Cuautla, Morelos. Año de 1915. El aire olía a pólvora seca y tierra

caliente, como huele el sur cuando la revolución anda cerca y la muerte camina descalza por los caminos polvorientos.

En la hacienda El Paraíso, un palacio de arcos blancos y fuentes de cantera que

brillaban bajo el sol como dientes de calavera, vivía un hombre que creía ser

dueño del mundo. Su nombre era Don Abundio Velázquez, español de pura cepa,

descendiente de conquistadores, ascendado de las tierras más fértiles de Morelos, un hijo de [ __ ] con sangre

europea y alma podrida que veía a los mexicanos como si fueran animales de

carga. Don Abundio medía casi 2 metros, gordo como cerdo de engorda, con bigote

encerado que se retorcía hacia arriba como cuernos del [ __ ] Usaba trajes de lino blanco importados de España,

chaleco de seda bordado en oro y un reloj de bolsillo que había pertenecido

a su abuelo, un militar que vino con cortés a saquear estas tierras. Tenía

manos suaves que nunca habían trabajado la tierra, dedos llenos de anillos con

esmeraldas y rubíes y una mirada de desprecio tan profunda que podía

sentirse como escupitajo en la cara. Cuando hablaba su voz era gruesa y burlona, llena de ese acento español que

sonaba a látigo sobre espaldas de peones. Este desgraciado tenía todo. Miles de

hectáreas de caña de azúcar, maíz y frijol, agua que sus peones trabajaban

desde antes del amanecer, hasta que la noche caía como lápida sobre sus cuerpos

cansados. Tenía caballos árabes, bodegas llenas hasta el techo y protección

directa del gobierno federal. Los rurales le comían de la mano, los

coroneles huertistas bebían su vino francés. En su hacienda, la palabra de

don Abundio era ley. Y esa ley decía que un campesino valía menos que un buey y

que la revolución zapatista era basura de indios alzados que no merecían ni el

polvo de sus botas. Pero había algo que don Abundio amaba más que su tierra, más

que su poder, más incluso que su propia vida. Guardado en un cofre de hierro en

su recámara, bajo llave triple y custodia permanente estaba su tesoro

sagrado, 300 monedas de oro español, reales de acho, doblones, escudos

acuñados en la España imperial, oro puro que su padre le había heredado y el

padre de su padre antes que él. Cada noche, don Abundio abría ese cofre con

manos temblorosas de emoción. sacaba las monedas una por una, las acariciaba, las

besaba, las sostenía contra la luz de las velas para ver brillar el rostro de

los reyes españoles grabados en el metal. hablaba con ellas como si fueran

amantes. Mi tesoro, mi único amor verdadero. El oro era su Dios, su

religión, su razón de existir. En el sur de México, donde la tierra es roja como

sangre derramada y el cielo se extiende infinito sobre la tierra, andaba un

hombre que era todo lo contrario de Don Abundio Velázquez, un hombre moreno de

ojos negros que veían hasta el fondo del alma. de manos callosas que conocían el

peso del arado y del rifle. Un hombre que no peleaba por oro ni por poder,

sino por algo que los ricos nunca entenderían, dignidad.

Su nombre era Emiliano Zapata, el caudillo del sur, el protector de los

campesinos, el defensor de la tierra para quien la trabaja. Y cuenta la leyenda, compadre, que cuando la

humillación llegó hasta las manos de Zapata en forma de billetes rotos y

manchados de lodo, el caudillo no gritó, no maldijo, no prometió venganza con

palabras, simplemente limpió esos billetes con sus propias manos, los

dobló con cuidado, los guardó en su zarape y dijo algo que heló la sangre de

todos los que lo escucharon. La tierra tiene memoria larga y yo soy

la tierra. Esta es la historia de cómo un español arrogante escupió sobre la

dignidad del pueblo mexicano, de cómo creyó que su oro lo hacía invencible, de

cómo burló, humilló y pisoteó lo que para millones de campesinos era sagrado.

El dinero de la revolución, los billetes que representaban tierra y libertad, la

promesa de un México justo. Pero sobre todo, compadre, esta es la historia de cómo un hombre que adoraba el oro

terminó muriendo ahogado con ese mismo oro metido en su garganta hasta el

último aliento. Mientras Emiliano Zapata lo miraba con esos ojos fríos que no

perdonan y le decía, “Dijiste que mi dinero no vale, pues traga el tuyo.”

Porque en el sur de México la justicia no llegaba en carruaje del gobierno,

llegaba a caballo con sombrero ancho y rifle al hombro. Y cuando llegaba, compadre, no dejaba nada vivo que

pudiera volver a cometer el mismo pecado. Oye, compadre, antes de que sigas escuchando esta historia que te va

a helar hasta los huesos, hazme un favor, dale like a este video ahorita

mismo, suscríbete al canal para que no te pierdas ninguna de estas leyendas

revolucionarias que nadie más te cuenta con esta verdad. Y déjame en los

comentarios desde qué ciudad nos estás viendo. Quiero saber si hay raza de

Morelos, de Chihuahua, del mero corazón de México o si nos sintonizas desde el

otro lado, desde tierras gringas, pero con corazón mexicano. Dale, compadre,

aprieta ese botón de suscribirse porque lo que viene está bien cabrón y te lo

juro que vas a querer estar aquí cuando cuente el resto. Esta historia se contó

de fogata en fogata, de abuelo a nieto, por todo el sur revolucionario.

Algunos dicen que es leyenda, otros juran que pasó exactamente así, pero

todos, absolutamente todos los que vivieron esos tiempos del sur en llamas, coinciden en algo. Después de aquella