Cuando la monja nueva de Oaxaca barrió el sótano, encontró velas con nombres de viudas desaparecidas

El monasterio de Santa Clara de Asís se alzaba majestuoso en las afueras de Oaxaca, con sus paredes de cantera ocre que habían resistido más de dos siglos de historia. La hermana Lucía Méndez, de 28 años, ajustó su velo negro mientras contemplaba lo que sería su nuevo hogar. El viento frío de octubre agitaba los cipreses que flanqueaban el camino empedrado hacia la entrada principal, creando un susurro constante que le provocaba una inquietud inexplicable.
Bienvenida, hermana Lucía”, dijo la madre superior a Carmen Velázquez, “Una mujer de unos 60 años con rostro severo y mirada penetrante. Nuestro convento es pequeño, pero nuestro trabajo es importante. Servimos a la comunidad local desde hace generaciones.” Lucía asintió respetuosamente. Había llegado desde la Ciudad de México, tras la muerte de sus padres en un accidente automovilístico.
Sin familia y con una profunda crisis espiritual, había decidido dedicar su vida a Dios y al servicio. La orden de las Clarizas en Oaxaca había aceptado su solicitud con inucitada rapidez. Te mostraremos tu celda. Continuó la madre superiora, mientras la guiaba por pasillos de piedra iluminados por pequeñas ventanas con vitrales que proyectaban manchas de luz coloreadas sobre el suelo.
Y mañana comenzarás con tus tareas. La celda era austera, una cama estrecha, un crucifijo de madera en la pared, un pequeño escritorio con una Biblia y un armario diminuto. Lucía dejó su malita sobre la cama. El desayuno es a las 5, seguido por la primera oración, el almuerzo a las 12 y la cena a las 6. El resto del tiempo estarás ocupada con tus deberes, explicó Carmen.
Por ser la más joven, te encargarás del mantenimiento de las áreas comunes. Sí, madre, respondió Lucía con humildad. Y una cosa más, añadió Carmen deteniéndose en la puerta. El sótano necesita una limpieza profunda. Nadie ha estado allí en meses. Comenzarás con eso mañana. Aquella noche, Lucía apenas pudo dormir. El colchón era duro como piedra y los sonidos del viejo edificio la sobresaltaban constantemente, crujidos de madera, el ulular del viento entre las grietas de la ventana y, ocasionalmente lo que parecían ser susurros distantes. se dijo a sí misma
que era normal sentirse así en un lugar nuevo, especialmente uno tan antiguo y con tanta historia. La mañana siguiente, después del desayuno y la oración matutina, la madre superiora le entregó un manojo de llaves oxidadas. “La última, la de bronce, abre el sótano,” indicó. “Encontrarás todo lo que necesitas para limpiar en el armario de suministros.
” El sótano se encontraba al final de una escalera estrecha y empinada de piedra bajo la cocina del convento. La puerta de madera gruesa chirrió horriblemente cuando Lucía la empujó. El olor a humedad y polvo acumulado la golpeó de inmediato, haciéndola toer. Planteó la pared y encontró un interruptor que encendió una bombilla desnuda que colgaba del techo, revelando un espacio amplio pero desordenado.
Había estanterías llenas de frascos antiguos, cajas apiladas, muebles viejos cubiertos con sábanas y montones de libros apolillados. En un rincón distinguió lo que parecía ser un altar improvisado. Curiosa, se acercó. El altar estaba cubierto con un mantel de encaje amarillento. Sobre él había siete velas negras, cada una con un nombre grabado en la cera.
Alrededor de cada vela había pequeños objetos, un anillo de boda, un mechón de cabello atado con cinta, un pañuelo bordado, una fotografía vieja y amarillenta, un rosario roto, un relicario de plata y una cadena con un dije. Lucía acercó la luz para leer los nombres. Isabel Contreras, María Dolores Jiménez, Alejandra Ruiz, Consuelo Vega, Pilar Núñez, Francisca Morales y Victoria Duarte.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Había algo perturbador en aquella disposición, algo que parecía más relacionado con rituales paganos que con la devoción católica. Mientras examinaba las velas, notó que todas tenían marcas de haber sido encendidas recientemente. ¿Qué haces ahí? La voz hizo que Lucía diera un respingo y casi tirara la vela que sostenía.
En la entrada del sótano estaba la hermana Beatriz, la anciana encargada de la cocina. Su rostro arrugado mostraba una expresión entre sorpresa y alarma. Lo siento, hermana. La madre superiora me pidió que limpiara el sótano explicó Lucía colocando la vela exactamente donde la había encontrado. Solo estaba viendo qué necesitaba ordenar.
La hermana Beatriz entró cojeando ligeramente su rosario tintineando contra su hábito. “Deberías empezar por el otro lado”, dijo, señalando hacia el extremo opuesto. “Ese rincón déjalo para el final. Yo te ayudaré con esa parte.” “¿Sabe usted quiénes son estas mujeres?”, preguntó Lucía, señalando las velas con nombres. La anciana desvió la mirada y apretó los labios.
Antiguas benefactoras del convento, rezamos por sus almas”, respondió sec, “Ahora comienza por allá.” Durante las siguientes horas, Lucía barrió el suelo, quitó telarañas y organizó cajas, pero su mente volvía constantemente al extraño altar. Al mediodía, cuando subió para el almuerzo, decidió hacer algunas preguntas discretas a las otras monjas.
En el refectorio se sentó junto a la hermana Teresa, una mujer de mediana edad con mirada bondadosa que trabajaba en la enfermería del convento. “¿Hace mucho que estás aquí, hermana Teresa?”, preguntó Lucía después de la bendición de los alimentos. “20 años”, respondió Teresa, sirviéndose una modesta porción de sopa.
“Llegué cuando tenía aproximadamente tu edad. El convento tiene mucha historia. Sí, desde 1786 ha visto muchas vidas pasar por sus muros. Lucía bajó la voz. Encontré un altar en el sótano con velas que tienen nombres de mujeres. La cuchara de Teresa se detuvo a medio camino hacia su boca. Sus ojos se abrieron ligeramente antes de recuperar la compostura.
La devoción toma muchas formas, hermana Lucía. No deberías preocuparte por eso. Parecen ser nombres de viudas, insistió Lucía. Son personas del pueblo. Teresa miró alrededor nerviosamente, asegurándose de que nadie más escuchara. No deberías hacer tantas preguntas en tu primer día, advirtió. Hay tradiciones en este convento que son privadas.
Si la madre superiora te asignó el sótano, es mejor que sigas sus instrucciones sin cuestionar. El resto del almuerzo transcurrió en silencio. Lucía notó que varias de las monjas mayores intercambiaban miradas cuando creían que no las observaba. Había una tensión palpable en el ambiente que no podía explicar.
Por la tarde regresó al sótano para continuar con la limpieza. Mientras organizaba unos libros viejos, uno se cayó al suelo abriéndose. Era una especie de registro con fechas y nombres. Para su sorpresa, reconoció los mismos nombres que había visto en las velas. Junto a cada nombre había una fecha, la más reciente de hacía apenas 3 meses.
Victoria Duarte, 17 de julio de 2025. Ojeando el libro, encontró más nombres, decenas de ellos que se remontaban hasta 1920. Todos mujeres, todos con fechas. En algunas páginas había notas adicionales: donación completa, propiedad transferida o simplemente completado. El ruido de pasos en la escalera la alertó. Rápidamente Lucía cerró el libro y lo colocó entre otros en la estantería.
Era la madre superiora que la observaba desde la entrada con expresión indescifrable. Es tarde, hermana Lucía, ya es hora de la oración vespertina, dijo con voz serena, pero autoritaria. Sí, madre, solo estaba terminando de organizar estos libros. Has avanzado mucho, comentó Carmen recorriendo el lugar con la mirada.
Sus ojos se detuvieron brevemente en el altar de las velas que Lucía había dejado sin tocar. Mañana podrás continuar. Hay una reunión del Consejo Parroquial esta noche y necesitamos preparar el salón. Mientras subían las escaleras, Lucía sintió la mirada de la madre superiora clavada en su espalda, como si intentara leer sus pensamientos.
Esa noche, durante la cena, Lucía observó con más atención a sus compañeras. Eran 15 en total, la mayoría mayores de 50 años. Solo dos, además de ella, estaban por debajo de los 40. La hermana Inés, que se encargaba del huerto, y la hermana Gabriela, que trabajaba en el archivo. Cuando las monjas se retiraron a sus celdas, Lucía decidió hablar con Gabriela.
la encontró en la pequeña biblioteca ordenando documentos. “Hermana Gabriela, ¿puedo hacerte una pregunta?” La joven monja, de unos 35 años levantó la mirada de sus papeles. Claro, hermana Lucía, “¿En qué puedo ayudarte?” Encontré un registro en el sótano con nombres de mujeres. Parecen ser todas viudas. ¿Sabes algo sobre eso? Gabriela palideció visiblemente.
Sus manos comenzaron a temblar ligeramente. No deberías hablar de eso murmuró mirando nerviosamente hacia la puerta. Hay cosas en este convento que es mejor no cuestionar, pero por favor. Gabriela se acercó y agarró el brazo de Lucía con fuerza sorprendente. Si valoras tu seguridad, no hagas más preguntas sobre ese tema, especialmente no a la madre superiora, ni a las hermanas más antiguas.
Antes de que Lucía pudiera insistir, la puerta de la biblioteca se abrió y entró la hermana Beatriz. Gabriela soltó rápidamente el brazo de Lucía y volvió a sus documentos. Es tarde para estar aquí”, dijo Beatriz con suspicacia. “Deberían retirarse a sus celdas.” Esa noche Lucía no podía conciliar el sueño. Las palabras de Gabriela resonaban en su mente.
¿Qué secreto guardaba el convento que provocaba tanto miedo? ¿Quiénes eran esas viudas? ¿Y por qué sus nombres estaban en velas negras? Cerca de medianoche, cuando el silencio era absoluto, Lucía escuchó voces amortiguadas y pasos en el corredor. Con cautela, abrió ligeramente la puerta de su celda y vio a un grupo de monjas encabezadas por la madre superiora, dirigiéndose hacia las escaleras del sótano.
