La Cocinera Que Sedujo al Sacerdote y Se Volvió Doña del Convento:El Secreto Que Sacudió Cuzco, 1688

El frío de los Andes calaba hasta los huesos aquella madrugada de julio de 1688. La niebla se arrastraba por las calles empedradas de Cuzco como fantasmas errantes, mientras los primeros rayos del sol apenas alcanzaban a iluminar las cúpulas doradas de las iglesias coloniales. En la cocina del convento de Santa Catalina, Isabel Quispe encendía el fogón con manos temblorosas.
A sus años había logrado lo que pocas mujeres indígenas podían soñar, un trabajo respetable como cocinera en uno de los conventos más prestigiosos de la ciudad. El vapor ascendía lentamente mientras Isabel preparaba el desayuno para las monjas y el sacerdote confesor. Sus dedos, ásperos por el trabajo constante, se movían con precisión mientras cortaba hierbas aromáticas.
Su rostro de facciones delicadas, pero marcadas por una vida de sacrificios, permanecía sereno, aunque sus ojos oscuros guardaban secretos que nadie en el convento podía imaginar. La canela, el clavo y una pizca de guanarpo macho, susurró para sí misma mientras añadía discretamente el último ingrediente a la taza destinada al padre Alonso de Mendoza.
La antigua hierba afrodicíaca, conocimiento heredado de su abuela curandera, se disolvía sin dejar rastro en el chocolate espeso que preparaba cada mañana para el sacerdote. El padre Mendoza, un hombre de 40 años, había llegado desde España hacía apenas 2 años. Alto deporte distinguido y mirada penetrante. Era conocido tanto por su erudición como por su rigidez moral.
Las monjas lo admiraban y temían a partes iguales. Isabel, sin embargo, había notado las miradas furtivas que le dirigía cuando creía que nadie lo observaba. Buenos días, Isabel. La voz profunda del sacerdote la sobresaltó. Había entrado en la cocina sin hacer ruido, como era su costumbre. El aroma de tu chocolate es tentador esta mañana.
Buenos días, padre”, respondió Isabel bajando la mirada con fingida humildad mientras le ofrecía la taza humeante. “Espero que sea de su agrado.” Sus dedos se rozaron durante un instante que pareció eterno. Isabel percibió como la respiración del sacerdote se alteraba levemente.
Tres meses de pequeñas dosis de guanarpo macho estaban surtiendo efecto. Padre Mendoza bebió lentamente, saboreando cada sorbo mientras observaba a Isabel moverse por la cocina. Tienes un don especial, Isabel. Tus manos parecen bendecidas por Dios. Son solo recetas de mi familia, padre”, respondió ella con una sonrisa apenas insinuada.
Mi abuela me enseñó que la comida puede alimentar más que el cuerpo. La madre superiora, sor María de los Ángeles, entró en ese momento en la cocina. Su rostro severo se tensó al ver al sacerdote a solas con la cocinera. Padre Mendoza, las hermanas lo esperan para la misa matutina. Por supuesto, madre superiora, respondió él terminando su chocolate apresuradamente.
Isabel, como siempre, has hecho un trabajo excelente. Mientras el sacerdote y la madre superior abandonaban la cocina, Isabel observó las manchas de chocolate en la barba recién afeitada del padre Mendoza. Una gota oscura que contrastaba con su piel pálida, como el pecado en un alma pura. pensó, permitiéndose una sonrisa apenas visible.
La mañana transcurrió con la rutina habitual. Isabel preparó el almuerzo para la comunidad religiosa mientras las campanas del convento marcaban el ritmo de las oraciones. A media tarde, cuando el sol comenzaba a descender tras las montañas, el padre Mendoza regresó a la cocina. “Isabel, necesito hablar contigo en privado”, dijo con voz contenida.
Hay asuntos espirituales que debemos discutir, como usted diga, “Padre”, respondió ella, secándose las manos en el delantal. La pequeña habitación que servía como almacén de alimentos tenía un olor intenso a hierbas secas y especias. La única ventana dejaba entrar una luz tenue que dibujaba sombras alargadas. El padre Mendoza cerró la puerta tras ellos.
Estado teniendo pensamientos impuros. Confesó con voz quebrada, sueños que me atormentan y tú apareces en ellos, Isabel. Isabel mantuvo la compostura, aunque su corazón latía aceleradamente. Padre, ¿estás seguro de que es apropiado confesarme estas cosas? No lo es”, admitió él pasándose una mano por el rostro angustiado. “Pero ya no puedo controlar lo que siento.
Es como si un fuego me consumiera por dentro. El plan estaba funcionando mejor de lo que Isabel había esperado. La atracción del sacerdote era evidente, pero necesitaba más que eso para conseguir su objetivo. “Quizás debería consultar con otro confesor, padre.” Sugirió con fingida inocencia.
Estos pensamientos no son apropiados. Lo he intentado”, respondió él acercándose un paso. He rezado. Me he flagelado buscando purificar mi alma. Pero cuando pruebo tu comida, cuando te veo, todo mi ser se revela contra mis voces. Isabel dio un paso atrás interpretando el papel de mujer asustada a la perfección. Me está asustando, padre.
Si la madre superiora se entera, la madre superiora no tiene por qué saberlo, interrumpió él tomándola suavemente del brazo. Nadie tiene por qué saberlo. En ese momento, un ruido en el pasillo lo sobresaltó. Pasos que se acercaban. El padre Mendoza soltó a Isabel y se apartó rápidamente. La puerta se abrió y apareció Sor Beatriz, una de las monjas más jóvenes.
Padre, la madre superiora, lo busca para discutir los preparativos de la festividad de Santiago”, dijo la novicia mirando alternativamente a Isabel y al sacerdote con expresión confundida. Por supuesto, estaba consultando a Isabel sobre los ingredientes para la cena de la celebración. Improvisó el sacerdote recomponiéndose rápidamente.
Vamos, sorbeatriz. Antes de salir, el padre Mendoza lanzó una última mirada a Isabel, una mirada cargada de deseo y culpabilidad. Isabel bajó los ojos ocultando la satisfacción que sentía. Esa noche, mientras preparaba la cena, Isabel reflexionaba sobre su plan. No era mera lujuria lo que la motivaba. Era algo más profundo, más oscuro, una venganza largamente meditada.
Tres días después, durante una noche particularmente fría, Isabel se deslizó silenciosamente hacia la celda del padre Mendoza. Llevaba consigo una pequeña botella de chicha mezclada con hierbas que potenciarían los efectos del guanarpo macho que había estado administrando al sacerdote. “He venido a pedir consejo espiritual, padre”, susurró al entrar el padre Mendoza, que leía a la luz de una vela, se sobresaltó al verla.
“Isabel, no deberías estar aquí. Es medianoche, mi alma está turbada”, respondió ella, cerrando la puerta tras sí, “Y he traído algo para calmar sus nervios. La noche es fría”, le ofreció la botella y un pequeño vaso de barro. El sacerdote dudó, pero finalmente aceptó la bebida. Tras dos vasos, sus ojos comenzaron a brillar con un fuego apenas contenido.
“Debes irte”, dijo con voz ronca. Esto es una tentación que no puedo resistir. A veces, padre”, respondió Isabel acercándose lentamente. “Las tentaciones son pruebas que Dios nos envía, no para resistirlas, sino para aprender de ellas. Blasfemas”, murmuró él, pero sin convicción. Sus manos temblaban.
“¿De verdad cree que es blasfemia lo que siento por usted?”, preguntó ella tomando suavemente su mano. ¿No dijo Cristo que el amor es el mandamiento supremo? El padre Mendoza intentó resistirse, pero las hierbas habían nublado su juicio. Cuando Isabel se inclinó para besarlo, toda su resistencia se desvaneció. Lo que siguió fue un torbellino de pasión prohibida, de deseo largamente reprimido.
Isabel se entregó con calculada pasión, interpretando cada gemido, cada caricia, como si realmente lo deseara. El sacerdote, embriagado de lujuria y culpa, susurraba su nombre entre juramentos de amor eterno. Pero mientras el padre Mendoza se perdía en el éxtasis, Isabel permanecía fría y calculadora en su interior.
Cada caricia que le prodigaba era un paso más hacia su verdadero objetivo. Cada promesa de amor que fingía era un eslabón en la cadena con la que planeaba atarlo para siempre. Cuando el amanecer comenzaba a asomar, Isabel se vistió silenciosamente. El sacerdote dormía profundamente, exhausto. Antes de salir, se inclinó sobre él y susurró en su oído, “Esto es solo el comienzo, padre, ahora me pertenece.
” En las semanas siguientes, los encuentros nocturnos se repitieron. El padre Mendoza, consumido por la pasión y el remordimiento, se debatía entre la culpa y el deseo. Isabel, mientras tanto, comenzaba a sugerir sutilmente cambios en la administración del convento. “El proveedor de carne nos está cobrando más de lo debido”, comentó una noche mientras yacían juntos.
