La apostaron en una mesa de póker como si fuera un trasto viejo. Nadie la

quería, nadie creía en ella. Pero esa joven silenciosa llevaba en sus manos un

don que haría florecer hasta el corazón más seco del desierto. San Jacinto era

uno de esos pueblos que el mapa había olvidado. Perdido entre cerros pelados y

caminos de tierra que no llevaban a ningún lado. Sobrevivía más por terquedad que por prosperidad. Las casas

eran de adobe agrietado, los techos de lámina oxidada y el viento del desierto

arrastraba polvo desde la madrugada hasta la noche, como si quisiera borrar todo rastro de vida. En ese pueblo había

una cantina y en esa cantina cada viernes por la noche se juntaban los

mismos hombres de siempre a jugar póker, compartir bebidas fuertes y hablar mal de quienes no estaban presentes. Ahí

mandaba don Laureano, no porque fuera el más rico ni el más respetado, sino

porque era el más ruidoso, el más atrevido, el que hablaba más fuerte y se reía más alto, aunque sus bolsillos

estuvieran taníos como sus promesas. Don Laureano era comerciante de paso de esos

que compran barato en un pueblo y venden caro en otro. Tenía las manos ásperas,

la mirada turbia y una forma de caminar que intentaba parecer importante, aunque

todos sabían que sus deudas crecían más rápido que sus negocios. Se había casado

con la madre de Manuela años atrás, no por cariño, sino porque la mujer tenía una parcela pequeña a las afueras del

pueblo. Cuando ella se despidió del mundo, tras un largo cansancio del cuerpo que ningún remedio pudo calmar,

don Laureano se quedó con la tierra y con la muchacha. La tierra la vendió en menos de tres meses. A la muchacha

simplemente la ignoró, o peor aún, la convirtió en su sombra, en su criada, en

el blanco de todas sus frustraciones. Manuela tenía 19 años, piel morena

curtida por el sol, una trenza larga que le caía hasta la cintura y unos ojos

oscuros que parecían guardar un mundo entero detrás de su silencio. No hablaba

mucho, no porque no tuviera nada que decir, sino porque había aprendido desde niña que en esa casa cada palabra suya

era recibida con desprecio. Don Laureano la llamaba la inútil, así sin nombre,

como si la palabra fuera su identidad. Y el pueblo poco a poco fue adoptando el

apodo sin cuestionar, porque en San Jacinto, si alguien con voz fuerte decía

algo, los demás lo repetían. Así funcionaban las cosas. Manuela lavaba

ropa ajena, barría pisos ajenos, cocinaba para un hombre que jamás le

daba las gracias, pero había algo en ella que nadie veía o que nadie quería

ver. Cada mañana, antes de que saliera el sol, Manuela caminaba hasta un rincón

detrás de la casa donde guardaba un pequeño saco de tela. Dentro de ese saco había semillas. semillas que su madre le

había dejado antes de partir. Semillas que Manuela cuidaba como si fueran lo único valioso que le quedaba en el

mundo, porque lo eran. Las tocaba con las yemas de los dedos, las contaba una

por una y a veces les hablaba bajito, como si fueran capaces de escucharla.

Tal vez eran las únicas que lo hacían. Un viernes de octubre llegó al pueblo un hombre que nadie esperaba. Tarak

apareció por el camino del norte montado en un caballo pinto con el pelo largo suelto sobre los hombros, la piel

bronceada por generaciones de sol y una calma en los ojos que contrastaba con

todo lo que San Jacinto era. Traía pieles curtidas, hierbas medicinales y

resinas para intercambiar con los comerciantes del pueblo. Era apache y en San Jacinto eso significaba ser

invisible o peor, ser motivo de burla. Los hombres en la cantina lo miraron de

reojo cuando pasó frente a la puerta. Uno de ellos escupió al suelo. Otro

murmuró algo entre dientes que provocó una carcajada general. Tarak no se inmutó. Siguió caminando con la misma

calma de siempre, como si el desprecio de esos hombres fuera apenas el ruido del viento entre las piedras. Pero esa

noche algo distinto ocurrió. Tarak entró a la cantina, no para beber, no para

buscar compañía. Entró porque uno de los comerciantes le debía el pago de unas pieles y se negaba a cumplir su palabra.

El hombre estaba sentado en la mesa de póker junto a don Laureano y otros tres jugadores. Tarak se paró frente a la

mesa con una serenidad que incomodaba. Pidió lo que le correspondía. El

comerciante, nervioso, miró a los demás buscando apoyo. Don Laureano soltó una

risa y dijo con ese tono que usaba para humillar, “Si quieres tu dinero, siéntate y gánatelo como hombre.” Tarak

lo miró fijamente durante unos segundos que parecieron eternos. Sin decir una palabra, se sentó. Las primeras manos

fueron silenciosas. Tarac jugaba sin expresión, sin gestos, sin ruido. Los

demás hablaban, alardeaban, se burlaban, pero uno a uno fueron perdiendo. Don

Laureano, que había empezado la noche con el pecho inflado, fue el último en quedarse frente a Tarac con las manos

vacías y la frente sudorosa. No tenía dinero, no tenía mercancía, no tenía

nada que apostar. El silencio en la cantina se podía cortar con un cuchillo.

Y fue en ese momento cuando don Laureano, con la palabras nubladas por la noche y la dignidad ahogada en

orgullo, dijo las palabras que cambiarían la vida de dos personas para siempre. Te apuesto a la muchacha, la

que vive conmigo. No sirve para gran cosa, pero es joven y fuerte. Te puede

servir en el campo. Los hombres en la cantina se miraron entre sí. Algunos bajaron la vista, otros se rieron

incómodos. Nadie dijo nada en contra. Tarak miró a don Laureano como quien mira a un animal herido que muerde por

desesperación. No sintió rabia. sintió algo más profundo, algo parecido al

asco, pero mezclado con una tristeza vieja, antigua, que conocía bien, porque

él sabía lo que era ser tratado como cosa. Aceptó la apuesta, no porque quisiera ganar a una persona, sino

porque entendió, en ese preciso instante que si no lo hacía, esa joven seguiría

siendo la inútil para siempre. Ganó la mano con tres reyes y un silencio que

pesó más que cualquier palabra. Don Laureano se levantó de la mesa sin mirar a nadie y salió de la cantina

tambaleándose. Media hora después, Manuela estaba parada frente a la puerta de la cantina con su pequeño saco de

semillas apretado contra el pecho. Nadie le había explicado nada, solo le dijeron

que se fuera con el apache. Ella no lloró, no preguntó, solo apretó las

semillas con más fuerza y caminó detrás de Tarac hacia la oscuridad del camino.