Llevaban velas encendidas y sus rostros estaban parcialmente ocultos por las sombras. Esperó unos minutos y luego, movida por una curiosidad irresistible, salió de su celda. Descalza para no hacer ruido, siguió el camino que habían tomado las monjas. La puerta del sótano estaba entreabierta y un ténue resplandor emanaba del interior.
Con el corazón latiendo violentamente, Lucía se acercó lo suficiente para ver sin ser vista. Lo que presenció la dejó helada. Las monjas estaban dispuestas en círculo alrededor del altar de las velas. La madre superiora sostenía un cáliz de plata y recitaba algo en latín. Una a una, las demás monjas se acercaban, cortaban un mechón de su propio cabello y lo depositaban en el cáliz.
Luego la madre superiora encendió una de las velas negras, la que tenía el nombre de Victoria Duarte, y vertió gotas de cera en el contenido del cáliz. Acogemos su dolor, tomamos su fortuna, liberamos su alma. Recitaban todas al unísono. Una vida por muchas vidas, una muerte por muchas salvaciones. Un ruido involuntario escapó de la garganta de Lucía.
Instantáneamente, todas las cabezas se giraron hacia la puerta. La mirada de la madre superiora se cruzó con la suya y Lucía vio en sus ojos algo que iba más allá del enojo. Era una frialdad calculadora, casi depredadora. Sin pensarlo dos veces, Lucía echó a correr por el pasillo, subió las escaleras y se encerró en su celda. Con manos temblorosas empujó la pequeña cómoda contra la puerta.
Sabía que había visto algo que no debía, algo oscuro y probablemente peligroso. Mientras se acurrucaba en su cama, escuchó pasos acercándose por el corredor. Se detuvieron frente a su puerta. Hermana Lucía. La voz de la madre superiora sonaba extrañamente tranquila. Necesitamos hablar sobre lo que has visto. Lucía no respondió.
Su mente trabajaba frenéticamente tratando de entender qué estaba sucediendo y cómo podría escapar de allí. No hay razón para tener miedo continuó Carmen. Solo estamos siguiendo una antigua tradición de nuestra orden. Si me permites explicarte, entenderás. El pomo de la puerta giró, pero la cómoda impidió que se abriera completamente.
Hermana Lucía, esto es inapropiado. Abre la puerta ahora mismo. Lo siento, madre, pero no me siento bien, respondió Lucía, intentando que su voz sonara normal. Creo que necesito descansar. Hubo un largo silencio. Muy bien, descansa entonces. Hablaremos por la mañana. Lucía escuchó los pasos alejándose, pero no se atrevió a moverla cómoda.
Con el amanecer aún lejos, sabía que tenía que tomar una decisión, fingir que no había visto nada y seguir como si todo fuera normal o intentar descubrir más sobre el inquietante ritual y las misteriosas viudas. La segunda opción parecía la más peligrosa, pero también la única que podría darle respuestas y quizás la única que podría salvarla de convertirse en parte de lo que sea que estuviera ocurriendo en el monasterio de Santa Clara de Asís.
El alba se asomaba tímidamente por la pequeña ventana de la celda cuando Lucía despertó sobresaltada. No recordaba haberse quedado dormida. El cansancio y la tensión debían haberla vencido en algún momento de la madrugada. Se levantó rápidamente, aún vestida con el hábito del día anterior, y apartó la cómoda de la puerta.
Si quería averiguar más, sin levantar sospechas, debía actuar con normalidad. Salió al pasillo desierto. Faltaban pocos minutos para las 5, hora del desayuno y la primera oración. se dirigió al baño comunal para asearse y al mirarse en el espejo agrietado, notó su rostro pálido y ojeroso. Respiró profundamente intentando calmarse. “Actúa normal”, se dijo a sí misma.
Observa y escucha. En el refectorio, la atmósfera parecía extrañamente ordinaria. Las hermanas tomaban su desayuno frugal en silencio, como cualquier otro día. La madre superiora, sentada en la cabecera de la mesa, la saludó con un gesto neutro, como si nada hubiera ocurrido la noche anterior. Solo la hermana Beatriz le lanzó una mirada prolongada y evaluadora antes de volver a su plato.
Después de la oración matutina, la madre superiora la llamó a su despacho. Era una habitación austera con un crucifijo de madera oscura presidiendo la pared principal, un escritorio antiguo lleno de papeles y estanterías repletas de libros encuadernados en cuero. A través de la ventana se veía el jardín del claustro, donde la hermana Inés ya trabajaba entre los rosales.
“Siéntate, hermana Lucía”, indicó Carmen señalando una silla frente al escritorio. Tu tono era sereno, casi maternal. Creo que anoche tuviste un episodio de sonambulismo. Te vimos deambulando por los pasillos en un estado de confusión. Lucía mantuvo su rostro inexpresivo, aunque su corazón latía aceleradamente. “No recuerdo haber salido de mi celda, madre”, respondió decidiendo seguir el juego.
“Pero me disculpo si causé alguna molestia.” La madre superiora la estudió detenidamente como si buscara signos de engaño en su expresión. El sonambulismo puede ser peligroso en un edificio antiguo como este, con escaleras empinadas y suelos irregulares. Continuó. Si vuelve a ocurrir, deberíamos considerar cerrar tu puerta desde fuera por tu propia seguridad.
La amenaza velada no pasó desapercibida para Lucía. Entiendo, madre. Intentaré no preocuparla. Bien, Carmen se reclinó en su silla. Ahora sobre tus deberes, creo que el sótano ya está suficientemente limpio. Hoy te asignaré a la biblioteca para ayudar a la hermana Gabriela. Los archivos necesitan organización. Lucía asintió, agradeciendo interiormente la oportunidad de hablar con Gabriela nuevamente.
Y esta tarde, continuó la madre superiora, tendremos una visita importante. La señora Juana Echevarría, una viuda reciente que está considerando hacer una generosa donación al convento. Quiero que prepares la sala de recepción para la ocasión. Al escuchar la palabra viuda, Lucía sintió un escalofrío. ¿Vienes sola?, preguntó intentando que su voz sonara casual.
Sí, su esposo falleció ascendado de la región, explicó Carmen. La pobre mujer está destrozada y busca consuelo espiritual. Lucía asintió nuevamente, aunque un presentimiento ominoso se instaló en su estómago. Puedes retirarte ahora. La hermana Gabriela te espera en la biblioteca. Al salir del despacho, Lucía no se dirigió inmediatamente a la biblioteca.
En cambio, aprovechó que el pasillo estaba desierto para bajar rápidamente al sótano. Necesitaba verificar algo. La puerta estaba cerrada con llave. Frustrada, Lucía recordó que la madre superiora no le había devuelto el manojo de llaves. Era evidente que querían mantenerla alejada de aquel lugar. En la biblioteca, Gabriela ordenaba documentos antiguos con meticulosidad.
Levantó la vista cuando Lucía entró y por un instante pareció alarmada. “Buenos días, hermana Gabriela”, saludó Lucía. “La madre superiora me ha asignado aquí hoy.” Gabriela asintió tensamente y señaló una pila de libros. “Esos necesitan ser catalogados por fecha y tema,”, indicó. Los formatos están en ese cajón.
Trabajaron en silencio durante casi una hora. Lucía esperó pacientemente hasta que escuchó a la hermana Teresa pasar frente a la puerta alejándose por el corredor. Solo entonces se acercó a Gabriela. Anoche las vi, susurró en el sótano con las velas negras. Gabriela dejó caer el libro que sostenía. Sus manos temblaban visiblemente cuando se agachó para recogerlo.
“No sé de qué hablas”, murmuró sin mirarla. “Sabes perfectamente de qué hablo”, insistió Lucía. “Vi el ritual. ¿Qué hacen con esas viudas? ¿Qué significa una vida por muchas vidas?” Gabriela miró nerviosamente hacia la puerta antes de responder. Su voz apenas audible. “Te lo advertí, no deberías meterte en esto. Ya estoy metida.
replicó Lucía, “Y hoy viene otra viuda, Juana Echebarría.” Al oír ese nombre, el rostro de Gabriela se tornó aún más pálido. Juana Echevarría, la esposa de Ricardo Echevarría, el dueño de las haciendas del norte, Lucía asintió intrigada por la reacción. “Su muerte fue extraña”, continuó Gabriela hablando más para sí misma que para Lucía.
Dicen que estaba perfectamente sano y de repente un ataque al corazón sin antecedentes, sin síntomas previos. ¿Cómo sabes eso? Leo los periódicos locales. Es parte de mi trabajo archivar noticias relevantes para el convento, explicó Gabriela. Después de un momento de vacilación, agregó, como los obituarios de personas adineradas. Un pensamiento perturbador cruzó la mente de Lucía.
Las otras mujeres, las de las velas, también eran ricas, también perdieron a sus esposos repentinamente. Gabriela no respondió directamente, pero su expresión lo confirmaba todo. ¿Qué les pasó a esas mujeres después de venir aquí? Insistió Lucía. La bibliotecaria cerró los ojos un momento, como tomando una decisión difícil.
Cuando los abrió, su mirada estaba llena de determinación. Ven conmigo”, dijo dirigiéndose a un rincón apartado de la biblioteca. De una estantería extrajo un libro de contabilidad desgastado. Este es el registro financiero no oficial del convento. Lo encontré hace dos años. Escondido detrás de unos libros viejos de teología.
abrió el libro en una página marcada con un separador amarillento. Era una lista de propiedades y activos financieros, todos transferidos al convento entre 1990 y 2025. “Cada entrada corresponde a una viuda”, explicó Gabriela en voz baja. “Primero vienen aquí buscando consuelo espiritual. La madre superiora las convence de que donen sus bienes al convento, supuestamente para obras caritativas.
Luego se interrumpió como si le costara pronunciar las palabras. Luego, ¿qué?, presionó Lucía. Desaparecen, completó Gabriela. Algunas supuestamente deciden tomar los hábitos y se recluyen en clausura absoluta. Otras simplemente se mudan a otras ciudades según la versión oficial, pero nunca nadie vuelve a verlas. Lucía sintió que el aire se volvía pesado en sus pulmones.
