El Hacendado de Puebla Hizo Procrear A Su Hija Muda Con 9 Peones—Lo Nacido Quemó La Hacienda, 1897

La hacienda San Ignacio se extendía como un coloso sobre las tierras fértiles de Puebla. corría el año 1897 y aquellas propiedades eran el orgullo y tesoro de don Augusto Valdivia, un hombre cuya fortuna solo era superada por la crueldad con la que trataba a quienes consideraba inferiores. El cacerón principal, de paredes encaladas y tejas rojizas dominaba el paisaje desde una pequeña elevación rodeado por campos de maíz y frijol que se perdían en el horizonte.
El amanecer del 15 de mayo comenzó como cualquier otro en la hacienda. Los peones, hombres de piel curtida por el sol y manos callosas por el trabajo, salieron de sus humildes viviendas para iniciar la jornada. Entre ellos, Tomás Gutiérrez, un joven de 23 años que había llegado a la hacienda apenas 3 meses atrás.
Buscaba ganarse el sustento tras la muerte de sus padres en una epidemia de tifo que asoló su pueblo natal. “Muévanse, animales. El maíz no se cosecha solo”, gritaba don Clemente el capataz, mientras los trabajadores se organizaban. La voz rasposa del capataz era temida por todos, pues sus palabras solían ir acompañadas del látigo que nunca abandonaba su cinturón.
Desde una de las ventanas del caserón, Tomás alcanzó a ver una silueta femenina. Era Lucía, la hija de don Augusto, una joven de 19 años, cuya belleza era comentada en susurros entre los peones. Su cabellera negra caía como cascada sobre sus hombros y su piel blanca contrastaba con los ojos oscuros que parecían guardar secretos dolorosos.
Ni la mires, muchacho, le advirtió en voz baja Sebastián, un peón de más edad. Esa niña está prohibida para gente como nosotros. Además, es muda desde que tenía 5 años, cuando vio a su madre desangrarse tras dar a luz a un bebé que también murió. Dicen que el susto le arrebató la voz para siempre.
El día transcurrió bajo un sol implacable. Mientras trabajaba en los campos, Tomás no podía apartar de su mente la imagen de Lucía. Había algo en aquellos ojos que transmitía un dolor profundo, una súplica silenciosa que le perturbaba. Cuando el sol comenzaba a ocultarse tras las montañas, los peones regresaban a sus viviendas.
Tomás se desvió hacia el pequeño riachuelo que cruzaba la propiedad para refrescarse. Fue entonces cuando la vio nuevamente. Lucía estaba sentada sobre una roca con los pies descalzos sumergidos en el agua cristalina. Al percatarse de su presencia, la joven se sobresaltó, pero no huyó.
Sus ojos se encontraron por un instante eterno. Tomás hizo una leve reverencia, mostrando respeto, y se dispuso a marcharse para no incomodarla. Sin embargo, Lucía se levantó y con gestos le indicó que se acercara. Tras asegurarse de que nadie los observaba, el joven peón avanzó con cautela. Señorita, no debería hablar con usted. Podría meterme en problemas, murmuró Tomás.
Lucía sacó de entre sus ropas un pequeño cuaderno y un lápiz. Con manos temblorosas escribió, “Mi padre planea algo terrible. Tengo miedo.” Las letras, trazadas con una caligrafía delicada, pero apresurada provocaron un escalofrío en Tomás. “¿Qué planea su padre, señorita?”, preguntó el joven, sintiendo como su corazón se aceleraba.
Antes de que Lucía pudiera responder, el sonido de cascos de caballo los alertó. Rápidamente la joven guardó su cuaderno y con un gesto desesperado le indicó a Tomás que se marchara. El peón apenas tuvo tiempo de esconderse entre la vegetación cuando don Augusto apareció montado en su imponente caballo negro. Lucía, ¿qué haces aquí sola? Regresa a la casa ahora mismo,”, ordenó con voz severa.
La joven obedeció sin poder protestar, lanzando una última mirada cargada de angustia hacia donde se ocultaba Tomás. El asendado pareció percibir algo extraño, pues escrutó los alrededores con ojos entrecerrados antes de dirigir su caballo hacia el caserón, siguiendo a su hija. Esa noche, reunidos en la pequeña capilla que servía como lugar de encuentro para los peones, Sebastián compartió información inquietante.
Don Augusto ha llamado a un curandero de Veracruz. Dicen que es un hombre que practica rituales oscuros. llegará mañana”, comentó en voz baja. “¿Para qué querría don Augusto a alguien así?”, preguntó Tomás. Un silencio incómodo se apoderó del grupo. Finalmente, Pedro, el más anciano de los peones, habló con voz pausada. “Hace 5 años, un adivino le dijo a don Augusto que su fortuna se multiplicaría si tenía un nieto varón antes de cumplir 50 años.
” cumple esa edad en tres meses. Como Lucía es muda y ningún hombre de su clase se ha interesado en ella, temo que esté dispuesto a tomar medidas desesperadas. Las palabras del anciano cayeron como losas sobre los presentes. Tomás sintió un nudo en el estómago al recordar la nota de Lucía.
Mi padre planea algo terrible. Al día siguiente, una carreta desvencijada llegó a la hacienda. De ella descendió un hombre enjuto, de piel oscura y cabello entreco, vestido completamente de negro. Su mirada penetrante escudriñaba todo a su alrededor, mientras don Augusto lo recibía personalmente. Desde los campos, Tomás observaba la escena con inquietud.
Durante todo el día no pudo concentrarse en sus labores, ganándose varios reproches del capataz. Al caer la noche, cuando los peones se retiraban a descansar, Tomás notó una luz tenue que provenía de la pequeña capilla abandonada que se encontraba en los límites de la propiedad. Movido por la curiosidad y un mal presentimiento, se acercó sigilosamente.
Por una de las ventanas rotas pudo ver a don Augusto, al curandero y a don Clemente reunidos alrededor de un altar improvisado donde ardían velas negras. El curandero mezclaba hierbas en un cuenco mientras murmuraba palabras incomprensibles. ¿Está seguro de que funcionará?, preguntó don Augusto. El ritual requerirá el sacrificio de nueve gallos negros, uno por cada hombre que deba cumplir con el propósito, respondió el curandero con voz cavernosa.
Elija a nueve de sus peones más fuertes. Les daré una poción que aumentará su vigor y luego deberán ya con su hija en nueve noches consecutivas. De esas uniones nacerá un varón con fuerza extraordinaria que multiplicará su fortuna. Tomás sintió que la sangre se helaba en sus venas. No podía creer lo que estaba escuchando.
Don Augusto sería capaz de someter a su propia hija a semejante aberración. “Y si alguno se niega?”, preguntó don Clemente, “Nadie se negará si valora su vida”, sentenció don Augusto con frialdad. El joven peón se alejó del lugar con el corazón desbocado. Debía advertir a los demás, pero sobre todo tenía que encontrar la manera de proteger a Lucía.
Esa misma noche, mientras todos dormían, Tomás se escabulló hasta el cerón principal. Conocía los riesgos, pero no podía quedarse de brazos cruzados. con extrema cautela, logró llegar hasta la ventana de Lucía, que reconoció por las cortinas blancas bordadas con flores azules que había visto desde lejos.
Arrojó pequeñas piedrecillas hasta que la joven se asomó. Al verlo, sus ojos se abrieron con sorpresa y temor. Tras asegurarse de que nadie la observaba, abrió la ventana. “Señorita Lucía, sé lo que su padre planea hacer”, susurró Tomás. Debemos hacer algo para evitarlo. La joven tomó rápidamente su cuaderno y escribió con manos temblorosas.
Es peor de lo que imaginas. El curandero dice que para que el ritual funcione, mi padre debe beber la sangre del primer bebé que nazca. El horror de la revelación dejó a Tomás sin palabras por un instante. Cuando iba a responder, el sonido de pasos acercándose los alertó. Lucía cerró apresuradamente la ventana y Tomás apenas tuvo tiempo de ocultarse entre los arbustos antes de que un guardia pasara por el lugar.
