El mauser descansaba frío contra la mesa de madera. El mezcal temblaba apenas en
el vaso de barro y en la esquina de aquella bodega perdida de Torreón, un
hombre vestido de ferroviario bebía solo en silencio, mientras el polvo del
desierto de Coahuila se colaba por las rendijas de la puerta como los fantasmas
de los muertos que no encuentran descanso. Era marzo de 1916.

El norte de México ardía en revolución. Las vías del tren llevaban soldados,
armas, promesas rotas y cadáveres sin nombre. Y en medio de ese infierno de
pólvora y traición, dos rurales federales acababan de entrar a la bodega
con risas de borrachos y soberbia de cobardes que se creen invencibles porque
llevan placa del gobierno. No sabían que acababan de firmar su sentencia de muerte. Porque ese hombre callado que
bebía mezcal en la esquina, ese trabajador humilde con ropa polvorienta
y sombrero gastado, ese que parecía solo otro peón cansado del camino, no era
ferroviario, nunca lo fue. Rodolfo Fierro, el carnicero de los dorados, el
brazo derecho de Pancho Villa, el hombre más letal que conoció la Revolución
Mexicana, el asesino que ejecutó a 300 federales en una sola noche sin que le
temblara el pulso. El [ __ ] del norte que villa llamaba cuando necesitaba que
un problema desapareciera para siempre. Y esa noche, disfrazado de ferroviario
en misión secreta para villa, Fierro estaba a punto de recordarle a dos
rurales [ __ ] una verdad que el desierto nunca olvida. En el norte de
México, la justicia no llegaba en carruaje del gobierno, llegaba a caballo
y con Mauser en la mano. Los rurales se llamaban Jacinto Medina y Refugio
Salazar, dos perros gordos de poder y mecal. Medina era un cerdo de 35 años,
cara roja como carne podrida al sol, bigote sucio, barriga que le colgaba
sobre el cinturón lleno de balas que jamás había disparado en combate real.
Solo contra campesinos desarmados, solo contra mujeres, solo contra viejos que
no podían defenderse. Refugio Salazar era peor todavía. Flaco
como víbora del desierto, ojos amarillos de borracho crónico, cicatriz en la
mejilla que decía que alguien ya le había enseñado una lección que no aprendió. Dientes podridos, sonrisa de
llena, los dos llevaban el uniforme de rurales federales, esos traidores que
supuestamente protegían al pueblo, pero en realidad solo protegían a los hacendados y se llenaban los bolsillos
con mordidas y robos. Eran de esos hombres sin honor que el desierto escupe, pero que el gobierno
corrupto abraza. De esos que creen que la placa les da derecho a humillar, a
robar, a violar, a matar. de esos que piensan que nunca van a pagar por sus
crímenes porque la ley está de su lado. Pero esa noche la ley del norte iba a
ser diferente. Esa noche la justicia tenía nombre y apellido, Rodolfo Fierro.
Cuenta la leyenda que Fierro llevaba tres días disfrazado de ferroviario, infiltrado en Torreón por órdenes
directas del centauro del norte. Villa necesitaba información sobre un
convoy federal que transportaba armas gringas para Huerta. Y Fierro, el más
leal de los dorados, había aceptado la misión sabiendo que significaba mantener
la cabeza agachada, la boca cerrada y el mauser escondido. Aguantar insultos,
tragar orgullo, parecer débil. Para un hombre como Fierro, eso era peor que la
muerte. Pero lo estaba haciendo por villa, por la revolución, por México,
hasta que dos rurales borrachos decidieron que ese ferroviario callado
sería su diversión de la noche. Y cuando provocas al [ __ ] compadre, el [ __ ]
responde, “Esta es la historia verdadera de cómo dos rurales arrogantes
cometieron el último error de sus vidas, de cómo descubrieron que en México
todavía había hombres de honor y de cómo aprendieron demasiado tarde que la
venganza es caliente, te quema por dentro. La justicia es fría, pero dura
para siempre. Antes de continuar con esta leyenda que te va a poner los pelos de punta, necesito que hagas tres cosas,
compadre. Primero, dale like a este video ahorita mismo, porque lo que viene
está más cabrón que asalto de Villa a Columbus. Segundo, suscríbete al canal y
activa la campanita, porque aquí contamos las verdaderas leyendas de la revolución que tu abuelo te hubiera
contado. Y tercero, escribe en los comentarios desde qué ciudad nos estás
viendo para saber dónde están los hombres y mujeres que todavía respetan
la memoria de los verdaderos revolucionarios. Listo. Órale, pues. Comencemos. Lo que
vas a escuchar no está en los libros de historia oficiales. Esto es Leyenda
viva, pasada de boca en boca en las cantinas de Chihuahua, en las fondas de Durango, en los ranchos perdidos de
Coahuila, donde todavía se acuerdan de cuando México tenía hombres de verdad. Dicen los viejos que conocieron a los
que estuvieron ahí aquella noche, que el silencio en la bodega, antes de que
empezara todo, era tan pesado como lápida de panteón. que el aire olía a mezcal barato, a
sudor de caballos y a algo más, algo que nadie podía nombrar, pero que todos
sentían en las tripas. Olía a muerte que se acercaba. Y cuando la muerte lleva el
nombre de Rodolfo Fierro, compadre, no hay federale, ni rurale, ni gringo que
pueda escapar, porque en el norte la palabra de un hombre vale más que todo el oro de las haciendas. Y la palabra de
fierro era plomo. La bodega se llamaba El refugio del camino. Nombre irónico,
porque esa noche no habría refugio para nadie. Estaba en las afueras de Torreón,
Coahuila, escondida entre dos calles de tierra, donde el viento del desierto
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