Si me permitiera revisar las cuentas, no es asunto tuyo, Isabel”, respondió él acariciando su cabello. “Eres cocinera, no administradora. Una cocinera que conoce mejor que nadie los precios del mercado”, insistió ella. “Podría ahorrar mucho dinero al convento, dinero que podría destinarse a otros propósitos.” Poco a poco, Isabel fue ganando influencia, primero sobre las compras de la cocina, luego sobre otros aspectos de la economía convental.
El padre Mendoza, cegado por la pasión, cedía a cada petición, convencido de que Isabel solo quería ayudar. La madre superiora, sin embargo, observaba con creciente preocupación la relación entre el sacerdote y la cocinera, las miradas, los susurros, la súbita influencia de Isabel en asuntos que no le concernían. Todo apuntaba a algo impropio.
Una tarde, la madre superiora convocó a Isabel a su despacho. La habitación austera, presidida por un crucifijo de madera oscura, parecía más fría y amenazante que de costumbre. “Isabel, he notado cambios en el padre Mendoza”, comenzó la anciana religiosa escrutando el rostro de la cocinera. “Y también en ti hay rumores entre las hermanas.
” ¿Qué clase de rumores, madre?”, preguntó Isabel con fingida inocencia. “Rumores que si fueran ciertos significarían la condenación eterna para ambos”, respondió la madre superiora con dureza. “Y tu expulsión inmediata del convento.” Isabel mantuvo la calma, aunque por dentro sentía crecer la ira. Había llegado demasiado lejos para permitir que esta mujer lo arruinara todo.
No sé de qué habla, madre, respondió con voz firme. Yo solo sirvo al convento con mi trabajo. Mañana hablaré con el obispo, anunció la madre superior levantándose. Hay asuntos que deben ser investigados. Esa noche Isabel se reunió con el padre Mendoza con urgencia. le contó entre lágrimas cuidadosamente ensayadas la amenaza de la madre superiora.
Me enviará de vuelta a mi pueblo, soyó, y allí usted no sabe lo que me espera allí. No permitiré que te hagan daño, prometió él abrazándola. Encontraré una solución. Hay una manera, sugirió Isabel secándose las lágrimas. Pero requiere valor por su parte. Haré lo que sea necesario, aseguró el sacerdote besando sus manos.
Isabel miró fijamente a los ojos del hombre que había seducido meticulosamente durante meses. Era el momento de dar el golpe final. La madre superiora guarda documentos importantes en su escritorio explicó. Documentos que podrían comprometer su posición si llegaran a manos del obispo. ¿Sugieres que los robemos?, preguntó él. horrorizado.
“Sugiero que nos protejamos”, corrigió Isabel antes de que ella nos destruya. Aquella misma noche, mientras el convento dormía, el padre Mendoza se deslizó silenciosamente hacia el despacho de la madre superiora. Isabel lo esperaba en su celda, preparando cuidadosamente la siguiente fase de su plan.
Lo que el sacerdote no sabía era que Isabel había colocado una pequeña bolsa con joyas robadas del altar en el escritorio de la madre superiora, joyas que él encontraría y que servirían para acusar a la anciana de robo sacrílego. El pecado y la conspiración habían comenzado a tejer su tela oscura en el convento de Santa Catalina.
Y nadie, ni siquiera el padre Mendoza, podía imaginar hasta dónde estaba dispuesta a llegar Isabel para conseguir su venganza. La mañana siguiente amaneció con un cielo plomiso que amenazaba tormenta. Las nubes se arremolinaban sobre las montañas oscuras y amenazadoras. como si los cielos mismos presagiaran la tormenta que estaba a punto de desatarse dentro de los muros del convento de Santa Catalina.
Isabel preparaba el desayuno con movimientos mecánicos, su mente ocupada en los acontecimientos que estaban por desarrollarse. Había dormido apenas unas horas, pero la adrenalina mantenía su cuerpo alerta. A través de la pequeña ventana de la cocina, observó como el padre Mendoza cruzaba el patio central a paso apresurado, dirigiéndose hacia el despacho del obispo, quien había llegado inesperadamente al convento al amanecer.
Las manos de Isabel temblaron ligeramente mientras servía el chocolate caliente en las tazas de barro. Esta vez no había añadido el guanarpo macho a la bebida del sacerdote. Necesitaba que tuviera la mente clara para lo que iba a suceder. Buenos días, Isabel. La voz de Zor Beatriz la sobresaltó. La joven novicia la observaba con una mezcla de curiosidad y recelo. Pareces preocupada.
Es solo el tiempo, hermana, respondió Isabel forzando una sonrisa. Las tormentas siempre me ponen nerviosa. Sor Beatriz asintió, aunque su mirada sugería que no estaba completamente convencida. La madre superiora no bajará a desayunar. Ha sido convocada por el obispo y el padre Mendoza. Isabel contuvo la respiración.
El plan estaba en marcha. ¿Sabes por qué? Preguntó con estudiada indiferencia. No, con certeza, respondió la novicia bajando la voz. Pero esta madrugada hubo un gran alboroto. El padre Mendoza descubrió joyas del altar escondidas en el escritorio de la madre superiora. Isabel se giró para que sor Beatriz no pudiera ver la expresión de satisfacción que cruzó fugazmente su rostro.
Dios mío, ¿insúas que la madre superiora robó objetos sagrados? Yo no insinúo nada, se apresuró a aclarar la novicia haciendo la señal de la cruz. Solo repito lo que he oído. El obispo está furioso. Nunca lo había visto así. Durante las horas siguientes, el convento se sumió en un silencio tenso.
Las monjas cuchicheaban en grupos pequeños, interrumpiéndose cuando alguien se acercaba. Isabel continuaba con sus labores, aparentando normalidad, pero sus oídos captaban cada rumor, cada fragmento de información. Al mediodía, la noticia corrió como pólvora encendida. La madre superiora había sido suspendida temporalmente de sus funciones mientras se investigaban las acusaciones.
El padre Mendoza asumiría el control administrativo del convento hasta que se resolviera la situación. Cuando Isabel se cruzó con el sacerdote en uno de los pasillos, él la tomó discretamente del brazo y la condujo hacia un rincón apartado. “Ha funcionado”, susurró con una mezcla de alivio y culpabilidad. “El obispo cree que la madre superiora ha estado robando del convento durante años.
Es un milagro que se haya descubierto la verdad”, respondió Isabel bajando la mirada con fingida humildad. Dios obra de maneras misteriosas. El padre Mendoza la observó intensamente. Por un instante, Isabel temió que hubiera detectado la falsedad en sus palabras, pero el deseo nubló nuevamente el juicio del sacerdote.
Esta noche, murmuró él, ven a mi celda. Hay asuntos importantes que debemos discutir ahora que tengo nuevas responsabilidades. Isabel asintió sumisamente, aunque por dentro una sonrisa fría se dibujaba en su alma. El segundo acto de su plan podía comenzar. Esa misma tarde, mientras preparaba la cena, Isabel escuchó un llanto ahogado proveniente de la despensa.
Al entrar, encontró a Sor Beatriz sentada en un rincón con el rostro oculto entre las manos. ¿Qué sucede, hermana?, preguntó Isabel, agachándose junto a ella. La madre superiora, soy sola novicia. La han confinado a su celda como si fuera una criminal. Ella me acogió cuando nadie más lo hizo. Me salvó de una vida de miseria.
No puedo creer que sea culpable. Isabel sintió una punzada inesperada de remordimiento, rápidamente sofocada por la determinación. “La justicia divina prevalecerá”, dijo palmeando suavemente el hombro de la joven. “¿Hay algo más?”, continuó sorbeatriz secándose las lágrimas. Antes de que la encerraran, la madre superiora me dijo algo extraño.
Dijo que tú y el padre Mendoza que había visto cosas impropias. El corazón de Isabel dio un vuelco, pero mantuvo la compostura. La pobre debe estar confundida por la situación. ¿Qué podría haber entre un sacerdote y una simple cocinera? Eso mismo pensé, asintió sorbeatriz, aunque un atisbo de duda permaneció en sus ojos.
Pero juró que tenía pruebas, algo relacionado con hierbas prohibidas. Isabel palideció. Las hierbas las había guardado en un pequeño saco de cuero en su habitación. Si la madre superiora había ordenado registrar sus pertenencias, “Debo volver a la cocina”, dijo apresuradamente. “La cena no se preparará sola.” Salió casi corriendo hacia su pequeña habitación adyacente a la cocina.
Al entrar, notó inmediatamente que alguien había estado allí. Su catre estaba ligeramente desplazado y la tabla suelta donde escondía sus posesiones más valiosas había sido movida. El saco de cuero ya no estaba. maldijo en silencio. No había contado con que la madre superiora actuara tan rápidamente. Ahora necesitaba adelantar sus planes.
Ya no tenía tiempo para la seducción gradual que había planeado. Necesitaba actuar esa misma noche. Durante la cena, observó como el padre Mendoza presidía la mesa por primera vez, ocupando el lugar que hasta ayer pertenecía a la madre superiora. El sacerdote parecía incómodo con su nueva autoridad, pero se esforzaba por mantener una apariencia de normalidad.
