MACABRO CASO en Ciudad de México PSICÓLOGA que DESCUARTIZÓ a su MARIDO Caso Alan Carrera1

A las 5 de la mañana, en pleno corazón de Ciudad de México, la policía encontró una maleta roja abandonada en una esquina. Al acercarse, un olor nauseabundo invadió el aire. Dentro, partes humanas desmembradas, sin documentos, sin rostro, sin identidad. ¿Quién era la víctima y quién podría ser capaz de un acto tan brutal? María Alejandra La Fuente Casco era una joven psicóloga mexicana reconocida por su belleza y dedicación al cuidado físico.

 Aunque no hay mucha información biográfica sobre ella, se sabía que se mantenía en forma con ejercicio regular y prestaba mucha atención a su imagen. Tenía el cabello negro y largo, labios gruesos y una mirada profunda. Le encantaba ir a la playa y tomar el sol para mantener un bronceado llamativo. Siguió los pasos de su padre, Alberto Eduardo Isidro la Fuente Grimaldi, un prestigioso psiquiatra.

 Ella lo admiraba profundamente, lo que la llevó a estudiar psicología. Con el tiempo se especializó en tratar adolescentes y jóvenes con problemas de depresión, ansiedad y trastornos de conducta. Su consultorio estaba en la calle Tlacotalpan, colonia Roma Sur, en la Ciudad de México. María Alejandra estaba divorciada y tenía dos hijos.

Aunque deseaba volver a enamorarse y formar una nueva familia, su separación no fue pacífica. De hecho, en 2011 protagonizó un hecho sorprendente con su exesposo, según el testimonio del hombre, cuyo nombre fue reservado por las autoridades. Un día fue a recoger a sus hijos y ella lo invitó a entrar.

 Le pidió que se sentara en el sofá, el cual estaba cubierto de plástico, algo inusual. Él dudó, pero ella insistió diciendo que su hija tenía una sorpresa para él. Con esa excusa logró convencerlo de vendarse los ojos y sentarse. Pasaron varios minutos sin que apareciera la niña ni se escuchara a María Alejandra. Entonces el hombre empezó a sospechar que algo andaba mal.

 Justo cuando estaba por reaccionar, recibió un golpe en la cabeza con un atizador de chimenea. Se quitó la venda de inmediato y le pidió a María Alejandra que se calmara, pero ella siguió atacándolo. Cuando intentó huir, se dio cuenta de que la puerta estaba cerrada. Cuando María Alejandra sintió que tenía el control de la situación, fue a la cocina y tomó un objeto filoso.

 En medio de una tensa confrontación con su exesposo, lo usó para atacarlo. Él, sorprendido y en desventaja, trató de defenderse e impedir que la situación pasara a mayores, pero ella reaccionó con agresividad. En ese momento también intentó administrarle una sustancia utilizando una jeringa. Afortunadamente, él logró liberarse tras un forcejeo y consiguió salir del lugar con vida.

 Su hija, que ya había presenciado anteriormente varios enfrentamientos violentos entre sus padres, fue testigo de todo lo ocurrido esa noche. En ninguna de las ocasiones anteriores habían recurrido a la intervención de las autoridades, pero esta vez fue distinta. El hombre sintió que María Alejandra había cruzado un límite y decidió denunciarla.

 De acuerdo con los expedientes, la Fiscalía de Homicidios de la Procuraduría de la Ciudad de México la acusó por el delito de tentativa de homicidio. María Alejandra fue detenida y el juezo penal dictó auto deformal prisión. Más adelante, el delito fue reclasificado como homicidio, atenuado en grado de tentativa y el 14 de junio de 2012 fue sentenciada a un año y 4 meses de cárcel.

 No obstante, ella y su equipo legal se movieron con rapidez para obtener beneficios legales. Consiguieron una sustitución de la pena por el pago de multas, así como la suspensión condicional y la reparación del daño. María Alejandra pagó 18 843 pesos mexicanos, equivalentes a uno 109 como multa y 31 200 pesos, unos uno, 836 por el daño moral.

 A pesar de esas ventajas, sus abogados no estaban conformes con la resolución. Alegaron que María Alejandra actuó en legítima defensa, ya que su exesposo la golpeaba. presentaron una apelación que fue revisada por los magistrados de la novena sala penal. Finalmente, los jueces resolvieron que ella no era penalmente responsable.

Ordenaron su libertad plena, levantando así toda condena en su contra. Una vez que recuperó la libertad, María Alejandra retomó su práctica como psicóloga como si nada hubiera pasado. La imagen que proyectaba jugó a su favor. se mostraba como una mujer fuerte, empoderada, que había sobrevivido a la violencia de género.

