El Cura Que Bautizó a Su Propio Hijo Con El Nombre del Diablo: Oaxaca, 1704 

Li 17. El cura, que bautizó a su propio hijo con el nombre del Oaxaca, 1704. La lluvia caía sin piedad sobre las calles empedradas de Oaxaca. Aquella tarde de octubre de 1704, el agua arrastraba consigo el lodo y la mugre acumulada durante semanas de sequía, formando pequeños ríos oscuros que serpenteaban entre las casas de adobe y las construcciones coloniales que los españoles habían erigido sobre las ruinas de la antigua ciudad zapoteca.

El cielo plomizo parecía presionar sobre los techos de tejas rojas, y el viento traía consigo el olor a tierra mojada mezclado con el humo de las cocinas, donde las familias preparaban sus escasas comidas. En la plaza principal, frente a la imponente iglesia de Santo Domingo, con sus torres, que se elevaban como dedos acusadores hacia el cielo gris, un grupo de mujeres indígenas se había reunido bajo los portales, sus rebozos empapados pegándose a sus cuerpos delgados, sus rostros marcados por una angustia que iba más allá del

hambre o la pobreza crónica que definía sus existencias. Hablaban en voz baja, en zapoteco, esa lengua ancestral que los conquistadores intentaban suprimir, pero que seguía fluyendo en sus bocas como un río subterráneo de resistencia, lanzando miradas furtivas hacia la puerta cerrada del templo.

 Esa puerta de madera tallada que separaba el mundo sagrado del profano, o al menos eso se suponía. Shochitle, una mujer de 32 años con trenzas negras y gruesas que le llegaban hasta la cintura, tejidas con listones rojos que contrastaban con la oscuridad de su cabello, apretaba contra su pecho un pequeño bulto envuelto en manta blanca.

Era el juipil de su hija Itzel, de apenas 14 años. un juipil que ella misma había abordado durante meses con diseños tradicionales de su pueblo, flores y pájaros que ahora parecían burlarse de su dolor con sus colores brillantes. La joven había salido temprano, cuando el sol apenas asomaba sobre las montañas de la Sierra Madre para llevar tortillas y frijoles al mercado donde trabajaba ayudando a su madre, pero nunca regresó.

El último que la vio fue don Pedro, un vendedor de cerámica, quien recordaba haberla visto caminando por la calle del Comercio con su canasta al hombro, tarareando una canción zapoteca que su abuela le había enseñado. Después de eso nada, como si la tierra misma se la hubiera tragado. No era la primera. En los últimos seis meses, ocho muchachas indígenas habían desaparecido sin dejar rastro en Oaxaca y los pueblos cercanos.

Todas jóvenes, todas de familias humildes que trabajaban en las haciendas o en los mercados de la ciudad, todas entre los 12 y los 16 años. esa edad donde la infancia se transforma en juventud y donde en aquella sociedad brutal las muchachas indígenas se volvían particularmente vulnerables a todo tipo de abusos, todas olvidadas por las autoridades españolas que gobernaban la ciudad con mano de hierro, que imponían leyes diseñadas para beneficiar a los colonos y mantener a los indígenas en perpetua servidumbre. apenas un

escalón por encima de la esclavitud que oficialmente había sido prohibida, pero que continuaba en formas apenas disfrazadas. El virrey y sus funcionarios habían desestimado las denuncias con una mezcla de burocracia y desdén apenas velado. argumentaban que las muchachas probablemente habían huído con algún pretendiente mestizo o español o que se habían marchado a trabajar a otras haciendas más lejanas donde la paga era mejor o simplemente que se habían perdido en el camino víctimas de los peligros naturales de los caminos de

montaña. Cada explicación era más insultante que la anterior, revelando el desprecio fundamental que las autoridades sentían por las vidas indígenas. Cuando las madres insistían, cuando presentaban evidencias de que sus hijas no tenían razón alguna para huir, que eran muchachas obedientes y trabajadoras, que amaban a sus familias, los funcionarios las despachaban con promesas vacías de investigar, promesas que nunca se materializaban en acciones concretas, pero las madres sabían la verdad. Conocían a sus hijas mejor que

nadie en este mundo. Conocían sus rutinas diarias, que no variaban mucho de un día a otro en aquella sociedad rígida. Conocían sus sueños modestos de encontrar algún día un esposo decente o de ahorrar suficiente para comprar un pedazo de tierra. Conocían sus miedos a la oscuridad y a los extraños. Algo terrible estaba ocurriendo en Oaxaca, algo que olía a muerte y a corrupción, algo que las autoridades no querían investigar, o peor aún, algo que deliberadamente ocultaban, porque involucraba a personas de poder cuya

protección dependían las mismas autoridades. Dentro de la iglesia, en el confesionario de madera de cedro tallada que olía a incienso acumulado de años, el padre Sebastián de Uyoa terminaba de escuchar la confesión de doña Mercedes Cervantes, una de las matronas más ricas de la ciudad, viuda de un encomendero que había hecho fortuna explotando el trabajo indígena en Minas de Plata.

 La mujer sozaba tras la rejilla del confesionario, relatando pecados triviales que en otra época habrían parecido importantes, pero que a Uloa ahora le sonaban absurdamente insignificantes. Pecados sobre chismes que había propagado sobre una vecina o sobre su envidia hacia otra familia española con más propiedades que la suya.

 El sacerdote absolvía estos pecados con gestos mecánicos y palabras en latín que repetía de memoria su voz monótona recitando las fórmulas que había aprendido en el seminario de Sevilla tantos años atrás. Fórmulas que ahora le parecían vacías de significado real. Su mente estaba en otro lugar, muy lejos de aquella confesión rutinaria.

 Estaba en el sótano secreto bajo la sacristía, en ese espacio húmedo y oscuro donde guardaba su secreto más oscuro, el pecado que lo condenaría no solo ante Dios, sino ante toda la sociedad colonial, que lo veneraba como un hombre santo, como un ejemplo de virtud y dedicación religiosa. Sebastián de Uyoa había llegado a Oaxaca 15 años atrás, enviado directamente desde Sevilla con credenciales impecables y el respaldo del arzobispado.

 Alto de facciones aristocráticas y ojos grises que podían parecer cálidos o glaciales según la ocasión, había conquistado rápidamente la confianza de las familias españolas más poderosas. predicaba con elocuencia sobre la salvación y el sacrificio, organizaba procesiones elaboradas y gestionaba con eficiencia las propiedades de la Iglesia que incluían extensas tierras trabajadas por indígenas en régimen de servidumbre apenas disfrazada.