Las monjas comían en silencio, algunas lanzando miradas furtivas hacia la silla vacía de la madre superiora. La atmósfera estaba cargada de tensión, de preguntas no formuladas. Cuando Isabel sirvió el vino, se aseguró de que la copa del padre Mendoza recibiera una generosa cantidad de una mezcla especial que había preparado.
No era el guanarpo macho habitual, sino algo más potente, algo que lo haría especialmente vulnerable a sus sugerencias. Tras la cena, Isabel regresó a la cocina y preparó cuidadosamente una pequeña bolsa con sus escasas pertenencias. No llevaba mucho, un vestido de repuesto, un cepillo para el cabello y un pequeño saquito con las monedas que había logrado ahorrar durante los últimos meses.
Lo más valioso que poseía no era material, era la información que había recopilado meticulosamente sobre las finanzas del convento, los secretos de las monjas, las debilidades del padre Mendoza. A medianoche, tal como habían acordado, Isabel se deslizó silenciosamente hacia la celda del sacerdote. El convento dormía y solo el ocasional ulular de un búo rompía el silencio nocturno.
El padre Mendoza la esperaba. Sus ojos brillaban con una mezcla de deseo y la creciente influencia de las hierbas que Isabel había añadido a su vino. Sin embargo, había algo más en su mirada, una sombra de duda. Isabel, dijo en voz baja, hay rumores inquietantes circulando en el convento. ¿Qué clase de rumores, padre?, preguntó ella acercándose lentamente.
La madre superiora, antes de ser confinada, ordenó registrar tu habitación. Encontraron hierbas prohibidas, hierbas que, según el médico del convento, pueden usarse para influir en la voluntad de otros. Isabel sintió que el suelo se tambaleaba bajo sus pies, pero mantuvo una expresión serena. Era el momento de jugar su última carta.
¿Y usted cree que yo usaría tales métodos?”, preguntó acercándose más. “Después de todo lo que hemos compartido.” “Quiero creer en ti, Isabel”, respondió él, pasándose una mano por el rostro fatigado. “Pero estas acusaciones el obispo querrá investigar. El obispo no necesita saber nada”, susurró ella, comenzando a desabrocharse lentamente el vestido. “Ahora usted está a cargo.
Puede hacer que esas hierbas desaparezcan. Puede hacer que cualquier evidencia desaparezca.” El padre Mendoza la observaba hipnotizado por sus movimientos, por la piel que se revelaba gradualmente. Las hierbas en su organismo intensificaban su deseo, nublaban su juicio. “Lo que sugieres es pecado”, murmuró, aunque sin convicción.
“Todo lo que hemos hecho es pecado, padre”, respondió ella, dejando caer el vestido al suelo. Un pecado más no hará diferencia ante los ojos de Dios. Cuando el sacerdote se rindió nuevamente a la pasión, Isabel supo que tenía el control. Entre caricias y susurros, comenzó a delinear su plan. “Podríamos administrar el convento juntos”, sugirió mientras recorría con sus dedos el pecho del sacerdote.
Usted como autoridad visible, yo como su consejera en las sombras. Nadie cuestionaría sus decisiones. Es imposible. respondió él, aunque sin mucha convicción. El obispo nunca lo permitiría. El obispo rara vez visita el convento insistió Isabel. Y con la madre superior a desacreditada, usted tiene carta blanca para implementar cambios.
Poco a poco, entre besos y promesas, Isabel fue tejiendo su red. El plan era simple, pero efectivo. El padre Mendoza asumiría oficialmente la administración del convento, pero sería ella quien tomaría las decisiones reales. Controlarían los recursos, desviarían fondos para sus propios propósitos, establecerían un pequeño imperio dentro de los muros sagrados.
Podríamos hacer tanto bien”, mentía Isabel, acariciando el rostro del sacerdote. Ayudar a los pobres, mejorar las condiciones del convento. Al amanecer, cuando Isabel abandonó la celda del padre Mendoza, llevaba consigo algo más que la satisfacción de una noche de pasión. Llevaba la promesa de poder, la certeza de que su plan estaba funcionando.
Lo que no sabía era que unos ojos la habían visto salir. S. Beatriz, que había ido a la capilla para rezar temprano, observaba desde las sombras con expresión horrorizada. Los días siguientes fueron un torbellino de acontecimientos. El padre Mendoza, tal como Isabel había sugerido, convenció al obispo de que las hierbas encontradas en la habitación de Isabel eran simplemente remedios medicinales para sus dolencias femeninas.
La investigación se cerró rápidamente y la madre superiora permaneció confinada, sus protestas desestimadas, como los delirios de una mujer desesperada por desviar la atención de sus propios crímenes. Isabel comenzó a asumir responsabilidades que iban mucho más allá de la cocina. Primero se encargó de supervisar las compras, luego empezó a gestionar aspectos de la economía convental.
Finalmente se convirtió en la consejera principal del padre Mendoza en todos los asuntos administrativos. Las monjas observaban con desconcierto y creciente inquietud como una simple cocinera ascendía a una posición de poder sin precedentes. Algunas murmuraban, otras guardaban un silencio temeroso.
Ninguna se atrevía a cuestionar abiertamente la autoridad del padre Mendoza. Una noche, mientras Isabel y el sacerdote cenaban a solas en sus aposentos, un privilegio inaudito que había levantado más de una ceja en el convento, alguien llamó urgentemente a la puerta. Era sor bebeatriz, pálida y temblorosa. “Padre, debe venir inmediatamente”, dijo con voz entrecortada.
“La madre superiora ha intentado quitarse la vida.” El padre Mendoza se levantó de un salto, su rostro una máscara de horror. Isabel permaneció sentada, su expresión indescifrable. ¿Cómo ha podido? Comenzó el sacerdote. Había guardado medicamentos, explicó Sor Beatriz. Los tomó todos juntos. La encontré cuando le llevaba la cena.
¿Vive? preguntó Isabel con una calma que contrastaba con la urgencia del momento. “Apenas”, respondió la novicia lanzándole una mirada cargada de sospecha. “El médico está con ella ahora.” El padre Mendoza salió apresuradamente, seguido por Sor Beatriz. Isabel permaneció en la habitación contemplando su copa de vino a medio terminar.
No había previsto este giro de los acontecimientos, pero podía adaptarse. De hecho, podría utilizar esta tragedia para fortalecer aún más su posición. Si la madre superiora moría, cualquier acusación contra Isabel moriría con ella. Si sobrevivía, su intento de suicidio solo confirmaría su desequilibrio mental a ojos del obispo. En cualquier caso, Isabel saldría beneficiada.
Cuando el padre Mendoza regresó, horas más tarde, su rostro estaba demacrado por la culpa y el remordimiento. “Vivirá”, anunció dejándose caer pesadamente en una silla. “Pero está muy débil. El médico dice que su mente puede haber quedado afectada. Es una tragedia, respondió Isabel sirviéndole más vino. La culpa la está destruyendo.
El sacerdote la miró con una expresión que Isabel no supo descifrar. La culpa de qué exactamente un escalofrío recorrió la espalda de Isabel. Había algo diferente en la voz del padre Mendoza, una dureza que no había estado allí antes. De sus robos, por supuesto, respondió ella, manteniendo la calma. De qué más podría ser.
Es curioso”, dijo él dando un sorbo a su vino. Antes de perder el conocimiento, la madre superiora dijo algo muy interesante. Dijo que tú habías plantado esas joyas en su escritorio, que todo era parte de un plan para tomar el control del convento. Isabel sintió que su corazón se detenía, pero su rostro no traicionó emoción alguna.
“La pobre está delirando. ¿Por qué haría yo algo así?” Eso mismo me pregunto”, respondió el padre Mendoza, inclinándose hacia adelante. “¿Por qué una simple cocinera querría controlar un convento? ¿Qué podrías ganar con ello?” Isabel comprendió que estaba en peligro. El sacerdote estaba comenzando a dudar, a cuestionar.
Las hierbas que había estado administrándole durante meses estaban perdiendo su efecto. O quizás el shock del intento de suicidio de la madre superiora había aclarado momentáneamente su mente. Era el momento de jugar su última carta. No soy una simple cocinera”, dijo finalmente enderezándose. Su voz había cambiado, perdiendo la dulzura sumisa que había afectado durante meses.
“Y tengo mis razones para estar aquí.” El padre Mendoza la observaba ahora con una mezcla de confusión y temor creciente. “¿Qué quieres decir?” Isabel se levantó lentamente, su figura recortada contra la luz tenue de las velas. Sus ojos, siempre cálidos y humildes en presencia del sacerdote, ahora brillaban con una intensidad fría y calculadora.
“Mi verdadero nombre es Isabel de Guevara y Mendoza”, anunció con voz clara. “Y soy tu hermanastra”. El rostro del padre Mendoza se transformó en una máscara de incredulidad y horror. “¡Imposible”, susurró mi padre. Nunca. Tu padre tuvo muchos secretos”, interrumpió Isabel, incluida una relación con mi madre, una sirvienta indígena en su hacienda.
