Sola con la carreta descompuesta, la viuda aceptó la ayuda de la Pache, que

pidió apenas agua y harina, sin imaginar que aquel encuentro cambiaría el destino

de un pueblo entero. Hola, mi querido amigo. Soy Ricardo Rodríguez, el

narrador de sueños y destinos. Antes de comenzar, te invito a suscribirte a

nuestro canal y cuéntame desde qué ciudad nos estás viendo. Un fuerte

abrazo y disfruta la historia. Santa Rita del Cobre se extendía bajo el sol

de octubre como una herida que no terminaba de cerrar. El viento del norte

traía polvo que se metía entre las rendijas de las casas de adobe, en los ojos de los niños que jugaban en la

calle, entre los dientes de las mujeres que lavaban ropa en la asequia comunal.

Era un polvo fino, casi invisible, pero que se sentía en todo. En la garganta

cuando respirabas hondo, en la lengua cuando hablabas, en las palmas de las manos cuando intentabas limpiártelas en

la falda. Elena Morales caminaba por la calle principal sintiendo ese polvo

acumularse en su piel como una segunda capa de tristeza. Sus zapatos, antes

negros y lustrosos, ahora eran del color de la tierra. Las suelas estaban tan gastadas que

podía sentir cada piedra del camino, cada irregularidad de la calle, como si

su cuerpo entero fuera una llaga abierta que el pueblo insistía en tocar. Había

salido temprano esa mañana con la lista de provisiones en el bolsillo y dinero en la bolsa. Dinero real, plata que

sonaba al caminar, que pesaba con la promesa de transacciones justas. Pero

esa promesa se había disuelto en el aire caliente de Santa Rita como el agua

derramada sobre tierra seca. El primer tendero, Ramírez, había mirado

la lista sin tomarla de sus manos. Sus ojos se movían de lado a lado, como los

de un animal asustado buscando escapatoria. “Lo siento, señora Morales.” Había dicho con voz que

intentaba sonar firme, pero salía quebrada. No tengo mercancía esta

semana. Los arrieros se atrasaron. Ya sabe cómo son las cosas ahora. Elena

había asentido. No discutió, no rogó, solo guardó la lista de nuevo en el

bolsillo y sintió como el papel se arrugaba contra sus dedos temblorosos.

Sabía que Ramírez mentía. Había visto los sacos de harina apilados en el fondo

de la tienda, las latas de conserva en las estanterías altas.

Pero también había visto el miedo en sus ojos, y el miedo era más contagioso que

cualquier enfermedad. En la tienda de doña Carmen, que vendía telas y agujas,

la recepción fue aún más fría. La mujer ni siquiera salió de la trastienda, solo

mandó a su hija, una muchacha de 15 años con ojos de susto, a decirle que no

atendían ese día. La chica temblaba al hablar, retorciendo el delantal entre

sus manos y Elena sintió una punzada de compasión mezclada con rabia. No era

culpa de la niña, era culpa del pueblo entero que había decidido que una viuda

sola no merecía respeto. Ahora, caminando de regreso al almacén con las

manos vacías y la bolsa de plata todavía llena, Elena sentía el peso de cada

mirada que la seguía. Las mujeres que colgaban ropa en los patios dejaban de hablar cuando ella

pasaba. Los hombres que arreglaban una cerca enderezaban para observarla. Los niños

se quedaban quietos, sus juegos interrumpidos por la presencia de alguien que se había convertido en una

especie de fantasma, visible, pero no realmente presente, reconocida pero no

aceptada. El sol caía a plomo sobre la calle sin sombra. El calor se levantaba

del suelo en ondas que hacían temblar el aire, dándole a todo un aspecto irreal,

como de sueño o de pesadilla. Elena sintió una gota de sudor correr por su

espalda entre los omóplatos, siguiendo la línea de su columna hasta perderse en

la cintura de la falda. El vestido negro que llevaba desde la muerte de Roberto absorbía el calor como

una maldición, pero no podía quitárselo todavía. El luto tenía sus reglas y

romperlas sería darle a Ramón Larkin una excusa más para atacarla. El almacén

apareció al final de la calle como un refugio que ya no era seguro. Era una

construcción de dos pisos, más grande que la mayoría de las casas del pueblo, con ventanas grandes que dejaban entrar

la luz y el calor por igual. El letrero que colgaba sobre la entrada decía

Comercio Gutiérrez en letras que Roberto había pintado con su propia mano hace 5

años, cuando todavía soñaba con expandir el negocio, con traer más mercancía de

la ciudad, con convertir Santa Rita del cobre en algo más que un pueblo olvidado

en medio del desierto. Elena empujó la puerta sintiendo el peso familiar de la

madera contra su hombro. Adentro el aire era más fresco, pero cargado con el olor

a estantería vacía, a promesas incumplidas. Las estanterías, que antes

rebosaban de mercancía, ahora mostraban huecos como dientes perdidos. Un saco de

frijoles aquí, una lata de sardinas allá, algunas herramientas oxidadas que

nadie quería comprar colgando de ganchos en la pared. Cerró la puerta y se apoyó

contra ella. dejando que sus ojos se acostumbraran a la penumbra. Sus manos

temblaban. No era la primera vez que volvía sin provisiones, pero cada vez

era un poco peor, un poco más cerca del final, que ella sabía que se acercaba

como tormenta en el horizonte. Caminó hacia el escritorio que había sido de

Roberto, sintiendo como el piso de madera crujía bajo sus pies. Era un

sonido solitario, hueco que hacía eco en el espacio demasiado grande. Se sentó en

la silla de respaldo alto y extendió las manos sobre la superficie del escritorio. La madera estaba caliente

por el sol que entraba por la ventana y Elena dejó que ese calor le calentara

las palmas mientras respiraba hondo, intentando calmar el temblor que le

subía desde el estómago hasta el pecho. Los libros de cuentas estaban donde