¿Estás sugiriendo que las Gabriela asintió gravemente. No puedo probarlo, pero estoy casi segura. El convento necesita dinero para mantenerse. La orden no recibe suficientes fondos de la diócesis y los gastos son enormes. Este edificio es prácticamente una ruina que requiere constantes reparaciones. ¿Por qué no has denunciado esto? ¿Con qué pruebas un libro de contabilidad y mis sospechas? Gabriela sacudió la cabeza.
Además, la madre superiora tiene conexiones poderosas en Oaxaca. El juez del distrito es su primo y el jefe de policía local viene aquí a confesarse semanalmente. Lucía ojeó el libro sintiendo náuseas al comprender la magnitud de lo que estaba descubriendo. “Hay que impedir que Juana Echebarría venga esta tarde”, dijo con urgencia. “Es demasiado tarde.
Ya debe estar en camino, respondió Gabriela. Y aunque la alertáramos, nos creería. Somos monjas acusando a otras monjas de conspiración y posible asesinato. Nos tomarían por locas. Entonces, ¿qué hacemos? Quedarnos de brazos cruzados mientras otra mujer cae en la trampa. Gabriela cerró el libro y lo devolvió cuidadosamente a su escondite.
He estado reuniendo pruebas durante meses. Documentos, fotografías de las velas, copias de transferencias bancarias que encontré en la oficina de la madre superiora. Tengo todo guardado en un lugar seguro fuera del convento. ¿Por qué no has huído? Porque sé demasiado. Me encontrarían explicó Gabriela con resignación. Pero tú eres nueva.
Aún puedes marcharte sin levantar tantas sospechas. No voy a dejarte aquí, protestó Lucía, “y tampoco puedo irme sabiendo lo que sea ahora. Escúchame bien.” Gabriela tomó sus manos con fuerza. Esta noche después de completas, cuando todas estén en sus celdas, debes ir al huerto. La hermana Inés tiene un teléfono celular escondido en una caja de herramientas bajo el cobertizo.
Ella también sabe lo que ocurre aquí, pero tiene demasiado miedo para actuar. usa el teléfono para llamar a este número. Le entregó un pequeño papel con un número anotado. Es de un periodista de investigación de Ciudad de México. Le he estado enviando información anónimamente durante meses.
Dile que eres la fuente del convento y que la situación se ha vuelto crítica. Él entenderá. Lucía memorizó el número y devolvió el papel a Gabriela, quien lo quemó inmediatamente con un encendedor que sacó de su bolsillo. “Mientras tanto, continuó la bibliotecaria, debemos actuar con normalidad. Prepara la sala de recepción como te pidieron y observa todo lo que puedas, pero no intervengas.
No importa lo que veas o escuches, sería demasiado peligroso. El resto de la mañana transcurrió en una bruma de ansiedad para Lucía. Catalogó mecánicamente los libros mientras su mente procesaba la terrorífica información que había descubierto. ¿Cómo era posible que un lugar dedicado a Dios albergara semejante maldad? ¿Cómo podían aquellas mujeres que habían consagrado sus vidas a la fe y la caridad cometer actos tan atroces? A mediodía, mientras las monjas se reunían para el almuerzo, Lucía notó que la madre superiora la observaba con
especial atención. sospechaba que Gabriela le había contado algo o simplemente estaba vigilándola después del incidente de la noche anterior. “Hermana Lucía, la llamó Carmen al terminar la comida. ¿Has preparado ya la sala de recepción?” “Voy a hacerlo ahora mismo, madre”, respondió con toda la normalidad que pudo fingir.
“Bien, la señora Echevarría llegará a las 4. Asegúrate de que todo esté impecable. Es una mujer de gustos refinados. Sí, madre. La sala de recepción era una habitación elegante en la parte frontal del convento, reservada para visitas importantes. Lucía la limpió minuciosamente, sacudió el polvo de los muebles de Caoba, pulió la platería y arregló flores frescas en varios jarrones.
Mientras trabajaba, buscaba discretamente algún indicio de lo que podría ocurrir allí más tarde, pero no encontró nada sospechoso. A las 3:30, la hermana Beatriz entró con una bandeja de plata que contenía una tetera, tazas de porcelana fina y un plato de pastas. “Yo serviré el té”, anunció la anciana. “Tú puedes retirarte.
La madre superiora me pidió que atendiera a la visita”, mintió Lucía improvisando. Beatriz la miró con suspicacia. “No recuerdo que mencionara eso. Fue después del almuerzo”, insistió Lucía. Dijo que sería bueno que la señora Echbarría conociera a las hermanas más jóvenes. La anciana pareció dudar, pero finalmente asintió.
“Está bien, pero yo prepararé y serviré el té”, enfatizó. Tú solo deberás estar presente y responder si te preguntan algo. Lucía asintió, agradeciendo silenciosamente que su mentira hubiera funcionado. Quería ver exactamente qué le ofrecerían a la viuda. A las 4 en punto se escuchó el ruido de un automóvil deteniéndose frente al convento.
Desde la ventana, Lucía vio un elegante Mercedes negro del que descendió una mujer de unos 50 años vestida completamente de negro. Su rostro, enmarcado por un velo de luto, mostraba signos evidentes de dolor y cansancio. La madre superiora salió personalmente a recibirla, tomándola de las manos con gesto compasivo y guiándola al interior.
Cuando entraron a la sala de recepción, Carmen presentó a Lucía como nuestra hermana más reciente y a Beatriz como nuestra querida hermana más veterana. Es un honor conocerlas”, dijo Juana Echevarría con voz apagada. “Agradezco que me reciban en estos momentos tan difíciles para mí. El convento siempre está abierto para quienes buscan consuelo espiritual”, respondió Carmen con tono meloso, especialmente para personas tan devotas y generosas como usted, señora Echbarría.
Mientras la madre superiora y la viuda conversaban, Beatriz preparó el té. Lucía observó atentamente cada movimiento de sus manos. La anciana vertió el líquido humeante en dos tazas, pero antes de servirla de Juana, añadió algo que sacó discretamente de su bolsillo. Fue tan rápido que Lucía apenas alcanzó a verlo, pero estaba segura de que había echado algún tipo de polvo o hierba en la bebida.
Nuestro té especial de hierbas del convento”, explicó Beatriz ofreciendo la taza a la viuda. Una receta antigua que ayuda a calmar el espíritu afligido. Juana agradeció con una sonrisa triste y bebió un sorbo. Lucía sintió el impulso de gritarle que se detuviera, pero las palabras de Gabriela resonaban en su mente.
No intervengas, no importa lo que veas o escuches. La conversación giró hacia temas espirituales, la vida después de la muerte y el consuelo que brindaba la fe. Poco a poco, Lucía notó que Juana comenzaba a mostrarse más relajada, casi somnolienta. Sus respuestas se volvían más lentas y sus párpados parecían pesados. ¿Se encuentra bien, señora Echebarría?, preguntó Lucía, incapaz de contener su preocupación. Sí, solo un poco cansada.
respondió la mujer llevándose una mano a la frente. Ha sido un mes muy difícil desde que Ricardo su voz se quebró y no pudo continuar. El duelo consume mucha energía, intervino la madre superiora. Tal vez le gustaría descansar un momento antes de regresar a casa. Tenemos una habitación para huéspedes especiales.
Sí, creo que sería bueno recostarme un momento, aceptó Juana intentando levantarse y tambaleándose ligeramente. Carmen y Beatriz la sostuvieron inmediatamente, una a cada lado. Yo puedo ayudarlas, ofreció Lucía, desesperada por no perder de vista a la viuda. No será necesario, hermana, respondió la madre superiora con firmeza.
Tú recoge todo esto y luego regresa a la biblioteca. La hermana Gabriela necesitará ayuda hasta la hora de la cena. Sin otra opción, Lucía vio cómo se llevaban a Juana Echevarría por el pasillo que conducía a las habitaciones de huéspedes. La mujer apenas podía caminar apoyada pesadamente en las dos monjas. Con manos temblorosas, Lucía recogió las tazas y la tetera.
Al examinar la que había usado Juana, notó un residuo blanquecino en el fondo, lo tocó con la punta del dedo y lo olió discretamente. Tenía un aroma dulzón que le resultaba vagamente familiar. En ese momento recordó las clases de botánica que había tomado antes de entrar al convento, Datura Stramonium, comúnmente conocida como toa o esttramonio, una planta altamente tóxica que en dosis controladas producía somnolencia, confusión y gran sugestionabilidad.
En dosis mayores podía ser letal. Con el corazón latiendo aceleradamente, Lucía regresó a la biblioteca. Gabriela levantó la mirada inmediatamente, interrogándola con los ojos. “Creo que la drogaron”, susurró Lucía, asegurándose de que nadie más pudiera oírlas. Pusieron algo en su té y ahora la llevaron a una habitación de huéspedes.
Gabriela cerró los ojos con expresión dolorida. “Tolo”, murmuró. Lo cultivan en una sección apartada del huerto. La hermana Inés me lo mostró. ¿Qué harán con ella ahora? La mantendrán sedada mientras la convencen de firmar documentos, testamentos, transferencias. Es como un lavado de cerebro. Gabriela respiró profundamente.
Tendremos que actuar esta noche. Es nuestra única oportunidad de salvarla y de exponer todo esto. El resto de la tarde transcurrió en una agonía de espera. Después de la cena, durante la cual ni la madre superiora ni Beatriz estuvieron presentes. Lucía regresó a su celda como todas las demás. se acostó vestida esperando el momento adecuado para salir.
Cerca de medianoche, cuando el convento estaba sumido en el silencio, se deslizó sigilosamente fuera de su habitación. Los pasillos estaban desiertos y apenas iluminados por alguna vela ocasional. Con extremo cuidado se dirigió hacia el huerto por una puerta lateral. La noche era fresca y despejada, con una luna menguante que proporcionaba suficiente luz para ver sin necesidad de linterna.