Para muchos era un ejemplo de una nueva vida, pero también traía consigo una nueva víctima. De regreso en su consultorio conoció a Alan Carrera Cuellar, un empresario mexicano de 41 años, alto 1.8m y corpulento 95 kg. Alan era hijo de Adrián Carrera Fuentes, exdirector de la desaparecida policía judicial federal, quien había tenido una carrera extensa y exitosa en diferentes cuerpos de seguridad del país.

 Durante su tiempo como funcionario, Adrián fundó varios negocios vinculados al sector de la construcción, con especialidad en la venta de azulejos. Así nació una cadena comercial en el sur de México, conocida como el gigante de los azulejos. Aunque sus empresas eran legales, Adrián mantenía nexos con el crimen organizado, lo que eventualmente lo llevó a ser destituido y procesado.

 Se le acusó de tener vínculos con el cártel de Juárez, una poderosa organización criminal dedicada al tráfico de drogas y otras actividades ilícitas, que operaba desde Ciudad Juárez y era liderada por Amado Carrillo, alias el Señor de los Cielos. Este último murió en 1997 en la ciudad de México tras someterse a una cirugía estética para cambiar de identidad.

 Además, a Adrián se le señaló por brindar protección tanto a Carrillo como a Juan García Ábrego, líder del cártel del Golfo, quien llegó a figurar en la lista de los 10 criminales más buscados por el FBI en los años 90. García Ábrego fue capturado en enero de 1996 en Monterrey, extraditado a Estados Unidos y condenado por 22 delitos relacionados con lavado de dinero, tráfico de drogas y crimen organizado.

 Actualmente cumple 11 cadenas perpetuas en una prisión de máxima seguridad en Colorado. Estos antecedentes son clave porque marcaron profundamente la vida de Alan, tanto directa como indirectamente. Las pruebas reunidas contra Adrián y su confesión anticipaban una condena mínima de 20 años. No obstante, logró acogerse al programa de testigos protegidos de la Procuraduría General de México en el marco de las investigaciones contra el cártel de Juárez.

 El 18 de julio del año 2000, Adrián Carrera Fuentes salió en libertad. Desde entonces se dedicó de lleno a sus negocios. Su hijo Alan se incorporó al emprendimiento familiar como gerente de las tiendas de azulejos para construcción, fundadas por su influyente padre. Este rol le generaba buenos ingresos y además le dejaba bastante tiempo libre.

 Alan estaba casado y tenía una hija, pero a comienzos de 2011 se divorció. La separación lo afectó profundamente. Cayó en una fuerte depresión y desarrolló una adicción al alcohol. Fue entonces cuando decidió buscar ayuda profesional y comenzó terapia con Alberto, el padre de María Alejandra. Mientras tanto, su hija adolescente también sufría las secuelas emocionales del divorcio.

 Para ayudarla a afrontar ese proceso, el terapeuta de su padre recomendó que recibiera atención psicológica y así la joven terminó siendo atendida por María Alejandra. Alan solía acompañar a su hija a las consultas. Después de la tercera sesión, María Alejandra le pidió a la joven que le presentara a su padre.

 alegó que era por motivos estrictamente terapéuticos, ya que quería entrevistarlo para avanzar mejor en el tratamiento. Pero en realidad esa fue solo una excusa. Lo que realmente quería era conocerlo a nivel personal. No pasó mucho tiempo antes de que entre ambos surgiera una relación sentimental. Cuando la adolescente se enteró del romance, reaccionó con enojo y dejó de asistir a terapia.

 Antes de alejarse, enfrentó a María Alejandra y la acusó de haber actuado de manera inapropiada, pero la psicóloga reaccionó de forma violenta. Amenazó a la joven con matarla si intentaba interferir en la relación. Pocas semanas después, lo que había comenzado como citas y encuentros románticos terminó con una propuesta de matrimonio por parte de Alan.

 decidió rehacer su vida junto a María Alejandra, sin tener idea de los motivos reales por los cuales ella se había separado de su exesposo. Durante un fin de semana de abril de 2014, Alan visitó a su familia y les presentó a María Alejandra como su prometida. Les dijo que en una semana se casarían y ella incluso insinuó que podría estar embarazada.

La boda se llevó a cabo el lunes siguiente. Sin embargo, ningún miembro de la familia Carrera Cuellar asistió. El motivo fue simple. No habían sido invitados. María Alejandra les dijo que la ceremonia sería muy íntima. Del amor al horror, el paso fue corto. Lo que parecía una historia romántica pronto se tornó en una pesadilla.