Con el alma en vilo regresó a su humilde choosa. Esa noche el sueño no llegó. Su mente bullía tratando de encontrar una solución. Mientras afuera el viento comenzaba a soplar con fuerza, como presagiando la tormenta que estaba por desatarse sobre la hacienda San Ignacio. La mañana siguiente amaneció con un cielo plomiso que amenazaba tormenta.
Los peones se reunieron como cada día, para recibir instrucciones, pero esta vez fue el propio don Augusto quien se presentó junto al capataz. Su presencia inusual en el campo provocó un silencio tenso entre los trabajadores. “Hoy seleccionaré a nueve de ustedes para una tarea especial”, anunció con voz autoritaria.
“Serán bien recompensados, pero deben jurar absoluta discreción.” Los ojos de don Augusto recorrieron el grupo deteniéndose en los hombres que consideraba más fuertes y saludables. Entre ellos señaló a Tomás, “Tú, el nuevo, pareces fuerte. Estarás entre los elegidos.” Un escalofrío recorrió la espalda del joven. Sabía perfectamente qué significaba esa tarea especial y la repugnancia le revolvió el estómago.
Sin embargo, asintió levemente, consciente de que negarse despertaría sospechas. Uno a uno, don Augusto seleccionó a ocho peones más. Sebastián, Pedro, Mateo, los hermanos Rodríguez, Javier y Ricardo, Ernesto, Felipe y Domingo, todos hombres robustos entre 20 y 35 años. Preséntense en el caserón al anochecer.
No comenten con nadie sobre esto, ordenó antes de marcharse, seguido por don Clemente, una vez que los patrones se alejaron, los seleccionados se miraron entre sí con inquietud. Solo Sebastián, Pedro y Tomás conocían las intenciones reales de don Augusto, pero no podían hablar abiertamente por temor a los informantes que el ascendado tenía entre los peones.
Durante el resto del día, mientras trabajaban en los campos, Tomás logró acercarse discretamente a Sebastián y Pedro. “Debemos hacer algo”, murmuró. “Lo que planean es una atrocidad. ¿Y qué propones, muchacho? Respondió Pedro con amargura. Si nos negamos, nos matarán. Si huimos, perseguirán a nuestras familias.
Hay más en juego que nuestras vidas, insistió Tomás. La señorita Lucía no merece tal destino y menos aún la criatura que podría nacer de esa barbaridad. Sebastián, que había permanecido en silencio, finalmente habló. Conozco a alguien en el pueblo, una curandera que podría ayudarnos. Dicen que sus pociones pueden anular los efectos de cualquier brevaje.
¿Podrías ir a verla hoy mismo?, preguntó Tomás con urgencia. Intentaré escabullirme durante la siesta, respondió Sebastián, pero no será fácil engañar a los guardias. Mientras tanto, en el caserón principal, Lucía permanecía encerrada en su habitación. Desde su ventana observaba los campos donde los peones trabajaban, buscando con la mirada a aquel joven que había intentado advertirle.
Su corazón latía con fuerza cada vez que pensaba en él, no solo por el miedo que compartían, sino por algo más que no se atrevía a nombrar. Un golpe en la puerta la sobresaltó. era Dolores, su nana desde que tenía uso de razón, la única persona que la trataba con verdadero cariño en aquella casa fría.
Niña Lucía, su padre ordena que se prepare. Dice que esta noche recibirán visitas importantes”, anunció la anciana con preocupación en la mirada. “Le he preparado el baño y he dejado su vestido nuevo sobre la cama.” Lucía tomó su cuaderno y escribió apresuradamente. Nana, tengo miedo. Mi padre trama algo terrible.
Dolores leyó las palabras y abrazó a la joven con fuerza. Lo sé, mi niña. Los rumores corren rápido entre la servidumbre. He intentado hablar con su padre, pero me ha amenazado con echarme si me entrometo. La voz de la anciana se quebró. Llevo días rezando para que un milagro nos salve de esta locura. Mientras Dolores ayudaba a Lucía a prepararse, la tormenta que se había anunciado toda la mañana finalmente estalló.
Relámpagos iluminaban el cielo, seguidos por truenos ensordecedores que parecían presagiar la tragedia inminente. En los campos, Sebastián había logrado escabullirse aprovechando la confusión provocada por la tormenta. Montado en una mula vieja, galopaba bajo la lluvia torrencial hacia el pueblo, con el corazón martilleando en su pecho, rezando para que la curandera pudiera ayudarles.
Mientras tanto, Tomás buscaba desesperadamente una forma de comunicarse con Lucía antes del anochecer. La oportunidad llegó cuando fue enviado al almacén cercano al caserón para guardar herramientas. Desde allí pudo ver a Lucía en la galería cubierta, aparentemente tomando aire fresco mientras la tormenta amainaba.
Con cautela se acercó lo suficiente para llamar su atención sin ser visto por los guardias. Cuando la joven lo vio, su rostro se iluminó brevemente para luego ensombrecerse por el temor. Tomás señaló hacia el pequeño cobertizo donde se guardaba la leña, indicándole que se encontraran allí. Lucía asintió levemente antes de regresar al interior del cerón.
Media hora después, aprovechando un momento en que Dolores distraía a los guardias, Lucía logró escabullirse hasta el cobertizo. Allí la esperaba Tomás, empapado por la lluvia y con el rostro marcado por la angustia. Señorita Lucía, susurró, Sebastián ha ido al pueblo a buscar ayuda, una poción que pueda contrarrestar lo que planean darnos esta noche.
La joven asintió y escribió rápidamente. El curandero ha preparado algo para mí también, una bebida que me hará dócil. Sus manos temblaban tanto que apenas podía sostener el lápiz. Tomás sintió que la rabia lo consumía por dentro. ¿Cómo podía un padre someter a su propia hija a semejante horror? Debe fingir que bebe, pero no tragar ni una gota le aconsejó.
Y nosotros intentaremos hacer lo mismo. Un ruido en el exterior los alertó. Alguien se acercaba al cobertizo. Vuelva al caserón rápido. Hay una puerta trasera, indicó Tomás señalando una pequeña salida oculta. tras pilas de leña. Lucía asintió, pero antes de marcharse hizo algo inesperado. Se acercó a Tomás y con delicadeza posó sus labios sobre los suyos en un breve beso.
Luego desapareció por la puerta trasera, dejando al joven peón conmovido y más determinado que nunca, a protegerla. El atardecer llegó demasiado pronto. La tormenta había cesado, pero el aire permanecía húmedo y pesado. Sebastián aún no había regresado y Tomás temía lo peor. Habría sido descubierto o simplemente no había logrado encontrar a la curandera.
A las 7 en punto, los nueve peones seleccionados se presentaron en el caserón principal, como se les había ordenado. Fueron conducidos a un salón que normalmente estaba vedado para ellos, decorado con lujo que contrastaba obscenamente con la miseria en la que vivían. Don Augusto los esperaba, vestido con elegancia y una sonrisa siniestra en el rostro.
“Bienvenidos”, dijo con falsa cordialidad. Como les mencioné esta mañana, he seleccionado a los mejores hombres de la hacienda para una tarea especial. Hizo un gesto y varios sirvientes entraron con bandejas de comida y jarras de lo que parecía ser vino. Primero disfrutaremos de una cena. Luego les explicaré los detalles de su misión.
Los peones, incómodos con aquel trato inusual, se sentaron alrededor de la mesa. Tomás buscó a Lucía con la mirada, pero no estaba presente. Tampoco veía al curandero, lo cual le pareció extraño. La cena transcurrió en un silencio tenso, apenas roto por el tintineo de los cubiertos, y los ocasionales comentarios de don Augusto sobre la hacienda y sus planes de expansión.
Cuando los sirvientes retiraron los platos, don Clemente apareció con una jarra diferente. Este es un licor especial, anunció don Augusto. Un regalo de agradecimiento por su lealtad. Sirvieron una copa para cada peón. Tomás miró el líquido rojizo con suspicacia. Sin duda contenía la poción mencionada por el curandero. “Bebres, a la salud de San Ignacio”, exclamó don Augusto levantando su propia copa.
