Millonario llega más temprano a Casa de Granja y casi se desmaya con lo que ve.

Don Rodrigo Velasco bajó de su limusina blindada decidido a firmar el desalojo,

pero sus piernas fallaron al ver los ojos de su hijo muerto en el rostro de dos desconocidos.

El calor seco de la tarde golpeó su rostro, contrastando violentamente con el aire acondicionado gélido del

interior de su vehículo de lujo. [música] Sus zapatos italianos de cuero negro, valorados en más de 2000 €

crujieron contra la grava sucia del camino rural. [música] Odiaba el campo, odiaba el polvo, pero

sobre todo odiaba tener que estar allí personalmente. “Señor Velasco, los documentos de venta

están listos en la tablet”, dijo su asistente, un joven nervioso que apenas

se atrevía a mirarlo a los ojos. “Solo falta su firma digital para transferir

esta granja a la corporación hotelera. demolerán todo mañana mismo. [música] Rodrigo ni siquiera lo miró, ajustó el

nudo de su corbata de seda y miró con desdén la vieja cerca de madera podrida

que delimitaba la propiedad. Esta granja era el último remanente de un pasado que

quería borrar. Era el único activo no rentable en su imperio inmobiliario

multimillonario, una mancha en su contabilidad perfecta.

Su prometida Isabela, tenía razón. Había que vender, había que liquidar. No había

espacio para la nostalgia en el mundo de las altas finanzas. “Espérame aquí”,

ordenó Rodrigo con voz [música] seca. “Quiero ver el estado del terreno antes de firmar. Quiero asegurarme de que no

hay ocupantes ilegales que retrasen la demolición.” Caminó hacia la valla. [música] Cada

paso le pesaba. tenía 68 años y una fortuna que podría comprar países

pequeños, pero se sentía [música] vacío. Desde la muerte de su único hijo

Alejandro hace 3 años en aquel estúpido accidente de coche, Rodrigo se había

convertido en una máquina sin herederos, sin legado, solo dinero frío

acumulándose en cuentas bancarias que nadie disfrutaría cuando él muriera.

llegó al borde del prado principal. El olor a hierba cortada y tierra húmeda le

llenó los pulmones provocándole una náusea repentina. Iba a darse la vuelta,

iba a volver al coche y firmar la venta para acabar con esto de una vez por todas, pero entonces escuchó

algo. Una risa. No era una risa cualquiera, era un sonido cristalino

puro, [música] una carcajada doble que resonó en el aire silencioso de la tarde como un

disparo directo a su memoria. Rodrigo se congeló. Su mano temblorosa se aferró a

la madera áspera de la cerca, ignorando las astillas que se clavaban en su piel

cuidada. Miró hacia el centro del campo verde y la escena que vio lo golpeó con la

fuerza de un tren de carga. A unos 50 metros, bajo la luz dorada del

sol, había una vaca enorme, marrón y blanca, pastando tranquilamente.

Pero no era el animal lo que [música] detuvo el corazón del magnate. Sobre el

lomo de la vaca, sostenidos con un equilibrio precario y valiente, había

dos bebés, dos niños pequeños, idénticos, vestidos con camisas a

cuadros y sombreros de paja que les quedaban grandes. Se reían, sacudían los

brazos hacia el cielo golpeando el aire con esa alegría absoluta que solo tienen

los niños que no conocen la crueldad del mundo. Y frente a ellos, una mujer joven

llevaba un uniforme de lechera, un vestido azul y blanco con un delantal amarillo, algo que parecía sacado de

otro siglo, o quizás solo era la ropa de trabajo de alguien que no tenía nada

más. Ella sonreía sosteniendo las piernas de los pequeños para que no cayeran,

hablándoles con una ternura que Rodrigo podía sentir incluso desde la distancia.

“Vamos, mis valientes, sujétense fuerte”, decía ella, su voz llevada por

la brisa. Rodrigo sintió que el aire se le escapaba. Sus ojos, acostumbrados a

leer contratos y detectar mentiras en salas de juntas, se enfocaron en los rostros de los niños con una intensidad

láser. El niño de la izquierda giró la cabeza. La luz del sol iluminó su

perfil. El mundo de Rodrigo se detuvo. El ruido de los pájaros desapareció. El

zumbido de su propio teléfono en el bolsillo se desvaneció. Esos ojos, esa forma de la mandíbula,

[música] esa manera particular de inclinar la cabeza al reír. Alejandro, susurró

Rodrigo, y el nombre salió de su garganta como un fragmento de vidrio roto. Era imposible. Alejandro estaba

muerto, [música] enterrado en el mausoleo familiar de mármol negro. Su esposa, la madre de

Alejandro, había muerto de pena meses después. Rodrigo estaba solo, no había

nietos. Su nuera le había asegurado que el embarazo se había perdido en el

accidente. No había supervivientes, pero la genética [música] no miente. La

sangre llama a la sangre con un grito silencioso que ningún documento legal

puede silenciar. El niño de la derecha hizo lo mismo, imitando a su hermano.

Eran dos gotas de agua y ambos eran la viva imagen de Alejandro cuando tenía 2

años. Rodrigo recordaba esa cara. tenía una foto idéntica en su escritorio, una

foto que miraba cada noche mientras bebía whisky para poder dormir. El dolor

en el pecho de Rodrigo fue agudo, físico. Se llevó la mano al corazón,

arrugando su camisa de diseño. Estaba sufriendo un infarto. ¿Era esto la

locura de la vejez o estaba viendo fantasmas a plena luz del día? La mujer,

la cuidadora, se giró para ajustar el sombrero de uno de los niños. Rodrigo

vio su perfil. Era hermosa, de una manera sencilla y sin adornos, muy

diferente a las mujeres operadas y maquilladas que frecuentaban su círculo social. Pero había firmeza en sus

movimientos, había amor. Rodrigo sintió una mezcla de furia y esperanza. Si esos

niños eran quienes su instinto le gritaba que eran, alguien le había robado años de vida, alguien le había

mentido, alguien le había ocultado a los herederos del Imperio Velasco, dejándolo

creer que su linaje se había extinguido. O quizás era solo un viejo desesperado