La hija del jefe se quedó paralizada al ver su foto de infancia con la nueva secretaria. La mañana llegó fría a las

ventanas del imponente edificio corporativo en pleno corazón de la ciudad de México. Gabriela Montes

caminaba por los pasillos de mármol con pasos firmes, tacones resonando contra el piso pulido como un metrónomo

preciso. Llevaba una carpeta de documentos urgentes bajo el brazo. Contratos que su padre, el poderoso

empresario Ignacio Montes, necesitaba revisar antes del mediodía. A suspe,

Gabriela era la imagen perfecta de la heredera. Traje sastre impecable en tono gris perla, cabello castaño recogido en

un chongo elegante, maquillaje discreto pero refinado. Había crecido entre estos

muros de cristal y acero, acostumbrada al poder que su apellido representaba.

Pero detrás de esa fachada segura, sus ojos color miel guardaban una tristeza antigua que ningún lujo había podido

curar. 20 años. Habían pasado 20 años desde que perdió a su hermana gemela

Isabela. 20 años desde aquel maldito accidente que le arrebató la mitad de su alma. Gabriela nunca lo superó, aunque

aprendió a vivir con el vacío, como quien aprende a caminar con una pierna amputada. Te acostumbras, pero siempre

sientes lo que falta. Buenos días, señorita Montes. Saludó Ricardo, el jefe

de seguridad, con una inclinación respetuosa de cabeza. Buenos días, Ricardo”, respondió ella sin detenerse.

Con esa cortesía fría que había perfeccionado con los años subió al piso ejecutivo, donde el aire olía a café

recién hecho y papel nuevo. Las oficinas de su padre ocupaban toda el ala oeste

con ventanales que ofrecían una vista espectacular del paseo de la reforma. Gabriela adoraba esa vista. le recordaba

que su familia había construido algo grande, algo que perduraría, pero primero necesitaba conocer a la nueva

secretaria de su padre. Ignacio había mencionado durante la cena del domingo que finalmente había contratado a

alguien para reemplazar a la señora Gutiérrez, quien se había jubilado el mes anterior después de 30 años de

servicio. Gabriela tocó la puerta del departamento administrativo y entró sin

esperar respuesta. La oficina era amplia, pero sobria, con escritorios de madera oscura y estantes llenos de

archiveros. Al fondo, junto a la ventana, una joven estaba organizando

una pila de documentos con manos que temblaban ligeramente, como si estuviera nerviosa o tal vez simplemente cansada.

“Disculpe”, dijo Gabriela. Y la joven dio un brinquito de sorpresa. Se volteó

rápidamente y Gabriela pudo verla bien por primera vez. Era delgada. de

estatura media, con el cabello castaño recogido en un chongo despeinado que parecía haberse hecho a las prisas

frente al espejo, vestía una blusa blanca sencilla y una falda de mezclilla oscura, ropa limpia, pero claramente de

tienda departamental, nada lujosa. Sus ojos eran grandes y expresivos, con ese

brillo particular de quien ha trabajado duro toda su vida. Señorita Montes”,

exclamó la joven y su voz salió un poco más aguda de lo que probablemente pretendía. “Buenos días, perdón, no la

escuché entrar.” “No te preocupes, respondió Gabriela con tono neutral. Tú

debes ser la nueva secretaria de mi padre.” “Sí, señorita. Me llamo Daniela.” “Daniela Reyes.” dijo la joven

extendiendo la mano con timidez. Gabriela estrechó su mano brevemente. La piel de Daniela estaba fría. Sus dedos

delgados, pero con callos en las yemas, manos que conocían el trabajo duro. Todo

en ella hablaba de humildad, de alguien que venía de abajo y estaba agradecida por la oportunidad. “Mucho gusto,

Daniela”, dijo Gabriela soltando su mano. “Espero que te adaptes bien. Mi

padre puede ser exigente, pero es justo.” “Sí, señorita. Don Ignacio ha sido muy amable conmigo”, respondió

Daniela. Bajando la mirada con respeto, Gabriela asintió y estaba a punto de dar

media vuelta cuando algo capturó su atención sobre el pequeño escritorio de Daniela, entre un portalápices de

plástico y una taza con café tibio, había una fotografía dentro de una moldura sencilla de madera clara, una

imagen antigua, desgastada por el tiempo con los bordes amarillentos. Gabriela se

acercó sin pensarlo. Su corazón comenzó a latir más rápido, aunque todavía no entendía por qué. En la fotografía

aparecían dos niñas idénticas de aproximadamente 7 años. Vestían los

mismos vestidos blancos bordados con flores diminutas, el cabello suelto hasta los hombros, sonrisas amplias y

genuinas. Se tomaban de las manos paradas frente a un jardín lleno de flores amarillas que brillaban bajo el

sol. El mundo de Gabriela se detuvo. Conocía esa fotografía. La conocía

porque ella tenía exactamente la misma, la misma imagen, el mismo ángulo, las

mismas niñas, el mismo jardín. Era la única fotografía que conservaba de ella

y su hermana Isabela antes del accidente. La guardaba en su buró dentro de una caja de terciopelo azul, como el

tesoro más preciado de su vida. Pero eso era imposible. Esa foto era única. Había

sido tomada por su madre Elena antes de morir durante un viaje a la hacienda familiar en Querétaro. Gabriela

recordaba ese día con claridad casi dolorosa. El olor a hierba recién cortada, el zumbido de las abejas, la

risa de Isabela mientras corrían entre las flores. ¿Dónde? ¿Dónde conseguiste

esta foto?, preguntó Gabriela y su voz salió quebrada, apenas un susurro.

Daniela parpadeó sorprendida, como si hubiera sido atrapada en una falta grave. Es mía, señorita, respondió

rápidamente con tono casi defensivo. Es lo único que tengo de mi infancia. Gabriela sintió que el piso desaparecía

bajo sus pies. Agarró el borde del escritorio para mantenerse firme. Sus manos temblaban. “Tuya”, repitió mirando

fijamente a Daniela. “¿De dónde la sacaste? Fue encontrada conmigo, señorita”, explicó Daniela. Y ahora

había confusión en su rostro. Cuando me encontraron, cuando te encontraron,

Gabriela casi no podía respirar. ¿Qué quieres decir? Daniela bajó la mirada

incómoda. Parecía arrepentida de haber dicho algo. Yo no recuerdo nada antes de

los 7 años, señorita Montes, dijo en voz baja. Me encontraron sola en la orilla

de una carretera cerca de Querétaro. Estaba herida y muy asustada. Nadie supo

quién era ni de dónde venía. Esta fotografía estaba en mi bolsillo. Es lo

único que tengo. Mi única pista de quién pude haber sido antes. Gabriela observó

el rostro de Daniela como si lo viera por primera vez. Realmente lo viera. Los mismos ojos color miel, la misma forma