 Pero detrás de esa fachada impecable se escondía un hombre atormentado por sus propias contradicciones, un hombre que predicaba castidad, pero ardía de deseos que no podía controlar, que hablaba de humildad mientras vivía en comodidad relativa, que condenaba el pecado mientras lo cometía él mismo, de formas que lo horrizaban cuando se permitía reflexionar honestamente al respecto.

5 años atrás, durante un verano sofocante, donde el calor de Oaxaca parecía derretir hasta las piedras, había mantenido una relación secreta con María, una joven criolla de familia noble, hija de un capitán militar que había muerto en las guerras contra los piratas en el Caribe, dejando a su familia con propiedades, pero también con deudas.

María tenía 19 años cuando comenzó su relación con Uyoa, quien tenía 35. Era una mujer hermosa, con cabello castaño claro, que brillaba bajo el sol, y ojos verdes que le recordaban a Uyoa su Sevilla natal. Acudía diariamente a misa, siempre vestida con elegancia, pero modestia, siempre acompañada por su dueña, una esclava africana anciana que había criado a la familia.

Uyo había notado primero su devoción aparente, la forma en que se arrodillaba durante las oraciones, como sus labios se movían en silencio, recitando los rosarios. Pero luego había comenzado a notar otras cosas. la curva de su cuello cuando inclinaba la cabeza, la suavidad de su voz cuando confesaba pecados menores, la forma en que sus ojos se encontraban con los suyos durante breves instantes durante la comunión.

 La pasión entre ambos había sido tan intensa como prohibida, una fuerza que los arrastraba contra toda razón y moralidad. Se encontraban en secreto en la sacristía durante las horas de siesta, cuando todo Oaxaca parecía dormida bajo el calor o en el jardín interior del convento durante las noches sin luna. Uyo intentaba justificar sus acciones con sofismos teológicos sobre el amor y la naturaleza humana, pero en el fondo sabía que estaba violando todo lo que profesaba creer.

 Y cuando María quedó embarazada, cuando su vientre comenzó a crecer, de manera que pronto sería imposible de ocultar, el escándalo amenazaba con destruir no solo la carrera de Uloa, sino toda la vida de María, deshonrar a toda la familia de la mujer que dependía de su reputación para mantener su posición social en aquella sociedad obsesionada con el honor y la apariencia.

La solución había sido brutal y había sido decidida por las autoridades de la Iglesia que se enteraron del asunto a través de la confesión de María a otro sacerdote. María fue enviada a un convento en Puebla bajo el pretexto de una vocación súbita y profunda, una llamada divina que supuestamente la había tocado y que requería que se retirara inmediatamente del mundo.

 Allí, en esas paredes de piedra fría lejos de Oaxaca, dio a luz en secreto, atendida solo por las monjas, que habían sido instruidas de mantener silencio absoluto antes de morir por complicaciones del parto, hemorragias que las monjas no pudieron detener a pesar de sus esfuerzos con hierbas y oraciones. El bebé, un niño pequeño y frágil, pero con ojos grises penetrantes como su padre, fue entregado a Uyoa con la condición de que jamás revelara su verdadera identidad, que lo criara en secreto, que borrara todo rastro de su existencia

oficial. El sacerdote había bautizado al niño en una ceremonia privada a solas en la capilla, sin testigos y en un acto de rebeldía contra Dios, contra la Iglesia. contra todo lo que representaba lo había nombrado Belcebú, no como un nombre oficial registrado en los libros parroquiales, donde figuraba como Bartolomé Sánchez, huérfano acogido por caridad.

 Pero en la intimidad del sótano donde el niño crecía oculto del mundo, Uloa lo llamaba Belcebu, como para recordarse a sí mismo la profundidad de su caída, la magnitud de su hipocresía. Ahora, con 9 años cumplidos en el mes anterior, sin celebración alguna, porque cómo se celebra el cumpleaños de un secreto, el niño vivía escondido en aquel sótano húmedo, donde la humedad se filtraba por las paredes de piedra, dejando manchas verdosas de musgo, iluminado apenas por velas de cebo que Ulloa bajaba cada noche, y por ventanas enrejadas altas que daban a un patio

interior. donde nadie se aventuraba. Ventanas que permitían que entraran apenas unos rayos oblicuos de luz durante ciertas horas del día, luz que el niño había aprendido a rastrear y valorar como el tesoro más preciado en su mundo de sombras. Uyoa le había enseñado a leer y escribir usando libros viejos y papel que sobraba de los registros parroquiales.

Le había inculcado conocimientos de teología y filosofía que normalmente se reservaban para seminaristas mucho mayores. le había hablado sobre los santos y sus martirios, sobre los pecados y sus castigos, sobre el cielo y el infierno, que según la doctrina esperaban a las almas después de la muerte.

 Pero también lo había criado en el aislamiento más absoluto y antinatural, un aislamiento que iba contra todo lo que se sabía sobre cómo los niños debían crecer y desarrollarse. El niño conocía el mundo solo a través de los libros que su padre le traía, libros de teología densa que apenas podía comprender, libros de historia que relataban guerras y conquistas, libros de filosofía antigua que hablaban de virtudes que nunca había visto practicadas.

Conocía el mundo a través de las historias distorsionadas que su padre le contaba durante sus visitas nocturnas. Historias que pintaban el exterior como un lugar peligroso y corrupto, lleno de pecadores y tentaciones, un lugar del cual él debía mantenerse alejado para preservar su alma. El niño no sabía jugar de la manera en que otros niños jugaban.

 Nunca había corrido tras una pelota o trepado un árbol o nado. No conocía la risa de otros niños, esos sonidos de alegría inocente que flotan en los patios y calles de cualquier ciudad. No había sentido el sol directo en su rostro más que en breves ocasiones, cuando Uloa, sintiendo quizás alguna punzada de culpa o preocupación por la salud del niño, lo sacaba al patio cerrado durante la madrugada, esas horas entre las 3 y las 4 de la mañana, cuando todo Oaxaca dormía y nadie podría verlos.

 En esas ocasiones el niño miraba las estrellas con asombro, esos puntos de luz que había leído en libros, pero que cobraban una realidad abrumadora cuando finalmente los veía, o la luna cuando estaba visible, ese disco plateado que parecía mirarlo desde arriba con curiosidad, pero esas salidas eran breves, apenas 30 minutos antes de que Uyoa lo empujara de vuelta al sótano, temeroso de que alguien qui pudiera despertar y descubrirlos.

