
Sus pies descalzo sangraban. Corría, corría como si la muerte misma la
persiguiera. El vestido de novia desgarrado, el corazón destrozado, los
guardias gritando detrás. Encuéntrenla. Melek no podía parar. No volvería.
Prefería perderse en ese bosque que casarse con él. Entonces
lo vio un hombre sobre un caballo blanco. Sus ojos se encontraron y en ese
instante todo cambió. ¿Quién te persigue? Preguntó con voz de trueno.
Melek temblaba, ¿podía confiar? ¿Era su salvación o su condena? La decisión que
tomó en ese momento definiría su destino para siempre.
Anatolia, Imperio Otomano, verano de 1580.
El calor era insoportable. La ciudad de Conya ardía bajo un sol implacable. Las
calles de piedra reflejaban el calor como espejos ardientes. Los mercados bullían con el aroma de especias y el
murmullo de comerciantes. Pero dentro de la mansión de los de Mir, el aire era
aún más sofocante. Melek [música] estaba de pie frente al espejo. Su nombre significaba Ángel,
pero en ese momento se sentía como un pájaro enjaulado. El vestido de novia la
aprisionaba. Tela sobre tela, bordados de oro que pesaban como cadenas. El
corpiño apretaba su respiración. Las perlas en su cuello se sentían como una
soga. No podía respirar. “Estás hermosa, hija mía.” La voz de su
madre sonaba distante, vacía, como si repitiera palabras ensayadas mil veces.
Melek no respondió. Sus ojos oscuros miraban fijamente su reflejo. ¿Quién era
esa mujer del espejo? No la reconocía. El col negro alrededor de sus ojos no
podía ocultar [música] el terror que nadaba en ellos. Hakan. El nombre
resonaba en su mente como un trueno ominoso, su prometido. Un hombre que
jamás había elegido. Un acuerdo político entre familias. Su padre necesitaba las
tierras de Hakan. Hak necesitaba el prestigio de su familia y ella, ella era
simplemente la moneda de cambio. Había visto a Hakan Bay solo tres veces. La
primera vez sus ojos fríos la recorrieron como si fuera una posesión.
La segunda, su sonrisa cruel le heló la sangre. La tercera escuchó cómo hablaba
con su padre sobre ella, como [música] quien discute el precio de un caballo. No lo amo. Había suplicado a su padre
una semana atrás. El amor vendrá después, respondió él sin mirarla a los
ojos. Este matrimonio asegurará nuestro futuro. Su futuro o el de ellos.
Afuera, en los jardines de la mansión, los invitados ya comenzaban a llegar.
Escuchaba las risas, la música de los SAS y los Darbuca. Un festín se
preparaba. Cordero asado, pilaf de arroz con azafrán, dulces de miel y pistachos
celebraban su condena. Las sirvientas entraban y salían de la habitación como
hormigas laboriosas. Ajustaban su velo, rociaban agua de rosas en su piel,
colocaban brazaletes de oro en sus muñecas. Cada adorno era un grillete
más. Ya casi es hora”, susurró una de las sirvientas con una sonrisa que
pretendía ser reconfortante. Melec cerró los ojos, recordó su infancia, corriendo
descalza por los campos de amapolas rojas, el viento en su cabello, la
libertad de no ser más que una niña sin preocupaciones. Su abuela le contaba historias de
mujeres valientes, mujeres que elegían su propio destino. “Tú también tienes
alas, pequeña Melec”, le decía su abuela. “Solo tienes que encontrar el valor para volar.” Abrió los ojos. En el
espejo vio algo diferente. No era miedo, era determinación.
Una chispa pequeña pero intensa, como una llama que se niega a apagarse. No,
la palabra salió de sus labios como un susurro, pero en su corazón era un grito
de guerra. No se casaría con Hakani. No viviría una vida de sumisión y dolor. No
sería la esposa silenciosa de un hombre que la veía como propiedad. La música de
afuera se intensificó. Los tambores retumbaban. Pronto vendrían a buscarla.
Pronto la llevarían al salón donde Jacán esperaba con esa sonrisa que congelaba
su alma. Tenía que actuar ahora. Sus manos temblaban mientras se quitaba el
pesado velo. Lo dejó caer al suelo como una serpiente muerta. Se arrancó las
joyas. Los brazaletes tintinearon contra el mármol. Con movimientos frenéticos,
buscó ropa más simple, un vestido de algodón blanco, nada de oro, nada que la
delatara. Su corazón latía tan fuerte que pensó que todos en la mansión
podrían escucharlo. Caminó hacia la ventana, segundo piso. Los jardines
estaban abajo. Había un rosal trepador justo al lado. Las ramas eran gruesas.
Podrían sostenerla. Perdóname, madre”, susurró al viento. Y entonces, con un
valor que no sabía que poseía, Meleek trepó por [música] la ventana. Las rosas
le arañaban las manos, las espinas desgarraban su vestido, pero no le importaba. El dolor físico era nada
comparado con el dolor de una vida sin amor. Sus pies tocaron el suelo. Miró
hacia atrás una última vez la mansión que había sido su hogar. la vida que
dejaba atrás. Y entonces corrió. Corrió
como nunca había corrido en su vida. Atravesó los jardines, saltó el muro
posterior. Sus pies descalzos golpeaban la tierra caliente. El vestido blanco
ondeaba detrás de ella como alas. Melek, el ángel, estaba volando hacia su
libertad. Detrás de ella escuchó el primer grito, “La novia, la novia ha
desaparecido.” Pero ella estaba lejos, corriendo hacia el bosque, hacia lo desconocido, hacia
un destino que aún no podía ver, pero que ya sentía palpitar en su pecho. El
sol comenzaba a descender en el horizonte, tiñiendo el cielo de naranja y púrpura, y Melek seguía corriendo
libre. El bosque la tragó como una boca oscura.
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