Los peones intercambiaron miradas inciertas, pero la amenaza implícita en los ojos del acendado era clara. Uno a uno llevaron las copas a sus labios. Tomás fingió beber manteniendo el líquido en su boca sin tragarlo. Observó que Sebastián, que había regresado justo a tiempo para la cena, hacía lo mismo, al igual que Pedro.
Sin embargo, los demás peones, ignorantes del verdadero propósito, bebieron sin recelo. Aprovechando un momento de distracción, Tomás escupió discretamente el licor en un pañuelo que guardó en su bolsillo. Notó que Sebastián y Pedro hacían lo mismo. “Excelente”, dijo don Augusto satisfecho. “Ahora caballeros, les explicaré la naturaleza de su tarea.
” En ese momento, la puerta se abrió y el curandero entró, seguido por dos guardias que escoltaban a Lucía. La joven vestía un camisón blanco y tenía la mirada perdida, como si estuviera bajo los efectos de algún narcótico. “Mi hija necesita un heredero”, declaró don Augusto sin rodeos. “Y ustedes han sido elegidos para proporcionárselo.
” Un murmullo de asombro y horror recorrió la habitación. Incluso aquellos que desconocían las intenciones del ascendado quedaron paralizados ante la barbaridad de la propuesta. “Esto es una abominación”, exclamó Pedro, incapaz de contenerse. Don Augusto lo miró con frialdad. “¿Tees cuestionar mis órdenes, viejo? Quizás debería recordarte quién es el dueño de estas tierras y de sus vidas.
” Hizo un gesto y uno de los guardias golpeó a Pedro con la culata de su rifle. haciéndolo caer al suelo. Nadie se atrevió a ayudarlo. Como decía, continuó don Augusto como si nada hubiera ocurrido. Cada uno de ustedes pasará una noche con mi hija, empezando esta misma noche. El licor que han bebido garantizará resultados óptimos. E Tomás sentía que la rabia lo consumía, pero sabía que actuar impulsivamente solo empeoraría las cosas. Miró a Lucía.
buscando alguna señal de conciencia en sus ojos vacíos. Pero la joven parecía completamente ausente. “Javier, tú serás el primero”, ordenó don Augusto señalando al mayor de los hermanos Rodríguez. Los demás pueden retirarse hasta que les llegue su turno. El curandero se acercó a Javier y le entregó un pequeño frasco.
“Bebé esto justo antes de entrar en la habitación”, le indicó con voz rasposa. “Aumentará tu vigor.” Mientras los guardias conducían a los demás peones hacia la salida, Sebastián logró acercarse a Tomás. “La curandera me dio esto”, susurró deslizando discretamente un pequeño saquito en la mano de Tomás. Hay que dárselo a la señorita Lucía cuanto antes.
Neutralizará cualquier poción que le hayan dado y evitará que quede en estado. A Tomás apretó el saquito en su puño, sintiendo que era su única esperanza. Pero, ¿cómo entregárselo a Lucía cuando estaba constantemente vigilada? Mientras abandonaban el caserón, la luna llena emergía entre las nubes dispersas, iluminando la hacienda con una luz espectral.
En el horizonte nuevos relámpagos anunciaban otra tormenta y en los corazones de quienes conocían la verdad crecía la certeza de que aquella noche marcaría el inicio de una tragedia sin precedentes en la hacienda San Ignacio. El tercer día amaneció con un cielo despejado que contrastaba cruelmente con la oscuridad que se cernía sobre la hacienda.
La noticia de lo sucedido la noche anterior se había extendido como pólvora entre los peones, a pesar de las amenazas de don Augusto. Miradas de reprobación, mezcladas con miedo, seguían a Javier Rodríguez mientras este se dirigía a los campos. Tomás, Sebastián y Pedro se reunieron discretamente en el establo, lejos de oídos indiscretos.
“¿Cómo está Javier?”, preguntó Tomás. Aunque la palidez y la mirada perdida del hombre ya respondían su pregunta. Destrozado respondió Sebastián en voz baja. Dice que la señorita Lucía estaba como muerta, con los ojos abiertos, pero sin ver. Él intentó resistirse, pero el brevaje que le dieron dice que no pudo controlar su cuerpo.
Pedro escupió al suelo con rabia contenida. Esta noche le toca a Ricardo. Tenemos que hacer algo antes de que sea demasiado tarde. Tomás sacó el saquito que Sebastián le había entregado la noche anterior. Necesitamos darle esto a la señorita Lucía, pero ¿cómo? Está constantemente vigilada. Los tres hombres permanecieron en silencio, considerando sus opciones.
Finalmente, Sebastián habló. Dolores, su nana, ella podría ayudarnos. Me consta que ama a la niña como a una hija y está horrorizada con lo que está pasando. ¿Cómo nos comunicamos con ella sin levantar sospechas? Preguntó Pedro. Cada tarde lleva la ropa sucia al lavadero, explicó Sebastián. Podríamos interceptarla allí.
El plan quedó acordado. Mientras tanto, en el caserón, Lucía había despertado de su estupor inducido por la droga. Al recordar los acontecimientos de la noche anterior, un silencioso soyoso sacudió su cuerpo. Se sentía sucia, utilizada, traicionada por su propio padre. Si hubiera podido gritar, habría desgarrado su garganta con un aullido de dolor y rabia.
Dolores entró en la habitación con una bandeja de desayuno y el rostro marcado por la preocupación. Al ver a Lucía despierta, dejó la bandeja y se apresuró a abrazarla. “Mi niña, mi pobre niña”, susurró con voz quebrada. “¿Qué ha hecho ese demonio?” Lucía tomó su cuaderno y escribió con manos temblorosas, “Ayúdame a escapar, Nana, por favor.
” La anciana leyó las palabras y negó con tristeza. Los guardias tienen órdenes de no dejarla salir bajo ningún concepto y su padre ha amenazado con matar a cualquiera que intente ayudarla. Nuevas lágrimas corrieron por el rostro de Lucía. Escribió: “Tomás, el peón nuevo. Confío en él.” Dolores la miró sorprendida.
El muchacho delgado, de ojos claros, ¿cómo lo conoce? Lucía dudó un momento antes de escribir. Me advirtió sobre los planes de mi padre. ¿Quiere ayudarme. La anciana reflexionó unos instantes. Iré al lavadero esta tarde. Si lo veo, le haré saber que usted confía en él. Mientras tanto, don Augusto y el curandero se reunían en el estudio. El asendado parecía complacido.
“La primera noche ha sido un éxito”, comentó mientras servía dos copas de coñac. Aunque el peón parecía perturbado. Es normal, respondió el curandero con indiferencia. Son hombres simples, con moral simple, pero la poción los obligó a cumplir. Eso es lo que importa. ¿Cuándo sabremos si mi hija ha concebido?, preguntó don Augusto con impaciencia.
Después de las nueve noches, realizaré un ritual para confirmarlo. Si no ha sucedido, podemos repetir el proceso. Don Augusto frunció el ceño. No habrá tiempo. Cumplo 50 años en menos de tres meses. El adivino fue claro. Debo tener un nieto varón antes de esa fecha o perderé mi fortuna. El curandero lo miró con ojos fríos. Entonces rezaremos para que su hija sea fértil, don Augusto, y para que engendre un varón.
Mientras la mañana avanzaba, la tensión en la hacienda se podía cortar con cuchillo. Los peones trabajaban en silencio, sin las habituales conversaciones o bromas que aligeraban la dura jornada. Los guardias, alertados por don Augusto sobre posibles problemas, patrullaban con más frecuencia sus manos nunca lejos de sus armas.
A mediodía, una carreta llegó a la hacienda. Un hombre de aspecto respetable descendió de ella y fue recibido por el propio don Augusto. ¿Quién es?, preguntó Tomás a Sebastián mientras observaban desde lejos. El notario de Puebla, respondió Sebastián con voz sombría, viene cada mes para asuntos legales de la hacienda. Una idea comenzó a formarse en la mente de Tomás.
