Escucha bien esta historia, compadre, porque lo que te voy a contar pasó cuando en México todavía había hombres

de verdad. Hombres que no se andaban con papelitos del gobierno ni con jueces

comprados. Hombres que hacían justicia con pólvora y plomo porque era la única

ley que los tiranos entendían. Esto sucedió en el año de 1914,

cuando la revolución ardía como fuego en pastizal seco y Pancho Villa cabalgaba

por el norte como centauro de las leyendas antiguas. Pero esta historia no es de Villa, esta historia es de un

hombre que le decían el carnicero, un hombre al que hasta los revolucionarios más bravos le temían, un hombre cuyo

nombre completo era Rodolfo Fierro. Y te voy a contar por qué le decían el

carnicero, pero antes necesitas conocer al coronel que cometió el error más grande de su [ __ ] vida. Se llamaba

Esteban Ramos, coronel federal, un hijo de la chingada que medía casi 2 met de

altura con bigote negro retorcido como cuernos de [ __ ] y ojos de víbora que

nunca parpadeaban. Usaba uniforme de gala, incluso en pleno desierto de Chihuahua, como si el polvo y el calor

no se atrevieran a tocarlo. Llevaba pistola Colt con cacha de marfil en la cintura y sable de caballería que, según

él, había bañado en sangre de 100 revolucionarios. Pero lo peor del coronel Ramos no era su

estatura ni sus armas. Lo peor era su crueldad, una crueldad fría calculada

que disfrutaba del sufrimiento ajeno como otros hombres disfrutan del tequila o del tabaco. Dicen que una vez en

Torreón ahorcó a tres hermanos campesinos en la plaza solo porque su padre no pudo pagar los impuestos del

mes. Los colgó despacio, uno por uno, mientras la madre gritaba de rodillas. Y

cuando la anciana le suplicó piedad, Ramos le escupió en la cara y le dijo,

“En México hay dos clases de personas, los que mandan y los que obedecen. Su familia nunca aprendió cuál era su

lugar. En Chihuahua lo conocían, en Durango lo temían. En Coahuila hasta su

nombre causaba escalofríos. Porque el coronel Esteban Ramos no era solo un federal más, era el brazo armado de

Victoriano Huerta, ese traidor que había mandado asesinar a Madero y que se creía

dueño de México. Ramos tenía un tren blindado, no cualquier tren, un convoy

de cinco vagones forrados con placas de acero, con ametralladoras montadas en el techo y 200 soldados federales a bordo.

Desde ese tren móvil, el coronel controlaba las vías entre Torreón y Chihuahua. extorsionando pueblos,

robando cosechas, violando mujeres y matando a cualquiera que oliera a revolucionario. Pero en marzo de 1914,

el coronel Ramos cometió el error que lo mandaría directo al infierno. Capturó a

la madre de Rodolfo Fierro. Déjame pintarte la escena, compadre, porque esto que te voy a contar no lo cuenta la

historia oficial. Esto lo cuentan los viejitos en las cantinas de Chihuahua,

los que lo vieron con sus propios ojos o se lo escucharon contar a sus abuelos.

Era 15 de marzo, día de mercado en Torreón, refugio Fierro, una anciana de

68 años con trenza blanca y reboso negro vendía tamales en la esquina de la

plaza. Mujer honrada, trabajadora, que había criado sola a sus siete hijos

después de que su marido muriera en las minas de plata. Refugio no se metía en política. No le importaba si gobernaba

Huerta o Villa o el mismísimo [ __ ] Solo quería vender sus tamales, juntar

unos centavos y rezar el rosario en las noches. Pero su hijo era Rodolfo Fierro,

el hombre de confianza de Pancho Villa, el ejecutor implacable de la división del norte, el que solo tres meses antes

había fusilado a 300 prisioneros federales en Ojinaga, sin pestañear una

sola vez. Y el coronel Ramos lo sabía. El tren llegó a Torreón como serpiente

de acero y humo. Se detuvo en la estación y de él bajó el coronel con 20

soldados. Marcharon directo a la plaza. La gente se hizo a un lado. Los

comerciantes bajaron la mirada. Todos sabían que cuando el coronel Ramos aparecía, la muerte lo seguía como

sombra. Ramos caminó directo hacia el puesto de tamales. Se detuvo frente a refugio. La anciana levantó la vista. Y

lo que vio en esos ojos de víbora fue pura maldad. “Usted es la madre de Rodolfo Fierro,

¿verdad?”, preguntó el coronel con voz que sonaba como metal raspando piedra.

Refugio no respondió, solo apretó su rosario entre los dedos. “Le hice una

pregunta, señora. Soy madre de siete hijos, coronel, todos honrados y trabajadores.”

Ramos sonríó. Una sonrisa sin alma. mentirosa. Uno de sus hijos es asesino,

un perro rabioso que mata federales como si fueran animales. Y usted, viejita del

demonio, lo parió y lo crió. Mi hijo Rodolfo pelea por la justicia, coronel,

algo que usted no conoce. El coronel le dio una bofetada que la tiró al suelo.

El puesto de tamales se volcó. El caldo caliente se derramó sobre el polvo. El

rosario rodó por las piedras. Levántenla”, ordenó Ramos a sus

soldados. Dos federales agarraron a refugio de los brazos. La anciana no

gritó, no lloró, solo miró al coronel con esos ojos llenos de dignidad que ni

los golpes podían quebrar. “Esta viejita va a ser mi invitada especial”, anunció

Ramos en voz alta para que todo el pueblo escuchara. La voy a pasear por todo Chihuahua en mi tren y cuando el

carnicero se entere, vamos a ver si es tan valiente como dicen. Vamos a ver si

viene a buscar a su mamacita o si es un cobarde como todos los revolucionarios.

Arrastraron a refugio hasta el tren. La encadenaron al último vagón expuesta al sol, al polvo, a las miradas, como si

fuera criminal, como si fuera basura. El coronel subió a su vagón blindado, se

sirvió un whisky importado de Estados Unidos y encendió un puro cubano. Desde

la ventana miró a la anciana encadenada y sonríó satisfecho. “Que corra la voz”,

le dijo a su segundo al mando. “Quiero que todos sepan que tengo a la madre del carnicero. Quiero que el mensaje llegue

hasta donde esté Villa y quiero ver la cara de fierro cuando se entere de que su mamá está aquí amarrada como perra.”

El tren arrancó. El silvato resonó en el desierto y mientras el convoy se alejaba