder, porque Maximino Ávila Camacho no era un coronel federal
cualquiera. Era el brazo armado del presidente Victoriano Huerta, el hombre
que ejecutaba las órdenes más sucias, el estratega que había aplastado tres
levantamientos campesinos en Morelos. El comandante que controlaba más de 5,000
soldados federales, los mejor equipados, los mejor entrenados, los más
despiadados. tenía a gobernadores en su bolsillo, jueces que firmaban sentencias
de muerte sin siquiera leer los nombres, generales que le debían favores,
políticos que temblaban cuando escuchaban su nombre y dinero, tanto
dinero de las haciendas que protegía que podría comprar un estado completo si se
le antojaba. El coronel Maximino Ávila Camacho era intocable, invencible, el
hombre más poderoso de todo México después del mismo Huerta y tenía una obsesión que lo consumía como fuego en
pastizal seco destruir a Pancho Villa. No era solo odio militar, compadre, era
algo personal, algoceral, algo que le carcomía las entrañas desde
que Villa había humillado al ejército federal en Tierra Blanca, desde que el centauro del norte había convertido
batallones enteros en cadáveres y vergüenza. Para el coronel, Villa no era solo un
revolucionario, era un insulto viviente, un bandolero analfabeta del desierto que
se atrevía a desafiar el poder absoluto del gobierno federal. Un peón alzado que necesitaba ser
recordado de su lugar, seis pies bajo tierra. Y Maximino tenía un plan, un plan
diabólico, un plan que haría llorar sangre al mismo desierto. Si quieres matar una serpiente, decía el coronel
mientras bebía coñac francés en su despacho lujoso de Palacio Nacional. No
le cortas la cola, le aplastas la cabeza. Y si no puedes aplastar la cabeza directamente, le cortas todo lo
que ama hasta que salga de su agujero a morir. Y Maximino sabía exactamente que
amaba Pancho Villa, sus hombres, su gente, su familia revolucionaria.
Porque Villa, compadre, a pesar de ser tormenta de furia y relámpago de
justicia, tenía un corazón. Un corazón que latía por los que
cabalgaban a su lado. Un corazón que sangraba cuando sus dorados caían. Un
corazón que se quebraría si veía sufrir a los que consideraba hermanos. y el
coronel Maximino iba a usar ese corazón como cuchillo para destriparlo.
La obsesión del coronel alcanzó su punto máximo una noche de febrero de 1915
cuando recibió un reporte de inteligencia, un reporte que hizo brillar sus ojos grises con luz de
depredador que huele sangre cercana. Rodolfo Fierro estaba en Torreón,
Fierro, el brazo derecho de Villa, el carnicero, el hombre que había ejecutado
a 300 prisioneros en una sola tarde y no perdió el sueño. El soldado más letal
que la revolución había parido, el más temido, el más buscado. Si capturaba a
Fierro, pensó el coronel, Villa saldría de las sombras, Villa vendría. Y cuando
viniera Maximino, lo estaría esperando con 5000 rifles federales listos para
convertirlo en agujeros y recuerdo. Pero Fierro no era presa fácil, compadre.
Capturarlo requería algo más que fuerza, requería traición, requería vender el
alma, requería encontrar a alguien dispuesto a clavar puñal en la espalda
de la revolución. Y el coronel encontró a ese alguien, un hombre llamado Jesús
Contreras, un dorado, uno de los hombres de confianza de fierro, que bajo amenaza
de ver a su familia entera ser quemada viva, aceptó convertirse en Judas. La
trampa fue perfecta, quirúrgica, fría como hielo de invierno norteño. Órale,
compadre. Antes de que sigas escuchando esta historia del demonio, necesito que hagas tres cosas ahorita mismo. Primero,
dale like a este video porque historias como esta no se cuentan en ningún lado
más. Aquí rescatamos la memoria verdadera de México, la que los libros
de historia tienen miedo de escribir. Segundo, suscríbete al canal y activa la
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recordar que México todavía tuvo hombres de honor, justicia de verdad, códigos
que valían más que la vida misma. Tercero, comenta desde qué ciudad nos
estás viendo. Quiero saber dónde están los hombres que todavía valoran estas historias. Los que entienden que la
memoria de villa, de Zapata, de Fierro, no puede morir. Escribe tu ciudad en los
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