 María Alejandra, que hasta entonces había proyectado una imagen impecable, empezó a revelar su verdadera personalidad. Después del matrimonio, la relación cambió drásticamente. Aunque Alan era un hombre discreto y no compartía muchos detalles, se supo que la convivencia se volvió conflictiva y con episodios de violencia crecientes.

La familia de Alan nunca aprobó del todo su vínculo con María Alejandra. lo notaban más irritable, estresado y distante. En algún punto, María Alejandra empezó a revisar el teléfono de Alan sin su consentimiento. Según contó después, encontró mensajes comprometedores que, a su juicio, probaban que él tenía una relación con otra mujer.

  Esa supuesta infidelidad fue para ella el límite. argumentó que ya no soportaba los malos tratos, que, según decía, recibía constantemente y que no pensaba tolerar tampoco engaños. Convencida de que la relación no tenía solución, no contempló la posibilidad de una separación legal o asistir a terapia como en sus anteriores matrimonios.

 Esta vez decidió que la única salida era eliminarlo. A partir de ahí empezó a planear con frialdad cómo llevar a cabo su propósito. Mientras tanto, Alan parecía ajeno a la gravedad del conflicto. Mantenía sus rutinas laborales y sus lazos con familiares y amigos. Pese a las tensiones con María Alejandra, seguía muy unido a los suyos.

 Se comunicaba con ellos a diario por WhatsApp. Aunque su familia no aprobaba la rapidez del matrimonio, lo respetaban y lo apoyaban. Pero sin previo aviso, esa comunicación diaria se interrumpió. Algo claramente había cambiado. El 31 de octubre de 2014 fue la última vez que Alan mantuvo contacto por mensaje con su familia y personas cercanas.

 De un momento a otro dejó de aparecer tanto en el trabajo como en las casas de sus padres y de su hija. Aunque seguía respondiendo algunos mensajes de texto, estos tenían un tono extraño, como si no los hubiera escrito. Él no atendía llamadas ni enviaba audios, lo cual generó aún más preocupación. El 5 de noviembre de ese mismo año, María Alejandra puso en marcha su plan con frialdad y total premeditación.

Esperó a que Alan regresara del trabajo y le ofreció una bebida que contenía benzodiacepinas, un medicamento psicotrópico utilizado para tratar trastornos del ánimo y que actúa como sedante. Este tipo de fármaco de uso controlado reduce la actividad física y provoca somnolencia. Una vez que confirmó que Alan estaba completamente sedado, María Alejandra llevó a cabo el siguiente paso de su plan utilizando un objeto de cocina.

Tras el ataque, procedió con frialdad a encubrir lo sucedido, tomando medidas drásticas para ocultar toda evidencia. Colocó el cuerpo en el suelo de la recámara y, utilizando herramientas domésticas procedió a ocultar toda evidencia de lo ocurrido. Dividió los restos en varias bolsas que luego introdujo en una maleta roja para transportarlas con mayor facilidad.

 Las partes más sensibles las guardó por separado, en un lugar poco accesible dentro de su propia cocina. Al tener todo listo, cerca de las 12:45 de la madrugada, María Alejandra llamó a los vigilantes del conjunto residencial donde vivían. El Mariano Abasolo, ubicado en la colonia del Valle Tepán, Ciudad de México, les pidió ayuda para subir la maleta a su camioneta.

Según lo registrado en la bitácora de vigilancia, los guardias la notaron nerviosa, inquieta, volteando constantemente hacia todos lados. Al preguntarle qué contenía la maleta, ella respondió que llevaba el equipo quirúrgico de su padre, quien según dijo, estaba gravemente enfermo y debía operarla de emergencia.

 Finalmente logró salir del lugar con la maleta. María Alejandra regresó al condominio a las 4,18 de la madrugada y no volvió a salir. Durante el tiempo en que estuvo ausente, se presume que trasladó y abandonó varias bolsas en distintos puntos de la ciudad como parte de su intento por encubrir lo que había ocurrido.

 en casa, cambió las cerraduras de las puertas y le informó al vigilante del conjunto residencial que se iría de viaje con su esposo. A partir de ese momento, no se supo nada de ella durante varios días. El 6 de noviembre de 2014, la policía capitalina realizó un hallazgo inquietante en la esquina de las calles Anahwak y Quintana R en la colonia Roma Sur, delegación Cuautemoc.

 Horas más tarde, agentes de la Secretaría de Seguridad Pública encontraron más elementos clave para la investigación en otro punto de la ciudad, específicamente en la calle Jaspe, colonia Valle Escondido en Tlalpan. La distancia considerable entre ambos sitios explicaba por qué María Alejandra tardó tanto en regresar esa madrugada.

