En exactamente 12 horas, el heredero de la fortuna Mendoza estaría muerto. Y

nadie imaginaba que un niño de 9 años con zapatos rotos sería su única esperanza. El sol de Julio caía

implacable sobre la Ciudad de México cuando Carmen Rodríguez atravesó las puertas de hierro forjado de la

residencia Mendoza en las lomas de Chapultepec. Sus manos agrietadas sostenían la pequeña mochila de su hijo

Mateo, quien caminaba a su lado con los ojos bien abiertos, observando los jardines que parecían salidos de una

revista europea. “Mamá, ¿aquí trabajas todos los días?”, preguntó Mateo. Su voz

apenas un susurro mientras contemplaba la fuente de cantera con delfines de bronce que adornaba la entrada

principal. Sí, mijo, y recuerda lo que te dije. Te quedas en la cocina con la señora

Guadalupe, no molestas a nadie y haces tu tarea de verano. ¿Entendido? Carmen

se arrodilló frente a su hijo, acomodándole el cabello negro que caía sobre sus ojos color café. Mateo asintió

con seriedad. A sus 9 años había aprendido a ser invisible, una habilidad necesaria cuando tu madre trabaja

limpiando las mansiones de los ricos. Las vacaciones escolares habían comenzado y Carmen no tenía con quién

dejarlo en su pequeño departamento de Naucalpan. Don Sebastián Mendoza, su patrón, había

accedido a regañadientes a que el niño la acompañara durante dos semanas con la

condición de que no interfiriera con las rutinas de la casa. La mansión Mendoza era un mundo aparte. Tres pisos de

arquitectura contemporánea, ventanales del suelo al techo, mármol italiano en

cada superficie y un jardín que se extendía por más de 1000 m². Don Sebastián había construido su

imperio en la industria farmacéutica con laboratorios y distribuidoras por todo México. Su esposa, Victoria provenía de

una familia de Abolengo de Guadalajara y juntos representaban lo que las revistas

de sociales llamaban la pareja dorada de México. “Carmen, llegas tarde 5

minutos.” La voz de Victoria resonó desde el vestíbulo principal. La señora de la casa descendía la escalera de

caracol con un vestido blanco de lino que probablemente costaba más que el salario mensual de Carmen. Su cabello

rubio cenizo estaba perfectamente peinado en un chongo bajo y sus ojos azules evaluaban a Mateo con una mezcla

de curiosidad y desaprobación. Disculpe, señora Victoria. El tráfico en

periférico estaba terrible. Carmen bajó la mirada, adoptando automáticamente la

postura sumisa que había perfeccionado en sus 10 años de servicio doméstico. Mm. Supongo que este es tu hijo.

Victoria caminó alrededor de Mateo como si inspeccionara una pieza de arte de dudosa procedencia. Se ve educado.

Sebastián está en su oficina con una videollamada importante. El pequeño Benjamín está con la nana en el cuarto

de juegos. Necesito que limpies la sala principal. Tenemos invitados esta tarde.

Sí, señora. Enseguida. Victoria desapareció por el pasillo sin otra palabra, dejando un rastro de perfume

francés a su paso. Carmen suspiró y condujo a Mateo hacia la parte trasera de la casa, donde la cocina se extendía

con electrodomésticos de acero inoxidable que brillaban como espejos. Carmencita. Y este debe ser el famoso

Mateo. La señora Guadalupe, la cocinera que llevaba 15 años con la familia,

abrió los brazos para recibir al niño. Era una mujer robusta de Puebla, con mejillas sonroadas y un corazón que no

cabía en su pecho. Ven, mijo, te preparé unos molletes. Debes tener hambre

después de ese viaje tan largo. Mientras Mateo devoraba los molletes con frijoles y queso gratinado, Carmen se puso su

uniforme gris y comenzó su jornada. La casa era enorme y cada rincón exigía

perfección. Victoria supervisaba todo con ojo de águila, señalando el más

mínimo error con ese tono de voz que hacía sentir a Carmen como si tuviera 10 cm de altura. Eran casi las 11 de la

mañana cuando Mateo, aburrido de sus cuadernos de matemáticas, decidió explorar el jardín. Guadalupe estaba

ocupada preparando canapés para los invitados de la tarde y Carmen aspiraba a las alfombras persas del segundo piso.

El niño salió por la puerta trasera de la cocina, maravillándose ante el paraíso verde que se extendía ante sus

ojos. Había rosales importados, jacarandas que proyectaban sombras

moradas, un invernadero de cristal y en la parte más alejada un pequeño huerto

con plantas medicinales y especias. Mateo caminó entre los senderos de piedra, observando las mariposas monarca

que bailaban entre las flores. Fue entonces cuando escuchó el llanto. Era

un llanto infantil, agudo y desesperado, que venía de la terraza del segundo piso. Mateo alzó la vista y vio a una

mujer uniformada meciendo a un bebé que no dejaba de llorar. La nana parecía

angustiada, caminando de un lado a otro sin lograr calmar al pequeño. Señora

Victoria, el niño Benjamín no deja de llorar. Ya le di su leche, le cambié el

pañal, pero algo le duele. La voz de la nana flotaba hasta el jardín. Mateo vio

como Victoria subía apresuradamente las escaleras, seguida poco después por don Sebastián, un hombre alto de 45 años con

el cabello entreco, traje azul marino a pesar del calor veraniego. ¿Qué le pasa

a mi hijo? La voz de Sebastián era autoritaria, acostumbrada a dar órdenes y recibir soluciones inmediatas. El

llanto continuó durante toda la tarde. Los invitados fueron cancelados. Un

pediatra privado llegó a la residencia cerca de las 5, examinó al bebé y recetó

un antiespasmódico, asegurando que probablemente eran cólicos típicos de un

niño de un año. Pero Mateo, que había regresado a la cocina y escuchaba los

murmullos preocupados de Guadalupe, sintió que algo no estaba bien. Había

algo en la intensidad de ese llanto, en la forma en que el bebé arqueaba su cuerpecito, que le recordaba a cuando su

primo pequeño había comido algo en mal estado en una fiesta familiar. Cuando Carmen terminó su turno a las 7 de la

tarde, encontró a Mateo sentado en la mesa de la cocina dibujando en una hoja.

El niño había bosquejado el jardín de la mansión con sorprendente detalle. ¿Qué haces, mijo? Nada, mamá. Solo dibujaba

las plantas que vi. Hay unas muy raras en el invernadero, con hojas moradas y

flores que parecen campanitas. Carmen apenas le prestó atención, agotada

después de un día particularmente demandante. Tomó la mano de su hijo y juntos emprendieron el largo viaje de

regreso a Naucalpan, sin saber que ese dibujo pronto se convertiría en la diferencia entre la vida y la muerte. La