La Mujer que Descubrió que su Marido No Tenía Reflejo

Hay lugares donde el tiempo no cura, solo esconde. Entre montes cerrados, caminos de tierra y casas que ya no tienen dueño. Sobrevivieron historias que muchos intentaron enterrar. Aquí cada huella perdida, cada memoria silenciada vuelve a la superficie. Bienvenido a La morada de la bestia oculta.
En la provincia de Lugo, Galicia, entre valles húmedos y aldeas dispersas donde la niebla no abandona nunca del todo la Tierra, existe un caserío tan pequeño que casi no figura en los mapas antiguos. Se llama San Shurs de Abiso, 12 casas de piedra gris, un camino de tierra que serpentea entre robles centenarios y muros de mampostería cubiertos de musgo.
Una capilla sin sacerdote fijo, apenas visitada dos veces al año por un cura itinerante que llegaba desde Mondoñedo, montado en una mula vieja. Fue allí, en el invierno de 1883, donde una mujer comenzó a dudar de todo lo que creía saber sobre su propio marido. Se llamaba Inés Varela Soto. Tenía 32 años.
Había nacido en aquella misma aldea, hija de labradores pobres que trabajaban tierras ajenas. Su padre murió cuando ella tenía 14 años, aplastado por un carro volcado. Su madre la crió sola, entre rezos y silencios. Inés aprendió a leer en el catecismo. Aprendió a coser mirando las manos de su madre.
Aprendió también que las mujeres de San Churcho no hacían preguntas. Su vida transcurría entre la huerta, el rosario de la tarde y las escasas visitas al mercado de Mondoñedo, donde vendía huevos y compraba sal. Sabía coser, cocinar, curar fiebres leves con infusiones de malva y manzanilla. Sabía también callar cuando era necesario. Y en aquella aldea casi siempre era necesario.
Su marido, Lois Amaro era herrero. Trabajaba en un cobertizo anexo a la casa, reparando aperos, errando mulas, forjando clavos y bisagras para las puertas de las casas vecinas. Era un hombre parco de manos grandes y curtidas, mirada baja, barba oscura, siempre mal recortada. Hablaba poco, nunca levantaba la voz. Llevaban casados 11 años, no tuvieron hijos.
Nadie podría decir que formaban una pareja infeliz, pero nadie diría tampoco que eran cercanos. Vivían como dos extraños acostumbrados a compartir el mismo techo. Comían juntos, dormían en la misma cama de madera oscura, pero casi no se miraban a los ojos. Según los relatos guardados por los más viejos, Inés era mujer de costumbres firmes y metódicas.
Limpiaba la casa cada mañana al amanecer. Barría el suelo de tierra apisonada con una escoba de brezo. Pasaba un trapo húmedo por el espejo de marco oscuro que colgaba junto a la ventana, el único espejo de toda la casa. Un espejo pequeño, ovalado, con el azogue manchado en los bordes, traído por su madre desde Santiago décadas atrás, cuando aún era joven y tenía esperanzas de otra vida.
Fue precisamente ese espejo el que cambió todo. Fue ese espejo el que abrió una grieta en la realidad que Inés creía conocer. La vida antes del acontecimiento transcurría con la lentitud propia de las aldeas gallegas del siglo XIX. Los días eran iguales, los inviernos largos y lluviosos, las noches silenciosas, apenas interrumpidas por el viento que bajaba del monte y hacía crujir las vigas del techo.
Lo salía antes del alba para encender el fuego de la fragua. regresaba al anochecer con las manos negras de carbón y ollin, los brazos manchados de aceite y grasa, cenaban en silencio. Él bebía vino agrio de una jarra de barro. Ella cocía junto al candil remendando camisas viejas, surciendo calcetines de lana.
Inés no recordaba cuándo había comenzado a sentir extrañeza. Quizás fue gradual, tan lento que no lo notó hasta que ya era tarde. Quizás siempre estuvo allí, dormida bajo la rutina, esperando el momento de despertar. Pero hubo un día en que lo notó. Era febrero, llovía sin parar desde hacía tres días.
El camino estaba convertido en un lodasal. Inés estaba limpiando el espejo cuando su marido entró en la casa para buscar un martillo olvidado sobre la mesa. Pasó detrás de ella. Inés vio su propio reflejo. Vio la ventana con los postigos entreabiertos. Vio la mesa de madera con el pan de la mañana. Vio el candil apagado, colgado de la viga.
No vio a Lois. Giró la cabeza. Él estaba allí de pie, a menos de dos pasos de ella. tan real como siempre, tan sólido, tan presente, pero en el espejo no aparecía. Sintió un escalofrío leve, como quien pisa una tabla podrida sin saber si cederá bajo el peso. No dijo nada. Lo tomó el martillo y salió de nuevo hacia la fragua, cerrando la puerta trás de sí con un golpe seco.