Los restos fueron llevados al Instituto de Ciencias Forenses, donde los antropólogos forenses determinaron que pertenecían a una misma persona. Sin embargo, en ese momento no fue posible identificar a la víctima. Para ganar tiempo y evitar que los familiares de Alan sospecharan y acudieran a la policía, María Alejandra utilizó su teléfono móvil, respondía a todos los mensajes y enviaba saludos, con lo cual logró que nadie se alarmara de inmediato.

 Usó esa estrategia para construir una cuartada, como ya lo había hecho años antes con su primer esposo. La hija de Alan y sus hermanos comenzaron a recibir mensajes de WhatsApp en los que supuestamente él decía estar arrepentido de haberse casado. En otros afirmaba que había empezado una nueva relación.

 También había mensajes contradictorios. Unos decían que prefería estar solo y otros que estaba de viaje. El padre de María, Alejandra comenzó a llamar insistentemente a la casa de Adrián, el padre de Alan. Decía estar preocupado porque llevaba varios días sin saber nada de su hija y quería saber si ellos tenían alguna información sobre su paradero.

 Poco después volvió a comunicarse, esta vez con una versión distinta. Les dijo que había encontrado a María Alejandra y que estaba internada en el Instituto Nacional de Psiquiatría. Según él, ella había decidido ingresar voluntariamente para tratar una depresión provocada por la supuesta infidelidad de Alan. También mencionó que se había vuelto paranoica, convencida de que la policía la buscaba, lo que justificaba aún más su hospitalización.

Pasaron los meses y cuando llegó diciembre un mes especial para las familias, los seres queridos de Alan decidieron ir a visitarlo a su casa. Pero antes de que pudieran hacerlo, María Alejandra se les adelantó. Les informó que no estarían en casa porque se habían ido de vacaciones de forma improvisada. La historia no le cerraba.

Menos aún después de la llamada de Alberto, confirmando que ella seguía en la ciudad en tratamiento psiquiátrico, fue entonces cuando ya alarmados decidieron acudir a la policía y presentar una denuncia formal por la desaparición de Alan. A partir de ahí, todo avanzó rápidamente. Las autoridades notaron que la denuncia coincidía con los restos humanos que habían sido encontrados semanas atrás.

 Fiscales de la Procuraduría comenzaron a cruzar información con el personal del Centro de Atención a personas extraviadas y ausentes. Estas gestiones permitieron comparar los restos con los reportes de desaparecidos con características físicas similares. Finalmente, los familiares confirmaron que el cuerpo encontrado pertenecía a Alan.

 Ante esa confirmación, los oficiales se trasladaron de inmediato a la casa donde vivía la pareja. Allí encontraron a María Alejandra y la llevaron directamente a la comisaría. Mientras tanto, gestionaron una orden de allanamiento. Una vez obtenida la autorización, las autoridades ingresaron a la vivienda en busca de evidencia.

 Lo que encontraron fue impactante. Dentro del congelador había elementos clave para la investigación junto con una herramienta eléctrica que sería fundamental para esclarecer lo ocurrido. Durante la inspección de la vivienda, los peritos utilizaron luminol y detectaron indicios de posibles fluidos en una de las habitaciones y en el baño.

También observaron que una parte del colchón y un tramo de la alfombra habían sido recortados, lo que sugería un intento de ocultar evidencias. Más adelante, los investigadores concluyeron que esos espacios habrían sido clave en el desarrollo de los hechos. En un primer momento, ella declaró en calidad de testigo.

 Sin embargo, sus declaraciones estuvieron llenas de contradicciones, lo que rápidamente la convirtió en la principal sospechosa. La investigación reveló que había sido ella quien usando el teléfono de Alan enviaba mensajes para hacer creer a su familia que él seguía vivo y así evitar que presentaran una denuncia por desaparición.

 María Alejandra insistió en que no sabía nada del paradero de Alan, que hacía días que no lo veía y que apenas se comunicaban por mensajes de texto. Para sostener su versión, intentó usar su formación como psicóloga, como defensa. Mostró una ficha médica de ingreso a una clínica psiquiátrica fechada en los mismos días en que Alan desapareció como prueba de que no podía haber estado involucrada.

negó su responsabilidad en todo momento, pero las pruebas hablaron por sí solas. Los forenses lograron reconstruir lo sucedido. En el protocolo de necropsia se detalló que el torso de la víctima presentaba una herida penetrante en el abdomen provocada por un arma blanca y que esa lesión había sido mortal. Además, los médicos confirmaron que el cuerpo fue cortado postmortem con un instrumento de filo irregular.