Me engendró y luego nos abandonó cuando regresó a España. El sacerdote se tambaleó como si hubiera recibido un golpe físico. “¿Por qué no me lo dijiste antes? ¿Por qué esta esta farsa? ¿Me habrías creído?”, preguntó Isabel con amargura. ¿Habrías aceptado que la sangre de tu noble padre corre por las venas de una mestiza? El padre Mendoza se hundió en su silla, abrumado por la revelación.
Isabel continuó: “Cada palabra cargada del resentimiento acumulado durante años. Cuando supe que habías venido a Cuzco, vi la oportunidad perfecta, no solo para conocer al Hijo legítimo que tuvo todo lo que a mí se me negó, sino para tomar lo que me corresponde por derecho. ¿Y qué es eso? Preguntó él con voz apenas audible. Poder, respondió Isabel, simplemente respeto.
Una posición que refleje mi verdadero linaje, no el destino de sirvienta al que tu padre me condenó. La habitación quedó sumida en un silencio opresivo. Fuera, la tormenta que había amenazado durante todo el día finalmente estalló. Un relámpago iluminó brevemente la estancia, proyectando sombras grotescas en las paredes. “Has estado utilizándome”, dijo finalmente el padre Mendoza.
“Las hierbas en mi comida, los encuentros nocturnos, todo ha sido una manipulación. Prefiero llamarlo justicia poética, respondió Isabel con una sonrisa sin humor. El hijo del hombre que deshonró a mi madre, ahora deshonrado por la hija de ella. El sacerdote se levantó bruscamente, su rostro contorsionado por la ira y la vergüenza. Esto terminará ahora mismo.
Confesaré todo al obispo. Ambos seremos castigados, pero al menos se hará justicia. Isabel no se inmutó. ¿Realmente crees que es la mejor opción? Piénsalo bien, hermano. Si confiesas, no solo arruinarás tu carrera y posiblemente acabes en la cárcel, también mancharás para siempre el nombre de nuestro padre.
El padre Mendoza se detuvo indeciso. Además, continuó Isabel sacando un pequeño paquete de entre los pliegues de su vestido. Tengo cartas, cartas de nuestro padre a mi madre, cartas que prueban mi linaje y su traición a tu madre. ¿Estás dispuesto a que esas cartas se hagan públicas? El sacerdote palideció. Su padre había sido un hombre respetado, un pilar de la comunidad española en Perú antes de regresar a la madre patria.
Si se supiera que había tenido una hija ilegítima con una sirvienta indígena, ¿qué quieres de mí? Preguntó finalmente derrotado. Exactamente lo que ya tenemos, respondió Isabel. Tú mantendrás tu posición como administrador del convento. Yo seguiré siendo tu consejera y mano derecha. La única diferencia es que ahora sabes quién soy realmente.
Y si me niego, entonces las cartas llegarán al obispo, respondió ella simplemente. Y tanto tu reputación como la memoria de nuestro padre quedarán destruidas para siempre. El padre Mendoza la observó con una mezcla de odio y admiración reluctante. “Eres verdaderamente hija de nuestro padre”, dijo finalmente.
Él también sabía cómo manipular a las personas para conseguir lo que quería. Isabel sonríó. Un gesto que no alcanzó sus ojos. Lo tomaré como un cumplido. Entonces, tenemos un acuerdo. Antes de que el sacerdote pudiera responder, la puerta se abrió violentamente. Sor Beatriz estaba allí empapada por la lluvia, su rostro una máscara de horror y determinación.
“He escuchado todo”, dijo, su voz temblando pero firme. “Y el obispo lo sabrá.” Isabel y el padre Mendoza se quedaron paralizados mientras la joven novicia daba media vuelta y echaba a correr por el pasillo. El segundo acto había terminado con un giro inesperado y el tercero prometía ser aún más oscuro y peligroso.
La lluvia azotaba los tejados del convento con furia desatada, como si el cielo mismo quisiera lavar los pecados que se habían acumulado entre sus muros sagrados. Isabel reaccionó con la velocidad de una serpiente al ataque. Antes de que el padre Mendoza pudiera siquiera procesar lo ocurrido, ella ya estaba en el pasillo persiguiendo a Sorbeatriz.
“Deténla!”, gritó por encima del hombro al sacerdote paralizado. “Si llega al obispo, ambos estamos perdidos.” Los pasillos del convento, usualmente silenciosos a esa hora de la noche, resonaban ahora con el eco de pasos apresurados. Isabel corría descalza, sus pies desnudos, apenas haciendo ruido sobre las frías baldosas de piedra.
Delante de ella, Sor Beatriz huía hacia el ala oeste, donde se encontraban los aposentos del obispo, quien pernoctaba en el convento debido a la investigación en curso. La novicia era joven y ágil, pero Isabel estaba impulsada por la desesperación. En un recodo del pasillo, logró alcanzarla, agarrándola por el hábito y haciéndola caer.
Ambas mujeres rodaron por el suelo en un torbellino de tela oscura y respiraciones agitadas. “Suéltame, demonio”, gritó Sorbeatriz, luchando con una fuerza nacida del terror y la indignación. “El obispo sabrá de tu maldad.” Isabel logró inmovilizar a la novicia contra el suelo, presionando una mano contra su boca para silenciar sus gritos.
Escúchame bien, siseó, su rostro a centímetros del de la joven monja. Lo que has oído no es lo que parece. El padre Mendoza está enfermo, deira. Yo solo intento protegerlo. Los ojos de Zor Beatriz, iluminados por un relámpago momentáneo, reflejaban incredulidad y un odio creciente. Mordió la mano de Isabel con fuerza salvaje, haciéndola gritar y aflojar su agarre.
“Mentirosa”, escupió la novicia, aprovechando para liberarse parcialmente. “Te he visto salir de su celda por las noches. He visto cómo manipulas a todos. La lucha continuó cada vez más desesperada. Isabel sabía que si Sor Beatriz lograba llegar hasta el obispo, todo por lo que había trabajado se derrumbaría. En su desesperación no vio el pesado candelabro de hierro que decoraba el pasillo hasta que su mano lo encontró.
Lo que sucedió a continuación ocurrió en un instante que pareció eterno. El candelabro se elevó en el aire y descendió con fuerza brutal. Hubo un sonido sordo, húmedo, y luego sorbeatriz dejó de luchar. Sus ojos, aún abiertos, miraban al techo sin ver, mientras un hilo de sangre comenzaba a deslizarse por su siemplida.
Isabel soltó el candelabro que cayó al suelo con un estrépito metálico. Sus manos temblaban incontrolablemente mientras la realidad de lo que acababa de hacer se abría paso en su conciencia. “Dios mío”, murmuró arrodillándose junto al cuerpo inmóvil de la novicia. “No quería, yo no.” Pasos apresurados anunciaron la llegada del padre Mendoza.
El sacerdote se detuvo en seco ante la escena. Isabel, arrodillada junto al cuerpo de Sorbeatriz, el candelabro manchado de sangre a su lado, el charco rojo que se expandía lentamente sobre las baldosas. “¿Qué has hecho?”, susurró horrorizado. Isabel levantó la mirada, sus ojos desorbitados por el shock.
“Fue un accidente”, dijo con voz apenas audible. Se resistía. El candelabro estaba allí. Yo solo quería silenciarla. El padre Mendoza se acercó lentamente como si temiera que Isabel pudiera atacarlo a él. También se agachó y comprobó el pulso de Sor Beatriz, aunque la palidez cerúlea de su rostro ya indicaba lo que confirmaría.
La joven novicia estaba muerta. “Has matado a una monja”, dijo incorporándose. Su voz sonaba extrañamente calmada, como si estuviera en shock. en suelo consagrado, has condenado tu alma al infierno eterno. Isabel se levantó también, sacudiendo la cabeza como para aclarar sus pensamientos. El shock inicial estaba dando paso a un frío cálculo.
No, si nadie lo descubre, dijo finalmente. Nadie nos vio. Nadie sabe que ella nos escuchó. ¿Sieres que ocultemos un asesinato?, preguntó el sacerdote, su voz elevándose peligrosamente. “Que profanemos aún más este lugar sagrado. Sugiero que nos protejamos”, respondió Isabel, recuperando gradualmente la compostura. Piénsalo, hermano.
Si esto se descubre, no solo yo caeré, tú también, nuestro padre, todo lo que has construido. El padre Mendoza miró alternativamente al cuerpo sin vida de la novicia y a la mujer que acababa de revelarse como su hermanastra. El conflicto en su interior era evidente, el deber moral de confesar el crimen frente al instinto de autopreservación.
Un nuevo relámpago iluminó el pasillo, seguido casi inmediatamente por un trueno ensordecedor. La tormenta estaba directamente sobre ellos ahora, como si la naturaleza misma quisiera subrayar la gravedad del momento. “¿Qué sugieres que hagamos?”, preguntó finalmente el sacerdote. Y con esa simple pregunta, Isabel supo que había ganado.