 La mente del pequeño Belcebú se había desarrollado de manera extraña en aquel encierro. Era brillante, capaz de recitar pasajes enteros de la Biblia y de textos filosóficos, pero también manifestaba comportamientos perturbadores. Hablaba solo durante horas, manteniendo conversaciones con interlocutores imaginarios.

dibujaba escenas violentas en las paredes con carbón y miraba a su padre con una mezcla de adoración y resentimiento que inquietaba profundamente a Uyoa. Aquella tarde, mientras la lluvia reciaba, Uyoa bajó al sótano llevando una bandeja con comida, pan duro, queso y agua. El niño estaba sentado en el suelo de piedra, rodeado de libros abiertos, sus ojos grises fijos en la escalera antes incluso de que el padre apareciera.

 Parecía tener un sexto sentido para detectar su presencia. El padre dejó la bandeja en el suelo y observó a su hijo. El niño había crecido delgado y pálido como un espectro con el cabello negro sin cortar que le caía sobre los hombros. vestía ropas oscuras, casi arapos, que le daban un aspecto fantasmal en la penumbra del sótano.

Durante largos minutos, padre e hijo se miraron en silencio. Un silencio cargado de cosas no dichas, de preguntas sin respuesta, de culpas acumuladas. Mientras tanto, en la superficie, en las calles mojadas de Oaxaca, Schochitl había tomado una decisión. Si las autoridades españolas no investigarían la desaparición de su hija, ella lo haría.

 Reunió a otras madres que habían perdido a sus hijas y juntas comenzaron a recorrer la ciudad, preguntando, indagando, buscando cualquier pista que pudiera conducirlas a la verdad. Visitaron el mercado donde Itsel había sido vista por última vez. hablaron con comerciantes y aguadores, con otros indígenas que trabajaban en las casas de los españoles.

 Fue un viejo portero indígena que trabajaba en una hacienda cercana quien les proporcionó la primera pista significativa. Había visto en varias ocasiones durante los últimos meses una carreta cubierta que salía de la ciudad por la noche, siempre tomando el camino hacia las montañas. La carreta era propiedad de un comerciante español llamado don Rodrigo Villegas, un hombre de reputación dudosa que se dedicaba al comercio de productos diversos, pero que, según rumores, también se involucraba en negocios legítimos. Sh. Cheitl y las otras madres

decidieron seguir esta pista con una determinación que nacía del dolor, pero también de la rabia acumulada durante años de injusticias. Una noche, mientras la luna menguante apenas iluminaba el cielo nublado y las calles de Oaxaca permanecían en silencio, excepto por los ladridos ocasionales de perros callejeros, se apostaron cerca de la casa de Villegas.

Un edificio de dos pisos con balcones de hierro forjado quedaban a una calle lateral. se ocultaron entre los árboles que bordeaban el camino, eucaliptos y ahegüetes antiguos, cuyas sombras les proporcionaban cobertura perfecta, envueltas en rebozos oscuros que las hacían casi invisibles en la noche. La espera fue larga y tensa, sus corazones latiendo con fuerza en sus pechos, sus manos apretadas en puños que temblaban no de frío, sino de anticipación y miedo.

 Sus ojos fijos en la puerta de la casa de Villegas. Habían dejado a sus otros hijos con parientes o vecinos inventando excusas sobre trabajos nocturnos que debían realizar, conscientes de que lo que estaban haciendo era peligroso y podría tener consecuencias terribles si eran descubiertas. Cerca de la medianoche, cuando la ciudad dormía en esa quietud profunda que precede las horas más oscuras de la noche, tal como el portero había descrito, la carreta apareció.

 Era una carreta grande, cubierta con lona encerada que ocultaba completamente su contenido, tirada por dos caballos negros que avanzaban lentamente sobre las piedras del camino, intentando hacer el menor ruido posible. era conducida por dos hombres que las mujeres reconocieron como empleados de Villegas. Hombres rudos conocidos por su brutalidad y su disposición a hacer cualquier trabajo sucio por dinero.

 Y aunque la cubierta impedía ver el interior con claridad, las mujeres notaron algo inquietante que hizo que sus estómagos se retorcieran con aprensión. La carreta se detuvo brevemente frente a la iglesia de Santo Domingo antes de continuar su camino hacia las afueras de la ciudad, como si estuviera recogiendo o entregando algo en ese lugar sagrado, una conexión que no podía ser coincidencia.

Durante varios días, las madres observaron este patrón. La carreta siempre se detenía frente a la iglesia, siempre por la noche y siempre continuaba hacia las montañas. La conexión con la iglesia las perturbaba profundamente. La iglesia era el corazón de la comunidad, el lugar donde buscaban consuelo y esperanza.

 La idea de que pudiera estar involucrada en algo siniestro era casi imposible de concebir, pero las madres habían aprendido a través de años de opresión y sufrimiento que el poder corrompe y que las instituciones más respetadas podían albergar los secretos más oscuros. Shchitl decidió confrontar directamente al padre Uyoa, armándose con el coraje que solo el amor maternal puede proporcionar.

 Una tarde, cuando las sombras comenzaban a alargarse y la luz dorada del atardecer entraba por las ventanas altas de la iglesia, creando patrones de luz y oscuridad en el piso de piedra, aprovechó que el sacerdote estaba solo en la sacristía, ordenando vestiduras sagradas y revisando documentos parroquiales. Entró con paso decidido, sus sandalias resonando en el silencio del espacio sagrado, su rostro marcado por la determinación y el dolor que había aprendido a llevar como una segunda piel.

Uyoa levantó la vista de los documentos que revisaba, pergaminos cubiertos de su letra elegante, y la miró con una mezcla de sorpresa y molestia, apenas disimulada. Era inusual que una indígena entrara así, sin ser llamada, sin pedir permiso, interrumpiendo sus tareas como si tuviera algún derecho a su atención.