Inés se quedó inmóvil frente al espejo durante varios minutos. Respiraba despacio. Su corazón latía con fuerza. Después lo limpió de nuevo, despacio, con movimientos circulares, como si el problema fuera el polvo acumulado en el cristal, pero sabía que no era eso. Los rumores que nadie escuchó enteros comenzaron mucho antes de que Inés se diera cuenta.
En el libro de bautismos de la parroquia de SanShurscho, el nombre de Loyis Amaro aparece registrado con letra cuidadosa en el año 1851. hijo de Antón Amaro y Mariña Da Pena, nacido en la aldea vecina de Reboredo, un lugar aún más pequeño y aislado que San Shurscho, bautizado al tercer día como era costumbre.
Pero en los registros de matrimonio, guardados en un armario de madera carcomida en la sacristía, una anotación escrita con tinta más oscura añadida años después por una mano diferente, dice simplemente, “Sin dispensas, sin padrinos locales. Ceremonia abreviada. El sacerdote que ofició la boda ya había muerto en 1883. Nadie recordaba por qué Lois no había traído padrinos de su propia familia.
Nadie sabía por qué la ceremonia fue tan breve, casi apresurada, sin la misa completa, sin las bendiciones habituales. Había otra cosa que llamaba la atención. Lois nunca iba a misa. Nunca, ni en Navidad, ni en Semana Santa, ni siquiera cuando había entierros de vecinos. Decía que no creía en los santos, que la iglesia era para mujeres y viejos, que él tenía trabajo que hacer y no podía perder el tiempo rezando.
Inés lo disculpaba ante las vecinas diciendo que trabajaba mucho, que estaba cansado, que no le gustaban las multitudes. Pero las mujeres más ancianas, las que habían conocido a la madre de Lois, murmuraban en voz baja junto al fuego, que aquella familia siempre había tenido algo raro, que la abuela materna había muerto sola en el monte, sin que nadie supiera bien cómo ni cuándo, que el abuelo no dejó herencia ni nombre claro, que Mariña, la madre de Lois, había criado al niño sola, sin ayuda de nadie, rechazando la caridad de la aldea
viviendo apartada como si tuviera algo que ocultar. Nadie decía nada con certeza, solo sospechaban. Y en Galicia sospechar es casi lo mismo que saber. La noche en que algo cambió fue un martes de marzo, cuando el viento ahullaba entre los robles y la lluvia golpeaba los tejados con furia. Llovía otra vez. El viento golpeaba los postigos de madera con violencia, como si quisiera arrancarlos de las bisagras.
Inés había preparado caldo de verzas con unto y patatas. Lois comió en silencio, como siempre, inclinado sobre el plato, masticando despacio. Después se sentó junto al fuego. Inés recogió los platos, los llevó a la pila de piedra junto a la ventana, pasó frente al espejo. Esta vez lo hizo a propósito. Miró.
Lois estaba sentado en el banco de madera con las manos apoyadas en las rodillas, la espalda encorbada mirando el fuego. El fuego proyectaba sombras largas y temblorosas sobre la pared de piedra. La luz danzaba sobre su rostro, pero en el espejo solo se veía el banco vacío. Inés sintió que el aire se le atascaba en la garganta.
sintió un frío repentino, como si alguien hubiera abierto una puerta que daba al vacío. Se volvió hacia él. Lois la miraba. Sus ojos eran oscuros, profundos, sin expresión. ¿Qué pasa?, preguntó él con voz tranquila. Ella negó con la cabeza. Nada. Salió al patio trasero. Llovía con fuerza. El agua fría le caló la ropa en segundos.
Se mojó entera. Necesitaba sentir algo frío, algo real, algo que le confirmara que aún estaba viva, que aquello no era un sueño. Cuando regresó temblando con el pelo pegado a la cara, Lois ya estaba acostado, le daba la espalda, respiraba con regularidad. Inés no durmió esa noche. Se quedó sentada junto a la ventana mirando la lluvia caer, escuchando el viento, preguntándose si estaba perdiendo la razón.
El silencio de la comunidad no fue casual, fue deliberado, fue cultivado durante años. Durante las semanas siguientes, Inés comenzó a observar. Prestó atención a cosas que antes pasaban desapercibidas, detalles que había ignorado durante 11 años de matrimonio. Lo nunca entraba en la capilla, ni siquiera cuando había entierros.
Se quedaba afuera apoyado en el muro, fumando tabaco negro enrollado en papel, esperando a que terminara la ceremonia. Nunca comía con los demás en las fiestas de la aldea. Decía que prefería quedarse trabajando, que no le gustaba el ruido, que la gente lo ponía nervioso. Nadie lo visitaba, ni primos, ni tíos, ni hermanos, ni siquiera antiguos compañeros de trabajo.