El huerto, normalmente un lugar tranquilo y agradable durante el día, adquiría un aspecto siniestro bajo la luz plateada de la luna. Lucía se dirigió al cobertizo, una estructura pequeña y destartalada al fondo del terreno. Tal como había dicho Gabriela, encontró una caja de herramientas bajo una mesa de trabajo.
Dentro había un teléfono celular antiguo, pero funcional, con dedos temblorosos. encendió el aparato y marcó el número que había memorizado. Sonaron tres tonos antes de que una voz masculina respondiera. “Diga. Soy la fuente del convento”, dijo Lucía, sintiendo lo absurdo que sonaba. La situación se ha vuelto crítica.
Hubo un breve silencio al otro lado de la línea. “Entiendo,”, respondió finalmente el hombre. ¿Qué ha ocurrido? Han traído a otra viuda, Juana. Chevarría. La han drogado y temo por su vida. Hay otras mujeres desaparecidas, posiblemente asesinadas. Necesitamos ayuda inmediatamente. ¿Dónde está exactamente? En el monasterio de Santa Clara de Asís, a las afueras de Oaxaca.
“Conozco el lugar”, confirmó el periodista. He estado investigando sus finanzas durante meses gracias a la información que he recibido. ¿Puede proporcionar más detalles sobre lo que está ocurriendo ahora mismo? Tienen a la señora Echbarría en una habitación de huéspedes. Creo que intentarán hacerle firmar documentos para quedarse con su fortuna.
Y luego un ruido repentino la sobresaltó. Alguien había entrado al huerto. “Tengo que irme”, susurró Lucía. Por favor, haga algo pronto. Colgó y apagó rápidamente el teléfono, devolviéndolo a su escondite. Luego se ocultó detrás de unos arbustos conteniendo la respiración. Dos figuras se acercaban al cobertizo. A la luz de la luna, reconoció a la madre superiora y a la hermana Beatriz.
Llevaban algo entre las dos, algo pesado que arrastraban con dificultad. Cuando pasaron cerca de su escondite, Lucía pudo distinguir claramente qué era ese bulto, el cuerpo inerte de una mujer vestida de negro, Juana Echebarría. El tiempo parecía haberse detenido mientras Lucía observaba, paralizada por el horror, como las dos monjas arrastraban el cuerpo de Juana Echebarría hacia el extremo más alejado del huerto.
Desde su escondite entre los arbustos apenas se atrevía a respirar por temor a ser descubierta. La madre superiora y Beatriz se detuvieron frente a lo que parecía ser una pequeña construcción de piedra, similar a un mausoleo en miniatura cubierta parcialmente por enredaderas. Carmen sacó una llave de su bolsillo y abrió la pesada puerta de hierro.
Juntas, con evidente esfuerzo, introdujeron el cuerpo de la viuda en el interior. Lucía esperó inmóvil mientras las monjas permanecían dentro durante varios minutos. Cuando finalmente salieron, Beatriz llevaba en las manos un pequeño bulto que Lucía no pudo identificar. Cerraron la puerta con llave y regresaron hacia el convento, sus siluetas desvaneciéndose gradualmente en la oscuridad.
Solo cuando estuvo segura de que se habían alejado lo suficiente, Lucía se atrevió a moverse. Con el corazón latiendo violentamente contra sus costillas, avanzó agachada entre los cultivos hasta llegar a la pequeña estructura. era más antigua que el resto del convento, con piedras ennegrecidas por el tiempo y la humedad, una cruz desgastada coronaba el techo y la puerta de hierro oxidado tenía agravados símbolos religiosos apenas visibles bajo la ténue luz lunar.
Intentó abrirla, pero estaba firmemente cerrada. A través de una pequeña rendija pudo percibir un olor nauseabundo que le revolvió el estómago, una mezcla de humedad, podredumbre y algo más, algo que su instinto identificó inmediatamente como muerte. ¿Qué estás haciendo aquí? La voz la sobresaltó tanto que casi gritó.
Girándose bruscamente, se encontró cara a cara con la hermana Inés. La joven monja la miraba con expresión de alarma. Sus ojos muy abiertos en la penumbra. “Las vi”, respondió Lucía recuperando el aliento. A la madre superiora y a Beatriz arrastraban el cuerpo de Juana Echevarría y lo metieron ahí dentro. Inés palideció visiblemente, incluso bajo la escasa iluminación.
“Vámonos de aquí”, susurró con urgencia. “No es seguro hablar cerca de este lugar.” Tomó a Lucía del brazo y la condujo rápidamente hacia el invernadero, una estructura de cristal y metal en el otro extremo del huerto. Una vez dentro, cerró la puerta y se aseguró de que todas las ventanas estuvieran cubiertas por toldos.
“¿Está muerta?”, preguntó Lucía directamente, incapaz de contener más la pregunta que la atormentaba. Inés asintió lentamente. Probablemente el toloa en dosis altas. puede provocar un paro cardíaco, especialmente en personas con problemas previos del corazón o debilitadas por el estrés. Su voz era profesional, casi clínica, como si estuviera recitando información de un manual. O tal vez la asfixiaron.
Es más, controlable. ¿Cómo puedes hablar así? Exclamó Lucía horrorizada. Acaban de asesinar a una mujer. ¿Y qué quieres que haga? replicó Inés con amargura. Enfrentarme a ellas, denunciarlas. Ya intenté escapar una vez cuando descubrí lo que estaba pasando. Me encontraron antes de llegar al pueblo. Me trajeron de vuelta y me mantuvieron encerrada durante semanas en una celda de aislamiento en el sótano.
Me dijeron que si volvía a intentarlo, acabaría como las viudas. Las dos quedaron en silencio un momento, solo interrumpido por el sonido de las hojas de los árboles mecidas por el viento nocturno. “Usé tu teléfono”, confesó finalmente Lucía. Llamé al contacto que Gabriela me dio, un periodista de Ciudad de México. Inés la miró con una mezcla de esperanza y miedo.
“¿Y vendrá? ¿Nos ayudará?”, dijo que conocía el lugar y que había estado investigando sus finanzas durante meses, pero no sé cuándo podrá actuar o si nos creerá completamente sin pruebas concretas. Necesitamos evidencia sólida, reflexionó Inés. Fotos, documentos, algo que demuestre lo que está pasando aquí. ¿Qué hay en esa construcción donde metieron a Juana?, preguntó Lucía.
Es una antigua cripta”, explicó Inés estremeciéndose. Data de la fundación original del convento antes de las reformas del siglo XIX. Supuestamente servía para enterrar a las monjas que morían en extrema santidad. Aunque ahora dejó la frase inconclusa, pero su significado era claro.
Y el bulto que Beatriz sacó de allí, probablemente objetos personales de Juana, joyas, documentos de identidad, cualquier cosa que pudiera identificarla. Los quemarán en el sótano, como siempre hacen. Lucía sintió que las piezas encajaban en un rompecabezas macabro. Las velas negras”, murmuró. “Cada una representa a una viuda desaparecida.” Inés asintió.
“Y los objetos alrededor de cada vela son recuerdos de ellas. La madre superiora los conserva como parte de su ritual.” “¿Qué ritual?”, preguntó Lucía, aunque temía la respuesta. “Una perversión blasfema,”, respondió Inés con evidente repulsión. Carmen cree que al tomar la riqueza de estas mujeres y ofrecer sus vidas en sacrificio, está asegurando la prosperidad y longevidad del convento y de todas las que vivimos aquí.
Una vida por muchas vidas. Ese es su lema retorcido. Es una locura, murmuró Lucía. ¿Cómo puede alguien que ha dedicado su vida a Dios cometer semejantes atrocidades? El poder y el dinero corrompen incluso a quienes se escudan tras la fe”, respondió Inés con amargura. La madre Carmen llegó aquí hace 30 años cuando el convento estaba al borde de la ruina económica.
Según Gabriela, fue entonces cuando comenzaron las desapariciones de viudas ricas. El sonido de una campana distante las sobresaltó a ambas. “Es la llamada para maitines,”, explicó Inés. “Notarán nuestra ausencia. Debemos regresar por separado para no levantar sospechas. ¿Qué hacemos con Juana?, preguntó Lucía desesperadamente.
No podemos dejarla ahí. Ya es tarde para ella, respondió Inés con resignación. Pero podemos salvar a las próximas si conseguimos exponer todo esto. Vuelve a tu celda. Yo iré primero y me aseguraré de que el camino esté despejado. Mientras Inés se deslizaba silenciosamente fuera del invernadero, Lucía reflexionó sobre la terrible situación en la que se encontraba.
Había llegado al convento buscando paz y un propósito, y, en cambio, había descubierto una conspiración de asesinatos y codicia envuelta en falsa piedad. Lo peor era sentirse impotente para detener los horrores que ocurrían a su alrededor. Esperó unos minutos y luego siguió el camino de regreso, manteniéndose en las sombras.
Al pasar cerca de la cripta, no pudo evitar detenerse nuevamente. La idea de que Juana Echevarría estuviera allí dentro, posiblemente junto con los restos de otras mujeres inocentes, le provocaba una mezcla de náuseas y rabia. Impulsada por una determinación repentina. Buscó a su alrededor hasta encontrar una piedra grande y plana.
la cuña en la rendija de la puerta de hierro intentando hacer palanca. El metal oxidado crujió, pero no se dio. Frustrada, dejó caer la piedra y continuó su camino hacia el convento. Al entrar por la puerta lateral, se encontró con la hermana Teresa, que regresaba del baño. Hermana Lucía, ¿qué haces fuera a esta hora? Preguntó con sorpresa.
Yo no podía dormir, improvisó Lucía. salía a tomar un poco de aire fresco. Teresa la miró con suspicacia. “Deberías tener cuidado”, advirtió. “Las noches pueden ser peligrosas, incluso en un lugar sagrado como este. ¿Era una advertencia genuina o una amenaza velada? Lucía no podía saberlo con certeza. “Gracias por tu preocupación”, respondió con cautela.
“Regresaré a mi celda ahora.” Durante el resto de la noche, Lucía permaneció despierta, demasiado agitada para conciliar el sueño. Repasaba mentalmente todo lo que había descubierto, buscando una manera de reunir pruebas concretas que pudieran convencer a las autoridades de investigar el convento.
