¿Te acuerdas cuando me prometiste que siempre estarías ahí cuando te necesitara? Eduardo Márquez frenó el

Bentley tan bruscamente que las ruedas chirriaron contra el asfalto húmedo. Las palabras resonaban en su cabeza como un

eco fantasmal mientras observaba la figura encogida en los escalones de mármol de su mansión. Una mujer vestida

con un abrigo gris desgastado que había conocido mejores días, sostenía una pequeña maleta de cuero agrietado entre

sus manos temblorosas. El motor del automóvil se apagó con un suspiro mecánico, pero Eduardo permaneció

inmóvil con las manos aferradas al volante hasta que sus nudillos se volvieron blancos. El corazón le

martilleaba en el pecho como si fuera a explotar. No podía ser ella. No después

de 15 años, no así, apareciendo como un fantasma del pasado en el momento más

inesperado. La mujer alzó la cabeza al escuchar el ruido del coche y cuando sus ojos se encontraron a través del

parabrisas, Eduardo sintió que el mundo se detenía. Esos ojos verdes, idénticos a los suyos,

habían envejecido. Se habían llenado de arrugas en las comisuras, pero seguían siendo los

mismos que lo habían consolado durante las noches de tormenta cuando era niño. Carmen Márquez se puso de pie

lentamente, como si cada movimiento le costara un esfuerzo sobrehumano. su cabello, que una vez había sido del

mismo castaño oscuro que el de Eduardo, ahora lucía completamente gris, recogido

en un moño sencillo que dejaba ver las líneas profundas de su rostro. Sus mejillas, antes llenas y rosadas, ahora

parecían hundidas y sus labios temblaban ligeramente. Ya fuera por el frío de

octubre o por la emoción, Eduardo salió del automóvil con movimientos robóticos.

Sus zapatos italianos de cuero resonaron contra el pavimento mientras se acercaba, cada paso amplificado en el

silencio sepulcral del vecindario exclusivo. Las mansiones circundantes permanecían en silencio, como monumentos

silenciosos a la riqueza y el éxito que él había conseguido durante esos 15 años de ausencia.

“Mamá”, murmuró finalmente y la palabra le salió rasposa, como si no la hubiera

pronunciado en décadas. Carmen sonrió y aunque era una sonrisa quebrada, llena

de dolor y súplica, seguía siendo la misma sonrisa que había iluminado los primeros años de su vida. Las lágrimas

comenzaron a correr por sus mejillas mientras daba un paso vacilante hacia él. “Eduardo, mi niño”, susurró con una

voz que era un eco distorsionado de sus recuerdos. Sabía que algún día sabía que vendría el

momento. Eduardo se detuvo a 3 metros de distancia, como si hubiera una barrera invisible entre ellos. Su traje de

diseñador contrastaba brutalmente con la ropa modesta y gastada de su madre. El reloj de oro en su muñeca valía más que

todo lo que ella llevaba puesto, incluyendo la maleta que parecía haber sobrevivido a décadas de uso. “¿Qué

haces aquí?”, preguntó. Y aunque intentó que sonara firme, su voz traicionó la confusión y el dolor que bullían en su

interior. Carmen bajó la mirada hacia sus manos, donde sostenía algo que Eduardo no había notado antes. Una

fotografía amarillenta y desgastada. Incluso desde la distancia podía

distinguir las figuras borrosas de una familia joven y feliz. “Tu hermana”,

comenzó a decir Carmen, pero su voz se quebró. tragó saliva y lo intentó de

nuevo. María está enferma, Eduardo, muy enferma.

El nombre de su hermana menor cayó sobre Eduardo como un puñetazo en el estómago. María, que tenía solo 8 años cuando él

se marchó, enfurecido y herido, gritándole a su madre que nunca más quería verla. María, que había llorado y

le había suplicado que no se fuera. María, cuya imagen había tratado de borrar de su memoria junto con todo lo

demás de su vida anterior. ¿Qué le pasa?, preguntó automáticamente antes de

que su mente pudiera detener las palabras. Leucemia, respondió Carmen, y

la palabra se suspendió en el aire entre ellos como una sentencia de muerte. Los doctores dicen que dicen que necesita un

tratamiento muy caro. Hay una clínica en Suiza que Eduardo levantó la mano

cortándola abruptamente. Su mente empresarial se activó de inmediato, calculando, evaluando, analizando. Había

construido un imperio financiero desde cero. Había aprendido a leer las motivaciones de las personas, a detectar

las mentiras y las manipulaciones a kilómetros de distancia. ¿Cuánto?, preguntó con frialdad.

Carmen parpadeó, confundida por la brusquedad de la pregunta. ¿Cuánto dinero necesitas? Aclaró Eduardo

cruzándose de brazos. El dolor que cruzó el rostro de su madre fue tan intenso que Eduardo casi retrocedió. Carmen

apretó la fotografía contra su pecho como si fuera un escudo. “No vine aquí por dinero, Eduardo”, dijo con una

dignidad quebrada, pero real. Vine porque tu hermana me pidió que te viera una vez más antes de antes de que fuera

demasiado tarde. Ella te recuerda, ¿sabes? Aún habla de su hermano mayor que le contaba cuentos por las noches.

Eduardo sintió que algo se resquebrajaba en su pecho, pero se obligó a mantener la compostura. Durante 15 años había

construido murallas alrededor de su corazón. Había enterrado los recuerdos dolorosos bajo montañas de éxito y

riqueza. No podía permitir que todo se desmoronara. Ahora las cosas han

cambiado”, murmuró observando la mansión que se alzaba detrás de su madre como un

testimonio de cuánto había cambiado realmente. “Ya no soy el mismo niño que conociste.” Carmen asintió lentamente,

como si hubiera esperado esa respuesta. Lo sé, dijo en voz baja. Puedo verlo,

pero Eduardo, por favor, solo dame 5 minutos, 5 minutos para que te cuente

sobre María, sobre lo que ha sido nuestra vida y después, si quieres que me vaya, me iré y no volverás a verme

nunca más. Eduardo miró hacia su casa con sus ventanas perfectas y su jardín

inmaculadamente cuidado. Por las ventanas podía ver las luces cálidas del interior, los muebles caros, las obras

de arte que había coleccionado, todo lo que había construido para demostrar que había triunfado, que había

superado su pasado. Pero ahí estaba su pasado. Sentado en sus escalones con una

maleta vieja y los ojos llenos de lágrimas. 5 minutos. concedió finalmente

sacando las llaves de su bolsillo, pero nada más. La llave dorada giró en la

cerradura con un click metálico que resonó como un disparo en el silencio. Eduardo empujó la puerta de roble macizo

y el aroma familiar de su hogar lo envolvió. Una mezcla de cera para muebles, flores frescas que la empleada

doméstica cambiaba cada dos días y el tenue rastro del perfume francés que había usado esa mañana. Carmen vaciló en

el umbral, sus ojos recorriendo el vestíbulo de mármol con una expresión que Eduardo no pudo descifrar. Era