Si pudieran hablar con el notario, contarle lo que estaba sucediendo, ni lo pienses”, advirtió Sebastián leyendo sus intenciones. El notario lleva años en el bolsillo de don Augusto. Nunca nos creería. La tarde cayó con una lentitud exasperante. Cuando finalmente llegó la hora en que Dolores acudía al lavadero, Tomás se excusó con el capataz alegando necesidades urgentes y se dirigió hacia allí.
La anciana ya estaba inclinada sobre la pila de ropa, sus manos arrugadas, frotando con energía a pesar de su edad. Cuando vio acercarse a Tomás, continuó su labor como si no lo hubiera notado, pero murmuró sin levantar la vista. La niña Lucía confía en usted. Tomás sintió que su corazón se aceleraba. Tengo algo que puede ayudarla”, susurró mostrando discretamente el saquito.
Una poción que neutralizará lo que le están dando y evitará que quede en estado. Dolores lo miró de reojo. “¿Cómo sé que puedo confiar en usted? Porque amo a su niña, respondió Tomás con sencillez, y preferiría morir antes que verla sufrir. La sinceridad en su voz pareció convencer a la anciana, quien extendió su mano disimuladamente para tomar el saquito.
Debe mezclarlo con agua y hacer que lo beba antes de que le den la poción esta noche, explicó Tomás. Lo intentaré”, prometió Dolores. “Pero tenga cuidado, joven. Don Clemente lo ha estado observando desde hace días.” Con esa advertencia, la anciana recogió la ropa húmeda y se alejó hacia el cerón. Tomás permaneció unos instantes más con el corazón desbocado, rezando para que su plan funcionara.
Cuando regresó a los campos, notó que el capataz lo miraba con suspicacia. intentó actuar con normalidad, pero sentía los ojos de don Clemente clavados en su nuca durante el resto de la jornada. Al atardecer, los peones regresaron a sus viviendas para cenar. Ricardo Rodríguez, el hermano de Javier, permanecía sentado en un rincón con la mirada perdida y las manos temblorosas.
“No puedo hacerlo”, murmuró cuando Sebastián se acercó a él. No puedo hacer lo que hicieron con Javier. Si te niegas, te matarán. Respondió Sebastián con tristeza. Y elegirán a otro para ocupar tu lugar. Entonces que me maten replicó Ricardo con desesperación. Prefiero morir con honor que vivir con esa culpa.
Tomás, que había escuchado la conversación, se acercó. Escucha, Ricardo, hemos conseguido una poción que protegerá a la señorita Lucía. No quedará embarazada, te lo prometo. Solo finge que cumples con lo ordenado. Ricardo lo miró con ojos llenos de angustia. ¿Cómo puedo estar seguro? No puedes respondió Tomás con honestidad. Pero es nuestra única esperanza de protegerla sin que nos maten a todos.
Mientras tanto, en el caserón, Dolores intentaba convencer a Lucía para que tomara el contenido del saquito. Es de parte del joven Tomás, explicó la anciana. Dice que lo neutralizará todo. Lucía dudó. Y si era una trampa y si el saquito contenía veneno. Pero al mirar los ojos de Dolores, vio en ellos la misma confianza que ella sentía hacia Tomás.
Con decisión mezcló el polvo del saquito con agua y lo bebió de un trago. El sabor era amargo, pero no desagradable. Un calor reconfortante se extendió por su cuerpo y por primera vez en días Lucía sintió esperanza. A las 7 en punto, como la noche anterior, Ricardo fue escoltado al cerón. El joven peón caminaba como un condenado hacia el cadalzo, pero las palabras de Tomás resonaban en su mente, dándole un pequeño rayo de esperanza.
En el salón principal, don Augusto lo esperaba junto al curandero. Este último le entregó el mismo frasco que había recibido su hermano la noche anterior. “Bébelo justo antes de entrar en la habitación”, le ordenó. Ricardo asintió guardando el frasco en su bolsillo. Luego, siguiendo las instrucciones, fue conducido a la habitación de Lucía.
La joven estaba recostada en la cama con el mismo camisón blanco de la noche anterior. Sus ojos, aunque abiertos, tenían la misma mirada vacía. El curandero, desde la puerta le hizo un gesto a Ricardo para que bebiera el contenido del frasco. El joven peón fingió llevarse el frasco a los labios, pero en realidad lo derramó disimuladamente en su camisa.
El curandero, aparentemente satisfecho, cerró la puerta dejándolos solos. Ricardo se acercó con cautela a la cama. Lucía no se movía. Pero de pronto, para su sorpresa, la joven parpadeó varias veces y lo miró directamente a los ojos. Su mirada ya no estaba vacía, estaba plenamente consciente.
“Señorita Lucía”, susurró Ricardo confundido. La joven asintió levemente y señaló hacia un rincón de la habitación donde había dejado preparado su cuaderno. Ricardo se lo acercó. “La poción funcionó”, escribió Lucía. Estoy consciente, pero debemos fingir para no levantar sospechas. Un alivio inmenso invadió a Ricardo. Tomás había dicho la verdad.
No se preocupe, señorita susurró. No le haré daño. Fingiremos que ya sabe. Lucía asintió y escribió, “Mi padre vendrá a comprobar en media hora. Debemos hacer ruido.” Como si sus mejillas se tiñeron de rubor. Pero Ricardo comprendió. Durante la siguiente media hora, ambos se dedicaron a mover la cama, a hacer sonidos que pudieran engañar a quienes escucharan desde fuera.
Cuando finalmente la puerta se abrió y don Augusto asomó la cabeza, los encontró aparentemente exhaustos, con las ropas desaliñadas, tal como esperaba. Satisfecho, el acendado cerró la puerta. Ricardo esperó un momento y luego se acercó nuevamente a Lucía. Tomás está planeando algo”, le confió en voz baja. No sé qué exactamente, pero está decidido a salvarla.
Los ojos de Lucía se iluminaron brevemente tomó su cuaderno y escribió con urgencia, “Dile que necesitamos actuar pronto. El curandero ha mencionado un sacrificio con sangre de bebé.” Ricardo sintió que la sangre se helaba en sus venas. “Se lo diré”, prometió. Ahora debería descansar. Vendré a despedirme antes del amanecer, como seguramente esperan que haga.
Lucía asintió y se recostó nuevamente, fingiendo el mismo estupor de antes por si alguien entraba a comprobar su estado. Mientras tanto, en la pequeña capilla abandonada, Tomás, Sebastián y Pedro se reunían con otros peones de confianza. La noticia del ritual había corrido como reguero de pólvora y muchos estaban dispuestos a arriesgar sus vidas para detener aquella aberración.
“Somos casi 30”, contabilizó Sebastián, “contra unos 15 guardias. Pero ellos tienen armas”, recordó Pedro, y nosotros solo nuestras manos y algunas herramientas. “El elemento sorpresa estará de nuestro lado,” argumentó Tomás, “y justicia. No podemos permitir que esto continúe. La discusión se prolongó durante horas. Finalmente acordaron esperar hasta la cuarta noche cuando le tocaría el turno al propio Tomás.
Para entonces esperaban haber reunido suficientes aliados y armas improvisadas para tener una oportunidad. Lo que no sabían era que en ese preciso momento uno de los guardias escuchaba su conversación desde fuera de la capilla oculto en las sombras. Con una sonrisa maliciosa, el hombre se alejó sigilosamente para informar a don Clemente sobre la conspiración que se gestaba entre los peones.
La tormenta que se avecinaba sobre la hacienda San Ignacio ya no era solo metafórica. Las nubes negras se acumulaban en el horizonte y los relámpagos iluminaban esporádicamente el cielo nocturno. Y al igual que la tormenta, la tragedia se precipitaba inexorablemente sobre aquellas tierras malditas por la ambición y la crueldad.
