Bienvenido al canal Cuentos de Villa. Dinos desde dónde nos estás escuchando,

compadre. Déjanos tu like y agárrate, porque lo que viene te va a herizar

hasta los huesos. Un coronel destruyó una aldea por diversión, humilló a su

gente y se burló de la debilidad ajena hasta que Pancho Villa apareció y lo

hizo pagar caminando por su propia locura. Esto es justicia del norte.

Dicen que en una mañana seca de 1915, cuando el sol apenas asomaba por las

lomas que bajan de Tonachi, el coronel Aristi Moya ordenó cercar la plaza con

sus hombres. No hubo razón de guerra ni estrategia militar que justificara lo

que vino después. Fue puro gusto de mando, pura soberbia, de quien cree que

el poder le da licencia para hacer lo que se le antoje. Moya era hijo de un

capataz que nunca había perdonado su propia pobreza. Y ahora que portaba insignias y tenía tropa bajo su mando,

quería que todo el norte supiera que sus órdenes eran ley y que la ley no

necesitaba dar explicaciones a nadie. La aldea de Tonachi era gente de milpa y

barro. de manos curtidas por la tierra y corazones firmes en la fe. Familias que

sembraban maíz cuando había agua, que molían el nixtamal en metates heredados

de las abuelas, que rezaban en las noches con rosarios gastados de tanto

pedirle a Dios misericordia. No eran gente de armas ni de conflictos.

Apenas sabían de la revolución por los rumores que traían los arrieros que bajaban de la sierra. vivían como habían

vivido siempre, con lo poco que tenían y con la esperanza de que Dios no los

olvidara. Pero ese día Dios pareció mirar para otro lado. O tal vez estaba

probando hasta dónde puede llegar la crueldad de un hombre cuando se siente todopoderoso.

Moya mandó derribar las puertas de las casas a culatazos, quemar los jacales

más pobres para que el humo se viera desde lejos, y arrasar con los galpones

donde guardaban las semillas y las herramientas. Los hombres que intentaron defender a sus familias fueron sometidos

sin compasión los viejos arrancados de sus altares y empujados al polvo de la

plaza, sin que nadie les diera tiempo de despedirse de este mundo con dignidad.

Las mujeres fueron humilladas frente a todos para que aprendieran, según las

palabras del coronel, a bajar la cabeza cuando pasa la autoridad y los niños.

Ay, los niños fueron arrancados de los brazos de sus madres como si fueran cosas, objetos sin alma ni nombre.

Algunos lloraban, otros estaban tan asustados que ni un sonido salían de sus

gargantas. Fueron metidos en carretones como si fueran animales de carga

destinados a servir en las casas de oficiales y en las cocinas de haciendas cercanas. El coronel Moya repetía con

voz firme como quien recita un evangelio torcido que el miedo educa más rápido

que cualquier escuela y que pronto esa gente entendería que obedecer era su

único camino. No pidió disculpas, no buscó justificación.

El placer que sentía al ver el orden que imaginaba nacido de la ruina ajena era

suficiente recompensa para él. Cuando la tropa se retiró, dejando atrás solo

escombros y silencio, la aldea quedó como un cuerpo sin alma. Las cenizas

flotaban en el aire caliente, mezclándose con el olor acre de la madera quemada y con algo más profundo,

el olor del dolor que se queda pegado en la tierra y no se va nunca. Las pocas

personas que quedaron no tenían fuerzas ni para llorar. Se sentaron en el polvo

mirando la nada, preguntándose en silencio si Dios los había abandonado o

si esto era parte de algún plan divino que sus mentes cansadas no alcanzaban a

comprender. Entre los que sobrevivieron estaba doña Tomasa, una anciana de

rostro arrugado como la corteza de un mezquite viejo que había perdido a su

esposo en el caos. Don Esteban, su compañero de toda la vida, había caído

tratando de proteger el oratorio donde guardaban la imagen de la Virgen de Guadalupe. Tomasa apretaba contra su

pecho un pañuelo blanco donde había guardado las cuentas quemadas de un rosario. Era lo único que le quedaba de

él, además de los recuerdos y la pena que le apretaba el corazón como una mano de hierro. También estaba Yaretsi, una

joven de ojos oscuros y manos fuertes, que había trabajado desde niña ayudando

a su madre con el telar. Ahora buscaba entre los escombros a su hermana menor,

Shitle, una niña de apenas 8 años que había sido llevada por un sargento de

bigote grasoso y sonrisa torcida. Yaretsi caminaba de un lado a otro,

preguntando a todos si la habían visto, si sabían dónde la habían llevado. Nadie

tenía respuestas, solo miradas vacías y silencios que pesaban más que las piedras. Y estaba Jacinto, un muchacho

flaco y rengo que había escapado por una zanja cuando vio venir a los soldados.

se había escondido entre los matorrales durante horas, temblando de miedo y de

frío, aunque el día había sido caluroso. Ahora regresaba cojeando con la ropa

rasgada y la mirada de quien ha visto demasiado para su corta edad. Tenía apenas 14 años, pero sus ojos parecían

los de un viejo que ya no espera nada bueno de la vida. Las semanas pasaron

pesadas como piedras en el pecho. La gente de Tonachi intentó reconstruir lo

que podía, pero era difícil levantar paredes cuando el alma estaba derribada.

El coronel Moya y su tropa se habían instalado en el cuartel de Parral, donde

celebraban su victoria con mezcal barato y naipes, contando historias exageradas

de su hazaña, como si hubieran derrotado a un ejército enemigo y no destruido una

aldea indefensa. Pero las noticias, como el viento del desierto, tienen forma de

llegar a donde deben llegar. Y llegaron, con pasos lentos, pero seguros, hasta