Esperanza. Tenía apenas tres días viviendo en las calles cuando la lluvia más fuerte de aquel invierno cayó sobre

Morelia. 18 años. Era todo lo que el orfanato San Miguel necesitaba para

ponerla del otro lado de los portones con una mochila vieja y 20 pesos en el

bolsillo. Ninguna familia, ningún documento, además de un acta de nacimiento sin nombre de padre ni madre,

apenas un medallón de plata gastado por el tiempo con la letra E grabada y una

fecha que nadie nunca supo explicar. 15 de septiembre.

Aquella mañana, temblando debajo de una marquesina en la plaza central, Esperanza ya había tocado 47 puertas

pidiendo trabajo. 47 veces le dijeron que no. Algunas personas ni siquiera

abrían. Otras miraban su ropa mojada y cerraban en su cara sin decir una

palabra. Fue cuando el carro negro se detuvo. Un señor de cabellos blancos bajó despacio,

apoyado en un bastón de madera oscura. Debía tener unos 80 años, pero sus ojos

tenían algo que Esperanza no conseguía descifrar. Se quedó parado bajo la

lluvia, mirándola como si hubiera visto un fantasma. ¿Qué estás haciendo aquí

sola, muchacha? La voz de él tembló. No de frío, de otra cosa. Esperanza no

sabía que aquel hombre se llamaba don Emilio Montemayor. No sabía que era dueño de una mansión

antigua a las orillas del lago de Patscuaro. No sabía que hacía 15 años él

buscaba a alguien que nunca encontró y principalmente no sabía que dentro de

aquella mansión, en un despacho cerrado con llave, existía un cuadro cubierto

por un paño negro que nadie tenía permiso de tocar. Un cuadro que mostraba

el rostro de una niña pequeña, una niña que llevaba en el cuello exactamente el

mismo medallón que Esperanza apretaba ahora entre los dedos. La vida de

esperanza nunca había sido fácil, pero ella había aprendido a no quejarse. En

el orfanato San Miguel, las monjas enseñaban que la gratitud era más

importante que la comodidad y Esperanza se aferraba a esa lección como quien se

aferra a una cuerda sobre un abismo. Había llegado al orfanato cuando tenía

apenas 3 años. Una mañana de septiembre, las monjas encontraron una canasta en la puerta con

una bebé envuelta en una cobija azul desteñida. No había carta, no había

explicación, solo el medallón de plata colgando de su cuello y aquella fecha grabada que coincidía con el día en que

la encontraron. Durante 15 años, Esperanza vio a otros

niños siendo adoptados. vio familias llegando con sonrisas

esperanzadas, eligiendo a los más pequeños, a los más simpáticos, a los

que no hacían preguntas difíciles. Ella siempre se quedaba atrás,

observando desde una esquina del patio, fingiendo que no le importaba. Cuando

cumplió 10 años, dejó de esperar. Cuando cumplió 15, dejó de soñar. Y cuando

cumplió 18, la madre superiora la llamó a su oficina con aquella expresión que

Esperanza conocía demasiado bien, la expresión que significaba que su tiempo

había terminado. “Te deseo lo mejor, hija”, dijo la monja entregándole un

sobre con sus documentos. Que Dios te acompañe. Y así, sin más ceremonia,

Esperanza caminó hacia un mundo que no conocía, cargando todo lo que poseía en

una mochila raída y un medallón cuyo significado jamás había logrado

descifrar. Los primeros dos días fueron los más difíciles que Esperanza había vivido en

sus 18 años de existencia. Caminó por las calles empedradas de Morelia.

buscando cualquier trabajo que le permitiera comer algo caliente y dormir bajo un techo. Tocó puertas de

restaurantes ofreciéndose como lavatrastes. Entró en tiendas preguntando si necesitaban ayuda. Visitó

casas grandes con jardines floridos, rogando que la contrataran para limpiar,

cocinar, lo que fuera. La respuesta siempre era la misma. No hay trabajo. No

necesitamos a nadie. vuelve en otro momento. La primera noche durmió en el

atrio de una iglesia acurrucada contra una columna de piedra fría. La segunda

noche encontró refugio debajo de un puente compartiendo espacio con dos perros callejeros que se acercaron a

ella buscando calor. El hambre era un animal que le mordía el estómago sin

descanso, pero Esperanza había aprendido a ignorar el dolor. En el orfanato, las

raciones nunca fueron abundantes y su cuerpo estaba acostumbrado a funcionar con poco, pero nada la había preparado

para la soledad. En el orfanato, aunque nadie la amaba de verdad, al menos había

voces. Había el sonido de otros niños jugando, de las monjas rezando, de las

campanas llamando a comer. Ahora solo existía el silencio de la noche

interrumpido por el ladrido lejano de un perro o el motor de algún carro pasando

sin detenerse. El tercer día amaneció gris. Las nubes se acumulaban sobre la ciudad

como un presagio y Esperanza supo que la lluvia vendría antes del mediodía.

Necesitaba encontrar refugio, necesitaba encontrar algo, cualquier cosa. Caminó

hasta la plaza central con las piernas temblando de debilidad. se sentó en un

banco de hierro frente a la fuente seca, observando a las personas pasar, familias con niños, parejas tomadas de

la mano, vendedores empujando sus carritos. Todos tenían un lugar a donde

ir, todos menos ella. Fue entonces cuando el cielo se abrió. La lluvia cayó

con una fuerza brutal, como si el mundo entero se estuviera derrumbando en forma

de agua. Esperanza corrió hacia la marquesina más cercana, una estructura

de metal oxidado que apenas cubría unos metros cuadrados. Se apretó contra la

pared, abrazándose a sí misma, sintiendo el frío penetrar hasta sus huesos. Las

horas pasaron, la lluvia no cedía. Las pocas personas que transitaban lo hacían

corriendo, cubriéndose con paraguas o periódicos, sin siquiera mirar hacia donde ella estaba. Esperanza comenzó a

preguntarse si así sería siempre, si su vida entera sería esa sensación de ser