El cuarto día amaneció bajo un cielo encapotado que parecía reflejar la oscuridad que se había apoderado de la hacienda San Ignacio. Durante la noche había corrido el rumor de que Mateo, el tercer peón seleccionado por don Augusto, se había ahorcado en su choa antes de cumplir con la orden del ascendado. El cuerpo fue descubierto al amanecer por su hermano menor, quien dio la alarma con gritos desgarradores que despertaron a toda la hacienda.
Don Clemente, furioso por el contratiempo, ordenó que el cuerpo fuera enterrado sin ceremonia alguna, como advertencia para quienes pensaran en desobedecer. Así terminará cualquiera que se rebele contra don Augusto”, gritó mientras sus hombres arrastraban el cadáver hacia una fosa improvisada. La muerte de Mateo fue un golpe devastador para los peones.
No solo habían perdido a un compañero, sino que la brutalidad con la que fue tratado su cuerpo sembró el miedo entre quienes habían comenzado a considerar la posibilidad de unirse a la rebelión planeada por Tomás y los demás. “Estamos perdidos”, murmuró Pedro cuando se reunieron discretamente cerca del almacén.
Muchos se han echado atrás después de ver lo que hicieron con Mateo. “¿Cuántos quedan dispuestos a actuar?”, preguntó Tomás, intentando mantener la compostura a pesar de la desesperación que sentía. “Quizás 15”, respondió Sebastián. “No suficientes contra los guardias y menos ahora que están alerta. Alguien debe haberles informado sobre nuestros planes.
” La noticia cayó como una losa sobre Tomás. Si los guardias sabían de sus intenciones, el elemento sorpresa se había perdido, y con él su única ventaja. ¿Hay algo más? Añadió Sebastián bajando aún más la voz. Ricardo dice que Lucía le contó que el curandero ha mencionado un sacrificio con sangre de bebé.
Si ella queda embarazada, no necesitó terminar la frase. Los tres hombres comprendieron el horror que se cernía sobre ellos. Esta noche es el turno de Ernesto, recordó Pedro, y mañana el de Felipe. Luego te tocará a ti, Tomás. Debemos actuar antes. Tomás asintió con la mente trabajando a toda velocidad. Necesitamos un plan diferente, algo que no esperen.
En ese momento se escuchó el sonido de cascos de caballos acercándose. Los tres peones se separaron rápidamente, fingiendo ocuparse en sus tareas habituales. Una carreta elegante, escoltada por varios jinetes armados entró en la hacienda. En su interior viajaba una mujer de mediana edad, vestida con ropas costosas y un aire de dignidad que contrastaba con el ambiente opresivo del lugar.
¿Quién es?, preguntó Tomás a un peón que pasaba cerca. “Doña Mercedes, la hermana de don Augusto”, respondió el hombre con un susurro. Vive en la ciudad de México. Viene muy rara vez, solo para asuntos importantes. La llegada inesperada de doña Mercedes generó revuelo en el caserón. Los sirvientes corrían de un lado a otro, preparando habitaciones y comida para la ilustre visitante.
Don Augusto, visiblemente contrariado por la presencia de su hermana, ordenó que se suspendieran todas las actividades especiales hasta nuevo aviso. Esta noticia llegó a oídos de Tomás gracias a Dolores, quien logró comunicarse con él brevemente durante la hora de la comida. La señorita Lucía está mejor, informó la anciana.
La poción que le dio ha funcionado. Está completamente consciente, aunque finge lo contrario cuando su padre o el curandero están presentes. ¿Sabe por qué ha venido doña Mercedes?, preguntó Tomás. Al parecer, recibió una carta anónima informándole sobre los planes de su hermano. Respondió Dolores con un brillo de esperanza en los ojos.
No sé quién la envió, pero ha sido una bendición. La señora tiene mucha influencia en Puebla y es conocida por su rectitud. Una nueva esperanza se encendió en el corazón de Tomás. Si doña Mercedes estaba de su lado, quizás podrían detener la locura de don Augusto sin necesidad de derramamiento de sangre. Necesito hablar con ella, decidió Tomás.
¿Podría ayudarme a llegar hasta su habitación sin ser visto? Dolores dudó un instante, pero finalmente asintió. Esta noche, después de la cena, la señora suele tomar té en la terraza del segundo piso. Hay una escalera de servicio que lleva hasta allí. Le esperaré en la puerta trasera de la cocina. Con este nuevo plan en mente, Tomás regresó a los campos.
Durante el resto del día trabajó con renovado vigor, contando las horas que faltaban para el anochecer. Mientras tanto, en el cerón, doña Mercedes había solicitado ver a su sobrina. Don Augusto, incapaz de negarse sin despertar sospechas, accedió de mala gana. “Mi hermano dice que has estado enferma, querida”, comentó doña Mercedes una vez a solas con Lucía. Es cierto.
La joven miró a su tía con ojos suplicantes. Sabía que podía confiar en ella, pero temía las represalias de su padre. Con manos temblorosas tomó su cuaderno y escribió, “Ayúdame, tía. Papá está haciendo algo terrible.” Doña Mercedes leyó las palabras y su rostro se endureció. La carta que recibí decía algo similar.
¿Qué está sucediendo exactamente, Lucía? La joven dudó un instante, pero luego con determinación escribió toda la verdad. El plan de su padre, las nueve noches, el ritual, el sacrificio, todo. Conforme leía el rostro de doña Mercedes, pasaba del asombro al horror y, finalmente, a la furia. “Esto es una monstruosidad”, murmuró cuando terminó de leer.
“Tu padre ha perdido la razón”. Lucía asintió y añadió, “Hay un peón, Tomás, que ha intentado ayudarme. Confío en él. El joven del que habla la carta”, preguntó doña Mercedes, sorprendida. La carta mencionaba a un peón llamado Tomás, que intentaba protegerte. Lucía asintió nuevamente con un leve rubor en las mejillas.
“Muy bien”, decidió doña Mercedes. “Debo actuar con cautela. Tu padre tiene muchos aliados en Puebla, incluido el juez. Necesitaré pruebas sólidas antes de acusarlo formalmente. Escribió una breve nota en el cuaderno de Lucía. Si Tomás intenta comunicarse conmigo esta noche, estaré dispuesta a escucharlo. La joven leyó la nota y sonrió por primera vez en días, sintiendo que por fin había una luz de esperanza en aquella pesadilla.
La tarde transcurrió con una lentitud exasperante para Tomás. Cuando finalmente el sol comenzó a ocultarse tras las montañas, se aseguró de que nadie lo observara y se dirigió hacia la parte trasera del caserón. Dolores lo esperaba tal como había prometido. Con un gesto le indicó que la siguiera en silencio.
Recorrieron pasillos estrechos y subieron una escalera desgastada hasta llegar a una pequeña puerta que daba a la terraza del segundo piso. “La señora estará aquí en 10 minutos”, susurró Dolores. “Tenga cuidado. Los guardias patrullan constantemente.” Tomás asintió y se ocultó tras unas macetas mientras la anciana regresaba a sus labores.
El corazón le latía con tanta fuerza que temía que lo delatara. Tras lo que pareció una eternidad, la puerta de la terraza se abrió y doña Mercedes salió, seguida por una doncella que colocó una bandeja con té sobre una pequeña mesa y luego se retiró discretamente. Una vez a solas, doña Mercedes habló en voz baja, pero clara. Sé que estás ahí, joven.
Mi sobrina me ha hablado de ti. Puedes salir. Tomás emergió de su escondite y se inclinó. respetuosamente ante la dama. Señora, gracias por recibirme. La situación es desesperada. Lo sé, respondió doña Mercedes con una expresión grave. Lucía me lo ha contado todo. Fuiste tú quien envió la carta. Tomás negó con la cabeza sorprendido.
No, señora, no tenía forma de comunicarme con usted. Interesante, murmuró doña Mercedes. Alguien más en esta hacienda tiene conciencia entonces, pero eso no importa ahora. Cuéntame, ¿qué has planeado? Tomás le explicó su intención original de organizar una rebelión entre los peones, pero también le habló del fracaso parcial del plan debido a la traición y al miedo sembrado por la muerte de Mateo.
