Quiero comprar un milagro para curar a mi madre. Era sábado por la mañana, 7 de la

mañana, en un barrio pobre de Monterrey, casa pequeña de una sola habitación, con

paredes de lámina, techo que goteaba cuando llovía, piso de cemento frío. En

la cama, sobre colchón delgado, estaba Adriana Velázquez, 32 años, delgada.

pálida, sudando, con dolor que la hacía gemir, que la hacía retorcerse, que

llevaba 5co días matándola lentamente. A su lado, sentado en el piso, estaba

Mateo, su hijo, 5 años, cabello negro despeinado, ojos grandes, asustados,

llenos de lágrimas que ya no podía contener. “Mami, ¿te duele mucho?” Adriana intentó sonreír a través del

dolor, a través del miedo. Un poquito, mi amor, ya va a pasar. Pero no pasaba.

Llevaba 5 días, 5 días con fiebre, con dolor en el abdomen, con vómitos, sin

poder comer, sin poder levantarse y empeorando, cada día peor. Mateo sabía

que algo estaba muy mal, porque su mamá siempre era fuerte, siempre se levantaba, siempre lo cuidaba. Pero

ahora ella era la que necesitaba cuidados y él solo tenía 5 años. No

sabía qué hacer. Los vecinos habían traído comida los primeros días. Doña

Carmen trajo sopa, don Luis un poco de pan, pero después dejaron de venir

porque pensaban que era gripe, que pasaría, que no era grave. Mateo había

intentado ayudar. Le daba agua a su mamá, le ponía trapos mojados en la frente, como había visto en televisión,

pero no era suficiente. Nada era suficiente. Ese sábado por la mañana,

Adriana se retorció en la cama con grito que asustó a Mateo. Cayó del colchón al

piso. Inconsciente. Mateo corrió hacia ella. “Mami, mami, despierta.” La

sacudió, lloró, gritó, pero Adriana no despertaba. Solo respiraba débil,

irregular, como si estuviera muriendo. Mateo salió corriendo a tocar puertas.

Ayuda, mi mami, ayúdenme. Pero era sábado temprano. Muchos dormían, otros

no querían involucrarse. En barrio pobre la enfermedad significaba gasto,

problema. Nadie quería problemas. Mateo regresó a casa llorando, sin saber qué

hacer. Se sentó junto a su mamá. en el piso, mirándola, respirar, sufrir,

morir. Y recordó algo, algo que su mamá le había dicho hace meses, cuando tenían

dinero, cuando las cosas eran mejor. Mateo, guarda estas monedas para

emergencia, para cuando necesitemos algo muy importante. ¿Como qué, mami? Como un

milagro. Mateo corrió a su escondite bajo tabla suelta en el piso, sacó la

tav vieja, la abrió y contó ocho monedas de 10 pesos, 80 pesos. No sabía si era

mucho o poco, pero era todo lo que tenían. Se puso zapatos rotos con

agujeros, se guardó las monedas en el bolsillo y salió a comprar milagro

porque su mamá lo necesitaba, porque no sabía qué más hacer, porque tenía 5 años

y creía que los milagros se podían comprar. Si tenías suficientes monedas,

caminó por calles del barrio buscando dónde se compran milagros. En la iglesia

no, porque la iglesia estaba cerrada, era temprano en la tienda tal vez, pero

la tienda vendía pan, refrescos, cosas normales, no milagros. Entonces vio

algo, farmacia con cruz verde, con letras que decía farmacia San Rafael. Si

vendían medicinas, tal vez vendían milagros también. Entró la puerta, hizo

ruido, campana vieja, adentro olía alcohol. a medicinas, a Esperanza

Química. Detrás del mostrador estaba don Julio, 75 años, farmacéutico desde hace

50, cabello blanco, anteojos gruesos, manos temblorosas, pero sabias, había

visto todo en 50 años, todas las enfermedades, todas las penas, todas las

esperanzas compradas en frascos. Buenos días, niño. ¿Qué necesitas? Mateo se

acercó con pasos pequeños. con voz que apenas salía. Quiero comprar un milagro.

Quiero comprar un milagro para curar a mi madre. Don Julio bajó los anteojos mirando al

niño. Un milagro. Para mi mami. Está muy enferma. Se cae,

no despierta. Necesito milagro para curarla. ¿Cuánto dinero tienes? Mateo

sacó las ocho monedas, las puso en el mostrador con ruido metálico, con

esperanza de 5 años, 80 pesos. ¿Es suficiente? Don Julio miró las monedas,

después al niño con ojos que se humedecieron. Hijo, los milagros no se

venden aquí, pero yo sé dónde puedes encontrar uno. Mateo lo miró con ojos

enormes. ¿Dónde me puede llevar? Don Julio dudó, pero algo en ese niño, en su

desesperación, en su fe, lo movió. Voy a cerrar la farmacia y te llevo, pero

primero cuéntame qué le pasa a tu mamá. Mateo contó con palabras de niño, tiene

dolor aquí en la panza. Hace 5 días, tiene fiebre, vomita, hoy se cayó y no

despierta. Don Julio sintió alarma. Esos síntomas, dolor abdominal, fiebre, 5

días, pérdida de conciencia, apendicitis, posiblemente o algo peor.

Necesitaba hospital, no farmacia, no milagros, medicina. Espera aquí. Don

Julio fue a la trastienda, hizo llamada rápida, urgente, después regresó con

maletín. Vamos, vamos a buscar ese milagro. Caminaron juntos, niño y

anciano, por calles del barrio. Mateo pensaba que iban a iglesia o a casa de

santo o al lugar mágico donde vendían milagros. Pero don Julio lo llevó a casa

humilde, con jardín pequeño, con flores bien cuidadas. Tocó la puerta. Un hombre

abrió alto, delgado, 60 años, cabello gris, sonrisa amable, ojos que veían

todo. Padre Miguel, este niño necesita ayuda. Su mamá está muy enferma. El