Las criptas, respondió ella inmediatamente. Bajo la capilla, podemos enterrarla allí donde nadie buscaría. Es un lugar sagrado, protestó débilmente el padre Mendoza, reservado para las abadezas y los benefactores del convento. ¿Prefieres que la arrojemos a un pozo o la abandonemos en el bosque? para que los animales la devoren replicó Isabel con dureza.
Al menos en las criptas tendrá un lugar consagrado para descansar. El sacerdote cerró los ojos brevemente, como si estuviera rezando. Cuando los abrió de nuevo, algo había cambiado en ellos. La indecisión había dado paso a una determinación sombría. Trae una sábana, ordenó, y asegúrate de que nadie te vea. Mientras Isabel se apresuraba a cumplir la orden, el padre Mendoza se arrodilló junto al cuerpo de Sor Beatriz.
Con delicadeza cerró sus ojos aún abiertos. “Perdóname, hermana”, susurró. “Y que Dios me perdone a mí.” Isabel regresó con una sábana de lino blanco. Entre ambos envolvieron cuidadosamente el cuerpo de la novicia. La sangre comenzó inmediatamente a empapar la tela inmaculada, formando patrones siniestros que parecían símbolos de alguna escritura antigua y “Debemos limpiar esto antes”, señaló Isabel mirando el charco de sangre en el suelo.
“No hay tiempo”, respondió el padre Mendoza. “Si alguien despierta y nos ve, si alguien ve la sangre, nos descubrirán igualmente”, insistió ella. Tú lleva el cuerpo a la capilla, yo me encargaré de esto. El sacerdote asintió levantando el bulto envuelto en la sábana. Era sorprendentemente ligero, como si el alma al abandonar el cuerpo se hubiera llevado también parte de su sustancia física.
Con paso vacilante, pero decidido, se dirigió hacia la capilla mientras Isabel regresaba apresuradamente a la cocina. Minutos después, armada con un balde de agua, jabón y trapos, Isabel limpiaba meticulosamente el suelo del pasillo. La lluvia, que ahora entraba por una ventana cercana, ayudaba a diluir las manchas más persistentes.
El candelabro, también limpio de sangre, fue colocado de nuevo en su lugar. Nadie que pasara por allí podría sospechar que hacía poco tiempo una vida había sido brutalmente cegada. en ese mismo lugar. Cuando terminó, Isabel se dirigió a la capilla. El padre Mendoza la esperaba junto al altar.
Su rostro un estudio de agonía moral. A sus pies, el bulto envuelto en la sábana, ahora manchada, parecía una ofrenda obscena en el espacio sagrado. “He encontrado la entrada a las criptas”, dijo él en voz baja. “Está tras el altar mayor.” Juntos movieron una pesada losa de piedra que revelaba una estrecha escalera descendente. El aire que emergió del hueco era frío y húmedo, cargado con el olor inconfundible de la muerte antigua.
Isabel sintió un escalofrío involuntario, pero se obligó a mantener la calma. El padre Mendoza tomó una lámpara de aceite del altar y comenzó a descender por la escalera, cargando el cuerpo de Sorbeatriz sobre su hombro. Isabel lo siguió cerrando la losa tras ellos para evitar que la luz fuera visible desde el exterior.
Las criptas del convento de Santa Catalina eran un laberinto de pequeñas cámaras excavadas en la roca viva bajo el edificio. En cada una de ellas yacían los restos de las abadezas que habían dirigido el convento desde su fundación, así como de varios nobles y comerciantes ricos, cuyas generosas donaciones les habían asegurado un lugar de descanso eterno en suelo sagrado.
El padre Mendoza se detuvo en una cámara vacía alejada de las tumbas principales. Aquí dijo, depositando suavemente el cuerpo envuelto en el suelo de piedra, nadie viene a esta parte de las criptas desde hace décadas. Isabel miró a su alrededor. Las paredes de piedra estaban cubiertas de telarañas y moo, testimonio del abandono.
Era un lugar desolado, indigno incluso de una novicia caída en desgracia. Por un momento sintió una punzada de culpabilidad, rápidamente sofocada por el instinto de supervivencia. “Necesitamos herramientas”, dijo evitando mirar el bulto en el suelo. “Algo para acabar.” El padre Mendoza asintió y desapareció por un pasillo lateral, regresando minutos después con dos palas oxidadas.
“Las guardaban aquí para preparar nuevas tumbas”, explicó. Aunque hace años que no se entierra a nadie en las criptas, durante la siguiente hora trabajaron en silencio, excavando una tumba poco profunda en el suelo de tierra compactada. El único sonido era el de las palas hundiéndose en la tierra y sus respiraciones agitadas por el esfuerzo y la tensión.
Cuando el hoyo fue lo suficientemente profundo, el padre Mendoza depositó en él el cuerpo de Sor Beatriz con una delicadeza sorprendente. Luego, casi por instinto, comenzó a murmurar las oraciones para los difuntos: “Requiem a eternam donaei, domineux perpetua luceatei, requiesca.” Isabel observó en silencio, sin unirse a las oraciones, no porque no las conociera.
Había crecido en un pueblo profundamente católico, aunque con fuertes influencias de creencias indígenas, sino porque sentía que cualquier oración que saliera de sus labios en ese momento sería una hipocresía imperdonable. Una vez terminado el improvisado funeral, cubrieron el cuerpo con tierra y colocaron varias piedras pesadas sobre la tumba para evitar que los roedores que habitaban las criptas pudieran perturbar el descanso de Sorbeatriz.
Mientras ascendían por la estrecha escalera de vuelta a la capilla, el padre Mendoza rompió finalmente el silencio. Mañana tendremos que explicar su desaparición. Isabel asintió, su mente ya trabajando en una historia plausible. Diremos que huyó del convento, que estaba perturbada por el intento de suicidio de la madre superiora, a quien era muy cercana.
¿Y si la buscan?, preguntó él, su voz traicionando el miedo que sentía. En esta tormenta, con los ríos desbordados, es probable que asuman que sufrió un accidente si no la encuentran. respondió Isabel fríamente. Para cuando la tormenta amaine y puedan organizar una búsqueda efectiva, cualquier rastro habrá desaparecido.
El padre Mendoza la miró con una mezcla de horror y admiración reluctante. “Has pensado en todo, ¿verdad? He tenido que sobrevivir toda mi vida”, respondió ella simplemente. “Aprendes a anticipar los problemas cuando cada día es una lucha.” Salieron de la capilla con cautela, asegurándose de que nadie los viera.
La tormenta continuaba proporcionando un ruido de fondo que enmascaraba sus movimientos. Las monjas, acostumbradas a madrugar para los oficios religiosos, dormían profundamente en sus celdas, ajenas a la tragedia y al pecado que acababa de tener lugar bajo el mismo techo. “Debemos cambiarnos”, señaló Isabel mirando sus ropas manchadas de tierra y sudor. “Y descansar un poco.
Mañana será un día difícil.” El padre Mendoza asintió mecánicamente, como si ya no tuviera voluntad propia. Isabel dijo cuando ella se disponía a marcharse, “Lo que hemos hecho esta noche, nunca podremos expiarlo. No busco expiación”, respondió ella, “solo justicia y la obtendré sin importar el costo.” Esa noche Isabel apenas durmió.
Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Sor Beatriz en el momento en que el candelabro descendía sobre ella. No era remordimiento lo que sentía. había hecho lo necesario para sobrevivir, sino una inquietud más profunda. Por primera vez había cruzado una línea que no había planeado cruzar. El asesinato no formaba parte de su venganza cuidadosamente orquestada.
Al amanecer, cuando las campanas llamaban a la primera misa, Isabel ya estaba en la cocina preparando el desayuno como si fuera un día normal. Sus movimientos eran precisos y controlados. su rostro, una máscara de serenidad que ocultaba el torbellino interior. Las monjas comenzaron a llegar para el desayuno, sus rostros somnolientos gradualmente, animándose con el aroma del chocolate caliente y el pan recién horneado.
Isabel las observaba disimuladamente, buscando signos de sospecha o preocupación por la ausencia de Sor Beatriz. Fue Sor Catalina, una de las monjas más ancianas, quien finalmente preguntó, “¿Dónde está la pequeña Beatriz? Nunca llega tarde a los oficios.” El padre Mendoza, que presidía la mesa con expresión fatigada, se aclaró la garganta.
“Sor Beatriz no asistirá hoy”, anunció. “Ha pedido permiso para retirarse a orar en soledad. está e profundamente afectada por lo ocurrido con la madre superiora. Las monjas asintieron comprensivamente. La relación cercana entre Sor Beatriz y la madre superiora era bien conocida en el convento. Nadie cuestionó la explicación del sacerdote.
Pero a medida que avanzaba el día y Sor Beatriz seguía sin aparecer, la preocupación comenzó a crecer. Al anochecer, cuando la novicia no se presentó a la cena, Sor Catalina volvió a expresar su inquietud. Padre, es muy extraño que Beatriz haya estado ausente todo el día, incluso en sus momentos de mayor recogimiento, siempre acude a las comidas.