La jerarquía social establecía claramente que los indígenas debían mostrar deferencia absoluta ante los españoles y especialmente ante los representantes de la Iglesia. La conversación fue tensa desde el principio, cargada de todo el peso de las desigualdades coloniales. Sh. Chitle, hablando en un español entrecortado pero firme cada palabra, costándole un esfuerzo consciente, porque el español no era su lengua natural y cada vez que lo hablaba sentía que estaba usando la lengua del conquistador. Le preguntó directamente

si sabía algo sobre las desapariciones. Su voz temblaba no de miedo, sino de emoción contenida, de rabia y dolor, mezclados en proporciones que amenazaban con desbordarse en cualquier momento. Me habló de la carreta que visitaba la iglesia en horas impías, de las paradas nocturnas frente a las puertas del templo que él supervisaba, de las muchachas que se desvanecían como humo sin dejar rastro, de los llantos de las madres que caían en oídos sordos, porque los poderosos no consideraban que las vidas indígenas valieran lo suficiente

como para merecer investigación o justicia. Huyoa la escuchó con expresión inescrutable. su rostro convertido en una máscara de neutralidad clerical que había perfeccionado durante años de escuchar confesiones, sus ojos grises estudiándola con frialdad calculada, midiendo cuánto sabía realmente y cuánto era especulación desesperada.

 Cuando ella terminó, cuando sus palabras se agotaron y quedó de pie frente a él esperando, rezando por alguna señal de compasión o reconocimiento, el sacerdote respondió con voz suave, pero cortante, como un cuchillo afilado. Le dijo que no sabía nada de carretas ni desapariciones misteriosas, que las autoridades civiles eran responsables de investigar tales asuntos mundanos que no concernían a la iglesia.

 y que ella debería tener mucho cuidado con las acusaciones infundadas y peligrosas que podían traerle serios problemas, no solo a ella, sino a toda su familia. Amenazas veladas que resonaban con todo el poder del sistema colonial que podía destruir vidas indígenas con facilidad aterradora. Pero Xitl era una mujer que se dejara intimidar fácilmente.

 Había sobrevivido a epidemias, ambrunas y años de trabajo brutal en las haciendas. Había visto morir a tres de sus hijos por enfermedades y hambre. La pérdida de Itzel era la gota que colmaba el vaso y estaba dispuesta a arriesgarlo todo para encontrar la verdad. Se acercó más al sacerdote, mirándolo directamente a los ojos, y le dijo en zapoteco una frase que lo dejó helado.

 Le dijo que los dioses antiguos, aquellos que los españoles habían intentado borrar, aún observaban, aún recordaban y que ningún secreto permanecía oculto para siempre. Esa noche Uloa no pudo dormir. Las palabras de Shochitel resonaban en su mente, mezclándose con sus propios remordimientos y culpas. Bajó al sótano más tarde de lo habitual y encontró a Belcebu despierto, sentado en su rincón habitual, mirando fijamente la escalera.

El niño le preguntó con voz extrañamente adulta para sus 9 años si había algo malo, si había problemas. Uloa no respondió directamente, pero por primera vez en mucho tiempo se sentó junto a su hijo y le habló con sinceridad sobre el peso de los secretos, sobre cómo las mentiras se acumulan hasta convertirse en prisiones más efectivas que cualquier celda de piedra.

 El niño lo escuchó con atención, sus ojos grises brillando a la luz de las velas. Cuando el padre terminó, Belcebu hizo una pregunta que dejó a Uyoa sin palabras. Le preguntó si él también era un secreto, si él también era una mentira. Y agregó algo que heló la sangre del sacerdote. Dijo que a veces por las noches escuchaba sonidos extraños que venían de algún lugar más profundo por debajo del sótano, sonidos que parecían llantos o lamentos ahogados.

Uyoa se puso de pie bruscamente, su rostro pálido. Le dijo al niño que eran imaginaciones suyas, que el aislamiento le estaba afectando la mente, que debía dormir y no pensar en esas tonterías. Pero mientras subía la escalera, el sacerdote sabía que el niño no estaba imaginando cosas. sabía exactamente de dónde venían esos sonidos y ese conocimiento era el secreto más terrible de todos.

 Uno que ni siquiera él se atrevía a confrontar completamente en su conciencia. La verdad era que la iglesia de Santo Domingo tenía una historia mucho más antigua y oscura de lo que la mayoría de los feligreses sabían. Había sido construida sobre las ruinas de un antiguo templo zapoteca. Y durante la construcción los trabajadores habían descubierto una red de túneles y cámaras subterráneas que se extendían por debajo de la ciudad.

Oficialmente estas cámaras habían sido selladas y olvidadas, pero Uloa había descubierto poco después de su llegada a Oaxaca que algunos de estos pasadizos aún eran accesibles y que habían sido utilizados a lo largo de los años para propósitos que la Iglesia prefería mantener ocultos. Don Rodrigo Villegas no era solo un comerciante corrupto.

 Era parte de una red que involucraba a varios funcionarios coloniales y sí, a miembros del clero. Traficaban con lo más valioso y terrible con seres humanos. Las muchachas indígenas desaparecidas no habían muerto, al menos no todas. eran mantenidas en aquellas cámaras subterráneas antes de ser transportadas a haciendas remotas o incluso vendidas a barcos que zarpaban desde Veracruz hacia destinos desconocidos donde serían explotadas de formas que Ulloa no quería imaginar.

 El papel del sacerdote en esta red no era activo, pero su silencio era complicidad. Sabía lo que ocurría. Había escuchado confesiones de hombres involucrados, había visto cosas que debería haber denunciado, pero el miedo a que sus propios secretos salieran a la luz lo había mantenido callado. Villegas y los otros sabían sobre Belcebu, sobre el hijo ilegítimo del sacerdote escondido en el sótano.

 Era un secreto compartido que funcionaba como seguro mutuo. Si Uyoa hablaba, ellos revelarían su hipocresía. Si ellos eran descubiertos, podrían arrastrar al sacerdote con ellos. Esta red de complicidad y silencio era el verdadero demonio que habitaba Oaxaca, más real y aterrador que cualquier figura mitológica.

 era el demonio de la corrupción institucional, del abuso de poder, de la deshumanización sistemática de los más vulnerables. Y Uyoa, con toda su educación y sus ropajes sagrados, era parte de ese demonio. Las madres continuaron su investigación. Shitle, cada vez más desesperada, comenzó a seguir personalmente la carreta durante sus viajes nocturnos.

 Una noche, oculta entre las sombras, observó como la carreta se detenía en un claro del bosque, varios kilómetros fuera de la ciudad. Dos hombres descargaron algo pesado envuelto en mantas y lo llevaron hacia lo que parecía ser la entrada de una cueva o un túnel. La escena confirmó sus peores sospechas. Las muchachas estaban siendo trasladadas a algún lugar secreto.