Era como si no te tuviera pasado, como si hubiera aparecido en San Shurso de la nada. Cuando Inés le preguntaba por su familia, él respondía siempre lo mismo. Con la misma voz plana, sin emoción, murieron todos. No vale la pena hablar de eso. Una tarde de abril, cuando el sol finalmente había vuelto a calentar la tierra, Inés fue a la casa de la viuda isolina, la más anciana de San Jurcho. Tenía 87 años.
Había conocido a todos los que habían vivido y muerto en aquella aldea durante más de medio siglo. Le llevó pan recién horneado y le pidió permiso para hacerle una pregunta. Y Solina estaba sentada junto al fuego, envuelta en un mantón negro, con las manos llenas de arrugas descansando sobre el regazo. “Y Solina, usted conoció a la familia de mi marido?” Lavieja tardó en responder.
Miraba el fuego con los ojos entrecerrados, como si buscara algo en las llamas. Conocí a la madre, Mariña, una mujer triste, siempre sola, siempre con miedo. ¿Miedo de qué? Y Solina no respondió directamente. Era una mujer rara. No hablaba con nadie. Criaba al niño como si fuera un secreto, como si tuviera que esconderlo del mundo.
Y el padre, nunca hubo padre. Inés sintió un vacío en el estómago. ¿Cómo que no hubo padre? Y Solina la miró con una expresión difícil de descifrar. Había algo en sus ojos, algo parecido a la compasión o al miedo. Pregúntale al cura si queda algún registro, pero no esperes encontrar nada claro. Hay cosas que la iglesia no escribe y no dijo más.
Inés salió de aquella casa con más preguntas que respuestas. La voz que decide hablar llegó un mes después, cuando Inés ya casi había perdido la esperanza de entender algo. Inés estaba en el mercado de Mondoñedo vendiendo huevos en la plaza principal, cuando una mujer mayor, vendedora de lino, la detuvo. Tenía el rostro arrugado por el sol y el viento, los ojos claros, las manos manchadas de tinte.
Tú eres la mujer de Loisamaro, ¿verdad? Inés asintió. La mujer bajó la voz, miró alrededor como si temiera ser escuchada. Yo conocí a su madre. Mariña vino a mi casa una vez hace muchos años. Estaba embarazada. Lloraba. Decía que había conocido a un hombre en el monte, que no era un hombre común. ¿Qué quiere decir con eso? La vendedora apartó la mirada, se retorció las manos.
Decía que no tenía sombra, que no dejaba huellas en el barro, que hablaba en una lengua que ella no entendía, pero que de algún modo comprendía. Decía que había pasado una noche con él, que cuando despertó estaba sola y que después ya no pudo volver a ser la misma. Inés sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
¿Y qué pasó? Nadie la creyó. Dijeron que estaba loca, que había perdido la cabeza, que se había acostado con algún vagabundo y no quería admitirlo. El niño nació. Ella murió poco después. El niño creció solo. Tu marido. La mujer hizo la señal de la cruz. Hay cosas que es mejor no nombrar.
cosas que viven en los márgenes entre lo que somos y lo que no podemos entender. Y se fue, sin decir más, perdiéndose entre la multitud del mercado. Inés se quedó allí inmóvil con la cesta de huevos en las manos, sintiendo que todo lo que creía saber se desmoronaba. El documento encontrado apareció una semana más tarde, como si el destino hubiera decidido que ya era hora de revelar la verdad completa.
Inés estaba limpiando el cobertizo de la fragua. Lois había salido a errar una mula en la aldea vecina. Ella aprovechó para ordenar las herramientas, barrer el suelo cubierto de virutas de hierro y carbón. movió un banco viejo. Vio que una de las tablas del suelo estaba suelta. La levantó. Debajo había un sobre de papel amarillento doblado varias veces, manchado de humedad.
Dentro había una carta escrita en gallego antiguo, con caligrafía temblorosa, irregular, como de alguien que no sabía escribir bien, pero que había puesto todo su esfuerzo en hacerlo. La letra era de mujer. Decía, Lois, fillo meu, se leeres isto, ya terás idade abonda para entender. No podes vivir como os demais.
No podes ser visto onde no deben verte. No podes deixar rastro no deb a tua parte. O teu pai no era d mundo nunca sou o que era. Pero te levas nel algo que pertence a luz, algo que no te nome. Garda esto. Non o esquezas. Si alguien descubre a verdad Fox. Inés leyó la carta tres veces. Las manos le temblaban. Después la dobló con cuidado y la escondió bajo su almohada.