El padre Mendoza miró brevemente a Isabel, quien le devolvió una mirada impasible. Iré a ver cómo está, dijo finalmente levantándose de la mesa. Regresó 15 minutos después, su rostro pálido y desencajado. “Sor Beatriz no está en su celda”, anunció. “Sus pertenencias personales tampoco están.
Me temo, me temo que ha decidido abandonar el convento.” Un murmullo de sorpresa e incredulidad recorrió la mesa. Ninguna novicia había abandonado el convento de Santa Catalina en décadas. Era un escándalo sin precedentes. “Debemos buscarla”, dijo Sor Catalina levantándose. “Podría estar en peligro con esta tormenta sería peligroso salir ahora.
” Intervino Isabel, señalando hacia las ventanas donde la lluvia seguía cayendo con fuerza. “Además, si ha decidido irse por voluntad propia, “Isabel tiene razón”, la apoyó el padre Mendoza. “Esperaremos hasta mañana. Si la tormenta amaina, organizaremos una búsqueda. La explicación pareció satisfacer temporalmente a las monjas, aunque algunas, especialmente Sor Catalina, seguían mostrando signos de preocupación.
Isabel notó las miradas suspicaces que la anciana le dirigía y se prometió vigilarla de cerca. Esa noche, Isabel se reunió nuevamente con el padre Mendoza en su celda. El sacerdote estaba sentado en su escritorio, una botella de vino casi vacía frente a él. Su rostro mostraba signos evidentes de haber estado llorando.
Esto no puede continuar, dijo cuando Isabel entró. El peso de lo que hemos hecho me está destruyendo. Solo ha pasado un día respondió ella con dureza. Debes ser fuerte. Si nos derrumbamos ahora, todo habrá sido en vano. En vano exclamó él alzando la voz más de lo prudente. Hemos matado a una inocente. Nada puede justificar eso.
Isabel se acercó rápidamente y le tapó la boca con la mano. Baja la voz, Siceo. ¿Quieres que nos descubran? El padre Mendoza apartó su mano bruscamente. “Tal vez deberíamos ser descubiertos”, dijo, “Aunque más bajo, tal vez el castigo es lo que merecemos. Habla por ti mismo, replicó Isabel. Yo no he llegado tan lejos para rendirme ahora.
Y te recuerdo que estamos juntos en esto. Si yo caigo, tú caes conmigo. El sacerdote la miró con una mezcla de repulsión y temor. ¿Quién eres realmente, Isabel? No puedo creer que la sangre de mi padre corra por tus venas. Él era un hombre con defectos, pero nunca habría hecho algo así. No, preguntó ella con una sonrisa amarga.
¿Crees que abandonar a una mujer embarazada a suerte, condenándola a la miseria y el desprecio es menos cruel que lo que hemos hecho? Tu padre mató a mi madre tan seguramente como nosotros matamos a Sor Beatriz. Solo que él lo hizo lentamente, día tras día, hasta que ella se consumió de pena y enfermedad. El padre Mendoza desvió la mirada, incapaz de sostener la intensidad en los ojos de Isabel.
Mañana tendremos que organizar una búsqueda”, dijo cambiando de tema. Las monjas lo esperarán. Por supuesto, asintió Isabel, una búsqueda que no encontrará nada y después de unos días la vida continuará. Sor Beatriz será recordada como la novicia que no pudo soportar la presión de la vida religiosa. Una triste anécdota nada más.
¿Cómo puede ser tan fría? preguntó él mirándola nuevamente. La frialdad es un lujo que solo pueden permitirse quienes han conocido el calor, respondió Isabel. Mi vida ha sido un invierno constante desde que tengo memoria. Ahora, prepárate para mañana. Necesito que mantengas la compostura. Tal como habían previsto, la búsqueda organizada al día siguiente no dio resultados.
Un grupo de monjas acompañadas por varios trabajadores del convento recorrió los alrededores llamando a Sor Beatriz. Algunos aldeanos se unieron a la búsqueda movidos por la curiosidad y la preocupación. Isabel y el padre Mendoza se mantuvieron en el convento coordinando los esfuerzos y consolando a las monjas más afectadas.
A medida que pasaban los días sin noticias de la novicia desaparecida, la teoría de que había huido voluntariamente fue ganando fuerza. Algunos aldeanos afirmaron haberla visto dirigiéndose hacia el camino que llevaba a Lima. Otros sugerían que podría haber intentado cruzar el río crecido por las lluvias y haber sido arrastrada por la corriente.
Una semana después del asesinato, el obispo, que había permanecido en el convento durante toda la crisis, convocó una reunión para discutir la situación. “Es una tragedia lamentable”, dijo mirando a las monjas reunidas en la sala capitular. Pero debemos aceptar que Sor Beatriz ha tomado su decisión. Si ha abandonado sus votos voluntariamente, que Dios tenga misericordia de su alma.
Si ha sufrido algún accidente, que encuentre la paz eterna. Las monjas asintieron solemnemente, aunque algunas, como Sorcatalina, no parecían convencidas del todo. Isabel, que se mantenía discretamente en un rincón de la sala, notó la mirada persistente de la anciana sobre ella. Hay otro asunto que debemos resolver”, continuó el obispo.
“La madre superiora, aunque físicamente recuperada de su desafortunado episodio, no está en condiciones de retomar sus funciones. He decidido que el padre Mendoza continuará administrando el convento por ahora con la asistencia de Sor Catalina como nueva madre superior a interina”. Un murmullo de sorpresa recorrió la sala. Todos habían asumido que el padre Mendoza asumiría permanentemente el control, dada la eficacia con que había manejado la crisis reciente.
Isabel sintió que su corazón se aceleraba. Este nombramiento no estaba en sus planes. Sor Catalina era perspicaz y desconfiada. Si asumía el poder, su posición en el convento podría verse comprometida. Después de la reunión, Isabel buscó al padre Mendoza para expresar sus preocupaciones, pero el sacerdote la evitó deliberadamente.
Solo al anochecer, cuando ella se presentó en su celda como de costumbre, accedió a hablar con ella. “No puedo influir en la decisión del obispo”, dijo secamente, “Y tal vez sea lo mejor. Sorcatalina es una mujer sabia y justa. Es una mujer sospechosa, corrigió Isabel. Ha estado observándome. Creo que duda de la historia de Sorbeatriz.
Entonces deberá ser más cuidadosa, respondió él con indiferencia. No esperes que intervenga más en tu favor. Ya he comprometido demasiado mi alma por ti. Isabel estudió su rostro con atención. Algo había cambiado en el padre Mendoza. La culpabilidad y el miedo de los primeros días habían dado paso a una especie de resignación distante, como si hubiera tomado una decisión que lo situaba más allá del alcance de sus manipulaciones.
¿Qué has hecho?, preguntó con súbita alarma. Nada todavía, respondió él, mirándola directamente a los ojos. Pero no puedo seguir viviendo así, Isabel. El peso de nuestro crimen es demasiado grande. ¿Estás pensando en confesarlo todo? Preguntó ella, su voz apenas un susurro tenso. Después de todo lo que hemos pasado, ¿vas a rendirte ahora? No he dicho eso respondió él cansadamente.
Solo digo que necesito encontrar alguna forma de redención, alguna manera de vivir con lo que hemos hecho. Isabel se acercó a él tomando sus manos entre las suyas. La redención vendrá después, dijo con suavidad. Por ahora debemos mantenernos firmes, unidos. Es la única manera de sobrevivir.
El padre Mendoza retiró sus manos lentamente. Ya no quiero simplemente sobrevivir, Isabel. Quiero poder mirarme al espejo sin ver el rostro de un asesino. Isabel comprendió que estaba perdiendo su influencia sobre el sacerdote. La culpa lo estaba transformando, erosionando los cimientos de control que tan cuidadosamente había construido durante meses.
Hermano dijo cambiando de táctica, entiendo tu sufrimiento. Yo también cargo con este peso, pero confesarlo ahora no traerá a Sorbeatriz de vuelta, solo destruirá todo lo que hemos logrado. ¿Y qué hemos logrado exactamente?, preguntó él con amargura. Poder, riqueza, a cambio de nuestras almas. Justicia, respondió Isabel firmemente.
Justicia para una niña mestiza abandonada por su padre. Justicia para una madre que murió de pena. ¿O acaso crees que nuestro padre alguna vez sintió remordimiento por abandonarnos? El padre Mendoza guardó silencio, su rostro un conflicto visible entre la culpa y la duda. “Dame un poco más de tiempo”, pidió Isabel.
Solo hasta que la situación se estabilice. Después, después podemos decidir juntos qué hacer. Finalmente, el sacerdote asintió levemente. Un mes concedió. Te daré un mes. Después de eso, debo encontrar mi propio camino hacia la redención. Los días siguientes fueron tensos en el convento. Sor Catalina asumió sus funciones como madre superior a interina con una eficiencia que sorprendió a todos.
revisó cuentas, reorganizó tareas y estableció un nuevo orden que, si bien respetaba la autoridad formal del padre Mendoza, limitaba considerablemente su poder real. Isabel intentó mantener su influencia a través de su posición en la cocina, pero pronto descubrió que Sor Catalina había asignado a una joven novicia para ayudarla.
