En el silencio tenso de la casa herrera, la traición se volvió violencia.

La amante avanzó con una sonrisa cruel. Agarró con furia el cabello de la esposa
embrazada y lo tiró hacia atrás con brutalidad. Lucía tambaleó, una mano
protegiendo desesperada su vientre, el rostro marcado por el dolor y la humillación. “¿Todavía crees que esta es
tu casa?”, escupió Sofía con desprecio. Diego permaneció inmóvil, incapaz de
intervenir, clavando aún más la herida en el corazón de su mujer. Y justo cuando la sala parecía hundirse en la
desesperación, la puerta se abrió de golpe. Allí, con la mirada de acero de
quien ha visto la guerra, apareció Javier, el hermano ex Marmarine, dispuesto a defenderla con toda la
fuerza de la sangre y la verdad. La tranquilidad de Salamanca en primavera esconde grietas que pronto
saldrán a la luz. La ciudad respira una calma antigua bajo el brillo de las
piedras doradas. Desde la plaza mayor llegan risas de niños y conversaciones de vecinos que se saludan por nombre,
como si cada banco guardara una historia compartida. A esa hora en que el sol baja y las sombras se alargan, Lucía
Herrera camina despacio con una mano en el vientre y la otra protegiéndose del aire fresco. Observa los arcos, la
rotación paciente de los camareros, el baibén de turistas que levantan la vista hacia los medallones de la fachada.
podría detenerse a conversar con cualquiera, pero una discreta capa de silencio la acompaña. Ella sabe que es
querida, pero también sabe que en casa hay una silla vacía que cada noche pesa
un poco más. Detiene el paso frente al café novelty. Dentro huele a café recién
molido y a tostadas con tomate. Un camarero mayor, de gesto amable la
reconoce y le abre la puerta con una inclinación de cabeza. Buenas tardes, señora. Ella contesta con una sonrisa
pequeña y se sienta cerca de la ventana donde la luz le calienta las manos. Pide
un café con leche y un vaso de agua. En la bandeja metálica, unas monedas
tintinean dentro de un platillo propinas de la mesa anterior. El camarero deja la taza con cuidado, le pregunta por el
embarazo y Lucía responde que todo marcha bien, que el médico ha dicho que el niño crece fuerte. Lo dice con
orgullo y con un hilo de preocupación que apenas se nota. Diego Ramírez llega tarde como últimamente.
Lleva traje oscuro, corbata bien anudada y el móvil encendido sobre la palma.
Ofrece a todos un saludo rápido y elegante. La clase de saludo que parece cercano sin comprometerse se sienta
frente a Lucía y deja el móvil encima de la mesa. Ella guarda silencio un momento, esperando que él sea adelante,
que pregunte por el bebé. o por su día. Él mira la pantalla, desplaza con el
dedo, borra una notificación y alza la vista con una sonrisa cansada. Pide un
cortado. El camarero lo sirve con precisión y se retira dejando la bandeja
a un lado por si hacen falta churros. El tintineo de las cucharillas y el murmullo de la sala son un telón en el
que cada frase encuentra su sitio. Lucía rompe la espera con una pregunta que contiene muchas otras. ¿Te quedarás esta
noche en casa? Diego toma aire como si cada respuesta fuera una operación
delicada. No lo sé. Tengo reuniones hasta tarde. Lo dice sin dureza, pero
también sin ternura. Ella asiente. Hablan del trabajo, de un proveedor que no cumplió plazos, de la necesidad de
viajar a Madrid en unos días para una firma. Lucía escucha con atención,
pregunta lo esencial, ofrece un comentario prudente. El embarazo la hace más atenta a los detalles, más sensible
a los silencios. Él agradece con monosílabos, levanta la tasa, mira por
la ventana, vuelve al móvil. En el café, una pareja de jubilados discute con
cariño sobre la calidad de los churros. Ella invoca al novelty de su juventud. Él dice que aquí siempre supieron
freírlos en el punto justo. La costumbre española de opinar sobre lo de todo, sin ofender a nadie se mezcla con la música
bajita que sale del fondo. Cuando terminan, el camarero acerca la cuenta en una bandeja. Diego deposita billetes.
Lucía añade discretamente unas monedas. Esa propina que reconoce el oficio del
camarero que no tuvo prisa, que preguntó por el niño y miró a los ojos. Se
levantan. Él consulta el reloj. Ella propone pasear un poco por la plaza, respirar la tarde. Él responde que debe
hacer una llamada. Se besan en la mejilla. Ella sale primero. Baja el escalón con cuidado. Siente al niño
moverse como si la animara a seguir, como si supiera que el mundo que lo espera no está hecho solo de certezas.
La Plaza Mayor brilla con una claridad que realza la piedra y hace pensar en cuadros antiguos. Hay estudiantes que
comentan exámenes, señoras que comparten noticias de familia, turistas que se
sacan fotos junto a la estatua de Unamuno. Lucía camina sin prisa. Sus pasos la llevan hacia los soportales,
donde la sombra refresca y el eco de las voces se suaviza. Pasa frente a un
escaparate y se detiene a mirar un jersy de lana fina para recién nacidos. Se
imagina doblándolo en un cajón perfumado. Se imagina pequeñas manos sujetando su dedo. La ciudad, que parece
hecha de saludos y patios compartidos, le ofrece de repente una imagen que corta la respiración. A tres terrazas de
distancia, al otro lado del cuadrado perfecto de la plaza, ve a Diego sentarse en una mesa que no es la suya.
Frente a él, una mujer a la que ha visto alguna vez de lejos levanta la barbilla con una sonrisa segura.
Sofía Calderón es joven, segura de cada gesto. Tiene esa manera de escuchar a un
hombre que le promete atención hasta en los silencios. Lucía no se acerca, decide mirar lo justo. No más, no menos.
La prudencia le dicta que observe el lenguaje de los cuerpos como si fuera una conversación al margen de la
gramática. Diego inclina el torso hacia Sofía. Ella ríe. Él le toma la mano un
instante, casi un rose, pero lo suficiente para que Lucía sienta que una
grieta recorre su calma cuidadosamente construida. Se dice que puede ser una reunión de trabajo. Se dice que en la
empresa hay nuevas colaboraciones y que Salamanca es un pañuelo donde todos
acaban sentándose con todos. Se dice que no es nada, que él seguirá esa noche en
casa, que volverá pronto, que la llama en cuanto termine. Todas las historias
que uno se cuenta a sí mismo acuden a su mente con la velocidad de un rezo. La
brisa trae el olor de un chocolate espeso que un camarero sirve a una mesa con niños. Unos turistas franceses
preguntan si aquí se deja propina y un joven salmantino les explica sonriendo que no es obligatoria, pero que siempre
se agradece. Los músicos callejeros rasgan una guitarra con un bolero antiguo. Una
mujer comenta a su amiga que las procesiones de Semana Santa ya están cerca y que este año la ciudad se ve más
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