El estudio pericial también estableció con precisión el momento de la muerte. Alan fue asesinado entre la noche del 5 de noviembre de 2014 y la madrugada del día siguiente. Con todas las evidencias recogidas tanto en la vivienda como en los lugares donde fueron encontrados los restos, los investigadores establecieron con claridad la responsabilidad de María Alejandra en el asesinato.

 Tenían testimonios que la ubicaban en el lugar y en el momento exacto del crimen. A eso se sumaba la bitácora del personal de seguridad del edificio, que registraba la hora en que salió con una maleta pesada y luego volvió horas más tarde. Además, tanto la hija de Alan como su hermana declararon que María Alejandra había amenazado de muerte a la joven si se oponía a la relación que tenía con su padre.

Aunque intentó usar su ingreso a un hospital psiquiátrico como cuartada, las evaluaciones médicas concluyeron que María Alejandra no sufría de ninguna enfermedad mental. Finalmente, ante la contundencia de las pruebas en su contra, María Alejandra terminó por confesar que había atacado a su esposo por sorpresa y le quitó la vida.

 Sin embargo, intentó justificarse alegando que estaba harta de vivir en un ambiente de violencia intrafamiliar. Según una nota publicada por el diario Mexicano Milenio, que tuvo acceso a los documentos del caso, el 10 de diciembre de 2014, el juez Carlos Ortiz Camacho, titular interino del juzgado 6o penal, dictó auto de formal prisión en su contra por el delito de homicidio en razón de parentesco por afinidad.

 Tras su detención, fue trasladada al Centro Femenil de Readaptación Social de Santa Marta a Catitla en Ciudad de México. A partir de entonces comenzaron a surgir nuevas informaciones que la vincularían con otros hechos violentos que también habrían tenido desenlaces fatales. Uno de esos casos data de 2012, cuando las autoridades se encontraron en la entrada de la casa de la familia La Fuente un balde que contenía una cabeza humana y un brazo.

 No se esclareció el hecho, pero los rumores apuntaban a que María Alejandra podría estar relacionada. A esas sospechas se sumaban sus antecedentes. Un exesposo que sobrevivió a un intento de homicidio por su parte, otro al que terminó matando y la posible implicación en un tercer crimen sin resolver.

 Todo esto levantó la hipótesis de que no actuaba sola. Se comenzó a señalar a su padre Alberto la Fuente como posible cómplice. Se sospechaba que él no solo la encubría, sino que además habría ayudado a desviar la atención pública y a planear el crimen de Alan. En este último caso, el móvil sería económico, ya que con el tiempo habrían ido despojando a Alan de algunos de sus bienes.

 Medios mexicanos comenzaron a hablar de la posibilidad de que padre e hija fueran en realidad criminales peligrosos. Sin embargo, la justicia nunca logró avanzar con una línea de investigación firme contra Alberto. Después de 8 años de proceso judicial, el lunes 5 de septiembre de 2022, la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México anunció la sentencia final.

 María Alejandra la Fuente Casco fue condenada a 46 años y 6 meses de prisión por los delitos de homicidio calificado por razón de parentesco y por atentar contra la dignidad de un cuerpo humano. La sentencia marcó un precedente importante en la justicia contemporánea mexicana. Con la sentencia ya firme, María Alejandra la Fuente no tiene derecho a apelaciones ni podrá acceder a ningún beneficio legal que reduzca o sustituya su pena de prisión.

 También fue obligada a pagar la reparación del daño, incluyendo los gastos funerarios, y perdió sus derechos políticos. María Alejandra fue una mujer calculadora que aparentemente supo aprovechar la influencia y protección de su padre para actuar con libertad y atacar a los hombres con quienes se vinculó.

 logró evadir el castigo por la agresión a su primer esposo, presentándose como una víctima de violencia, recurso que habría utilizado para manipular la situación a su favor. Su capacidad de engaño y mente fría le permitieron salir ilesa aquella vez, pero tres años después volvió a actuar, esta vez contra su segundo esposo.

 Lo hizo con una frialdad asombrosa, planeando cada paso y simulando incluso un cuadro de desequilibrio mental para evadir la justicia, como ya había intentado antes. Sin embargo, esta vez había cruzado todos los límites. Nada la salvó. ¿Qué opinas sobre el papel del padre de María Alejandra? ¿Crees que fingir enfermedades mentales debería ser castigado más severamente cuando se usa para evadir la justicia? Queremos saber tu opinión.

Te leemos en los comentarios.