En realidad, la muchacha era claramente una espía enviada para vigilar cada uno de sus movimientos. Una tarde, mientras Isabel preparaba la cena, Sor Catalina entró en la cocina. La novicia espía se retiró discretamente, dejándolas a solas. Isabel, comenzó la anciana, sin preámbulos, he estado revisando los registros del convento de los últimos meses.
Hay discrepancias inquietantes en las cuentas. Isabel continuó cortando verduras con precisión metódica. No sabría decirle, “Madre, yo solo soy la cocinera.” Edward, “Una cocinera que ha estado muy cerca del administrador del convento,” replicó Sor Catalina. una cocinera que de algún modo ha influido en decisiones que van mucho más allá de la cocina.
Isabel depositó el cuchillo lentamente. ¿Está acusándome de algo, madre? Todavía no, respondió la anciana, sus ojos penetrantes estudiando cada reacción de Isabel. Pero hay muchas cosas extrañas sucediendo en este convento. La desaparición de Sor Beatriz, el intento de suicidio de la madre superiora, las joyas robadas que aparecieron misteriosamente en su escritorio.
Tiempos difíciles para todos, comentó Isabel vagamente. Tiempos reveladores, corrigió Sor Catalina. Las crisis muestran la verdadera naturaleza de las personas. Y he estado observándote, Isabel. Tu naturaleza me inquieta. Isabel sostuvo la mirada de la anciana sin pestañear. He servido fielmente a este convento desde que llegué.
Mi conciencia está tranquila. Lo está, preguntó Sor Catalina. Entonces, no te importará que investigue un poco más sobre tu pasado, sobre tu familia, sobre cómo exactamente llegaste a este convento. Un escalofrío recorrió la espalda de Isabel. Si Sor Catalina comenzaba a indagar, podría descubrir su verdadera identidad, el vínculo con el padre Mendoza, quizás incluso las hierbas que había estado usando.
“Por supuesto que no me importa”, respondió con una calma que no sentía. No tengo nada que ocultar. Sor Catalina asintió lentamente. Eso espero, hija mía, por tu bien y por el bien de todos en este convento. Esa misma noche, Isabel se reunió con el padre Mendoza para informarle sobre la conversación.
El sacerdote escuchó con expresión grave. Sor Catalina siempre ha sido astuta. Dijo cuando ella terminó. Si sospecha algo, no descansará hasta descubrir la verdad. Debemos detenerla, afirmó Isabel. Antes de que sea demasiado tarde. El padre Mendoza la miró horrorizado. ¿Qué estás sugiriendo? Ya hemos derramado suficiente sangre.
No necesariamente más sangre”, respondió Isabel pensativa, “Pero quizás algo que la desacredite ante los ojos del obispo, algo que la haga parecer inestable como la madre superiora.” “No, dijo el sacerdote firmemente. No participaré en más engaños. Bastante he pecado ya.” Isabel observó al hombre que tenía delante.
El padre Mendoza que había llegado a Cuzco dos años atrás. Orgulloso, seguro de sí mismo, inquebrantable en su fe, había desaparecido. En su lugar quedaba una sombra atormentada por la culpa, un hombre que se hundía lentamente en un abismo de autodesprecio. “Entonces debo actuar sola”, decidió, “Como siempre he hecho.” Los días siguientes, Isabel observó cuidadosamente a Sor Catalina, estudiando sus hábitos, sus horarios, sus debilidades.
La anciana padecía de insomnio y frecuentemente tomaba una infusión de hierbas antes de acostarse. Una noche, Isabel se aseguró de preparar personalmente esa infusión, añadiendo una combinación de plantas que induciría alucinaciones vívidas y terroríficas. Al amanecer, los gritos de Zor Catalina despertaron a todo el convento.
Cuando acudieron a su celda, la encontraron en un estado de terror absoluto, gritando sobre demonios y espíritus que la atormentaban. El médico fue llamado inmediatamente mientras el padre Mendoza intentaba calmarla con oraciones. Isabel observaba la escena desde un discreto segundo plano.
Su rostro una máscara de preocupación que ocultaba su satisfacción interior. El plan estaba funcionando. Durante los días siguientes, el estado mental de Sorcatalina continuó deteriorándose. Las hierbas que Isabel añadía regularmente a sus comidas y bebidas mantenían vivas las alucinaciones, haciendo que la anciana pareciera cada vez más desequilibrada.
Finalmente, dos semanas después del primer episodio, el obispo tomó una decisión. Sor Catalina sería enviada a un convento en Lima donde podría recibir cuidados especiales y el padre Mendoza asumiría nuevamente el control total del convento de Santa Catalina con Isabel como su asistente oficial. La noche antes de que Sor Catalina partiera, Isabel la visitó en su celda.
La anciana, sedada con láudano por orden médica, apenas pudo reconocerla. Sé lo que estás haciendo”, murmuró Sor Catalina con voz débil. “Puedes engañar a todos, pero Dios ve tu alma oscura.” Isabel se inclinó sobre ella sonriendo suavemente. Dios ve muchas cosas, madre, pero raras veces interviene. He aprendido que debemos tomar lo que queremos en esta vida, porque nadie nos lo dará por compasión.
“Sor Beatriz!”, Es susurró la anciana luchando contra el efecto sedante. Ella sabía algo. Ella desapareció porque descubrió algo sobre ti. Sor Beatriz tomó decisiones desafortunadas, respondió Isabel alizando la manta sobre el frágil cuerpo de la anciana, al igual que usted, pero no se preocupe, el convento en Lima será muy tranquilo.
podrá pasar sus últimos días en paz y en silencio. Al día siguiente, cuando Sor Catalina partió en un carruaje hacia Lima, Isabel sintió que finalmente había eliminado todos los obstáculos en su camino. Con la madre superior a original desacreditada y recluida en sus aposentos, Sor Beatriz enterrada bajo la capilla y sorcatalina enviada lejos, nadie quedaba para oponerse a su creciente poder.
Solo quedaba un problema, el padre Mendoza y su creciente sentimiento de culpa. El plazo de un mes que había concedido a Isabel estaba a punto de expirar y ella sabía que el sacerdote no había renunciado a la idea de buscar redención, posiblemente a través de una confesión completa. No podía permitirlo. Había llegado demasiado lejos, sacrificado demasiado.
Era el momento de dar el golpe final, de asegurar su posición para siempre. Una noche, mientras preparaba la cena especial que compartía a solas con el padre Mendoza cada semana, Isabel añadió a su plato una dosis letal de las hierbas más tóxicas que conocía. Una mezcla que provocaría síntomas similares a un ataque al corazón.
Una muerte que parecería natural para un hombre de mediana edad, sometido a grandes presiones. Mientras cenaban, Isabel observaba cada bocado que el sacerdote llevaba a su boca, cada sorbo de vino que bebía. El padre Mendoza comía distraídamente, su mente claramente ocupada en otros asuntos. He estado pensando”, dijo finalmente, dejando su copa de vino, “sobre lo que debo hacer.
” “¿Y a qué conclusión has llegado, hermano?”, preguntó Isabel. Su voz serena, a pesar de la anticipación que sentía. “Debo confesar”, respondió él simplemente. “No puedo vivir con este peso. Cada noche veo el rostro de Sor Beatriz en mis sueños. Me pide justicia.” Isabel mantuvo la compostura, aunque por dentro sentía crecer la rabia.
¿Y qué hay de la justicia para mí, para mi madre? ¿Vas a traicionar nuestra sangre por una simple novicia? No se trata de traición, Isabel. Se trata de mi alma, de poder vivir conmigo mismo de nuevo. ¿Y mi alma no importa? Preguntó ella con amargura. Mi vida no cuenta. El padre Mendoza la miró con una mezcla de compasión y resolución.
Tu alma es precisamente lo que me preocupa. Este camino que has elegido. Solo te llevará a más oscuridad. Isabel iba a responder cuando notó algo. El padre Mendoza apenas había tocado su comida. Solo había bebido un poco de vino, no suficiente para que el veneno hiciera efecto. No estás comiendo, señaló.
intentando mantener un tono casual. ¿No te gusta la cena? No tengo apetito, respondió él. Hay algo más que debes saber, Isabel. He escrito una carta detallando todo. Nuestro parentesco, las hierbas que usaste para manipularme, la muerte de Zor Beatriz, el complot contra la madre superior Aor Catalina, todo. El corazón de Isabel dio un vuelco.
¿Qué has hecho con esa carta? La he enviado a un amigo en Lima. con instrucciones de entregarla al virrey si algo me sucede o si no recibe noticias mías en los próximos días. Isabel sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Todo su cuidadoso plan, toda su venganza meticulosamente ejecutada amenazaba con derrumbarse en un instante.
¿Por qué?, preguntó. Su voz apenas un susurro. ¿Por qué harías eso? Porque te conozco, Isabel”, respondió él con tristeza. “He visto de lo que eres capaz. Sabía que intentarías silenciarme cuando te dije que iba a confesar.” Isabel se levantó bruscamente, derribando su copa de vino. “No puedes hacer esto.