Esa noche, cuando Lois regresó, ella lo miró de otra manera, como si fuera un extraño, como si nunca lo hubiera conocido realmente. La versión de los escépticos fue clara y categórica. Cuando Inés habló con el Boticario de Mondoñedo, un hombre instruido que había estudiado en Santiago y que leía periódicos de Madrid, él se rió con condescendencia.
Señora, los espejos antiguos pierden el azoogue con el tiempo. Dejan de reflejar bien. Es normal, no es magia, es química. El mercurio se evapora, el cristal se opaca, pero yo me veo, veo la habitación, veo todo. Solo él no aparece. El boticario frunció el ceño. Puede que la luz incida de forma extraña o que su marido tenga alguna particularidad en la piel que no refleje bien.
Hay casos documentados, personas con ciertas enfermedades dérmicas que absorben la luz de manera distinta. Inés no insistió, pero sabía que eso no explicaba la carta, ni los rumores, ni el silencio de la aldea, ni la historia de la vendedora del mercado, ni el hecho de que Lois nunca entrara en la capilla, ni que no tuviera familia, ni que pareciera existir al margen de todo, salió de la botica sin despedirse.
El regreso de lo indecible ocurrió en una noche de mayo, cuando las estrellas brillaban. con una claridad extraña, y el aire olía a tierra mojada y a floressilvestres. Lois llegó tarde. Olía a humo y a monte. Traía barro en las botas. Tenía arañazos en las manos. No dijo dónde había estado. Inés estaba sentada junto al fuego.
No lo miró cuando entró. ¿Dónde estuviste?, preguntó sin alzar la voz. Trabajando en el monte. Él no respondió, se quitó las botas, se lavó las manos en la pila. Inés se levantó, se plantó frente a él. Quiero que me digas la verdad. Lois la miró. Sus ojos eran oscuros, profundos, sin brillo, como pozos sin fondo. Qué verdad.
¿Quién eres? Hubo un silencio largo. El fuego crepitaba, el viento soplaba afuera. Después Lois habló. Su voz era baja, casi un susurro. Soy tu marido. No, no lo eres. No del todo. Lo cerró los ojos, respiró hondo. Cuando los abrió, había algo diferente en su rostro, algo parecido a la rendición. Nunca debiste mirar el espejo.
La verdad incompleta fue todo lo que Inés consiguió. Lois no negó, pero tampoco explicó todo, porque quizás ni él mismo lo entendía completamente. Solo dijo, “Mi madre me dijo que nunca podría ser como los demás, que algo en mí no pertenecía a este mundo, que debía esconderme, trabajar, callar, vivir sin ser visto de verdad, sin dejar rastro, sin entrar en lugares donde la luz lo revela todo y por eso no tiene reflejo.
No lo sé. Quizás sí, quizás no. Nunca lo entendí del todo. Nunca supe qué era mi padre. Mi madre nunca habló de él, solo me dijo que debía tener cuidado, que había cosas en mí que no eran humanas, que debía vivir en los márgenes. Y yo, ¿qué soy para ti? Lo miró con algo parecido al dolor, al arrepentimiento.
Eres la única que me hizo sentir humano, la única que me miró como si fuera solo un hombre, nada más. Por eso me casé contigo, por eso me quedé. Inés sintió una tristeza inmensa, una tristeza que le llenó el pecho como agua fría. Y ahora, ahora tú sabes, y ya no puedo fingir. El precio de la revelación fue el silencio final.
Inés no denunció nada, no habló con nadie, no abandonó a Lois, no lo echó de la casa, no lo acusó ante el cura. No pidió ayuda, pero algo entre ellos se rompió para siempre. vivieron juntos hasta que Lois murió en el invierno de 1901 de neumonía. Tenía 50 años. Fue enterrado en el cementerio de San Shurscho, sin cruz, sin nombre grabado, solo una piedra sin marcar.
Inés vivió otros 15 años. Nunca se volvió a casar, nunca habló de lo que sabía, nunca respondió a las preguntas de las vecinas. Cuando murió en 1916, las vecinas que fueron a preparar su cuerpo encontraron el espejo roto en mil pedazos, esparcidos por el suelo como estrellas caídas, y una carta escondida bajo el colchón, la misma que había encontrado años atrás, la carta que hablaba de un padre que no era de este mundo.
Lo que el tiempo no se llevó fue la pregunta. Hoy en San Shurs de abaixo quedan apenas tres casas habitadas. La capilla está cerrada, el cementerio cubierto de maleza, los caminos invadidos por zarzas. Pero algunos ancianos de Mondoñedo aún recuerdan la historia de Inés Varela y del hombre que no tenía reflejo. No saben si era real, no saben si fue locura, no saben si el espejo estaba dañado o si había algo más.
Solo saben que ella nunca mintió y que hay cosas que la luz no puede tocar, cosas que viven en los márgenes entre lo que somos y lo que no podemos nombrar. M.
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