El periodista podría ser de ayuda, pero ¿y si no actuaba con suficiente rapidez? Y si la madre superiora y sus cómplices se deshacían de todas las evidencias antes de que alguien interviniera. Con la primera luz del alba, un plan comenzó a formarse en su mente. Era arriesgado y dependía de varios factores que escapaban a su control, pero parecía su mejor opción.
Durante el desayuno, observó discretamente a sus compañeras. La madre superiora y Beatriz actuaban con absoluta normalidad, como si no hubieran cometido un asesinato la noche anterior. Gabriela e Inés, por su parte, mantenían las cabezas bajas, evitando mirar a cualquiera directamente. El resto de las monjas parecían ajenas a la tensión que flotaba en el ambiente o tal vez eran expertas en ignorarla.
Hermana Lucía, la llamó Carmen al terminar la oración matutina. Hoy ayudarás a la hermana Beatriz en la cocina. La hermana Teresa no se encuentra bien. Lucía asintió obedientemente, aunque la perspectiva de pasar el día junto a una de las asesinas le revolvía el estómago. Sin embargo, esto podría darle acceso a áreas del convento que normalmente estarían fuera de su alcance.
La cocina era un espacio amplio con techos altos y paredes de piedra ennegrecidas por décadas de humo. Ollas de cobre colgaban de ganchos sobre una enorme estufa de leña y largas mesas de madera ocupaban el centro de la habitación. Beatriz ya estaba allí amasando pan con movimientos expertos de sus manos arrugadas.
Pela y corta esas verduras”, ordenó secamente, señalando una pila de zanahorias, cebollas y papas. “Prepararemos un caldo para el almuerzo.” Lucía obedeció en silencio, observando disimuladamente a la anciana mientras trabajaba. ¿Cómo podían esas manos que amasaban pan con tanta delicadeza ser las mismas que arrastraban el cuerpo sin vida de una mujer? La dualidad era perturbadora.
“¿Por qué te uniste a nuestra orden, hermana Lucía?”, preguntó Beatriz repentinamente, sin levantar la vista de su labor. La pregunta tomó a Lucía por sorpresa. Después de perder a mis padres, sentí que necesitaba encontrar un propósito mayor, respondió optando por la verdad. Buscaba paz y una conexión más profunda con Dios.
Y has encontrado esa paz aquí. Aún estoy adaptándome, dijo Lucía cautelosamente. Beatriz sonríó. Una expresión que no alcanzó sus ojos. El camino de la fe rara vez es tranquilo, hermana. A veces requiere sacrificios dolorosos y decisiones difíciles por un bien mayor. Había algo ominoso en sus palabras, una justificación implícita que hizo que Lucía sintiera un escalofrío.
¿Qué tipo de sacrificios? Se atrevió a preguntar. La anciana la miró directamente por primera vez, sus ojos pequeños y penetrantes estudiándola con intensidad. Todos hacemos lo que debemos para servir a Dios y a nuestra comunidad, respondió finalmente. Incluso cuando los demás no entienden nuestras acciones, continuaron trabajando en silencio durante un rato, hasta que Beatriz anunció que iría a la despensa por más ingredientes.
Tan pronto como la anciana salió, Lucía aprovechó la oportunidad. Rápidamente abrió varios cajones hasta encontrar lo que buscaba, un pequeño juego de llaves que Beatriz siempre llevaba consigo, pero que aparentemente había olvidado esta vez. Con manos temblorosas, Lucía sacó un pequeño trozo de jabón de cocina que había estado moldeando disimuladamente mientras pelaba verduras.
lo presionó contra cada llave del manojo, creando impresiones que esperaba fueran lo suficientemente detalladas para hacer copias más tarde. Justo cuando terminaba y devolvía las llaves al cajón, escuchó los pasos de Beatriz regresando. El resto de la mañana transcurrió sin incidentes, aunque Lucía sentía la constante mirada evaluadora de Beatriz sobre ella.
¿Sosba algo la anciana o simplemente era su paranoia creciente? Durante el almuerzo consiguió sentarse junto a Gabriela y deslizarle discretamente el jabón con las impresiones de las llaves bajo la mesa. “¿Puedes hacer copias?”, murmuró fingiendo pedir la sal. Gabriela asintió imperceptiblemente guardando el jabón en el bolsillo de su hábito.
Esa tarde, mientras Beatriz descansaba y Lucía limpiaba la cocina, la madre superiora entró acompañada por un hombre de unos 50 años vestido con un traje gris impecable. Hablaban en voz baja, pero en el silencio de la cocina vacía, Lucía pudo escuchar fragmentos de su conversación. Todos los papeles en orden”, decía el hombre.
La transferencia se completará en unos días. La señora Echevarría fue muy generosa. “Dios bendiga su alma caritativa”, respondió Carmen con falsa piedad. ¿Alguna pregunta sobre su repentina decisión de retirarse a un monasterio en España? Nadie cuestiona las decisiones de una viuda rica en duelo”, aseguró el hombre con una sonrisa fría.
“Y con su esposo recién fallecido no hay familiares cercanos que puedan interferir.” “Excelente, señor Morales, como siempre, su discreción será bien recompensada”. El hombre asintió y se despidió con una inclinación de cabeza. Cuando pasó junto a Lucía, que fingía estar concentrada en fregar ollas, apenas la miró. Para él, ella era tan invisible como el mobiliario.
Una vez sola, Lucía intentó procesar lo que acababa de escuchar. El hombre era claramente un cómplice, probablemente un abogado o gestor financiero que ayudaba a transferir las propiedades de las viudas al convento y ahora estaba falsificando documentos para justificar la desaparición de Juana Echevarría con una supuesta mudanza a España.
El sistema era perfecto en su perversidad. Mujeres vulnerables por el duelo, sin familiares cercanos, con grandes fortunas, atraídas al convento con promesas de consuelo espiritual, solo para ser manipuladas, drogadas, asesinadas y despojadas de sus bienes. Y todo bajo la fachada de una institución religiosa respetada por la comunidad.
Al atardecer, mientras preparaba la cena con Beatriz, Lucía vio a Gabriela pasar frente a la puerta de la cocina y hacerle una señal casi imperceptible. El mensaje era claro, tenía las llaves. Después de las oraciones vespertinas, Lucía se dirigió a su celda como todas las noches. Esperó pacientemente hasta escuchar el silencio total en los pasillos.
Esta vez no había reunión nocturna en el sótano. Aparentemente el ritual con las velas se realizaba solo en ocasiones específicas, posiblemente relacionadas con la llegada de nuevas víctimas. Cerca de medianoche salió sigilosamente de su habitación. En lugar de dirigirse al huerto como la noche anterior, esta vez se encaminó hacia la biblioteca.
Gabriela la esperaba entre las estanterías. sosteniendo un pequeño bulto envuelto en tela. “Son copias rudimentarias”, susurró entregándole tres llaves de metal. “Las hice con material sobrante del taller de manualidades. No sé cuánto tiempo funcionarán antes de romperse, así que úsalas con cuidado.” “¿Sabes cuáles abren qué puertas?”, preguntó Lucía examinando las llaves.
La más grande debe ser para la cripta del huerto. La mediana podría ser del sótano. La pequeña no estoy segura. Lucía guardó las llaves en el bolsillo de su hábito. ¿Has podido contactar con el periodista nuevamente? Gabriela negó con la cabeza. Inés dice que es demasiado arriesgado usar el teléfono tan seguido, pero me dio esto.
Le entregó una pequeña cámara digital. Es antigua, pero funciona. Si podemos obtener evidencia visual de lo que hay en la cripta y de las velas del sótano, tendremos algo concreto para mostrar a las autoridades. Esta noche iré al sótano, decidió Lucía. La cripta es demasiado expuesta. Si alguien me ve allí fuera, no tendré explicación.
Ten cuidado, advirtió Gabriela. Si te descubren, lo sé, interrumpió Lucía. Pero alguien tiene que detener esto antes de que otra mujer inocente termine como Juana Echbarría. Se despidieron con un abrazo breve, pero intenso, cargado del miedo y la determinación compartidos. Lucía salió de la biblioteca y se dirigió hacia la escalera que conducía al sótano.
El pasillo estaba en penumbras, iluminado solo por alguna vela ocasional y la luz de la luna que se filtraba por las ventanas altas. Al llegar frente a la puerta del sótano, sacó la llave mediana y la introdujo en la cerradura. Encajaba perfectamente, pero al girarla, el metal improvisado crujió de manera alarmante.
Lucía contuvo la respiración, temiendo que la llave se rompiera dentro de la cerradura. Finalmente, con un chasquido suave, el mecanismo se dio y la puerta se abrió. El sótano estaba sumido en la oscuridad total. Lucía tanteó la pared hasta encontrar el interruptor que recordaba de su primera visita. La bombilla desnuda iluminó el espacio con su luz amarillenta, revelando el mismo desorden que había visto días atrás, pero que ahora adquiría un significado mucho más siniestro a sus ojos.
Se dirigió directamente hacia el altar de las velas. Seguían allí las siete velas negras con nombres grabados, rodeadas por los objetos personales de las víctimas. Ahora, sin embargo, había una octava vela recién añadida con el nombre Juana Echebarría tallado en la cera. Junto a ella había un anillo de oro con un gran diamante, probablemente su alianza matrimonial.
Lucía sacó la cámara y comenzó a tomar fotografías del altar, de cada vela individual, de los objetos y del espacio en general. Luego se dirigió hacia las estanterías, donde había encontrado el registro la primera vez. El libro seguía allí y esta vez pudo examinarlo con más detenimiento. Era un registro meticuloso de las víctimas que se remontaba décadas atrás.
Cada entrada incluía el nombre de la mujer, la fecha de su incorporación, el valor estimado de sus bienes y, en muchos casos, detalles sobre cómo fueron atraídas al convento y el método utilizado para liberarlas, un eufemismo macabro para referirse a su asesinato. Con manos temblorosas, Lucía fotografió página tras página del horripilante documento.