“La violencia solo traerá más violencia”, comentó doña Mercedes cuando terminó de escucharlo. “Necesitamos actuar dentro de la ley.” “Con todo respeto, señora, la ley aquí la dicta su hermano”, replicó Tomás con amargura. En esta hacienda quizás, concedió la mujer, pero no en Ciudad de México. Tengo amigos influyentes, incluido el gobernador.
Si consigo pruebas suficientes de lo que está sucediendo, puedo asegurar una intervención oficial. ¿Qué clase de pruebas?, preguntó Tomás. Necesito testimonio del curandero o al menos documentos que demuestren el ritual que está realizando y también necesito que los peones afectados testifiquen. Tomás reflexionó unos instantes.
El curandero guarda sus implementos y libros en la capilla abandonada. Quizás podríamos obtener algo de allí. En cuanto a los testimonios, Javier y Ricardo estarían dispuestos a hablar, estoy seguro. Bien, decidió doña Mercedes. Esta noche, después de que todos duerman, intentarás entrar en la capilla y traerme cualquier documento o prueba que encuentres.
Yo, mientras tanto, hablaré con mi hermano para ganar tiempo. Le diré que he oído rumores sobre sus actividades y que si son ciertos, me veré obligada a informar a las autoridades. Es peligroso, advirtió Tomás. Su hermano podría matarme, completó doña Mercedes con una sonrisa amarga. No se atrevería. Mi muerte levantaría demasiadas sospechas.
Además, soy su única familia aparte de Lucía. En el fondo, a pesar de su locura, me aprecia. El plan quedó acordado. Tomás regresaría a la choa de los peones y a medianoche se escabulliría hasta la capilla abandonada en busca de pruebas contra el curandero. Mientras tanto, en el estudio del cerón, don Augusto y el curandero mantenían una acalorada discusión.
Su hermana es un problema”, exclamaba el curandero con evidente nerviosismo. “Si descubre lo que estamos haciendo, no descubrirá nada.” Lo interrumpió don Augusto. “Mañana regresará a Ciudad de México. Le he dicho que Lucía está convaleciente de una fiebre y necesita descanso absoluto. Y si insiste en llevársela con ella, tiene derecho legal como su tía.
” Don Augusto golpeó la mesa con el puño. Nadie se llevará a mi hija hasta que conciba al heredero. Nadie. El curandero lo observó con preocupación. La obsesión de don Augusto con la profecía del adivino había alcanzado niveles peligrosos. Señor, quizás deberíamos acelerar el proceso. En lugar de esperar nueve noches, podríamos hacer que tres peones la visiten esta misma noche. Aumentaríamos las probabilidades.
Don Augusto consideró la idea por un momento. No, el ritual debe seguir exactamente como lo planeamos. Nueve hombres, nueve noches. No quiero arriesgar la profecía por impaciencia. El curandero asintió, aunque no parecía convencido. Como usted ordene, pero debemos ser cautelosos con su hermana. Yo me ocuparé de Mercedes, afirmó don Augusto con tono siniestro.
Tú asegúrate de que el ritual continúe según lo planeado. La medianoche llegó envuelta en una calma inquietante. La hacienda dormía, o al menos así lo parecía. Tomás, oculto entre las sombras, avanzaba sigilosamente hacia la capilla abandonada. Había evitado a dos guardias que patrullaban los alrededores y ahora solo le separaban unos metros de su objetivo.
La puerta de la capilla estaba entreabierta y una tenue luz se filtraba desde el interior. Con cautela, Tomás se asomó por la rendija. Lo que vio le heló la sangre. El curandero, de rodillas frente al altar improvisado, murmuraba palabras en una lengua desconocida mientras sostenía una pequeña estatuilla que parecía tallada en hueso humano.
Junto al altar había un baúl abierto del que sobresalían pergaminos amarillentos y frascos con contenidos de aspecto siniestro. Aquello debían ser las pruebas que buscaba doña Mercedes. Tomás esperó pacientemente, oculto en las sombras, hasta que el curandero terminó su ritual y salió de la capilla. Cuando estuvo seguro de que se había alejado lo suficiente, entró sigilosamente.
El interior de la capilla olía incienso y algo más, un olor dulzón y nauseabundo que Tomás no supo identificar. se acercó al baúl y comenzó a examinar su contenido. Entre los pergaminos encontró uno que detallaba el ritual que estaban realizando, incluyendo la parte final, el sacrificio del bebé que nacería para sellar el pacto con las fuerzas oscuras.
Con manos temblorosas, Tomás guardó el pergamino entre sus ropas. Estaba a punto de marcharse cuando escuchó voces acercándose sin tiempo para escapar. se ocultó tras el altar, conteniendo la respiración. La puerta se abrió y entraron don Augusto, el curandero, y, para su sorpresa, don Clemente arrastrando a Lucía, quien forcejeaba en silencio.
“Ya basta de esperar”, exclamaba don Augusto. “Mi hermana planea llevárse la mañana. No podemos perder más tiempo.” “Pero, señor, el ritual requiere nueve noches consecutivas.” protestó el curandero. Al con eso haremos un nuevo ritual aquí y ahora. Los tres peones que faltan la tomarán esta misma noche, uno tras otro.
Lucía negaba frenéticamente con la cabeza, con los ojos desorbitados por el terror. Desde su escondite, Tomás sentía que la rabia lo consumía, pero sabía que actuar impulsivamente solo empeoraría la situación. Tráiganlos. ordenó don Augusto a don Clemente, “Y asegúrate de que nadie se entere de esto, especialmente mi hermana.” El capataz asintió y salió de la capilla, dejando a Lucía atada al altar.
Don Augusto y el curandero comenzaron a preparar un nuevo ritual, mezclando pócimas y murmurando encantamientos. Tomás sabía que no tenía mucho tiempo. Con cuidado se desplazó por las sombras hasta situarse cerca de la puerta trasera de la capilla. Cuando el curandero se distrajo buscando algo en su baúl y don Augusto le daba la espalda, Tomás se movió rápidamente hacia Lucía.
La joven lo vio y sus ojos se iluminaron brevemente antes de volver a llenarse de terror. Al mirar hacia la puerta principal. Tomás siguió su mirada y comprendió. Don Clemente regresaba acompañado por tres peones que avanzaban con expresiones sombrías. Entre ellos reconoció a Domingo, uno de los seleccionados inicialmente por don Augusto.
No había tiempo para liberarla sin ser descubierto. Con una mirada que prometía volver, Tomás se escabulló por la puerta trasera. Justo cuando don Clemente entraba por la principal. Con el corazón desbocado corrió hacia el caserón. Necesitaba llegar hasta doña Mercedes antes de que fuera demasiado tarde. Pero a medio camino una figura surgió de entre las sombras bloqueándole el paso.
¿A dónde vas con tanta prisa, muchacho?, preguntó Sebastián, emergiendo a la luz de la luna. Sebastián, gracias a Dios, exclamó Tomás. Están a punto de obligar a Lucía, los tres peones restantes, esta misma noche en la capilla. El rostro de Sebastián se endureció. Reúne a los hombres, ordenó. Todos los que estén dispuestos a luchar, yo iré por Pedro y los demás.
Nos encontraremos en el establo en 10 minutos. Mientras Sebastián se alejaba, Tomás continuó su carrera hacia el caserón. Cuando llegó a la terraza donde había hablado con doña Mercedes, encontró a Dolores esperándolo. “La señora no está”, informó la anciana con angustia. “Don Augusto ordenó que le prepararan un té con hierbas para dormir.
Está inconsciente en su habitación. “Maldición”, exclamó Tomás. Don Augusto planea completar el ritual esta noche con los tres peones restantes. Tienen a Lucía en la capilla abandonada. Los ojos de Dolores se llenaron de lágrimas. “Mi pobre niña, ¿qué podemos hacer?” “Luchar”, respondió Tomás con determinación.
Es nuestra única opción ahora. En el establo, Sebastián había logrado reunir a 15 peones dispuestos a enfrentarse a don Augusto, armados con herramientas de labranza, machetes y algunas armas improvisadas, esperaban la llegada de Tomás. Cuando este apareció y les explicó la situación, un murmullo de indignación recorrió el grupo.