 Schitl sabía que no podía enfrentar sola a aquellos hombres. Necesitaba ayuda, pero las autoridades españolas eran parte del problema. Así que recurrió a su comunidad, a los ancianos zapotecas, a los hombres y mujeres que trabajaban en silencio en las haciendas y talleres de Oaxaca. corrió la voz en Zapoteco, en los mercados, en los campos, en los lugares donde los españoles no prestaban atención y lentamente comenzó a formarse un grupo de personas dispuestas a actuar, dispuestas a rescatar a sus hijas y hermanas, dispuestas a enfrentar el peligro.

Mientras tanto, la salud mental de Uloa se deterioraba. El peso de sus secretos, la presión de mantener su doble vida y ahora el miedo a que todo se derrumbara, lo estaban consumiendo. Comenzó a beber en secreto, a pasar largas horas en el sótano con Belcebú, hablándole de cosas que el niño no podía comprender completamente, sobre redención, sobre castigo, sobre el precio de la cobardía.

Belcebu absorbía todo con esa inteligencia precoz que lo caracterizaba, pero el niño también estaba cambiando. El encierro prolongado, la falta de contacto humano normal y las conversaciones cada vez más perturbadas de su padre estaban moldeando su psique de maneras impredecibles y peligrosas. comenzó a hacer preguntas más directas, más inquietantes.

 Preguntaba sobre el mundo exterior, sobre otras personas, sobre por qué él debía permanecer oculto. Y cuando Uloa intentaba explicarle con evasivas, el niño lo miraba con una expresión que mezclaba comprensión y desprecio, como si pudiera ver a través de todas las mentiras. Una noche, Belcebú le dijo a su padre algo que lo dejó paralizado.

 Le dijo que había encontrado una manera de salir del sótano, que había explorado los túneles que se extendían más allá de su prisión subterránea. Había seguido los sonidos de los lamentos y había descubierto las cámaras donde mantenían a las muchachas. las había visto, había escuchado sus llantos, había observado el terror en sus ojos y entonces, con una voz desprovista de emoción, le preguntó a Uloa si esas mujeres también eran secretos, si también eran mentiras que debían permanecer ocultas.

 Uloa sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. Su hijo, su terrible secreto, había descubierto el secreto aún más terrible de la red de tráfico. Era como si todas las mentiras y oscuridades que había cultivado durante años hubieran cobrado vida propia y ahora lo confrontaran encarnadas en la mirada de aquel niño pálido y fantasmal.

 El sacerdote supo en ese momento que había llegado el punto de no retorno, que debía tomar una decisión que definiría no solo su destino, sino el destino de muchas vidas inocentes. Durante días, Uyoa luchó con su conciencia. Podía continuar callado, proteger su posición, mantener sus secretos o podía hacerlo impensable, confesar, revelar la verdad, destruir su propia vida.

 pero posiblemente salvar las vidas de aquellas muchachas. La decisión lo atormentaba día y noche consumiéndolo desde dentro. Fue Shitl quien precipitó los acontecimientos. El grupo de indígenas que había reunido decidió actuar. Una noche, armados con machetes, palos y antorchas, se dirigieron hacia el lugar donde habían visto descargar la carreta.

 Eran cerca de 40 personas, hombres y mujeres, todos unidos por el dolor de las pérdidas y la rabia acumulada durante años de opresión. No eran guerreros, eran campesinos y artesanos, pero estaban dispuestos a enfrentar lo que fuera necesario para rescatar a las muchachas. Cuando llegaron a la entrada del túnel, encontraron resistencia.

Los hombres de Villegas estaban allí armados con mosquetes y espadas. Se produjo un enfrentamiento breve, pero violento. Los disparos resonaron en la noche. Los gritos de dolor se mezclaron con los gritos de rabia. Varios indígenas cayeron heridos, pero su número era superior y su determinación inquebrantable.

Finalmente lograron abrir paso y penetrar en los túneles. Lo que encontraron allí era peor de lo que habían imaginado. En las cámaras subterráneas, iluminadas por antorchas humeantes, había cerca de 15 muchachas, algunas de ellas apenas niñas, encadenadas, desnutridas, con los ojos vacíos del trauma profundo.

 Entre ellas estaba Itzel, la hija de Shochitlle, irreconocible por la delgadez. y el estado de shock. Shitel corrió hacia ella llorando, abrazándola, mientras otras madres encontraban a sus propias hijas y hermanas. Pero el descubrimiento más perturbador estaba aún por venir. Los túneles se conectaban directamente con el sótano de la iglesia de Santo Domingo.

 Y fue allí, en esos pasadizos antiguos bajo el templo, donde el grupo encontró a Belcebu. El niño estaba de pie en medio de un túnel con una vela en la mano, mirándolos con curiosidad y sin miedo alguno. Era la primera vez que veía a tantas personas juntas, la primera vez que sus ojos contemplaban rostros que no fueran el de su padre.

 Shitle se acercó al niño inicialmente con cautela, pero luego con compasión al notar su palidez extrema, su aspecto desnutrido, sus ropas raídas. El niño no intentó huir ni mostró alarma. En cambio, les dijo con voz clara que sabía dónde estaban las otras muchachas, que podía guiarlos, que conocía todos los túneles.

 Y cuando Shochitel le preguntó quién era, el niño respondió con una frase que la dejó helada. Dijo que era el hijo del padre Uyoa, que se llamaba Belcebu, y que había vivido toda su vida en la oscuridad porque su padre tenía miedo de la luz. La revelación se extendió como fuego entre el grupo. El respetado padre Ulloa, el hombre que los sermoneaba sobre moralidad y pecado, tenía un hijo ilegítimo escondido en el sótano de la iglesia.

 Y ese hijo no solo compartía nombre con el demonio, sino que había sido testigo silencioso de todos los horrores que ocurrían bajo el templo. La hipocresía era tan monumental, tan grotesca, que incluso en medio del horror que acababan de presenciar, causó indignación renovada. Guiados por Belcebu, el grupo rescató a todas las muchachas que aún permanecían vivas en las cámaras.

 En total salvaron a 18 jóvenes, aunque descubrieron evidencias de que otras habían sido trasladadas días antes, probablemente vendidas ya a tratantes que operaban en la costa. También encontraron restos que sugerían que no todas las muchachas capturadas habían sobrevivido al cautiverio. Huesos mezclados con tierra en una de las cámaras más profundas contaban la historia más terrible de todas.

 Algunas de las desaparecidas nunca volverían a casa. Cuando el grupo emergió de los túneles con las muchachas rescatadas y con el niño, era casi el amanecer. La noticia de lo ocurrido se esparció rápidamente por Oaxaca. La gente comenzó a reunirse frente a la iglesia de Santo Domingo, exigiendo explicaciones, exigiendo justicia.

