Un hombre pobre y despreciado por su esposa, termina viviendo en el monte con su perro fiel. Lo que él no imaginaba

era que encontraría una fortuna oculta. Y lo que hace con su esposa al final es absolutamente inimaginable. En un
pequeño pueblo de Boyacá llamado Arcabuco vivía un humilde leñador llamado Hernán Gómez. Tenía una casita
de bareque y un perro fiel llamado Firulais. Cada mañana, con las piernas cansadas por el frío del páramo
boyacense, Hernán salía muy temprano hacia la vereda El Mortiño, un lugar lleno de neblina y árboles altos.
Durante horas, con su machete viejo y oxidado, cortaba ramas gruesas de guayacán y eucalipto, las ataba en
tercios bien amarrados con beju y las cargaba sobre su espalda hasta la plaza de mercado de Arcabuco. Allí las vendía
por unos pocos pesos, apenas suficientes para comprar arepas calientes, aguacates
maduros, un pedazo de panela dulce y un poco de café negro para calentarse el
cuerpo. Su esposa, Luz Dari Rodríguez, era una mujer hermosa, de ojos negros
profundos y cabello largo como la noche, pero su lengua era más afilada que un machete recién amolado. Estaba harta de
la vida pobre en esa vereda remota, de lavar ropa en el río frío y cocinar con
leña húmeda que humeaba toda la casa. Consideraba a Hernán un hombre sin suerte, un fracasado que no podía darles
una vida mejor y todo el día lo insultaba y lo humillaba delante de quien fuera. Eres un inútil, Hernán, ni
para mantener esta casita sirves. ¿Cuándo vas a ser un hombre de verdad? Una tarde cayó un aguacero fuerte de
esos que inundan las calles empedradas de arcabuco y convierten los caminos en ríos de barro. Hernán llegó empapado
hasta los huesos, exhausto después de un día entero en el bosque, cargando un
tercio pesado de leña que apenas le daría para una comida. Pero al llegar a la puerta de la casita, la escena que
vio le partió el corazón en mil pedazos. Luz Darry, parada allí con los brazos cruzados y los ojos llenos de rabia
pura, le gritó con voz furiosa que retumbó en la lluvia. Fuera de mi casa,
hombre maldito, ya no te necesito más en mi vida. Hernán se quedó paralizado bajo
el aguacero, el agua chorreando por su ruana vieja y rota, con voz temblorosa,
casi suplicando, le dijo, “¿Estás en tus cabales, Luz Dari? ¿Para dónde voy a ir
yo ahora? No tengo refugio, no tengo nada.” Pero ella gritó aún más fuerte,
sin piedad. “Vete para donde quieras. Ve a dormir al bosque si es preciso.
Quédate con tu perro Firulais, que él por lo menos es más útil que tú. Por lo menos ladra cuando hay peligro.”
Al oír esas palabras crueles, los ojos de Hernán se llenaron de lágrimas que se mezclaron con la lluvia fría. No era el
peso de la leña lo que lo aplastaba, sino el peso de un corazón completamente roto. Sin decir una palabra más, dejó
caer el tercio al barro y se marchó en silencio, caminando despacio por el camino fangoso. Firulais, el perro
mestizo, de pelaje negro y ojos fieles, caminaba detrás de él en silencio con la
cola baja, como si entendiera perfectamente que el corazón de su amo estaba destrozado y que no había
palabras que pudieran consolarlo en ese momento. Al llegar al extremo del pueblo, cerca de donde empieza la vereda
el mortiño, Hernán se sentó bajo un viejo arrayán, un árbol sagrado para los
antiguos muiscas, con ramas torcidas por el viento del páramo. Levantó la mirada
al cielo gris y tormentoso y murmuró con voz quebrada: “Ay, Dios mío, Virgen de
Chiquinquirá, chinita bendita, no me queda nada más en esta vida que este perro fiel. Tú eres mi único apoyo, mi
única esperanza en esta oscuridad. Y desde ese momento exacto comenzó una
historia que ni Luz Dari ni Hernán habían imaginado jamás. Una historia de milagros, pruebas y redención. La noche
avanzaba fría y oscura, con el viento silvando entre los árboles. Hernán permanecía sentado bajo el arrayán,
temblando de frío, mientras Firulais apoyaba la cabeza en su regazo, dándole
un poco de consuelo con su calor animal. Cuando la oscuridad y el relente se hicieron insoportables, Hernán se
levantó y caminó hacia la parte más profunda del bosque, en la vereda El
Mortiño, donde no vivía nadie, solo los espíritus de los antiguos y los animales
salvajes. Mientras avanzaban por un sendero estrecho, lleno de raíces y barro,
vieron a lo lejos una vieja cabaña en ruinas, hecha de guadua y techo de paja podrida, abandonada desde los tiempos de
la colonia. Hernán entró con cuidado, recogió algunas ramas secas que encontró por el suelo y encendió un fuego pequeño
para combatir el frío que calaba hasta los huesos. Luego se acostó en el suelo de tierra
dura, con firula acurrucado a su lado, y murmuró, “La pobreza no puede destruirme
mientras tú estés conmigo, amigo mío. Tú eres más sincero y leal que mil hombres juntos.” La noche ya estaba bien
avanzada, con el fuego crepitando débilmente. De repente, Firulais comenzó
a gruñir bajo con los pelos herizados. Sus ojos estaban fijos en un rincón
oscuro de la cabaña donde la tierra parecía removida. Hernán se asustó y se
sentó de golpe. ¿Qué pasa, Firulais? ¿Hay algún animal salvaje por aquí cerca? Firulais no dejó de gruñir y
empezó a acabar el suelo con sus patas fuertes tirando tierra para todos lados.
Hernán, intrigado y un poco asustado, tomó una tea encendida del fuego y
alumbró el rincón. La tierra estaba hundida. como si alguien hubiera enterrado algo allí hace muchos años,
quizás en los tiempos de la independencia o incluso antes, cuando los españoles escondían sus tesoros de
los indígenas. Ambos comenzaron a acabar con más fuerza. Hernán con las manos y
Firulais con las patas. Al poco tiempo, las manos de Hernán tocaron algo duro,
parecido a madera vieja. ¡Ay, chinita bendita!”, sus labios temblaron de
emoción. Esto parece la tapa de un cofre antiguo. Quitaron más tierra y apareció
un cofre viejo reforzado con bandas de hierro oxidado, cubierto de musgo verde
y tierra pegada en los bordes. Era muy antiguo, tal vez de la época birreinal.
Con manos temblorosas, Hernán intentó romper el candado oxidado con una piedra
que encontró cerca. Al principio no se movió, pero después de varios golpes fuertes, el candado se rompió con un
ruido seco. Hernán levantó la tapa del cofre lentamente y en el siguiente
instante sus ojos brillaron como nunca en su vida. El cofre estaba lleno hasta
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