Es ahora o nunca, declaró Sebastián. Si esperamos hasta mañana, será demasiado tarde para la señorita Lucía. Con Tomás a la cabeza, el grupo avanzó sigilosamente hacia la capilla abandonada. La lluvia había comenzado a caer, primero como una llovisna suave, luego con mayor intensidad, ocultando parcialmente el sonido de sus pasos.
Cuando llegaron a la capilla, vieron que estaba fuertemente custodiada. Cuatro guardias armados vigilaban la entrada principal. “Debemos dividirnos”, sugirió Tomás. “Un grupo creará una distracción en el frente mientras los demás entramos por la puerta trasera.” El plan se puso en marcha. Sebastián lideró a siete hombres hacia el frente de la capilla, donde comenzaron a gritar y arrojar piedras, atrayendo la atención de los guardias.
Mientras tanto, Tomás, Pedro y otros cinco peones se dirigieron hacia la puerta trasera. Dentro de la capilla, el ritual había comenzado. Lucía, atada al altar, miraba con terror como el curandero mezclaba pociones mientras don Augusto recitaba palabras incomprensibles de un viejo libro. Domingo y los otros dos peones permanecían de pie con expresiones vacías.
Evidentemente bajo los efectos de alguna droga administrada por el curandero. El primero, ordenó don Augusto señalando a Domingo. En ese momento se escucharon gritos y disparos desde el exterior. Don Clemente se asomó por la ventana. Los peones se han revelado informó con alarma. Son muchos. Don Augusto palideció momentáneamente, pero luego su rostro se transformó en una máscara de furia. Acaben con ellos.
No permitiré que interfieran con el ritual. Don Clemente asintió y salió apresuradamente, dejando solo a uno de sus hombres para custodiar la puerta principal. Aprovechando la confusión, Tomás y su grupo irrumpieron por la puerta trasera. El guardia que había quedado no tuvo tiempo de reaccionar antes de que Pedro lo golpeara con un madero, dejándolo inconsciente.
“¡Detanse!”, gritó Tomás avanzando hacia el altar. Don Augusto se giró con el rostro desencajado por la rabia. “Tú, escupió, el peón que ha estado interfiriendo con mis planes. Debí matarte cuando tuve la oportunidad.” El curandero, viendo que estaban en desventaja, intentó huir, pero dos de los peones lo sujetaron con firmeza.
Don Augusto sacó una pistola de su cinturón y apuntó directamente a Tomás. No darás un paso más, amenazó. Si lo haces, dispararé. Tomás se detuvo evaluando la situación. Los otros peones se habían quedado inmóviles, conscientes del peligro. Se acabó, don Augusto”, dijo Tomás con calma. “Sus planes se han descubierto.
Doña Mercedes sabe todo y ha enviado un mensajero a Ciudad de México. Las autoridades vendrán pronto.” Era una mentira, pero Tomás esperaba que sembrara la duda en el ascendado. “¿Mientes!”, rugió don Augusto, pero su voz traicionaba un atisbo de incertidumbre. En ese momento, Lucía, que había estado forcejeando silenciosamente con sus ataduras, logró liberar una de sus manos.
Con un movimiento rápido, agarró una de las velas del altar y la arrojó hacia las cortinas polvorientas que cubrían las ventanas. El fuego se propagó con asombrosa rapidez, alimentado por el viento que se colaba por las ventanas rotas. En cuestión de segundos, las llamas comenzaron a devorar las viejas maderas de la capilla.
La confusión fue total. Don Augusto, distraído por el fuego, bajó momentáneamente su arma. Tomás aprovechó para lanzarse sobre él derribándolo. La pistola se disparó durante el forcejeo, pero la bala se perdió en el techo. Pedro y otro peón liberaron rápidamente a Lucía, mientras los demás sometían al curandero que gritaba aterrorizado ante el avance de las llamas.
“Salgamos de aquí”, gritó Tomás, ayudando a Lucía a ponerse de pie. El fuego se propagaba con rapidez alarmante, consumiendo las viejas maderas de la capilla que habían permanecido secas durante décadas. Don Augusto, aún en el suelo tras el forcejeo con Tomás, miraba con horror como su plan se desmoronaba ante sus ojos.
Con un último arranque de desesperación, logró alcanzar su pistola y apuntó hacia Tomás, quien en ese momento guiaba a Lucía hacia la salida. Si yo no puedo tener un heredero, nadie tendrá nada”, gritó con voz desquiciada. Pedro, al ver las intenciones del ascendado, se interpuso entre don Augusto y la pareja. El disparo resonó en la capilla en llamas y Pedro cayó al suelo con una herida en el pecho.
“¡Pedro!”, gritó Sebastián corriendo hacia su amigo caído. Tomás se detuvo dividido entre ayudar a Pedro y poner a Lucía a salvo. La joven, comprendiendo su dilema, lo empujó hacia la salida, indicándole con gestos que podía salir por sí misma. Tomás asintió y regresó hacia Pedro mientras Lucía se dirigía a la puerta.
El curandero, aprovechando la confusión, logró liberarse de sus captores y corrió hacia la puerta trasera. Sin embargo, una viga en llamas se desprendió del techo, bloqueando su escape. Sus gritos de terror se mezclaron con el crepitar del fuego. Don Augusto, viendo que su plan había fracasado definitivamente, pareció perder la razón por completo.
En lugar de intentar escapar, comenzó a recitar frenéticamente las palabras del ritual, como si aún pudiera completarlo en medio del caos. Fuerzas de la oscuridad acudan a mí, cumplan la profecía, denme el poder que me fue prometido. Una parte del techo se derrumbó cerca de él, pero ni siquiera pareció notarlo.
Sus ojos, desorbitados por la locura, se fijaron en su hija, que estaba a punto de alcanzar la puerta. “Lucía, ven aquí. Aún podemos completar el ritual.” La joven se detuvo un instante y miró a su padre. Por un momento pareció que iba a responder, pero luego negó con la cabeza y salió de la capilla, dejando atrás al hombre que la había condenado a una vida de silencio y sufrimiento.
Tomás y Sebastián habían conseguido levantar a Pedro, que respiraba con dificultad, pero aún estaba vivo. La bala había impactado en su hombro, no en el pecho, como habían temido inicialmente. Vamos, amigo, no te rindas ahora. Lo animaba Sebastián mientras lo arrastraban hacia la salida. Afuera la escena era caótica.
Los peones y los guardias habían dejado de luchar al ver que la capilla ardía y ahora todos se afanaban en formar una cadena humana para pasar cubos de agua desde el pozo cercano en un intento desesperado de controlar el incendio que amenazaba con extenderse a los campos. Lucía corrió hacia el caserón en busca de su tía. encontró a Dolores en el camino, quien le informó que doña Mercedes había despertado del efecto de las hierbas y estaba organizando a los sirvientes para ayudar con el incendio.
Mientras tanto, en la capilla, las llamas habían alcanzado el baúl del curandero. Los frascos con pociones explotaban uno tras otro, liberando humos de colores extraños y olores nauseabundos que se mezclaban con el aroma acre del fuego. El curandero, atrapado entre las llamas, había renunciado a escapar y ahora yacía en el suelo, víctima del humo tóxico de sus propias pociones.
Don Augusto, en cambio, continuaba con su ritual delirante, ajeno al hecho de que el fuego lo rodeaba por completo. De pronto, una explosión más potente que las anteriores sacudió la capilla. El baúl del curandero, que contenía sustancias altamente inflamables, estalló con una fuerza devastadora, enviando fragmentos ardientes en todas direcciones.
Don Augusto, alcanzado por varios de estos proyectiles, cayó finalmente al suelo. El libro de rituales que sostenía se incendió entre sus manos, consumiéndose en una llamarada verdosa que iluminó brevemente su rostro, congelado en una expresión de asombro y terror. El resto del techo se derrumbó entonces, sepultando bajo escombros ardientes los cuerpos del curandero y de don Augusto Valdivia, el hacendado de Puebla, que en su obsesión por la riqueza había condenado a su propia alma.