 Las campanas de la iglesia permanecieron silenciosas aquella mañana, un silencio ominoso que parecía reconocer la gravedad de lo descubierto. Huyoa, al escuchar el alboroto, supo que todo había terminado. Desde su habitación en la casa parroquial, observó a la multitud que crecía en la plaza. Vio a Shochitl con su hija Itsel. Vio a las otras madres con sus hijas rescatadas.

 y vio a Belcebú, su hijo, de pie entre la multitud, mirando hacia la ventana donde él se encontraba. Era la primera vez que el niño veía el mundo exterior a plena luz del día y la ironía no se le escapó a Uyoa. Su hijo estaba finalmente libre, pero él estaba más prisionero que nunca. El sacerdote podría haber intentado huir, tenía contactos, recursos, podría haber escapado hacia Ciudad de México o incluso intentado regresar a España.

Pero algo en él, tal vez un último vestigio de conciencia o simplemente agotamiento total, le impidió hacerlo. En cambio, bajó a la iglesia y salió al atrio enfrentando a la multitud. El silencio cayó sobre la plaza cuando apareció, vestido con sus ropajes sacerdotales, intentando mantener una dignidad que sabía era completamente falsa.

 Schittle fue quien habló primero. Con voz firme delante de todos relató que habían descubierto, los túneles, las muchachas prisioneras, la conexión con la iglesia. Y luego, señalando a Belsebú, reveló la existencia del hijo secreto del sacerdote, mantenido oculto durante años en el sótano del templo. La multitud reaccionó con una mezcla de incredulidad, rabia y asco.

 Algunos gritaban, otros lloraban, muchos simplemente miraban al sacerdote con expresiones de traición profunda. Loa intentó defenderse. Habló de debilidades humanas, de arrepentimiento, de las complejidades de la fe y el pecado, pero sus palabras sonaban vacías, carentes de convicción. Cuando intentó negar cualquier participación activa en el tráfico de las muchachas, varios testigos surgieron de la multitud.

 hombres que habían trabajado en las haciendas de la iglesia, que habían visto las carretas, que habían escuchado rumores y ahora los confirmaban. La red de complicidad comenzó a desenredarse y con cada nuevo testimonio la culpabilidad de Ulloa se hacía más evidente, pero la intervención más devastadora vino del propio Belcebu.

El niño, que había permanecido en silencio observando todo con sus grandes ojos grises, se adelantó y comenzó a hablar. Con una claridad y articulación sorprendentes para su edad, relató que había escuchado durante años desde su prisión subterránea. Habló de conversaciones entre su padre y Villegas que había captado a través de los conductos de ventilación.

 habló de documentos que había visto en el sótano, registros de transacciones que involucraban no solo personas, sino tierras, oro, propiedades confiscadas a familias indígenas bajo pretextos religiosos. El niño, en su aislamiento forzado, había absorbido información que ahora salía a la luz como acusaciones demoledoras.

 La multitud estaba al borde de la violencia. Algunos hombres se adelantaron con la intención de linchar al sacerdote allí mismo, pero fue nuevamente Shitl quien los detuvo. Levantó la mano pidiendo silencio y cuando lo obtuvo, habló con una sabiduría que trascendía su educación formal. Dijo que si mataban a Uyoa en ese momento, se convertirían en lo que ellos mismos condenaban, en asesinos que actuaban sin justicia.

 dijo que la verdad debía revelarse completamente, que todos los involucrados debían ser expuestos, no solo el sacerdote, sino toda la red de corrupción que permitía estos crímenes, y agregó algo que resonó profundamente en todos los presentes. dijo que su lucha no era solo por sus hijas, sino por la libertad de vivir sin miedo, sin opresión, sin que los poderosos pudieran hacer desaparecer a sus seres queridos con impunidad.

Las autoridades coloniales finalmente intervinieron, no por un súbito brote de justicia, sino porque el escándalo había crecido demasiado como para ser ignorado. Don Rodrigo Villegas intentó huir, pero fue capturado en el camino a Veracruz. Varios funcionarios menores fueron arrestados. Se abrieron investigaciones que revelaron la extensión de la red de tráfico, que no se limitaba a Oaxaca, sino que se extendía por toda la Nueva España.

Muchos de los involucrados eran personas de posición y riqueza, ascendados, comerciantes, incluso otros miembros del clero en diferentes ciudades. El juicio de Uloa fue largo y público, una rareza en una época donde los asuntos del clero normalmente se manejaban en secreto, pero la presión popular era demasiado fuerte.

 Las familias de las muchachas rescatadas, apoyadas ahora por sectores de la sociedad criolla, que también estaban escandalizados, exigieron transparencia. Durante el proceso salieron a la luz detalles espeluznantes sobre la operación. Cómo identificaban a las víctimas, cómo las capturaban, cómo las mantenían dóciles con amenazas y violencia, cómo las transportaban y vendían.

 Uloa fue declarado culpable no solo de complicidad en el tráfico, sino de abuso de su posición eclesiástica, de mantener relaciones carnales siendo sacerdote, de ocultar el nacimiento de su hijo y de múltiples actos de corrupción financiera relacionados con las propiedades de la Iglesia. fue despojado de su investidura sacerdotal, una ceremonia humillante donde le quitaron los ornamentos y lo declararon anatema.

 Luego fue entregado a las autoridades civiles para su castigo. La sentencia fue severa. Reclusión perpetua en una celda de la cárcel de Oaxaca, sin posibilidad de redención. Para un hombre que había vivido en posiciones de poder y comodidad, la perspectiva de pasar el resto de su vida en una celda húmeda y oscura era equivalente a una muerte lenta.

 Algunos decían que era un castigo justo, otros argumentaban que debería haber sido ejecutado. Pero Shochitel y otras madres habían abogado por la prisión, no por misericordia, sino porque querían que Uloa viviera con su culpa, que tuviera tiempo de reflexionar sobre el daño causado, que experimentara una fracción del encierro que había impuesto a su propio hijo y indirectamente a las muchachas que había permitido que fueran capturadas.

 El destino de Belcebu fue más complejo. El niño no tenía familia conocida más allá de Ulloa y su situación era única. Era simultáneamente una víctima del Padre y un recordatorio viviente de sus pecados. Había propuestas de enviarlo a un orfanato o incluso a un monasterio donde pudiera ser educado lejos del escándalo.