La evidencia era abrumadora, no solo estaba presenciando los crímenes de la madre superiora y sus cómplices, sino descubriendo una tradición de asesinatos que abarcaba generaciones. Estaba tan absorta en su tarea que no escuchó los pasos que se acercaban por la escalera. Solo cuando la puerta del sótano se abrió de golpe, levantó la vista congelada por el terror.
En la entrada, iluminada desde atrás por la luz del pasillo, estaba la madre superior a Carmen. Su rostro, normalmente sereno, mostraba una furia gélida que transformaba sus facciones en una máscara amenazante. “Sabía que no podías dejar las cosas en paz”, dijo con voz calmada, casi resignada. Es una lástima.
Realmente creí que podrías haber sido una buena adición a nuestra hermandad. Detrás de ella aparecieron Beatriz y dos monjas más que Lucía reconoció como parte del círculo íntimo de Carmen, mujeres mayores que llevaban décadas en el convento. “La pregunta ahora es”, continuó la madre superiora, avanzando lentamente hacia ella. “¿Qué vamos a hacer contigo, hermana Lucía?” Lucía retrocedió instintivamente apretando la cámara contra su pecho.
Su mente trabajaba frenéticamente, evaluando sus escasas opciones de escape. El sótano solo tenía una salida bloqueada ahora por Carmen y sus cómplices. ¿Qué estás haciendo aquí, hermana Lucía?, preguntó la madre superiora, su voz engañosamente suave, como si realmente esperara una explicación razonable.
Buscaba, Lucía intentó ganar tiempo. Buscaba un libro de oraciones antiguo. La hermana Gabriela mencionó que podría estar aquí abajo. A medianoche con una cámara. Carmen sonríó sin humor. No insultes mi inteligencia, por favor. Beatriz y las otras dos monjas. Lucía recordaba sus nombres ahora, hermana Dolores y hermana Antonia, avanzaron también cerrando el círculo a su alrededor.
“Sé lo que han estado haciendo”, dijo finalmente Lucía, abandonando el pretexto. “Lo de Juana Echebarría, lo de las otras viudas, todo.” “¿Y qué crees saber exactamente?”, preguntó Carmen su tono conversacional, contrastando con la tensión palpable del ambiente. Que atraen a mujeres vulnerables a este convento, las drogan, las asesinan y se quedan con sus fortunas, respondió Lucía, decidida a mostrar que no tenía miedo, aunque su corazón laera desbocado, y que lo han estado haciendo durante décadas.
La madre superiora intercambió una mirada con Beatriz antes de volver a dirigirse a Lucía. Lo que hacemos, dijo con firmeza, es asegurar la supervivencia de esta sagrada institución que ha estado al borde de la ruina económica más veces de las que puedes imaginar. ¿Tienes idea de lo que cuesta mantener un edificio histórico como este? De lo que significa preservar siglos de tradición y devoción.
Ninguna tradición justifica el asesinato, replicó Lucía. Asesinato. Carmen parecía genuinamente ofendida. Preferimos verlo como una transformación. Estas mujeres, destrozadas por la pérdida de sus esposos, encuentran un propósito superior al contribuir a nuestra obra. Sus vidas mundanas terminan, sí, pero sus legados continúan a través de nuestro trabajo.
La frialdad con que hablaba de sus crímenes, la retorcida lógica con que los justificaba, provocó en Lucía una mezcla de repulsión y rabia. Son asesinas, insistió, y pagarán por lo que han hecho. Carmen suspiró como si estuviera decepcionada con una estudiante que no comprende una lección sencilla. Hermana Beatriz, por favor, cierra la puerta.
Ordenó sin apartar la mirada de Lucía. Parece que tendremos que hacer un espacio para una nueva vela en nuestro altar. Beatriz obedeció y el sonido de la pesada puerta de madera cerrándose resonó como una sentencia en el sótano. Lucía comprendió que no tenía intención de salir de allí con vida.
No servirá de nada, dijo intentando que su voz sonara firme. No soy la única que sabe lo que están haciendo. Hay personas fuera del convento que tienen pruebas. Si me pasa algo, irán directamente a las autoridades. Una sombra de duda cruzó brevemente el rostro de Carmen. ¿Te refieres a ese periodista con el que has estado en contacto? Preguntó confirmando los peores temores de Lucía.
Alguien la había traicionado. Oh, sí, sabemos sobre eso también. La hermana Inés nos lo contó todo esta tarde después de una pequeña persuasión. El corazón de Lucía se hundió. Inés las había traicionado o la habían torturado para obtener información. Cualquiera de las dos posibilidades era igualmente devastadora.
Da igual, continuó con falsa seguridad. Las fotos que tomé ya han sido enviadas. Es demasiado tarde para encubrirlo todo. Mentirosa. Sonríó Carmen casi con admiración. Tienes agallas, hermana Lucía. Lo reconozco. Es una cualidad que habríamos apreciado si hubieras elegido unirte a nuestra causa. Mientras hablaban, Beatriz había estado preparando algo en una pequeña mesa al fondo del sótano.
Ahora se acercaba con un vaso de agua en una mano y un frasco pequeño en la otra. “Te ofrecemos una opción”, dijo la madre superiora. “puedes tomar el toloache voluntariamente, lo que te garantiza una transición pacífica. y sin dolor, o podemos proceder de manera menos gentil. El resultado será el mismo, pero el proceso puede ser considerablemente más desagradable para ti.
Lucía miró el vaso que Beatriz le ofrecía. Su mente trabajaba frenéticamente, buscando una salida, una manera de ganar tiempo. ¿Puedo al menos saber por qué?, preguntó. ¿Por qué mujeres? ¿Por qué viudas específicamente? Carmen pareció considerar la pregunta como razonable. La tradición comenzó con la fundadora de este convento, madre Agustina, en 1786, explicó con el tono de quien imparte una lección histórica.
Ella estableció el convento con la fortuna de su difunto esposo, un terrateniente español. Cuando los fondos comenzaron a escasear, encontró soluciones creativas, viudas ricas, sin hijos, que buscaban consuelo espiritual, mujeres a las que nadie echaría de menos realmente y almas perdidas que encuentran su propósito final en nuestra obra”, añadió Beatriz con fervor religioso.
Durante dos siglos, continuó Carmen, esta práctica ha mantenido vivo el convento a través de guerras, revoluciones, persecuciones religiosas y crisis económicas. Cada madre superiora ha pasado el conocimiento a su sucesora, preservando no solo el ritual, sino su significado profundo. Es una abominación, murmuró Lucía.
Es supervivencia, corrigió Carmen. Y ahora, hermana Lucía, es tu turno de contribuir a nuestra causa, no con tu fortuna, que evidentemente no posees, sino con tu silencio eterno. Dio un paso adelante y tomó el vaso de las manos de Beatriz, ofreciéndoselo a Lucía. Bebe, ordenó, “te prometo que será indoloro.” Lucía observó el vaso ganando segundos preciosos.
Si lo rechazaba, probablemente la forzarían. Y en una lucha física contra cuatro mujeres no tenía posibilidades. Si fingía acceder, quizás podría encontrar una oportunidad para escapar. Lentamente extendió la mano para tomar el vaso, pero en el último instante, en un movimiento desesperado, lo golpeó hacia arriba, lanzando su contenido al rostro de Carmen.
La madre superiora gritó, “¡Más por la sorpresa que por el dolor!”, y Lucía aprovechó la confusión momentánea para empujar a Beatriz y lanzarse hacia la puerta. Dolores y Antonia intentaron interceptarla, pero Lucía las esquivó por centímetros. llegó a la puerta y tiró de ella con todas sus fuerzas, pero estaba cerrada con llave. “Atrapadla”, ordenó Carmen, limpiándose el rostro con la manga de su hábito.
Desesperada, Lucía miró a su alrededor y vio una pesada estatua de bronce sobre una repisa. La tomó y la lanzó contra la bombilla que colgaba del techo, sumiendo el sótano en la oscuridad total. El caos estalló inmediatamente. Las monjas gritaban y se tropezaban entre sí. Mientras Lucía, aprovechando que conocía la disposición del lugar, se movía sigilosamente hacia donde recordaba que había una ventana pequeña cerca del techo, apenas lo suficientemente grande para que una persona delgada pudiera pasar. En la
confusión, escuchó a Carmen ordenar a Beatriz que fuera a buscar velas o linternas. La puerta del sótano se abrió brevemente, permitiendo que un poco de luz del pasillo se filtrara, suficiente para que Lucía confirmara la ubicación de la ventana. Era alta, casi a nivel del techo, y parecía estar sellada desde hacía años.
Rápidamente apilió cajas y un taburete para alcanzarla. El ruido alertó a las monjas que se dirigieron hacia ella en la oscuridad. Está intentando escapar por la ventana, gritó Antonia. Lucía alcanzó el vidrio polvoriento y lo golpeó con el puño, envolviéndose la mano con un trozo de tela para protegerse. El cristal, debilitado por décadas de humedad y abandono, se dio con un crujido.
Detenedla. La voz de Carmen sonaba frenética. Ahora, sintiendo manos que intentaban agarrarla por los tobillos, Lucía se impulsó hacia arriba con todas sus fuerzas, introduciéndose en el estrecho hueco de la ventana. Fragmentos de vidrio rasgaron su hábito y arañaron su piel, pero el dolor era insignificante comparado con el terror de lo que le esperaría si la atrapaban.
Con un último esfuerzo desesperado, consiguió pasar la parte superior de su cuerpo a través de la ventana. Estaba a nivel del suelo exterior, dando al patio lateral del convento. Se arrastró hacia afuera, sintiendo el aire fresco de la noche en su rostro como una promesa de libertad.
Detrás de ella escuchó a Carmen ordenando a las otras que la siguieran por la puerta principal, que rodearan el edificio, que no la dejaran escapar. Sin perder un segundo, Lucía echó a correr hacia el huerto. No podía salir por la puerta principal. Seguramente estaría vigilada o cerrada. Su única esperanza era llegar al muro trasero del convento que daba a un terreno boscoso. Si conseguía escalarlo.
Al llegar al huerto vio una figura que se movía entre los árboles. Por un instante el pánico la paralizó hasta que reconoció a Gabriela. Por aquí, susurró la bibliotecaria haciéndole señas para que la siguiera. Juntas corrieron hacia el extremo más alejado del huerto, donde el muro era ligeramente más bajo debido al desnivel del terreno.