Afuera, los esfuerzos por contener el fuego comenzaban a dar resultado. La lluvia, que había amainado brevemente, volvió a arreciar, ayudando a sofocar las llamas. Sin embargo, ya era demasiado tarde para salvar la capilla, que se había convertido en una pira funeraria para quienes habían osado desafiar las leyes naturales y divinas.
Tomás y Sebastián habían llevado a Pedro hasta una de las choas, donde Dolores, con sus conocimientos de medicina tradicional, se ocupaba de su herida. “Vivirá”, anunció la anciana después de examinar la herida. La bala atravesó limpiamente el hombro sin dañar ningún órgano vital. Sebastián exhaló un suspiro de alivio y estrechó la mano de su amigo herido.
Eres duro de matar, viejo. Bromeó con voz quebrada por la emoción. Pedro esbozó una débil sonrisa. He sobrevivido a cosas peores en esta hacienda, murmuró Tomás. Tras asegurarse de que Pedro estaba en buenas manos, salió en busca de Lucía. La encontró junto a doña Mercedes en la galería del caserón, observando en silencio como la capilla terminaba de consumirse en la distancia.
“Señorita Lucía”, llamó suavemente. La joven se volvió y al verlo, su rostro se iluminó. corrió hacia él y lo abrazó con fuerza, sin importarle la presencia de su tía ni las convenciones sociales que prohibían tal muestra de afecto entre una dama de su posición y un simple peón. Doña Mercedes observaba la escena con una mezcla de sorpresa y comprensión.
Cuando Lucía finalmente se separó de Tomás, la mujer se acercó a ellos. Joven Tomás, dijo con voz serena, le debo la vida de mi sobrina. No hay palabras suficientes para expresar mi gratitud. Tomás inclinó la cabeza con respeto. Hice lo que cualquier persona con un mínimo de decencia habría hecho, señora. No cualquiera habría arriesgado su vida como usted lo hizo.
Rebatió doña Mercedes. Y ahora tenemos una situación que resolver. La mujer miró hacia el horizonte, donde el resplandor del incendio comenzaba a menguar bajo la lluvia persistente. Mi hermano ha muerto, al igual que ese terrible curandero. La hacienda queda ahora en manos de Lucía como su única heredera. Lucía tomó su cuaderno y escribió apresuradamente, “No la quiero.
Esta tierra está por lo que ha hecho mi padre.” Doña Mercedes leyó las palabras y asintió comprensivamente. Lo entiendo, querida. Nadie te culparía por querer alejarte de este lugar. Pero antes de tomar una decisión, piensa en todas las personas que dependen de esta hacienda para subsistir, los peones, sus familias, los sirvientes.
Lucía no había considerado ese aspecto. Miró a Tomás buscando su opinión. Su tía tiene razón, señorita. dijo él suavemente. Muchos dependen de San Ignacio. Si la hacienda se vende o se abandona, familias enteras quedarían desamparadas. La joven reflexionó unos instantes y luego escribió, entonces la conservaré, pero no puedo administrarla sola.
No estarás sola, aseguró doña Mercedes. Yo te ayudaré hasta que aprendas todo lo necesario y quizás podríamos contar con la asistencia de alguien que conoce bien la hacienda y ha demostrado tener un corazón noble. Su mirada se posó en Tomás, quien comprendió la insinuación y se sonrojó levemente. Soy solo un peón, señora. No sé nada sobre administrar una hacienda, pero puedes aprender, respondió doña Mercedes, y tienes algo que muchos administradores profesionales carecen.
Te preocupas genuinamente por el bienestar de los trabajadores. Lucía escribió rápidamente, “Quiero que Tomás sea el capataz de San Ignacio. Don Clemente debe irse. Don Clemente ya se ha ido.” Informó Sebastián que acababa de llegar a la galería. Él y algunos guardias huyeron en cuanto vieron que el hacendado había muerto.
Temían represalias por su complicidad. Doña Mercedes asintió con satisfacción. Bien, eso simplifica las cosas. Tomás, ¿aceptarías el puesto de capataz? Sería un primer paso. Con el tiempo y la experiencia adecuada podrías asumir responsabilidades mayores. Tomás miró a Lucía, cuyos ojos le suplicaban que aceptara.
¿Cómo podría negarse a esa mirada? Acepto, señora. Haré todo lo posible por honrar la confianza que depositan en mí. Un mes después, la hacienda San Ignacio era un lugar irreconocible. Bajo la dirección conjunta de doña Mercedes, Lucía y Tomás, se habían implementado cambios radicales. Las choas miserables de los peones habían sido sustituidas por viviendas dignas construidas con parte de la fortuna que don Augusto había acumulado a costa del sufrimiento ajeno.
Los salarios se habían incrementado y los trabajadores recibían ahora una parte de las ganancias de la cosecha. Una escuela había sido establecida para los niños de la hacienda y un médico visitaba regularmente el lugar para atender a enfermos y heridos. La capilla abandonada, reducida a cenizas por el incendio, había sido reemplazada por un pequeño hospital, y el lugar exacto donde don Augusto y el curandero habían muerto permanecía sin construir, como recordatorio silencioso de los peligros de la ambición desmedida. Pedro se había
recuperado completamente de su herida y ahora supervisaba los trabajos en los campos de maíz, mientras Sebastián se encargaba de la administración diaria junto a Tomás. En cuanto a Lucía, aunque seguía sin poder hablar, su rostro había recuperado la luminosidad de la juventud. Ya no era la joven temerosa y oprimida, sino una mujer fuerte y decidida que había tomado las riendas de su destino.
Ella y Tomás pasaban cada vez más tiempo juntos y los rumores sobre un posible compromiso comenzaban a circular entre los habitantes de la hacienda. Doña Mercedes observaba la situación con aprobación, convencida de que su sobrina merecía ser feliz después de tanto sufrimiento, sin importar las convenciones sociales que pudieran objetar una unión entre la heredera de una hacienda y un antiguo peón.
Una tarde, mientras Lucía y Tomás paseaban por los campos florecidos de San Ignacio, la joven se detuvo junto al pequeño riachuelo donde se habían encontrado por primera vez. Sacó su cuaderno y escribió, “Este lugar ya no está maldito. Tú y los demás lo han purificado con su bondad y su coraje.” Tomás leyó las palabras y sonró.
No fue solo nuestro mérito. Usted, señorita Lucía, con su fortaleza y determinación ha sido la verdadera salvadora de San Ignacio. La joven negó con la cabeza y escribió, Juntos lo hicimos y juntos construiremos un futuro mejor. Sus ojos, antes llenos de dolor y miedo, ahora brillaban con esperanza y amor. Tomás, incapaz de resistirse a esa mirada, se inclinó lentamente y la besó con ternura, sellando una promesa silenciosa que trascendía las palabras.
En Puebla, la historia de la hacienda San Ignacio se convirtió en una leyenda. Algunos hablaban de rituales diabólicos y pactos con fuerzas oscuras. Otros mencionaban la ambición desmedida de un hombre dispuesto a sacrificar a su propia hija por riqueza. Pero todos coincidían en un punto. Lo nacido de aquella tragedia no había sido un heredero maldito, sino una nueva forma de entender la vida en la hacienda, un modelo de justicia y equidad que pronto sería imitado por otras propiedades de la región. Y en las noches, cuando la
luna iluminaba los campos de maíz y el viento susurraba entre los árboles, algunos juraban escuchar el lamento de don Augusto Valdivia, condenado a vagar eternamente por las tierras que una vez poseyó, testigo impotente de como su hija muda y el peón que osó desafiarlo habían transformado su legado de crueldad en un monumento a la esperanza, porque al final lo que realmente había quemado la hacienda No había sido el fuego material que consumió la capilla aquella noche tormentosa, sino el fuego purificador de
la justicia y la redención, que había arrasado con el mal para permitir que de sus cenizas surgiera un nuevo amanecer para todos los habitantes de San Ignacio.
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