Pero Shitl, en un acto de compasión extraordinaria, se ofreció a acogerlo. Argumentó que el niño era tan víctima como las muchachas rescatadas, que había pasado toda su vida en cautiverio y que merecía la oportunidad de conocer la libertad y la luz del sol. La decisión causó controversia. Algunos en la comunidad pensaban que el hijo del demonio, como algunos lo llamaban por su nombre de bautismo secreto, traería mala suerte.

 Otros veían en él una mancha que debía ser borrada. Pero Schitle fue firme en su decisión y su posición moral tras liderar el rescate de las muchachas le había ganado un respeto que pocos se atrevían a desafiar. Belcebu, ahora rebautizado con el nombre de su registro oficial Bartolomé, comenzó una nueva vida con Shitle y su hija Itzel.

Los primeros meses fueron difíciles. El niño no sabía cómo interactuar con otras personas, cómo jugar, cómo simplemente ser un niño. La luz del sol le lastimaba los ojos, acostumbrados a la penumbra del sótano. Los sonidos de la vida cotidiana lo abrumaban y había momentos en que parecía perderse en su propia mente, volviendo a los patrones de comportamiento solitario que había desarrollado durante su encierro.

 Pero lentamente, con paciencia y cariño, Shitl e Itell lo ayudaron a adaptarse. Le enseñaron zapoteco, le mostraron los mercados y los campos, le permitieron tocar la tierra y sentir el viento. El niño comenzó a sonreír, algo que nunca había hecho en el sótano. comenzó a jugar con otros niños del barrio, aunque siempre con cierta torpeza, cierta diferencia que nunca desaparecería completamente, pero era vida, era libertad, era una oportunidad que nunca había imaginado posible.

 Itzel, que había sufrido su propio trauma durante el cautiverio, encontró en ayudar a Bartolomé una forma de procesar su propia experiencia. Los dos niños, cada uno marcado por el horror de diferentes maneras, formaron un vínculo especial. Se entendían sin necesidad de muchas palabras. Compartían el conocimiento de lo que significa vivir en la oscuridad y el valor de la luz.

Los meses se convirtieron en años. La historia de las desapariciones en Oaxaca se convirtió en leyenda, en advertencia, en símbolo de la lucha contra la corrupción y el abuso de poder. Las muchachas rescatadas siguieron diversos caminos. Algunas se casaron, otras se dedicaron al comercio, algunas permanecieron marcadas por el trauma y vivieron vidas difíciles, pero todas sobrevivieron y su supervivencia era un testimonio de la resistencia del espíritu humano.

 Uloa pasó 5 años en prisión antes de morir de una enfermedad pulmonar agravada por las condiciones húmedas de su celda. Hasta el final mantuvo una actitud ambivalente. Algunos días parecía genuinamente arrepentido, escribiendo confesiones largas y detalladas sobre sus crímenes y los de otros. Otros días se hundía en la autocompasión, culpando a las circunstancias, a sus debilidades humanas, a todos menos a sí mismo.

 Pidió ver a Bartolomé antes de morir, pero Shitle y el propio muchacho, que para entonces tenía 14 años, decidieron que era mejor no reabrirle esa herida. Uyoa murió solo sin los sacramentos que había administrado a tantos otros. Un final apropiado para un hombre que había vivido negando su propia verdad. La Iglesia de Santo Domingo fue clausurada temporalmente y sometida a una limpieza tanto física como espiritual.

 Los túneles fueron sellados definitivamente, aunque las historias sobre ellos persistieron en el folklore local. Cuando la iglesia reabrió, fue con un nuevo sacerdote y con un compromiso renovado, al menos en teoría, de servir verdaderamente a la comunidad. Pero los indígenas de Oaxaca nunca olvidaron lo que había ocurrido y su fe en las instituciones coloniales quedó permanentemente marcada por la desconfianza.

Chochitle se convirtió en una figura respetada en la comunidad, no solo por su papel en el rescate, sino por su sabiduría continua. Defendía los derechos de su pueblo, abogaba por mejores condiciones de trabajo, desafiaba los abusos cuando los veía. No era una revolucionaria en el sentido político, pues las revoluciones vendrían mucho después, pero era una rebelde en el sentido más profundo.

 Se negaba a aceptar que su gente, su familia, sus hijas fueran tratadas como mercancía o como seres inferiores. Bartolomé creció para convertirse en un joven callado, pero observador, que nunca perdió completamente esa cualidad inquietante que había desarrollado durante su infancia en el sótano. Pero canalizó esa intensidad en el estudio.

 aprendió a leer y escribir no solo en español, sino en zapoteco, y eventualmente comenzó a trabajar como escribano, ayudando a miembros de la comunidad indígena a navegar el complejo sistema legal colonial. Usaba las habilidades que su padre le había enseñado, irónicamente, para defender a aquellos que su padre había ayudado a oprimir.

 Nunca habló públicamente sobre su tiempo en el sótano, ni sobre su padre. El nombre Belcebu quedó enterrado en el pasado, conocido solo por unos pocos. Para todos los efectos era Bartolomé Sánchez, huérfano acogido por bondad, superviviente de circunstancias trágicas. Pero aquellos que lo conocían bien podían ver en momentos de silencio una sombra en su mirada, un peso invisible que cargaba el legado de haber nacido del pecado y haber sido nombrado como el demonio mismo.

 La historia dejó marcas profundas en toda la ciudad de Oaxaca. Las familias de las víctimas establecieron una tradición. Cada año en el aniversario del rescate se reunían en la plaza para conmemorar a las muchachas que habían desaparecido, tanto las que fueron rescatadas como las que nunca regresaron.

 Encendían velas, compartían alimentos, contaban historias. Era un acto de memoria, pero también de resistencia, un recordatorio de que los poderosos no podían simplemente hacer desaparecer a las personas. sin consecuencias. Con el tiempo surgieron canciones y relatos sobre los eventos de 174. Algunas versiones romantizaban la historia, otras la transformaban en moraleja sobre el pecado y la redención.

Pero las versiones que persistieron con más fuerza en la memoria colectiva indígena fueron aquellas que enfatizaban la valentía de las madres, la importancia de la solidaridad comunitaria y el peligro de confiar ciegamente en las instituciones de poder. El caso también tuvo repercusiones más amplias en la Nueva España.

 reveló una red de tráfico que se extendía mucho más allá de Oaxaca, forzando investigaciones en otras ciudades. Aunque muchos de los involucrados en posiciones altas lograron evitar castigos severos gracias a sus conexiones, el escándalo manchó la reputación de varias instituciones coloniales. La Iglesia Católica en particular enfrentó críticas renovadas sobre la corrupción y los abusos que a menudo ocurrían bajo su protección.

