La mañana era gris y pesada cuando el automóvil negro se detuvo frente al viejo portón de hierro del orfanato.

El edificio parecía cansado.
Las paredes estaban desgastadas por los años y las ventanas antiguas apenas dejaban pasar la luz del cielo nublado. A simple vista, nadie pensaría que detrás de aquel lugar silencioso se escondía una historia capaz de cambiar varias vidas para siempre.

En el asiento trasero del coche estaba sentado un niño de ocho años.

Se llamaba Nicolás.

Llevaba un pequeño abrigo azul, demasiado grande para su cuerpo delgado, y abrazaba contra el pecho una mochila gastada. Dentro de ella había pocas cosas: un cuaderno, un coche de juguete y una fotografía arrugada que ya había visto tantas veces que podía recordarla incluso con los ojos cerrados.

En la foto aparecía él, sonriendo entre dos personas.

Su padre.

Y una mujer que no era su madre, pero que durante algún tiempo había fingido serlo.

La puerta del coche se abrió.

La mujer bajó primero. Sus tacones golpearon el suelo húmedo con una seguridad fría, casi impaciente.

Era Verónica, la madrastra de Nicolás.

Miró el edificio con disgusto.

Luego abrió la puerta trasera.

—Baja.

Nicolás dudó un momento.

—¿Papá vendrá después?

Verónica no lo miró a los ojos.

—Tu padre está ocupado.

El niño bajó lentamente del automóvil. El viento frío le movió el cabello oscuro y levantó un poco el borde de su abrigo.

Miró el edificio.

No entendía muy bien qué hacía allí.

—¿Vamos a visitar a alguien?

Verónica suspiró con irritación, como si cada pregunta fuera una carga.

—Escucha bien, Nicolás.

El niño levantó la mirada.

—Te vas a quedar aquí un tiempo.

El corazón del pequeño dio un salto.

—¿Aquí?

—Sí.

—Pero… yo quiero ir a casa.

Verónica finalmente lo miró.

Sus ojos no tenían ninguna ternura.

—Esta es tu casa ahora.