Dios mío, por favor. Después de cabalgar tres días sin dormir, Pancho Villa llegó

con agua y comida, pero llegó tarde. El niño de 8 años abrió los ojos al sentir

los brazos de su padrino. Intentó sonreír, pero los labios partidos por la

sed apenas se movieron. “Sabía que vendría”, susurró y murió antes de que

Villa pudiera darle un trago de agua. El silencio pesó más que el plomo. Villa

cayó de rodillas, el polvo pegándose a su rostro húmedo de lágrimas y sudor.

Entonces, con la mirada fija en el cuerpo del niño, juró algo que el desierto entero escuchó. Habría sangre.

Tú estás escuchando el canal Legendarios del Norte. Dime desde qué ciudad nos

estás oyendo. Dale like al video. Y ahora sí, vamos a comenzar.

Unos días antes, Villa estaba bajo un mesquite cerca de Parral, limpiando su

Winchester, cuando uno de sus dorados llegó con un sobre manchado. Mi general,

un arriero, lo trajo desde San Jerónimo, urgente. Villa tomó la carta con

desconfianza, pero las manchas oscuras en el papel, que parecían lágrimas

secas, lo hicieron abrirla con cuidado. La letra era temblorosa de alguien que

apenas sabía escribir. Mi general Villa, soy Liana, viuda de su compadre Esteban,

que en paz descanse. Mi niño Raucito, su ahijado, se está muriendo de hambre. Don

Ignacio Portillo nos quitó todo, nos cortó el agua, no nos deja trabajar.

Cuando Raucito fue a pedir tortillas, los guardias lo corrieron a patadas. Mi

niño ya no se puede ni parar. Se lo suplico, mi general, venga pronto. Villa

leyó la carta tres veces. Cada palabra era un clavo enterrándose en su pecho.

Raucito, el niño de ojos enormes, que lo había mirado con admiración pura en

1913, cuando Esteban lo escondió de los rurales. Compadre, si algo me pasa,

cuídeme al niño. Le había dicho Esteban aquella noche y Villa había respondido

con solemnidad, te doy mi palabra. El niño nunca va a pasar hambre mientras yo

respire. Habían sellado el compadrazgo con mezcal y sangre a la antigua. Y

ahora ese niño se moría mientras él peleaba batallas que tal vez no significaban nada. Don Ignacio Portillo,

uno de esos ascendados que se hacían ricos, sangrando campesinos, que la

revolución supuestamente iba a borrar del mapa, pero seguían ahí como cucarachas. Villa guardó la carta en su

chamarra y se puso de pie con esa lentitud que sus hombres reconocían como

señal de tormenta. Fierro. Rodolfo Fierro vino al trote. Villa le extendió

la carta. Fierro la leyó y sus ojos adquirieron ese brillo frío que le había

ganado el apodo del carnicero. Cuando salimos, Villa no dudó. Ahorita mismo

junta a los dorados de confianza. Lleva parque para 5 días y toda la comida que podamos cargar. Vamos a San Jerónimo. En

menos de una hora tenía lista su gente, no todo el contingente, pero tampoco un

puñado. Los ascendados, como don Ignacio, se rodeaban de guardias blancas, mercenarios bien pagados.

Rodolfo Fierro iba a su derecha con esa media sonrisa que siempre usaba antes de

la violencia. Tomás Urbina, su compadre de los viejos tiempos, cabalgaba a su

izquierda, callado, pero letal. También llevaba a Martín López, apenas un

muchacho de 19 años que todavía creía que la revolución cambiaría el país. Los

demás dorados venían en silencio, revisando armas, preparándose para lo

que encontrarían al final del camino. Cabalgaron toda la tarde bajo un sol de plomo sobre el desierto de Chihuahua.

Villa iba adelante en siete leguas sin decir palabra. Ese silencio era más

aterrador que cualquier discurso. Al caer la noche, acamparon cerca de un arroyo seco sin fuego, masticando cecina

y tortillas frías. Urbina rompió el silencio. Pancho, ese acendado va a

tener hombres armados. Puede ser trampa. Villa lo miró a través de las sombras.

No me importa si tiene 100 hombres. Ese niño es mi aijado, compadre. Mi palabra

está empeñada. Urbina asintió. El compadrazgo no se negociaba. No más digo

que vayamos con cuidado. Villa escupió. Vamos a llegar vivos y ellos van a

terminar muertos. Al segundo día encontraron huellas frescas, muchos caballos. Fierro se bajó a examinarlas.

Guardias blancas, mi general, como 20 jinetes, tal vez más. Traen armas

pesadas. La mandíbula de villa se tensó. Don Ignacio estaba preparado. Los

ascendados siempre tenían espías, pero nada lo detendría. Sigamos. Con los ojos

bien abiertos. Avanzaron más despacio con exploradores adelante. El desierto

ofrecía 1000 lugares para matar y 1000 formas de morir. Al tercer día, Villa

ordenó marcha forzada. Algo dentro de él le decía que el tiempo se acababa, que

cada hora perdida era una hora menos que Raucito tenía para seguir respirando.

Llegaron al rancho al mediodía del cuarto día caballos echando espuma, hombres exhaustos pero alertos. San

Jerónimo era apenas un puñado de jacales de adobe alrededor de una capilla de

ruida. La pobreza se veía en las paredes agrietadas, en los niños de vientres

hinchados, en los viejos sentados esperando la muerte. A lo lejos, como

insulto, se alzaba la hacienda de don Ignacio Portillo, blanca y arrogante,

rodeada de muros altos con torres donde brillaban cañones de rifles. Villa

apenas la miró. Ya tendría tiempo para esa hacienda. Ahora solo le importaba un

jacal específico donde una mujer esperaba de rodillas. Liana lo vio

llegar y no dijo nada. Solo señaló hacia adentro con un gesto que contenía toda

la desesperación del mundo. Villa desmontó con los sacos de maíz todavía

amarrados. Entró al jacal y el olor a muerte lo golpeó. Ahí, en un petate

mugriento, estaba Rausito, lo que quedaba de él. Un esqueleto viviente con

la piel pegada a los huesos, ojos hundidos, costillas marcadas. Pero

cuando el niño sintió los pasos, abrió los ojos. Villa cayó de rodillas y tomó