Todo lo que he hecho, lo he hecho por justicia.” “¿Justicia?”, preguntó él también, poniéndose en pie. ¿Qué justicia hay en asesinar a una inocente, en envenenar a una anciana, en manipular a un hombre usando la lujuria contra él? No, Isabel, esto no es justicia, es venganza. Y la venganza corrompe tanto al que la ejecuta como al que la sufre.
Isabel sintió que su mundo se desmoronaba después de todo lo que había planificado, de todos los sacrificios, de todas las humillaciones sufridas, así terminaría todo. No, no lo permitiría. En un movimiento rápido, sacó el pequeño cuchillo que siempre llevaba oculto entre sus ropas. Antes de que el padre Mendoza pudiera reaccionar, se abalanzó sobre él.
Lo que siguió fue una lucha desesperada. El sacerdote, sorprendido por la ferocidad del ataque, intentó defenderse, pero Isabel, impulsada por la rabia y el miedo a perderlo todo, tenía una fuerza casi sobrehumana. El cuchillo se hundió una, dos, tres veces en el pecho del padre Mendoza. Sus ojos, abiertos de par en par por la sorpresa y el dolor, se fijaron en los de Isabel.
Sus labios se movieron como si quisiera decir algo, pero solo un estertor salió de su garganta mientras la vida lo abandonaba. Isabel se apartó jadeante mirando el cuerpo caído de su hermano. La sangre se extendía rápidamente, manchando el suelo de piedra. Había una expresión de paz en el rostro del sacerdote, como si la muerte hubiera sido una liberación bienvenida.
Lo siento,” susurró Isabel, aunque no estaba segura si lo decía en serio o si solo eran palabras vacías. No me dejaste opción. Ahora tenía un nuevo problema que resolver, un cuerpo que ocultar, una muerte que explicar y una carta en Lima que podría destruirla si no actuaba rápidamente. El tercer acto de su venganza había terminado en sangre, pero el cuarto y último todavía estaba por escribirse.
Y esta vez Isabel estaba decidida a que terminara según sus propios términos, sin importar el costo. Anoche envolvía el convento de Santa Catalina en un manto de oscuridad impenetrable. Isabel trabajaba metódicamente limpiando la sangre del suelo, preparando el cuerpo del padre Mendoza. Sus movimientos eran precisos, casi mecánicos, como si su mente se hubiera desconectado de sus acciones.
Esta vez no podía contar con ayuda para ocultar el cuerpo. Tendría que hacerlo sola y rápido antes de que alguien notara la ausencia del sacerdote. Con esfuerzo arrastró el cadáver hasta la capilla y abrió la entrada a las criptas. El descenso fue arduo. El cuerpo del padre Mendoza pesaba más de lo que había anticipado.
Cuando finalmente llegó a la cámara donde habían enterrado a Sor Beatriz semanas atrás, Isabel estaba exhausta. Cabó una tumba poco profunda junto a la de la novicia. Juntos en la muerte, murmuró con amarga ironía mientras cubría el cuerpo con tierra, como nunca lo estuvieron en vida. Al amanecer, cuando las primeras monjas comenzaron a despertar, Isabel ya había limpiado toda evidencia del crimen y preparado su cohartada.
Cuando preguntaron por el padre Mendoza, explicó que había partido urgentemente durante la noche, llamado por el obispo para un asunto importante en Lima. Las monjas aceptaron la explicación sin cuestionarla. El sacerdote había estado comportándose de manera extraña últimamente y no era la primera vez que partía repentinamente para consultas con sus superiores.
Isabel aprovechó la ausencia del padre Mendoza para consolidar su poder. Como su asistente oficial, asumió naturalmente muchas de sus responsabilidades. dirigía el convento con mano firme, pero justa, ganándose gradualmente el respeto de las monjas. Sin embargo, había una preocupación constante en su mente.
La carta que el padre Mendoza había enviado a Lima necesitaba recuperarla antes de que fuera demasiado tarde. Usando los fondos del convento, contrató a un mensajero de confianza para que viajara a Lima con urgencia. Su misión encontrar al amigo del padre Mendoza y entregarle una carta falsificada supuestamente del sacerdote solicitando la devolución del documento anterior.
Mientras esperaba noticias, Isabel continuaba su vida en el convento como si nada hubiera cambiado. Preparaba las comidas, asistía a las oraciones, administraba los asuntos cotidianos, pero por dentro la ansiedad la consumía. Dos semanas después, el mensajero regresó con noticias devastadoras. El amigo del padre Mendoza había entregado la carta al virrey justo el día anterior, preocupado por la falta de comunicación del sacerdote.
Isabel sintió que su mundo se derrumbaba. Era solo cuestión de tiempo antes de que las autoridades virreinales enviaran soldados a investigar. su venganza, su ascenso al poder, todo estaba a punto de terminar. Esa noche, mientras consideraba sus opciones, escuchó un alboroto en el patio del convento. Al asomarse a la ventana, vio antorchas y soldados habían venido por ella.
Con sorprendente calma, Isabel reunió sus escasas posesiones más valiosas, las cartas que probaban su parentesco con el padre Mendoza, el poco dinero que había logrado acumular y un pequeño retrato de su madre. Cuando los soldados irrumpieron en su habitación, encontraron solo una ventana abierta y una sábana anudada colgando hasta el suelo del patio trasero.
La búsqueda fue extensa. Durante días, los soldados peinaron Cuzco y sus alrededores. Pero Isabel conocía bien la ciudad y sus escondites. Había crecido en sus calles. Sabía cómo hacerse invisible entre sus sombras. Eventualmente, disfrazada como una viuda española de mediana edad, logró abordar un barco en el puerto de Callao con destino a España.
La ironía no se le escapaba. Huía hacia la tierra del hombre, cuyo abandono había marcado su vida, la tierra de su medio hermano, a quien había destruido. Mientras el barco se alejaba de las costas del Perú, Isabel contemplaba el horizonte. Su venganza estaba completa, aunque el precio había sido más alto de lo que jamás imaginó.
Había perdido su hogar, su identidad, casi su alma, pero había ganado algo también. Libertad. Ya no era la hija bastarda ignorada, ni la sirvienta sumisa, ni siquiera la manipuladora en las sombras. Era simplemente Isabel, dueña de su destino por primera vez. En España, usando el apellido Mendoza que por sangre le correspondía, estableció una nueva vida.
Con el dinero que había logrado llevar consigo, abrió una pequeña posada en un pueblo costero de Andalucía. A veces, en las noches, cuando el viento soplaba desde el mar recordándole los andes, pensaba en el convento de Santa Catalina, en la madre superiora. en Sor Catalina, en Sor Beatriz, en el padre Mendoza.
Se preguntaba si sus acciones habían valido la pena, si la venganza había llenado realmente el vacío que su padre había dejado en su vida. La respuesta siempre era la misma, un silencio que pesaba más que todas las palabras. Los años pasaron. Isabel envejeció con dignidad, respetada en su comunidad, conocida por su generosidad con los necesitados, especialmente con las mujeres solas y sus hijos.
Nadie conocía su pasado, los secretos que guardaba, los pecados que la acompañaban en sus sueños. En 1715, casi 30 años después de los eventos en el convento de Santa Catalina, Isabel ya anciana recibió la visita de una joven monja peruana. La muchacha traía noticias de Cuzco y un pequeño paquete. “Me envía Sor María de la Cruz”, explicó la joven.
Antes de morir me pidió que le entregara esto personalmente. El nombre no significaba nada para Isabel. ¿Quién eras María de la Cruz? preguntó tomando el paquete con manos temblorosas. Era conocida como la madre superiora del convento de Santa Catalina, respondió la monja, la que intentó quitarse la vida hace muchos años después de ser acusada falsamente de robo.
Isabel sintió que su corazón se detenía. La madre superiora había sobrevivido todos estos años y de alguna manera la había encontrado. Con dedos temblorosos abrió el paquete. Dentro había un rosario y una carta amarillenta por el tiempo. La letra, débil y temblorosa, decía simplemente, “Te perdono, Isabel, que Dios también pueda perdonarte.
” Esa noche, Isabel de Guevara y Mendoza, la cocinera que sedujo al sacerdote y se convirtió brevemente en doña del convento, lloró por primera vez en décadas. Lágrimas de remordimiento, de alivio, quizás incluso de redención. Al amanecer, los habitantes del pueblo la encontraron en la pequeña capilla local, arrodillada ante el altar, el rosario de la madre superior entre sus dedos rígidos.
Su rostro, marcado por los años y las penas, mostraba una expresión de paz que nunca había tenido en vida. La historia de la cocinera, el sacerdote y el secreto que sacudió Cuzco en 1688 se convirtió con el tiempo en una leyenda susurrada en los claustros del convento de Santa Catalina. Un recordatorio de cómo la ambición, el deseo y la venganza pueden corromper incluso a los más fuertes, pero también de cómo a veces el perdón puede llegar cuando menos se espera, ofreciendo una última oportunidad de paz a un alma atormentada. M.
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