l niño millonario dejó de caminar de repente, pero la limpiadora vio sus

zapatos y descubrió la tortura. La sangre brotó del dedo índice de

Guadalupe Morales en el [música] instante exacto en que su mano tocó el interior del zapato deportivo Nike Air

Jordan [música] Retro, de edición limitada que costaba 12,500 pes,

[música] exactamente la mitad de su salario mensual como empleada doméstica

en la mansión [música] Castellanos Ruiz,E ubicada en Paseo de la Reforma, en la

zona [música] más exclusiva de la Ciudad de México. El dolor fue agudo, punz, el

tipo de dolor que viene de algo filoso perforando carne sin aviso. [música] Guadalupe retiró su mano rápidamente,

observando como una gota carmesí [música] caía sobre el piso de mármol calacata italiano del vestidor de 45 m²,

que había costado 2.8 [música] millones de pesos decorar, solo para

guardar la ropa de un niño de 11 años. Pero no fue el dolor lo que hizo

[música] que el corazón de Guadalupe se detuviera. Fue lo que vio cuando volteó

el zapato del revés bajo la luz brillante del candelabro de cristal Swarovski [música] que colgaba del

techo, iluminando el interior de la zapatilla con claridad brutal y

reveladora. Incrustadas en la plantilla de gel de memoria diseñada ergonómicamente [música] para

proporcionar máximo confort atlético. Había docenas, tal vez 50 o 60 tachuelas

de acero inoxidable. [música] No eran tachuelas ordinarias del tipo que se usa para colgar pósters en

paredes de [música] corcho. Estas eran tachuelas de tapicería profesional

[música] con puntas afiladas como agujas de aproximadamente 8 mm de largo,

colocadas meticulosamente en patrón, [música] que garantizaba que cada vez que Matías Castellanos, el heredero de

11 años de una fortuna evaluada en más de 300 millones de [música] dólares,

pusiera su pie dentro de ese zapato, las puntas perforarían la planta de [música]

su pie con precisión quirúrgica. Las tachuelas no estaban simplemente

presionadas contra la [música] plantilla. Alguien las había pegado con adhesivo industrial de alta resistencia,

el tipo usado en construcción, asegurándose de que no se movieran, de

que no se cayeran, de que permanecieran exactamente donde fueron colocadas, con

las puntas hacia arriba, esperando carne suave que perforar. Y no era solo un

zapato. Guadalupe tomó el otro zapato del par de Jordans con manos temblorosas, [música]

volteándolo también. Mismo patrón, misma cantidad obscena de tachuelas afiladas

pegadas al interior, misma intención malévola. Sus ojos se movieron hacia el

resto del closet del niño. Había aproximadamente 30 pares de zapatos

deportivos, todos de marcas caras. Nike, [música] Adidas, Puma, New Balance, cada

par valiendo entre [música] 4000 y 15000 pesos. Zapatos de entrenamiento, zapatos

de basquetbol, [música] zapatos de tenis, zapatos para correr. Matías era atleta competitivo, jugaba en

equipos élite de [música] basketbol y tenis, representando a su escuela privada que costaba 180,000 pesos

anuales solo de colegiatura. Necesitaba [música] buenos zapatos deportivos. Su padre

Rodrigo Castellanos, propietario de una cadena de concesionarias de autos de

lujo que generaban ingresos anuales de más de [música] 50 millones de dólares.

Nunca escatimaba en equipo deportivo [música] para su hijo talentoso. Guadalupe

comenzó a revisar [música] otros pares metódicamente, volteando cada zapato,

examinando el interior. [música] Su dedo sangrante manchaba algunos mientras

trabajaba, pero no [música] le importaba. Necesitaba saber la extensión de esto. El segundo par, zapatos de

basketball [música] Nike LeBron James, edición especial 11800 [música] pesos. volteó la

plantilla, tachuelas, 50, tal vez [música] 60 en el mismo patrón

diabólico. El tercer par, zapatos de entrenamiento [música] Adidas Ultraboost

7500 pesos. Tachuelas. El cuarto par, zapatos de tenis Nike Court [música]

Airzum, 8900 pesos. Tachuelas. Guadalupe

sintió náusea subiendo por su garganta. Cada par de zapatos deportivos que [música] Matías usaba para atletismo

había sido modificado con estas agujas mortales. [música] No los zapatos casuales, no los

mocacines de diseñador que [música] usaba para ir a restaurantes caros, no las sandalias de cuero italiano que

usaba alrededor de la alberca, solo los zapatos deportivos, solo los zapatos que

usaba para entrenar, para competir, para jugar los deportes que amaba con pasión

absoluta. Matías Castellanos había dejado de caminar hace exactamente tres

semanas, no de repente, como si un interruptor hubiera sido apagado. Había

sido gradual, doloroso de observar para cualquiera que realmente prestara

atención. Primero comenzó a cojear ligeramente durante sus [música] entrenamientos de basquetbol. Luego

comenzó a quejarse de que sus pies le dolían después de práctica. [música] Luego comenzó a pedirle a su padre que

lo recogiera de la escuela en lugar de caminar los 200 m desde el edificio

[música] principal hasta el estacionamiento, como siempre había hecho. Luego comenzó a tener dificultad

subiendo las escaleras de mármol de la mansión de tres pisos. Luego comenzó a llorar de dolor cuando intentaba ponerse

de pie después de estar sentado por más de 10 minutos. Y luego, hace una semana

exactamente dejó de caminar completamente. Se despertó una mañana y cuando intentó

salir de su cama, que era un diseño personalizado hecho en Milán, que había

costado 180,000 pes, con colchón ortopédico [música] de 95,000 pes,

diseñado específicamente para atletas jóvenes, [música] sus piernas simplemente no respondieron.

No por parálisis, sus piernas se movían cuando estaba acostado, pero el dolor en

sus pies era tan intenso, tan insoportable, que su cerebro se negaba a enviar