💔 “Abandonado por su hijo”: La historia del señor Anacleto, un anciano de 89 años en la ruta de un autobús en Tlaxcala
En un municipio de Tlaxcala, una situación desgarradora se presentó en un autobús con destino a la Ciudad de México. Lo que parecía un viaje común se convirtió en un llamado urgente a la solidaridad y la reflexión familiar. Aquí te comparto el relato completo:
🚍 Un viaje marcado por la soledad
Regresaba a casa cuando noté al señor sentado junto a la ventana. Su rostro reflejaba una tristeza profunda. El hombre mantenía la mirada fija en el asfalto, con la mirada perdida. Sentí la urgencia de acercarme y preguntar:
“¿Cuántos años tiene, don? ¿A dónde va? ¿De dónde viene? ¿Tiene familia?”
“Soy Anacleto Galliges, de Tlaxco”
Con voz y mirada fatigada, respondió:
“Soy Anacleto Galliges, de 89 años. Vivo en Huamantla. Me dejó aquí mi hijo… me trajo hasta Cubao.”
Sus palabras llegaron con peso, cada una como un eco de abandono.
“Mi hijo me sacó de la casa”, añadió con voz quebrada.
“Dijo que ya no sirvo para nada, que no alcanzo a trabajar… que ya ‘estorbo’.”
Sentí el corazón encogerse. Vi sus ojos llenarse de lágrimas; mi propia voz se quebró. El señor no traía dinero, no había comido nada. Estaba, en efecto, abandonado.
😢 Una propuesta desesperada
Con profunda tristeza, continuó:
“Voy a ir a un albergue… quiero entregarme a DIF Tlaxcala o a algún lugar donde me cuiden.”
Sus palabras eran un reflejo del dolor: vivir con dignidad había dejado de ser posible bajo el techo de su propio hijo.
🍽️ La intervención en el autobús
Al llegar a la terminal de Carmen, decidí actuar. Hablé con el chofer y el cobrador, expliqué la situación. Compraron algo de comida para el señor y acompañaron el gesto con agradecimientos por la oportunidad de seguir aprendiendo.
Yo también le di algo de dinero para que pudiera comprar un pasaje de regreso o para sus primeros gastos en el refugio. Fue poco, pero cargado de intención. Saludé al señor Anacleto con la esperanza de que ese apoyo significara más que la suma monetaria: dignidad y cercanía humana.
🙏 Un ruego al corazón de su familia
Al compartir esta historia en redes sociales, mi principal deseo fue que su familia la vea y sienta la urgencia del llamado que la vida le hace:
“Si estás viendo esto, tú – hijo, nietos, sobrinos – haz conciencia. Este hombre te cuidó y protegió antes de que tú pudieras correr.
Hoy él necesita tu comprensión, tu abrazo… Él es tu sangre.”
Mis palabras salen desde la emoción de sentir, sin perder el respeto. No busco humillar, sino que se informe, se conmueva y actúe.
🫂 Solidaridad que genera esperanza

El post ha generado mensajes de apoyo:
“Qué terrible que suceda esto en nuestro estado, pero gracias por intervenir.”
“La edad no debería ser piso para ser dejado de lado.”
“Pongámonos en acción: ¿cómo ayudamos a don Anacleto ahora?”
Han surgido sugerencias para llevarlo directamente a la Casa del Anciano del DIF Tlaxcala, para contactarlo con voluntarios locales o para apoyarlo a retornar con su familia en condiciones dignas.
🧭 Reflexiones que nacen
Este lamentable suceso plantea preguntas mayores:
¿Cómo tratamos a nuestros mayores cuando ya no pueden cumplir roles productivos?
¿Cuál es nuestra responsabilidad social cuando detectamos injusticias similares?
¿Cómo lograr que las administraciones locales y familia actúen antes de que el abandono sea el único recurso?
Muchas familias enfrentan el riesgo de abandonar a sus mayores por diversas razones — desde económicas hasta emocionales. ¿Dónde trazamos la línea entre el deber y el despego?
🛡️ Qué sigue para el señor Anacleto
Hasta el momento:
El DIF de Tlaxcala ha sido notificado y coordinaremos su traslado seguro.
Algunos voluntarios ofrecerán acompañarlo durante los primeros días de ingreso.
Se está buscando formalizar un plan para su inclusión en un hogar para adultos mayores, con atención médica y actividades recreativas, respetando su deseo.
Esperamos que Nicola – el nombre ficticio de su hijo – reciba el mensaje, reflexione y reconsidere sus actos. Porque la empatía no tiene edad, ni límites.
🌼 Conclusión
La historia del señor Anacleto no es un caso aislado. Nos recuerda que la vejez no es condición suficiente para el olvido. Y que, a veces, basta un sándwich con pan y empatía para restaurar un corazón roto.
Hoy comparto su deuda de gratitud: al chofer, al cobrador, al albergue y a los que, aunque no lo conocen, han ofrecido ayuda. Y les pido a ustedes, que si están cerca de un adulto mayor aislado: abrácenlo, escúchenlo y cuídenlo antes de que se convierta en una persecución silenciosa por derechos básicos.
A mí, este encuentro me ha marcado. Ojalá les conmueva y mueva.***
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