A lo lejos escuchaban voces y vieron el resplandor de linternas. Las monjas habían salido en su búsqueda. Inés nos traicionó. Jadeó Lucía mientras corrían. Se lo contó todo a Carmen. No tuvo elección, respondió Gabriela. La encontraron con el teléfono. La tienen encerrada en una celda de aislamiento. Llegaron al muro.
Tenía unos 3 m de altura en ese punto, construido con grandes bloques de piedra erosionados por el tiempo. “Yo te ayudaré a subir”, dijo Gabriela, entrelazando sus manos para formar un escalón. “Luego me ayudas tú desde arriba.” ¿Qué hay de Inés? preguntó Lucía vacilando. No podemos hacer nada por ella ahora.
Si escapamos, podremos enviar ayuda. Las voces se acercaban. No había tiempo para más dudas. Lucía puso su pie en las manos de Gabriela y se impulsó hacia arriba, agarrándose a las irregularidades del muro. Con esfuerzo consiguió llegar a la cima y tendió su mano a Gabriela, que comenzó a trepar apoyándose en las grietas entre las piedras.
En ese momento, un grito cortó el aire nocturno. Allí están, era la voz de Beatriz junto al muro sur. Date prisa”, urgió Lucía, estirando su brazo todo lo posible para alcanzar a Gabriela. Sus dedos apenas se rozaron cuando un objeto golpeó la cabeza de Gabriela con un ruido sordo. La bibliotecaria soltó un gemido y se desplomó hacia atrás, cayendo pesadamente sobre el suelo terroso.
“¡Gabriela!”, gritó Lucía horrorizada. La madre superior a Carmen emergió de las sombras, sosteniendo lo que parecía ser una pesada cruz de metal, ahora manchada con la sangre de Gabriela. “Qué decepción”, dijo mirando el cuerpo inmóvil de la bibliotecaria. Siempre supe que tenía dudas, pero esperaba que su lealtad a la orden prevaleciera.
Lucía estaba paralizada por el shock. Desde lo alto del muro podía ver a Gabriela tendida en el suelo, un charco oscuro formándose lentamente alrededor de su cabeza. No sabía si estaba viva o muerta. “Baja ahora, hermana Lucía”, ordenó Carmen. Su voz nuevamente calma. O te aseguro que su sufrimiento apenas comienza.
Dolores y Antonia habían llegado también junto con varias monjas más que Lucía no había visto participar en los rituales. Cuántas estaban involucradas. Todo el convento era cómplice de estos horrores. La decisión se formó en un instante. No podía abandonar a Gabriela, pero tampoco podía entregarse y perder toda esperanza de exponer los crímenes del convento.
“Lo siento”, susurró, aunque sabía que Gabriela no podía oírla, y saltó hacia el otro lado del muro. La caída fue más larga de lo que esperaba. aterrizó duramente sobre un terreno irregular, sintiendo un dolor agudo en el tobillo, pero se obligó a levantarse. Estaba en un área boscosa, con árboles y arbustos que ofrecían cierta cobertura.
Sin mirar atrás, comenzó a correr lo mejor que pudo, cojeando ligeramente, adentrándose en la oscuridad del bosque. No sabía exactamente hacia dónde se dirigía, solo que necesitaba alejarse del convento lo más rápido posible. Tras unos minutos de carrera desesperada, escuchó voces y vio luces que se movían cerca del muro.
Estaban organizando una búsqueda. Pronto se darían cuenta de que había saltado hacia el bosque y vendrían tras ella. Lucía se detuvo un momento para orientarse. La Luna proporcionaba suficiente luz para distinguir formas básicas, pero no detalles. A lo lejos creyó ver las luces de lo que podría ser el pueblo más cercano.
Si lograba llegar allí, podría buscar ayuda, contactar con las autoridades o con el periodista. Un ruido a su izquierda la alertó. Alguien o algo se movía entre los árboles. Se agachó instintivamente, ocultándose tras un arbusto espeso. Una linterna iluminó el área donde había estado segundos antes. Lucía contuvo la respiración mientras el az de luz recorría el suelo.
Los árboles pasando a apenas un metro de su escondite. “Debe haber ido por aquí”, dijo una voz que reconoció como la de Beatriz. “Hay huellas en el barro. Separémonos”, respondió otra voz, “probablemente Dolores. No puede haber llegado muy lejos con esa caída.” Lucía esperó inmóvil hasta que los sonidos se alejaron lo suficiente.
Luego, con extremo cuidado, comenzó a avanzar en dirección contraria, manteniéndose agachada y evitando las áreas abiertas. El bosque se volvía más denso a medida que se alejaba del convento, dificultando su avance. pero también ofreciéndole mejor cobertura. Su tobillo protestaba con cada paso, pero el miedo y la adrenalina amortiguaban el dolor.
Después de lo que le pareció una eternidad, llegó a un pequeño claro donde un arroyo cortaba el terreno. Se detuvo para beber agua y evaluar su situación. Las luces del pueblo parecían más cercanas ahora, quizás a un kilómetro de distancia. Si seguía el curso del arroyo, probablemente la llevaría hacia allá, ya que los asentamientos humanos suelen establecerse cerca de fuentes de agua.
Fue entonces cuando recordó la cámara. En la confusión de su huida, no había pensado en ella. Palpó su hábito desesperadamente y para su alivio la encontró aún en el bolsillo interno, aparentemente intacta. Las imágenes que contenía eran la única evidencia concreta que tenía contra el convento, la única prueba de los horrores que había presenciado.
Sin ellas, su historia sonaría como el delirio de una monja perturbada. Reanudó su camino siguiendo el arroyo, moviéndose lo más rápido que su tobillo lesionado le permitía. Las luces de búsqueda ya no se veían, pero eso no significaba que hubieran desistido. Carmen no parecía el tipo de persona que se rinde fácilmente. Tras casi una hora de avance constante, el bosque comenzó a aclararse y pronto se encontró en la periferia de un pequeño pueblo.
Las calles estaban desiertas a esa hora de la madrugada, las casas a oscuras, excepto por alguna luz ocasional. Lucía se detuvo en la primera calle intentando decidir hacia dónde ir. Necesitaba encontrar ayuda, pero a quién podría acudir a esas horas y quién creería su historia. Mientras evaluaba sus opciones, vio lo que parecía ser una estación de policía al final de la calle.
Una pequeña luz iluminaba el letrero policía municipal. Era su mejor esperanza. con paso decidido, aunque aún cauteloso, se dirigió hacia allí. Al acercarse, vio que efectivamente había alguien dentro. A través de la ventana distinguió a un oficial de mediana edad, sentado detrás de un escritorio, aparentemente rellenando algún tipo de informe.
Respiró profundamente y entró. El oficial levantó la vista sorprendido al ver a una monja magullada con el hábito rasgado y manchado de tierra y sangre a esas horas de la noche. Hermana, se puso de pie inmediatamente. ¿Está usted bien? ¿Qué le ha ocurrido? Necesito ayuda. Comenzó Lucía, su voz temblando ligeramente por el agotamiento y la tensión acumulada.
Vengo del monasterio de Santa Clara de Asís. Han han asesinado a una mujer y creo que a mi amiga también. El oficial la miró con una mezcla de confusión y alarma. “Por favor, siéntese”, dijo ofreciéndole una silla. “Está herida. Solo mi tobillo no es grave”, respondió sentándose agradecida. Pero necesito que me escuche, es muy importante.
Durante los siguientes 20 minutos, Lucía relató que había descubierto y presenciado en el convento. Las velas negras, el ritual, el asesinato de Juana Echbarría, la agresión contra Gabriela. Mientras hablaba, notaba que la expresión del oficial pasaba de la preocupación al escepticismo. “Hermana”, dijo finalmente cuando ella terminó su relato, “Esas son acusaciones muy graves contra una institución respetada.
La madre superior a Carmen es muy apreciada en la comunidad. Realiza obras de caridad. Organiza eventos benéficos. Todo financiado con el dinero robado a sus víctimas. interrumpió Lucía con amargura. Tengo pruebas. sacó la cámara de su bolsillo. Aquí hay fotografías del altar con las velas, del libro de registros donde documentan cada asesinato.
El oficial tomó la cámara con cautela como si pudiera contener algo peligroso. Comenzó a revisar las fotografías, su rostro volviéndose gradualmente más serio. “Esto es”, murmuró pasando de una imagen a otra. Es difícil de creer, pero estas fotos, el sonido de un vehículo deteniéndose bruscamente frente a la estación interrumpió sus palabras.
Ambos miraron hacia la puerta y el corazón de Lucía se contrajo al ver a la madre superior a Carmen entrando, seguida por Beatriz. “Gracias a Dios la han encontrado”, exclamó Carmen al verla con una expresión de alivio perfectamente actuada. Hemos estado tan preocupadas. Se volvió hacia el oficial que se había puesto de pie respetuosamente.
Oficial Ramírez, le agradezco que haya cuidado de nuestra hermana Lucía. Ha estado pasando por un episodio delicado. Dejó de tomar su medicación hace unos días. Medicación, repitió el oficial mirando a Lucía con renovada duda. Para su condición, explicó Carmen con tono compasivo. Esquizofrenia paranoide. Normalmente está controlada, pero cuando abandona el tratamiento, bueno, comienza a tener delirios elaborados.
Esta no es la primera vez que escapa del convento convencida de conspiraciones imaginarias. Está mintiendo”, exclamó Lucía, poniéndose de pie tan bruscamente que la silla cayó hacia atrás. “Acabo de mostrarle las pruebas, las fotografías.” El oficial Ramírez miró nuevamente la cámara en sus manos, claramente conflictuado.
Son solo fotografías de un sótano dijo finalmente. Velas, libros viejos no prueban nada criminal por sí mismas, pero el registro, los nombres, insistió Lucía desesperadamente. Juana e Chebarría, pueden verificar que desapareció después de visitar el convento ayer mismo. La señora Echbarría partió esta mañana hacia España, donde ingresará en un retiro espiritual, respondió Carmen con serenidad.