 Para los pueblos indígenas de la región, el evento reforzó algo que ya sabían por experiencia, que su lucha por dignidad y libertad sería larga y difícil, que los sistemas de poder colonial estaban diseñados para explotarlos y oprimirlos, y que solo la resistencia organizada y el apoyo mutuo podrían ofrecerles alguna medida de protección y justicia.

 No era una lección optimista, pero era realista, templada en el fuego de siglos de opresión. Décadas después, cuando Bartolomé era ya un hombre mayor, escribió en secreto un manuscrito sobre su experiencia. Nunca fue publicado durante su vida, permaneció guardado entre sus documentos personales.

 En él reflexionaba sobre la naturaleza del mal, no como una fuerza sobrenatural, sino como una construcción humana nacida de la codicia, el miedo y la voluntad de poder. Escribió sobre su padre, no con odio, sino con una mezcla compleja de lástima, comprensión y decepción. reconocía que Uloa había sido a la vez víctima de un sistema que demandaba imposibles morales y perpetrador activo de sufrimiento.

 El manuscrito contenía también reflexiones sobre su propio nombre secreto, Belcebu, el señor de las moscas, el demonio. Bartolomé escribió que durante mucho tiempo había sentido que ese nombre era una maldición, una marca que lo definía, pero con los años había llegado a una conclusión diferente. El verdadero demonio no era un nombre entidad mitológica, sino la capacidad humana para justificar el sufrimiento de otros, para construir sistemas de opresión y llamarlos orden, para silenciar los gritos de los vulnerables y llamarlo paz. El manuscrito terminaba

con una dedicatoria a Shochitl, quien para entonces había fallecido, y a Itzel, que se había convertido en una líder comunitaria respetada en su propio derecho. Bartoloméo escribió que ellas le habían enseñado lo que su padre nunca pudo, que la verdadera redención no viene de los sacramentos o las penitencias, sino de las acciones concretas para reducir el sufrimiento y promover la justicia, que la libertad no es un regalo otorgado por los poderosos, sino un derecho que debe ser defendido constantemente y que el amor más puro no es el que se

predica desde púlpitos. sino el que se demuestra en actos cotidianos de compasión y valentía. La historia de Oaxaca en 1704 no tuvo un final feliz en el sentido convencional. Demasiadas vidas habían sido destruidas, demasiado dolor había sido infligido, demasiadas cicatrices permanecían. Pero tuvo momentos de triunfo humano, el coraje de madres que se negaron a aceptar la desaparición de sus hijas, la solidaridad de una comunidad que se unió contra la injusticia, la capacidad de supervivientes de reconstruir sus vidas

después del trauma y la posibilidad de que incluso alguien nacido en la oscuridad más profunda pudiera encontrar la luz. El niño bautizado secretamente con el nombre del demonio, creció para convertirse en un hombre que dedicó su vida a combatir los verdaderos demonios, la opresión, la corrupción, el abuso de poder.

 Y en ese sentido, tal vez el nombre Belcebú no fue una maldición, sino una profecía invertida, no sobre la encarnación del mal, sino sobre alguien que conocía el mal tan íntimamente que podía reconocerlo y oponerse a él con claridad absoluta. Los años pasaron y Oaxaca continuó su existencia bajo el dominio colonial con sus ciclos de opresión y resistencia, de injusticia y lucha.

 Pero las madres, que habían luchado en 1704 dejaron un legado que perduró. la idea de que ninguna vida era desechable, que ningún secreto podía permanecer enterrado para siempre y que la libertad, aunque difícil de alcanzar, valía cualquier riesgo. Era una lección que generaciones futuras aprenderían y reconfirmarían una y otra vez en su propia búsqueda de dignidad y justicia.

 La iglesia de Santo Domingo permanece en pie hasta hoy, un monumento arquitectónico que atrae turistas y peregrinos. Pocos de los que la visitan conocen la historia completa de lo que ocurrió en sus sótanos en 1704. Pero entre las familias descendientes de aquellas que vivieron esos eventos, la memoria se preserva transmitida de generación en generación, no como un cuento de terror sobre demonios y fantasmas, sino como una historia real sobre el horror que los seres humanos pueden infligirse unos a otros y sobre el poder de la resistencia colectiva

frente a ese horror. El verdadero terror de aquella historia no estaba en nombres diabólicos o en espacios subterráneos oscuros. Estaba en la banalidad del mal, en cómo comunes podían participar o ser cómplices de atrocidades cuando los sistemas de poder las normalizaban. estaba en la facilidad con que los vulnerables podían simplemente desaparecer, borrados de la existencia oficial, como si nunca hubieran importado, y estaba en el silencio.

 Ese silencio que permitía que el horror continuara, ese silencio que era tanto producto del miedo como de la indiferencia. Pero la historia también llevaba una lección de esperanza, una que resonaba a través de los siglos, que el silencio puede romperse, que las desapariciones pueden ser confrontadas, que incluso en los sistemas más opresivos existen grietas por donde la justicia puede filtrarse.

 No era una esperanza fácil o romántica. Era una esperanza ganada con sangre y lágrimas, con riesgo y sacrificio, pero era real, tangible, probada por aquellas madres que se negaron a rendirse, por aquella comunidad que decidió actuar cuando las instituciones fallaron. En las noches tranquilas de Oaxaca, cuando las calles coloniales están vacías y las sombras se alargan bajo la luz de la luna, algunos ancianos aún cuentan la historia del cura que bautizó a su hijo con el nombre del demonio.

 la cuenta no para asustar a los niños, sino para recordar a todos que la verdadera batalla contra el mal no se libra en un plano místico, sino aquí, en el mundo real, contra las injusticias concretas que enfrentamos cada día y que esa batalla requiere no solo buenos deseos, sino acciones valientes, solidaridad inquebrantable y la determinación de nunca permitir que las voces de los vulnerables sean silenciadas.

Esta es la historia de Oaxaca en 1704, una historia de oscuridad y luz, de opresión y resistencia, de secretos revelados y libertad conquistada. Es una historia que nos recuerda que los demonios más aterradores no son aquellos de los que hablan las leyendas, sino aquellos que creamos nosotros mismos a través de nuestra cobardía.

 nuestra complicidad y nuestro silencio, y que la redención cuando llega no viene de los cielos, sino de la tierra, de las manos y corazones de personas comunes que deciden que basta ya, que no más, que la dignidad humana vale más que cualquier riesgo. Go!