El Chapo se disfrazó y pidió unos tacos. Una mesera le entregó un billete que lo

dejó en silencio. En las carreteras polvorientas que conectan Culiacán con el resto de Sinaloa, donde camioneros,

policías y hombres armados comparten el mismo espacio sin hacer preguntas, una taquería de carretera está a punto de

convertirse en el escenario de una de las traiciones más peligrosas que

Joaquín Guzmán había enfrentado hasta entonces. Lo que comenzó como una parada

casual para comer tacos se transformaría en el descubrimiento de un complot que

amenazaba con desmantelar su imperio desde adentro. Antes de comenzar, no

olvides suscribirte al canal y decirnos desde dónde estás viendo esta historia,

que te mostrará cómo una simple mesera pudo salvar al narcotraficante más

poderoso de México con apenas cinco palabras escritas en un papel: “Quédate

hasta el final, porque lo que sucede cuando el Chapo descubre que sus propios hombres lo están traicionando, desatará

una cacería silenciosa que cambiará las reglas del juego para siempre. Capítulo

El hombre que pedía tacos. Culiacán, Sinaloa. 14 de agosto de 2001. El sol

del mediodía caía implacable sobre la carretera federal que conectaba Culiacán

con Mazatlán, creando ondas de calor que hacían bailar el asfalto bajo las

llantas de los vehículos que transitaban constantemente por esa arteria vital del

estado. A 5 km de la salida norte de la capital sinaloense se alzaba Tacos el

Crucero, una taquería de carretera que había servido como punto de encuentro neutral para todo tipo de viajeros

durante los últimos 15 años. El establecimiento no tenía nada de particular: ocho mesas de plástico bajo

un techo de lámina, una plancha humeante donde se cocían tortillas y carne al

pastor y una barra improvisada. donde se alineaban las salsas caseras que le

habían ganado fama entre los conductores de la región. Lo que hacía especial a este lugar no era su comida, sino su

ubicación estratégica y su política no escrita de no hacer preguntas sobre

quiénes eran sus clientes o qué llevaban en sus vehículos. A las 2 de la tarde,

cuando el calor se volvía insoportable y la mayoría de los viajeros buscaban

refugio bajo cualquier sombra disponible, un suru verde se detuvo en

el estacionamiento de tierra de la taquería. Del vehículo descendió un hombre de estatura media, complexión

robusta, vestido con ropa de trabajo, pantalón de mezclilla desgastado, camisa

de algodón azul claro y botas vaqueras que habían conocido mejores días. En la

cabeza llevaba una gorra de béisbol de los tomateros de Culiacán que ocultaba

parcialmente su rostro. Para cualquier observador casual, era simplemente otro

trabajador de la construcción. o tal vez un supervisor de alguna maquiladora

cercana que paraba a almorzar durante su descanso. Pero bajo esa apariencia común

se escondía Joaquín el Chapo Guzmán, quien había adoptado esa identidad como

parte de una rutina de vigilancia personal que realizaba semanalmente para mantener contacto directo con las calles

de su territorio. El Chapo se dirigió hacia una mesa ubicada en un rincón estratégico que le permitía observar

tanto la entrada principal como la cocina mientras mantenía su espalda protegida por una pared de concreto. Era

un hábito desarrollado después de años de supervivencia en un mundo donde la

paranoia era sinónimo de longevidad. Buenas tardes, saludó una mujer de

aproximadamente 40 años que se acercó a tomar su orden. Se llamaba Esperanza

Morales y llevaba 8 años trabajando en la taquería. Su rostro mostraba las

líneas del trabajo duro y la experiencia de haber visto todo tipo de clientes

pasar por esas mesas, desde familias de turistas hasta grupos de hombres armados

que comían en silencio antes de continuar hacia destinos inciertos.

“¿Qué le sirvo?”, preguntó con la eficiencia profesional de quien había repetido esa misma rutina miles de

veces. Cinco tacos al pastor, bien doraditos, una Coca-Cola fría, y agregue

cebolla y cilantro, respondió el Chapo con voz pausada, manteniendo un acento

que mezclaba lo urbano con lo rural, perfecto para no llamar la atención.

Esperanza asintió y se dirigió hacia la plancha, donde el trompo de carne al

pastor giraba lentamente, despidiendo un aroma que se mezclaba con el humo de las

tortillas recién hechas. Mientras esperaba su orden, el Chapo observó discretamente el movimiento del local y

de la carretera. Era parte de su trabajo conocer el pulso de las calles, identificar cambios en los patrones de

comportamiento que pudieran indicar problemas en el horizonte. La taquería

tenía seis clientes más, dos camioneros que discutían sobre rutas de entrega,

una familia que viajaba hacia la costa, un hombre mayor que comía solo mientras

leía un periódico y dos jóvenes que hablaban en voz baja sobre un trabajo

que tenían que hacer esa noche, nada fuera de lo normal para un lugar como

este. Cuando Esperanza regresó con los tacos, el Chapo notó algo inusual. Junto

al plato, la mesera había colocado discretamente un papel doblado muy pequeño, del tamaño de una servilleta

que parecía formar parte natural del servicio. “Provecho”, dijo Esperanza con

la misma voz profesional, pero sus ojos se encontraron brevemente con los de él

y en esa fracción de segundo, el Chapo captó algo que su experiencia le había

enseñado a reconocer: urgencia contenida. El Chapo tomó el primer taco

y, aparentando normalidad absoluta, desplegó disimuladamente el papel. Lo

que leyó hizo que su mundo se detuviera por un instante. Ya lo están vendiendo

por partes. Las cinco palabras estaban escritas con letra femenina, clara, pero

apresurada. No había firma, no había explicación adicional, solo esa frase

que resonó en la mente de el Chapo como una alarma de emergencia. Sin cambiar su

expresión facial ni alterar su ritmo de comida, el Chapo evaluó rápidamente las

implicaciones de ese mensaje. Vendiendo por partes, solo podía significar una