Tenemos todos los documentos firmados por ella misma. Puedo mostrarlos a cualquier autoridad que lo solicite. Se acercó a Lucía con expresión de preocupación maternal. Hermana Lucía, es hora de volver a casa y retomar tu tratamiento. Todos estamos preocupados por ti. No. Lucía retrocedió buscando instintivamente una salida oficial.
Por favor, tienen a la hermana Inés encerrada y la hermana Gabriela la golpearon. Podría estar muerta. Carmen suspiró con tristeza teatral. La hermana Gabriela está perfectamente bien, aunque preocupada por ti. Y la hermana Inés nunca ha estado encerrada. Estas son exactamente el tipo de fantasías que produce su condición.
El oficial Ramírez parecía cada vez más convencido por la versión de Carmen. La respetada madre superiora contra una monja, aparentemente desequilibrada, no era difícil adivinar a quién creería. Tal vez deberíamos llamar a un médico”, sugirió dirigiéndose a Carmen. “No será necesario, respondió esta. Tenemos todo lo necesario en el convento.
Nuestro médico está en camino.” En ese momento, la puerta de la estación se abrió nuevamente. Un hombre de unos 40 años, con chaqueta de cuero y expresión decidida, entró seguido por una mujer joven que portaba una cámara profesional. Disculpen la interrupción”, dijo el hombre mostrando una identificación.
“Soy Ricardo Fuentes, periodista de investigación del diario El Universal de Ciudad de México y estoy buscando a alguien conocido como la fuente del convento.” Los ojos de Lucía se iluminaron con esperanza renovada. Soy yo, dijo rápidamente antes de que Carmen pudiera intervenir. Yo le llamé anoche.
Fuentes la examinó con atención, notando su estado deplorable y la tensión evidente en la habitación. He estado investigando las finanzas del monasterio de Santa Clara de Asís durante meses, explicó dirigiéndose al oficial. Transferencias sospechosas, propiedades que pasan misteriosamente a manos del convento, viudas ricas que desaparecen sin dejar rastro.
“Este hombre no tiene autoridad aquí”, interrumpió Carmen, su compostura comenzando a resquebrajarse. “Oficial Ramírez, le pido que haga su trabajo y nos ayude a llevar a nuestra hermana confundida de vuelta al convento. El periodista sacó una carpeta de su maletín. Tengo documentación que vincula al menos 17 desapariciones de mujeres adineradas con visitas previas al convento en los últimos 30 años.
Continuó ignorando a Carmen. Todas viudas sin hijos, todas con grandes fortunas que terminaron en las arcas del monasterio. Lucía se acercó al periodista, manteniendo distancia de Carmen y Beatriz. Tengo fotografías”, dijo señalando la cámara que aún sostenía el oficial. “Del altar, del registro, de todo.
” “Suficiente”, exclamó Carmen, abandonando toda pretensión de calma. “Oficial, este hombre está interfiriendo en un asunto interno de la iglesia. Le exijo que lo expulse de aquí inmediatamente. Pero el oficial Ramírez ya estaba examinando los documentos que Fuentes había puesto sobre su escritorio. Su expresión se tornaba más grave con cada página que revisaba.
“Esto es”, murmuró levantando la mirada hacia Carmen. “Madre superiora, me temo que estas acusaciones son demasiado serias para ignorarlas.” Tonterías, espetó Carmen, su rostro ahora una máscara de furia apenas contenida. Todo esto es una conspiración para desprestigiar a la iglesia, para robar nuestras propiedades. El periodista sacó su teléfono y mostró algo en la pantalla.
“Recibí este video hace menos de una hora”, dijo, reproduciéndolo para que todos pudieran ver. fue enviado por alguien dentro del convento. En la pantalla se veía claramente a Carmen y Beatriz arrastrando el cuerpo de una mujer vestida de negro, inequívocamente, Juana Echebarría, hacia la cripta del huerto. La grabación era borrosa, pero inconfundible.
“La hermana Inés”, murmuró Lucía, reconociendo el ángulo de la filmación. Debía haberlo grabado desde el invernadero después de que la descubrieran con el teléfono, probablemente como último acto desesperado antes de ser capturada. “Esto es un montaje”, protestó Carmen, pero su voz había perdido fuerza. “Una manipulación digital.
” “No lo creo”, respondió el oficial Ramírez, cuya actitud había cambiado completamente. “Madre superiora, me temo que tendrá que acompañarme a la comisaría. para responder algunas preguntas. Carmen miró a Beatriz, luego a Lucía y finalmente al periodista como evaluando sus opciones. Por un instante pareció que iba a intentar huir, pero entonces sus hombros se hundieron ligeramente en un gesto de rendición.
Todo lo que hice fue por el bien del convento”, dijo con voz fría, “por la preservación de una tradición sagrada que ustedes jamás podrán comprender. Eso lo explicará ante el juez”, respondió el oficial tomando su radio para solicitar refuerzos. En las horas siguientes, la pequeña estación de policía se convirtió en el centro de una operación que crecía exponencialmente.
Más oficiales llegaron, seguidos por agentes federales alertados por la gravedad de los presuntos crímenes. Un equipo forense fue enviado al convento donde encontraron exactamente lo que Lucía había descrito, el altar con las velas negras, el registro de víctimas y, más horripilante aún, los restos de múltiples cuerpos en la cripta del huerto.
Gabriela fue encontrada con vida, aunque gravemente herida, y trasladada inmediatamente al hospital. Inés estaba efectivamente encerrada en una celda de aislamiento en el sótano, deshidratada, pero sin heridas graves. A medida que la investigación avanzaba, quedó claro que no todas las monjas del convento estaban al tanto de lo que ocurría.
Muchas, especialmente las más jóvenes o las que habían llegado en los últimos años, estaban genuinamente horrorizadas al descubrir la verdad. Otras, sin embargo, habían sido cómplices durante décadas, participando en los rituales y ayudando a encubrir los crímenes. La noticia se extendió como un incendio forestal, conmocionando a la comunidad local y eventualmente al país entero.
El caso de las monjas asesinas, como lo apodaron los medios, se convirtió en uno de los escándalos más impactantes en la historia reciente de México. Tres meses después, Lucía se encontraba sentada en la sala de espera de la Fiscalía Especializada en Delitos contra la mujer en Ciudad de México. Vestía ropa civil ahora, habiendo dejado los hábitos poco después de que el caso saliera a la luz.
Su fe seguía intacta, pero su confianza en las instituciones religiosas había quedado irremediablemente dañada. Hermana Lucía, perdón, señorita Méndez, la llamó una asistente. El fiscal la recibirá ahora. Lucía asintió y se puso de pie. Junto a ella estaban Gabriela e Inés, también vestidas de civil, sus rostros mostrando las cicatrices emocionales, sino físicas, de su experiencia.
¿Lista? Preguntó Gabriela, que se había recuperado completamente de la herida en su cabeza, aunque aún sufría ocasionales dolores de cabeza. tan lista como puedo estar”, respondió Lucía con una sonrisa tensa. Es la última declaración antes del juicio. El juicio contra Carmen Velázquez, Beatriz Soto y otras cinco monjas cómplices comenzaría la semana siguiente.
Se enfrentaban a múltiples cargos de asesinato, secuestro, fraude y profanación de cadáveres. La evidencia era abrumadora y las confesiones de algunas de las implicadas habían sellado prácticamente su destino. La investigación había revelado que al menos 23 mujeres habían sido asesinadas en el convento durante los últimos 30 años, todas siguiendo el mismo patrón, viudas adineradas, sin hijos, manipuladas para transferir sus bienes al monasterio antes de ser drogadas y asesinadas.
El escándalo había sacudido a la Iglesia Católica en México, que se había apresurado a condenar los actos. y a cooperar plenamente con las autoridades, aunque muchos cuestionaban cómo tales horrores habían podido pasar desapercibidos durante tanto tiempo. Mientras caminaban por el pasillo hacia la oficina del fiscal, Ricardo Fuentes apareció desde una sala adyacente.
Lucía, Gabriela Inés saludó con afecto. Quería desearles suerte. Antes de la declaración, el periodista se había convertido en un amigo cercano durante los meses posteriores al descubrimiento. Su investigación, combinada con el testimonio de Lucía y las pruebas que había recopilado, había sido fundamental para desentrañar la red de crímenes del convento.
Gracias, Ricardo, respondió Lucía. ¿Alguna noticia sobre el libro? El editor está entusiasmado. Sonríó el periodista. cree que puede estar listo para publicarse a principios del próximo año, si todo va bien con el juicio. Ricardo estaba escribiendo un libro detallado sobre el caso con la colaboración de las tres exmonjas, que contaría toda la historia desde sus inicios hasta el eventual juicio.
Se trata solo de exponer horrores, había explicado cuando les propuso la idea, sino de entender cómo la fe puede ser manipulada y pervertida por aquellos en posiciones de poder. Antes de entrar a la oficina del fiscal, Lucía se detuvo un momento contemplando el camino recorrido desde aquella tarde de octubre en que llegó al monasterio de Santa Clara de Asís buscando paz y propósito.
No había encontrado lo que esperaba, pero quizás había hallado algo igualmente valioso, la fuerza para enfrentarse al mal, incluso cuando venía disfrazado de santidad, la determinación para buscar la verdad, sin importar cuán oscura fuera, y la convicción de que la verdadera fe no residía en rituales o instituciones, sino en las acciones que uno tomaba frente a la injusticia.
Vamos, dijo finalmente abriendo la puerta, hagamos que se haga justicia. Y mientras entraban juntas a la oficina, Lucía pensó en todas aquellas mujeres cuyos nombres había visto grabados en velas negras. Juana Echevarría, Isabel Contreras, María Dolores Jiménez y tantas otras mujeres que habían buscado consuelo en su dolor y habían encontrado en su lugar una muerte cruel a manos de quienes deberían haberlas protegido.
Por ellas, por sus memorias, Lucía seguiría luchando hasta que el último responsable pagara por sus crímenes, hasta que la última vela negra se apagara y su luz fuera reemplazada por la claridad de la verdad y la justicia. M.
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